Bitácora de maestresala

Evitar la estupidez

Invitados a la vida

Primero fue un fax. Nadie respondió a la arqueológica intentona. Luego, una carta postal (sí, aquellas reliquias consistentes en un papel escrito y metido en un sobre). “No les contestará, está enfermo”, previno alguien que le conoce bien. A los pocos días llegó la respuesta. Carta por avión con el matasellos del Royal Mail y el perfil de la Reina de Inglaterra. En el encabezado ponía: Churchill College. Cambridge.

Blasito

Queridos amigos,

Tarde tristemente luminosa

Gabriel Celaya, Blas de Otero, Asunción Carandell, Carlos Barral y José Agustín Goytisolo

Queridos amigos,

Es una tarde luminosa casi sorolliana pero por dentro me crece la melancolía, la rabia, la desilusión. No es justo, la vida no lo es, el puzle está mal troquelado, faltan piezas y otras no encajan. Es el tosco mar rizado de olas grises que escribió Machado. Tanto filosofo para tan poca chicha, tanto invento para tan exigua esperanza.

Eta irri egiten dut...

Pessoa por Julio Pomar

Eta badira artistak diren poetak
eta euren bertsoak lantzen dituzte zurginak zura bezala
ze trixtea loratzen ez jakitea!
Bertsoak bertsoaren gainean jarri beharra,
horma bat jasotzen duenak bezala.
Eta ongi dagoen ikusi, eta ez badago kendu.

Etxe xuxen bakarra Ludia (oro) denean
Aldakorra izanik beti ongi dago eta beti bera da.

La lentitud de nuestra vida


 

La lentitud de nuestra vida es tal que a los cuarenta años no nos encontramos viejos. La velocidad de los vehículos ha drenado la velocidad de nuestras almas [..]. No trabajamos bastante y simulamos trabajar demasiado, vamos muy rápido de un lugar  donde no se hace nada a otro donde no hay nada que hacer; es lo que llamamos el ritmo febril de la vida moderna.

Fernando Pessoa

Impolíticos jardines

Momo

Jordi Solano

La degeneración moderna

Blas divino

 

 

Todo el amor divino, con el amor humano, 
me tiembla en el costado, seguro como flecha. 
La flecha vino pura, dulcísima y derecha: 
el blanco estaba abierto, redondo y muy cercano. 

Al presentir el golpe de Dios, llevé la mano, 
con gesto doloroso, hacia la abierta brecha. 
Mas nunca, aunque doliéndose, la tierra le desecha 
al sembrador, la herida donde encerrar el grano. 

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