Reseñas

Diarios (2008-2010)

"Termina diciembre de 2010, el mes durante el que menos líneas he escrito desde que comencé estos archivos. Propósito de enmienda. Escribir algo cada día. Es absurdo el miedo que le he tomado a escribir. Como si cada línea que yo escribiera fuera a ser leída, escrutada y juzgada por todo el mundo. Corregir del 2004 al 2008, cuando todavía tomaba notas como si no fuera a publicar nunca. Comprobar si se puede hacer un segundo libro con ello. Y seguir anotando como si ese segundo libro fuera el último. Entrar aquí otra vez de forma habitual. Copiar citas, contar cosas que me afectan, escribir bobadas, banalidades, mis banalidades, pues sé que puedo haber leído veinte mil palabras en un día, pero me voy más contento a la cama si he apuntado en cualquier sitio una mía".

Estas son las últimas líneas de los diarios de Iñaki Uriarte, suerte de secreto del buen hacer literario que se fue descubriendo con la publicación de la primera entrega en 2010, correspondiente al intervalo entre 1999 y 2003, se acrecentó con la segunda (2004-2007) para confirmarse en esta tercera y última, que recoge los años 2008 al 2010. Estos últimos diarios, más breves, están escritos quizás con un tono más serio que no adusto y sí reflexivo, fruto probable del conocimiento de que iban a salir a la luz, y se percibe esa sombra que no sentían los dos primeros volúmenes.

 

Así y todo, se confirman los merecidos elogios que recibieron las anteriores entregas, de amigos como Enrique Vila-Matas (a quien conoció cuando vivió en Barcelona y con quien compartió noches de barra, conversaciones y lecturas), pero también de quienes lo han descubierto al llegar a las librerías y esperan cada nueva entrega con pasión, como Antonio Muñoz Molina, o Marcos Ordóñez. Iñaki Uriarte publicó sus diarios ante la insistencia del editor Julián Lacalle, de Pepitas de Calabaza; es una persona reservada, que no gusta de entrevistas, aunque ha concedido alguna que otra, y que se maneja mejor en la intimidad de su hogar, con su esposa y su gato. Este escritor que "nació en Nueva York (1946), es de San Sebastián y vive en Bilbao", como dice en la solapa de sus libros, y que veranea en Benidorm, ha tenido una azarosa vida en el pasado, con mayo del 68 parisino, cárcel, muertes, divorcio, incendios y muchas noches de juerga. "Todo esto me ha sucedido en una vida en general muy tranquila, pacífica, sin grandes sobresaltos", en sus propias palabras.   

En esta breve entrevista, que se ha realizado por escrito, Iñaki Uriarte reflexiona sobre estos diarios que nacieron un día en el que tuvo tiempo para escribir y se extinguieron aquel año en que empezó a publicar. 

¿Cómo surge la escritura de los diarios? Parece que llega con la serenidad que aparece en su vida, a tenor de lo que apunta de los años anteriores a la escritura de los diarios.

Empecé los diarios en 1999, a los 52 años, cuando dejé de beber y de salir por las noches. Yo no era más que eso que llaman un bebedor social, pero, más que con la serenidad, los diarios llegaron cuando me encontré con todo el tiempo libre que apareció como por ensalmo cuando dejé de salir y de beber, que se había convertido casi en un trabajo. 

Dice en un momento de este libro: "Uno es más misterioso para sí mismo que para los otros, que pasan de largo". Y al mismo tiempo, el diario es quizás el género en el que más se pone en cuestión la citada frase.

Lo que quise decir con esa frase es que en lo personal siempre andamos preocupadísimos con asuntos que a los demás les suelen importar poco, porque están preocupadísimos con los suyos. Llevar un diario te revela el caos, el misterio que llevas dentro. Aunque los otros no vean en ti nada muy misterioso.

No cree en la virtud del trabajo, al mismo tiempo que vamos hacia y estamos en una sociedad sin trabajo. No crees que, quizás, es necesaria una militancia hacia una renta universal, hacia una redistribución de la riqueza obligatoria.

Yo sí sería partidario de una renta básica universal. Y no, no creo que trabajar por trabajar sea en sí mismo una virtud. No veo por qué decir de alguien que “es muy trabajador” sea una alabanza ni garantía de nada.

Abre el diario de 2009 con esta cita: ""Ya llevo diez años con este diario. Hay días en que pienso que podría dejarlo, pero creo que se ha convertido en una adicción". Siempre aparece en la primera página del año correspondiente, una cita que parece dar la impresión de que este volumen, que recorre el tiempo en el que decide que sus diarios sean públicos y que se cierra con el año en el que publicó, podría ser el último. ¿No será verdad?

Sí, es el último. En 2010 se editó el primer volumen y, a partir de ver la luz pública, el diario se autodestruyó. No pude seguir escribiendo como antes, cuando durante diez años había estado tomando notas para mí sin ninguna intención de publicarlas. Yo creo que la particularidad de un diario es que es un monólogo. Tal vez sea eso lo que sorprende e incluso gusta a algunos lectores. Que están escritos hacia dentro, mientras que la mayor parte de lo que se publica en las redes sociales, que a veces se parece mucho a lo que se anota en los diarios, suele estar escrito hacia fuera. Y curiosamente, lo escrito hacia dentro, los diarios, puede producir una mayor sensación de cercanía y proximidad al autor. Como si el lector estuviera descubriendo algo secreto.

Hay una clara voluntad de estilo, al mismo tiempo que un impulso moral recorre todo el diario, aunque intente pasar inadvertido.

Lo de la “voluntad de estilo” puede inducir a equívocos. Como no se refiera a aquello de Orwell de mantener bien limpio el cristal de la ventana. Y en cuanto a lo de “impulso moral”, cito una frase de Montaigne que aparece en este tercer volumen: «No me meto a decir lo que se ha de hacer en el mundo, otros métense ya bastante, sino lo que yo hago».

¿Tiene algo de “personaje” el autor del diario?

Sí, claro. Aunque no sea más que por lo que calla, el autor de un diario se va creando un personaje, al que luego, casi sin darse cuenta, se va adaptando. Pero el autor sigue estando ahí, no lejos del personaje. Borges citaba a Mark Twain: «No es posible que un hombre cuente la verdad sobre él mismo, o deje de comunicar al lector la verdad sobre él mismo”.

Dice usted, "[…] la primera reacción de ama al leer el libro: «Menos mal que todas mis amigas están muertas»". Por último, viendo su discreción, ¿cómo lleva la fama literaria, más que popular, con lo "peligroso" que es el mundo literario?

¿Fama? Tengo un par de amigos escritores, pero no me muevo en eso que llaman “el mundo literario”.

Txema G. Crespo

 


El cura y los mandarines

Del oportunismo como una de las bellas artes

 

La importancia de una obra se mide a veces por el cauto silencio mediático que suscita. En nuestros predios, como en tiempos de Larra, una cosa es lo que se piensa, otra lo que se dice, otra lo que se escribe y otra aún la que por a o por b sale o no sale publicada. El cura y los mandarines, de Gregorio Morán, es una buena muestra de lo que digo. Del éxito de ventas del libro —el ejemplar que ha llegado a mis manos es de su tercera edición— deduzco que la flor y nata de nuestra marca España ha calado en sus páginas ya sea con inquietud, por el temor de aparecer en ellas; ya con regocijo, en razón de las cuatro verdades impresas sobre aborrecidos colegas. En “la grisura plomiza” de la vida intelectual hispana que abarca la obra; en un país “donde los mediocres tienen la oportunidad de convertirse en depositarios del canon” (el nacional católico, claro), un temple iconoclasta como el del que hace gala el autor es insólito; e independientemente de sus apriorismos resulta, cuando menos, revulsivo.
La crítica corrosiva de la Sansueña sobre la que ironizaba amargamente Cernuda es la de un medio camaleónico cuyo pasado falangista y de adhesión a la Cruzada ha perdido con el tiempo su razón de ser y constituye más bien una rémora que conviene dejar atrás. Caído el disfraz, preciso es revestirse de un disfraz nuevo y Gregorio Morán da buena cuenta de ello en la florida nómina de prohombres inamovibles del Régimen, sin dejar obispo con mitra ni títere con cabeza.
Mientras pasaba las páginas del libro (¡nada menos que 800!) veía desfilar uno a uno a los mandarines que copaban en mi juventud los titulares de la prensa rescatando del olvido unos tiempos de medianía y compadreo de los que me evadí al instalarme en París. Poetas que en la mayoría de los casos eran versificadores; críticos especializados en la adulación y carentes de escrúpulos; filósofos como Adolfo Muñoz Alonso, que, con motivo de mi querella contra el Ministerio de Información por injurias, me recibió en su despacho con un inesperado: “Esta noche he rezado mucho por usted”, que me dejó literalmente sin habla... Personajes y más personajes de “prosa apelmazada y pensamiento grumoso” siempre atentos a la dirección hacia la que soplaba el viento y dispuestos a cumplir puntualmente con lo que el franquismo exigía de ellos. Como resulta imposible resumir la labor demoledora del autor en unas cuartillas me limitaré a mencionar unos pocos protagonistas y temas.
Sus páginas sobre la tan traída y llevada “oposición silenciosa” al Régimen —tan silenciosa que nadie se enteró de ella— desmontan una operación de lavado y reciclaje cultural que la cruda realidad de los hechos y conductas se encarga de documentar. Pocos, muy pocos de quienes combatieron en el bando franquista tuvieron la valentía de Ridruejo de oponerse a la dictadura y vivieron cómodamente de sus prebendas antes de convertirse en heraldos de la transición democrática siguiendo la pauta de Fraga y ser futuros prebostes con sus pechos cubiertos de gloriosas medallas de hojalata.
Sin detenerme ahora en la singular trayectoria de Jesús Aguirre de cura de provincias a duque de Alba, que es el hilo conductor en torno al cual se articula el relato, el mejor ejemplo de dicho reciclaje es el de don Camilo. Solo una novela picaresca, pero con final feliz, podría reflejar su vida y milagros desde el poco honroso pasado falangista hasta el de senador real por la gracia de Juan Carlos, inclinando la espalda cuando convenía inclinarla y tejiendo una tupida red de amistades e intereses para mayor fama del personaje que tan gallardamente encarnaba. Quienes rutinariamente lo comparan con su paisano Valle-Inclán ignoran el rigor ético de este y su compromiso con la República. Nada más opuesto que una torpe obra de encargo como La catira a la que creó todo un género novelesco como Tirano Banderas.
El “rebaño intelectual” cambiaba de comedero a tenor de la evolución de los años sesenta y setenta, pero siguió siendo el mismo. La Transición política no se acompañó sino de forma cosmética con una transición cultural: los tabúes del canon nacional católico sobrevivieron al fin de la censura y la fecunda labor del exilio siguió en los márgenes del cauce oficial ahora consensuado. Quienes volvieron a España e intentaron aclimatarse en el erial descubrieron con melancolía que habían sido olvidados.
Uno de los capítulos más intensos del libro es el dedicado a Max Aub y a la obra que recoge el conmovedor testimonio de su regreso a España después de 30 años de ausencia: La gallina ciega. Como escribí en otra ocasión, su excentricidad —origen judío, nacimiento en Francia, acento peculiar e inconfundible—, unida a las vicisitudes dramáticas del exilio, sirvieron de lanzadera a quienes urdieron su cruel y mezquino ostracismo. Aub fue sin duda una anomalía, pero la historia de la literatura es la de las excepciones que escapan a lo trazado con regla y compás. Según verificamos hoy, el autor de Josep Torres Campalans compendia en su obra el eslabón perdido de la modernidad que guadianescamente discurre al hilo del tiempo. ¿Qué podía esperar alguien como él de unos mandarines obtusos y satisfechos de serlo? Vayan de ejemplo estas líneas perpetradas por el muy docto Francisco Umbral: “Max Aub era un señoruco que ni siquiera era español, sino un viajante de comercio suizo que llegó a España y se quedó. Su prosa es la que puede esperarse de un viajante de comercio suizo”. Poco después de este atropello, Umbral fue galardonado con el Cervantes.
Igualmente aguijadores son los capítulos sobre Luis Martín-Santos y la novela que revolucionó la narrativa española, Tiempo de silencio. Como dice Gregorio Morán, el trayecto del autor fue muy breve y el del franquismo muy largo. El accidente que acabó con su vida truncó una ambiciosa aventura literaria cuyo alcance podemos entrever gracias al esquema inconcluso de Tiempo de destrucción, su obra póstuma: el paso eventual del Dublín (Madrid) de El artista adolescente al genio sin límites del Ulises.
Necesitaríamos un buen número de páginas para evocar el reciclaje de muchas figuras y figurones del tardofranquismo y su transformación en mandarines durante el Gobierno de Adolfo Suárez y el inicio del felipismo. Ante la imposibilidad de hacerlo en estas líneas aconsejo al lector una cala con escafandra de buzo en las cáusticas aguas del libro.
Una última apostilla. Cuando Simone de Beauvoir obtuvo el Goncourt en 1954 con Los mandarines, nuestros cultísimos medios informativos cambiaron de género gramatical el título de la novela: ¡Las mandarinas, consagrada quizá a la próspera horticultura de la región de Valencia!

Juan Goytisolo

Nos vemos ahí arriba

 

La noche del 4 de noviembre de 2013 Pierre Lemaitre estaba nervioso. Bebía whisky con el estómago vacío en Le Rosseau, la brasserie de la rue du Cherche-Midi de París que él frecuenta –y donde degustar la docena de mejillones gratinados cuesta 11,80 euros–, cuando le sonó el celular. Lo llamaban desde otro restaurante de París, el Drouant, famoso por sus ostras frescas, por comensales ilustres como Renoir, Rodin y Camille Pissarro y porque, desde 1914, los diez miembros de la Academia Goncourt se reúnen en el salón oval de su segundo piso para deliberar a quién otorgar la distinción literaria más importante de Francia. Lo llamaban para contarle que recién en la duodécima votación el jurado se había puesto de acuerdo y que él, Pierre Lemaitre, acababa de obtener el Premio Goncout 2013 por su novela Au revoir là-haut . La edición en español, Nos vemos allá arriba (Salamandra), estará en las librerías a partir de julio. “Soy la encarnación de que la suerte existe. Salgo de la nada y, después de varias décadas enseñando literatura a bibliotecarios, me convertí en escritor a los 50 y ahora me traducen a 30 idiomas”, ironizó Lemaitre cuando se enteró.

 

–Escribió su primer libro a los 56. ¿Por qué esperó tanto?

–Es la vida. Provengo de una familia en la que la literatura importa mucho. Cuando has leído de joven a Tolstoi, a Dumas, a Pavese es difícil tener la arrogancia de escribir un libro. No la he tenido hasta que cumplí 56 años.

Antes de Nos vemos allá arriba , su carrera literaria estaba marcada por el noir , género con el que también había cosechado premios y buenas críticas. Ambientada en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, la novela comienza en los días previos al armisticio de 1918 y acompaña el itinerario amargo, ingrato y hostil de dos sobrevivientes que, al volver a casa, no logran hallar un lugar en el mundo. La novela no ahorra detalles sobre la crueldad de la vida en la trinchera ni los negocios turbios en torno a los cuerpos de los caídos y las falsas exhumaciones.

Lemaitre asegura que el aniversario del centenario del inicio de la Gran Guerra y los 70 años del desembarco de Normandía –que aquí, en París, reunió a 19 jefes de Estado y a mil veteranos de la batalla que significó el comienzo del fin de la Segunda Guerra– son una mera coincidencia con la salida de su novela en otros idiomas. Dirá que es una idea sobre la que trabajaba en 2008 y que retomó en 2011: “Debió haber sido mi tercera novela, pero mi editor me aconsejó esperar un poco ya que recién me empezaban a conocer como autor de novela policial y salir con una obra costumbrista con trasfondo histórico podría confundir a los lectores”.

 

–Si le iba bien con la novela negra, ¿para qué cambiar la fórmula?

–Cuando voy a escribir no me planteo qué tipo de novela será. Yo me centro en contar la historia y en los personajes, que es lo que me interesa realmente. Sin embargo no soy ingenuo y sé que el policial tiene reglas que intento respetar, pero cuando escribo una novela tengo mis propias herramientas y las aplico al contexto que sea, muy modestamente. Era consciente de que este libro no era como los otros. Pero es una manera de militar por una concepción de la literatura que no esté encerrada en los géneros literarios. Aquí en Francia, y seguro que también en Argentina, tenemos la costumbre de clasificar las novelas, ponerles rótulo. Para mí todo es literatura. Por ejemplo, considero a Simenon un gran escritor aunque algunos de sus noirs no sean grandes novelas policiales ya que no siempre responden a los criterios de la novela negra. En cualquier caso es un escritor formidable, con estilo, que crea sus propios personajes y sus atmósferas con gran humanidad.

 

–Su novela refleja lo mal que Francia trató a sus veteranos. En 1982, la Argentina perdió la Guerra de Malvinas contra Gran Bretaña y muchos de nuestros veteranos corren aún ese destino. Su libro también habla de la desaparición de cuerpos, un tema muy sensible para los argentinos después de la última dictadura militar. ¿Pensó en los ecos que su novela podía tener al ser traducida a otros idiomas?

–Hay dos momentos en mi modo de afrontar mis libros y éste en particular. Un primer momento en el que reflexiono sobre cuál va a ser el libro, qué va a contar y para qué sirve contar esta historia. En ese momento me he dado cuenta de que hay algo muy universal: los que van a la guerra no son bien recibidos cuando vuelven. En ese sentido pensé que el mensaje de mi libro podía ser universal. Luego encaro el segundo momento, el tiempo del novelista: cómo voy a contar esa historia. En ese momento ya no me preocupa a quién le va a interesar o no, sino que el libro esté bien hecho en cuanto a los personajes, la trama, la aventura. Hay un trabajo de escritor y luego de novelista.

 

–¿Puede la literatura hacer algo por la injusticia social?

–No. Hay pocos ejemplos de libros que han cambiado el mundo. Y los libros que han cambiado el mundo son, a menudo, problemáticos como, por ejemplo, la Biblia . A los libros que cambian el mundo no les creo mucho. En cambio sí creo en movimientos sociales de los que participa la literatura. La literatura puede contribuir a que cambie el ángulo de visión de los lectores sobre algunos temas. Pero no es algo diferente de lo que puede hacer el periodismo, el cine o cualquier disciplina que tenga que ver con la comunicación que, de algún modo, siempre trata de cambiar, aunque ligeramente, la percepción de algún aspecto de la realidad.

 

–¿Su literatura es de denuncia?

 

–No, no es una literatura que deje mensaje. Como buen escritor, soy arrogante. Uno no se hace escritor para ser modesto, ¿eh? Pero no tengo tanta arrogancia como para imaginar que debo dejar un mensaje al mundo como Jesucristo. Como contrapartida, escribo con lo que soy, con mi percepción del mundo, mi sensibilidad. Pienso que el rol de los escritores es también trasladar sus valores. No hay un mensaje, yo no soy un crítico de la sociedad. Soy muy crítico como ciudadano e inevitablemente la manera en la que veo el mundo se traslada a mis novelas. Pero no hay una voluntad pedagógica. Yo soy un privilegiado, ante todo porque tengo un oficio del cual poca gente vive, y, después del Gouncourt, yo vivo bien. En Francia, por ejemplo, ocho millones de personas viven bajo la línea de pobreza. Yo soy un hombre próspero y la forma de respetar mis valores es hacer algo con ese privilegio. De alguna manera yo pago la deuda de ese privilegio en un mundo de injusticia. Hablar de un mundo social es una manera de pagar mi deuda. 

 

–¿Su novela es literatura popular?

–La cuestión sería definir qué es la literatura popular. Para mí la literatura popular es aquella que se dirige a todo el mundo, pero no necesariamente a un mismo nivel. Un primer círculo de lectores, por ejemplo, pueden ser los adolescentes, que leen mi libro de un modo muy textual, como si fuera un libro de aventuras. Un segundo círculo de lectores es el de gente más experimentada, más sabia, que va a interesarse por el aspecto político y social del libro. Luego hay un tercer círculo, aquellos que van a reconocer en algún capítulo la palabra de Marcel Proust o alguna otra alusión literaria a Victor Hugo, por ejemplo. La literatura popular es una literatura que se dirige a todo ese público, pero cada uno a su nivel. Es popular porque le gusta a todo el mundo, pero al mismo tiempo, cada uno puede, en función de  su experiencia, de sus expectativas, de su cultura, encontrar aquello que tiene de interés en la literatura. Esa es mi definición de la literatura popular, y yo espero que mi libro se corresponda con esa definición. Lo importante es que ningún lector excluya al otro.

 

–Trascendió que escribió veintidós veces el inicio de su novela…
–Es cierto. Así fue.

 

–¿Es más importante lo que se cuenta o cómo se lo cuenta?

–Es mas importante el modo de contar. Un escritor es un estilo. Soy bastante posmoderno en mi concepción de la literatura. Tengo la impresión de que todas las historias ya han sido contadas. Si ante mí mismo tuviera toda la biblioteca del mundo encontraría en uno o dos libros la historia que yo cuento en mis novelas. No quiero decir que la historia del libro no es importante. Lo es. Pero lo que verdaderamente marca la particularidad de ese libro es la forma en la que esa historia está contada. Esto es importante porque según mi concepción, la literatura es el arte de emocionar. El novelista es un fabricante de emociones. Y la emoción no viene de la historia sino del estilo. Si contás la historia de forma muy anodina, por más que sea una historia apasionante, no transmite emoción. Y esto lo veo mucho con mi hija de cuatro años. Cuando le cuento un cuento y estoy cansado o no me apasiona, a ella no le interesa nada. Pero cuando interpreto a los personajes, está emocionada y sigue la historia.

 

–Volviendo sobre la idea de que todas las historias han sido contadas, usted cita al final de sus libros a los autores que lo han inspirado. ¿Es un modo de atajarse para que no lo acusen de estar tomando de otros escritores?

–¿De plagio? Para nada.

 

–¿Lo hace como homenaje?

–Efectivamente. Le quiero explicar cómo lo hago y por qué lo hago. Cuando escribo, a veces me viene una idea, una cita, una palabra y me llega de un sitio, de un libro, de una película. El azar de la memoria hace que recuerde dónde lo he visto o lo he leído y mi modo de formar parte de la literatura es citar a quien me ha soplado esa idea. La primera frase de mi primer libro es una cita de Roland Barthes: “Lo que el escritor hace es citar a alguien quitando las comillas”. En cierta forma, el escritor es el receptor del trabajo de la vida y en cierta forma no hace más que reciclar lo viejo para producir algo nuevo. Para mí, el plagio es robar un texto íntegro de un autor sin citarlo y yo no hago plagio porque nombro a los autores: quito las comillas, como decía Barthes, y cito al autor.

 

–De todo ese universo de autores que menciona al final de sus libros, ¿alguna vez citó a un autor argentino?

–Tengo un gran problema con la cuestión de los autores extranjeros. Detesto que me lo pregunten. No me acuerdo de ninguno y cuando me voy a mi casa, me vienen en mente los nombres. Me pone un poco incómodo. Parece que no leyera literatura extranjera pero leo tanto como literatura francesa. Preferiría que usted me cite algún autor argentino y yo le digo si lo conozco o no.

 

–Le nombro a Jorge Luis Borges.

–Tiene un valor especial para mí. Estoy casado con una bibliotecaria. Toda la temática de Borges sobre la biblioteca siempre me ha interesado mucho por motivos literarios y familiares.

 

–¿Y si le digo Julio Cortázar?

–No es que me guste menos pero me ha emocionado menos. Nunca sé por qué un libro me emociona. Puedo leer un libro que me deja indiferente y volver a leerlo ocho días después y quedar sorprendido. Creo que no leí a Cortázar en el buen momento. No es culpa de Cortázar. Además, en la lista de citas del final de mis libros no necesariamente figuran mis autores favoritos. Es sólo una lista. Le digo más, algunos de los que figuran allí no sólo no son mis preferidos sino que los detesto. Sólo nombro a los que me han traído una idea o me han inspirado algo. Incluso si en la lista hubiera un autor argentino, no quería decir que es de mi agrado.

Marina Artusa

Crítica en ABC

Crítica en El país

 

Tiempo muerto

José Fernández de la Sota ha publicado un nuevo libro, que es el número 1 de la colección de ensayo de Ediciones El Gallo de Oro.
Su libro tiene esta vez un atractivo extra sobre los que ya lleva incorporados de serie: que no sólo es su libro, sino también de Pablo Gallo, autor de las ilustraciones. Por no hablar del cuidadoso trabajo de edición que ha dado como resultado un objeto con esas cualidades estéticas y táctiles que le son exigibles al libro de papel frente a la funcionalidad del libro electronico.
En fin, vayamos al trabajo sobre el que han trabajado los editores: lo mismo que Pablo Gallo ha hecho esos 46 retratos, más uno del autor, José Fernández de la Sota ha escrito 46 capítulos o ensayos dedicados a 46 escritores. Ensayos líricos, ensayos narrativos, casi siempre tienen un poco de varios géneros. Son literatura y reflexión sobre la literatura, pero, sobre todo, tienen como tema y diana la vida, es decir, la muerte que nos lleva, desde el enfoque de un sector de humanidad especialmente entrenada en la conciencia de la vida y la muerte. Por eso el libro se titula Tiempo muerto. Pero nadie mejor que el autor para explicar qué y por qué, que es lo que hace en el preámbulo :

Este iba a ser un libro de finales. Un libro titulado Tiempo muerto. Me impresionó saber que el poeta Fernando Villalón pidió que le enterraran con el reloj en marcha. Aquello era algo más –pensé– que una bonita anécdota macabra. Porque yo no pensaba en un libro macabro. Pensaba que los últimos momentos (que pueden ser minutos o contarse por décadas) de algunos escritores que admiraba y admiro podrían componer un discreto volumen de prosa. Solamente quería un libro de finales. Un discreto compendio de finales no siempre discretos.

Luego supe que Octavio Paz habia dejado escrito: Díme cómo mueres y te diré quién eres. Anoté en mi cuaderno la cita y recordé que Paz había muerto pidiéndole a George W. Bush (gobernador de Texas por entonces) que indultara de la pena de muerte al mexicano Irineo Tristán. Bush no contestó a Paz y Paz murió al mismo tiempo casi que Irineo Tristán, un espalda mojada que lo ignoraba todo del autor de Las Peras del Olmo. Y sin embargo, Irineo Tristán, desde su silla eléctrica, contribuyó a elevar el niver de la muerte de Paz, que falleció en la cama intentando dar sorbos a una copa de Oporto.

El libro fue avanzando y me fue demostrando que los grandes poetas exageran. Paz no tenía razón (no tenía la razón) cuando afirmaba que nuestra muerte nos identifica. Salvo quienes deciden (como Jacques Rigaut, Henri Roorda o Alejandra Pizarnik) hacer mutis de modo voluntario, los demás no tenemos más remedio que jugar en una lotería pronosticable, pero siempre imprevista. Sabemos –como amenaza el lema del reloj de la iglesia de Urruña- que todas hieren y la última mata.Nada más. Ni el día, ni la hora, ni el minuto. Ni siquiera el lugar de la cita.

El libro, digo,avanzaba alejándose de su primer propósito. Avanzaba arbitrario. Obedeciendo sólo, en todo caso, a la parcialidad de las admiraciones de su autor y al capricho de su curiosidad. Más que lápidas, lo que surgía de modo caprichoso eran retratos en movimiento. Así se fue formando esta gavilla de fragmentos biográficos de escritores, algunos mundialmente conocidos y otros ampliamente ignorados.
Historias de escritores, eso sí, un poco raros. pero, ¿cómo alguien que dedica su vida a la escritura puede considerarse plenamente normal? Desengañémonos: escribir no es normal. Lo normal es morirse, algo que han hecho todos y cada uno de los autores que pueblan este libro.

Historias de escritores un poco raros y a veces algo más. Historias verdaderas y fingidas, porque todos los artistas citados pusieron en escena un personaje (o varios) de su propia invención. Y creo que ninguno, ni en el último acto de la obra, renunció a su querida, pesada y vieja máscara.

No sabría decir si para los autores convocados (o quizás invocados) en estas páginas, la vida fue un infierno o un paraíso. Seguramente para Ia mayoúa de ellos –de modo transitorio– fue ambas cosas. Céline dijo que nunca fue feIiz, y así se cuenta. Pero todos sabemos que Céline era un gran mentiroso.

El paraíso, para Lewis Carroll, era un río en verano. Así fue. El reverendo Dodgson encontró el paraíso una tarde soleada de julio, navegando con las hermanas Liddell y contándoles cuentos imposibles que sucedían en un país terrible y maravilloso en el que Alicia, la más curiosa de las dos hermanas (y la más insistente y caprichosa) reinaría para siempre jamás.

Tiempo muerto, que también podría haberse titulado Últimos días en el paraíso, comienza en aquel río en el que Lewis Carroll descubrió el país de la maravillas una tarde de julio.

 Tomado de página Poetas Vascos

La ciudadela interior

El estoicismo es una de las reglas de vida dominantes entre las clases ilustradas del Imperio medio y tardío, y se cuenta entre las fuentes principales del cristianismo primigenio. Los estoicos y, en general, las escuelas filosóficas del período helenístico, en el que conviven Epicuro, los cínicos y los cirenaicos, tienen un enorme atractivo para nuestra época que, como la de ellos, bien podría calificarse de alejandrina. Como nosotros, sus maestros piensan obsesivamente en lo más íntimo y, fieles a su representación del mundo, en la totalidad; y en las muchas maneras en que la intimidad y la totalidad han de ponerse de acuerdo. Muchos tienen para enseñar, pues, a nuestras consciencias presentes : tan cosmopolitas, escépticas y desarraigadas.
Paradójicamente, la filosofía que se aprende en los institutos y en las universidades no suele dedicar mucha atención a los filósofos del llamado helenismo y en cambio da preeminencia a los de "la historia de la filosofía" (los presocráticos, Platón, Aristóteles, Plotino y a sus respectivas tradiciones; y, ya al final de la Antigüedad, a Agustín de Hipona), quizá porque en ellos se encuentranuan buena parte de las referencias principales de los grandes sistemas, desde la democracia al arte, hasta la naturaleza y los grandes principios (el Bien, la Belleza, lo Verdadero) y, en buena medida, el vocabulario original que más tarde  desarrollarán la ciencia y la técnica modernas. Lo que es una lástima, porque la inmensa sabiduría de la vida de los filósofos del helenismo serviría para sustraer a unos cuantos pobres de espíritu de caer en las manos de los mercaderes de felicidad, los coaches de la autoestima, los psicólogos de pacotilla y muchas variedades de gurúes más o menos orientalistas o exóticos, que andan por ahí haciendo el agosto.
Pierre Hardot se ha servido de un texto fundamental de la tradición estoica, las Meditaciones del emperador Marco Aurelio, para intentar una especie de compendio del estoicismo medio. Su trabajo , fruto de más de veinte años de estudio, es una exégesis eshaustiva en toda regla; y aunque por su prolijidad y detalle resulta un tanto abrumador y algo repititivo - por momentos, la acumulación de escolios y comentarios recuerda la edición de Jiménez Redondo de la Fenomenología del Espíritu, que casi cuatriplica el texto de Hegel-, Hadot consigue desentrañar todo lo que Marco Aurelio debe a Epícteto y a los grandes estoicos : Cleantes, Zenón, Crisipo. Su comentario quita frescura al texto original de Marco Aurelio pero, en compensación, arroja luz sobre los aspectos más oscuros de esa obra a la vez que intenta abrir nuevas vías de interpretación sobre la experiencia del yo  en la cultura antigua.
Las Meditaciones son un compendio de hypommémata, es decir, anotaciones personales que el emperador hizo probablemente durante el tiempo de su reinado, entre 161 y 180, transcurridos entre las intrigas y las luchas políticas de la corte en Roma y las muchas campañas militares que Marco Aurelio hubo de emprender para defender las fronteras del Imperio de la amenaza de germanos y partos. Es un texto asombroso por su refinamiento y su ascetismo y, como bien observó Renan, tiene la virtud de no envejecer : mantiene intacto el drama personal de un hombre extraordinario, atrapado en su doble condición de pequeña alma que busca la armonía con el mundo a través de una estricta disciplina moral y la que imponíal la investidura imperial : vivir como un dios en la tierra.
Hadot entiende que las Meditaciones son ejercicios espirituales en los que la individualidad del emperador nunca entra en escena y, sin embargo, hace girar las reflexiones de Marco Aurelio en torno a su imposible libertad toda vez que, para el estoico, no hay posibilidad de restablecer la necesaria armonía con el Todo sino por la aceptación de la hegemonía del Destino. Y no solamente para los estoicos : la libertad es impensable para la mentalidad antigua, incluso para un hombre como Marco Aurelio, que fue elevado al poder absoluto sobre la totalidad del mundo, una dimensión de la experiencia mundadn que ninguno de nosotros puede represantarse. En la lectura de las Meditaciones que hace Hadot, sin embargo, el drama del hombre libre reaparece una y otra vez detrás de las pródigas referencias eruditas y los escolios. Quizá haya aquí un ejercicio espiritual empático, sí, pero parecería que es del propio Hadot, que escribió un tratado de estoicismo que se lee como el diálogo entre dos melancolías unidas a través de los siglos.

Enrique Lynch

 

 

Libro de los requiems

El que un libro publicado fuera de los circuitos del mercado y obra de un autor ajeno al estrépito mediático tenga algún recorrido, es tan raro como el socorrido perro verde, como una medusa bibliófila o un sapo con bigote. En espera de que la biología vaya abriendo curso a tales supuestos, daré paso a la historia: un libro que habla de elementos tan ajenos al hoy como Rilke, Lawrence, Lord Byron, Balzac o Puccini, salpimentado con algunas experiencias del autor en torno a sus paisajes vitales, publicado en una editorial semiartesanal que se ubica en un sótano barcelonés y del que se hace una tirada de cincuenta ejemplares, a través del boca a boca, llega a obtener un prestigio selecto que convence a Edhasa para hacer una nueva edición a los pocos meses. El libro aparece en diciembre de 2004 y, aunque los reseñistas siguen ignorándolo, se reproduce el mismo fenómeno, del boca a oído, hasta que, a los seis meses, los suplementos oficiales deciden recogerlo. Con cautela, claro, exceptuando el tino de la siempre aguda Anna Caballé.

Libro de réquiems en sus casi setecientas páginas contiene una ingente información pero también revela una admirable veta lírica. La capacidad del autor para integrar naturalmente imágenes y vivencias de su peripecia personal con la mostración didácticamente sutil de aspectos relevantes, pero frecuentemente poco conocidos, de los personajes y asuntos que trata se lleva a término con tanta elegancia como facilidad para el arrebato, con tanta pasión por la belleza como compulsión elegíaca.

Hay también en Wiesenthal un contenido gusto por la rareza, por la excentricidad, por las versiones menos populares de cada uno de los asuntos ofrecidos, sean grandes escritores, músicos o pintores o sean lugares-símbolo de la historia cultural de Occidente. Igualmente, hay cabida –y se agradece en un mosaico repleto de mitos- para nombres menos sonoros: Delmira Agustina, William Beckford, Edward James o la misma Lola Flores tienen su lugar –y no siempre para un réquiem- en estas páginas densas en contenido y ligeras para la lectura. Porque Mauricio Wiesenthal, este semidesconocido con más de cincuenta títulos publicados y cultura enciclopédica, escribe con fluidez, naturalidad y encanto y, además, se pirra por lo que no está en el manual, por ese mundo –en España, desaparecido- de la picaresca, de los extremos que se tocan, de gentes que arrastraban una historia grabada a buril en su rostro… Él lo dice bien claro: “El mundo de mi infancia y mi juventud estaba lleno de personajes pintorescos. Los seres humanos tenían personalidad, estilo, carácter (…) Ahora, quizás arrastrados por la estética de las rebajas, el mundo se ha llenado de clones anónimos (…) Preocupados sólo por el atuendo están todos estos narcisos posmodernos que se presentan hoy en sociedad como profesores de estética, diseñadores de sillas, poetas terribles, figurines tristes o filósofos del tercer milenio… ¡Que estupidez gastar tanto dinero en adornar tanto hueco y en peinar tanta muñeca!” (pp. 14-15).

Libro de réquiems nos conduce, con amor, ironía y erudición, a través de un viaje sin fondo por la cultura europea de los últimos siglos. La nostalgia de la belleza, de esa belleza -posible de imaginar e imposible de alcanzar- que dio lugar a muchas de las mejores páginas de genios, como Bécquer o Cirlot, descrita, sugerida o evocada, es el contenido del viaje. Pero todo ello ofrecido con una técnica caleidoscópica que nos va aportando enfoques, detalles, perspectivas, flash backs, incisos personales… de cada uno de los temas tratados y que hacen que la lectura progrese en espiral, llenando casillas, proponiendo sugerencias, viajes alrededor o al fondo del laberinto.

No sé si este es un libro para llevarse de viaje, sí que lo es, para tenerlo a mano, para abrirlo por cualquier parte y recrearse morosamente en su estilo clásico, en sus anécdotas impagables, en su alma de luminoso cristal. Repaso estas líneas y veo que no hay sombras en mi admiración por este libro. Nunca debe haber nada sin su contraprestación, sin su correspondiente fisura. Hubiéramos agradecido un índice onomástico.

 

Javier Barreiro

Diarios (2004-2007)

La vida reposada
 

Iñaki Uriarte (Nueva York, 1946) era hasta el año pasado, cuando publicó el primer volumen de sus diarios, un completo desconocido (a nivel nacional) en el mundo de las letras españolas. Es cierto, no obstante, que hubo de ejercer de crítico para el periódico vasco El Correo hace ya bastantes años, y lo venía haciendo de manera esporádica –y ya al final en pocas intermitencias- en los últimos años.

Tal anonimato, al menos para los que no vivimos en Euskadi, ha resultado magnífico, pues su obra se puede leer como la de un autor contemporáneo, pero no actual, en el sentido de tratarse de una escritura póstuma, o sea, que ha quedado ya en un tiempo ligeramente pretérito, es decir, que se trata de una escritura que por su –(a)temporalidad de aliento clasicista (en el sentido anacrónico y aristocrático) - no nos interpela, sino que nos comunica, distiende y cuenta. Y es que esa es una de sus grandes virtudes, que a pesar de que se incluyan referencias a Internet, los blogs, y algún suceso relevante de los últimos años, los hechos resultan apenas una excusa para lo que se nos cuenta, son incluso superfluos, decorativos. Pues lo interesante está en ese decir las cosas de Iñaki Uriarte, en su ethos particular.

Se trata del diario de “un rentista” (p. 77), un hombre que se construye bajo las leyes de “algo así como una coquetería ética” (p. 101), espoleado por las lecturas de un mal estudiante, conseguidas gracias al impulso de una “curiosidad errática (p. 98). Un “autodidacta bastante vago y arbitrario” (p. 99), así es cómo se nos define Uriarte. Un hombre que confiesa que le falta “sentido épico, o trágico, o lírico” (p. 91) y que, por así decir, va tirando, vacilando vivamente entre las opiniones de un hombre de letras y las de un hombre de mundo.

Es Uriarte un diarista para el que “escribir es como descomprimir un archivo zip” (p. 60). Ficheros de no demasiado peso, también ha de decirse, pues las anotaciones son más bien gráciles, breves, de una sola línea en ocasiones y, excepcionalmente, expandidas en unos pocos párrafos, nunca demasiado como para resultar cargantes. Aunque las anotaciones no vienen nunca fechadas, en algunas ocasiones se nos indica el día de la semana o se nos dan algunas claves temporales para la interpretación de ciertas secuencias.

En las páginas vemos a un diarista que duda, que pone de manifiesto que “no está claro por qué o para qué escribo estas páginas” (p. 83); el impulso para la escritura de estos textos, sin embargo, sí parece indubitable y es el que “un día miré para atrás y vi que no me acordaba de nada y desde entonces decidí guardar algo” (p. 84). Así, asistimos al diario de un hombre que se encuentra en un momento de su vida “en que no [tiene] certeza ni de [sus] certezas” (p. 83) y que cree de sí mismo que “soy una persona en general más buena que mala” (p. 65).

En su ir dudando, pensando y repensando las cosas, Uriarte va intercalando apreciaciones sobre sus lecturas presentes o pasadas, y así nos habla de de Thoreau, de Emerson, quien le parece “confuso y contradictorio” (p. 74), de Montaigne, de Spinoza, de Petrarca, quien “inventó el montañismo” (p. 73), de Heine, Ferlosio, Schopenhauer, Scott Fitzgerald, de Cervantes y el Quijote, Kierkegaard, Voltaire, Kant, Jaime Gil de Biedma, de Valéry o Borges y de Cioran, sobre el que opina que “no es tan original como se cree” (p. 40). Y de otros muchos, muchos más.

Pero, “haber leído mucho es, en parte, un desastre” (p. 58), nos confiesa. Y, por ello, el autor –como para descordar la (posible) gravedad- se da a la ligereza de contar los grados de separación que median entre él y Joyce, Proust, Kafka o Hemingway (pp. 51 & 52).

Y es que el diarista entonces, se sabe necesitado de prosaísmo, y se da a “lo que [él] mismo acept[a] calificar como de inanidad, frivolidad o insustancialidad” (p. 61). Uriarte nos cuenta entonces diversos acontecimientos, entre ellos, el encuentro con la mujer de “un tipo soso, del que no recuerdo nada” (p. 31), Letizia, una “presentadora de televisión en una cadena de pago, muy atractiva y charlatana” (p. 31), y que acabará siendo reina de España. También nos habla de sus viajes, de cómo “una semana lejos de España es un reconstituyente de primera” (p. 57). Y de sus vacaciones en Benidorm, en cuyas playas es capaz de alcanzar cinco o seis veces cada verano “el grado cero de la existencia” (p. 119).

Entretanto, asistimos a ciertos momentos de desencanto: “No estoy muy seguro de que me siga gustando la literatura” (p. 47); o acaso nos muestra su incredulidad, rechazo y pesadumbre (de una sola vez) al respecto de la vejez: “a partir de cierta edad la gente empieza a tener teorías sobre todo” (p. 43), “los viejos no vemos bien lo que pasa ahora –nos dice- “’en mis tiempos…’ resuena en el fondo de todo lo que decimos” (p. 133) y será porque con la edad “creo que te haces menos flexible y más raro e intolerante” (p. 71). Da cuenta de cómo en la infancia creyó “tener vocación de cura” (p. 179) y nos hace partícipes de su falta de amor por la política, al ver cómo muchos de sus compañeros de izquierda se han pasado velozmente hacia posiciones muy cercanas a la derecha.

Por ello, la gracia de este diario motivado “por la descripción y expresión de la individualidad” (p. 121) está en ese balancearse entre la seriedad del prurito y la comedia del apunte vitriólico. Y así, en su sinceridad halla Uriarte su expiación. Nos confiesa que le gustaría “ser más inteligente” (p. 86) o que se siente “envidioso de no ser más moderno” (p. 97) e igualmente se exculpa por lo redactado diciendo que “a veces no soy como el que escribe estas páginas. Incluso me produce extrañeza su autor” (p. 136). Ni siquiera tiene reparos en declarar que “le h[a] cogido un poco de manía al euskera” (p. 141) o de escribir que “[Bernardo Atxaga] sabe que no aprecio demasiado su obra” (p. 140).

Sus aforismos demuestran a las claras la profundidad del pensamiento cortado (a la manera levreriana) con la perspicacia ingeniosa de la pulla. Un ejemplo:

“esencia del pensamiento conservador: creer en las élites, creer que hay personas mejores que otras y que se merecen más. Y lo que suele ser risible: creer que tú eres una de ellas” (p. 86).

O acaso este otro: “justificación de la envidia: no es infrecuente que las personas a las que sucede algo bueno se pongan insoportables” (p. 41).

También tiene tiempo Uriarte para contarnos un par de sueños que le inquietan un día determinado, sus lecturas de la prensa, su estado médico, de su gato Borges, de lo que significaron para él los años 80: “una única y estancada noche de borrachera, de excitación y monotonía a un tiempo. Una década sin apenas luz diurna […] años de depresión” (p. 55). También de las cenas de Navidad familiares, de su hermano Antón, quien dice que el cambio climático “es un cuento de ecologistas y los medios de comunicación, un gran mito moderno” (p. 85), de cómo concibió con unos amigos “el proyecto de colocar una bomba a la puerta de un banco español en París” (p. 147). Nos habla sobre su estadía en la cárcel como preso político bajo la represión franquista o de la pensión familiar de sus abuelos en nueva York, la pensión Cantolla “un sitio espléndido, con un ambientazo de primera y al que ahora mismo iría a pasar una temporada” (p. 126) o de cómo Internet ha procurado en la mente contemporánea un fuerte sentido del escepticismo.

En resumen: (pseudo)teorías, percepciones, ocurrencias y apuntes: vivencias escritas “con el propósito de valer[se] de la experiencia en el futuro” (p. 81).

Un diario fructífero, pues, no solo para quien lo ha escrito sino para el lector, que descubre una vida desconocida, que le deleita e instruye sobre los pareces de una personalidad singular, instalada en una época ida y en un lugar lejano, pero que ya son como si –un poquito, al menos- fueran nuestros.

 

J. S. Monfort

«Bastantes tostones me he tragado como para soltar ahora yo uno»

Las palmaditas en la espalda de tres amigos de Bilbao y de un poco impresionable crítico avilesino animaron a un reacio Iñaki Uriarte a publicar el año pasado el primer volumen de sus diarios. Se trataba de unas notas íntimas, escritas para nadie, como si el autor «hablara solo». Aquel libro previsiblemente minoritario no tardó en vender su primera edición y obtener un unánime respaldo crítico. Los diarios de Uriarte fueron uno de los fenómenos más felices de la pasada temporada. Pepitas de Calabaza publica ahora su continuación: 'Diarios, segundo volumen: 2004-2007'.

- Después de lo bien que fue el primer libro, ¿publica este segundo con mayor convencimiento?

- Bueno, con cierta esperanza de que a los que les gustó el primero les guste también éste. Tal vez falten ahora algunos elementos de sorpresa que había en el primero, pero creo que el tono es el mismo. Al fin y al cabo, completan los nueve años que escribí sin la menor intención de publicar.

- La publicación de aquellas notas tuvo repercusiones inesperadas. Le llevó a Estados Unidos y su nombre aparece incluido en la reciente 'Historia de la Literatura' de Gracia y Ródenas.

- Dos sorpresas enormes y muy agradables. Cuando recibí el e-mail del Instituto Cervantes de Nueva York le escribí a Eduardo Lago, su director, para preguntarle si no se había equivocado. En la Universidad de Brown, le di el libro a Domingo Ródenas, que asistió a la charla que ofrecimos Kirmen Uribe y yo. Le gustó mucho, se lo pasó a Jordi Gracia, que se entusiasmó, y me incluyeron en esa 'Historia...'. Supongo que, de todo el libro, soy el autor citado con menos líneas publicadas. Cuando Domingo Ródenas me dijo que iban a incluir una mención a mis diarios me quedé estupefacto.

- Jordi Gracia sitúa sus diarios entre los moralistas franceses y «un Pla socarrón y vividor». ¿Le agrada la compañía?

- Claro. A los moralistas franceses los leo habitualmente. Aunque alguno, La Rochefoucauld, por ejemplo, me parezca demasiado amargo, o agrio. De todas formas, mi gran autor francés es Montaigne, más templado y alegre que los moralistas. Y que no intentaba dar lecciones. «Yo no enseño, yo cuento», dijo. Pla me encanta y me provoca una sonrisa constante. No creo que haya muchos libros en la literatura española del siglo XX más perdurables que su 'Cuaderno gris'. Dicen que las principales cualidades de su estilo son la sencillez, la ironía y la claridad. Yo trato de imitarlo en eso, aunque la ironía es algo que no se puede imitar, claro, te sale o no.

- Su estilo es limpio y antirretórico. Suele decirles a sus amigos escritores que usted no sabe 'escribir'. ¿Lleva mucho trabajo hacerlo sencillo?

- Es que es verdad eso de que no sé escribir, si me comparo con ellos. Yo no tengo ese don del lenguaje que tienen los buenos escritores. Por eso escribo tan corto y sencillo. A un buen escritor le das un tema, la primavera, o un cenicero, por ejemplo, y te escriben en media hora un buen folio. Yo no sé hacer eso. Yo escribo una página y me sale como un cristal un poco sucio. Luego lo froto y lo froto, procurando que quede limpio. Y respecto a si me lleva mucho trabajo, yo no lo llamaría trabajo. Cualquiera que haya limpiado alguna vez una ventana de su casa sabe lo gratificante que es.

- Sus ideas sobre la política, el mundo del dinero o la deriva ideológica de su generación están entre el pequeño libertario y el tercero excluido. ¿Siempre en dirección contraria?

- No sé si en dirección contraria, pero sí trato de que sea la mía. Si no, ¿para qué escribir un diario? De política hablo poco. Es lo que más viejo se queda al leerlo al año siguiente. Pero algo sí digo, claro, porque es de lo que estamos hablando todo el día. Eso de «pequeño libertario» me gusta, me recuerda a aquello que la policía franquista le puso en la ficha a Fernando Savater cuando lo detuvieron: «anarquista moderado».

- ¿Y la evolución ideológica de su generación?

- Allá cada cual. No me gusta mucho el término de generación. Me remito a una entrada del diario donde cuento que mi madre, a sus 90 años, me dijo un día: «Por fin ahora entiendo algo que cuando me lo decían antes no lo creía. Me señalaban a una señora mayor muy fea y me decían: Esa, de joven, fue guapísima».

- Consigue decir semejantes cosas en un tono infrecuente por aquí: contundente, pero poco agresivo.

- La primera versión de algunas de las cosas que escribo es muchas veces más pendenciera. Pero luego se me pasa. También para eso sirve llevar un diario, para aliviar los cabreos.

- Aun así, hay en los diarios algún que otro retrato bastante irónico. ¿Algún enfado?

- El único enfado que me ha llegado es el de alguien a quien yo creía haber puesto muy bien.

- Dice José Manuel Benítez Ariza que la dificultad de llevar un diario estriba en avanzar «sobre la falsilla de lo ya escrito».

- Una vez me di cuenta de que había escrito un párrafo exactamente igual a otro del mes anterior. Cada uno tiene sus obsesiones y sus manías, que se repiten al escribir un diario. Y luego está el personaje que va saliendo de ahí, y que no soy exactamente yo, pero es el que sigue escribiendo. Luego, al releerme, lo que tengo es una especie de eso que llaman experiencia astral. Me veo desde fuera, con cierta familiaridad y también con cierta extrañeza, soy yo y no soy yo.

Versión de sí mismo

- ¿Ese personaje es una versión favorecedora de usted mismo?

- Sí. Me saco favorecido en los papeles. Aunque tampoco sabes nunca exactamente qué es lo que te favorece o no te favorece. Hay una entrada en este segundo volumen en que menciono los atuendos increíbles que se ponen las mujeres en las bodas. Y todas ellas salen de casa creyendo que están más guapas de lo habitual.

- Sus diarios son breves. Cada volumen abarca cuatro o cinco años y no llegan a las doscientas páginas.

- Eso es una cortesía para el lector. Bastantes tostones me he tragado en la vida como para andar soltando ahora uno yo. Y también es una especie de truco. El novelista americano Elmore Leonard dice. «Lo que pienso que el lector se va a saltar, lo quito». Yo trato de hacer lo mismo.

- Desecha dos terceras partes de lo que escribe.

- Bueno, es que parte de lo que apunto no son más que citas de libros o artículos. O desahogos del día a día que, leídos un poco más tarde, no vale la pena tener en cuenta.

- Desde hace un año sabe que ahí afuera hay lectores que esperan leer sus notas. ¿Afecta eso a su escritura?

- No lo sé. No he releído nada de lo que he apuntado desde que salió el primer libro. Ha sido poco, y supongo que una buena parte tonterías relacionadas precisamente con la publicación de aquel libro. Es posible que publicar me haya atontado un poco. Por lo menos, me ha metido en un lío para seguir con el diario.

- ¿Y publicar le divierte? ¿Habrá tercer volumen?

- Me altera, y no siempre para bien. Yo no tenía intención de publicar. Llegué a ello casi por casualidad. Y para mí ha sido una experiencia buena, pero también desasosegante. Aquello de la experiencia astral que he dicho antes, se multiplica. Cualquier comentario sobre mi libro y su autor me parece que se refiere a otra persona. Y no sé si habrá tercer volumen. Por lo menos hasta que pase bastante tiempo.

PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Diarios (1999-2003)

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A la madura edad de 52 años, cuando uno empieza a fascinarse por el misterio borgiano que esconden los gatos, el crítico literario Iñaki Uriarte se puso a escribir un diario con el mismo pudor de un escritor primerizo. Fue rellenando cuartillas sin estar seguro de si aquellos pensamientos que le rondaban por la cabeza eran joyas que resistirían la erosión del tiempo o, más bien, abalorios de temporada. Caminando sobre ese estrecho alambre que separa lo sublime de lo superficial, no paró de recabar sus impresiones vitales durante varios años, hasta que decidió darlas a leer a algunas de las muchas personas que había conocido en su trayectoria profesional. Aquel manuscrito gustó mucho por su hondura y, ahora, la editorial Pepitas de calabaza ha decidido publicarlo bajo el título de Diarios (1999 -2003), un libro de evocadora portada, que se presentará el miércoles 9 de junio de 2010 a las 19,30 h. en la Casa del Libro de Bilbao (Alameda de Urquijo, 9).

Si se debe a Montaigne el honor de ser el primero en tomarse a sí mismo como materia de su obra, inaugurando un género intermedio entre la filosofía y la literatura, Iñaki Uriarte elige también este camino híbrido para debutar como autor en el mundo de las letras. Lo hace, como enseñó el ensayista francés, sin ínfulas, sin dictar cátedra, con una sinceridad que va calando en los huesos como un sirimiri norteño. Las páginas de este libro confesional recrean las contradicciones de un hombre de nuestro tiempo, tan cosmopolita como local, tan misántropo como sociable, tan ocioso como trabajador. Orgulloso de no haber pertenecido a esa raza homogénea de los asalariados, Iñaki Uriarte, sin más nómina que su voracidad lectora, se permite la libertad de reflexionar sobre infinidad de asuntos, públicos y privados, y sobre multitud de personajes, célebres y anónimos. Sus comentarios, envueltos en una saludable mezcla de ironía y comprensión hacia sus semejantes, cuestionan prejuicios con la lucidez de un forastero. Claro que de alguien nacido en New York, que es de San Sebastián, vive en Bilbao y veranea en Benidorm, sólo podía salir una visión alejada de mistificaciones políticas, sociológicas y literarias.

Estos retazos de una fructífera vida interior están marcados por un humor sano, descreído, entrañable. Sin esconderse detrás de las máscaras de la ficción, Iñaki Uriarte persigue el loable, y difícil, intento de dejar un agradable recuerdo de su persona a sus contemporáneos. Por eso, huye de cualquier tentación de grandilocuencia. Escribe como se escribían las cartas antes y los correos electrónicos ahora: sin retóricas, al grano. Hay una voluntad de sencillez en todo lo que dice y en cómo lo dice, una apología de encontrar siempre la frase más sencilla, la palabra más sencilla, a la búsqueda de que él denomina ‘el tono de época’ en el que se reconozcan los lectores. Es lo que intentó Pla y es lo que intenta Iñaki Uriarte. Él también ha preferido para expresarse el vuelo gallináceo de las confesiones de un diario a las grandes aventuras transoceánicas de una novela.

 


 

Anotaciones de un hombre libre

El donostiarra Iñaki Uriarte publica sus 'Diarios'

Ruth Pérez de Anucita - Martes, 13 de Julio de 2010

Donostia. "A Iñaki Uriarte me gustaba verlo como un gran lector, como un hombre muy inteligente y sensato ágrafo, un radical del silencio. Pero un día me sorprendió mandándome unos fragmentos del formidable diario que había estado escribiendo a lo largo de los años. Me pareció tan bueno lo que leí que aún no me he repuesto de la impresión. Le envidio porque es libre".

El hombre que se ha resistido a ser domesticado nació en Nueva York, reside en Bilbao y se siente de Donostia. La reflexión, tan contundente, de Enrique Vila Matas la provocó la lectura de una recopilación de notas escritas entre 1999 y 2003, reflexiones gobernadas por la sinceridad, la perplejidad y la confusión, bañadas siempre en perspicacia. El jueves presentará en su ciudad (Fnac, 19.00 horas) sus Diarios, publicado por Pepitas de Calabaza, que se anuncia como "la editorial con menos proyección que un cinexín".

Aparte de algunas notas familiares, la biografía de Uriarte no es pródiga en datos. Él lo resume así: "He estado en la cárcel, he hecho una huelga de hambre, he sufrido un divorcio, he asistido a un moribundo. Una vez fabriqué una bomba. Negocié con drogas. Me dejó una mujer, dejé a otra. Un día se incendió mi casa, me han robado, he padecido una inundación y una sequía, me he estrellado en un coche. Fui amigo de alguien que murió asesinado y fue enterrado por los asesinos en su propio jardín. También conocí a un hombre que mató a otro hombre, y a uno que se ahorcó. Sólo es cuestión de edad. Todo eso me ha sucedido en una vida en general muy tranquila, pacífica, sin grandes sobresaltos".

Hablar solo Quizá por eso su tono se aleja de los diarios de Tolstoi. "Sus anotaciones dan la impresión de corresponder a un tipo amargado de quien nadie sospecharía que escribió una novela grandiosa como Guerra y Paz. Son como una pelea consigo mismo, a veces conmovedora, a veces irritante, a menudo incomprensible", describe.

Su estilo es franco y depurado. Establece las pautas en la primera página de su diario: "Pla dice que hay que escribir como se escribe una carta a la familia, pero con un poco más de cuidado. Aquí voy a hacerlo como si hasta las cartas fueran un alarde de retórica. Como si hablara solo".

El estilo, como suele ocurrir cuando la escritura es un empeño auténtico y no impostado, no es sólo un estilo, sino una postura deontológica. Uriarte comparte la observación de Nietzsche: "Se aprende antes a escribir con grandilocuencia que con sencillez. Ello incumbe a la moral. Es fácil señalar unos cuantos defectos morales que empujan a ser grandilocuente. El primero es la falta de aplicación. A quien escribe con descuido se le llena la página de expresiones que tal vez fueron elocuentes en su origen, pero que hoy son tópicos grandilocuentes. Otros enemigos de la escritura sencilla son la vanidad y el miedo. Quien escribe para publicar y ser leído tiende a adornar o proteger su pensamiento con grandes palabras. Y esto de las grandes palabras hay que entenderlo literalmente", desarrolla. Se apoya también en Valéry: "Entre dos palabras semejantes, escriba usted la más corta. Todo un precepto ético".

Esta franqueza se extiende también al contenido. "Sospecho que los pensadores se detienen en un momento determinado y dicen: Aquí me planto. De ahora en adelante defenderé esta idea, aunque estoy seguro de que podría pensar alguna otra cosa diferente, e incluso la contraria. Me resultan incomprensibles el aplomo y la seguridad de cualquiera que escriba un libro de ensayo". De hecho, explica, "en mis diarios no hay ninguna teoría sobre nada. No sabría hacerla, tal vez por aquello que dijo Machado de que nunca estaba más cerca de una cosa que cuando acababa de escribir lo contrario".

Horarios de minero Una de las intimidades que desvelan los diarios es que Uriarte nunca se ha sometido a la disciplina laboral, no al menos a una estructura rígida de horas interminables en una oficina. "Al no haber trabajado, se puede decir que he vivido ocho horas más al día. Por otro lado, está la impresión psicológica", añade y, por si acaso, cita a Séneca: "Es breve la vida de los atareados".

En Diarios, cuenta que una vez visitó al filósofo Fernando Savater en Madrid, "a hacerle una entrevista sobre las drogas". "Al terminarla, se me ocurrió pedirle que me detallara su horario cotidiano. Yo preguntaría eso a todo el mundo. Es lo que más me intriga de la gente, no lo que piensan o lo que desean, sino lo que hacen. No me basta con eso de yo trabajo en Iberduero o soy pintor", cuenta. "Para empezar, Savater se levantaba tempranísimo, aunque hubiera trasnochado. Luego ocupaba todo el día repartido por horas y medias horas en actividades diversas. De diez a once ensayo, de once a once y media poesía, luego tres cuartos de hora de escritura, más tarde media hora para preparar una clase, una hora de inglés, 45 minutos de novela... más o menos así todo el tiempo. Me despedí de él como quien se despide de un minero". ¿Existe el peligro de que cambie sus costumbres y se aplique un horario minero, tras su incursión literaria? "Eso es imposible. Yo soy un hipoactivo y creo que seguiré parecido. Lo que digo de Savater en el libro es una broma muy blanca"

La advertencia sobre la broma inofensiva no es casual. Porque Uriarte, con sus opiniones poco ortodoxas, que desafían las estructuras metales agarrotadas, incluida su afectuosa defensa de Benidorm, ha sufrido "paranoias en algunos momentos", preocupado por si habrá "molestado o herido a alguien". "Todos los días pienso en algún momento si no habré cometido una insensatez tremenda al mostrarme así en público, aunque la verdad es que el mío no es un diario muy íntimo, sino tirando a pudoroso", confiesa.

Seguir escribiendo Lo que hizo que venciera sus resistencias a la publicación fue una acción externa: la insistencia de amigos y editores. El motivo para escribir sin embargo fue interior, dibujar una escala propia del mundo: "Escribir para intentar circunscribir un mundo que, con la edad, se me va haciendo cada vez mayor. Cada día tengo la sensación de saber menos, de ver a menos gente y de entenderla peor, de que todo es más grande, lejano e incomprensible. Y de que cada vez tengo menos tiempo. De joven todo parece más pequeño, más explicable, más al alcance de la mano, aunque no sea inmediatamente. Por ejemplo, una novela es esa novela y no parte de la Historia de la Literatura, y de esa Historia que ahora sabes que nunca llegarás a abarcar y conocer en su totalidad. Un amigo es un amigo y no esa maraña inextricable y monótona en lo que se convierte más tarde. Te enamorabas y no había más chicas en el mundo. Luego es cuando te enteras de que hay millones".

Quizá porque permanece esa necesidad de explicarse el mundo o, al menos de verter su confusión, ha continuado escribiendo desde 2003. Lo que desconoce es cómo lo hará ahora que se ha publicado su primera parte. "No sé muy bien cómo seguiré anotando cosas. Lo que sí es que llevo un par de meses sin apuntar casi nada y experimento la sensación de que tengo a alguien mirando por encima del hombro a ver qué escribo. Y así es difícil seguir. Pero supongo que continuaré con los diarios. Y que conseguiré abstraerme de la galería y seguir con el mismo tono de siempre. Y si no, es muy fácil: tomaré la decisión de no publicar más".

No parece, en cualquier caso, que en verano vaya a tomar notas compulsivamente: "Hay poca literatura escrita en día de sol. Pocos libros te despejan el día. Lo más que hacen es proporcionarte un paraguas", asegura en sus Diarios. Y si no lo hace, tampoco es mala señal: "En los días mejores no tomo ninguna nota aquí. Y cuando lo he hecho, no he escrito más que tonterías. ¿Se puede expresar por escrito la felicidad?".

 


 

El vasco tranquilo

ENRIQUE VILA-MATAS EL PAIS 15/06/2010

Iñaki Uriarte se siente donostiarra, pero nació en Nueva York, vive en Bilbao y veranea en Benidorm. Pasó tres años del siglo pasado en una destartalada torre de Barcelona y en esos días solía encontrármelo en las tertulias del bar Astoria o en extrañas escenas -noches duras las de entonces- de bulla callejera. Buen fajador, correoso y metafísico. Especialista en frustrar a los engreídos, a todos los absurdos intelectuales altivos de la cultura española. Irónico, independiente, vecino en aquellos días de mi amiga Lola y también del guardameta N'Kono. Parecía escapado de Última novela mala de Macedonio Fernández: "Delgado, abundante cabello negrísimo, muy moreno, no perdonándonos ocultación de nada". Pero es que no le escondíamos nada. Era un perfecto ágrafo y así de feliz creíamos que seguiría siempre. Cuando marchó a Bilbao, dejé casi de verlo. Le llamaba de vez en cuando y, si citaba a Montaigne, confirmaba que seguía en plena forma: "Toda la gloria que pretendo de mi vida es haberla vivido tranquilo".

Me dio una seria sorpresa cuando, hará unos siete años, me envió fragmentos del diario personal en el que venía trabajando desde hacía una década. Me impresionó la altura literaria y descubrir el verdadero mundo del extraño vecino de N'Kono. Ahora se ha decidido a publicar Diarios (1999-2003) y lo ha hecho en Logroño, en Pepitas de Calabaza (los de Pepitas se anuncian así: "Una editorial con menos proyección que un cinexín"). En plena mudanza de casa, he reencontrado algunos de aquellos pasajes ya leídos: "Mudarse es más que viajar. Son días en que uno no está en su casa y tampoco tiene una a la que regresar".

Una voz inteligente, ligeramente sombreada por diaristas como Renard, Pla, Ribeyro, García Martín. No se corta nada a la hora de comentar lo que lee y escucha, o ha escuchado, o aquello que recuerda, o cree recordar. Fibroso y valiente. Habla con voz libre, quizás porque nada de lo escrito tenía previsto publicarlo. Prosa cargada de destellos que por momentos parecen el centro de su poética de orgulloso vago, nada maleante: "He estado en la cárcel, he hecho una huelga de hambre, he sufrido un divorcio, he asistido a un moribundo. Una vez fabriqué una bomba. Negocié con drogas. Me dejó una mujer, dejé a otra. Un día se incendió mi casa, me han robado, he padecido una inundación y una sequía, me he estrellado en un coche. Fui amigo de alguien que murió asesinado y que fue enterrado por los asesinos en su propio jardín. También conocí a un hombre que mató a otro hombre, y a uno que se ahorcó. Solo es cuestión de edad. Todo esto me ha sucedido en una vida en general muy tranquila, pacífica, sin grandes sobresaltos".

Por este fragmento y por su antigua afición al jaleo callejero, puede sospecharse que en el fondo el diarista ha conocido la agitación normal de una vida que alcanza ya los 64 años. Pero no. Está siempre en su casa con su mujer y su gato. Es un hombre tranquilo, propenso a la ironía y a la desconfianza: "Distinguen muy bien la novela seria de la popular, como esos que distinguen muy bien el erotismo de la pornografía".

Sus estados favoritos son la ociosidad y la libertad: "Otro acto mínimo que casi no es ni acto, de los que a mí me gustan: tomar el sol". Cuando era ágrafo, sus soleadas frases en el bar Astoria me descolocaban. En el libro, las mismas frases suenan distinto, simplemente van alumbrando su carácter y componiendo un sobrio autorretrato. "No seas perezoso. Algo hay de bueno en el consejo. (...) Pero en esa recomendación hay sobre todo un imperativo: domestícate".

Sus nada domesticados Diarios se leen por momentos con absoluto asombro, quizás porque son insubordinados y no respetan a nuestros distinguidos popes y mafias literarias. Páginas vascas, además, de recurrente temple sarcástico: "Ni abertzale, que me suena a burro, ni constitucionalista, que me suena a catedrático. De nuevo: tertium datur".

 

Otros enlaces :

http://conde-duque.blogspot.com/2010/06/diarios-de-inaki-uriarte.html

http://juan.urrutiaelejalde.org/los-diarios-de-inaki-uriarte

http://www.ellibrepensador.com/2010/07/15/inaki-uriarte-%C2%B7-diarios-1...

http://www.elimparcial.es/nacional/la-mirada-de-inaki-uriarte-68744.html

Enlace a la tertulia de Diarios (1999-2003)

Para escuchar :

http://www.blogseitb.com/pompasdepapel/2010/06/21/la-portentosa-vida-int...

 

 

Poesía sola, pura premonición

 


 

 

Vaya por delante que suelo rehuir los libros extensos de poesía, no por el tópico cierto de que en ellos es difícil mantener la regularidad de una altura expresiva, sino porque la extensión exige al lector esfuerzos que sólo el lector fiel está dispuesto a tomar. Yo soy leyente de Kepa Murua desde uno de sus primeros libros Cavando la tierra con tus sueños, hasta el penúltimo No es nada.
Muchos son 630 poemas de múltiple faceta y extensión en las 541 páginas de Poesía sola..., para que las palabras no bailen en los ojos como autómatas dados cuerda por una mano que los deja luego en movimiento. Así, con esta cuenta, la periodicidad de la lectura tenía que ser interrumpida como la falta de música detiene al danzante. Dejar y tomar, era el ritmo que imponía este libro; pulso, por cierto, obligado en la lectura de cualquier poemario.
En alguna otra reseña he comentado que la poesía es un producto natural para Murua; autor, que yo sepa, que no aparece en ninguna de las numerosas antologías que se editan en el gloriapatri del templo poético lleno de hornacinas donde se colocan nombres según criterios de clasificación diversa. Invisibilidad motivada no sé si por deseo propio o por decisión de antólogos.
La miel es el resultado de la maduración del néctar de las flores de las abejas; la poesía para algunos también. Con esto no quiero decir que la poesía que me ocupa sea dulce y empalagosa, nada más alejado de la poética de este autor. Al contrario, cada vez más desnuda, viste fantasmas, significados extraños con ella vienen de unos límites donde no existe la correspondencia posible entre los hechos del mundo y la estructura de la lengua, de esta manera el resultado es una nueva luz que escapa a la lógica y llega hasta los límites que se sienten. Un médium, el poeta los descubre corpóreos con la vestidura longitudinal de la escritura sin estar ante un hombre dedicado a desempeñar un misterio elevado, no estamos ante un "sacerdote", sino ante alguien que busca prosaicas esquinas, horas extrañas para que se le aparezca lo que nadie ve "Levantarme a por un vaso de agua/ y quedarme un rato a ver/ lo que nadie ve en penumbra." Sencillos los lugares donde la poesía aparece, pero alejada del prosaísmo, de la llaneza de la expresión y la vulgaridad del concepto.
No es poesía fácil de leer, hay sentidos recónditos que no se desvelan en primera lectura. El significado de una proposición abierta por la lectura lenta admite distintas interpretaciones, vislumbrados enigmas que no logramos descifrar por entero nunca hasta que los abandonamos para dar paso a lo que nos sugieren desde nuestro punto de vista. La exposición de estos poemas es clara, sin embargo no es obvia, lo que se dice en rigurosa literalidad en numerosas ocasiones queda oculto.
Tampoco se puede decir que la musicalidad esté ausente en estos poemas, sólo que queda en sordina, disminuida por la idea y el mensaje recibido; por ejemplo, la dualidad olvido-mentira es un émbolo que mueve alternativamente una maquinaria en el interior del cuerpo del poema. Kepa Murua escribe con palabras claras lo que es oscuro. El nombre que da a la oscuridad es poema con curvas y recovecos que dibuja el entendimiento para descifrarse, pero sin ornamentación, con enlaces y combinaciones de palabras sinuosas que crean potentes y plásticas imágenes, como la unión de dos palabras excluyentes que forman una paradoja para dar un sentido deslumbrante al verso "Pero nadie quiere llevarse de recuerdo al olvido."
Parafraseando a Ortega y Gasset podría decir que la poesía robusta se nutre de dudas. La duda lúcida se expresa exenta de maraña, descarnadamente el poema roe el hueso de la aporía.
Poesía sola, pura premonición es El gran cuaderno, así es el título de un poema (pág.81), de un hombre atento que vela y se acecha en una reflexión muchas veces críptica, y que tiende y atestigua la intemperie, la mutación de la ola en sequía, el desierto en humedad. Leyéndolo imploraba el hilo de Ariadna para que me sacase del laberinto, pero cuando un hilo se convierte en muchos hilos el laberinto no tiene salida. ¿Salida?¿Es necesario salir de la encrucijada de la vida? No. Somos humanos porque tenemos el don de convertir las cosas en problemas. Necesitaba otros ojos para seguir leyendo este libro, su autor me lo decía "Observa como comienza/ a llenar de silencios tu mente." Al principio de esta resección he hablado de flores, ahora hablaré de la espora, ese corpúsculo reproductor de las plantas, para traer a la mente los versos que dicen una cosa sabiendo que pueden decir otra. ¿Qué es sino este el germen creativo fundamental de este género que se llama poesía? ¿Qué son estos versos sino dudas de las que se hacen sentencias que corroen la solidez, la seguridad?
Pero hay otros poemas, como Pleitesía (pág.100) donde todo se torna claro y luminoso en la afirmación de lo que debe ser. Nos encontramos también con poemas donde el autor reflexiona sobre la palabra del poeta "Destino pobre/ de quien vive entre palabras/ sin oler su propio aliento." De repente el hermetismo predominante se trueca en decir de luz clásica "Quiero que a mis manos" (pág.142), aquí vuelve la anáfora, figura retórica muy utilizada en este libro, para confirmar con su repetición metáforas de la naturaleza donde el deseo equilibrado y ponderado del Locus amoenus se transparenta.
La duda, he dicho antes que es motivadora del acto creativo; el miedo, también. Este sentimiento de angustia ante la proximidad del algún daño real o imaginario está muy presente. Descrito como visto con el microscopio, adquiere la relevancia de lo que no tiene medida. Vivido, el miedo, el poema es su voz.
Los rastros que la realidad deja en el poeta están en su obra, fundamentalmente en los titulados "Autorretrato", rastros que quedan soterrados bajo una densa estratificación de palabras trabajadas durante años en el rincón del artesano paciente.
Creo que puede clasificarse de poesía difícil la de Poesía sola..., no obstante quien se acerque a ella no necesitará acudir al diccionario en ningún momento. La dificultad es de otra naturaleza, la del enigma que no se abre, la de la secreta convención sin clave. Queda releerla, convertirla en partícula, porción, esquirla, hasta que el significado original no importe, sino el que el lector le imponga. Por esto, Kepa Murua no escribe para el reclamo cómodo que allana y suaviza la comunicación, no busca atajos para la fragosidad del existir y su decir. Las palabras cuando son muchas se arremolinan en la cabeza hasta perder su sentido. Creo que es el peligro, a mí me ocurre, de los libros extensos del género lírico. Lo contrario es una poesía dotada de longitud, que tiene dirección y sentido; finalidad razón de ser que la larga línea puede tener tanto como el segmento, y Poesía sola... en ningún momento va a la deriva.

 

Félix Martínez Aristín

Bajo el influjo del cometa

 


 

 

“Hasta dios está loco y la virgen tira piedras”, reza el dicho popular con que uno se refiere a ciertas perturbaciones o mismamente aberraciones conductuales colectivas que no sabe explicar. A menudo bajo el supuesto estrato de normalidad subyace la fangosa naturaleza del monstruo (en condiciones de temperatura y presión ambiente, no hace falta que el personal esté “Bajo el influjo del cometa”). Bien, pues ese podría ser uno de los vectores de esta colección de cuentos que me ha deslumbrado como la cola del Hale-Bop, el cometa que da origen al relato que da título al libro.

 

Se me olvidaba decir que es que en mí también habita el monstruo. Él pensaba que Jon Bilbao era de ese tipo de escritor novísimo que había tenido la suerte de dar con un filón de frikis deseosos de ser los primeros en haber descubierto un becerro de oro. Pero mi experiencia me viene demostrando que los de la editorial Salto de Página no yerran el tiro. Y como equivocarse es de tontos, pues ahí estaba yo, ciego en el país de los tuertos, teniendo que rectificar mi nulo punto de vista al atisbar una escritura contundente, cuyo paso siguiente consiste en afianzar el anterior, un discurso narrativo al servicio, nada más y nada menos, que de un contador de historias. Al final, ocho relatos casi a escala 1:1. Y eso porque los relatos se van desplegando con una lentitud geológica y necesaria; con una extensión que no invita a ninguna relectura, pero suficiente; palpables y reales como ese vecino que saca la basura a deshoras.

Creo que era Ángel Zapata citando a alguien, quien decía que en los relatos de ahora no se come. Que en la literatura del XIX se comía, y había placer en ello. En el libro de Bilbao se come, sobre todo mucho cordero, y tiene algo de narrador clásico, nada de cocina experimental con platos desecados a base de nitrógeno líquido del tipo “fulanito/a, arquitecto/a de éxito estaba en una encrucijada de su vida en la que si podía ser que sí, iba a ser que sí, y si podía ser que no, iba a ser que no y por eso puso agua de por medio iniciando una nueva vida en el minimalista apartamento neoyorkino del edificio Dakota…” Nada de esa nata montada que con la facilidad que procura la ósmosis inversa se disuelve en las papilas gustativas sin dejar rastro. “Y qué le voy a hacer, si me gusta el buen comer…” cantaban los payasos de la tele seguido del “poromponpon, Manuela, poromponpon, Manuelaaaaaa”. Pues eso.

Bueno, me he equivocado. “Belígero”, si es de ese tipo, pero solo en cuanto a la protagonista: chica de la tele que debe andar bastante hastiada del éxito busca rincón apartado donde encontrar su camino de iniciación como yogui. Y también de paso quiere entrar en comunión con la naturaleza a través de un zorro que la desquicia, dando la razón al acervo popular japonés que trata al zorro como un animal maléfico que vuelve locas a las personas. Pero hace demasiado frío, y estos labriegos son todos unos gárrulos que quieren matar a mi zorrito, el mío, porque ha hociconeado en el corral de una abuela sorda. Yo, que ahora soy una ecologista furibunda con delirios de conexión cósmica lo voy a salvar. No me estoy mofando del relato. Es así de poliédrico: uno lo puede contar de esa guisa, a costa de la pija, sombra del urbanita cargado de soplapolleces que cuando llega al campo quiere poner a comer latas de conserva a quien siempre se ha tenido que ganar el sustento. Lo otro, la atmósfera, las pequeñas señales equívocas o ruido de fondo, brindan una lectura inquietante, el lector muy pronto empieza a querer atar la gavilla de sus barruntos y termina equivocándose de cabo a rabo, y termina con el rabo entre las piernas humillado por ese “savoir faire” y reconociendo las facultades de trilero con clase que luce el escritor, capaz de tensionar nuestros nervios, y eso sin ser un relato de suspense ni de misterio. Un combinado cuyo final da para pensar un rato: ¿somos así, y con este tipo de gente, cuya cordura pende de un hilo tenemos que convivir? Es extraño que no pasen más cosas. Hasta dios está loco y la virgen tira piedras.

“Los espías” es anterior, el que abre el libro, y el primero de esta serie de tres en que la normalidad de los personajes “normales” es una falacia. Pero aquí el juego es todavía más sutil. Es casi al final cuando nos vemos obligados a recomponer la pose, rápidamente tenemos que hacer permutaciones binarias. ¿Cuál es la combinación ganadora? Espiador-espiado, espiado-espiador, espiador-espiador… Porque claro, ya el lector había juzgado, tenía repartidos los papeles entre los buenos y los malos y de pronto su verdad era un castillo de naipes donde habitan un par de neuróticos. Jon Bilbao sabe lo que interesa: queremos personajes cercanos a nuestra cotidianeidad, con una sencillez vecinal, y sobre todo y por encima de todo, saber tanto tantísimo de ellos que quepamos en ellos para vestirnos su traje.

Incluso en los entornos más raros (“Una victoria parcial”, tercero de la cuerda que citaba), la angustia existencial, la consciencia de una vida cuyo valor es el del conjunto vacío, la deformidad maniática (¿por qué necesitan disponer de la playa en exclusiva absoluta, como si estuvieran en la escena final de “El planeta de los simios”?) se expresa a un nivel entendible, con una plasticidad supina sin ese lenguaje cabalístico que luego da tanto juego a los escritores en las entrevistas, como a los políticos en las grandes cumbres internacionales donde se dice mucho y no se ataja problema alguno.

Y si antes he citado una película, creo que los cineastas lo tienen difícil con los relatos de Bilbao. Porque son tan visuales como algunos de sus elementos: el agua marrón del barreño sobre la que flota una capa de grasa, o esa voz como un estropajo viejo, o página 74: “… de su gran boca manaba una nube de vapor de agua que, con el frío de la mañana presentaba una apariencia consistente y bulbosa, como un colosal cerebro albino”). Un director, un guionista, no podría más que trasladar plano a plano, secuencia a secuencia, lo dicho en cada narración, adiós a su impronta personal, en estos metrajes largos que se desvían en ramificaciones necesarias hasta generar la copa esférica y perfecta de un árbol cuyas ramas se comunicaran en forma de redes neuronales, no hay ninguna calle cortada y el inciso que ahora se produce conecta perfectamente con lo anterior y lo que viene después.

Quizá el único ejemplo en que esa “visión cinematográfica” hace resentirse a la narración es la parte de “Soy el dueño de ese perro”, en que dos personajes conversan en un despacho y el diálogo desprende cierto tufillo a gato-ratón, entre lo que podría extrapolarse al esquema de un detective duro y un interrogado al que se acorrala (aunque aquí los papeles virarán en un momento determinado). Por lo demás esta historia trasmite esa sensación de totalidad, otra vez repito lo de esférica porque no hay fisuras, el lector tiene la sensación de haber leído una novela condensada. Y además se adereza con componentes del cuento antropológico de toda la vida ya que consigue espolear la racionalidad del lector retrotrayéndolo a sus miedos de niño.

La foto fija, ese fósforo que se quema a sí mismo también encuentra su rincón. “El mejor regalo posible” es el relato inesperado y bisagra que remansa el ánimo del lector, que viene de unas lecturas que le producen una inquietud de baja intensidad pero de frecuencia constante. Pero esa placidez solo se consigue cuando el relato termina. No porque sea aburrido o malo, sino porque no sabiendo cual es su extensión uno se prepara para un relato de fondo, atento a las múltiples expectativas que se podrían ir abriendo, dispuesto a que el detonante, le estalle de un momento a otro. Y no hay detonante, sino un giro inesperado en forma de reacción intermedia (ni huída ni lucha) de uno de los contendientes que se baten literalmente en el relato. El final nos conduce a un fundido en negro por un camino aterciopelado con un pasamanos hecho de filamentos de erotismo. Contrariamente a lo que cabría pensar, desemboca en un dulce adormecimiento poético.

 

El anterior es el mejor entremés posible antes de atacar este plato consistente titulado “Un padre, un hijo”. Ya digo, que menos el anterior, cada uno de los siete relatos proporcionan por sí mismos la sensación de haber leído mucho. Y no por cansancio en la extensión de las historias. Hay libros que pese a gustar uno agradece cuando terminan, pero este, aún con sus 249 páginas se cierra sin sentir alivio. En ese orden de cosas uno hubiera aguantado Jon Bilbao para rato.

Bueno, volviendo al relato, el caso es que creo que antes hablé demasiado rápido de “novela condensada”, porque esta narración, esta auténtica road movie, sí que lo es.

Si el fin de un relato es contar una historia, me parece que una prueba de su rendimiento (energía invertida vs. trabajo conseguido) es el hecho de que pueda ser resumido en pocas palabras. Pues bien, los relatos de este libro admitirían perfectamente una indización mediante unos cuantos descriptores, y un abstract. Los descriptores de “Un padre, un hijo”: dios, todo lo demás. Abstract: un hombre físicamente fuerte, iracundo, con una buena cuenta corriente, cree que puede, que es su deber organizarle la vida a todo el mundo. Incluido el amor.

Para resumir el acierto de Bilbao a la hora de dibujar sus personajes solo se me ocurre compararlo con algo que hacen los biólogos: la PCR o reacción en cadena de la polimerasa. Por lo que sé se trata de multiplicar ADN. Si los personajes tuvieran eso, ADN, los de Jon Bilbao serían genéticamente puros, sin máculas. ¿Cómo consigue replicar estos segmentos completos de biografía? Si yo lo supiera no estaría escribiendo esta reseña, sino un relato.

“Ha desaparecido un niño” como el anterior, es otro “espejo social”. En el anterior, un padre-dios debería dar un hijo-dios, y no alguien a quien un palmetazo de su padre en las espaldas casi le disloque un hueso. Una mujer, según cualquier manual de antropología, como fruto de la educación recibida debería ser la antítesis de la protagonista de este relato, máxime si su madre es una señora madre de las de toda la vida.

O los mecanismos de respuesta vecinal que se desatan en este relato son producto del fariseísmo social y la protagonista es la única capaz de reconocérselo a sí misma, o es que en el fondo nos puede la parte animal, y para nuestros adentros pensamos lo de “si cae alguien, que seas tú”. Para recomendar este relato solo podría volver a enarbolar mis ya cansinos argumentos anteriores, pero no podía dejar de citarlo al menos.

Y en “Bajo el influjo del cometa”, como en todos los anteriores el lector sigue pisando sobre losetas sueltas que resuenan a cada paso. Solo cuando hemos pisado, oímos el ruido y ya no hay forma de evitarlo; solo cuando el escritor muestra una nueva evidencia, el lector comprende que sus elucubraciones anteriores no tienen sentido, y que efectivamente estos vecinos tan normales (los protagonistas) también están más para allá que para acá, a tenor de su afán por perpetrar un robo con el único afán de deshacerse del botín.

Pero tampoco el argumento es convencional. Desastres naturales o nucleares: abarca a todo el planeta, todo el mundo está jodido, y cada cual salva su culo. En este relato, contrariamente a lo habitual, la cosa sucede en el punto medio: solo algunas partes de los países se ven afectados por un fenómeno natural, esto es, el paso del cometa Hale-Bop, que desde hace semanas inutiliza las redes eléctricas y a partir de ahí todo lo demás. Otras partes a pocas horas en coche, siguen con su rutina habitual, pero en cualquier caso la vida discurre por unos cauces no tan terroríficos como siempre imaginamos.

Parece mentira que la luz de muchas de las estrellas que vemos haya viajado durante millones de años a la máxima velocidad, la de la luz, y que esos mismos cuerpos celestes se hayan extinguido en tanto que su producto energético sigue viajando. Es algo parecido a la literatura, autores muertos cuyas obras se siguen leyendo. Jon Bilbao es lo más parecido un clásico, y esto casi no pega con lo anterior, pero bueno. De modo que aunque usted sea una de esas personas que solo leen un libro en el puñado de años que tarda un cometa en pasar dos veces por el cielo, este bien podría ser el suyo.

 

 

José Cruz Cabrerizo

 

http://jonbilbao.wordpress.com/

http://juancarlosmarquez.blogspot.com/2010/05/bajo-el-influjo-del-cometa-de-jon.html

http://www.conoceralautor.com/obras/ver/NjU4

http://www.koult.es/2010/05/jon-bilbao-el-western-es-una-fuente-de-alta-literatura/

 

PD : ponemos esta reseña hoy miércoles 15 de septiembre de 2010, después de haber asisitido a la presentación del libro en el FNAC de Bilbao. El autor mismo nos ha explicado los entresijos de su obra con asombrosa didáctica y unas meditadas cuatro razones para prescindir de los guiones de los diálogos.

A lo largo del viaje

 


 

 

 

La UPV edita la obra completa del poeta Javier de Bengoechea
'A lo largo del viaje' incluye tres poemarios inéditos escritos en los últimos 30 años

EVA LARRAURI - Bilbao - 18/01/2007 EL PAIS

Después de más de 40 años sin que la poesía de Javier de Bengoechea fuese publicada, salvo un libro dedicado en 1994 a la pintura, otra de sus grandes pasiones, la Universidad del País Vasco (UPV) ha reunido en el volumen A lo largo del viaje su obra completa, recopilada por el escritor José Fernández de la Sota. Tres poemarios, escritos en las últimas tres décadas, se hallaban inéditos. "Es el más importante poeta vasco vivo en castellano", recalca Fernández de la Sota.

José Fernández de la Sota resalta que la poesía de Javier de Bengoechea (Bilbao, 1919) es melancólica e irónica y que sus libros han conseguido a la vez alcanzar la levedad y la hondura. El poeta responde que la melancolía forma parte del carácter de "casi toda la poesía" y, haciendo gala de una elegante ironía, añade que "puede que haya en ello algo de pose" de "un fracasado social".

De la Sota se suma a los críticos que consideran a Bengoechea el más importante poeta vasco vivo en castellano. Pertenece, añade, al grupo de la mejor poesía vasca de posguerra junto a Blas de Otero, Gabriel Celaya, Gabriel Aresti y Ángela Figuera.

Abogado de profesión, amigo de Otero, ex director del Museo de Bellas Artes de Bilbao y crítico taurino, Bengoechea consiguió el reconocimiento con sus dos primeros libros, que vieron la luz en la primera mitad de la década de los 50. Con Habitada claridad, logró el accésit del Premio Adonais en 1950. Hombre en forma de elegía ganó ese mismo galardón cinco años más tarde. "El mundo siguió girando lo mismo que antes de conseguir el premio. Solamente las revistas especializadas me pidieron colaboraciones", recuerda Bengoechea en el prólogo del volumen.

En 1959 publicó Fiesta nacional y después llegó una larga etapa de silencio. Nunca dejo de escribir poesía, pero no quiso que fuese editada. La vanidad nunca ha rozado a Bengoechea, asegura De la Sota, y prefirió retirarse ante el auge de la poesía social. Bengoechea lo explicó en un poema: "Yo deje de escribir por si alguien me leía. / El deber era hacerlo para todos y a gritos". Ahora parece recordarlo sin amargura: "La poesía social era heroica en aquellos tiempos. La sinceridad era vista con recelo. Yo sentía la causa, pero no la forma de hacer poesía".

Fernández de la Sota ha sumado en su trabajo a los cuatro libros publicados por Bengoechea otros tres poemarios inéditos que llegan hasta sus escritos más recientes: Pastiches, divertimentos y otras melancolías (1974-1994), Del corazón y sus asuntos (1978-2005) y Hojas sueltas (1979-2005).
 

Adiós al poeta irónico y modesto
Muere el escritor Javier de Bengoechea, que fue también director del Museo de Bilbao y crítico taurino
 
ELENA SIERRA Bilbao 15-04-2009 EL CORREO
 
Miguel de Unamuno, Blas de Otero, Gabriel Aresti, Ángela Figuera y Javier de Bengoechea. Ese era, y será para siempre, el quinteto de grandes poetas bilbaínos. El último de ellos, que estaba considerado por muchos el mejor poeta vasco vivo en lengua castellana, murió el domingo en Neguri. Nacido en Bilbao el 20 de agosto de 1919, abogado de profesión y amante de las letras, la pintura y los toros, Bengoechea reunió en sus versos todos estos amores. Prueba de ello dan sus obras completas, editadas por la Universidad del País Vasco bajo el título de 'A lo largo del viaje' hace tres años y que contenían sus últimos tres poemarios, hasta entonces inéditos.
No es extraño que tardara tanto en publicarse la poesía completa de Javier de Bengoechea y Niebla. Hasta ese 2006 de su puesta bajo los focos de nuevo (y durante cuya presentación apenas habló, prefirió que fueran otros los que lo hicieran) había estado 40 años alejado del circuito editorial. No es algo tan raro por estas latitudes, pero extraña siempre que se hace de forma voluntaria y cuando la calidad de la obra está demostrada. Porque el poeta había ganado en 1950 un accésit del Premio Adonais y, cinco años después, el premio mismo con 'Hombre en forma de elegía'. En 1959 fue finalista del Boscán con 'Fiesta nacional'. Se codeó con Celaya y Otero y hasta llegaron a confundir sus estilos.
Pero lo suyo no era la poesía social y él lo entendió enseguida. «Yo admiraba esa poesía comprometida, sobre todo porque en aquellos tiempos nadie se atrevía a decir algunas cosas, pero no la escribía», recordaba al presentar su poesía completa. Se retiró, no sin ironía (que no le faltó ni cuando rondaba los 90 años). La guerra, las plazas de toros, la lengua, la religión, eran parte de sus temas, y era otra cosa lo que se pedía y lo que estaba bien visto.
Se guardó sus poemas y sólo reapareció para publicar un libro sobre pintura en 1994. Los cuadros eran su pasión. No en vano fue director del Museo de Bellas Artes de Bilbao desde 1973 y hasta la Transición, cuando fue destituido de repente (y de nuevo se fue sin hacer ruido). Antes, había tenido mucho que ver en el desarrollo de la pinacoteca; fue uno de los jóvenes de la burguesía vizcaína que apoyaron la Sala Stvdio, aquella que en el Bilbao de la posguerra se dedicaba a traer a la Villa la obra de autores de vanguardia.
Los toros fueron su otra debilidad y a ella dedicó su pluma bajo el seudónimo Tabaco y Oro, con el que firmó sus críticas en EL CORREO en los años ochenta.
Irónico, melancólico y modesto, ha abandonado ya lo que él mismo llamó «el largo camino».

 

Trivium

 


 

 

La palabra ajustada

LLUÍS SATORRAS 04/09/2010 EL PAIS

He aquí un tomo con la poesía completa escrita por un gran poeta, original y esforzado. Badosa, incluido por edad en la generación del cincuenta y relacionado en parte con el grupo de Barcelona, se distingue de sus compañeros por su personalismo estético y su actitud ante la vida

He aquí un tomo con la poesía completa escrita por un gran poeta, original y esforzado. Badosa, incluido por edad en la generación del cincuenta y relacionado en parte con el grupo de Barcelona, se distingue de sus compañeros por su personalismo estético y su actitud ante la vida. Trivium es un título que evoca las tres ramas de los estudios clásicos, lógica, gramática y retórica, algo muy amado por el autor, pero también tres modos en que se manifiesta su quehacer poético: preocupación y especulaciones sobre el sentido de la existencia y de la propia poesía, lirismo de signo elegiaco en que la emoción se contiene y serena y crítica satírica y jocosa, a veces salvaje, procedente, según creo, de la admiración por Quevedo.

Su obra está marcada por un clasicismo del que nunca se aleja en exceso. El siempre dúctil endecasílabo, la perspicacia en el uso renovador del verso alejandrino y la hermosa insistencia en el soneto como si Violante insatisfecha con el ejemplar de Lope de Vega le hubiese encargado a él que hiciese larga provisión son fundamentos de su labor. Pero también es capaz de practicar el versículo y de acogerse alguna vez a una estética visionaria de tipo aleixandrino. Muy alejado de las formas de los llamados poetas de la experiencia, su poesía evita la confesión brusca de la intimidad. Tan sólo destila una visión esencial, un ramalazo, una emoción compartida, apoyándose en la observación detenida, la claridad de pensamiento y la palabra ajustada. El lector se emociona con el poeta al leer el excepcional Mapa de Grecia, síntesis entre la emoción del mundo exterior y las experiencias del espíritu, y disfruta con sus incansables epigramas inspirados primero por el latino Marcial pero resueltos después como lúcidas y amargas visiones personales. Más de mil páginas que se pasan con deleite escritas por un poeta "pronto a la tentación de la palabra".
 

 

 

 

Viajes con Herodoto

 

 

"El sentido de la vida es cruzar fronteras"

RAMÓN LOBO 23/04/2006 EL PAIS

Ryszard Kapuscinski tiene casi 74 años, una cadera dañada y unas inmensas ganas de viajar y de contar historias. Por las mañanas sube las escaleras que van de su casa del primer piso del número 11 de la calle Prokuratorska -en el apacible barrio de Sródmiescie de Varsovia donde vive con su mujer Alicja- al ático del piso superior en el que escribe y recibe a sus visitantes rodeado de miles de libros, papeles, libretas de notas y recuerdos. Se trata de un espacio amplio y luminoso decorado desde un elegante desorden: cientos de ejemplares en varios idiomas apilados en el suelo y decenas de post it y otros recordatorios pegados en las vigas de madera que sostienen un techo altísimo, casi catedralicio, (entre ellos el esquema a mano y en media cuartilla de Viajes con Heródoto, su última obra, que en España publicará en breve la editorial Anagrama). En este lugar, en el que todo parece guardar un equilibrio mágico, uno se siente conectado a un cable de alta tensión, que no es otro que la pasión por la vida a través de la mirada lúcida de Kapuscinski.

La entrevista con el autor de El emperador -su primer éxito literario: una detallada descripción de la desmesura del poder absoluto en la corte de Haile Selassie en Etiopía- arranca con un accidente menor: la grabadora de última generación del entrevistador no funciona. Kapuscinski aprovecha la comicidad del desconcierto de su interlocutor para airear su aversión a los móviles, a Internet y al correo electrónico. "Me robarían mi tiempo", exclama. Después, tras preparar café, añade: "Un amigo americano tuvo el mismo problema en una entrevista con Gorbachov cuando era quien mandaba en la Unión Soviética. Desde entonces lleva tres aparatos y los utiliza simultáneamente".

A Kapuscinski le desagradan los magnetófonos porque, a su juicio, alteran el discurso, sea el del político, el del escritor o el de una persona cualquiera en África. "Mi experiencia es que en cuanto sacas la grabadora, el lenguaje se burocratiza, se transforma y surge el idioma oficial. Es como si el cerebro del entrevistado buscara la frase adecuada para ser inmortalizada en la cinta".

Uno de los grandes viajeros del último medio siglo, comenzó su carrera con ambiciones más bien modestas: sólo quería cruzar una frontera; cruzar y regresar en seguida; cruzar para saber qué se sentía al hacerlo. Nacido polaco en Pinsk (hoy Bielorrusia), Ryszard es un producto, una víctima más, del diabólico juego de fronteras del final de la Segunda Guerra Mundial. Al poco tiempo de emplearse como reportero en el diario polaco Sztandar Mlodych, en 1955, le dijo a Irena Tarlowska, su redactora jefa: "Quiero cruzar la frontera". Se refería a la de Checoslovaquia, pero un año después ella le envió a India regalándole para ese viaje el libro Historia de Heródoto. Desde entonces, Kapuscinski se mueve por el mundo acompañado del griego de Halicarnaso, con un ejemplar manoseado, subrayado y repleto de anotaciones, en busca del Otro, su gran obsesión, el motor de su vida y de su trabajo.

"Nunca ha sido sencillo cruzar una frontera", asegura sentado en una silla, donde su cadera se queja menos que hundida en el sofá. "A menudo cruzarla resulta peligroso, es algo que puede costar la vida; es la barrera entre la vida y la muerte. En Berlín hay un cementerio con la gente que no lo logró. Las fronteras se guardan con armas y en ellas se exigen documentos para pasar al otro lado. En la guerra fría, a las nuestras las llamaban telón de acero y más que países separaban mundos opuestos. El Mediterráneo es ahora una gran frontera en la que muchos mueren ahogados al intentar pasar de África a Europa. También sucede con los latinoamericanos entre México y EE UU. Personas que están dispuestas a morir en el mar o en el desierto porque buscan algo".

Kapuscinski sostiene que éstas no son las únicas fronteras (o murallas, como apunta en Viajes con Heródoto al describir China). Hay otras barreras que también es necesario saltar: la de la cultura, la de la familia, la del idioma, la del amor... "Mi vida ha sido un cruzar constante de fronteras, tanto físicas como metafísicas. Ése es para mí el verdadero sentido de la vida". Defiende el abandono del cubículo de la seguridad, del terruño, del árbol que da sombra, para ir en busca de las respuestas, del Quién, como hizo Heródoto hace 2.500 años. Hay que aventurarse en lo desconocido, dejarse guiar por "la magia de viajar" que "actúa como una droga" y en la que el "camino es el tesoro", escribe el reportero polaco en Viajes.

La primera vez

En su caso, la primera vez que cruzó una frontera lo hizo del Este al Oeste, la más brutal, en la que el mero hecho de pasar de un lado a otro representaba una gran emoción, un desafío. En este libro escrito de la mano de Heródoto, Ryszard cuenta que al llegar a Roma en los años cincuenta, de camino a India, unos amigos le ayudaron a comprar un traje italiano para que pudiera desembarazarse de su anticuada indumentaria del telón de acero. Pese a la nueva máscara, Kapuscinski notó que nada había cambiado: todos le miraban como a un extraño porque su otredad estaba en su forma de caminar, de mover las manos, de mirar. "Recuerdo que en 1994, más de cuatro años después de la caída del muro de Berlín, vi a unos alemanes del Este pasear por las calles del Oeste. Se sabía de dónde venían por su inseguridad. Parecían turistas en su propia ciudad".

Permanente búsqueda

La obra periodística y literaria de Kapuscinski, su vida, son la permanente búsqueda del Otro para la mejor divulgación entre los suyos, entre sus lectores, de sus costumbres y pensamientos, porque es en el desconocimiento donde se cultivan los virus del odio y de la guerra. El gran descubrimiento del hombre, asegura a menudo Kapuscinski, no fue la rueda si no ese Otro, cuando la primera tribu-familia de 150 miembros que vivía entre los dos ríos en Mesopotamia se topó con otra tribu-familia y ambos se dieron cuenta de que no estaban solos. ¿Qué hacer ante ese hallazgo?, se pregunta. Tres reacciones son la constante en la historia: ignorarlo, entablar contacto (comercio) o guerrear.

"El problema no es el miedo", dice, "sino la creación de ese miedo a lo desconocido, que es anterior. Cuando un niño se cruza con un desconocido puede reaccionar con temor, si ha sido inducido a ello, y correr a esconderse detrás de la falda de su madre. Pero también puede acercarse despreocupado al desconocido porque ve en él una oportunidad de juego. Se trata de la respuesta natural. Es la educación y la cultura las que nos van separando".

En Viajes, Kapuscinski explica el origen de la hospitalidad, una de las improntas de la civilización griega -acoger al desconocido, darle cobijo y alimento-. Una tradición que se conserva en muchos lugares de África en los que el que nada tiene comparte todo con el extranjero. "Esta costumbre se basa en la creencia griega de que el visitante podía ser un hombre o un dios disfrazado. Esa acogida llevaba pareja una responsabilidad: la seguridad del invitado. Ya nadie conoce de dónde procede esta costumbre ancestral que entiende el encuentro con otra persona como un acontecimiento, como una oportunidad y una fiesta. Nunca como un problema".

Esto no se da en la cultura occidental del siglo XXI, que no padece la escasez, las pandemias y enfermedades, ni el hambre del Tercer Mundo. En esta cultura opulenta todo está basado en el individualismo, en un egocentrismo radical en el que el yo es más importante que el grupo. Es una sociedad en la que el Otro ha dejado de interesar: sólo existo Yo y mis problemas. "Cuando había pocos seres humanos en el planeta, los peligros eran numerosos y las herramientas escasas para hacer frente a los animales salvajes y a la naturaleza, primaba la tribu, el grupo, porque fuera de él era imposible la supervivencia", dice Kapuscinski. "Al desarrollarse la tecnología para luchar contra esos peligros, con la llegada del progreso, surge el individuo. Ya no es necesaria la pertenencia al grupo para sobrevivir, para garantizar la continuidad de la especie. La noción del individuo que está por encima de la tribu es muy reciente".

Kapuscinski se levanta de nuevo. Esta vez para abrir las ventanas. Dentro hace un calor asfixiante; afuera, la temperatura es agradable: 10 grados centígrados tras cinco meses de duro invierno y grandes nevadas.

El maestro, como lo llamó Gabriel García Márquez, se queja de que los medios de comunicación actuales estén inundados de noticias aisladas, casi suspendidas, sin explicación alguna, y que el reportaje esté siendo expulsado de los principales periódicos. "Heródoto era un hombre curioso que se hacía muchas preguntas, y por eso viajó por el mundo de su época en busca de respuestas. Siempre creí que los reporteros éramos los buscadores de contextos, de las causas que explican lo que sucede. Quizá por eso los periódicos son ahora más aburridos y están perdiendo ventas en todo el mundo. Ninguno de los 20 finalistas de la última edición del Lettre-Ulysses del arte del reportaje [premio que se otorga en Berlín], y del que soy miembro del jurado, trabaja en medios de comunicación. Todos tuvieron que dejar sus empleos para dedicarse al gran reportaje. Este género se está trasladando a los libros porque ya no cabe en los periódicos, tan interesados en las pequeñas noticias sin contexto".

"Cuando vemos imágenes de las pateras, con 20 o 40 personas en su interior, empezamos a hablar de inmigración, y los políticos proponen medidas para combatirla o regularla. Un día leemos una noticia sobre la llegada a Italia de un barco con kurdos; otro, el hallazgo de asiáticos encerrados en un camión en Inglaterra; otro, de africanos saltando la valla de Melilla... Pero se trata de pequeñas noticias separadas que no explican nada. Se nos presentan fuera de contexto porque el verdadero contexto es la miseria".

"Cuando existía el telón de acero estábamos aislados. Apenas conocíamos algo del otro lado. Todo nos llegaba distorsionado. No sabíamos siquiera si vivíamos bien o mal porque no había nada distinto con lo que nos pudiéramos comparar. La diferencia hoy es que la televisión por satélite ha llevado las imágenes de nuestra vida a los rincones de África, y esas imágenes son las que han permitido a los africanos tomar conciencia de su verdadera situación, de su pobreza extrema. Cuando se declararon las independencias de India y Pakistán -y después las de la mayoría de los países africanos-, se produjo una gran euforia, una esperanza de que la misma independencia era la solución a los problemas. Se creó el Movimiento de los No Alineados para confrontar a Occidente, pero 20 años después, en 1972, tuvieron que admitir su fracaso, que el mundo desarrollado no estaba dispuesto a atender sus aspiraciones. Ahora, la táctica es otra. Ya no se trata de buscar la confrontación, esta vez el objetivo es intentar la penetración. No es una acción organizada, sólo el débil que busca la igualdad cruzando el mar y los desiertos, jugándose la existencia, para saltar la nueva frontera que separa la muerte segura de la posibilidad de vida. Y los periodistas no estamos informando del contexto, de que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Occidente ha creado unas condiciones de desigualdad tales que la única salida de los pobres es jugarse todo para alcanzar ese mundo donde están acumulados los bienes y el bienestar, y es muy hipócrita decirles que ahora ya no pueden cruzar. Es un problema que tiene una solución muy difícil".

En Viajes con Heródoto, Kapuscinski describe cómo hace 2.500 años ya existía una lucha entre Occidente y Oriente, los dos grandes modelos de la época, la democrática Grecia frente a la dictadura persa, y que la primacía de la primera, de Europa, durante los siglos siguientes se libró en las Termópilas y en las aguas de Salamina, con la derrota de Jerjes, el rey de reyes persa. El reportero polaco, el maestro para García Márquez, se niega a aceptar que exista hoy una reedición de esa vieja confrontación con la guerra contra el terrorismo internacional que libra el presidente de EE UU, Bush. "Oriente no es sólo el mundo islámico. Oriente es, sobre todo, China y es India también.
Oriente es el confucionismo, el budismo, el taoísmo... El islam sería el tercer elemento. Centrar toda la atención en ese mundo islámico, intentar crear un problema con él, es un grave error y una manipulación". En el libro, Kapuscinski cuenta que cuando estuvo en Argelia, en la época del golpe de Estado contra Ahmed Ben Bella, le explicaron que había dos islam, el del río, como denominaban al costero -más permeable a las influencias como toda frontera y, por lo tanto, moderado y afable con el Otro-, y el del desierto: severo e impenetrable. "No se puede hablar de una religión monolítica, de un todo homogéneo, pues nada tienen que ver, por ejemplo, el islam bantú africano, en el que no existe el concepto del terrorismo, con el que se profesa en Oriente Próximo. El islam se ha ido enriqueciendo, y de alguna manera modificando, durante su expansión al entrar en contacto con una gran variedad de culturas autóctonas". A mano y a máquina

Kapuscinski se incorpora lentamente de la silla, estira las piernas, cierra la ventana y busca el ejemplar de Historia que le acompañó en sus viajes durante más de 50 años ("Tengo más de otras ediciones", confiesa). Tras mostrarlo a su interlocutor se sienta detrás de la gran mesa de su despacho. Allí, en el lugar donde escribe sus historias, siempre a mano aunque después las pasa a máquina (nunca al ordenador), vuelve a hablar del trabajo de toda su vida y asegura que el gran periodismo es capaz de salvar vidas y de modificar el curso de los acontecimientos, y recuerda para ello lo ocurrido en Somalia antes de la retirada estadounidense. Unas imágenes de televisión de varios soldados norteamericanos muertos y arrastrados por las calles de Mogadiscio crearon en EE UU una opinión pública instantánea en favor de la salida. Kapuscinski juguetea con varios de sus bolígrafos. "Los colecciono. Tengo de la mayoría de los lugares en los que he estado. Son más de 700", asegura desde una sonrisa, "pero muchos no funcionan". Preguntado sobre si conocía algún periodista a quien su primer jefe le hubiera regalado un libro como Historia, responde que la cuestión nos obligaría a sostener otra entrevista de dos horas, a la que parece muy dispuesto.

¿Recomendaría que se estudie a Heródoto, el primer reportero, el primer gran buscador de contextos, en las facultades de periodismo?, pregunta el visitante. Kapuscinski vuelve sonreír: "¿Para qué? Si nadie me va a hacer caso".

Heródoto como guía

EL LIBRO que ahora publica Ryszard Kapuscinski en España es un juego con la historia de la mano de su fundador, Heródoto de Halicarnaso. Se mueve con él por el mundo antiguo y por el moderno. Por India y China, sus primeros viajes como reportero en los años cincuenta. Y por África. En ellos, el joven periodista polaco que era entonces Kapuscinski descubre las limitaciones del idioma hablado y las extraordinarias posibilidades del corporal, de ese conjunto de signos, gestos y olores que los británicos llaman química. En Etiopía recorrió miles de kilómetros junto a su chófer, un hombre prudente que sólo conocía dos palabras en inglés, problem y no problem, sin que esa limitación generara incomunicación alguna entre ellos.

El hallazgo de este vocabulario paralelo y mudo, a menudo invisible para el que no sabe mirar o carece de tiempo para ver, es uno de los elementos fundamentales que determinan su estilo como reportero.

Fue en la agencia de noticias polaca, gracias a la estrechez de sus presupuestos, donde Kapuscinski se topó con el segundo pilar de su forma especialísima de trabajar y de contar historias. Explica en Viajes con Heródoto que sus colegas de las agencias occidentales disponían de dinero abundante para contratar intérpretes y adquirir las potentes radios Zenith Trans-Oceanic, con las que sintonizaban cualquier emisora del mundo. Al no disponer de tales herramientas, Kapuscinski tuvo que pisar las calles y mancharse los zapatos del polvo. "No queda más remedio que andar, preguntar, escuchar, acopiar, atesorar y enhebrar las informaciones, las opiniones y las historias", escribe en Viajes. "No me quejo, porque gracias a esto conozco a muchas personas y me entero de cosas que no aparecen en la prensa y en la radio".

La curiosidad periodística, la necesidad de interrogar al Otro, de interesarse por él, se ha convertido en una parte inseparable de su carácter. De su forma de ser. Terminada la entrevista, sentados en un taxi en dirección al restaurante Quianti, uno de sus favoritos en Varsovia, Kapuscinski se acomoda en el asiento delantero y desde él pregunta al conductor, provocándole una conversación. Agnieszka Flisek, una de sus ayudantes que lleva cuatro años con él, asegura que siempre es así: "Cuando me conoció se interesó por mi vida. Pensé que era sólo un gesto de educación del gran hombre, pero después comprendí que no era una excepción. Es su forma de estar en la vida".
 

Vacilación

 

 

 

Vacilación. José Fernández de la Sota o el poeta que camina sin vacilar en la escritura

Estel Juliá

El hotel Graben, fundado en 1918, está situado en la Doroheergasse, junto a la catedral de san Esteban, en el centro de Viena. En ese hotel se alojaban Franz Kafka y su amigo Max Brod cuando visitaban la ciudad. La zona del Graben está llena de tiendas de antigüedades.

Podemos decir que el nuevo poemario de José Fernández de la Sota transcurre en una de las habitaciones de ese emblemático hotel, desde el que podemos establecer paralelismos con algunas de las obras de Kafka: La condena (escrita durante una sola noche), allí podemos deambular en la vigilia de los recuerdos de Kafka, escritor bohemio, enfermizo y dubitativo en extremo.

Bassarai nos deja encima de la mesa una obra en la que se hace necesario establecer un marco de referencia. Obliga al lector a explorar, no sólo la obra de José Fernández de la Sota, sino además la obra de Kafka, sus lugares y sus vivencias.

Así se plantea Vacilación, el último poemario publicado de un poeta que camina sin temores definiendo claramente su itinerario poético.

Gran Hotel Viena

Vacilación es ese hotel que respira las calles de Viena y también implícitamente es el barrio judío de la Praga de Kafka. Es un continuo, que debe ser leído con calma, y para los adeptos a Kafka, en alternancia con sus diarios.

A la luz de los recuerdos, Fernández de la Sota nos trasporta a los momentos prenatales de un Kafka sumido en el conflicto, en la duda, incluso antes de nacer. Es lo que él mismo definió como vacilación prenatal y cuya referencia podemos encontrar en sus diarios.

El autor de Vacilación también nos da las pistas de la evolución de su propia escritura, en la que ha realizado una metamorfosis. Si realizamos una retrospectiva de su obra, observamos en ella los esquemas tradicionales, donde predomina el verso largo explícito y rimado, con dominio del soneto en algunos casos (Todos Los Santos. José Fernández de la Sota. Ediciones Hiperión. 1997 Primer Premio de Poesía Antonio Machado en Baeza). Esta transformación le lleva a caminar sin vacilación hacia un verso más corto, críptico y sin rima que discurre hacia un esencialismo poético; en él, el autor se confirma como un maestro de figuras literarias y estilísticas como la anáfora, la aliteración o la elipsis, entre otras, y en las que parece recrearse a lo largo de todo el poemario.

Vista nocturna de Praga

De la Sota genera en este poemario una estructura de bucle que en su transcurso retoma los referentes kafkianos y les incorpora sus propias creencias poéticas, alejadas de lo que fueron los esquemas primigenios de su obra. El bilbaíno parece que no renuncia a la voz poética que halla en el Graben su alojamiento en los últimos tiempos.

El poemario se divide en tres partes cuyo punto de partida es el asfalto de cualquier ciudad, Bilbao, Madrid o Viena. El autor nos contextualiza al personaje para hilvanar la atmósfera de la nada, la angustia al ubicarnos en el cigoto primigenio desde donde se cuestiona, nos cuestiona. Crea un discurso que parece no tener solución de continuidad y nos enfrenta en algunos momentos al comienzo de la vida misma o a cuestiones tales como ¿quién daría la vida por su vida?, delimitando un contexto real, posible y actual en el que se intuyen las raíces del propio autor.

Se presiente el deambular de Franz, que pasa casi desapercibido entre los versos de Fernández de la Sota, como un canto contra la predestinación, donde hay momentos en los que deja en manos del lector el futuro del mismo poemario.

Kafka y hermanos

La niebla se disipa según avanzamos, y de nuevo en el Graben se vislumbra la segunda parte, que esboza la figura del padre de Franz y de Felice Bauer, mujer con la que estuvo comprometido en dos ocasiones y nunca llegó a materializar una vida en común, precisamente por la vacilación constante en la que siempre estuvo inmerso.

El padre es retratado por Fernández de la Sota como un ser intransigente e inamovible que sitúa al hijo en un profundo agujero, en la arena.

Se percibe el recuerdo del lugar de trabajo, la infancia, la Praga mágica (según nos la relató Angelo Maria Ripellino) que transmite la fuerza invisible del crisol de culturas que fue. En este estadio todo es posible, incluso la certeza de lo que sucede.

Entre sueños del pasado, el autor de Vacilación, interroga a Franz, le pide que nos relate el transcurrir de sus días en el tiempo en los locales de moda como El Continental o el cabaret Lucerna, las tertulias literarias en las que aparece el hombre oprimido por el mismo cuello de su camisa de regreso a casa.

Como si de un cuaderno de viaje se tratara, el autor apoya sus sienes en el cristal del pasado. Dentro del tren, Franz llega a la ciudad de Berlín, al hotel, a la pequeña habitación sin vistas, donde un hombre se convierte en su propio juez y se hace preso de la duda más absoluta y allí, en el tormento, un padre todopoderoso le acusa de ser el árbol torcido y lo condena a permanecer en el hoyo más profundo.

Péndulo de Focault

La debilidad se apodera de la escritura. La debilidad de los pulmones de Franz, hombre enjuto y sin energía, corazón encorsetado donde los versos toman la forma de casi aforismos, como vómitos de vida en medio de la enfermedad. Desde el Sanatorio en la recta final, la imagen de la ventana; tras ella, lo peor, aunque Fernández de la Sota sabe muy bien dónde se halla el camino.

Allí se encuentra la tercera parte de este poemario que es como un balanceo, como el movimiento definitivo del péndulo de Focault, metáfora del transcurrir del tiempo.

Los ojos por fin se abren para definir en los versos del autor lo previsible en cualquier ciudad. La vacilación sigue y la sentencia, como perro (término relacionado con la psique de Kafka según la obra Kafka. Los años de las decisiones de Reiner Stach) de nuevo en el Graben.

La nieve, una avenida cualquiera, el traje negro de Franz, los insectos y el paso del cometa que nos hace desviar la mirada a un pasado que es como el ahora.

También están presentes las últimas amantes: Felice, Greta, Milena y Dora, la última mujer que acompañó a Franz hasta la última estación. El recuerdo del trabajo y el día a día en las noches de insomnio, el cansancio o la muerte en un vientre, como un homenaje al hijo que murió como el soldado desconocido. Es entonces cuando sobreviene la ausencia, la nada, el vacío, el olvido.

Kafka y su mujer

La asfixia del no ser es en Fernández de la Sota la poética de lo no escrito, la duda en cada verso como una resurrección, como una traición que de nuevo nos hace volver sobre nuestros pasos en el transcurrir de cada página y nos describe el recorrido inverso: la condena en un hotel de Berlín, Felice, el agua como representación de la vida, la mariposa en el valle de la muerte, la ciudad invisible entre sus versos, el padre, el viaje a la ceniza, la misma muerte de Kafka antes del exterminio de sus hermanas y finalmente el regreso de la carne, la resurrección en ese ir y venir que amenaza volver algún día en un nuevo comienzo.

Algunas referencias

Vacilación. José Fernández de la Sota. Bassarai (2009).

Franz Kafka. Diarios (1910-1913). Traducción de Feliu Formosa. Editorial Bruguera. (1984).

Kafka los años de las decisiones. Reiner Stach. Siglo XXI Editores. (2003).

El otro proceso de Kafka. Elias Canetti. Alianza Editorial. (1995).

 

 

El cuaderno gris

 

Qué puñetas quiere decir eso de "literatura del yo". El quadern gris, diario de un jovencísimo Josep Pla que lo escribió cuando apenas contaba 20 años, deslumbra por su tono humorístico y su prosa envolvente.

 

El quadern gris (El cuaderno gris) es un libro misterioso. Claro que algunos puede que ni siquiera lo consideren un libro, tratándose de un diario. Los diarios tienen mala prensa. Hace tan sólo un par de semanas, Eduardo Mendoza escribía en este mismo periódico a propósito de los libreros y la inestimable ayuda que pueden prestar con sus consejos al lector desavisado para que éste no caiga "en las arenas movedizas de la novela histórica, o sea engullido por la boa de la literatura del yo o picado por la tarántula del esperpento disfrazado de nazi para todo". Creo sinceramente que Mendoza estaba siendo muy generoso colocando a los que se dedican a hablar de sí mismos entre la delincuencia literaria de los codigodavincianos y de los... La verdad es que no logra uno adivinar quién está detrás de "la tarántula del esperpento disfrazado de nazi para todo", pero no suena nada bien. Su generosidad es no obstante, y en mi opinión, un tanto espumosa y sin contraste porque esa clase de libros en los que un escritor habla de sí mismo ni siquiera suelen llegar a las librerías. Y, para decirlo todo de una vez, tampoco sabemos qué puñetas (la expresión es planiana) quiere decir eso de "literatura del yo". "Yo soy la materia de mi libro", leemos en el prólogo de los Ensayos de Montaigne. ¿Son, pues, esos ensayos "literatura del yo"? Montaigne es, por cierto, el único escritor del que se habla sin ninguna reserva en este El quadern gris.

La primera edición apareció con el sello de Destino en 1956, en cuyo catálogo también se encuentra la traducción castellana. El gerundense Josep Pla (Palafrugell, 1897-Mas Pla de Llofriu, 1981) es uno de los patriarcas más controvertidos (y citados) de las letras catalanas. Gracias al marcaje de su editor y amigo Josep Vergés, su obra completa ocupa la friolera de 45 volúmenes, consagrados en su mayoría a la prosa periodística, las memorias y una visión personalísima del ensayo.

Pero El quadern gris es interesante también por las cuestiones morales que plantea, al margen de su llamativa calidad literaria. Veamos. Se publicó por primera vez en 1966 como pórtico de sus obras completas, cuando Pla era un sexagenario. Buscó para ello un libro del que nadie hasta entonces había oído hablar. Estaba inédito. Se trataba de un diario de los años 1918 y 1919, cuando el escritor contaba veinte. Se publicó, claro, en catalán y causó sensación y entusiasmo, pero no indescriptibles. Diez años después apareció en castellano en una gran traducción de Dionisio Ridruejo y su mujer Gloria de Ros. La indiferencia con la que se recibió en esa ocasión fue sin embargo perfectamente descriptible: se vieron ejemplares de esa edición en todas las librerías hasta mediados de los ochenta (como quien dice ayer), para desesperación de los libreros que lejos de disuadir a los compradores trataban de que se los llevasen para quitárselos de encima.

El rapto de entusiasmo que levantó aquella lectura en quienes teníamos más o menos la misma edad que Pla cuando se suponía que éste lo escribió, sólo fue proporcional a la perplejidad, el deslumbramiento y la envidia: ¿cómo era posible que un muchacho de veinte años hubiese escrito una obra de aquella milagrosa sencillez? Era además un libro de nada, quiero decir, de la vida corriente y gris de Palafrugell, Llofriu y Barcelona. En cuanto a su autor no sólo alternaba con las señoritas de los burdeles, sino que era capaz de citar a Dante en su lengua original, y aun al mismo conde de Gobineau, hecho este último que parecía de un insuperable y exquisito esnobismo, casi wildeano. Cierto que su maestría para encontrar el adjetivo adecuado era insuperable ("quesos insípidos y adocenados"), pero a los libros no les hacen los adjetivos.

Algún tiempo después se supo que todo había sido una mixtificación de Pla, interesado en que la primera piedra del mausoleo que son unas obras completas fuese berroqueña, a prueba de siglos, pero al mismo tiempo, airosa y transitable, una mezcla de cimiento y de puerta, de pirámide y de arco de triunfo. Y había fabricado esa formidable biblia ampurdanesa saltándose de modo poco considerado todos los pactos autobiográficos y demás ordenanzas de la BRDR (Brigada Represiva de Diaristas Réprobos). No era más que el libro de un viejo que había vivido y viajado por medio mundo y conocido de cerca dos guerras mundiales y una civil, disfrazado con sus antiguas levitas juveniles. Cuando se conoció la impostura, barruntada ya en vida de Pla, se armó un pequeño revuelo, incomprensible e inútil, porque esa verdad tampoco explica ni la naturaleza del quadern ni su excelencia.

¿Y por qué es tan bueno? En parte por su argumento, al alcance de cualquiera. Pocos vienen a este mundo para ser protagonistas de La cartuja de Parma o Guerra y paz, pero todos llevamos encima nuestro cuaderno gris particular. ¿Con qué argumento? Cualquier vida, si no es absurda, tiene uno. El de este libro es la vida del autor y la de unos cuantos amigos, conocidos y saludados suyos, así como un considerable número de estampas minuciosas, de paisajes locales y guisos de la región. Nada extraordinario. Lo insólito es el tono humorístico y fino de Pla, su retranca, y esa prosa envolvente y persuasiva que parece nueva, un híbrido de Baroja y Azorín, con una pizca de Xènius y de seny. Su comienzo no puede ser más barojiano: "Decido empezar este diario. Escribiré lo justo para pasar el rato". Al final nadie escribe setecientas páginas para pasar el rato, pero siempre es más tolerable afectar naturalidad, y más simpático, que lo contrario, que la solemnidad en cualquiera de sus versiones. Incluso cuando dice: "No estoy bien en ninguna parte, voy por el mundo como una sombra errante". Tenía al escribir eso, ya digo, veinte años, y apenas había salido de su pueblo, pero todo hombre tiene derecho a una metáfora, y por otra parte Pla no llegó a estar lo que se dice mal en ningún sitio, porque tampoco le pidió demasiado a la vida. Ni a los lectores, que cuando quieren darse cuenta han sido engullidos por la boa de las pequeñas historias de un hombre que probablemente fue un impostor también cuando declaraba que estaba de vuelta ya de todo. Si uno se toma las molestias que él se toma para hablar de un niu con patatas, tripas de bacalao, un pichón y alioli, es porque espera de esta vida proposiciones muy ventajosas.

 

ANDRÉS TRAPIELLO

Las ciegas hormigas

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Presentación en la librería Troa de la novela reeditada

Cae la noche mansamente sobre los acantilados de La Galea que durante el día destellan grises casi blanquecinos y ahora se apagan sobre la playa de Arrigunaga. En la cúspide el molino de Aixerrota, con sus aspas inmovilizadas emulando a un gigante mudo que no tuviera otra cosa que hacer sino vigilar el Abra, el ir y venir de buques y nubes, de hombres. Las ciegas hormigas - los Jauregui y tantos otros –, como unos Sísifos de la tierra, castigados a perpetuidad, continúan izando los sacos de carbón sin poder escapar a su eterno destino cada vez que un lector abre el libro. Hoy no llueve y eso no es un alivio para ellos : en su noche siempre llueve; pero el esfuerzo sobrehumano de cargar sacos, la tensión del ojo avizor para detectar los faroles de los carabineros y el pobre Fermín, ya muerto sobre los sacos de carbón, son una pesada carga que no cualquiera puede aguantar. Allá abajo queda la sombra fantasmagórica del barco inglés, solitaria y sin remedio. Las ciegas hormigas nunca duermen y cada noche – y siempre que un lector abre el libro – vuelven a su ir y venir desesperado.
Como decía Pessoa, hay metáforas que son más reales que la gente que anda por la calle y estas imágenes vivas del instinto de supervivencia quedarán asociadas para siempre a Getxo y sus parajes gracias a la literatura. No lejos de allí, en Las Arenas, nos colamos en la librería Troa – calle Las Mercedes 20 - donde el hombre que dio a luz a éstas y otras criaturas, el escritor Ramiro Pinilla, vuelve a presentar su libro 50 años después. Tras una vida consagrada a la literatura, silenciosa y vocacional, sigue recogiendo los frutos dulces del éxito. Es  veinticuatro de febrero de dosmil diez : el autor acompañado por Jon Bilbao presenta la novela reeditada. No cabe una pluma dentro del local pero sí una grabadora : para que luego digan que nadie es profeta en su tierra. La ponemos en marcha y ésto es lo que registramos ...

Ramiro Pinilla : ...esta reedición de Las ciegas hormigas es importante por los recuerdos que me pueden traer a mi, por la edad, en qué circunstancias me dieron el premio, cuál era mi situación. Son recuerdos bastante emocionantes para mí. En aquel tiempo acababa de trasladarme de Bilbao a Getxo. Estaba haciendo mi casita. Los hijos eran pequeños y estaba viviendo un mundo muy distinto al que tengo yo ahora. Y me cayó de golpe encima como un peñasco el premio y la publicación del libro. Yo no estaba preparado para ese cambio tan brusco. Yo había ido a Getxo en cierto modo a esconderme, a vivir una vida más tranquila, más solitaria. Y claro, se me ocurre hacer una novela :¿pero la hice con la intención de que me la premiaran? Pues no. No obstante, aquel medio aldeano ganó el premio. Porque yo era medio aldeano, me gusta llamarme medio aldeano, aunque algunas personas creen que nunca he sido aldeano pues fui a Getxo a trabajar la tierra no como medio de subsistencia pero sí como ayuda. A raíz de aquel premio los medios me desnudaron ante la sociedad. Fue un golpe muy grande. Recuerdo ese día en el que los periodistas aparecieron a las dos o las tres de la madrugada, les costo dar con mi casa; que es lo que yo quería precisamente. Y luego para las ocho de la mañana ya cogí el tren para Bilbao pues yo trabajaba en la fábrica de gas. Porque siempre he tenido a gala que los entornos no me afectaran demasiado aunque fueran buenos. Cuando iba en el tren, la gente iba leyendo ya el periódico -por ejemplo La Gaceta del Norte - porque se habían dado prisa en sacar la noticia. Y decían : “Joder, quién cojones es este Pinilla de Getxo al que no conocemos. Somos de Getxo todos y no le conocemos”. Cómo me iban conocer si llevaba un año y me marchaba a las ocho de la mañana y volvía a las diez de la noche. Yo tampoco les veía a ellos. Y aquí empezó todo. Luego los problemas con la editorial que en fin podemos hablar luego.

Jon Bilbao : ¿Sigue habiendo ciegas hormigas?
Ramiro Pinilla: Sí. Yo creo que ciegas hormigas hay en todas las sociedades, ciudades y pueblos pero sobre todo en los pueblos. En éstos la vida siempre es más dura y con menos apoyos. En una ciudad te encuentras con más apoyos como los aleros de las casas cuando llueve. Por ejemplo, en la novela se cuenta que cuando revientan las bodegas de un barco y el carbón se desparrama, la gente de la Ribera baja a la playa a recogerlo. Esta gente tenía un buen entrenamiento porque solía bajar a recoger la zaborra que los ganguiles de Altos Hornos arrojaban muy lejos pero las corrientes lo podían traer. Era parecido trabajo al que luego tuvieron con el barco. Hoy que yo sepa nadie baja a por carbón. Por tanto ese tipo de hormigas ya no existen pero existirán otras en otras actividades.

Jon Bilbao : Al margen del Nadal y del impacto publicitario del libro ¿significa algo para ti este libro en tu carrera? ¿Encauzó lo que hiciste después?
Ramiro Pinilla: Sí, yo creo que sí. Yo hasta entonces había escrito cositas, cuentitos flojos. Dos años antes había escrito una novela muy floja, muy rosácea, muy blandengue. Entonces de pronto me meto a hacer Las ciegas hormigas y resulta que sale mi primera obra decente. Muchas veces me he preguntado a qué se debió este salto en menos de dos años, este salto de una novela flojísima a una novela decente. Pues había leído al escritor norteamericano William Faulkner y me marcó un tipo de literatura, de lenguaje, sobre todo de mundo abarcador pero dentro de un territorio, que en mi caso era Getxo. Esa forma de concentrar los personajes .... Pero sobre todo el lenguaje, el estilo. Fue un parto que pareció que no era primerizo porque luego todos los partos posteriores hasta hoy arrancan de ahí.

Jon Bilbao: Tú lo cuentas en el prólogo que no sufriste ningún tipo de censura a la hora de escribir el libro. Hiciste el libro que tu querías. Pero después ¿no encontraste ninguna opinión ofendida por lo que cuentas? Por ejemplo me estoy acordando que aparece un cura en el libro que dice que Sabas Jauregui es un buen hombre a pesar de que no es practicante. Me imagino que esa declaración en aquellos tiempos y en boca de un sacerdote no era fácil de digerir.
Ramiro Pinilla: A esos niveles tan altos de enfrentamientos ideológicos o filosóficos la verdad es que no he tenido ninguno y a veces me quedo un poquitín triste porque me gustaría que la gente... Pero sí que tuve en cambio una anécdota con un vecino de Getxo años después. Me lo encontré en la calle y me dijo : "Pinilla, tenía ganas de encontrarte para darte de hostias. Yo era uno de los bajaba a buscar carbón - carbonilla, zaborra -". Y se me queda así. "Bueno - le dije - tú me confiesas que tú lo hacías, el pueblo también lo hacía o sea que no era una mentira". Y me contestó : "no era una mentira pero no hay que airear los trapos sucios." O sea entendía aquello de bajar a por el carbón era humillante. Es la única anécdota que he tenido del libro en 50 años, es curioso. Yo lo atribuyo a una cosa y es que yo no ofendo a nadie abiertamente, de una forma clarísima con un panfleto. Yo siempre he procurado ponerme en el lugar del otro. Una praćtica que siempre he llevado a cabo de todas las formas : escribiendo, relacionándome con la gente. Y no he tenido ningún problema pues como no ofendo es como si no diera razones o agarraderos para agredirme. Esa es la razón. En este país hay mucho nacionalista; yo no soy nacionalista y sin embargo no he tenido nunca ningún problema; es más yo tengo muchos amigos nacionalistas que entienden. Y yo soy más bien pobre y los ricos... La única vez -no fue un enfrentamiento- pero cierta vez en Neguri me llegó el rumor : "ya es que este Pinilla quiere ser como nosotros y por eso nos ataca." Pues mira un poquitín sí que les ataco porque sobre todo me acuerdo de la explotación que ejercieron en las minas. Bueno todos los de Neguri no tuvieron minas, de acuerdo pero muchos sí las tenían y explotaban a la gente; esto se explica en mi obra "Verdes valles...". En fin, estoy sacando posibles reacciones al libro y que recuerde no tengo más.

Jon Bilbao : Hace unos días una persona que estaba leyendo Las ciegas hormigas por primera vez me decía que estaba asustada por lo mal que lo estaba la familia Jauregui pero si al menos dejara de llover en el libro, se leería incluso mejor. A mí lo que me gusta de tu literatura es la forma como manejas el entorno, el lugar donde se desarrollan las historias.
Ramiro Pinilla: Yo creo que manejo a través de comportamientos de los personajes, a través de explicaciones. Yo creo que no me detengo a explicar por ejemplo cómo es la Galea o la playa de Arrigunaga paralizando la acción. Ahora bien, si la acción necesita un ángulo de aquel escenario, me detengo un poquito en el ángulo pero lo sumerjo en el movimiento de avance de la propia acción de la novela. En fin, el escenario nunca es un estorbo ni una parálisis. Porque eso yo siempre lo he tenido bien claro. No quiero solazarme en ello y lo dejo caer cuando estoy contando la acción. No quiero que se pierda la tensión y se pierde si yo, como hacen muchos escritores, como Blasco Ibañez por ejemplo, si un personaje se mete en un templo, se pasa varias páginas contando toda la historia del templo como si fuera un documental. Claro, eso es lo que yo no hago. Cuando me preguntáis cómo yo introduzco los escenarios, yo los introduzco sumergidos en la acción y por lo tanto, nunca hay una extensión indebida de las explicaciones. Justamente lo imprescindible para que la acción se entienda.

Jon Bilbao: yo creo que cualquiera que haya leído uno de tus libros pensará que eres un autor muy ligado a esta tierra. Sin embargo, tus libros son reconocidos allí donde se publican y han sido traducidos al alemán con bastante éxito. ¿Cómo se hace para que una literatura guste en todas partes y al mismo tiempo que esté arraigada en una tierra muy concreta?
Ramiro Pinilla: Pues mira no atendiendo a esa licencia o necesidad. Tú cuentas lo tuyo y si les gusta allí pues bienvenidos. Tratar de contar lo mejor posible lo que ocurre en tu tierra, lo que conoces tú y luego si hay suerte pues bien. No me preocupo de decir : bueno vamos a ver los alemanes tienen estas tendencias, estos delirios pues voy a contentarles. Pero los ingleses también... no me acuerdo de nadie.

Jon Bilbao : ¿cómo podías escribir con tantas horas de trabajo?
Ramiro Pinilla : cómo tenía tiempo es lo que yo me pregunto también. La verdad es que yo creo que lo que gusta o lo que necesita hacer uno ... bueno yo tampoco necesitaba, yo no soy de esos que convierten la literatura en un mito o en un santuario. La literatura la tenía como una simple afición y cuando tenía tiempo - los sábados y los domingos todavía se respetaban, no había que ir a trabajar- a ratos perdidos hice esta novela - en un año - también en el trabajo escondiéndome sin que me viera el jefe.

 

 

Jon Bilbao : cuando admiramos a un autor que vivió en un época pasada o escribió sobre una época pasada yo siempre tengo que la tentación de pensar cómo verá el autor el mundo actual. ¿No tienes la tentación de escribir algo ambientado hoy en día en un mundo con Internet, con teléfonos móviles y en el que los aviones se estrellan contra los rascacielos?
Ramiro Pinilla: bueno es que todavía no. No impacta. Estoy en medio de él pero no estoy contagiado de él. No obstante, si me mantengo vivo dentro de unos años a lo mejor como de "Verdes valles" quiero hacer prolongaciones a lo mejor alguna de esas prolongaciones llega al mundo de hoy. No lo descarto pero de momento no tengo ni idea ni ningún propósito. Aparte que no lo entiendo. Yo justo funciono con tecnología moderna y uso el ordenador como máquina de escribir. Hasta ahí llego pero todo lo demás : correos electrónicos ... yo creo que se vive más tranquilo sin todo eso.

Jon Bilbao : otro de los rasgos de tu literatura es la épica. No sé si heredado de Faulkner pero todo lo que escribes tiene un aliento épico. ¿Esa épica sería posible hoy en día contando algo que se desarrolle hoy día o hace falta un poco de distancia en el tiempo?
Ramiro Pinilla: bueno yo no sé. Épica yo creo que hay en todos los momentos, a todos lo niveles, en todas las casas hay una épica. La simple supervivencia es ya una épica. Una pregunta parecida podría ser si esta historia podría suceder hoy en día, ese esfuerzo sobrehumano por sobrevivir. Yo lo comparo con los momentos actuales con el paro. En la novela van a buscar a la playa una noche de lluvia con gran sacrificio todo lo que se quiera; yo me imagino como una noche de lluvia una familia en paro puede ir a un contenedor a buscar cartones para vender o comida. La épica en todo momento se puede dar, hay que localizar un escenario y sobre todo un argumento, un tema. En todas partes hay temas épicos, temas angustiosos y muerte. En todas partes en todas las clases sociales ya sea en un palacio o en una chabola.

Jon Bilbao : por insistir en el tema que me interesa mucho, una de las críticas que se le hacen a la literatura española de los 50 y los 60, crítica creo que no es del todo justa, es que se trataba de un realismo muy gris, muy pesimista, muy de andar por casa y a las generaciones actuales se les hace duro de roer. Yo creo que a ti tampoco te gustaba aquella literatura. ¿Una forma de alejarte de esa literatura o por lo menos de darle más brío fue la épica?
Ramiro Pinilla : Sí, es una de las claves. Yo había leído libros del momento, no muchos. Yo no soy un ratón de biblioteca pero bueno en aquel tiempo yo leía mucho más que ahora. La literatura de aquel tiempo - hablo de los años 40, 50 - estaba bien hecha pero no me llegaba. La clásica tampoco. Yo creo que era por algo. No voy mitificar esto diciendo que estaba esperando el advenimiento de un Cristo en mi vida. Pero es que ocurrió así : Faulkner actuó como un Cristo en mi vida. Me proporcionó el estilo literario, la épica que yo quería hacer sin saber qué quería hacer. Tampoco quiero menospreciar a la gente que escribía. A mí Cortázar no me ha gustado nunca. Era muy brillante, demasiado brillante. Lo dejaba todos a medias. Por suerte para mí encontré mi estilo.

Público : ¿Cómo descubriste a Faulkner?
Ramiro Pinilla : Yo no conocí a Faulkner personalmente porque me hubiera apartado de él. Todos somos impresentables los escritores y artistas en general. Yo recomiendo no conocer a ninguno. En el año 48 ó 49, yo había empezado a trabajar de chupatintas y en mi recorrido para ir al trabajo, pasaba por la calle Buenos Aires. Y un día abren en una lonja una librería que era la librería del Consulado americano. Bueno, empecé a frecuentarla y me maravillaron no sólo Faulkner sino otros escritores norteamericanos no sudamericanos en ediciones sudamericanas. Claro y encontré un mundo totalmente nuevo, y aunque parezca un poco ridículo, era el que estaba buscando yo : la épica, el vitalismo, la tierra. Todo eso conjuntado ... y entre ellos Faulkner porque tuve la paciencia de seguirlos leyendo. Quiero decir que con la primera lectura de Faulkner, incluso con la segunda, uno se echa atrás y lo deja. Pero yo presentí que allí debajo había algo. En cierto modo, no le he copiado íntegramente pues Faulkner es un pequeño cabrón porque abruma premeditadamente. No hace falta tanta oscuridad. Pero bueno lo que había dentro merecía la pena. Yo he tratado de aliviar un poco esa oscuridad.

Público : ¿Cómo sienta la consagración de un escritor después de toda una vida escribiendo?
Ramiro Pinilla : yo procuro que el entorno no me afecte. Yo estoy muy contento. Sigo escribiendo como antes igual. Creo que no me vuelvo loco.

Público : ¿el secuestro de Las ciegas hormigas que has mencionado antes tiene algo que ver con la creación de Libropueblo?
Ramiro Pinilla: Hombre pues en cierto modo sí pues cuando empecé a contactar con editores, con Destino primero y más tarde con Planeta, yo entendí que no me trataban bien. Eso no podía ser. Cuento en el prólogo también como Destino un día me dice : “hemos recibido un oferta de Televisión Española para hacer una serie con tu novela”. Claro me pareció una cantidad de burla. Dije que no. Pero ellos si querían. Entonces poco tiempo después se presentan en mi casa el equipo completo de una televisión alemana con director, actores y que vienen a hacer mi novela en escenarios naturales. Le dije que no sabía nada. Es decir, Destino negoció por mí porque tenía miedo de que les dijese de nuevo que no quería. Si hubiera sido una cantidad más grande... Luego cuando empecé con Planeta tuve alguna cosa que no me gustó nada. Total para que me den disgustos me aparto de los circuitos y yo sigo escribiendo. Alguna novelita ya publicaré. Entonces con un amigo, Javier Rafa, que es de Getxo también, fundé Libropueblo y publicábamos algún libro nuestro. Era una época en que estaba muriéndose Franco. Había un vitalismo en la sociedad, se iba a acabar la dictadura e iba a llegar la democracia, la libertad. Todo este tipo de propuestas populares - populacheras - caían muy bien. Bueno estuvimos unos años publicando tres o cuatro libros nuestros y lo pasamos muy bien. Luego acabo "Verdes valles.." y me encuentro con un enorme montón de folios y me digo: si no van a querer esto. Efectivamente, las dos primeras me lo rechazaron. Y la tercera a través de Fernando Aramburu, al que no conocía; como él pertenece a la editorial Tusquets le dije a ver si querían leer un manuscrito muy gordo. En 24 horas, en seguida, solucionaron todo : Fernando les llamó a ellos, ellos me llamaron a mí y en 24 horas tenían el libro. Y así empezó la cosa.

Jon Bilbao : Bueno como todo el mundo sabe Las ciegas hormigas recibió el Premio Nadal. Si no me equivoco en el 71 otra novela tuya, Seno, fue finalista. Indudablemente, esos premios son muy buenos para los libros porque les dan publicidad pero ¿beneficiosos para el escritor?¿Pueden hacerle cambiar su forma de escribir de ver la literatura?
Ramiro Pinilla: como os he dicho antes procuro que el entorno no me afecte : ni las noticias buenas ni las malas. Lo que sí me afectaba el mal trato que me daban. Luego otra novela que iba a ser premiada por Planeta y me llaman a Barcelona. En el momento del fallo mi mesa estaba rodeada de cámaras y periodistas. Es decir, sabían que me lo iban a dar a mí. Pero en el último momento las jugadas clásicas del dueño de Planeta, Lara, que le dice al Jurado, no ese no, otro. Y se lo dieron a otro. Eso es una faena gorda porque ves que ahí no hay un juicio certero y serio por parte del Jurado. El Jurado está dominado por el otro. Pero luego cuando se publica mi novela, lo hace seis meses después que la ganadora. Eso es terrible. Es como si te pusieran una bomba. Cuando hoy como en todas partes se publican conjuntamente el primero y el segundo. Bueno pues todo esto es lo que me empujó a hacer Libropueblo.

Público: ¿Con esos precedentes editoriales cuando entraste en contacto con Tusquets supongo que fuiste con pies de plomo ¿ te fiabas de ellos?
Ramiro Pinilla : En principio siempre confío en la gente. Generalmente a la gente si le das confianza y ellos se enteran que confías en ellos, se cuidarán mucho de traicionarte. Es curioso. En principio sí, yo me fío de ellos y resulta que no me fallan.

Público: si hubieras tenido una llamada de Destino...
Ramiro Pinilla: no, no Destino se acabó para siempre. Yo tengo mucha paciencia, le doy mucha cuerda a la gente, pero el que me hace una cosa gorda, no le mato, pero no quiero ninguna cosa más. A veces, aunque le des confianza durante toda una vida pueden traicionarte... pocas veces pero ocurre.

Público: ¿a qué edad comenzaste a escribir y si hubo algo o alguien que te motivó?
Ramiro Pinilla: la gente suele preguntar cómo me dio por escribir y no hacer figuritas de barro. Yo creo que uno empieza a practicar aquello para lo que cree que vale. Porque algo siempre tenemos que tener nuestro. Uno de los grandes valores para vivir es disponer de algo que alguien te pueda quitar. Un personaje de Cervantes -un guardia - le decía a otro : "tú vas a dormir en la cárcel". A lo que le contestaba el otro : “sí me podrás llevar a la cárcel pero no me obligarás a dormir”. Quiero decir que no me puedes obligar hasta ese extremo. El tener una vocación propia es algo que no te pueden quitar. Te puedes quitar la casa, te pueden quitar todo... puede perder el Athletic, pueden ocurrir todos los desastres pero no te pueden quitar tu vocación. Entonces yo eso lo he respetado mucho. Bien, entonces cuando empecé a escribir yo no sabía todo esto por supuesto. Uno se encuentra a gusto con lo que hace bien. Luego si tienes una persona próxima: un amigo, un pariente, sobre todo una abuela. Si una abuela te dice : “adelante nieto que yo he leído esto y me gusta...” Yo tuve esa abuela y me lo dijo. Se levantó de la mesa y dijo : “ya tenemos un escritor en la familia”. Yo tenía 16 años. Luego hay pequeños éxitos : te premian un cuento, que si por un perfil de un protagonista - había un concurso en Radio Bilbao sobre la película Lo que el viento se llevó-; yo hice tres y me premiaron uno: el premio era un par de zapatos; pues cosas de estas son fundamentales para tus impulsos. Uno detrás de otro. Generalmente tienes fracasos un año y otro pero al tercero te premian algo. Y así empiezas. Yo a mis 18 años escribía novelas policiacas que eran muy flojitas, muy flojitas. Y se publicó una - por una editorial de Bilbao - que fue el gran acontecimiento de mi vida y me pagaron 500 pesetas por todos los derechos pero fue tremendo aquello. Y luego haces algún encargo que te hacen un poquitín milagroso. Lees un anuncio en el periódico que necesitan alguien para hacer la biografía del beato Valentín de Berriochoa que la hice yo. Más adelante cuando gané el Premio Nadal uno que me quería mal dijo : “este de izquierdas no saben ustedes que ha escrito un biografía de Berriochoa”. Cosas de esas que te hacen gracia. Y así empecé a escribir y luego te encuentras que no tienes una esperanza de ganar el Premio Nadal y lo ganas.
Son historias que todo el mundo ha vivido en otras materias en otras actividades, en otras vocaciones. Y la mía ha sido una vulgar peripecia hacia arriba poco a poco pero como la de tantos.

Público: ¿Por qué elige obsesivamente los escenarios de Getxo?
Ramiro Pinilla: Yo no creo que Getxo ni es mejor ni más hermoso que otros escenarios del mundo. Simplemente fue mi escenario de niño y eso ya basta para responder de modo absoluto a la pregunta esa. Yo estuve en la playa de Arrigunaga desde que tenía un año hasta que tenía 13 cuando estalló la guerra. Eso me marcó ya y cuando, orientado por el Faulkner este, tuve que elegir un escenario ya cerrado; pues cuál voy a elegir : Getxo. Y ésa es la razón. No es porque me proporcione una épica especial porque creo que la épica de Getxo yo me la he tenido que inventar. Sí es que de lo contrario las épicas no se ven. Es decir, no es porque haya ocurrido una batalla histórica en Getxo o un día haya aparecido un grupo de tiburones y se han comido a todos los bañistas que había en el pueblo, cosas de esas. Que yo sepa no había ocurrido en Getxo nada. Lo que que había ocurrido en Getxo me había ocurrido a mí.

Público : antes has hablado de Neguri y me acuerdo que hace bastantes años leí tu novela "El salto" ambientada en el lugar mencionado. El tema era interesante y un tanto metafísico ¿Cómo y por qué la escribiste?
Ramiro Pinilla : a mi entender El salto es una novela frustrada, de hecho, no la voy a reeditar. Sin embargo el tema era muy bueno pero no supe hacerla. A pesar de que la escribí después de "Las ciegas hormigas", de que Faulkner me marcó, "Las ciegas hormigas" me marcaron la camino personal, pues a pesar de todo, no es verdad porque luego hice esa novela que era floja. Yo no sé a quien culpar. Pues a mí porque no estaba lo suficientemente concentrado, porque cada novela que se hace es otra cosa, un mundo y una experiencia nueva. El que ha hecho una novela que esté bien no quiere decir que tenga garantizadas las próximas. Aquella fue una aventura y luego parece que aprendí y, bueno, me encaucé de nuevo pero esa no la publicaré.

Jon Bilbao : Ya llevamos casi una hora, ya podemos ir acabando pero yo tengo una petición antes de acabar : ya que estamos en una librería y seguramente el público querrá llevarse uno o varios libros a su casa además de Las ciegas hormigas, podrías hacernos alguna recomendación.
Ramiro Pinilla: últimamente no leo. No estoy al día de los libros. Pues no sé que deciros, quizá si tuviera más tiempo para hacer memoria podría decir algún libro de actualidad. Hay un autor español que me encanta que es Millás. El libro que ganó el Premio Nacional es una autobiografía totalmente distinta a todas y es una maravilla. Yo leo "El país" a diario y espero con especial interés el viernes que es cuando escribe su articulito Millás. Es algo totalmente distinto a todo. Hombre también os recomiendo un autor de Getxo que hace novela negra y también os puede dedicar el libro. Es Willy Uribe. Y Jon Bilbao que ese también es muy bueno. Al final hemos caído en lo que no queríamos.

Jon Bilbao : en el autobombo. Te ponen un micro delante... Alguna pregunta, comentario, petición. ¿Tienes algo que añadir?
Ramiro Pinilla: pues no muy agradecido, que no esperaba tanta gente. El otro día en Bilbao hubo menos gente. Y era Bilbao.

Público : cuando has dicho que no has tenido problemas en tu vida debido a la política. Cuando se quemó el periódico Galea, eso fue una advertencia ¿no?
Ramiro Pinilla : eso no fue dirigido a mi literatura. Fue a la revista. No la hacía sólo yo, la escribíamos varios. Se veía de qué pie cojeábamos. Según me enteré más tarde, la quemaron porque en el último número habíamos hecho una entrevista a una mujer, víctima del terrorismo. Y por eso la quemaron.

Ramiro Pinilla : muchas gracias, muchas gracias (ovación cerrada).

El escritor, a su vez, aplaude agradecido y recoge el calor de la gente. Sonríe. Su obra vuelve a las librerías y a los lectores tras años de olvido. La épica continúa. Sigue lloviendo sobre los acantilados de La Galea y el Abra es una oscuridad infinita. El molino continúa vigilando a los Jauregui mientras el farol del escritor sigue alumbrando a sus ciegas hormigas y así podemos ver sus rostros de cansancio y deseperación.
 

http://www.tusquetseditores.com/titulos/andanzas-las-ciegas-hormigas

http://www.blogdellibro.com/2010/01/15/las-ciegas-hormigas/

http://novelanegraycinenegro.blogspot.com/2010/03/ramiro-pinilla-las-cie...

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El autor

Argumento

Cuatro profesores de literatura de distintos países europeos estudian todo lo relacionado con el enigmático escritor alemán Benno Von Archimboldi, candidato al Nobel. Sus vidas transcurren entre congresos, estudios de la obra del autor y un complicado entramado amoroso que implica incluso un triángulo o cuadrángulo, cuyo vértice fundamental es la mujer del grupo, la profesora Norton. Siguiendo los pasos de Archimboldi, los profesores llegan a Santa Teresa, una ciudad mexicana de frontera, trasunto de Ciudad Juárez, donde se suceden centenares de asesinatos y violaciones a mujeres jóvenes...

Comentario

Era voluntad de Bolaño que las cinco partes que componen este libro inmenso se publicaran por separado y con una periodicidad establecida por él. Según reza una nota al final de la novela, finalmente el editor Jorge Herralde decidió en atención al "respeto al valor literario de la obra" publicarla en un solo volumen. Después de haberlo leído, se comprenden las razones del editor, que para mí son acertadas, ya que aunque es cierto que se pueden leer por separado, la unidad y relaciones argumentales (en algunos casos sutiles, es cierto) hacen que sea más conveniente para su comprensión una lectura total.
Los libros se titulan:

La parte de los críticos
La parte de Amalfitano
La parte de Fate
La parte de los crímenes
La parte de Archimboldi

Aunque Bolaño mantiene un nivel constante a lo largo de la obra, a mí, personalmente, me han agradado más unas partes que otras. La primera, por ejemplo, es de lectura muy fácil, debido a que se trata casi de un entramado sentimental - amoroso, casi un folletín, trufado con reflexiones sobre el arte y la literatura. De la segunda, en cambio, casi no recuerdo nada. La parte de Fate parece una novela de género policial, por su ambientación fundamentalmente. Un periodista negro viaja a Santa Teresa para cubrir el combate de boxeo entre el ídolo local y un púgil americano, y allí conoce los crímenes que ocurren y que quedan casi siempre sin resolver. El autor narra con prolijidad los ambientes del boxeo, los boxeadores acabados y sonados, los sparrings, los combates amañados, etc. La parte de los crímenes, la más larga de todas, es la espina dorsal del relato, junto con la historia de Archimboldi. Es el libro más lento y pesado de los cinco, sobre todo por la obsesión del autor en describir de manera forense casi cada hallazgo de cadáveres, que para colmo son muy similares. Hace una enumeración larguísima, de decenas de nombres. También describe el estado de las víctimas, si fueron violadas por "uno o dos conductos" (o incluso más; sobre este particular hay una disquisición en boca de un policía bastante desagradable). En esta parte se refleja con gran extensión el machismo imperante en esa sociedad, cuya violencia se ejerce no solo contra las mujeres sino también contra otros hombres. Los narcos, las corrupción y degradación moral de la policía (violaciones en comisaría, chistes sobre mujeres, etc), la sordidez de las condiciones de empleo de las maquiladoras o empresas donde trabajan esas chicas... Todo es reflejado en la novela. Al final se detiene a un supuesto asesino, un alemán, pero los crímenes continúan, poniendo en evidencia que se trata de una violencia sistematizada patrimonio de todo un estamento social.
La última parte, la de Archimboldi, vuelve a marcar un cambio de estilo y de tono. Aquí asistimos a la vida, desde su infancia, de Hans Reiter, quien luego se convertiría en el escritor Archimboldi. La parte más extensa se refiere a sus experiencias en la II Guerra Mundial, en el frente oriental, como soldado del Reich. Está escrito con más lirismo que la parte de los crímenes y tiene cierto aire a las novelas alemanas, como las de Thomas Mann. También aquí Bolaño explota su técnica de entrecruzar historias a modo de digresiones de la trama principal, que nos permiten conocer, a través de un diario y notas que encuentra Reiter en una cabaña ucraniana, del judío Ansky (el lado soviético de la guerra). Al final de la parte está el giro argumental que enlaza esta historia con la de los crímenes de Santa Teresa.

En conjunto es una novela irregular, pero que se mantiene en un buen nivel de calidad. Su misma desmesura y ambición son ya motivo de alabanza. La manera como está escrita, como un puzzle de historias, permite u obliga al lector a ir atando cabos. No alcanza la categoría de obra maestra, pero está bien. Una novela sobre la literatura y la realidad, a la que parece faltarle algo.

http://reginairae.blogcindario.com/2005/01/00054-2666-de-roberto-bolano....

http://www.letras.s5.com/rb191004.htm

http://www.elojocritico.net/webant/cultul6.html

La soledad de Dickens

 


 

 

En el verano de 1865, Dickens regresaba de Francia en tren. Al pasar por Staplehurst, atravesando un puente en obras, se produjo un brutal accidente en el que siete vagones cayeron al vacío. Hubo numerosas víctimas y, aunque el novelista resultó ileso, aquel episodio marcaría el resto de su vida. Como, además viajaba con su amante, se las arregló para evadirse de la subsiguiente investigación.
Este trágico episodio sirve a Dan Simmons (Peoria, Illinois,1948) para realizar un interesante ejercicio literario. A través de la voz de William Collins, amigo y, a la vez, autor rival de Dickens, cuenta los últimos años de la vida del autor de ‘Oliver Twist’.

Al parecer, Dickens llevó, desde entonces, una vida un tanto oscura: el tranquilo burgués que ya era se transformaba por las noches en habitual visitante de oscuros tugurios y desarrolló una creciente obsesión por la muerte.

Dan Simmons es un destacado autor de novelas de ciencia ficción y de terror -precisamente así, ‘El terror’, se titula una de sus obras más famosas-, en las que muestra una desbordante imaginación y logra inquietar de verdad al lector. ‘Hyperion’, primera novela de la serie ‘Los cantos de Hyperion’, ha sido galardonada con numerosos premios, como el Hugo y el Locus, que se entregan a las mejores obras de ciencia ficción. Otra vertiente de su obra es la narrativa de suspense, a la que pertenece ‘El bisturí de Darwin’.

‘La soledad de Charles Dickens’ puede incluirse en esta última orientación citada y en ella Simmons ha tenido el gran acierto de entregar la narración a un personaje como ‘Wilkie’ Collins.
Charles Dickens

Charles Dickens

Este poeta inglés fue, realmente, gran amigo de Dickens –incluso un hermano suyo se casó con la hija de éste- y, al escuchar los hechos de su boca, adquieren mayor verosimilitud que si los contase el propio autor.

El resultado de todo ello es una narración inquietante y que muestra la otra cara de la vida del gran escritor, esa que no suele aparecer en las biografías habituales. La obra está bien escrita y el tema resulta muy sugerente. Si hubiera, no obstante, que ponerle alguna objeción, ésta sería su excesivo número de páginas -880-, que se hacen demasiado largas.

Si la obra fuese de menor extensión resultaría más amena. No obstante, a la vista del panorama editorial presente, ‘La soledad de Charles Dickens’ es un soplo de aire fresco, pues se aleja de otros géneros narrativos profusamente cultivados hoy.

http://www.leergratis.com/relatos/la-soledad-de-charles-dickens-de-dan-s...

El proyecto Lázaro

 


 

 

Los relatos dobles cada vez cobran más peso en la literatura actual. Por citar sólo los próximos libros duales que reseñaremos tenemos el último Murakami y también El fondo del cielo de Rodrigo Fresán. Sin embargo, El proyecto Lázaro brilla con luz propia entre ambos manteniendo un nivel altísimo y un grado de disfrute sorprendente para un autor como Aleksandar Hemon a quien tendremos que estar muy atentos en los próximos años.

El mestizaje del libro es absoluto y abarca mucho más que las dos épocas narradas, penetra en todas las rendijas argumentales haciéndolas estallar y mostrando las tripas de las sociedades pasadas y presentes. La primera línea de la trama nos lleva al Chicago de 1908 donde el joven inmigrante Lázaro Averbuch será asesinado en casa del jefe de policía por este mismo, sin más motivo que el miedo a los desconocidos. El afán por tapar ese crimen desatará una ola de xenofobia difícil de parar donde la hipocresía será la guía de los temerosos ciudadanos ‘decentes’. La segunda línea del tiempo discurre en los años posteriores al 11-S y su protagonista es el alter ego del autor, Vladimir Brik, un bosnio atrapado en EEUU sin poder volver a su país por la guerra yugoslava de los noventa y que parece estar integrado en Norteamérica actual. El proyecto Lázaro es la unión entre ambas líneas: la beca que recibe Brik para escribir un libro sobre Averbuch.

La primera línea será heredada por Olga, la hermana de Lázaro y las desdichas que sufre por la muerte de su hermano supuestamente anarquista, al que finalmente se le acusa de intentar matar al policía. Mientras la segunda se convertirá en un ‘road movie’ por Ucrania, Turquía y Bosnia, con Brik y su antiguo amigo Rora siguiendo el pasado de Lázaro en sus lugares de origen.

Hemon dibuja con maestría trazo a trazo a todos los personajes, matizando a Olga y su humanidad, perfilando a Brik y su inadaptación a su nueva vida americana, desnudando la verdad sobre Rora y sus fantasías sobre Sarajevo. Un viaje a ninguna parte donde nadie sabe que se está buscando a sí mismo, donde la crueldad infinita, el odio y el miedo están presentes en cada escena y donde se igualan los países, las épocas y los personajes, donde nadie ha aprendido nada y los mismos errores se suceden siglo tras siglo.

Gratamente humano son precisamente los errores de todos los personajes los que nos unen a ellos. Por encima hallamos el mensaje de intransigencia popular, el cual nos humilla totalmente. Y finalmente nos quedamos solos ante la inmensidad de un mundo que ni siquiera sabemos como sobrevive. Todo eso y más es El Proyecto Lázaro, un alegato literario a nuestras conciencias mediante unos personajes perdedores totalmente actuales. Léanlo y quedarán fascinados.

RESEÑA DE LA EDITORIAL

Chicago, 1908: el joven Lázaro Averbuch, un inmigrante judío que sobrevivió a las atroces persecuciones del este de Europa, es asesinado a sangre fría por el jefe de policía cuando le entregaba una carta de enigmático contenido. Las autoridades, imbuidas en el ambiente de psicosis y obligadas a encubrir el hecho, relacionan a Lázaro con el entorno de anarquistas de la ciudad. Olga, la hermana de Lázaro, se ve implicada en una vorágine de intrigas cuando desaparece su cuerpo del depósito de cadáveres.
En el Chicago actual, un joven escritor, Vladimir Brik, queda fascinado por esta historia real y decide recuperar su memoria para descubrir la verdad de los hechos. En compañía de Rora, un fotógrafo y amigo de la infancia, parten en busca de los orígenes de Lázaro en Europa. A través de siglos de historia -de los pogromos y la pobreza en los albores del siglo XX al paisaje de gángsteres de poca monta y prostitutas baratas del siglo XXI- las vidas de Lázaro y de Brik se entretejen inextricablemente en esta novela provocadora, divertida y hasta diabólica. Con ella Hemon demuestra que es uno de los talentos más dinámicos y esenciales de nuestro tiempo.

http://www.elplacerdelalectura.com/2009/12/el-proyecto-lazaro-aleksandar...

http://www.aleksandarhemon.com/