Relatos Extragranjeros

 

La tertulia de La Granja convoca anualmente dos certámenes de Relatos Cortos entre sus contertulios. En la sección de RELATOS podrás conocerlos.  Además también queremos publicar en esta página los relatos que tú nos mandes...

 

 

La hora del misterio

“¿Qué es un fantasma?

Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez,

un instante de dolor, quizá algo muerto que parece por momentos vivo aún,

un sentimiento suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa,

como un insecto atrapado en ámbar. Un fantasma, eso soy yo”

“El espinazo del diablo” (Dir. Guillermo del Toro)

 

Conocí a Cristina Del Río una mañana en un quiosco de prensa y revistas en la Gran Vía de Madrid. Una Mujer en extremo llamativa que compraba los últimos números de las revista Año Cero y otras por el estilo. Su vertiginoso escote como las curvas precisas de su cuerpo que se dibujaban en su ceñido vestido provocaron en mí el inmediato deseo de empezar una conversación, pero mi escaso tacto al acercarme a una mujer por primera vez, jugó una vez más en mi contra.

— Buena literatura... “Hay vida en Egipto”, “A mi me agarraron los extraterrestres, y... ¡No me dolió!” —Dije con una sonrisa.

— Supongo que te refieres a los misterios de las pirámides de Egipto, a la vida en mundos lejanos, y a casos de abducción, por cierto dramáticos en su totalidad que no tienen nada de divertido.

Borró mi sonrisita de idiota de un plumazo, me sentí como un iluso en un frustrado intento de empezar a ligar con una chica que estaba fuera de mi alcance. Ella me sonrió con superioridad y se alejó con su esotérica prensa. Caminaba dando pequeños pasos, sus tacones la elevaban hasta el cielo de mis fantasías, y sus nalgas debajo del vestido su movían con firmeza provocando pequeños temblores sobre la tela. Era alta, elegante, y en apariencia, imposible.

Me detuve en una terraza donde tomar un café y leer las espantosas noticias que procedían de Libia, en aquellos días Gadaffi era linchado en masa por razones que estaban muy alejadas de mi entendimiento, imaginé que la explicación más probable del por qué de su muerte la encontraría en la revista Año Cero. Afortunadamente pude evadirme del horror de las noticias, cuando una voz suave me preguntó si se podía sentar a mi lado para tomar un café. La valoré durante un primer instante como una aparición, me resultaba increíble que esa preciosa mujer buscara mi compañía. Por más que intentará mirarla a sus profundos ojos, aquel escote diabólico ponía a prueba toda mi galantería.

— Hola, soy Gabriel... encantado de conocerte. ¿Cómo te llamas?

— Me alegra mucho que no me reconozcas, hasta me hace sentir más auténtica... Casi lo prefiero así.

Sin embargo cuando le vi extraer de su tabaquera un Gauloise y colocarlo en una boquilla larga de color negro para fumar tal como lo haría una diva al estilo de Audrey Hepburn en Breakfast at Tiffany's, para mi mayor sorpresa me di cuenta que se trataba de la Cristina Del Valle, la conocidísima presentadora del noticiero de la noche de la televisión. Obviamente yo soy ningún George Peppard, que pudiera ir a juego con semejante belleza, con lo que mi tensión aumentó enrojeciendo mi rostro, estaba junto a una de las mujeres más deseadas sexualmente de los medios. Me sonrió mientras me clavaba una mirada radiografica. “— Pues ya sabes quien soy...” Sí que lo sabía. una personalidad controvertida, con fama de mujer liberal, se decía de ella que su ascenso meteórico en la carrera de periodismo desde corresponsal en la guerra de Afganistán se debía, a su escote, a su talento con la lengua, a sus inclinaciones de ninfómana insaciable, a su incapacidad de nunca decir no, y a las fiestas orgiásticas que montaba en su enorme piso en Madrid. Esta serie de calumnias provocadas por la envidia de muchos colaboradores no pudieron destruir su talento profesional ni desbarrancarla de la cima que había alcanzado en los medios. Ni siquiera con el testimonio de unos marines que decían haber participado en un gang-bang con la periodista en una tienda de campaña con siete hombres.

— ¡No puedo creer estar frente a la leyenda viviente de Cristina!

— ¿Leyenda? ¿Viviente? No sé que me sorprende más, el hecho que me consideres una leyenda, o viviente después de mi suicidio profesional

— ¡Ah, claro! Aquella entrevista al rey... algo escuché en su momento... ¿Fueron los “aminowanas”, verdad?

La periodista había entrevistado al rey después de una de sus famosas cacerías en Kenia. Tenía previsto un cuestionario que debía dejar bien parado al monarca, haciendo mención sobre todo a sus viajes como embajador de España a Sudamérica. Pero esta defensora de los derechos de los animales, no consiguió evitar preguntar: “¿Cuantos elefantes asesinó Su Majestad en África? ¿Cazó algún Ñu, o alguna de esas peligrosas gacelas? Y... ¿Algún aminowana?”. Ese sí fue el fin de su carrera como periodista, esto sumado al rumor infundado que se corría desde hacía tiempo, que durante un informativo de la noche le hizo una mamada al presentador debajo de la mesa, mientras el pobre periodista novato tartamudeaba las noticias durante interminables minutos.

— ¿Qué son los aminowanas, Cristina?

— Ja ja ja, ¡Qué tonto eres!

— Igual tienes razón... demasiado tonto incluso para conseguir trabajo de periodista, acabé la carrera hace años y sigo en el paro...

— ¿Y, por qué no me das tu curriculum?— me preguntó con una amplia sonrisa.

Así había acabado la prometedora carrera de Cristina, en una televisión local de escasa audiencia, conduciendo un programa a las dos de la madrugada llamado “La Hora del Misterio”. Después de meses sin conseguir ni el más mínimo contrato como periodista, los empresarios de esa cadena de mala muerte pensaron que ese tristemente conocido rostro daría un pequeño empuje al índice de audiencia. Era un programa esotérico muy trillado en cuanto a temática, y a la sombra del famoso “Cuarto Milenio” de Iker Jiménez, aquel conductor al que los adjetivos necesarios para describir lo paranormal parece que nunca le fueran suficientes. Así finalizaba una famosa periodista al mismo tiempo que así empezaba mi carrera, como ayudante o becario, pésimamente pagado, escribiendo guiones, haciendo pequeños reportajes a chalados que creían haber visto OVNIs, ayudando con el sonido, inventando psicofonías falsas, dibujando con el Adobe brumas de fantasmas que frecuentaban hospitales y castillos abandonados, buscando entrevistas con los “científicos” de lo paranormal, y ¡Cómo no! preparando también el café. Pronto me vi a mí mismo comprando los lunes las revistas esotéricas, que ella demandaba para encontrar algún material nuevo para su programa. ¿Podía ser peor? Supongo que al menos no acabé adivinando el futuro a marujas después de las doce de la noche, ni mantenía a la espera telefónica a gente ingenua que intentara adivinar un acertijo infantil para ganar quinientos euros. Sí, siempre puede ser peor... Aunque para ser sincero había un pequeño incentivo en la miserable paga mensual con el que podía regocijarme, no todas las habladurías acerca de Cristina eran falsas, tal como pude corroborar la primera semana en mi camerino.

Era mi primera vez en un estudio televisivo, mi aparición sería breve, solo para anunciar la entrevista que yo mismo había hecho a unos abueletes de un pueblucho perdido de Soria, sobre el avistamiento de lo que ellos aseguraban se trataba de un “ogni estaterreste de esos” ¡Vergüenza debería darme este rimbombante comienzo como periodista! Sin embargo me sentía nervioso, aparecer frente a la cámara junto a Cristina, tan desenvuelta, tan mínimamente vestida (un eficaz truco de los productores para conseguir alguna babosa audiencia masculina), y tan deseable... Sería la envidia de mis amigos que después del fútbol se habrían reunido para ver mi debut. Repasaba de memoria mis escasas primeras palabras frente a la cámara, cuando la puerta se abrió y ella con su voluptuoso cuerpo que deseaba salirse de su vestido cerró la puerta tras de sí.

— Faltan veinte minutos para la audición. ¿Estas listo? ¿Te aprendiste la lección para hoy, mi favorito aminowana? — Me preguntó guiñándome un ojo.

— Estoy nervioso, me siento como un adolescente a punto de tener su primer polvo— Mi subconsciente me traicionaba...

—Si me lo permites, conozco algún pequeño truco para que te relajes...

Caminó hacia mí y apoyando su mano contra mi pecho me dio un suave empujoncito que me obligó a caer sentado sobre la silla. Completamente inmóvil pude ver como todas las fantasías sobre Cristina iban adquiriendo vida. Las historias más eróticas que había oído, incluso investigado en los últimos días en páginas más frikis de Internet, cobraban de repente una irrefutable veracidad ante mis ojos, cuando ella poniéndose de rodillas en el suelo comenzó a desabrochar mi cinturón. Contuve la respiración durante esos desconcertantes instantes hasta que ella bajó mi pantalón junto a mis calzoncillos de un golpe, y separando mis piernas, y sin mediar palabra alguna hundió su cabeza en mi entrepierna para devorar mi polla que aún no estaba tiesa del todo. Simplemente me dejé llevar, “¡Estaba en manos de una profesional!” Ese pensamiento me resultó divertido, sonreí, me relajé y volví a respirar. Su boca caliente y húmeda no pasó inadvertida para mi miembro, la erección no se demoró en aparecer con todo su esplendor. Ella, al sentir mi pene reaccionando a las caricias de su lengua lo festejó aumentando la profundidad con la que la engullía. Acariciaba con ternura sus rizos, acompañando con mis manos a su cabeza que subía y bajaba mientras su boca me mojaba completamente. A veces su lengua giraba en pequeños y rápidos círculos sobre mi sensible glande provocándome descargas eléctricas mezcladas por agotadoras cosquillas que saturaban mis sentidos, otras veces su lengua empapada descendía hasta mis testículos para acariciarlos perversamente. Así sensibilizado en extremo, toda mi columna vertebral se arqueaba involuntariamente sobre el respaldo de la silla, acercando mi sexo aún más a las delicias cálidas de su lengua. Mi primera audición había desaparecido de mi mente, solo estaba empeñado en disfrutar al máximo la mejor felación de mi vida, no solo por la belleza de esa mujer, o por lo representaba en cuanto a su fama de mujer fatal, sino por cómo me lo estaba haciendo. Hacía lo que muy pocas mujeres saben hacer, devoraba mi duro pene como si me estuviera comiendo de veras, como si tratara de tragar todo lo que podía ofrecerle, casi en su garganta ella tragaba saliva, con lo que la impresión de estar deslizándome hacia su interior resultaba alucinante. No pude aguantar más el momento de mi eyaculación, y en vano traté de salir de su boca para no llenarla de semen. Ella, adivinando mi final, cogió fuertemente mis manos llevándolas hacia abajo, quedando de esta manera completamente a merced de su infrenable boca. Sentí un torrente vertiginoso ascendiendo con la furia de volcán en erupción. Mis gemidos ahogados de placer sonaban desesperados al percatarme que no me brindaría ni una pausa de alivio cuando mi leche hirviente inundara su boca, todo lo contrario sujetándome con más fuerza aún me obligó a sentir la electricidad demoledora de su lengua. Mi cuerpo se sacudía con movimientos casi convulsos durante todo el desenlace de la tortura erótica a la que era sometido. Ella finalmente me liberó cuando se hubo asegurado de haber devorado toda mi esencia. Me quedé con la cabeza hacia atrás en un estado de semi-conciencia durante uno instantes, hasta que su voz me devolvió a la realidad.

— ¿Ya estás más tranquilo?

— Eso creo, aunque ya no me acuerdo de lo que tengo que decir, ni siquiera me acuerdo que hago aquí...

— Tampoco yo... —añadió con gracia

— Dime Cris ¿Crees alguna de estas las historias que cuentas?

Mientras abría la puerta del camerino se dio la vuelta y a manera de respuesta me sonrió, mientras se limpiaba con el pulgar una extraviada gotita de semen de la comisura de sus labios.

Pocos días después de mi debut en todos los sentidos en la televisión con la lujuriosa presentadora, estaba acabando la última nota de sucesos. Recuerdo que me costaba contener la risa frente a la cámara:

Munich, 13 de abril de 2012, Un hombre, rescatado por la policía tras ser acosado por una ninfómana.

Un alemán que ha tenido que ser rescatado por la policía. La culpa, de una mujer ninfómana que le obligaba a tener otra vez relaciones sexuales con ella después de pasar una noche juntos en la cama, según un comunicado de la policía de Munich...” — Contaba mientras trataba de no respirar para evitar soltar una risa.”...lugar donde ocurrieron los hechos.

Los agentes de policía tuvieron que sacar al hombre del balcón de la casa en la que se escondía de la protagonista, una mujer de 47 años edad...” — Necesité una pausa, tapándome la nariz, mientras rojo por la presión me sacudía a punto de estallar en carcajadas, cuando hube recuperado el aliento seguí informando. “...cuatro mayor que él, a la que conoció en un bar de la ciudad alemana.

La química surgió entre ellos ya que acabaron en casa de ella, pero el asunto se terminó descontrolando. La policía asegura que la víctima intentó irse de allí, pero la mujer cerró la puerta con llave. A pesar de que en un principio el hombre accedió, al final no le quedó otro remedio que escaparse al balcón, desde donde llamó a los agentes... Ja Jaj Jaja Jaja!... ante el asalto sexual... Jaj Ja Ja... al que estaba siendo sometido.” — “¡Menudo maricón!— Añadió Cristina, con lo que el estudio entero estalló en carcajadas. Así acababa la audición de esa noche, de una manera estupenda aunque poco sutil. Fue entonces cuando llegó a la redacción la noticia que me iniciaría como investigador de misterios de ultratumba. Se trataba de una mujer de cincuenta y dos años que aseguraba haber sido violada por uno o varios espíritus en un pueblo cercano a Albacete.

El caso no era original ni mucho menos, conocíamos algunos más en otros lugares del mundo. Uno de los más famosos era “El caso del fantasma violador” que había sucedido en Lima, Perú en el 2011. El programa televisivo Zona de Miedo, que es emitido por Panamericana Televisión reveló casos de seres paranormales que aparentemente abusaron de dos mujeres. El analista técnico Pedro Noguchi, explicaba que “no necesariamente puede tratarse de demonios, sino también de seres etéreos que utilizan el acto carnal para extraer energía a las víctimas”. Érika Villalobos, conductora de este espacio, decidió ingresar a la habitación en la que se había registrado uno de los casos, aguardando unos minutos encerrada en completa oscuridad presa del miedo que confesó sentir. Finalmente, y tras una larga y tensa espera, la conductora salió de la habitación sin haber sentido misteriosos contactos sexuales con íncubo alguno, con cierta desilusión, supongo. Unos minutos más tarde, el Grupo de Investigaciones Paranormales instaló una cámara especializada que logró captar una especie de figura gaseosa que se movió de izquierda a derecha dentro del dormitorio. Según sus conclusiones se trataba de un objeto casi sólido con aparente forma humana. Al ver en Youtube el testimonio de las mujeres asaltadas sexualmente me di cuenta que nuestro programa, a pesar de todo, era más creíble.

El segundo caso famoso, aunque mucho más dramático se registró en 1974 en Estados Unidos. Carla Moran, en una entrevista con los parapsicólogos Barry E. Taff y Kerry Gaynor, contó presa de una gran angustia sus experiencias sexuales con un ente. Todas las noches en su dormitorio era poseída carnalmente y contra su voluntad por algo o alguien incorpóreo, que además de violarla repetidas veces la golpeaba por todo el cuerpo. Según los “investigadores” las magulladuras que presentaba no podían de ningún modo haber sido provocadas intencionalmente por ella misma ni se podían explicar científicamente. El equipo de “científicos” instalado en la vivienda de Carla vislumbró y fotografió unas bolas de luz u orbs que rodeaban constantemente a la mujer. Pero lo más inquietante lo relata la misma Carla, aquel atacante era un hombre, o al menos tenía la anatomía de uno y que a veces estaba acompañado de otras criaturas que se encargan de sujetarle las piernas mientras éste la penetraba sin piedad. Desesperada, Carla después de varios embarazos psicológicos y totalmente traumatizada se trasladó al laboratorio de la Universidad de California donde vivió dentro de una casa de cristal especialmente diseñada para ella, monitoreada por cámaras de seguridad constantemente. Pero aún así el ente violador pudo hallarla y lograr su cometido. La primera noche que fue ultrajada, los que presenciaron el hecho pudieron observar como el cuerpo de la mujer se retorcía, movía y elevaba como si alguien en verdad la tomara sexualmente, sin poder ver a aquel íncubo salvaje. Finalmente los médicos implicados en el caso concluyeron que Carla era presa de sus propios traumas, ya que durante una hipnosis salió a la luz que fue víctima de abusos sexuales siendo niña.

Nuestro caso resultaba ingenuo y hasta divertido. Podía haber escrito la nota sin necesidad alguna de viajar tantos kilómetros hasta Albacete. En la carretera junto a mi diosa conduciendo a toda velocidad me sentía como un adolescente, después de aquella vez en mi camerino no volvimos a tener sexo, aunque me demoraba más tiempo del necesario en el trabajo, a la espera de que ella repitiera sus infrenables impulsos otra vez conmigo. Trataba de encontrarla en todos los sitios poco frecuentados o solitarios, como el ascensor o el parking. Pero el siguiente paso me lo haría desear hasta un punto extremo. Nuestro dialogo en el coche era fluido y divertido, recordábamos los sucesos más idiotas o entrevistas más patéticas que ella había presentado en el programa. Nos reíamos con ganas de los pobres diablos que daban testimonios sobre sucesos paranormales y de cómo engañábamos a los incautos espectadores con graciosas psicofonías inventadas. Todas las semanas cientos de correos electrónicos certificaban que las historias eran creídas por completo. Eramos malos, y disfrutábamos de nuestra malicia. Pero a pesar de aquella entretenida charla no podía pensar más que en sexo. Ella no se molestó cuando llevé mi mano sobre su regazo apenas cubierto por una pequeña falda, me sonrió para preguntarme:

— Mi querido aminowana ¿No te habrás olvidado nada del equipo científico que necesitamos?

— Ja ja ja, ¿Equipo científico? ¿Llamas así a un ordenador, unos micrófonos y dos cámaras de vídeo? ¿Qué esperas pescar con esos aparatejos?

Como siempre solía hacerlo, me respondió con una preciosa sonrisa, apartando mi mano me dijo que estábamos por llegar muy pronto, y que ya habría tiempo para “jugar” esa noche en el hotel del pueblo.

— Vosotros sois los de la tele, ¿verdad? —Preguntó el policía

— Sí. Venimos para hacer un reportaje sobre el salto sexual paranormal de la que fue víctima Doña Inmaculada... ¡Eh! Señor, ¡por favor! —Cris le llamaba la atención mientras el poli sonreía como un idiota frente a mi cámara, mientras pasaba su mano húmeda en saliva por su grasiento pelo para parecer más acicalado.

— Ah, perdone señorita... ¿Me decía de la vecina Doña Inmaculada Del Traste?—Confieso que la cámara se sacudió ligeramente al evitar reírme— “La señora vino a hacer una denuncia contra unos fantasmas la semana pasada, dice que se la pasaron por la piedra, pero para mí esta maruja tiene la cabeza llena de fantasías”

— ¿Usted cree que ella accederá a una entrevista?

— ¡Por supuesto que sí! ¡Ella haría cualquier cosa con tal de aparecer en la tele! — Nos dijo mientras cambiaba de lado el palillo que apretaba entre los dientes.

No hubo que caminar demasiado, vivía a la vuelta de la comisaría. Una mujer con tubos en el pelo y un chandal rosa, nos invitó a pasar completamente emocionada. Nos contó que aquella tarde, estaba persiguiendo una gallina que se le había escapado, la persiguió sin éxito por las calles del pequeño poblado, hasta que al fin pudo capturarla en las inmediaciones de la casa encantada que se encontraba a unos trescientos metros fuera del pueblo. Cuando ya se disponía a volver escuchó una voz que procedía desde adentro de la casa en ruinas, “Inma ven... Ven Inma...”. Picada por la curiosidad entró hasta la ruinosa cocina. Allí mismo fue hipnotizada por una voces masculinas de ultratumba, y de esa manera unos fantasmas empezaron a meterle mano. Ante este testimonio llegué a dos posibles conclusiones paracientíficas: o los fantasmas eran ciegos o esta gorda tenía la cabeza llena de pájaros. Cuando la interrogamos sobre la posibilidad que estos eventos increíbles se hubieran repetido antes en el pasado, ella nos afirmó que sí, y que había un viejo en las afueras que sabía todo sobre esa casa maldita.

Como lo suponía el viaje hasta aquí había resultado inútil, la nota periodística podría haberla escrito en media hora en casa, mientras disfrutaba de una buena cerveza mirando la televisión. Me apetecía caminar, y cogiendo un interminable sendero me dirigí hacia la casa de un viejo de ochenta y siete años, sin demasiadas esperanzas, solamente provisto de mi pequeño block de notas. Se trataba de un posible testigo histórico de acontecimientos de dudosa credibilidad. En fin... Me pagaban por ello... Solo me alentaba la lujuria desenfrenada que tendría lugar esa noche en el cálido y acogedor hotelito con la “ninfómana de los medios”. Ese sí era para mí el verdadero propósito del viaje.

El viejo no era tal como lo había imaginado. Le encontré regresando con sus ovejas a su casa, y cuando le expliqué el motivo de mi visita resultó muy colaborador. Con gran elocuencia me relató sin escatimar en precisas descripciones y datos cronológicos, desde el punto de vista de último testigo viviente, las historias que, desde hacía décadas envolvían aquella casa abandonada en el más triste de los misterios:

“Esa casita pertenecía a tres hermanos solteros de entre 35 y 50 años, los tres chalados, según eran conocidos por sus extrañas costumbres. No eran muy populares, eran republicanos y excombatientes que se habían instalado en estos lejanos parajes escapando de la persecución de las fuerzas franquistas. En 1940 uno de ellos, el menor de los tres, sedujo a una joven, María de solo 18 años. Por aquel entonces yo tenía veinte años. Ella completamente enamorada decidió huir de la casa de sus padres para empezar una nueva vida con este hermano. La familia de la muchacha jamás le perdonó que desapareciera, se ensañó con los hermanos, fueron acusados de rojos en el pueblo, insultados, incluso atacados a pedradas. Pero lo más dramático sucedió una tarde, unos muchachos hicieron una incursión a aquella finca movidos por la curiosidad.”

“Con mucho sigilo se acercaron a la ventana abierta del dormitorio y lo que vieron les dejó pasmados. En medio de la cama pudieron ver el cuerpo de una chica a cuatro patas, era María completamente desnuda, luciendo su belleza natural, sus cabellos oscuros, sus proporciones de una diosa griega, sus nalgas redondas, y hacia abajo se dibujaban unas tetas firmes que acababan en unos pezones en punta, listos para ser lamidos”. Al escuchar estas precisas y vívidas descripciones, a pesar de los largos años transcurridos, me pregunté si él mismo no habría formado parte de ese grupo de mirones impertinentes. Entonces el anciano pastor continuó:

“Un instante después la puerta se abrió, y para mayor sorpresa aparecieron tres hombres desnudos exhibiendo sus pollas completamente erectas. La escena que siguió resultaba inimaginable para unos muchachos simples de pueblo y más aún para aquellos años. Los tres hermanos rodearon a la joven, que entre suspiros se dejó acariciar por todo su cuerpo. Sentíamos una enorme excitación y ansiedad frente a lo que estábamos observando” Mis sospechas se confirmaban, no pudo evitar pasar el relato a primera persona... “Un momento después, uno de los hermanos se colocó detrás de la joven para hundir su cara entre aquellas espectaculares nalgas, le lamía a veces la vagina otras su apretado ano, era evidente que ella gozaba como una gata en celo a juzgar por sus gemidos. Otro de los hermanos se colocó debajo para mordisquearle los pezones mientras acariciaba las majestuosas tetas que ella ponía al alcance de su boca, arqueando todo lo posible su espalda hacia abajo. El tercero de ellos se había colocado enfrente de pie acercándole sus huevos hasta su lengua juguetona para que se los lamiera, mientras con su mano libre acaricia los negros cabellos y la escultural espalda de la muchacha, sin dejar de susurrarle palabras tiernas, que la animaban a entregarse cada vez más y más a la lujuria de los tres.”

“No podíamos ni siquiera imaginar que fuera posible lo que siguió. Esos tíos no eran de este pueblo, se decía de ellos que eran catalanes, otros decían que vascos, incluso franceses pertenecientes a las fuerzas internacionales republicanas, solo se sabía de ellos que desde luego no eran de aquí, y lo que le estaban haciendo a esa muchacha evidentemente era propio de gentes con unas costumbres muy diferentes y avanzadas respecto a lo que se podía esperar aquí en aquellos oscuros años. La chica a cuatro patas fue penetrada por su coño por los tres, que se la alternaban sin prisas, colaborando para mayor beneficio de la inextinguible lujuria de ella. Uno tras otro se deleitó a gusto, entre los más bellos y dulces gemidos que jamás había oído. Los dos que esperaban su turno, no se mostraban ni celosos ni inquietos, sino que sentados en la cama a cada lado de ella se dedicaban a acariciar su piel, a besarla y susurrarle al oído. Era obvio que la deseaban y la querían con mucha pasión.

“ Después de que la follaran así durante un buen rato, frente a nuestros incrédulos ojos, uno de ellos se puso debajo para penetrarla enérgicamente por su vagina. Solo hizo una breve pausa para que el otro, abriendo extensamente sus nalgas, entrara al mismo tiempo por su pequeño orificio anal, y así doblemente clavada hasta el fondo por dos pollas, la sacudieron con fuerza, mientras sus tetas rebotaban rítmicamente respondiendo a esos apasionados impulsos. El que estaba libre no perdía el tiempo, le metía su duro miembro por la boca. La muchacha lo mamaba con la misma desesperación que alguien a punto de morir de sed en el desierto se le entrega una botella de agua. Aquella doble penetración igual que antes fue disfrutada por todos, compartiendo hasta la saciedad sus dilatados orificios, sin prisas pero sin pausas. Increíblemente, con una voz suave y tierna, como si se tratase de una niña, les suplicaba más, más fuerza, más profundo, más rápido. Les pedía que nunca acabaran de follarla, les decía entre gemiditos de placer cuánto los amaba... El final llegó con María sentada al borde de la cama mientras ellos de pie frente a ella le lazaban interminables chorros de semen caliente hacia sus tetas, su cabello, su angelical rostro, y por su puesto a su boca abierta deseosa de saborear el espeso y blanco amor de los tres.”

— Pero, ¿qué tuvo de dramático aquello? Por lo que usted cuenta, fue bellísimo.

— Fue dramático porque fue observado por ojos inapropiados. Durante las horas que siguieron no se hablaba de otra cosa en el bar. A la mañana siguiente la escena que habíamos visto llegó a los oídos del padre de la joven. Movido por el resentimiento y la vergüenza, y sobre todo alentado por el cura fascista del pueblo, cuyo objetivo era sumirnos en la más remota edad media con cada sermón, decidió actuar de inmediato. Como la joven era mayor de edad y no podían obligarla a volver a casa de sus padres, la secuestraron una tarde en la que los hermanos estaban en el campo cosechando. Se dijo que la encerraron en algún lejano convento de clausura. A pesar de que ellos la buscaron desesperadamente durante años, jamás la volvieron a ver. Tres años después encontraron sus cuerpos sin vida luciendo trajes de domingo con un clavel blanco en el ojal, se cree que los hermanos murieron de tristeza. Se dice que como tres almas en pena, aún aguardan su regreso...

— Una pregunta más. ¿Son verdaderas las historias que se cuentan en torno a aquella casa encantada?

— Son todas puro cuento, hijo. Son historias de marujas de pueblo aburridas, o cuentos de jovencitas tratando de explicar relaciones sexuales prematrimoniales, o embarazos sin justificación. Así es, puro cuento... Dijo el viejo, y mirando hacia abajo con voz muy grave añadió:

— Todas, excepto una. Al año más o menos de aquel macabro hallazgo, una jovencita, Rebeca, que había sacado a pastar sus ovejas por los alrededores del pueblo, fue sorprendida por una repentina tormenta. Para escapar del granizo buscó cobijo en aquella casa. Rebeca no volvió a su casa. A la mañana siguiente sus padres muy preocupados organizaron un grupo para buscarla. No tardamos en encontrarla allí, en la casa maldita. Estaba en el dormitorio, acurrucada en un rincón, completamente desnuda, y temblando como una hoja de miedo. El médico no encontró ni signos de violencia física ni semen que indicaran una violación, aunque sí pudo percatarse que ya no era virgen, y que había sido penetrada vaginal y analmente posiblemente durante horas, según el parte médico que elevó a las autoridades. Esta joven jamás se recuperó, solía despertar a sus padres con gritos de terror, y otras veces era hallada desnuda en medio de su cama, con su conciencia completamente enajenada, murmurando repetidamente la misma frase: “No os veo, no os veo... dejadme... nos os quiero dentro de mí...”. Su salud empeoró muchísimo con los meses, hasta que no hubo más remedio que internarla en un manicomio, donde acabó con su vida diez años más tarde.

— ¿Por qué cree que esa historia es verdadera?

— Porque ella era mi novia

Cuando el anciano acababa su cuidada historia recibí un breve mensaje de Cristina al móvil: “Aminowana ven a la casa, no te lo vas a creer pero aquí pasa algo”. Intenté inútilmente llamarla, pero su móvil estaba fuera de cobertura. “¡Qué diablos pretendía allí sola!” Debo confesar que a pesar de mi escepticismo me sentía inquieto, el mensaje llegado justo cuando había acabado de oír aquel inquietante relato, sin exageraciones, sin pretensiones, y con una desapasionada esencia de veracidad. Empecé a caminar por el sendero aprisa, estaba oscureciendo y me encontraba a unos siete kilómetros de la casa. A lo largo de la interminable hora de caminata seguí en vano intentando ponerme en contacto con ella, no tenía porque faltar señal ya que las antenas de telefonía estaban recién instaladas para dar cobertura a todo el valle. Aceleré mi paso entre zarzas y pedruscos agrestes.

Con la última luz del día entré en la polvorienta casa, la puerta estaba abierta y desencajada de sus bisagras, había objetos y muebles desperdigados y rotos desde hacía tiempo, décadas. Llamé varias veces a Cristina sin tener ninguna respuesta. Con una linterna recorrí las destartaladas habitaciones. Desde el salón me atrajo el sonido repetido del crepitar constante de la púa en el último surco de un disco de pasta que giraba en un antiguo fonógrafo; alguien había puesto un tango de Gardel, “Madreselva”, no hacía mucho tiempo. Esparcidos sobre la mesita había más discos de tango y jazz. Un resplandor azulado me llevó a un gran dormitorio. En la cómoda estaba el ordenador de Cristina aún encendido junto a los micrófonos ultrasensibles para captar psicofonías, las gráficas que dibujaban los sonidos ambientales se hallaban en un nivel basal. Las dos cámaras de vídeo estaban posiblemente en el mismo sitio donde ella las había instalado, enfocadas hacía la cama, y continuaban grabando. La cama de dos por dos en el centro del dormitorio estaba cubierta por un mugroso colchón cuyos muelles salían amenazantes en algunos sitios. Las huellas que los zapatos de Cristina habían dejado sobre el polvoriento piso, evidenciaban que ella había caminado hasta el borde de la cama, donde posiblemente se había sentado, pero no había ningún vestigio sobre el suelo que indicara su salida. Su móvil operativo y con cobertura estaba junto a la cama, y para mi sorpresa sus braguitas blancas en el suelo. Recogí su teléfono y el equipo, y me dirigí a su coche que estaba aparcado a escasos metros de la puerta. Conduje hacia el pueblo para buscarla. Nunca más la volví a ver.

Después de denunciar su desaparición al mismo policía gordo de esa tarde, me dirigí inquieto a la habitación del pequeño hotelito que habíamos alquilado. Me disponía a investigar de primera mano en las grabaciones alguna evidencia que me aclarase porque Cristina había desaparecido sin más. No quería aventurar ninguna hipótesis, diversas sensaciones envolvían mi alma confusa, ansiedad, curiosidad, y por supuesto miedo... Encendí el ordenador y me coloqué los auriculares.

Estoy en una casa encantada, me dispongo a introducir los asombrosos sucesos que durante estos años tuvo lugar en este abandonado escenario... ¿Abandonado? Para los habitantes de este pueblo perdido en alguna parte de Albacete, no. Dicen que esta casa estuvo siempre habitada por unos inexplicables seres que sembraron terror durante décadas. Esta noche desvelaremos el misterio de los íncubos que se han cobrado varias víctimas, todas ellas mujeres de diversas edades, sometiéndolas sexualmente a descontroladas orgías. Esta noche “La Hora del Misterio” llegará hasta el fondo: leyenda o verdad, juntos encontraremos todas las respuestas...”

Así, sentada en el borde la cama, Cristina comenzaba la introducción a la investigación que estábamos llevando a cabo. Las cámaras la enfocaban desde dos diferentes ángulos. Detrás de sí podía verse la cama destartalada, dos mesitas de luz hinchadas por la humedad, y al fondo sobre la pared descascarada de adobe, blanca en otro tiempo, podía verse la impronta de un rectángulo más claro que alguna vez ocupó algún cuadro. Ella introducía el tema, con la soltura y el brillo de siempre, su belleza estaba en concordancia con su simpatía y seguridad en sí misma. Sus ojos grises, eran la delicia de cualquiera que quisiera perderse en aquella mirada expresiva, y su cabello aumentaba el pulso de quienes alguna vez nos habíamos embriagado entre esos rizos claros con su perfume. Sus delicados pies se elevaban sobre unos tacones negros, sus finos tobillos animaban a seguir subiendo la vista pasando por las rodillas que permanecían juntas hasta llegar a sus muslos, cubiertos hasta la mitad por una corta falda gris. Una blusa blanca abotonada hasta el lugar preciso como para que la presión de sus grandes tetas marcara un vertiginoso escote, aumentaba mucho mi ansiedad.

... Queridos espectadores...” — haciendo una pausa miró incrédula hacia el registro gráfico de los sonidos en la pantalla del ordenador portátil. “... Queridos espectadores esta noche seréis testigos...” — Volvió a mirar pero esta vez abriendo sus preciosos ojos presa de una repentina sorpresa. “... Aquí pasa algo...” — Dijo en voz muy baja, y cogió su teléfono móvil para escribir el mensaje que me había enviado cuando acababa la entrevista con el anciano. “Esto es de veras extraño, las gráficas indican que hay actividad sonora, no percibo nada, aunque los micrófonos sí... momento... es como un grupo de personas pronunciando un monosílabo muy largo, es una Aaaaa,... ¡Es un coro! Ahora oigo violines, el volumen está más claro ¡Esto es inconfundible! ¡Es un tango de Gardel! ... Viene desde un antiguo fonógrafo.” Podía seguir con toda claridad lo que ella había oído: Llevando el volumen casi al máximo, llegué a escuchar hasta el crepitar de la púa sobre los viejos surcos del disco de pasta. Cristina permanecía sentada, apretando sus manos sobre su falda seguía alerta a los sonidos que empezaban a devolver a la vida a aquella ruinosa morada. —“Nunca hubiera imaginado que las apariciones se anunciaran con música... Estoy tranquila, tengo la extraña sensación de haber sido bienvenida a este abandonado trozo del pasado, la música sigue... con toda claridad suena Sus Ojos Se Cerraron.”

La luz natural del cuarto se apagaba con el inexorable avance de la noche, iluminada con el tenue resplandor azulado del monitor, Cristina con sus preciosos ojos muy abiertos continuaba relatando sus sensaciones, cada vez más indefensa, presa de las sombras que con cada minuto conquistaba metro a metro la polvorienta casa. Junto con “El Día Que Me Quieras” empezó a describir las primeras sensaciones táctiles: “Estoy empezando a sentir como una brisa fría sobre mis tobillos, siento que ascienden hasta mis rodillas muy despacio. Me asusto e instintivamente cierro las piernas... ¡No! No es una brisa, es como una suave corriente que me hace cosquillas, algo muy difícil de describir, ahora sobre mis muslos que avanza lentamente. Me siento asustada, no sé lo que esta sucediendo... pero al mismo tiempo debo admitir que es agradable, me relaja tanto... Me cuesta seguir hablando, las sensaciones son tan confusas que me resultan indescriptibles... Creo que mi voluntad cede, me dejo llevar por lo desconocido, siento como mis piernas se aflojan y se separan nuevamente. La “brisa” asciende suave y fresca por el interior de mis muslos.”

— ¿Nunca te vendaron los ojos? — Recordé aquella excitante pregunta que Cristina una vez me hizo durante una de nuestras charlas calientes.

— No... nunca... ¿A ti sí?

— Por su puesto... y no sabes de lo que te pierdes... — Me dijo con pícara sonrisa— Es como si te evadieras de tu propio ser, es dejarte llevar hacia lo desconocido sin sentimientos de culpa, esperas inquieta que te “hagan”, te entregas al placer y por cada nueva caricia inesperada todo tu cuerpo estalla en sensaciones...

Tengo mis ojos muy abiertos pero no puedo ver nada que se anticipe a lo que está sintiendo mi piel. Mis pechos son recorridos circularmente por una nueva brisa eléctrica, ¡avanza por debajo de mi blusa!” Mis ojos pudieron presenciar como sin causa aparente los botones de la blusa estallaban, liberando sus magnificas tetas de aquella opresión. La visión de las curvas majestuosas que llevaban hacia delante unos grandes pezones erectos traería a la vida a cualquier alma en pena, y así fue... Ella cerró sus ojos y se dejó caer hacia atrás apoyando sus manos en la cama. Entonces sus tetas comenzaron a deformarse bajo la presión de invisibles dedos fantasmales que las apretaban. Hice un zoom de la imagen, y pude ver como uno de sus pezones se movía circularmente, mientras involuntariamente me vi emulando con mi propia lengua aquel espectral y placentero recorrido. Tan sorprendente fue la siguiente escena, sus bragas se deslizaron a lo largo de sus piernas, para dar un par de giros rápidos en el aire y salir volando por la habitación. Las saqué del bolsillo de mi pantalón y como si quisiera sentirme participe, no pude evitar llevarlas hacia mi rostro para sentir su última perfume.

Su voz con evidente agitación siguió narrando: “...No me siento sola... las brisas están vivas... ahora cambian, se tornan húmedas, me mojan mientras dan vueltas alrededor de mis pechos desde afuera hacia mis pezones... ¡No puedo resistirme a este placer! Se está sumando algo nuevo... Lo siento acariciando muy suave mi cabeza, mi cara... mis labios... ¡Mis labios están siendo besados con la mayor dulzura que jamás he sentido! ... ¡No puede ser! Siento que alguien está ahora entre mis piernas... Ah, ah, siento una lengua cálida y húmeda... Ah, ah... alguien juega con mi clítoris, ya no es frío... me entrego... me entrego... No hay miedo, solo hay deseo... mi cuerpo relajado esta dispuesto a sentir... ¿Podéis oírme? Soy vuestra... — Dijo con un hilo de voz, entre gemidos dulces.

Mi asombro superaba mi curiosidad. El miedo dio lugar una creciente fascinación, los acontecimientos imposibles estaban impregnados de la belleza visual de Cristina flotando en un mar de placer fantasmal, mientras una guitarra emergida del más remoto pasado introducía el tango “La Última Copa”. Ella ya no hablaba para ningún público, sólo le restaban palabras sueltas provocadas por la emoción y las delicias del más allá. Fue en ese momento cuando vi aparecer las figuras nebulosas. Sus brazos estaban extendidos hacia atrás, y como tirando fuertemente de sus manos había una de esas extrañas figuras, otra se ubicaba delante que elevaba muy alto sus torneadas piernas, y sobre la mujer una tercera forma. Sus ojos errantes buscaban entre las sombras mientras su cuerpo empezó a moverse rítmicamente al recibir una invisible penetración. Pude ver con toda claridad la entrada de su vagina abrirse y cerrarse repetidas veces sin causa aparente, siguiendo el desenfrenado ritmo del placer que indudablemente estaba recibiendo. Las figuras revoloteaban a su alrededor, intercambiándosela continuamente durante los fascinantes y, al mismo tiempo angustiosos momentos que a mis ojos aún le quedaban por presenciar.

Me preguntaba si hubiera caminado más aprisa habría llagado a tiempo, supongo que no. Ella había abierto una puerta y tras de sí esa puerta se cerró. La imagen se tornaba más confusa, nubes de puntos en la pantalla interrumpían la escena a medida que se acercaba el final. Lo último que conseguí ver fue a ella colocándose a cuatro patas en la cama, y entre interrupciones visuales pude distinguir con claridad a tres hombres desnudos que tomaban forma. “¡Quiero que me folleis por mi culo!”— Ordenaba a los afortunados fantasmas que, sin hacerse rogar cumplieron con sus súplicas. Alcancé a presenciar a uno de ellos acercándose con una erección tan grande que provocó el cierre involuntario de mi propio ano. La penetró profundamente entre sus desesperados gemidos, mientras los demás espectrales hombres, tal como el anciano me había narrado momentos antes, se dedicaban a acariciarla con dulzura. Las interferencias no me permitieron seguir viendo nada más, solamente el sonido de la música continuó unos pocos minutos, “Madreselva”, comprendí que los espectrales bailarines se despedían de mí con un último y eterno tango...

Esta es la historia tal como la percibí, contada paso a paso. Tuve que repetirla muchas veces antes durante las primeras semanas de la desaparición de la audaz conductora, a la policía local, a periodistas de la prensa del corazón, y a mis amigos. Como era de esperar nadie creyó jamás en ningún suceso paranormal, consideraron todo como un ingenioso montaje preparado para que ella pudiera evadirse de su convulso destino y de los medios de comunicación, pasando a tener una vida anónima en algún lugar lejano. No me importó. Nadie más volvió a preocuparse del tema, la figura de la mujer más segura de sí misma que siempre hizo lo que le vino en gana, y que tantos hombres habían deseado, pasó al más absoluto olvido. Fue como si ella simplemente jamás hubiera existido. Aún conservo copias no censuradas de las grabaciones y de las imágenes de vídeo, que aún no logro explicar de una manera sensata. Siempre me resultó inquietante un detalle: desde su último mensaje a mi móvil hasta mi aparición en la polvorienta casa había transcurrido tan solo una hora, sin embargo desde que ella empezó a percibir los fenómenos había recogido al menos tres horas de grabación sonora y de vídeo. Muchas veces a lo largo de los años he vuelto a aquel paraje para intentar extraer a través de las descascaradas paredes de adobe, algún vestigio, algún susurro, alguna nota que me recordara a “Madreselva”. Nunca hallé nada que valiese como una señal de Cristina. La última vez fue hace tres años y después ya no necesité volver. En el suelo del dormitorio yacía detrás del cabezal de la cama un cuadro, que se había caído al suelo. A través del cristal roto pude ver que se trataba de una vieja foto en blanco y negro, eran los tres hermanos vestidos de traje de domingo con un clavel blanco en el ojal, estaban de pie rodeando a una mujer sentada que vestía de novia, con rizos brillantes, mientras sostenía como si se tratase de una Diva del cine clásico, un cigarrillo con boquilla...

NOTA: Aminowana se refiere a un triste chiste de índole racista. Los cazadores decepcionados por la escasez de presas para cazar acaban apuntando sus armas a los porteadores nativos, y estos suplican “¡A mi no wana!”

Mauricio Chiavarino

El pibe de Brandsen

Su nombre recorrió el mundo entero, aunque jamás lo hubiera imaginado, sobre todo siendo un muchacho más, igual a muchos otros que en aquellos años se reunían en el potrero de atrás de la iglesia para jugar a la pelota. Desde la distancia recordaba aquellos partidos entre el polvo, el griterío, y los únicos adultos que ponían algún orden entre los chicos: el larguirucho jefe de la Estación Pedro, que hacía de árbitro, y el cura con su sotana atajando penales en la portería.

El pibe no era nada especial, no destacaba a simple vista en nada, sin embargo a los veintipico sus engranajes creativos se pusieron en marcha. Una tarde de calor sin motivo aparente necesitó confesar su inquietud a su primo mientras tomaban un helado. Pocas veces habían hablado y casi no se conocían, tal vez fuera por eso que le dijo: “Necesito hacer algo diferente, algo que me llene...”. Su confesor se quedó solo con los puntos suspensivos de aquellas escasas y enigmáticas palabras. El pibe cumplió. A los dos meses vendió su coche, y con algún escaso dinero que había ahorrado, se tomó el tren hacia Buenos Aires, y de inmediato un vuelo a Nueva York.

Allí consiguió un trabajo de ayudante de cocina en un restaurante, y al cabo de dos años de duro trabajo logró ponerse una pequeña parrilla que llamó “El Pibe”. Sus sabrosos choripanes, su carne asada y su simpatiquísima atención atrajo a muchos clientes. Expandió su negocio. Al cabo de diez años contaba con cuarenta empleados en dos parrillas de lujo. Su fama aumentaba. Tres décadas de arduo trabajo le dieron un enorme éxito. “The Dorsia” era el restaurante más famoso de la ciudad, en que solo se podía cenar con una reserva de tres semanas de antelación. Los famosos más importantes pasaron por allí. El pibe había reunido una gran colección de fotos en las que aparecía junto a monstruos como David Bowie, Mohamed Ali, los Rolling Stones, Ronald Reagan, entre un enorme etcétera. Llegó incluso a ser portada del Times como el hombre del año. Sin embargo, una vez más sus engranajes se pusieron en movimiento.

Se aburría. Muy atrás en el tiempo quedaron sus amigos de Brandsen y aquellos partidos de pelota. Durante décadas no supo nada de ellos, solo mantenía una escasa correspondencia con su hermana María que ni siquiera vivía allí. La nostalgia, aumentaba a medida que sus empresas se hacían más prósperas. La enorme necesidad de volver a ver su abandonada pandilla y de caminar por las empedradas calles de su pequeña ciudad le oprimía el pecho. Sentía el reclamo de los que había dejado atrás de un día para el otro, así que voló de vuelta Ezeiza.

En Constitución tomó el primer tren a Brandsen. La ansiedad por reincorporase al pasado truncado hacía que aquel trayecto fuese insoportablemente lento. Viajó como lo hacía de pibe, sentado en el estribo, y lanzando algunos pedruscos por la puerta. Cuando aún faltaban unos kilómetros, ya tenía sus maletas en la mano, listo para saltar al andén. La estación de Brandsen se aproximaba despacio, inmutable, tranquila como si se tratara de un barco fantasma. La emoción llegó a su máximo cuando reconoció al jefe de estación, Pedro, el mismo aspecto desgarbado, alto y flaco aunque ya anciano. Saltó con el tren aún en marcha, y corrió hacia Pedro. Lo miró con una enorme sonrisa — ¡Pedro! Y el viejo con su característica tranquila voz nasal le respondió —¿Qué hacés pibe? ¿Y esas maletas? ¿Te vas de viaje?

Mauricio Chiavarino

I Certamen Internacional de Relatos Extragranjeros

 

NOMINA DE RELATOS PREMIADOS

 

Ganador Certamen Habladme poder desconocido Juan Carlos Muñoz
Primer Accésit Mi secreto Eva Barro García
Segundo Accésit El cuaderno de tapas de cartón Rosario Martínez
Tercer Accésit Café con lágrima Victoriano Alcalde Azcune
Cuarto Accésit El Cerro Rico Domingo Alberto Martínez Martín
Quinto Accésit La tertulia José Luis Hernández Garvi
Sexto Accésit Luis Mari Mario Pérez González
Séptimo Accésit Las dos armas secretas de Julieta Paredes José Aristóbulo Ramírez Barrero
Octavo Accésit La última oración Víctor García Bustos
Noveno Accésit Microcosmos Alice J. Grom
Décimo Accésit Misterios felinos Euloxio Fernández

 

Han concurrido al certamen 139 relatos

 

 

Making a Good Thing Better

Aquella noche, yo era el chaval más feliz del mundo. Paseando junto a mi padre por la Gran Vía madrileña, no dejaba de pensar en la suerte que tenía. Mientras que al día siguiente mis compañeros de colegio tendrían que soportar otra aburrida jornada escolar con los Jesuitas de Pamplona, yo disfrutaría de un día de vacación en la capital.

Los setenta agonizaban. Tenía 15 años, y unos días antes, inesperadamente, mi padre había sugerido la posibilidad de que le acompañara en uno de sus viajes de trabajo a Madrid. Mi madre, una mujer respetuosa de la ley de Dios y de los hombres, se opuso. Aquella invitación suponía perder un día de clase, lo cual, además de una tragedia, estaba prohibido. Algo impensable. Ni hablar. Como ocurría siempre, fue mi padre quien atacó la negativa aportando munición inteligente. Yo sacaba buenas notas y un día en Madrid aportaría más a mi educación que un anodino día de colegio a varios meses de los exámenes. Me encantaba cuando mi padre hacía algo que a mi madre le parecía pecado, como dejarme ver una película de dos rombos o criticar el comportamiento de algún cura, maestro o guardia civil, seres infalibles en el universo mitológico que ella compartía con mi abuela. Lo hacía siempre con criterio, con argumentos que, por alguna razón, a mí siempre me parecían inapelables. Con el mismo estrépito con el que inicialmente se había opuesto, mi madre se rindió. “Haced lo que os dé la gana”. Y eso era precisamente lo que íbamos a hacer.

El plan era perfecto: ver conducir a mi padre hasta Madrid, rápido y preciso por las sinuosas carreteras de Soria, escuchando las cintas de Frank Chacksfield que siempre llevaba en el coche. Cenar con él en alguno de sus restaurantes favoritos. Intercambiar una sonrisa cómplice cuando incomodara a algún camarero rogándole que dejara de llamarle “señor” y, sobre todo, disfrutar después de una buena película en alguno de los cines de la Gran Vía, compartiendo una bolsa de bombones. El cine nos apasionaba y a mí, en sesión nocturna, aún más. Pero la cosa no acababa ahí. Al día siguiente, mientras mi padre estuviera trabajando, yo pasaría la mañana con un tío de mi madre, un hombre sabio, bueno y paciente, con el que tenía una complicidad especial. Iríamos al Prado y, como siempre que le visitaba, me llevaría a la Casa del Libro, donde me regalaría uno de aquellos ejemplares sobre temas bélicos de Editorial San Martín, que aún conservo entre algodones después de tanto uso, marchitos y desgastados como mi propia vista.

Cenamos y nos decidimos por una película de Sam Peckinpah. Mientras caminábamos hacia el cine, mi padre me explicaba qué tipo de película nos íbamos a encontrar y la manera en que ese director utilizaba la violencia como un recurso estético, convirtiéndola en algo casi atractivo, lo que escandalizaba a muchos. Aquello también sonaba transgresor y, por tanto, fascinante.

Y ahí estaba yo, saboreando cada instante de aquel tiempo probablemente irrepetible, preguntándome qué podía haber mejor cuando, de pronto, al pasar frente al escaparate de una tienda de discos de esas que ya no existen, una imagen me atrapó, provocando en mí una sensación tan nueva como reconocible. El rostro sonriente y gozosamente feliz de una mujer hermosa, angelical, posando con un vestido de florecillas que dejaba ver sus hombros desnudos, aparecía en la portada de un LP novedad en el mercado. Su título, “Making a Good Thing Better” parecía predestinado a describir aquel momento.

Permanecí un buen rato en silencio, con la cara apoyada sobre el cristal del escaparate, mirando el disco ensimismado como sólo un chaval provinciano de 15 años podía hacerlo. Después, con el tiempo, otros discos, otras películas y otros libros me hicieron entender por qué, en ese momento, aquella noche se hizo inolvidable.

Juan  Pedro Urdiroz


 

1440 minutos

El olor a cadáver es inconfundible, dicen los que sin remedio han velado muertos de cuerpo presente.

La criada, de un riguroso luto como los cuervos, a quien el inmaculado blanco de su cofia y sus puños conferían dimensión humana, salió apresuradamente de la oscura estancia de su señora, para dirigirse al teléfono del rellano junto al dormitorio. Ni siquiera le temblaba la mano al marcar aquel número, aprendido los últimos meses, ni tampoco la voz cuando anunció al médico al otro lado del auricular:

"Apenas respira doctor, venga cuanto antes y por favor recoja al señor cura de camino, le estará esperando", que más que a súplica sonó a orden. Una vez en la mansión y casi a tientas, su doctor de toda la vida, se dejó conducir hasta la moribunda, aunque podía haberlo conseguido aun con los ojos cerrados.

"Hola vieja amiga" susurró el doctor inclinándose hacia Doña Bernarda.

"me ha llegado la hora, Guido" escuchó el doctor, a golpe de exhalaciones.

" tengo rabia, miedo no" la lucidez con que hablaba Bernarda no le sorprendió, pues él ya sabía que la adrenalina se confabula y anestesia al viajero en su último tránsito.

"Bernarda, no gastes energías, estás muy débil" dijo Guido, aunque seguidamente se arrepintió por lo obvio que le sonaron sus propias palabras. La anciana lentamente giró su cara hacia el doctor quien se acercó aún más, y ella con un pausado y apenas audible hilo de voz dijo:

"me voy virgen".

Él retiró su cara como un resorte y ella asintió. Había oído bien. Mientras él posaba suavemente su mano sobre la colcha, ella cerró los ojos, aprovechándolo él para hacer una seña al cura. La anciana estaba en su fin, pero no sorda. Entendió perfectamente que aquél siseo entre el doctor y el cura trataba sobre su última confesión. El doctor salió de la estancia llevando del brazo a la criada, para que el señor cura tomara el relevo.

"Doña Bernarda ¿está segura? porque eso se podría arreglar", le insinuó el cura mientras se colocaba el amito para oficiar la extrema unción.

"Si no me llamo Bernarda Alejandra de Behorlegui, única hija del difunto Marqués de Behorlegui, de 98 años y hoy no es 15 de noviembre de 1943, entonces ya no estoy tan segura" dijo con voz tan firme como la de un capitán de marina.

¿Hasta dónde estaría dispuesta a llegar? preguntó el cura.

"Vendería mi alma al diablo" contestó la anciana volviendo a cerrar los ojos, cansada ya de fijar la vista entre tanta tiniebla.

"Está bien: dispondrá de 24 horas, tiempo suficiente para que se cumpla su deseo, pero no ignore, ni olvide, que tras ese lapso de tiempo su alma pasará a pertenecer al mismísimo Lucifer"-

"El Gato Negro", rezaba el anuncio sobre el cristal diamantino del escaparate, donde una pedazo de hembra se veía reflejada. Sin duda se estaba recreando en su propia visión, y sacando una cálida barra de carmín de su diminuto bolso, procedió a retocarse sus labios perfectos. Se atusó la falda con un suave gesto de su mano

enguantada, no sin sonreír.

"!Por los clavos de Cristo que soy yo!, ¿dónde estoy? No siento la temperatura, ¿hace frío, o hace calor? ¿en qué fecha estoy? La gente es de buen ver, está bien alimentada, me mira, si supiera cuánto la envidio, con toda una vida por vivir, yo sin embargo... 1440 minutos".

Aturdida pero consciente, Bernarda se acercó a un quiosco de periódicos. Había cola, instintivamente miró su reloj de pulsera, un Universal Geneve plano, precioso, más bien masculino, pero eso era lo que menos llamaba su atención. Marcaba las nueve y diez minutos. La Gaceta del Norte, 2 reales, Bilbao 15 de noviembre de 1943; leyó

en el diario que tomó instintivamente. Buscó en su bolso 2 reales, 2 reales...¡por todos los santos! no tenía ni una sola moneda, ni siquiera billetero, devolvió el periódico; ella! Bernarda de Behorlegui, la mayor fortuna de Salamanca y esta humillación!. Se dedicó a pasear por la Villa que nunca antes había visitado. Recorrió las siete calles, la Gran Vía, bajó por las rampas de Uribitarte, la campa de los ingleses, por el ensanche, el tiempo pasaba, y mientras, nada ocurría. Necesitaba pensar, no olvidaba que vivía de prestado y el tiempo apremiaba. Se dirigió por la zona oeste de Bilbao hasta Basurto, suplicando que no lloviera. Pasó por delante de una cervecera. De frente, el grandioso Circo Ruso, y fuera por el hambre que tenía o por lo desorientada que se encontraba, se adentró hacia el convoy de caravanas, cada cual más lastimosa. Preguntó por el jefe, negándose a dar explicación

alguna a un curioso por más que insistiese en que él era el zar de Rusia. El dueño, un hombre en sus cuarenta, se identificó con el nombre de Sergei, quien abrumado por tanta belleza decidió no desperdiciar aquella escultura; ya pensaría en qué podía serle útil, al fin y al cabo ella sólo pedía manutención y cobijo. Bernarda pensaba lo diferente que veía el mundo ahora que vivía contra reloj, en otro tiempo si un titiritero hubiera insinuado saludarla, seguramente le hubiera escupido.

"Así que se llama Carmen Bilbao, muy interesante! ¿sabe hacer algo?" preguntó Sergei con acento extranjero.

"Canto coplas" improvisó Bernarda.

¿Y eso qué es? siguió preguntando Sergei, levantando las cejas con asombro.

"Son poesías cantadas, muy populares y son famosas también en América" contestó Bernarda con rotundidad.

¿Me cantaría una? le dijo Sergei echándose hacia atrás en la silla.

" Si no le importa señor estoy desfallecida, no he comido desde ayer" dijo Bernarda.

"Lo siento, eso se soluciona ahora mismo, conozco el sitio perfecto, lo de cantar que espere hasta mañana" se disculpó Sergei.

"Mañana”, qué bien sonaba, un futuro, una esperanza, mañana era lo que ella no tenía, podía haberle dicho que además de cantar volaba, total, ella ya no estaría allí para demostrarlo" sus pensamientos se irrumpieron cuando el taxista les anunció la llegada al restaurante de moda, en el barrio San Francisco, que además tenía pan blanco de extraperlo.

"El restaurante, con un farolillo rojo en cada mesa impresionaba, como debía impresionar la complicidad de entrar en una casa de putas" seguía ensimismada Bernarda en sus pensamientos, mientras se convencía de que ese saltimbanqui que la tomaba del brazo sólo podría desvirgarla a la fuerza. Estaban a punto de comenzar con el bacalao cuando entró "él", una figura larga velada por el excesivo humo del ambiente, que al verlos se echó a los brazos de Sergei." Te presento a Francois, ésta es Carmen, viene a trabajar conmigo. Únete a nosotros y así seremos tres artistas en una misma mesa" dijo Sergei mostrando orgullosamente dos brillantes dientes de oro.

Resultó que Francois era pintor. Como una pulsación, sintió Bernarda que aquel cuerpo tan delicado sería perfecto para su cometido.

Aquella comida acabó cuando ya anochecía, y viendo Sergei que entre esos dos pipiolos saltaban chispas, se dejó acompañar hasta La Casilla donde se despidió :"Mañana a las ocho te quiero en mi camerino, nos espera un día duro", dijo Sergei dirigiéndose a "Carmen" en tono condescendiente.

Bernarda (Carmen) y Francois pasearon bajo un siri miri manso y tristón, hasta la pensión donde él vivía. Ella quería saber todo de él, descubrirle, disfrutarle, bebérselo. Sin duda, hay noches que no son para dormir y aquélla era una de ellas. Bernarda se dejó guiar en todos los juegos amorosos y sintió lo que significaba querer a una persona, fundirse con y en ella. Por primera vez en toda su "existencia " fué acariciada, se acostó acompañada, amó y se dejó amar. Francois dormía a su lado. Con la cabeza en su hombro seguía el ritmo de su respiración; a Bernarda se le escaparon dos lágrimas, pero no de autocompasión sino de gratitud. Se dio cuenta de que uno sólo se lleva lo que ha vivido, pues nada de lo que le rodea le pertenece. A modo de despedida le abrazó suavemente para no despertarle, y él la atrajo hacia sí, envuelto en el dulce olor de su cuerpo. Cuando la luz del día comenzó a filtrarse a través de las cortinas, ella cerró los ojos por última vez.

Guido tomó el pulso a la anciana, seguidamente, levantó acta en su cuaderno de exitus: "16 de noviembre de 1943, fallecimiento de doña Bernarda Alejandra de Behorlegui, 98 años, muerte natural".

Ana de Larrínaga

Souflé inflado. Relato para una tarde de lluvia tras el cristal

TARITA

DIEGO HIJO

DIEGO PADRE

JULIUS

 

 

 

TARITA

 

Siempre, bueno, desde hace bastante tiempo que me gusta escribir. ¿Y por qué? Me pregunto. Porque ¿me relaja? ¿por el deslizar de la pluma sobre el papel? – siempre escribo a mano - ¿por vanidad? No lo sé exactamente, pero sin duda me transforma.A lo que voy. Tres meses atrás, mi manuscrito casi de 200 páginas, donde hay un comienzo y un punto que señala “hasta aquí” “fin”, lo envié a una editorial relativamente importante, y lo envié a ésa y no a otra porque hace tiempo conocí al editor.

¡Sorpresa al canto! Me han contestado con día y hora de cita. ¡Qué subidón! Ya me veo escribiendo una segunda parte, luego una tercera ¿Quién sabe? Por fin alguien ha leído “mi novela”. Alguien está interesado en “mi trabajo”. He pensado en la cara que pondría mi profesora de lengua. Sí, que me suspendió tres cursos seguidos “Si te esfuerzas mucho quizá algún día llegues a escribir bien la lista de la compra”, me cantaba la muy urraca.

Necesito un agente urgentemente, porque los editores ¿con quién negocian los porcentajes de las ventas?! CON LOS AGENTES!. Esto de regatear me parece de miserables, vamos que no va conmigo. Aún recuerdo un viaje turístico a Estambul. ¡qué guía tan pesado! Insistía en que teníamos que regatear. ¡Qué pérdida de tiempo por Dios! Si ya me parecía una ganga aquellos pendientes de lapislázuli, pero no, él venga insistir, joder con el Mustafá – supongo que sería su nombre de guerra – “¡si no los vendedores se ofenderían!” Me habría dado tiempo a darme un baño turco, leer las mil y una noches y volver antes de que el último de nosotros comprase su souvenir.

¡Socorro! ¿Qué ropa me pongo? Porque nunca hay una segunda oportunidad para una primera impresión, solía decir mi tía. El color negro siempre está bien, se acierta con el negro, claro que “prohibido mañanas”. La cita era a las 12:30 ¡problema a la vista! Mi fondo de armario estaba más triste que el de una monja de clausura, esto también me lo decía.

No me lo podía creer ¡el gabinete técnico de lectura había decidido hablar conmigo!, al menos eso ponía en el correo. ¡Qué soledad la del escritor! ¡Siempre apostando por humo! Cómo me gustaría abrir la ventana y gritar para que todos supieran que me acababa de convertir en escritora.Primero organizaría bien mi primer cobro, 3.000? 10.000? 100.000 euros? ¡Uau! Justo cuando mi cuenta corriente estaba temblando y el frasco de colonia casi lleno de aire. Mañana es el gran día y sin pensármelo he ido al “salon de coiffure et de beauté”. Tanto ha insistido la chica que se ha salido con la suya y me ha pintado las uñas de un rabioso rojo cereza. Cuidado que le he repetido que a mí me gustan de color champán, pues erre que erre, ¡Que los escritores tienen que hacerse notar, pisar fuerte! ¡por favor! En fin, después de depilarme las cejas, me aplicó un masaje facial y me maquilló.

¡Aún tengo ganas de llorar! Cuando abrí los ojos vi a un travesti y con las uñas pintadas de rojo pasión. Me contuve para no ofenderla, pero en aquel mismísimo momento me hubiera enguantado las manos y enjabonado la cara.

Me acosté pensando en los viajes que tendría que hacer para promocionar la novela. Ya quería ponerme a escribir la secuela. ¡Pero no! Antes de nada debía presentarme como una escritora. Hay que tener confianza en uno mismo. Este es el principio de todo artista.

Resolví engominar mi pelo cortado a lo garçon. Nada de baratijas colgadas. Un anillo solamente, conspicuo eso sí. La hora antes de salir me la pasé yendo de casa al ascensor, pues éste tiene un espejo hasta el suelo y es la única forma de verme de cuerpo entero: demasiadas apreturas, el vaquero no me cierra el último botón. La chaqueta que mejor combina tiene un lamparón en la solapa, Dios! Se hacía tarde. Como solo dispongo de sota, caballo y rey me monté un par de piezas ¡de asco la verdad! Dudé entre el jersey de topos, como si fuera a cazar alces al Canadá o la camisa morada de rayón. Opté por una camiseta blanca por encima de los vaqueros y mi único blasier. Demasiado fino para el mes de marzo, pero no había más.

Colón de Larreátegui nº 2. Editorial López de Haro y Sucesores. ¡Ala, todo el edificio para ellos! Inspiré, espiré y ahí que pregunto por el Sr. López de Haro. A todas luces la recepcionista me atendió con el entusiasmo de una babosa. En fin. Tal como me indicó subí al tercer piso y me encontré con otra recepcionista. Tanto control me puso nerviosa, y ésta, repitiendo mi apellido como quien pronunciaría el nombre de alguna enfermedad repugnante, me dejó en el despacho del Sr. López, pues eso ponía en la placa junto a la puerta.

No había nadie. Me senté a esperar. Al instante descrucé las piernas como un resorte, “las piernas deben permanecer juntas y el bolso se deja a un costado” recordaba lo dicho por mi tía. Ella sabía mucho de estas cosas. Había hecho un curso de protocolo en Madrid, hacía casi un siglo, pues en un momento de su vida quiso hacerse diplomático y vivir en Tombuctú.

Alargué el cuello y me fijé en algunas fotos, que las había por docenas (enmarcadas en plata, enmarcadas en caoba, en acero, en piel..)!cuánta familia!. Me acerqué a leer alguno de los títulos que forraban una de las paredes. Cuando alguien tarda en recibirte, bien puede estar observando. ¡Qué bobadas!, eso también lo decía mi tía. Y yo con aquellas uñas como semáforos, ¡qué horror!.

Antes de darme cuenta, unos pasos fuertes se convirtieron en silueta. Se abrió la puerta de cristal. Cuando le vi, deseé no haber comido las últimas cien pizzas ¡Dios! Fue como si Brad Pitt hiciera de mi ginecólogo. Me tendió la mano con naturalidad y se la estreché mientras el corazón me bombeaba los oídos. Me serené y conté hasta tres, como lo hubiera hecho cualquier personaje de novela en la misma situación. Me confesó que se sentía obligado a recibirme en nombre de su padre, quien por cierto había fallecido hacía un año. Aquí creo que exclamé algo como “oh, lo siento”. No quería perderme nada de lo que me decía así que miraba embobada aquella cara que parecía tener escrito “hecho para triunfar”. No sé cuánto tiempo mantuve la boca fruncida como un cero, “hay que ser ridícula”.

Se aventuró a preguntarme si me gustaba escribir. ¡Por favor! ¿Hay algún escritor que lo haga porque le fastidie? Le respondí algo así como que me gustaba porque me obligaba a usar otros sectores de mi cerebro. Ahora que lo pienso es una respuesta cojonuda. Empezó con un “sin ánimo de ofender”, ¡ya está! Eso se dice antes de ponerle a uno a parir. ¡Será cretino! ¿Pues no me dice que insulto sistemáticamente al antagonista? Le recordé que era un marido idiota, alguien con quien no se podía hablar, ¡porque no se habla con las cosas! Después de carraspear siguió con una retahíla de impertinencias. En definitiva ¡que lo encontraba cursi! Le interrogué enarcando las cejas, y él echando mano de sus múltiples post-its dijo: página 49, párrafo 2º “…al darse cuenta de que había olvidado las llaves, llamó tímidamente al timbre” ¿Y? objeté. “Al timbre se llama o no se llama, no hay timidez que valga”. Si eso es todo puedo cambiarlo por “Ave María, hay posada?”, claro que solo lo pensé. Continuó rebuscando en sus cursilerías: “Allí donde Cordelia iba, sus recuerdos paseaban a su lado”. Tosió educadamente y saltó hacia la mitad del manuscrito. “Como la yedra, todos nos apoyamos en alguien”. ¡Con lo que me había costado ponerlo en palabras! ¡Que sabrá este bobalicón! ¡Qué esperaba, ¿una disertación sobre las cadenas moleculares?. Se retrepó en su silla, mientras yo me sentía como en un reclinatorio, recibiendo hostias.

“Verá Sta.” Se paró, buscó en la última hoja donde pone “firmado: Tarita Bertránd” “, Sta. Bertrand, seré directo, en toda esta historia no existe un ápice de pasión.” ¡Ahora sí que me había matado! ¡Como una piedra en un pozo, así me sentía, en caída libre! Le insinué que pretendía ser coherente. Debe ser deprimente follar con alguien (me refiero al marido), que posee la hondura emocional de un charco. Me pareció que sonreía, pero sólo me lo pareció. Me indicó que no se refería al sexo, sino a la pasión que uno espera encontrar en una lectura. A estas alturas, ya tenía yo ganas de marcharme. Sus siguientes observaciones estaban plagadas de “peros” y “sin embargos”.

¿Qué era aquello? ¿La antesala de los aquelarres?. Trataba de asimilar lo que el editor hijo puntualizaba. Las críticas a veces ayudan, o ¡te hunden! !me cago en ellas! Así que le pregunté para qué me había llamado, y me soltó un rollo, sobre que lo hacía por respeto a su padre, ya que el manuscrito iba dirigido a él. En aquel punto di por terminado el encuentro, le agradecí que me recibiera y me levanté para marchar. Me acompañó hasta la salida del edificio, y por si me interesaba me facilitó la dirección de un taller de escritura creativa. En el recorrido, las miradas se volvían hacia él como girasoles hacia el sol. ¿Era siempre así? Pensé en lo incómodo que resultaría salir con un tipo como él.

Fui derecha a casa y me repanchingué en el sofá como una ballena varada. Permanecí atontecida hasta no sé cuándo, que tuve que incorporarme para contestar el insistente teléfono.

 

DIEGO HIJO

 

Para ser viernes, el San Gotardo estaba tranquilo. Gorka mostró una generosa sonrisa en cuanto vio acercarse a Diego. Al verle, la camarera trajo los vermuts.

¿Qué tal la mañana Gorka?

-¡Bah! Mejor que no te cuente! Mi jefe se toma una semana de vacaciones, así que de momento no tengo que pensar en cómo asesinarle el lunes.

-¡No digas tonterías!

-¿Tú defiendes a ese capullo? ¡Es un explotador!

- ¿No estás exagerando?

Como de costumbre pidieron el menú del día, y mientras Gorka se entretenía con la aceituna del cock-tail, Diego le soltó que había conocido a una diosa. Gorka dejó lo que estaba haciendo y le miró fijamente.

-“¡Sí, no me mires así!, hoy he hablado con… digamos: una mujer extraordinaria”

-Querrás decir ¡un tipazo con dos tetas de mareo y que se ha abierto de piernas al verte!

-“¡Bah tío! Eres un obseso. La verdad: no sé cómo te aguanta Paloma”. Tras lo cual, Diego se rió por lo bajinis, al tiempo que sirvieron la menestra. “Bueno, lo primero sí” añadió Diego.

-¡Serás Cabrón! Espetó Gorka divertido.

-¿No te ha pasado que conoces a alguien especial, algo de tu cerebro se idiotiza y te portas como un impresentable?

-¡Dímelo a mí!- contestó Gorka. ¿Te acuerdas cuando conocí a Paloma? Me preocupé tanto por impresionarla que no era yo. Y ahora, Diego, estoy castrado. Si se me ocurriera mirar a otra, ¡directamente me corta las pelotas!

-¡Me siento como un gusano! Se lamentó Diego.

-No será para tanto ¡toma!! Prueba este vino, está de miedo!

Llegaron los chipirones en su tinta y entre dos sorbos de rioja Diego reconoció que al verla había sentido un pálpito, convencido de tener delante a la mujer de su vida.

-¿La conozco?

- No sé, yo la he conocido esta misma mañana.

Gorka se le quedó mirando fijamente, dejando de masticar

-Mi padre me habló de ella.- añadió Diego

-¿Conocía a tu viejo?

- Sí, debió ser un encuentro casual. Sé que a mi padre le impresionó mucho, porque la recordó durante bastante tiempo.

-¿Y cómo es? ¿una madurita cachonda?

Se rieron a la vez que Diego movía la cabeza.

-No creo que haya cumplido los 30,! listillo!

-“Diego, deja de joderme, si quieres no me lo cuentes.- dijo Gorka señalándole a la cara con el cuchillo mientras hablaba.- “pero deberías acabar lo que sea que has empezado tu solito, y ¡come algo por favor!

-El caso es que nos llegó un manuscrito a la editorial, dirigido a mi padre .- prosiguió Diego .- Ya conoces la rutina: la comisión de lectura lo lee y me lo pasa con anotaciones al margen, como siempre, así justifican su desaprobación, “no se adecúa a nuestra línea editorial” etc. Etc.,. Mientras Diego mareaba la cuajada con la cucharilla, miró a Gorka sin decir nada.

-¿Y? inquirió Gorka

-¿Y? repitió Diego.- “Joder Gorka, solo me ha faltado escupirla”

-¡Bah, no me lo creo!

- Pues esta vez tendrás que hacerlo porque prácticamente le he dicho que su trabajo era una mierda. Es una pelirroja preciosa, con temperamento pero sensible !por Dios Gorka! ¡Creo que me he enamorado nada más verla!.

- ¿Y la vas a llamar?

-“Ahora mismo”

 

DIEGO PADRE

 

 

Las mañanas de febrero son destempladas en Bilbao y ésta no es una excepción. De mis hermanos ya soy el último y sólo me queda un primo nonagenario. Siento cómo nos vamos marchando. Hoy despido a mi amigo Julius Bertrand, mi pareja de mus. Del 35, como yo. Una bella persona. No está de cuerpo presente pues aquí hace años que no se permite misa y muerto juntos. Cada vez me afecta más el duelo y toda esa chanfaina, además es probable que el siguiente sea yo. Ahora estás, y mañana ¡zas! Ya no estás. No han expuesto su cadáver en el tanatorio. ¡Menos mal! Creo que ya he dicho en casa que yo tampoco quiero que me exhiban, ahí yaciente de un blanco cerúleo ¡bah! ¡es morboso!

También un funeral es un hecho morboso, pero vengo porque quiero dar el pésame a la familia.

- ¡Agur, querido amigo!

Conocí a su mujer hará unos 30 años más o menos. Entonces yo ya estaba casado y teníamos a Dieguito. Recuerdo que era sábado. Los socios del txoko habíamos decidido que de una vez por todas podrían entrar nuestras mujeres. Hasta entonces reservada la entrada para el sexo masculino, al estilo club inglés. No solo cenábamos de categoría, Julius era un excelente cocinero, sino que acabábamos con una interminable partida al mus.

Aquel sábado noche, Ana mi mujer, por alguna razón que no recuerdo claramente, no pudo venir. Todos los socios íbamos resignados a quedarnos sin partida, por deferencia a las sras. Naturalmente. Debió ser poco antes de media noche, cuando Julius comenzó a encontrarse mal. ¡Todo un contratiempo! No era la primera vez que le daba un ataque de lumbago. Me ofrecí a llevarle a casa, pues en su estado no podría conducir; así que casi sin despedirnos nos llevamos a Julius a duras penas sostenido entre el brazo de su mujer y el mío. Le acostamos. Recuerdo a Tara, su mujer aplicándole un antiinflamatorio y enfajándole que sumado a dos calmantes le hizo un efecto anestesiante inmediato. Me sentí aliviado por mi amigo, aunque los ojos de su mujer aún reflejaban cierta preocupación.

Tara y yo nos gustamos al instante. Era una hembra pelirroja de ojos verdes. Sólo con aquella mirada hubiera podido hacer de mí su esclavo. Fue entonces que supe el porqué de mi existencia. Sentí que la vida merecía la pena. Como si hubiera futuro. Estaba maravillosamente proporcionada, y aquellas dos piernas como autovías hacia el cielo, que habían vuelto loco a mi amigo Julius antes que a mí. Él era el ganador. Él tenía el poder que da la anticipación. En mi caso, hubiera abandonado todo mi mundo por pasar el resto de mi vida con ella, de habérmelo pedido.

La llevé a recoger el coche. En el trayecto apenas hablamos. Sentía una ligera sensación de flotación, como un chiquillo enamorado. No quería que se acabara el viaje y paré a fumar un cigarrillo en un alto, desde donde se divisaba la refinería de Somorrostro al otro lado. Nos apoyamos en el capó del coche hipnotizados ante aquella tarta con mil velas. Tara se recotó junto a mí y la rodeé con mi brazo. Recuerdo que me buscó la boca y cerró los ojos. Abrazándola la llevé hacia el coche. Comenzando por sus labios, besé con glotonería hasta el último centímetro de su cuerpo, y mientras todo su ser, casi etéreo, irradiaba calidez y confianza, nos fundimos en un éxtasis más allá de lo imaginable. Así es como creo haberlo vivido.

Nos prometimos no vernos más. Era evidente que nos atraíamos mucho y no hizo falta verbalizar lo que los dos sabíamos. A lo largo de los siguientes treinta años, no encontré nunca el valor suficiente para romper el curso de los acontecimientos, más si cabe, los acepté con naturalidad.

En el funeral de Julius, recordando todo esto, me sentí agradecido, pues jamás en su mirada encontré un ápice de sospecha. Ningún reproche en sus palabras. Julius fue un hombre puro, y para Tara sin duda, el mejor compañero.

Esperé sentado en el banco hasta casi vaciarse la iglesia. Ella me encontró a mí. Nos besamos en la mejilla y pude aprecias unas suaves medias lunas bajo sus ojos. Se agarró a mi brazo y apoyándose levemente salimos hacia el pórtico al encuentro del resto de la familia. Me presentó a una joven pelirroja. Bellísima. Claramente había dominado la genética irlandesa de la madre. Presenté mis condolencias y me ofrecí para lo que pudieran necesitar. Comenzaba a chispear. Tara me pidió que las acompañara al coche, pues tenía algo guardado para mí. Sacó de la guantera una carta de Julius, con mi nombre.

-“Una carta de despedida, me figuro. Te apreciaba mucho” añadió Tara

-“Siempre tan sentimental este hombre” ¿Qué haréis ahora? ¿Seguiréis en Lejona?, pregunté mientras guardaba la carta en el bolsillo de la chaqueta.

-“No Diego, en cuanto recojamos todo nos vamos a Londres con mi familia. A Tarita le vendrá bien un cambio de aires” Pero dime ¿Tú, cómo te encuentras?- me preguntó, mientras yo me perdía en el verde ya gris de sus ojos.

Se me hizo un nudo en la garganta y la abracé. Las lágrimas me vinieron hasta la boca. La hubiera dicho que la necesitaba más que nunca, que siempre envidié a Julius por tenerla tan cerca. No pude contestarla y allí mismo me despedí.

Aquélla, fue la última vez que nos vimos.

 

JULIUS

CARTA A DIEGO PADRE

 

En Bilbao a 17 de enero de 2013

Querido Diego:

Si lees esta carta, entonces es que ya no estoy, y ciertamente Tara no la ha leído, tal como se lo pedí.

He disfrutado jugando al mus contigo, pero reconoce que he sido mejor muslari que tú.

Nunca te reproché que me robaras a mi preciosa mujer, aunque fuera por un instante. Ella guardó siempre el secreto. Callándome hasta hoy lo que ahora vas a conocer evité de algún modo que el rumbo de nuestras vidas cambiara. Eso jamás lo sabremos. Me quedé con lo que tanto ansiabas y nunca pudiste tener. Sí Diego, he sido estéril toda la vida y tú me regalaste a Tarita, una hija maravillosa. Ya ves, yo mismo guardé también mi secreto.

Agur amigo

Ahora estamos en paz.

 

Julius Bertrand

Ana de Larrínaga

No recordaba que fuera artista

No recordaba nada, ni siquiera su nombre. Siempre llevaba consigo una libreta donde su esposa le había anotado lo más importante: su propio nombre, el de ella, su dirección, un informe sobre su estado de salud y sus tareas diarias. Leyó en diagonal acerca de su dolencia, algo sobre su memoria y que sus recuerdos desaparecían al cabo de una hora. Se rascó el cogote y miró el reloj. Tampoco recordaba estar casado, sin embargo, allí lo decía; ella se llamaba Lola Girón y él, Diego Velázquez.
Según le informaba su agenda, esa mañana debía ir al Museo del Prado. Formaba parte de su tratamiento: unas clases de artes plásticas impartidas por un especialista en enfermedades del cerebro. Terapia de creatividad cognoscitiva, había escrito la tal Lola.
Después de pasar los controles de la entrada, unas amables y sonrientes señoritas vestidas de rojo le ofrecieron un folleto: ‘Sea artista por un día’. Parecía divertido. Le solicitaron su DNI, apuntaron su nombre en un registro y le acompañaron a una gran sala. Le indicaron su tarea. Se trataba de transformar una escultura mediante las aportaciones de los visitantes; podía añadir o quitar lo que le pareciera. Tenía a su disposición martillos, cinceles, tornos de alfarero, aerosoles, navajas, paletas…; allí, en medio de la estancia había una… una… Diego supuso que aquella cosa sería la obra de arte.
Lo dejaron solo para que se inspirara. Sin duda un Diego Velázquez compondría una obra de arte maravillosa, le dijeron entre risitas. Diego titubeó durante unos minutos ante las herramientas. Al final optó por un martillo; se acercó a la estatua y machacó lo que parecía ser uno de sus pies. Lo hizo dedo a dedo, despacio, con una gran concentración. Después pensó que un pie destrozado a martillazos debía sangrar, así que cogió un aerosol de pintura roja y lo vació sobre la extremidad mutilada. Dio unas cuantas vueltas alrededor de la imagen y estudió el efecto. No estaba nada mal. Se sentó en una butaca y se dedicó a contemplar su creación. Al cabo de un rato, Diego miró el reloj y se preguntó qué sería aquel lugar en el que se encontraba. Consultó su libreta. Según alguien había escrito allí, debía de estar en un museo, aunque aquella sala más bien parecía el taller de algún chapuzas. ¿Sería su taller? Volvió a hojear la agenda. Los miércoles tenía su sesión de creatividad cognoscitiva. Se rascó la cabeza. Por si acaso se guardó en los bolsillos un par de espátulas y unos botecitos de pintura.
Por fin, Diego salió del taller; las dos jovencitas interrumpieron su animada conversación y le despidieron con un aleteo de manos. Comenzó a pasear por una larga galería repleta de cuadros muy bien pintados, eso tenía que reconocerlo. Los de la terapia cognoscitiva aquella de marras eran unos artistas de verdad, sí señor. Al cabo entró en una gran sala con unos enormes lienzos colgados; echó mano a la libreta y consultó qué debía hacer en aquella sesión. Ojeó las plaquitas que había debajo de cada uno de ellos y comprobó la agenda. Él se llamaba como decía la plaquita del más grande de todos. En realidad aquella pintura estaba ya muy bien creada, de una manera muy cognoscitiva, pero si había que cambiar algo, pues nada, se cambiaba. Todo fuera por su salud. Se decidió enseguida. Los ojos de la enana al lado del perro estaban muy separados.
Se notaba que el último día de terapia le había faltado la inspiración. Sacó una espátula del bolsillo y comenzó a rascar la pintura en aquella parte del lienzo. Sí, aquello ya era otra cosa, esta cara estaba mucho mejor. Justo en ese instante, unos energúmenos se pusieron a gritar; casi seguro que serían del grupo de los oligofrénicos. Giró la cabeza y vio que se le echaban encima; sus bocas abiertas babeaban entre alaridos; las aletas dilatadas de sus narices mostraban pasajes oscuros y viscosos; sus cejas se elevaban hasta convertir sus frentes sudadas en trapos mojados. Se defendió como pudo, a puñetazos y chorros de pintura roja. En el revuelo pudo ver cómo un tremendo manchón colorado cubría de pies a cabeza a la niña en el centro del cuadro. ¡Su obra! Qué pena, le había quedado tan natural, tan… menina. Quizá en la próxima sesión podría repararlo.

Roberto Sanchez García Barakaldo (Bizkaia). Ingeniero Industrial. Miembro del Taller de Escritura Alfa (Bilbao). Ha publicado varios relatos en las revistas Traslapuente y Barataria y en ediciones del Taller de Escritura Creativa Alfa
 

 

Un cuento poco profundo

¿Cómo quiere el café?
– Poco profundo, gracias.
El camarero se limitó a trazar un palito en el papel como resumen del pedido. Desplazó una silla metálica que se interponía en su camino y se dirigió a la cocina del chiringuito lanzando a la playa miradas furtivas de cazador de libido.
– Su café, señor
El cliente se asomó a la taza. Le había servido un café corto, pero oscuro y concentrado como un agujero. Al contemplarlo, el pensamiento se decantaba peligrosamente por la comisura del recipiente y tenía que hacer equilibrios para no ceder y sumergirse en una madeja de recuerdos sin retorno.
Una vez más habían ignorado la precisión de su pedido. Un tanto decepcionado, se apresuró a verter azúcar en el líquido. La montañita dulce se sostuvo en el mar negro y, por unos instantes, más bien pareció emerger de él como iceberg victorioso. A continuación, introdujo la cucharilla y, sin revolver, midió la profundidad. Todavía le pareció excesiva y vació un segundo sobre de azúcar. Por suerte siempre llevaba algunos en el bolsillo. Esta vez, la cuchara se sostuvo casi derecha antes de inclinarse y reposar en el borde.
Ya más tranquilo, levantó la vista para llenarla con la luz de la playa. Al instante acudieron los gritos de los niños, los chapoteos en la arena y las dunas en el agua, las pelotas en volandas, los castillos en apogeo y las murallas arruinadas, las conversaciones livianas, los compradores de todo y los vendedores de nada, las tetas ingrávidas y las barrigas fláccidas, la guerra entre pieles rojas y pieles blancas, una radio poco sintonizada, efímeros y tiernos brotes de calma y sombras pírricas acotando ilusiones territoriales vanas. La gente entraba y salía del mar en lentas oleadas. Algunos solo se mojaban los pies, otros se aventuraban a cierta distancia y se colgaban al cuello el agua. De ahí a perder la cabeza no les faltaba nada.
No le gustaba al cliente hundirse y si tuviera sobrecitos de sal los echaría al mar para que su cuerpo siempre flotara. Que no hicieran falta milagros ni que él o el mar estuvieran muertos para caminar sobre las aguas. Que pudiera elegir ser bote o submarino según le viniera en gana.
Cerró los ojos y en la inevitable noche escuchó el rumor de una herida grabada en la roca, tallada cual runa en una dura tabla. Sopló una brisa e imaginó que la piedra se disolvía en polvo y que la raya caía al suelo y se convertía en un trazo sobre la arena. Escuchó una ola e imaginó que se la tragaba, convirtiendo la herida en una línea que desaparecía en el agua.
Se llevó la taza a la boca y probó el café. Demasiado dulce. Era el precio de la levedad. Tomó varios sorbos más mientras el camarero tropezaba con la misma silla metálica, que parecía empeñada en salirle al paso y convertirse en su karma. Y mientras bebía con lentitud y descendía el nivel del líquido en la taza, crecía su esperanza de encontrar en el fondo arenoso y azucarado ojos de buey y perlas blancas, huellas de cangrejo, cristales pulidos ya sin amenazas, tesoros que solo un niño distinguiría entre la paja.
Así era la playa, la posibilidad de convertir la corriente lejana en espuma blanca, el fondo en superficie cuando la marea bajaba, la ida en venida y la tormenta en calma.
La última gota de café descendió por su garganta en el mismo momento en que una silueta lejana se sumergía en el agua. Podía sentir su frescor en el calor de la bebida. La silueta tardó en salir y, en ese lapso, el cliente temió por ella. Pensó que si él se hundiera, si por algún motivo se viera en el compromiso o la circunstancia de caer a la sima más oscura, a la sombra más incierta, si la noche del alma sobre él se cerniera y en burbujitas se esfumaran sus últimos alientos de esperanza, pensó que entonces daría una buena brazada hacia la profundidad, y luego otra y luego otra hasta que el fondo del océano tocara, y con los pies se impulsaría con todas sus fuerzas hacia la marejada, y que saldría, abriría la boca y tomaría la bocanada de aire más grande que sus pulmones soportaran.
La silueta asomó de nuevo y expiró aliviado. Había contenido el aire sin darse cuenta. El tiempo se reanudó y la orquesta de la playa y de la silla metálica se puso en marcha.
Una atractiva mujer se sentó en la mesa contigua. Antes de abordarla con una excusa calculada, miró el poso que el café había dejado en la taza. Por suerte, no sabía leer el futuro en él ni hacía falta.Cómo quiere el café?
– Poco profundo, gracias.
El camarero se limitó a trazar un palito en el papel como resumen del pedido. Desplazó una silla metálica que se interponía en su camino y se dirigió a la cocina del chiringuito lanzando a la playa miradas furtivas de cazador de libido.
– Su café, señor
El cliente se asomó a la taza. Le había servido un café corto, pero oscuro y concentrado como un agujero. Al contemplarlo, el pensamiento se decantaba peligrosamente por la comisura del recipiente y tenía que hacer equilibrios para no ceder y sumergirse en una madeja de recuerdos sin retorno.
Una vez más habían ignorado la precisión de su pedido. Un tanto decepcionado, se apresuró a verter azúcar en el líquido. La montañita dulce se sostuvo en el mar negro y, por unos instantes, más bien pareció emerger de él como iceberg victorioso. A continuación, introdujo la cucharilla y, sin revolver, midió la profundidad. Todavía le pareció excesiva y vació un segundo sobre de azúcar. Por suerte siempre llevaba algunos en el bolsillo. Esta vez, la cuchara se sostuvo casi derecha antes de inclinarse y reposar en el borde.
Ya más tranquilo, levantó la vista para llenarla con la luz de la playa. Al instante acudieron los gritos de los niños, los chapoteos en la arena y las dunas en el agua, las pelotas en volandas, los castillos en apogeo y las murallas arruinadas, las conversaciones livianas, los compradores de todo y los vendedores de nada, las tetas ingrávidas y las barrigas fláccidas, la guerra entre pieles rojas y pieles blancas, una radio poco sintonizada, efímeros y tiernos brotes de calma y sombras pírricas acotando ilusiones territoriales vanas. La gente entraba y salía del mar en lentas oleadas. Algunos solo se mojaban los pies, otros se aventuraban a cierta distancia y se colgaban al cuello el agua. De ahí a perder la cabeza no les faltaba nada.
No le gustaba al cliente hundirse y si tuviera sobrecitos de sal los echaría al mar para que su cuerpo siempre flotara. Que no hicieran falta milagros ni que él o el mar estuvieran muertos para caminar sobre las aguas. Que pudiera elegir ser bote o submarino según le viniera en gana.
Cerró los ojos y en la inevitable noche escuchó el rumor de una herida grabada en la roca, tallada cual runa en una dura tabla. Sopló una brisa e imaginó que la piedra se disolvía en polvo y que la raya caía al suelo y se convertía en un trazo sobre la arena. Escuchó una ola e imaginó que se la tragaba, convirtiendo la herida en una línea que desaparecía en el agua.
Se llevó la taza a la boca y probó el café. Demasiado dulce. Era el precio de la levedad. Tomó varios sorbos más mientras el camarero tropezaba con la misma silla metálica, que parecía empeñada en salirle al paso y convertirse en su karma. Y mientras bebía con lentitud y descendía el nivel del líquido en la taza, crecía su esperanza de encontrar en el fondo arenoso y azucarado ojos de buey y perlas blancas, huellas de cangrejo, cristales pulidos ya sin amenazas, tesoros que solo un niño distinguiría entre la paja.
Así era la playa, la posibilidad de convertir la corriente lejana en espuma blanca, el fondo en superficie cuando la marea bajaba, la ida en venida y la tormenta en calma.
La última gota de café descendió por su garganta en el mismo momento en que una silueta lejana se sumergía en el agua. Podía sentir su frescor en el calor de la bebida. La silueta tardó en salir y, en ese lapso, el cliente temió por ella. Pensó que si él se hundiera, si por algún motivo se viera en el compromiso o la circunstancia de caer a la sima más oscura, a la sombra más incierta, si la noche del alma sobre él se cerniera y en burbujitas se esfumaran sus últimos alientos de esperanza, pensó que entonces daría una buena brazada hacia la profundidad, y luego otra y luego otra hasta que el fondo del océano tocara, y con los pies se impulsaría con todas sus fuerzas hacia la marejada, y que saldría, abriría la boca y tomaría la bocanada de aire más grande que sus pulmones soportaran.
La silueta asomó de nuevo y expiró aliviado. Había contenido el aire sin darse cuenta. El tiempo se reanudó y la orquesta de la playa y de la silla metálica se puso en marcha.
Una atractiva mujer se sentó en la mesa contigua. Antes de abordarla con una excusa calculada, miró el poso que el café había dejado en la taza. Por suerte, no sabía leer el futuro en él ni hacía falta.

 

Marcos Xalabarder Barcelona. Escritor de cuentos. Ha publicado ‘Arquitecturas Mínimas’ y ‘Pidemeuncuento vol. 1’. Creador del proyecto ‘pidemeuncuento.com’ y del espectáculo ‘Improtext’, prepara varios volúmenes de relatos y novelas.

Crónica de un silencio

No sabría decir con exactitud cuándo apareció en mi vida, quizá se coló como un fantasma mudo y delicado, quizá siempre estuvo ahí. Lo que sí sé es que absorbió por completo mi pensamiento y que mi vida dio un giro para situarse en torno a ella. Todo cuanto hacía a diario, mis más cotidianas rutinas se encaminaban a poder verla solo un segundo más, y habría matado antes de faltar una sola vez a nuestra cita secreta (incluso para ella) en mi ventana, desde donde yo la contemplaba salir de casa y volver siempre a la misma hora. Porque ella era la única luz en mi vida, ¿sabe?
La verdad es que nunca había hablado con nadie de esto, aunque, claro, con lo poco que hablo yo, ya sabe… Bueno, ya que he empezado seguiré, total, ahora ya nada importa. Aunque en realidad no podría explicar qué era lo que sentía cuando veía abrirse la puerta de su casa y tras ella aparecía su melena, sus ojos, sus manos, su piel, su figura, su silencio, como un hada pequeña y callada, como un beso en la oscuridad, como una gota de cielo caída en un mundo demasiado sucio. Ella era… no sé, simplemente increíble. Simplemente no podía ser de este mundo. No, no tiene gracia, a lo mejor era una forma de vida exterior, yo sí creo que existen, ¿sabe? Es más, estoy seguro de que ella tenía algo que el resto de mortales no tienen. Al ver su piel casi plateada me convencía de que bajo aquella fantástica envoltura, transparente como la del más delicado bebé, podría verse su corazón de cristal. Y, ¿sabe?, por las noches yo pensaba y pensaba en ella… y la veía una y otra vez revoloteando por mi mente con unas inmensas alas brotándole de la espalda de ninfa, tendiéndome una delicada mano para sacarme de mi miserable vida. Sí, yo la contemplaba temblando, casi llorando ante un ser tan puro, tan milagroso, tan… no sé.
También veía cómo entraba y salía gente de su casa, que la visitaba, le hacía regalos, gente sonriente, feliz y normal, como ella me hacía a mí cuando la contemplaba.
Hasta que comenzó a llamarme la atención algo nuevo en ella: comenzó a desaparecer, a borrarse de la realidad como un espectro triste caído por una ventana. A resultar cada vez más delgada y angulosa, más pálida, más fría. Conforme pasaba el tiempo ella empeoraba y yo la amaba cada vez más, consumiéndome el deseo de esperarla un día en su calle y decirle al fin lo que sentía. Pero, ¿cómo? Seguramente me habría mirado con sus ojos como canicas de algún color imposible y se habría alejado en silencio como una gacela espantada. Y no es para menos… No, no pude hacerlo. Me limité a contemplar cómo se desgastaba su figura, sin perder sin embargo su halo de otro mundo, cómo en su rostro anidaba la tristeza, cómo sus manos primero y todo su ser finalmente se tornaban marmóreos y nudosos. Y cómo sus amigos normales y sonrientes desaparecían también. Yo era todo cuanto tenía en el mundo, y ella no lo sabía. Yo la habría seguido hasta el infierno, y no fui capaz de dirigirme a ella. Yo pude hablarla, quizá ayudarla, sacarla del pozo en que se hundía sin remedio muda y sola, o al menos rodear sus fríos huesos y besar su frente cuando al fin regresara al extraño lugar de donde procedía, y le fallé. Continué amándola como un espectador torpe e inútil, mientras ella continuaba haciéndose más irreal día a día. Hasta que literalmente despareció. Y eso fue todo, ¿sabe?

Raquel Sánchez  Estudió Periodismo en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid, donde va a comenzar la carrera de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Confiesa que, por encima de la música, la palabra es su "mayor pasión".

Los lobos esteparios

Sara se considera una superviviente, capaz de resistir mil naufragios. Ha sobrevivido a varios desamores, más de cien traiciones y a los recuerdos lacerantes de una infancia poco idílica. Curtida, a golpes, en mil batallas se plantea cada día como una lucha. Por eso por la mañana se coloca la armadura, que le hace parecer fría e imperturbable, y se lanza a la contienda. En el instituto en el que es profesora le llaman rara. Y supone que cosas peores. Pero eso es baladí para ella.
Toma la línea 16 del autobús a las 8.15. Si alguna vez se retrasa no oculta su desdén al conductor. Se aposenta en las filas de atrás y dedica unos minutos a observar a sus compañeros de viaje, cuyas caras son siempre las mismas. El anciano que se dirige al mercado, el universitario que no levanta la vista de su teléfono táctil, la mujer que mantiene conversaciones con sí misma… Idénticos roles, idéntica representación. Una vez terminado el registro saca de su bolso un libro y apenas le da tiempo a leer veinte páginas para cuando llega a su parada.
Hubo un tiempo en que le entusiasmaba explicar el barroco español. Ahora ya no. Se dedica a dictar apuntes sobre Velázquez, Ribalta y Murillo. No comparte recreo con nadie, no opina en los claustros y toma las vacaciones que ningún compañero quiere.
La mayoría de las tardes se encierra en casa, excepto dos días que acude a nadar. No permite que su rutina se quebrante. Aunque desde hace unos meses asiste cada viernes por la noche a una reunión.
Me llamo Sara.
Fabián apostó al rojo y salió negro. Y en su envite iba la casa, el coche y la esposa. Se juró mil veces que nunca más lanzaría unos dados y tan pronto como lo pronunciaba se arrepentía. Y arrojaba su penitencia al azar. Cuando el dinero dejó de entrar regularmente en su cuenta corriente comenzaron las mentiras y las estafas. Y con ellas se marcharon los pocos amigos que le quedaban.
Fue así como Fabián terminó solo. Esa es la historia que pocos de los que ahora le frecuentan conocen. Muchos se preguntan cómo un hombre aparentemente culto y bien parecido ha acabado alternando en albergues. Hay quien dice que una infidelidad le condujo a la bebida. Otros hablan de una extraña enfermedad que le atrapó el cerebro. Y algunos piensan que un crimen le retuvo entre rejas. Incluso recuerdan su caso, que cada vez es uno, y que apareció en los periódicos. Pero no será Fabián quien rectifique ninguna de estas historias porque él hace tiempo que dio la espalda al mundo. O que se acostumbró a que el mundo se la diese a él. Y ahora es tarde para cambiar. O eso creía hasta que la curiosidad le guió una noche a un local a encontrarse con otras personas. Y, por primera vez en muchos años, interactuar.
Me llamo Fabián.
Elsa se retoca el maquillaje de camino al trabajo. Nunca sale de casa tan perfecta como le gustaría, por ello, no olvida las pinturas y su espejo. Le hastían todos los que le rodean. Sus vecinos, su jefa, las cajeras del supermercado… Le provocan rechazo porque no los ve perfectos.
Por fuera es rubia, con piel tersa y una silueta envidiable. Pese a eso a ella le disgusta su pelo, su figura, su blusa. Nada de aquello le resulta perfecto. Nada ni nadie. Ninguno de los hombres a los que conoce al anochecer y sube a casa y a los que, tras ofrecerles su cama durante unas horas, les echa sin permitirles decir su nombre. Y tan pronto como contrariados cierran la puerta, ella se enfrenta al espejo y se insulta.
Todas las noches, menos una. La del viernes. La noche en la que, por fin, se topa con otros seres imperfectos. Pero estos son diferentes. O, mejor dicho, son iguales.
Me llamo Elsa.
Carlos se dio cuenta pronto de que tenía dos naturalezas enfrentadas entre sí. Una que mostraba y otra que trataba de ocultar a toda costa. Una que le permitía ir a trabajar al banco, relacionarse ocasionalmente con alguna chica y jugar partidos de fútbol con antiguos colegas del colegio. Poco más. La otra se presenta cuando menos lo espera. Y pone en jaque todo lo que le rodea. Le grita, con bramidos silenciosos, que esas mujeres se aprovechan de él, que esos amigos se ríen de su forma de ser y que ese trabajo le consume.
Y aunque intente frenar los chillidos, el choque de seres, le perturba. Le perturbaba.
Ahora ha hallado un camino. Hace años que leyó un libro con el que se sintió identificado y, obsesionado, lo ha revisado mil veces. Por eso cuando descubrió en una farola la convocatoria de un grupo que se cita cada viernes, y que toma su nombre del título de aquella novela, no dudó en acercarse.

Mikel Labastida Vitoria. Reside en Valencia desde 1996. Es periodista y columnista del diario Las Provincias.

 

El regreso de Álvaro de Campos

Entra un hombre. En el café vacío cinco mesas, cuatro sillas alrededor de cada una de ellas. Una solitaria bombilla colgada del techo muestra su desnudez y apenas da luz suficiente para alumbrar debidamente el destartalado local. El camarero, que está detrás de la barra y a la vez apoyándose en ella, lee tranquilamente el periódico, sin molestarse en recoger los diversos servicios que yacen abandonados sobre los veladores.
Oscuridad, desorden. Es delgado, no muy alto, un metro setenta y cinco centímetros, con ligera tendencia a encorvarse, moreno de piel, pálido, cabello liso peinado con raya lateral. Tiene un vago aspecto de judío portugués.
El camarero deja el mostrador, se acerca al recién llegado, que se ha acomodado en una silla, junto a una ventana, frente al único velador que no tiene nada sobre él.
–Un oporto, por favor.
Y mira a la calle a través de la ventana. El camarero se aleja y vuelve enseguida con un oporto, cosecha 1916.
Al caer la noche es cuando más bella está la ciudad. Lisboa parece recobrar su antiguo esplendor. Es como si en la noche el tiempo no hubiese transcurrido. Uno tiene la sensación de que las viejas naos, las carabelas, los galeones aún están en el puerto. Recién llegados de Brasil, de África o de las Indias Orientales con sus exóticos cargamentos: té, café, pimienta, seda, perlas, oro. Es a esa hora cuando la brisa marina penetra profundamente en la ciudad, tiñiéndolo todo con su humedad salobre. Es también a esa hora cuando los barrios más populares, los que están más cerca del puerto, se cubren con el olor del aceite de oliva friéndose. Y uno puede deleitarse sintiendo, cual si lo tuviera en la boca, el sabor del pescado recién cocinado. Fue a esa hora cuando él se marchó para no volver en años. Autoexiliado en sí mismo, en su sensibilidad poética, partió, también físicamente, hacia el Norte. Ahora volvía, a la misma hora, al atardecer.
Estuvo aún un rato en el café, antes de salir de nuevo; durante ese tiempo tomó tres oportos. Por fin encendió un cigarrillo, se acercó a la barra, pagó y salió de nuevo a la calle. Allí inspiró con fuerza una bocanada de aire marino y elevando la cabeza lo espiró con lentitud. Luego se dirigió en busca de otro lugar, donde podría seguir tomando vino, consigo a solas, tranquilamente.

Juan Vicente López Ronquillo Barcelona. Profesor de Secundaria de Filosofía.

El periódico

El sol entraba por la rendija de la ventana mal cerrada y la despertó. Oyó miles de trinos, pájaros desperezándose como ella lo hacía también. Una corriente de aire limpio y fresco se colaba hasta darle en la cara. Suspiró con placer, zarandeó a su marido:

- ¿Oyes?

Él gruñó algo ininteligible y dio una pesada vuelta sobre sí mismo. Ella empezó a darle zalameros besos en la oreja.

- ¡No puedo creerlo! -exclamó-. Venimos al campo para aprovechar el fin de semana y solo se te ocurre dormir. ¡Vamos, despierta. Nos esperan los árboles, las nubes, el viento, la paz!

Protestó aún un poco, pero decidió ponerse en pie. Su mujer llevaba razón, habían conducido muchos kilómetros para dejar atrás la ciudad. La ciudad significaba trabajo intenso, estresantes citas de negocios, desplazamientos en coche entre tráfico denso y ruidoso. La mente sufre en esas condiciones, va acumulando cansancio y tensión. Oyó por fin los pájaros, enloquecidos de alegría ante un día de luz. Abrió del todo los postigos y la habitación se iluminó. «Es hermoso», pensó, «Quizá deberíamos comprar una casa de pueblo, huir hasta ella de cuando en cuando, encontrar un refugio. Sería más barato que alquilar esporádicamente. Tampoco era agradable variar de lugar; nunca se creaban relaciones».

Algunos amigos suyos habían comprado casas y hablaban maravillas de la nueva experiencia. Luego estaba el placer de la remodelación, hacer solo las transformaciones necesarias conservando las vigas antiguas, las sólidas paredes?

Elena, su esposa, había ocupado el lavabo. La oía tararear canciones en la ducha, de espléndido humor. Era otra razón importante para decidirse a buscar un lugar en el campo: a Elena le encantaba, renacía en aquel ambiente de calma y sencillez. Realizaba un trabajo muy penoso en la ciudad, un trabajo de banca, lleno de responsabilidades y momentos duros. Solía exhibir un leve fruncido en el entrecejo, que se deshacía al estar en contacto con el ambiente natural. La miró detenidamente. Estaba muy guapa envuelta en un albornoz, el cabello húmedo cayéndole, rojo, a ambos lados de la cara pecosa. Mantenía aún un aspecto juvenil, aunque ya no eran jóvenes ninguno de los dos, viejos tampoco.

- Pareces una granjera- le dijo, y ella rió.

Desayunaron en la cocina, sobre una pequeña mesa cubierta con un mantel de cuadros. Elena devoraba sus tostadas como si no hubiera comida nada en días.

- Quizá deberíamos dejarlo todo y venirnos a vivir al campo -comentó él.

- ¿Y de qué viviríamos?

- No sé, de cultivar cebollas, por ejemplo.

- ¿Tú sabes cómo se cultivan las cebollas?

- No, pero podría aprender.

- Demasiado tarde, me parece.

- ¿Qué vamos a hacer hoy?

- Voy a tenderme al sol en el patio. Luego me gustaría leer un rato. Más tarde podríamos salir a dar un paseo largo por la montaña. ¿Qué te parece?

- Muy bien. Me acercaré hasta la plaza a comprar el periódico.

- ¿Hay un kiosco en la plaza?

No lo sabía. De hecho, era de noche cuando llegaron al pueblo y no se fijó, pero parecía lo más lógico. Todos los pueblos del mundo tienen una plaza, y en esa plaza venden periódicos.

Se vistió, salió de la casa y llegó caminando hasta el pueblo. Era muy pequeño. No había nadie por la calle. Pensó que, igual que ocurre en las ciudades, los fines de semana debían también variar la actividad habitual de los pueblos.

En la plaza había un bar que parecía estar abierto; el resto eran casas de vecindad, sin aspecto de tiendas. Recordó que, en algunas aldeas, todas las actividades comerciales solían estar centralizadas en un solo establecimiento, un colmado quizá. Entró en el bar, que estaba desierto. Un hombre mayor secaba vasos detrás de la barra. El lugar era fresco y oscuro. Le preguntó.

- En ninguna parte. En este pueblo no encontrará usted periódicos; si acaso en Adells.

- ¿Está muy lejos Adells?

- A unos quince kilómetros. Coja la carretera de la salida norte del pueblo y siga siempre recto. A unos quince kilómetros ya verá la indicación. ¿Está usted en la casa rural?

- Sí, hemos venido a pasar el fin de semana con mi mujer.

- Ya. Ahora la casa rural está llena casi todos los fines de semana, aunque sea en invierno. Mucha gente viene, como usted, a preguntarme si vendo periódicos. Pero no llegan los periódicos al pueblo, no; si acaso ya le digo, en Adells, aunque no estoy seguro.

Salió pensando que era raro el proceder de aquel hombre. Si tanta gente le pedía periódicos, bien podía probar a venderlos antes de seguir enviando a todo el mundo a Adells. Pero era sabido que los que viven en sitios pequeños acaban viendo la vida en otra dimensión.

Regresó a la casa rural y le explicó a su esposa la situación.

- ¿Y vas a coger el coche y hacer veinte kilómetros solo por comprar la prensa?

- Quince, solo son quince kilómetros.

- No te entiendo. Hemos venido hasta aquí para relajarnos y olvidarnos de la civilización y no eres capaz de vivir sin leer el periódico.

Le incomodó tener que dar explicaciones por algo tan nimio, el tono desabrido que ella empleó.

- Voy a conducir quince kilómetros un coche hasta el pueblo de al lado. No se trata de escalar el Himalaya.

- ¡Por supuesto! Serías incapaz de escalar el Himalaya si no te aseguraran que hay un kiosco en la cima.

- Hasta luego -dijo como toda respuesta. Subió al coche, aparcado en la parte trasera del patio, e inició su viaje hasta Adells. Elena había conseguido ponerlo de mal humor. «El matrimonio es un desastre», pensó, «por muchos años de convivencia que lleves con una persona, nunca parece posible librarse de las pequeñas discusiones estúpidas. Si hubiera estado acompañado de un amigo esta ridícula bronca no se hubiera producido. Hubiera comunicado mi intención de comprar el periódico al amigo, y el tema no hubiera suscitado ni un comentario».

«Es como un terreno minado», volvió a pensar, «en cualquier momento pisas una bomba y la paz salta en pedazos».

En Adells

Llegó al pueblo vecino con toda facilidad. Adells era aparentemente algo mayor que la minúscula población en la que se hallaban alojados. Al menos había varias tiendas en la calle principal, a lo largo de la cual se articulaba el resto de calles. Un bar, un colmado, una carnicería? ¡y una papelería! Allí sin duda venderían lo que andaba buscando. En efecto, al entrar, junto a lápices, cuadernos y paquetes de folios, sus ojos se toparon con los colores brillantes de las portadas de revista. Revistas de actualidad, de cotilleos amorosos, de cine, de política, fascículos coleccionables sobre la Segunda Guerra Mundial, recetarios de cocina?

- ¿No tiene periódicos? -preguntó al encargado.

- No, periódicos no tenemos.

- ¿Y revistas sí?

- Es que las revistas son semanales o mensuales. Para los periódicos la camioneta tendría que venir todos los días y como no vendemos muchos no saldría rentable. ¿Comprende?

- Sí, ya comprendo -dijo, aunque la verdad era que no comprendía nada. Seguro que para surtir de productos al colmado, bien llegaba una camioneta todos los días hasta Adells, ¿qué costaba entonces añadir unos cuantos periódicos a esa carga? Naturalmente, si hubiera estado buscando cualquier otra cosa no hubiera existido problema alguno; pero claro, se trataba de algo escrito, de conocimiento, de opinión, y esos valores culturales eran perfectamente prescindibles en España. Si se hubiera tratado de otro país, Francia o el Reino Unido, con seguridad la prensa llegaría hasta el último rincón rural. «España tiene un retraso cultural de siglos», sentenció mentalmente, «y eso es difícil de remediar».

Caminó cabizbajo hasta el coche, sumido en fatídicas meditaciones sociológicas. De pronto, al levantar la vista, descubrió a un hombre más o menos de su edad, que llevaba bajo el brazo 'El Correo de Bilbao'. Se dirigió inmediatamente hacia él.

- Perdone, ¿puedo preguntarle de dónde ha sacado ese periódico?

- De la estafeta de correos. Tengo una suscripción.

- ¡Claro, no lo había pensado! Perdone, es que resulta tan difícil encontrar un periódico por aquí.

- Yo soy vasco. Tener cada día El Correo es como no perder el vínculo con mi tierra. ¿Por qué no se queda con él?

- ¡No, ni hablar, ni siquiera lo ha leído aún!

- Bueno, esa será mi buena acción de hoy. Una buena acción es obligada, soy el párroco de Adells.

Se echó a reír. Era un tipo simpático. Tenía buena pinta, iba vestido con pantalones de pana y jersey. Nadie podía sospechar que se trataba de un sacerdote.

- No puedo aceptarlo, aunque se lo agradezco de verdad.

- ¡Acéptelo! Le aseguro que puedo pasar perfectamente sin saber qué sucedió en el mundo ayer. De hecho, suceda lo que suceda, siempre es muy lejos de aquí.

- Tiene suerte en poder decir eso; significa que disfruta de mucha paz.

- No creo que esta paz le gustara. Oiga, ¿por qué no me invita a tomar un café? Será como si me pagara el periódico. A no ser que lleve prisa, claro está.

En el bar les sirvieron un café endemoniadamente fuerte. Era un local a la antigua, cuyo aspecto tradicional había sido estropeado por algunos arcones de congelación.

- La tranquilidad que tienen aquí es muy importante, padre. ¿Es padre como debo llamarle?

- Mejor llámeme Paco.

- Las ciudades son un hervidero: gente que va de un lado a otro a toda velocidad, batallar para conseguir cualquier cosa? Yo mismo me paso más de diez horas diarias trabajando: asisto a continuas reuniones, tomo decisiones comprometidas, viajo con frecuencia a Madrid?

- Es usted entonces un hombre importante.

- Que en el fondo solo desea un poco de sosiego.

- Pero que cuando lo ha encontrado corre a comprar el periódico.

- Eso mismo me dice mi mujer. Supongo que es un hábito.

- Un hábito que también tengo yo. Leyendo el periódico llenó el vacío de noticias que hay en este pueblo.

- ¿Y yo, qué vacío lleno yo?

- Usted está a otro nivel y, por tanto necesita saber más cosas, y más importantes.

- O sea, que ambos somos unos insatisfechos con un vacío existencial. ¿Y eso no podríamos variarlo, cambiar de vida, de lugar?

- Yo no. Estoy al servicio de Dios, y vivo en el lugar que la Iglesia me ha asignado.

- Pues tiene suerte, créame. A mí nadie me ha ordenado vivir como vivo, y eso me hace sentirme fatal.

- Todos estamos a las órdenes del Señor.

- Sí, pero es como si a usted el Señor le diera las órdenes más directamente.

El párroco soltó una carcajada, luego bajó la voz y dijo casi en un susurro:

- El imperativo es vivir. No existe otro más fuerte, créame.

La vuelta

Al llegar a la casa rural Elena estaba alarmada por su tardanza:

- ¡Ya no sabía qué pensar, y como te has dejado el teléfono aquí?!

Le contó que había hecho un nuevo amigo, le confesó que lo había invitado aquella misma noche a cenar.

- ¡¿Qué?! - exclamó ella entre sorprendida y escandalizada. ¿Qué has invitado a un puto cura a cenar? ¡No me lo puedo creer! ¿Y de qué vamos a hablar con él?

- Bueno, pues ya se sabe, de la vida, de Dios? es muy simpático, te gustará.

- ¿Y la cena? Aquí no tenemos casi nada para cocinar.

- No será ningún problema. A la salida de Adells hay una cooperativa de ex drogadictos que regenta él. Les he comprado huevos, verdura, ajos y limones. Ven, todo está en el coche, vamos a traerlo.

Ella se quedó mirándolo fijamente, sacudió la cabeza con estupefacción. Luego, los dos encontraron un punto absurdo en aquella situación y empezaron a reír cada vez con mayor intensidad. Tras las últimas carcajadas, él tuvo que secarse las lagrimillas que la hilaridad desatada suele hacer aflorar a los ojos. Entonces se dio cuenta de que, finalmente, el párroco no le había dado el periódico. «¡Qué estupidez la mía!», pensó, y solo deseó que el cura se acordara de llevárselo a la hora de la cena. Al menos le daría tiempo de echarle una rápida ojeada antes de irse a dormir.

ALICIA GIMÉNEZ BARTLETT.

Y la muerte dijo adiós

Todos los mundos son extraños para los que no viven en ellos, sin embargo, aquel en el que sucedió este singular acontecimiento era muy parecido al nuestro; tenía verdes bosques, ríos cantarines y grandes extensiones de agua salada. Las gentes que lo poblaban eran muy sociables y se agrupaban en pueblos y ciudades como nosotros. También, nacían, vivían, y por supuesto morían. Unos más añosos y otros en plena juventud, las enfermedades no renunciaban a cobrar sus peajes, pero al final, sin excepciones, todos pasaban por el indeseado trámite de la muerte.
Una circunstancia peculiar caracterizaba a los habitantes de aquel mundo; su inagotable fe. Una fe volcada en un ser sobrenatural al que adoraban. Convencidos de que los protegía y cuidaba, imploraban continuamente su gracia rogándole su benevolencia. Un día, todos aquellos seres se pusieron de acuerdo en que lo que más les disgustaba de su existencia era morirse. Tenían miedo a la muerte, y estaban convencidos de que si consiguieran erradicarla para siempre se sentirían mucho más felices.
Así pues, con toda la convicción de que fueron capaces, rezaron y rogaron durante días y días al ser al que adoraban suplicando que les concediera el privilegio de la vida eterna. Durante algún tiempo no pasó nada, sin embargo ellos, inasequibles al desaliento, continuaron con sus ruegos y preces.
La primera alarma saltó en los hospitales. Ningún paciente, ni siquiera los más graves, se decidía a renunciar a la vida. Más intensa fue la preocupación en las funerarias, nadie reclamaba sus servicios. Estos laboriosos operarios del tránsito al más allá dejaron de recibir solicitudes para encargarse de los cuerpos y exequias de los finados. Se cruzaron llamadas que rayaban en lo histérico ya que, aún siendo ellos también hombres de fe, nunca llegaron a creer que aquel ruego disparatado llegara a hacerse realidad. Intentaban consolarse unos a otros diciendo que aquello era casual, que era una falsa alarma, que al día siguiente todo volvería a la normalidad y que la gente continuaría muriéndose como siempre.
No fue así. Pasaron los días y nadie requería sus servicios. La alarma creció. En poco tiempo, los pobladores de aquel mundo comenzaron a comprobar con inusitada sorpresa la ausencia total de esquelas en los diarios.Una vez comprobado que el hecho era real, el júbilo se desbordó y, exceptuando a los cariacontecidos funerarios, todos saltaban y bailaban por las calles ebrios de felicidad. Lo sobrenatural les había escuchado, podían desterrar de sus mentes lo más temido: la muerte.
Durante un tiempo todo fue alegría y euforia, la dicha se desbordaba por todos los rincones de aquel mundo. Sin embargo toda cara tiene su reverso y algo comenzó a no ir del todo bien.
Nadie se moría, eso era un hecho, pero sí enfermaba. Debido a alguna fuerza desconocida, a pesar de las enfermedades, los pacientes se restablecían y continuaban con vida. Sin embargo no sanaban y las secuelas que dejaban aquellas dolencias, algunas de ellas terribles, quedaban presentes en los cuerpos; circunstancia que, para los sanos, era de lo más penosa.
La gente continuaba envejeciendo sin morir, por lo que la capacidad para la vida en aquel desdichado mundo comenzó a desbordarse. No transcurrió demasiado tiempo antes de que ancianos y enfermos pusieran al límite el frágil sistema de cuidados y atenciones que podían proporcionar los sanos y jóvenes. El simple hecho de vivir comenzó a ser insostenible e insoportable.
Muchos comenzaron a pedir a lo sobrenatural que devolviera las cosas a su anterior manera de ser y que los enfermos y ancianos se murieran como siempre. Sin embargo, los candidatos a morir pedían que las cosas no cambiaran ya que, si los otros eran escuchados, ellos tendrían que morir y eso no era de su gusto.El ser sobrenatural, al ver lo absurdo de su creación y comprobar el egoísmo que se desprendía de todas aquellas contradicciones, se olvidó de ellos y dedicó su tiempo e interés a otras actividades más útiles y satisfactorias para él. El final de la historia es previsible pero prefiero dejar a la imaginación del lector que elija el que le parezca más adecuado.

Tito Murua. Vitoria. Es médico otorrinolaringólogo y coordinador de comunicación en el Hospital de Santiago Apóstol (Vitoria). Escritor aficionado, colabora con frecuencia en la prensa local. Tiene escrita una novela de narrativa histórica que en la actualidad gestiona la agencia editorial Balcells.

El pez rojo

Fue un niño de un retraído y un taciturno que daba sentimiento mirarlo. Mi hermano Bonifacio lo observaba de reojo por si lograba entrever algo en aquella expresión enfrentada durante horas al acuario donde erraba solitario un pececito almagre.
–¿No te cansas, hijo? –le preguntaba con un temblor en la voz–.
Mi sobrino asomaba entonces desde el hondón de la tontuna, emitía un gemido interrogante y miraba al padre volviendo de golpe la cabeza, con lo que salía disparado el hilillo de baba que le colgaba del labio. Bonifacio resoplaba, optaba por abandonar la pregunta y arqueaba las cejas temiendo del futuro lo más negro. No le engañaron los malos augurios.
Sobre aquel hogar azorado se extendió el manto opaco de la tristeza una tarde de san Pedro Canisio. Era el último día de colegio antes de las vacaciones de Navidad y el niño había vuelto a casa más mohíno que de costumbre. Cuando sus padres le preguntaron, contó gimoteando que todos se habían reído de él, incluida la señorita, aunque para ser exactos fue precisamente la señorita quien levantó la veda de los ultrajes. No resultó sencillo deducir de las explicaciones lloronas de Hilarito lo que había ocurrido.
En el aire entre ocioso y festivo de las horas previas a las vacaciones, y por matar el tiempo, la maestra tuvo la ocurrencia de preguntar a los alumnos qué querían ser cuando fueran mayores. Después de un momento de bulla, la señorita había logrado poner orden en el aula y daba comienzo la detallada nómina de oficios más o menos razonables.
…Torero, cura, payaso, astronauta, portero, maestro, arquitecto como mi padre, capitán general, médico, policía, médico…
–Seño, Adolfito se ha copiado.
…delantero centro, piloto de tren, cantante de Eurovisión, rey de España…
– Niño! –se sobresaltó la maestra Elvirita Oseguera, hija menor del gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, excelentísimo señor don Olegario Oseguera y Ontoria, y recriminando le ilustraba–. ¡En España no tenemos rey! Por lo menos todavía, y quiera Dios que tarde mucho. ¡A nosotros nos gobierna nuestro glorioso Caudillo de España!
…bueno, pues glorioso Caudillo de España.
–¡Niño! No digas barbaridades.
…bombero, guardia de los coches que van por la calle, funcionario...
Había sonado la voz de Hilarito. La maestra dio otro respingo y se produjo en el aula un rumor profundo como el de una moneda que rueda sin terminar de caer. Hasta que cayó. La maestra exclamó ¡Funcionario! y estalló en una carcajada a la que siguió un coro de chimpancés histéricos. Cuando quiso recuperar el timón, la nao ya iba al garete; en tres segundos la mala baba infantil había convertido el aula en una alimaña gigante que devoraba a Hilarito ridiculizándolo sin tener ni idea de por qué.
Los padres se miraron atribulados. No tanto por lo que su hijo hubiera sufrido como por la angustia que estaban sufriendo ellos mismos al escucharle.
–¿Funcionario? Pero… ¿cómo funcionario? –balbucía mi hermano sin soltarse de la mirada de su esposa–. ¿Qué es eso de… funcionario, hijo?
–Sí –se reafirmó vengativo mi sobrino con la contundencia que le habían negado sus compañeros de clase–. Funcionario. Oficinista.
Y ante el arrugamiento del padre, proclamó soberbio:
–¡Administrativo!
–Pero ¿por qué quieres ser… eso, hijo mío? –Bonifacio se sacudía el pronombre como un moco entre los dedos–.
La respuesta de Hilarito fue mirar a su padre con desdén allá abajo, donde el valle de los idiotas. Y la del idiota de su padre no fue ninguna porque no se le ocurrió nada. Se quedó callado calladito. Mi hermano Bonifacio no era de más espíritu, para qué engañarnos. Así que aquel día de san Pedro Canisio, Hilarito puso el huevo de la melancolía en el nido de su propia morada.
Desde entonces mi cuñada no volvió a ser ella, iba de un lado a otro amargada y penitente igual que una sombra en un suspiro. Bonifacio, por su parte, ya no fue capaz de perder de vista al niño ni un segundo, lo tuvo cada instante en el rabillo del ojo. Y aunque le escocía admitir que no se fiaba de su propio vástago, se consolaba pensando que nadie en su sano juicio puede confiar en la naturaleza de un crío de ocho años cuyas ansias de porvenir, sus anhelos imposibles, sus mayores ilusiones, se reducen a llegar a oficinista.
Pocas fechas después escribió la carta a los Reyes Magos de Oriente con igual entusiasmo que cualquier otro niño.
En la mañana del 6 de enero mi sobrino Hilario temblaba de emoción abrazado a sus regalos. Sus Majestades le habían traído todo lo que les pidió: una máquina de escribir Olivetti, un paquete de quinientos folios de la marca Galgo y una grapadora El Casco con sus dos cajitas de grapas, unas de color de aluminio y otras de cobre.
Justo una semana más tarde, por su onomástica, sus padres le colmaron de felicidad regalándole un juego de sellos de caucho para registro de entrada y salida de documentos, dos más –de pendiente y archivado– y sendas almohadillas con tinta roja y azul. Y su delirio: un fechador que corría las fechas automáticamente. Por toda la casa estampó en dos colores la del día:

13-ENE-1972

Aquel mismo 13 de enero, festividad de san Hilario obispo de Poitiers, murió el pez rojo en el acuario. De soledad.

 

Jorge Márquez, 53 años. Sevilla. Novelista y dramaturgo, ha publicado, entre otras obras, ‘El claro de los trece perros’, premio Ciudad de Salamanca (1997), ‘Las parcas’ y ‘Los agachados’. Ha escrito una veintena de obras teatrales, como ‘La tuerta suerte de Perico Galápago’ (premio SGAE 1994). Exdirector del Festival de Teatro Clásico de Mérida, es premio Lope de Vega de Teatro 2010 con ‘Cuchillos de papel’. Este relato es el primer capítulo de la novela inédita ‘Trienios’.

El ingeniero de cometas

Perdido como había estado durante toda su vida en una oscura selva de propósitos erróneos y notables confusiones, al alcanzar los setenta años don Octavio Atienza Pascual había decidido intentar reorientar su alma con la ayuda de un poco de silencio y plenitud bucólica en aquel balneario tan alta y frecuentemente recomendado por cierto círculo de nuevos amigos con los que acababa de concluir otro creativo taller más en el que regresar con consciencia al niño para tal vez continuar soportándose como inexorable y concluyente adulto. Se encontraba en serena actitud contemplativa, recostado en una firme y elegante tumbona de madera con tela de color blanco roto, igual que el albornoz que le protegía el encanecido pecho de las brisas crepusculares de esos penúltimos días de mayo. La tela del albornoz era agradable, eso pensaba don Octavio Atienza al sentirla su piel perfectamente mullida, límpida y suave. Del superior bolsillo lateral, ese en el que venía bordado en azul marino el insigne escudo del balneario cuya existencia ya se encontraba pronta a cumplir un siglo, sacó con lentitud y ademán cuidadoso sus gafas graduadas de sol. Se las colocó para seguir contemplando el frondoso paisaje sin la necesidad de continuar frunciendo el ceño. Observó sus pies, calzados con unas cómodas sandalias de fácilmente reconocible estilo oriental, elaboradas con material orgánico. Comenzó a jugar con ellos, ocultando intermitentemente las dos montañas de enfrente. Y sonreía, ante la ejecución de ese pueril juego solitario e improvisado, de un modo infantil y travieso bajo su sombrero panameño, el cual le otorgaba un distinguido e interesante aire novelesco pero no decadente a pesar de la recién hallada estética propia e indiscutible de un típico personaje del universo de Graham Greene.
Sopló un súbito viento fresco y liviano. Extendió el rostro para el encuentro de esa caricia o regalo. Sentía sumamente estimulante ese aire alto y puro. Cerró los ojos. Escuchó el envite del viento. Parecía música descifrable para su alma, mucho más sinfónica al agitar las ramas de los próximos pinos. Tanta paz, tanta naturaleza, tanto silencio. Experimentaba sensaciones no acostumbradas desde que su cuerpo y rostro pertenecían en su memoria a aquel infante que había sido hacía ya muchos años, en aquel otro pueblo maravilloso y muy parecido en paisajes al actual paraje idílico del presente balneario. Recordó entonces cómo jugaba con su abuelo, que entonces tendría algo menos de edad que él mismo computaba ahora, cómo disfrutaban con aquella cometa que construyeron juntos con las cañas de los alrededores, y el infinito que recogía cada uno de aquellos sencillos momentos en despejados paisajes que pronto él cubrió de cemento y ladrillo, de edificios y edificios cuando ya adulto perseguía ese erróneo grial, con el que se ha venido engañando siempre a las generaciones, llamado dinero.
La sonrisa de su rostro desapareció. Su mano se acercó al encuentro de la taza de té con miel que le habían preparado. Bebiendo aquella infusión que dulcificaba su pecho momentos después de haber recibido el perfecto masaje no ya para sus músculos y sí para todos sus sentidos, retomó una vez más la plena dificultad de entender cómo era esa la primera vez que se dedicaba unas jornadas así, cuando ya solo le quedaban cinco meses, con la de tiempo que había tenido en esta vida, con la de dinero, pero también con la de prejuicios y miedos.
Don Octavio Atienza Pascual, uno de los hombres más ricos y poderosos de su tierra, no tenía familia y sí unas enormes fortunas y haciendas dispersas por todo el mundo y concentradas en su único apellido. Había dedicado cincuenta años de su ajetreada vida a la desalmada construcción de bloques de apartamentos y más apartamentos que pretendieran, a su vez, otros bloques más de apartamentos con los que llegó a ahogar zonas concretas y enormes de naturaleza vivificante como la que en esos precisos momentos disfrutaba. El viejo constructor ahora pretendía organizar sus cinco últimos meses de vida en la elaboración de un mutis que sirviera de memorable cierre significando un claro arrepentimiento. Todo su patrimonio quedaba claramente reorganizado según documentos notariales en cierto dossier, de modo que ya nunca serían nuevamente las playas o los bosques inundados de gigantescos bloques construidos por él mismo y sus inmorales socios, y sí habitáculos discretos de respetuosa y mínima elevación en rincones verdes y privilegiados al alcance de cualquier persona heroica y anónima, como siempre fue para él aquel tierno ingeniero de narraciones y cometas, su muy querido e inolvidable abuelo.

Sergio Villanueva. Valencia. Autor de tres novelas, seis poemarios, cuatro textos teatrales y varios guiones y relatos. Ha participado como actor en varios montajes de teatro, y series de televisión.

Jabón

 

El conserje les dio una habitación en el segundo piso, pequeña, decorada con la funcional elegancia de las cadenas hoteleras. Dejaron caer las maletas, exhaustos tras el vuelo de ocho horas. Ella entró en el cuarto de baño y él se quedó en mitad de la habitación sin saber qué hacer, si sentarse en el borde de la cama, si quitarse los zapatos.

Se habían conocido durante las vacaciones. Ahora estaban de regreso. Aquella era sólo una parada intermedia. A la mañana siguiente ella tomaría otro avión y él un tren que los llevarían a sus respectivas ciudades de residencia.Llamó a la puerta del baño y ella lo invitó a pasar. La encontró examinando el kit de productos de aseo del hotel. Los tomaba y observaba uno a uno para luego devolverlos a su lugar, sonriendo como una niña. Le encantaban esos regalos de pequeños frascos de gel y champú, jabón, gorro de ducha, cepillo de dientes y servilletas empapadas en colonia que los hoteles ofrecen a sus clientes.

Como él había podido comprobar en las semanas anteriores, le producían un placer cálido, en cierto modo comparable a un recibimiento con los brazos abiertos. Ella cogió una pastilla de jabón de glicerina cuyo envoltorio rasgó con cuidado.-¿Tienes hambre?, preguntó él.

Ella olía el jabón y tardó unos instantes en responder, como siempre hacía ante las preguntas simples -¿Has descansado bien? ¿Te gusta ese helado?-, como si necesitase de una breve reflexión, un preguntárselo a sí misma.-Sí, tengo hambre.

Ahora parecía encontrarse mejor. Hacia el final del vuelo se había sentido mareada. El aeropuerto estaba cubierto de niebla. Habían tenido que permanecer una hora trazando círculos sobre la ciudad, hasta que la visibilidad mejoró. Él había agradecido la demora, que les permitía estar juntos un poco más.-Voy a llamar al servicio de habitaciones. ¿Qué te apetece?-Cualquier cosa... y una Coca-Cola.

Cuando él marcó el número, una voz masculina le informó sintiéndolo mucho de que el servicio de habitaciones no funcionaba los domingos.-Podemos salir, propuso después de colgar.Ella torció la nariz mientras se desprendía de los zapatos.

-Estoy demasiado cansada. ¿Qué hay en el mueble-bar?-Nada apetecible. ¿No quieres estirar las piernas?-Ve tú. Yo puedo esperar al desayuno.
-No sé.

No quería dejarla sola.

-Vamos, vete, lo animó ella.Realmente estaba hambriento.

-No tardaré, prometió. Buscaré algún sitio donde preparen comida para llevar y te traeré algo.

-Y una Coca-Cola.Él ya estaba poniéndose la chaqueta.

-Puedes llevarte la llave, se despidió ella entrando de nuevo al cuarto de baño.Al igual que le había ocurrido cuando aterrizaron en el aeropuerto, le sorprendió el frío del exterior.

Varias de las personas con que se cruzó vestían ya ropa de invierno, lo que no contribuyó a mejorar su humor precisamente. No tardó en dar con un sitio abierto. Compró unos bocadillos y unos refrescos. Una triste cena para su última noche. Nada que ver con el sabor a manzanas dulces que la combinación de naranjas y champán crea en la boca, otro descubrimiento de aquellas vacaciones.

Su próximo encuentro, a varios meses vista en el futuro, le parecía más que lejano: improbable; y los frágiles contactos que mediarían hasta entonces, por email o teléfono, ruines e insatisfactorios.En el camino de regreso al hotel aceleró el paso.Cuando entró en la habitación, ella tomaba un baño. Descansaba con la nuca apoyada sobre el borde esmaltado.

-Hola, dijo cuando lo oyó entrar, y sonrió. Luego añadió:-Te estaba esperando. Has tardado muchísimo.

Y volvió a sonreír.

Él no necesitó que le dijera más. Se desvistió de inmediato. Las ropas arrugadas y polvorientas, puestas y vueltas a poner demasiadas veces durante los días anteriores, cayeron al suelo. La bolsa con la cena quedó olvidada en un rincón.

Se metió en la bañera. El nivel del agua subió hasta casi desbordarse. Estaban frente a frente. Él tenía que permanecer con las piernas flexionadas, un tanto incómodo.Entre risas, ella tomó la pastilla de jabón de glicerina y comenzó a frotarle. Él se dejó hacer. Cerró los ojos. Ella le frotó el cuello, detrás de las orejas, la cara, el mentón áspero con barba de dos días, las axilas, el pecho, los muslos y entre las piernas, y a continuación se arrodilló para estar más cómoda, derramando algo de agua al moverse, y acercó su boca a la de él con la disculpa de lavarle la espalda.

-Ahora tú, dijo luego, tendiéndole la pastilla de jabón.

Él la imitó, ayudándola a lavarse. Mientras tanto ella también cerró los ojos, riéndose cuando él se detenía más de lo necesario en alguna parte de su cuerpo. A veces el jabón se le resbalaba de las manos y encontrarlo en el agua espumosa se convertía en un juego fascinante.

Tras finalizar su aseo cambiaron de postura. Ella se recostó contra el pecho de él. Descansaron así. Las yemas de los dedos arrugadas y las uñas blanquísimas. Las respiraciones sincronizadas. Los dos en silencio.

Ella volvía a sostener la pastilla de jabón, escurridiza, fragante y dorada, que les había liberado de la suciedad del viaje. Se la acercaba a la nariz para disfrutar de su aroma, y le entristecía notar cuánto había mermado su tamaño.
 

Jon Bilbao

La rendija

 

Hay crisis como hay hormigas dijo el padre.

(Dos oraciones impersonales. "Las crisis" y "las hormigas" son complementos directos, no sujetos; por eso nadie hay crisis, nadie hay hormigas, nadie las hace disculpe la intromisión.)

Anda no me jodas.

Pasó el ruido de un avión. Atravesó por el corazón del hogar

Me he quedado sin trabajo.

Pasó el ruido de otro avión ganando dinero.

El chico se puso serio; se puso mayor para preguntar:

Y eso ¿qué significa?

La madre estimó.

Pero tenemos ahorros todavía. Los examinaba el chico.

Pasó el mismo ruido de un tercer avión rascando el cielo arrojando su orina de silencio por el culo.

No seremos unos fracasados. Yo necesito las botas porque si no, no hay escalada. Yo necesito a Nuria. Yo necesito la montaña y a mis amigos. Yo necesito estos sábados que vienen. Yo necesito las botas.

Le dices las cosas a lo bruto, Antonio, y el chico no está preparado.

¿Qué te pasa?

¿Has llorado?

Más y más "rugggiviones" (perdón por la fatiga, el gobierno de 2009 decretó que los habitantes afectados por la "huella sonora" hermoso, como de san Juan no podrán recurrir nunca por hallarse bajo "servidumbre de ruido", preciso término casi de poeta urbano).

Vaya caras. Voy a traer unas cocacolas.

¿Papá había llorado?, ¿no? Pero vamos a tener la casa y coche y mi colegio y las vacaciones. Supongo.

Mira, Eduardo, hay que ser responsables y solidarios en esta época difícil.

 

Hay que ser responsable en la política como en la vida, si la caja pública está vacía porque no paga ni dios entonces tenemos que recortar porque no paga ni dios y no se puede gastar porque no paga ni dios y si a dios le pides que pague aquí no se queda ni dios ni el dinero de dios, ¿entiendes? Pues es eso. Así que responsable significa eso: obedecer y te callas.

 

Había que ser. Tú ibas a trabajar, mamá iba a trabajar, yo iba a estudiar yo tenía mis botas.

Ahora debemos recortar gastos en la familia.

Por lo menos para picar algo hay Sentido del humor no le falta a esta.

Pero los padres de Gómez trabajan, y los de Claudia y los de Nuria y los de Marco.

A unos les toca un día; a otros, otro. Es duro pero es así.

La injusticia en el mundo es un avión. Llega y pasa y llega y pasa otra vez y llega mil veces y pasa pero vuelve a llegar otras mil veces y coges una piedra del suelo para tirársela pero llega y vuelve a pasar y llega casi te cae en la cabeza, ni le ha rozado.

Carlos, lo que te pedimos es que seas mayor.

Yo lo que pido es la montaña.

 

Todos tenemos que arrimar el hombro unos que arrimen el cazo, otros que se arrimen al precipicio. Son medidas dolorosas pero necesarias, son medidas olorosas pero decisorias, son medidas cancerosas por urinarias, son memeces cotorrosas pero censarias.

 

Hay cosas que se pueden hacer y cosas que ya no.

Pero la culpa pasa un avión pero la culpa pasa un avión pero la culpa de quién pasa un avión no es culpa de un avión pasa de nadie un avión.

 

Es un plan que para defender arriba España en los mercados evitó un más que probable un más que seguro un más que cierto más que verdad más que dogma más que dios desastre que hubiese arrastrado a la bolsa a la Bolsa a su bolsa encarecido la deuda desconfiando la duda de los mercados desconfiados que piden cariño y sobre todo confianza y autoestima y sobre todo cuidado con los mercaderes INTERNACIONALES SUPRAnacionales CONTRAnacionales contraRRACIONALES y permitió CUMPLIR tenemos que unirnos todos contra ellos, todos, y los banqueros y los empresarios queremos ajuste! Queremos a-juste! ¡Empresarios! y ¡Banqueros! llamando al jefe de la oposición: vota con el gobierno, vota con el gobierno y el de la opo que no que no que yo quiero mi dinerillo y el del gobi haz lo que te dicen estos haz lo que te dicen ¡pero haz lo que te dicen coño!

 

En el Barroco la crisis política, económica y social produjo una gravísima crisis demográfica, sin embargo cultural y literariamente nunca brilló tanto arriba España como entonces. Es cuando surgen los gigantes del así llamado con razón Siglo de Oro: Lope, Góngora, Quevedo, Calderón Señorita, dime Mari Carmen ¿qué significa crisis demográfica?

Así que nosotros vamos a ser unos barrocos unos fracasados. Yo iría a la montaña y me perdería con Nuria por un sendero escondido, nadie nos encontraría, viviríamos lejos de todo alimentándonos con pesca y frutos que hubiera, bajaríamos a pueblos pequeños y silenciosos donde las gentes nos ofrecerían casa castañas cariño cocina carbón.

(Eso si no mato a alguien que pueda.)

 

Ahora ya voy vestido de pobre. Que es la ropa de antes. Con grumos de lana en los jerséis, rajaduras en los bajos del pantalón, nieve en los cuellos. Mi pena mi vergüenza. Pero cómo se lo digo.

 

Y mi madre dijo: pero ¿no podemos hablar de otra cosa?

 

Hay que hacer los deberes hay que apretarse el cinturón hay que ver la luz al final del túnel hay que hacer un esfuerzo mayor porque así son brotes verdes de la prosperidad que asoman para que no caiga de la barrera psicológica de los sesenta mil números puntos, no podemos demorarnos para cumplir las reglas del juego que nos hemos dado y el lucro, estúpidos, el lucro a ver si es que una empresa va a tener que ser ahora las hermanitas de la caridad no si ya no si ya no si ya si ya si ya si ya ya ya ya ya ya.

 

Mamá nos llevó un domingo afuera. Como ya no tenemos coche, fuimos en autobús hasta la última parada, luego andando adonde empieza la tierra, el campo. Madre nos guiaba (no sé por qué quiero llamarla así). Dimos patadas a una pelota. Tomamos tortilla, embutido, unas naranjas. Padre se echó la siesta. Me quedé con madre antes de un paseo yo solo; me lo había pedido ella. No lloraba, yo creo que nunca llora. Mira, me dijo, qué bonitos estos lirios, vestidos de hermosura () Nos trajimos algunos en una bolsa de plástico.

 

Mis tíos vienen más. También vamos nosotros. Yo juego con mi primo Esteban. Y mi cuñada Mari siempre trae alguna cosilla para tomar con el café. Estuvo bien la tarde, Juan, hombre, estas partiditas ya se echaban de menos. ¡Hermano! Nunca había oído esa voz en su boca.

Es verdad que pasan más aviones. En tres meses miles en diez meses cientos de miles. En dos años cientos de miles de cientos. Y ninguno se ha caído de ahí todavía.

 

¿Y desde cuándo tienes esa peca, tú? me preguntó mi padre.

 

¿Qué prefieres, Lengua o Matemáticas?

Tú, papá a qué edad dejaste de estudiar.

¿En qué piensas, que te distraes tantísimo?

Y tú cuando entonces supongo que en ese caso siempre que me imagino que ya os lo habrán dicho que bueno yo no estoy en contra ahora que en ese caso bueno o sea tomarás precauciones.

¿De verdad jugabais al parchís?

Pero bueno, y esa Nuria qué.

 

Había un vaso de agua con gotitas sobre el mármol. Un vaso limpio lleno de agua. Digno.

El agua alma del vaso, poder del vaso. Indistinguibles en una sola esencia.

Aprobé el curso. Como decían mis padres, fui responsable. Luego hice bachillerato. Estudié de verdad.

 

Estamos sólo ocupando una rendija, Mariana. Un día la roca desciende y nos aplasta como a cualquiera.

No no no no no no no no no no no no. No, Antonio. Nuestra grieta inmensidad.
 

Javier Saéz de Ibarra

El mejor cuento que he escrito nunca

 

Adicto a la pereza

 


Angel

Sara lo conoció en un sueño, en una noche fría, con la conciencia sumida en una serena oscuridad. Su cuerpo se retorcía en medio de sus sábanas blancas empapadas de sudor y sus ojos soñaban un inmenso mar iluminado por potentes relámpagos, y el poder de los truenos estremecían cada poro de su piel. Se sintió desnuda en la orilla violentada por inmensas olas y justo encima de su cabeza estaba Él, agitando desesperado sus hermosas alas negras, la miraba asustado y lleno de curiosidad, como un niño que por primera vez descubre las maravillas de la vida. Un extraño accidente cruzó a los dos mundos en la conciencia de la niña que había crecido creyendo que todo lo que puede ver es todo lo que hay.

 

La claridad del día entró por su ventana y sus ojos se abrieron extasiados y melancólicos, extrañando a aquel que se le había presentado en las tinieblas. Sara recordaba cada detalle del sueño, cada color, cada imagen, cada aroma que salía del agua salada, pero al final suponía que sólo era eso.un sueño.

 

Bajó por las escaleras de madera y sus padres la esperaban con el desayuno servido: café, fruta, huevos. Salió despidiéndose de su madre y caminó tranquilamente hasta llegar a la escuela donde pasaría un día más lamentándose por no poder vivir un poco más. A su alrededor sólo podía ver fantasmas que obedecían suspirando por la libertad que atravesaba las ventanas del aula. Maestros desfilaban, uno tras otro arrastrando su patética existencia llena de arrepentimiento y "si hubiera"; pero después de todo, mañana será otro día.
Sara llegó a su casa arrastrando su alma y su mochila, subió a su cuarto y llenado su cama de libros se dispuso a absorber los conocimientos ajenos; dos horas más tarde se encontró de nuevo en el mar, pero esta vez era de día y el sol lo iluminaba todo, miró hacia arriba pero sólo pudo ver un par de nubes que pecaban con sus formas. Se sentó en la arena, desilusionada pues esperaba encontrar de nuevo aquellos ojos azules como llamas recién encendidas que habían penetrado los suyos la noche anterior; cerró los ojos y una brisa tenue sopló sobre su rostro, dejándose llevar por ésta se recostó sobre la suavidad de la playa y soñó dentro de su sueño. Pronto una voz la llamaba para cenar y sin otra opción regresó a su realidad y obedeció.

 

Pisando con suavidad el piso helado de su habitación se dirigió de nuevo a su cama para acurrucarse en los cálidos cobertores que su madre amorosamente había colocado por la mañana. Sara durmió de nuevo y esta vez el entrañable deseo se hizo realidad y Él la esperaba volando sobre el mar despreocupadamente; cuando llegó, bajó hasta ella y la miró de nuevo, conmovido por la novedad de una persona sin alas que no pertenecía a su mundo. Le preguntó su nombre y Sara respondió con temor, "¿Y el tuyo cuál es?" dijo entrelazando los dedos en un nudo sin principio ni final, "Eliet" contestó el ángel que temblaba de frío sin saberlo. La tomó de la mano y caminaron juntos por la playa que ya comenzaba a desatar su furia nocturna; cuando el primer relámpago iluminó el cielo, Eliet levantó el vuelo y se alejó dejando a Sara sola a mitad de la tormenta; sin palabra alguna, se dio cuenta de que el oscuro personaje se había llevado su corazón.

 

Pasaron los días y el sueño no volvió a repetirse, la melancolía y el vacío se habían apoderado de su cuerpo que yacía inerte en la cama de un hospital. Su madre la encontró catatónica en el piso y desesperada buscó ayuda, pero nadie podía curarla; sonó entonces en el aire aquella trillada frase "sólo nos queda esperar". Sara, sumida en la total inconciencia de su ser, se desplazaba de fantasía en fantasía protagonizando junto a los más bizarros y desconocidos personajes las aventuras inimaginables que provenían de los límites de su realidad. Muchas noches pasaron en vela sus padres, rezando, pidiendo, exigiendo al que todo lo puede que regresara a la vida a su pequeña hija.

 

Luego de la interminable incertidumbre, llegó por fin la noche final del despertar. Sara lo vio de nuevo, pero esta vez parecía más humano, sus alas estaban guardadas en su espina y los ojos llameantes de azul se habían apagado casi en su totalidad, pero una pequeña chispa huyó de su fatal destino y se instaló en las pupilas dilatadas del ángel que caminaba hacia ella abriéndose paso en las tinieblas mentales que la aprisionaban. Dolor, sudor, tristeza por un ángel caído que había llegado por fin a la realidad humana. Eliet se encontró a sí mismo desprotegido rodeado de máquinas que palpitaban con el mismo ritmo de Sara. Sin deshacerse de su sorpresa, miró a la joven tendida en la cama inmóvil y lívida, casi muerta pero llena de vida; se acercó lentamente y la besó con la frialdad de una suave nevada nocturna, ante semejante temperatura, su alma no tuvo más remedio que calentarse y la vivacidad de la existencia regresó a las mejillas de Sara, y sus ojos se abrieron, descubriendo así que su corazón había regresado volando con unas alas negras.

lydenrolo@msn.com

Lydia Rodrígues

Pensamientos del estudiante Zarandona

Y nada que siempre es igual continuamente como unas manecillas de reloj las piernas recorren con sus mocasines sandalias borceguíes y otros zapatos en punta de tacón bajo y medio y hasta uno de aguja que es el que menos ruido hace porque se hinca en la moqueta de la sala de la biblioteca y los uno setenta y cinco aproximadamente de columna jónica que termina en volutas de rizos sobre el capitel de su cabeza andan sobre ella sin ruido oye sin ruido que no se oye porque sus piececitos van encapsulados en estrechos zapatos y altos
Así no puedo estudiar nada ni siquiera algo que domino con la dificultad domeñada por las muchas horas de estudio y porque tengo mis habilidades para ciertas cosas que en este momento están distribuidas sobre la mesa alargada y barnizada y estriada de vetas blancas que recorren como vías apias el marrón color dominante de la pulcritud aseada limpiada y relimpiada cuando cierran por la detersiva mano enguantada de la señora de la limpieza
El madrigal me toca esta vez en el examen de lengua que me lo ha dicho el profesor de literatura del insti donde curso cuarto de eso y en eso estoy en poética composición de ligereza y galanura cuando el efecto delicado y breve de los pasos sustentandores de cuerpos esplendorosos realzados más si cabe por la cuña de la primavera que afuera al otro lado tiene ojos lapìslázulis que no obstante esconden en el fondo de la gruta brillo de lobo agazapado que da gritos de fauces o sonidos atenuados y vibratorios de móviles teléfonos como órdenes de sargento que levanta la tropa al son de la trompeta de diana albanera que rápidamente levantaba a la compañía me lo ha dicho mi padre a ellas las eleva y las lleva al vestíbulo a doblegar su curiosidad
Así es imposible los versos heptasílabos y endecasilabos distribuidos al arbitrio del poeta se entreveran con los pasos que necesita cada hermosa beldad yendo a las fuentes de aretusa para beber exclamaciones ¿sí? ¿quién? y luego esto o lo otro que oigo cuando soy yo el que se levanta para ir a mear
De esta manera las veo con su movimientos de pies al andar uno luego otro siete o doce según la amplitud inguinal de las flexibles columnas que pierden su naturaleza pasiva y sustentadora de arcos y bóvedas para ser acto de encantamiento ondulación de serpiente ante la flauta de la respiración de quien mira oh si sus notorias anatomías son manifiesta certeza de la balanza de sus pupilas que oscilan alrededor de los contoneos de los ejes rinnnnnnn un timbre y todos a la calle yo miro el reloj grande en la pared del fondo y las ocho de pronto todo quieto ya silencioso hasta que se oyen las voces de las bibliotecarias que son tres que hala que nos vamos y portazo porque volumen perimétrico tienen de las tres gracias y no se andan con miramientos
Y para que los ruidos no dejen su siembra en la sementera del olvido y para que la callada taciturnidad no sea una elipsis que busca un atajo para llegar al secreto y la reserva de la afasia jo que exquisito me estoy poniendo oigo unos golpes en las meninges más allá del encéfalo y la médula espinal cuando salgo de la sala de estudios y en el frontón juegan unos muchachotes con manos de estatua propulsando a la pelota de cuero además de en el frontis hacia el duramadre aracnoides y piamadre de mi cabeza que por eso soy bueno en zoología y sé las partes que me constituyen como vertebrado erecto
Además suenan las campanadas del reloj de la torre y el primer cuarto baja a la plaza a comer como asquerosa paloma hinchada en el muladar donde las cuadrillas se juntan
Un poco más arriba está bonito el cielo la última luz de la tarde recorta perfiles de tejado rojos parece que el cielo sangra por ellos la muerte de algún dios y hostias sigo sin escribir un madrigal bueno ya veré mañana

En el metro una madre dice a su hija que estamos en marzo todavía quedan diez días para marzo y sólo puedo pensar en escucharlo en las ruinas rutilantes de la rutina de las vidas que no quieren que nada pase excepto lo mismo que ayer y hoy
alguien en el otro asiento lee el periódico con letras grandes de titulares pone que una masa de hielo del tamaño de Tenerife se está desprendiendo del Artico ALGO GRAVE PASA dice el subtítulo

menos para la madre
compañera de viaje
que luce su guisa facial
menos para la hija
que dice qué vestido
se va a poner en carnaval

mas para qué en esta tarde de febrero estar expectante con los consejos ambientales si cada gobierno se frota las manos calentando el planeta

los polo serán helados
por la lengua de la usura
chupados
hasta sacar tesoros guardados
en el continente albo

din don dan próxima parada Casco Viejo aquí me aguardan repletos escaparates de necesidades innecesarias píxide que las guarda en copones o pequeñas cajas iluminadas tras los cristales de seguridad cilmalit 5mm mientras pienso en lo que esta mañana he oído en la radio El gobierno va a establecer políticas que favorezcan al pequeño comercio de barrio después de haber rodeado de GRANDES SUPERFICIES después de haber levantado las vías de los tranvías en las calles otra vez circulan por las remodeladas ciudades después de dejar morir los ferrocarriles tradicionales ahora el futuro pasa por el AVE

ando paso un semáforo
hay trece rayas blancas
en el lomo del asfalto
me cruzo con alguien
habla solo alto
líquido despeñándose
por el aliviadero
de su recipiente

Félix Martínez Aristín


Las ranas de Berlín

Alemania, año 0.
Un Berlín en ruinas, cercado por los rusos;
Una ciudad repleta de escombros, basuras y cadáveres, iluminada por los incendios.
Un Berlín en el que las consignas de la victoria y las amenazas represoras convivían con consejos surrealistas del Ministerio de Propaganda para mejorar el día a día de la población.
Para mejorar la base de proteínas se recomendaba, por ejemplo,
Acudir a los ríos o lagos cercanos para cazar ranas arrastrando trapos de colores por la superficie del agua.

Hans, contraviniendo las órdenes de su padre, había escapado del refugio y se entretenía trepando sobre las ruinas del edificio vecino bombardeado la víspera por los aliados, cuando la estridencia de un altavoz distorsionado le obligó a quedarse quieto, parapetado tras un bloque de caliza gris.

-Para mejorar la base de proteínas que todo ario necesita -recomendaba la voz anónima llena de parásitos-, acudan a los ríos o lagos cercanos para cazar ranas arrastrando trapos de colores por la superficie del agua.

Hans no se movió de su escondite improvisado, seguro de que había entendido mal. Pero el mensaje se repitió muchas veces con frecuencia regular hasta que el niño tuvo la certeza de que esas eran las palabras. Pero entonces le entró otra sospecha: debía de tratarse de una trampa. Eran estrategias que el enemigo utilizaba a menudo para desconcertarlos, aprovechándose de su sentido de la disciplina germánica. Hans se mantuvo inmóvil mientras consideraba todas estas

posibilidades en el interior de su cerebro alemán de doce años recubierto por un cráneo sólido y una mata de pelo rubio que anunciaba sin ningún género de dudas su origen centroeuropeo.

Mientras aguardaba, se examinó más despacio. Había oído hablar tantas veces de la pureza de la raza aria que había aprendido a identificar los rasgos en su propio cuerpo sin titubeos: talla alta, pero fornida; miembros bien proporcionados; tez clara; ojos azules o grises; pelo y vello rubios. Su padre, Klaus, oficial de las SS, lo repetía cada noche a la hora de la cena como una obsesión, como un rito litúrgico. Y al tiempo que escuchaba a su padre la salmodia, él iba haciendo un repaso mental para saber si, dado el caso, pasaría con ventaja el examen del Reich. Estaba seguro de que sí, porque incluso sus cejas y sus pestañas eran de un amarillo pálido tal que cuando le daba el sol en la cara se volvían casi invisibles.

Hans estaba orgulloso de cumplir los requisitos, pero deseaba que su padre también lo estuviera. La descendencia era un valor singular para los miembros del Reich y del pueblo alemán en general.

En cambio su madre, Marlen, no era tan drástica en sus ideas. Antes de la guerra había sido la primera violoncelista de la Filarmónica de Berlín. Tenía un acendrado espíritu artístico y eso la convertía a los ojos de Klaus en una bohemia y una soñadora que rara vez tocaba tierra.

Klaus amaba la música como una manifestación última de la civilización y era capaz de caer en éxtasis durante una representación de "Los Nibelungos", pero el carácter de los artistas era para él algo incomprensible. Lo que le mantenía unido de por vida a Marlen era que esta le había dado cuatro hijos fuertes y sanos, todos varones, que en su momento engrosarían las filas del ejército nacionalsocialista. Que además su esposa tocase el celo a nivel profesional, suponía un ornamento útil y decorativo para cualquier oficial del Reich. Que sufriese arrebatos intempestivos y melancolías extempóreas eran efectos colaterales de su condición de artista que él estaba dispuesto a soportar como buen soldado, pero no a compartir.
Sin embargo, todo eso era antes de la guerra. Porque ahora Berlín se había convertido en una plaza sitiada por los rusos donde faltaba incluso lo más elemental, lo que obligaba a la población a realizar complicadas peripecias para sobrevivir. Lo más costoso no era el hecho en sí de tener que emplear gran parte del día recorriendo las calles para obtener muy poco a cambio, sino la degradación que suponía tener que pedir lo que creían que les pertenecía por derecho y verse obligados a mezclarse en su peregrinaje con gentes que no eran de su condición, que a veces vestían con harapos y que a menudo olían mal.

Al comienzo de la guerra, el Reich abastecía a los oficiales y a sus familias con prodigalidad, pero a medida que esta se dilataba y el ejército nazi iba perdiendo posiciones, los suministros fueron escaseando. Klaus tuvo que apearse de sus galones y Marlen cambió el tacto suave del celo por la aspereza de la bolsa de esparto que era tan difícil de llenar cada día para alimentar a sus cuatro hijos, aquellos vástagos que poco tiempo atrás habían supuesto la esperanza de la patria.

Al paso de los meses, cuando los bombardeos se hicieron frecuentes, tanto o más que sus estómagos, a Klaus empezó a preocuparle la integridad física de sus hijos; por ello insistía en que no salieran del refugio a no ser que resultase imprescindible y jamás solos y sin avisar a dónde iban exactamente. A medida que Klaus iba perdiéndolo todo (posición, rango, bienes materiales) se daba cuenta que lo único que le quedaba era su familia.

Pero Hans siempre había sido un alma libre. Aunque todavía parecía pronto para determinar cuál sería su orientación en la vida, todo indicaba que había heredado de su madre cierta predisposición a la fantasía, cierto rechazo a la disciplina inquebrantable que le oprimía como un corsé. A sus pocos años, esta tendencia le hacía cuestionarse en momentos concretos si esta debilidad suya le convertía en menos alemán, pero el impulso era más poderoso que las convicciones y siempre que podía, escapaba para vivir sus propias aventuras solitarias entre las ruinas cada vez más extensas de Berlín.
Como esta vez en que, armado con el mango de una escoba a modo de fusil, estaba a punto de tomar una colina nacida del derrumbamiento de una fábrica de compresores y convertirse en un héroe legendario, cuando le sobresaltó el mensaje y, en un principio, le hizo dudar si procedía del interior de su propio ensueño o si pertenecía a la realidad de la guerra.

Una vez más, en su imaginación se impuso la curiosidad a la sensatez, y se dejó llevar por aquel canto de sirenas roncas. Evitó pensar en su padre y en las razones que aquel podía tener para alejarle de los peligros. Buscó entre las ruinas y los cascotes lo que no era fácil de encontrar, hasta que al trepar sobre una viga derruida, le llamó la atención algo que no era de naturaleza mineral: una cabellera de mujer cuyo cuerpo había quedado atrapado en el derrumbe. Seguramente pertenecía a alguna secretaria que trabajaba en las oficinas de la fábrica, en la planta alta.

Observó su rostro con atención. Tenía los ojos abiertos, mirando al cielo, y en la boca un gesto de sorpresa, como si la muerte le hubiese sobrevenido a destiempo, en un mal momento. Hans se había ido acostumbrando al espectáculo de los cadáveres como flores raras que salían de las grietas cuando uno menos lo esperaba. Habían dejado de sorprenderle, aunque todavía le interesaba imaginar en qué actitud les había pillado la muerte o cuál había sido su último pensamiento en este mundo.

El rostro de la mujer que ahora tenía ante sí parecía mostrar un conato de fastidio. Tal vez había quedado en verse esa tarde con su novio que acababa de llegar del frente con un permiso corto o estaba herido en el hospital militar y ella tenía que ir a darle la cena porque le habían amputado ambas manos. Hans se fijó mejor. La mujer llevaba anudado al cuello un pañuelo de vivos colores, precisamente, lo que él andaba buscando. Lo extrajo con habilidad y descendió del promontorio a pequeños saltos de pájaro.
Para cuando alcanzó el suelo ya tenía un plan. Detrás de lo que había sido su colegio y el de sus hermanos y que hoy estaba convertido en un solar diseminado de escombros, había un bosquecillo de cedros y, más allá, un lago hasta el que nunca les dejaban acercarse para evitar accidentes.

Hans creía que sería capaz de llegar solo, aunque siempre había ido en coche con Sebastián, el chófer de su padre; pero él sabría rehacer la ruta a pie. Se guardó el pañuelo de colores en el bolsillo y echó a andar.

Llevaba un rato caminando cuando se detuvo desorientado, incapaz de reconocer dónde se encontraba. La destrucción sistemática de las bombas había alterado la fisonomía de Berlín hasta hacerla irreconocible. Preguntó a un hombre que iba con una guerrera desabrochada y un libro de partituras bajo el brazo. El soldado ni siquiera le miró; no dio señales de haberle escuchado. Hans continuó andando; tendría que confiar en su intuición.

Ya le dolían los pies y había empezado a minarse su confianza cuando el bosque de cedros le salió al paso como un viejo amigo que ha estado jugando a esquivarle. Sólo tenía que atravesarlo y al otro lado encontraría el lago.

Al traspasar la cortina de árboles una escena inesperada se extendió frente a él: centenares de berlineses se alineaban a las orillas del lago bordeándolo por completo. Los más osados, incluso se habían internado algunos metros en el agua aprovechando los vados más accesibles. Y todos ellos aventaban la superficie del lago valiéndose de todo tipo de retales. El efecto constituía un espectáculo de brillante colorido: destellos rojos, amarillos, verdes, se reflejaban en el agua azotada y convulsa produciendo un espejismo de arco iris reptante.

Hans se detuvo a unos metros de la orilla, de manera que su vista pudiera abarcar toda la actividad de sus conciudadanos. Observó sus miradas enfebrecidas, hipnóticas, clavadas sobre la superficie del lago, los colores de los trapos rebotando contra el brillo de sus retinas. Observó sus actitudes de fanatismo, su sentido de la disciplina germana que les llevaba a seguir las consignas con la fe de una celebración. Observó aquellos cientos de golpes dados al agua con la concentración de un mantra insistente. Y no vio ni una sola rana.

Tal vez las ranas de Berlín habían celebrado una reunión clandestina para organizar su éxodo hacia un lugar más seguro en el que el cielo no arrojase llamaradas de fuego cada noche ni la mañana les trajese hordas de cazadores de proteínas.

En ese momento, Hans, a sus doce años, supo que Alemania iba a perder la guerra y soñó ser una rana berlinesa que vivía en una charca fuera de los circuitos de la cartografía. ¿Sería ello posible?

Esther Zorrozua
Berango, 19 mayo 2004

 

El síndrome de Hermes

Conocí a Óscar durante unas vacaciones. Me había dejado convencer para ir a uno de esos “hoteles con encanto”, perdido en el fondo de un valle verde, que el márketin moderno se ha empeñado en vendernos incluso a nuestro pesar. Me lo recomendaron para tratar mi presunto estrés. Yo soy urbanita por nacimiento y por convicción, disfruto con el asfalto, los atascos y la vida acelerada. De hecho, trabajo mejor bajo presión; una buena descarga de adrenalina me alegra el día. Pero a esa forma mía de vivir, mis amigos lo llamaron estrés y me hicieron la reserva para este balneario sin habérmelo consultado siquiera. Al saberlo, grité y organicé un trepe de dos pares de narices. Como ya me conocían, nadie se alteró y, después de la actuación, yo quedé muy tonificado. Luego, pensándolo en frío y considerando las molestias que se habían tomado, acepté el reto, pero con el único propósito de regresar con una lista completa de inconvenientes, trastornos y molestias que me había ocasionado aquel desplazamiento.

Llegué al anochecer y cené casi solo; la mayoría de los clientes lo habían hecho antes que yo, me dijeron. Por lo visto, los horarios y costumbres del lugar eran monacales. Me acosté temprano y dormí de un tirón. Eso hizo que me levantase de buen talante. Cuando bajé a desayunar, una linda camarera de edad tan corta como su falda, me indicó la terraza exterior con expresión risueña. Se trataba de una explanada orientada a un paisaje de montaña, con roca viva en las cimas y un bosque de eucaliptos en su base. El aroma conocido a vahos de la infancia llegaba hasta la terraza, sembrada de mesitas bajo toldos amarillos. Elegí una al azar y tomé asiento. En la mesa contigua había un tipo de mediana edad, parapetado tras un periódico que lo separaba de los restos de su desayuno. En ese momento sonó mi teléfono móvil.

El hombre pegó un brinco y se acurrucó en el suelo detrás de la silla, protegiéndose la cabeza con los brazos, como si hubiese sufrido la acometida de un bombardero. Su reacción me produjo tal impacto que eché un vistazo a la pantalla para identificar al que llamaba y desconecté. Al instante apareció el jefe de camareros para auxiliar a mi vecino de mesa. Le ayudó a levantarse, al tiempo que le transmitía frases tranquilizadoras en un tono que juzgué pueril. Una vez restablecida la calma y vuelto a sentarse en su silla, el jefe de camareros continuó dirigiéndose al cliente en tono conciliador hasta que este dejó de temblar y de lanzarme fugaces miradas de terror. Sólo entonces, el empleado se dirigió a mi mesa y me pidió que lo siguiera. Lleno de perplejidad, fui tras él hasta el comedor de invierno, en el interior del edificio.

—Es Óscar —me explicó—, un huésped que lleva viviendo con nosotros un par de años. Estuvo destinado en el equipo de comunicaciones en la guerra de Kósovo, en su fase más dura. Allí desarrolló el síndrome de Hermes, una dolencia muy extraña como efecto de un estrés postraumático. Desconozco los detalles; sólo sé que siente un terror irracional por los teléfonos. Por eso se ha retirado del mundo a este lugar tranquilo. El dueño del hotel se diría que lo ha adoptado y todos nosotros tratamos de protegerlo en la medida de lo posible. No hay forma de evitar incidentes, como el de ahora mismo, pero no es agresivo, sólo se asusta. El resto del tiempo es una persona encantadora.
—¿Y qué me propone que haga? —le dije—. No puedo permanecer incomunicado.
—No, desde luego. Todos nosotros llevamos los móviles en modo vibración. Usted puede hacer lo mismo. Y a los fijos les hemos colocado una señal lumínica, una bombillita roja que parpadea cada vez que se recibe una llamada. —Luego añadió— solemos avisar a todos los clientes nuevos, pero como usted llegó anoche algo tarde…
—¿Y sólo le altera el sonido? ¿No reacciona si ve a alguien hablando por teléfono? —¡Ah, claro! ¡Por supuesto! Cada vez que utilice el aparato, debe procurar que no le vea, porque de lo contrario entra en crisis.

Yo no podía dar crédito a lo que me contaba aquel hombre. Incluso llegué a pensar que se trataba de alguna clase de novatada que formaba parte del “encanto” del hotel. Porque lo más raro no era la extrañísima secuela de la guerra; al fin y al cabo, en las guerras pasan cosas espantosas y todos hemos visto miles de películas donde aparecen los marines hechos unos zorros. No, lo raro de verdad era que el personal del hotel lo asumiese como algo normal y que, por añadidura, lo incluyera en una especie de decálogo que se imponía a los demás clientes.

No obstante, a pesar de mi primer impulso de rechazo, lo primero que hice fue pasar mi móvil al modo vibración. Luego me fui a hablar con Óscar. Lo encontré parado a un lado de la vereda. Al parecer, había salido a dar un paseo, porque iba provisto de un rústico bastón que se había fabricado con una rama de avellano, llevaba la cabeza protegida por un gorro tirolés y los bajos de los pantalones metidos dentro de los calcetines, que le llegaban hasta media pantorrilla. Digo que parecía ir de paseo, pero se había detenido a observar algo que estaba en el suelo y que yo, desde mi distancia, no podía distinguir. Aproveché para estudiarlo a él en detalle.

Era de estatura media, con el tronco largo y las extremidades cortas, lo que le daba un aspecto rechoncho y aniñado, efecto que se intensificaba con la redondez perfecta de su rostro en el que destacaban un par de ojos negros muy abiertos y una boca pequeña de labios prominentes en permanente gesto de estupor. De hecho, su perfil podría haberse correspondido con el de cualquier personaje de un cómic belga.

A medida que me acercaba a él, empecé a silbar para que me oyese llegar. No quería pegarle otro susto. Pero no dio muestras de notar mi presencia. Cuando llegué a su altura, descubrí aquello que lo mantenía tan atento. Tres caracoles avanzaban a cámara lenta sobre la orilla del camino dejando tras sí otras tantas estelas de plata.

—¿Quién va ganando, Oscar? —le pregunté para trabar conversación. Me miró como si yo fuera oligofrénico y luego accedió a responderme haciendo una concesión sólo para sacarme de mi ignorancia.
—Eso es lo de menos. Lo que importa es los mensajes que se cruzan.
—¿Y cómo lo hacen?
—¿No ves los constantes movimientos de sus antenas? ¿Crees que no tienen ningún significado? Es un sistema de comunicación muy rico y complejo.

Pasamos el resto del día hablando del lenguaje cornúpeta de los caracoles y de la estructura grupal hermafrodita, tan diferente de la de otros animales; no digamos de los humanos. Hicimos conjeturas sobre la clase de avisos que podrían estarse pasando los moluscos y mantuvimos acaloradas discusiones, sin llegar a ningún acuerdo.

No fue hasta una semana más tarde, luego de haber entablado lo que ya podíamos denominar una relación muy estrecha, casi de amistad, cuando me atreví a preguntarle por los teléfonos.

—¿Qué pasó en Kósovo, Óscar? —se lo dije bajito, por si acaso. Él se quedó mirando al infinito. Creí que no me iba a responder nunca.
—¡Charli!, ¡Charli! —gritó de pronto.
—¿Charli? —Sí, es lo que oía al otro lado de la línea cada vez que intentaba establecer una comunicación.
—Pero eso era en Vietnam, Óscar. Esta era otra guerra.
—No, es siempre la misma guerra. También mi capitán me decía que eso era en Vietnam, pero estaba confundido. Cada vez que yo descolgaba el teléfono, siempre decían lo mismo: ¡Charli!, ¡Charli! ¡Vamos a por ti!
—¿Y luego qué? ¿No decían nada más?
—No decían nada más, pero cerca de mí caía una bomba, o una granada, o una ráfaga de ametralladora… Hubo muchas bajas. Sobreviví de milagro. Pedí unas semanas de permiso, porque pensé que me había vuelto gafe, pero me lo denegaron, porque había escasez de especialistas en telecomunicaciones.
—¿Y después que pasó?
—Luego fue mucho peor. Me llamó el propio Adolf Hitler, y otro día el Mariscal Petain.
—¿Y qué te decían?
—No hacía falta que dijesen nada. Se identificaban y ocurría una desgracia.
—¿Pero todas las llamadas eran de ese tipo?
—No. La mayoría eran comunicaciones normales, pero como no sabía cuándo iban a llegar las especiales, aquello se convirtió para mí en un sinvivir. Con el tiempo se fue agravando. Recibí misivas de Rasputín, del Kaiser Guillermo, de Robespierre, de Enrique VIII. Cuando un amanecer, al responder al timbrazo, el que hablaba se identificó como Ricardo Corazón de León, tiré todos los bártulos y, sin importarme si disparaban o no, salí corriendo de la trinchera y no paré hasta llegar a Roma. No he podido volver a tener contacto con un teléfono. Los teléfonos son máquinas de guerra, siempre de la misma guerra.

Traté de hacerle razonar. El contacto diario con Óscar había despertado en mí un cierto afecto por él, a pesar de las primeras prevenciones. Ingenuamente, buscaba reconciliarlo con el mundo.
—Óscar, el teléfono se inventó en 1876 y no se generalizó hasta entrado el siglo XX —le dije— ¿Cómo ibas a hablar con toda esa gente que jamás conoció el artilugio? ¿No comprendes que no tiene lógica?
—¿Acaso tiene lógica la guerra? —me preguntó a su vez.
—Además, toda esa gente está muerta. Algunos llevan siglos muertos —le argumenté.
—Ya lo sé. La guerra, por su propio horror, es capaz de resucitar horrores anteriores, de buscar y encontrar vehículos para hacernos revivir esos horrores; a mí me ha tocado el teléfono y, a través de él, he revivido todos esos episodios de la única guerra de siempre. Por eso quiero alejarme de esa máquina infernal para siempre, por eso me pongo enfermo si lo veo.

Estábamos de acuerdo en que la guerra no tenía lógica, pero tuve que reconocer que Óscar sí seguía la suya propia, aunque yo no pudiera estar de acuerdo con ella, una lógica que le había hecho perder la razón o lo que considerábamos como tal el común de los mortales. Cada uno buscaba en esta vida sus propias defensas donde podía y como podía. Él había llegado a la convicción de que el mundo reiteraba siempre la misma guerra y que la única forma de darle esquinazo era dejando de usar el teléfono. Si a él le funcionaba, ¿qué derecho tenía yo a sacarle de aquel supuesto error? Aquellas presuntas advertencias telefónicas del más allá quizá no fuesen más que una señal de algo que yo no acertaba a captar.

Durante todos esos días, además de revivir esos viajes en el tiempo de las equivocaciones humanas, dimos largos paseos por el campo e intentamos profundizar en los sistemas de comunicaciones de los caracoles, de las lagartijas y de las avutardas, entre otras especies. Fueron experiencias surrealistas, pero de cualquier forma, muchos más inocuas que las telefónicas.

Regresé a casa sintiéndome diferente. Había conseguido romper con mi ritmo de vida que, según mis amigos, me estaba perjudicando, pero volvía profundamente marcado en otro sentido. Cuando me preguntaron por mi estancia en el “hotel con encanto”, respondí con evasivas. Olvidé elaborar la lista completa de inconvenientes y objeciones que me había propuesto al llegar.

Ahora, yo también, sin poder evitarlo, cada ver que respondo a una llamada telefónica siento un ligero temblor hasta que quien se halla al otro lado se identifica. Hasta el momento siempre son personas vivas, o eso quiero creer, porque ¿cómo tener la certeza de que quien llama para realizar una encuesta sobre la subida del IPC o sobre los movimientos migratorios de población, lo hace desde la misma fecha que marca mi calendario?En ese momento, Hans, a sus doce años, supo que Alemania iba a perder la guerra y soñó ser una rana berlinesa que vivía en una charca fuera de los circuitos de la cartografía. ¿Sería ello posible?


Esther Zorrozua
Berango, 18 enero 2008

Microrrelatos

Dicotomía

Método de clasificación en que las divisiones y las subdivisiones sólo tienen dos partes.

Todo el día habían difuminado las aguas pulverizadas, que se elevaban por encima de la cresta de las altas olas, los ribetes de la costa y la parte más baja de los montes cercanos. A media tarde el sol invernal declinaba como una moneda metiéndose en la abertura de una hucha. Yo paseaba por lo alto de acantilado, cuando una berlina parada delante de un mesón resplandeció a mis ojos. Sin lugar a dudas era de un señor importante, habría comido en el mesón y dos lacayos aguardaban dentro de ella la salida de su dueño. Eso pensé la primera vez que la vi, cuando me dirigía al fuerte derruido en el extremo alto del acantilado. No me di cuenta que algo extraño arrumbaba esta primera impresión , ¿si eran criados, cómo estaban sentados dentro de la berlina? Su lugar era el pescante; eso quería decir que eran algo más que personal del servicio doméstico. Al volver de mi itinerario, uno de ellos había salido del carruaje y, muy tieso, miraba escrutadoramente hacia la puerta principal del mesón.

No había duda, o ésta se había reducido a dos posibilidades : eran dos guardas de su cuerpo de seguridad, o eran dos asesinos que aguardaban la salida de su excelencia para darle muerte.

Especie

Bot. y Zool. Cada uno de los grupos en que se dividen los géneros.

Sólo rebajó algo de una cantidad. El fiscal lo llamó desfalco. La acusación popular, robo premeditado. La defensa dijo que era inherente a su naturaleza, que no lo pudo evitar. Por lo cual solicitó un eximente.
El juez pidió un receso, llamó a las partes a su despacho para preguntar si hablaban del mismo individuo. Las partes dijeron que sí.
Cuando se inició de nuevo el juicio, el acusado, concejal de urbanismo del ayuntamiento de Pizpireta, roía menuda y superficialmente con los dientes un fajo de billetes extraído de la cartera del abogado.
Definitvamente, Ramón Raudo Ratón no se salvó de la pena máxima. Su abogado no hizo nada para revocarla.

La carta

La maté con el filo adhesivo de un sobre. Dentro había escrito que la quería; mejor dicho, rubriqué con un "te quiero" una cuartilla escrita por las dos caras.
Entre el encabezamiento con el nombre de la ciudad donde yo me encontraba y la fecha, y el colofón, rectas y largas frases contenían exageradas curvas sentimentales que añoraban las sinuosidades de su cuerpo.
Hay amores felices. Circulan por raíles de acero paralelos a otros que matan, hasta que cruzan en algún punto, cambiando de dirección.
La noticia me llegó al cabo de unos días. La madre me dijo que su hija se había alegrado tanto cuando encontró mi carta en el buzón, que subió corriendo las escaleras a decírselo. Luego bajó con parsimonia, leyéndola de nuevo.
Ya en la calle no se dio cuenta del tranvía que se acercaba circulando por las líneas escritas que yo le tendí.

Interferencia

Cruzar, interponer algo en el camino de una cosa, o de una acción.

No podía tener tan mala suerte. De las muchas mesa vacías, el muchacho largirucho se había sentado justo en la suya, enfrente. No dejaban de mirarse de soslayo. Una mirada era iracunda, la otra lacrimosa por el constipado que le hacía continuamente sonarse la nariz con pañuelos de papel, que luego, arrojaba a una papelera.
Toda la atención del primero se dirigía al recién llegado, ¿qué podía hacer más que contar el papel mucoso que una y otra vez lanzaba al albero de la papelera? Ya llevaba contados siete. Sus libros y cuadernos abiertos no conocían el paso de las páginas. Alguna vez intentó concentrarse en sus estudios, el examen estaba cercano, pero fue inútil. Nada podía con el sónoro pedorreo de la nariz enrojecida del otro. Sólo quedaba tensar flechas en el arco de sus ojos. Mirarle mal.
Empezó a sentir un carraspeo en su garganta.
Cuando el muchaco largirucho se levantó cargando una mochila en su espalda, quiso decirle algo. Pero únicamente le salió el estornudo.

 

 

El vuelo

Elevarse una cosa en el aire y moverse algún tiempo por él.

Sacó un cuaderno de hojas cuadriculadas y empezó a escribir como si fuera la tierra de un erial que se pone en cultivo. Él no entendió porqué le había salido esa comparación. Era un hombre de ciudad., y al campo sólo había ido alguna rara vez, de vacaciones. Siguió escribiendo y llenó la primera página, la segunda y la tercera. Luego se detuvo y las leyó.
Al arrancarlas pensó que una bandada de estorninos había arrasado una cosecha. Arrebujó los papeles con fuerza y los lanzó a una papelera cercana. El muñón de una paloma salió de su mano. Con la otra se atusó la patilla izquierda mientras pensaba en aquel árbol que había visto en el parque cargado, como hojas de tinta negra, de pájaros.

Félix Martínez Aristín

 

Sólo te veo cuando cierro los ojos

Al principio, poco después de que te fueras, llegué a verte en la calle, cuando miraba distraída por la ventana. Te llegué a descubrir mezclado entre la gente y sentí un vuelco repentino en el corazón, la sensación de quedar un instante en suspenso, hasta comprobar que no eras realmente tú, sino alguien que se te parecía en la silueta, en un gesto...

Tengo pocas fotos tuyas por la casa. Tal vez porque prefiero verte sólo cuando cierro los ojos. Me gusta más la imagen soñada, la que yo he ido tejiendo en mi recuerdo a base de pequeñas anécdotas que se van engarzando como minúsculas piezas de orfebrería sobre el tapiz de mi infancia y de mi primera juventud.

Nunca fuiste muy locuaz. Acaso no sabías manejarte adecuadamente con las palabras y preferías los gestos. Aun así, me dejaste una rica herencia. No me acuerdo si me enseñaste a andar, tal vez el primer hito de toda vida, pero estuviste siempre a mi lado con tu índice enhiesto, indicando siempre el norte como una brújula bien imantada, al señalar las palabras en mis primeras cartillas. Tú me enseñaste a leer y con ello abriste ante mí un mundo infinito que aún hoy me sigue asombrando.

Años más tarde, con una infinita paciencia, me enseñaste latín, con la austeridad y la disciplina con que te habían marcado para siempre los años de seminario. Muchos dudarán de la utilidad de esos conocimientos. Yo tampoco sabría explicarlo con precisión, pero intuyo que los acusativos y los genitivos abonaron una tierra virgen y la prepararon para aprender a discernir y a amar el poder de la palabra. Y cuando hoy en día, en los concursos televisivos minoritarios, único foro en el que esta clase de erudición resulta rentable, se mencionan como anacronismos las Guerras de las Galias o la Eneida de Virgilio, en el fondo de mis entrañas siento una emoción inconfesable, que con nadie puedo compartir, pero no me importa guardarla para mí sola, de la misma manera que sólo te veo cuando cierro los ojos.

Acababa de cumplir los 18 cuando me enseñaste a conducir con aquel 600 que entonces tenías. Nunca hubo un grito en tus labios, a pesar de mis torpezas tan femeninas, ni siquiera cuando le dimos por detrás a aquel coche que estaba parado con su dueño dentro, sentado al volante. Sólo un gesto de resignación y una palabra de aliento: "Venga, continúa". Cuántas veces ahora, cuando me veo a mí misma conducir con cierta soltura, me acuerdo de aquellos primeros tropezones y se me empaña la vista. Cierro los ojos y entonces te veo.

Pero el recuerdo más cálido que guardo de ti es aquella pregunta que sólo tú fuiste capaz de hacerme siendo yo recién casada: "¿Eres feliz?" Te respondí que sí y tú asentiste en silencio, como si te quedases tranquilo, en paz.

No sé si estos años sin ti me han hecho olvidar cómo fuiste realmente. No sé si te he inventado. Lo cierto es que sólo te veo cuando cierro los ojos, y tu imagen sosegada y apacible me conmueve y te echo de menos.

Esther Zorrozua

Nacer

Era una tarde lluviosa. Escuchaba los aullidos de las gotas de lluvia al suicidarse contra la mugrienta ventana de mi habitación, mientras permanecía sentado delante de un televisor antiguo, en mi viejo sofá. A veces el tedio absoluto me arrastraba hacia el suelo hasta casi lograr tumbarme. Lo impedían toda una serie de objetos que yacían a lo largo y ancho del suelo de mi habitación. Yo mismo me daba cuenta del desorden, del caos de la habitación, pero no hacía nada, salvo sumergirme mas en un abismo interior. De la televisión me llegaban imágenes que de vez en cuando lograban que yo torciera o creara un gesto. Cuando esto sucedía yo suspiraba aliviado y además conseguía que no apretara el ya gastado botón del mando a distancia. Así vivía los últimos días, aunque de vez en cuando-rara vez diría yo- me decidía a encender el ordenador. Yo creía buscar algo en él, pero siempre lo apagaba con la sensación de haber perdido el tiempo. Además no era fiel a su nombre y nunca conseguía ordenar mi desquiciada vida. Era preferible culturizarse viendo lo tremendamente interesante de la programación televisiva.
Sumergido como estaba en un lugar sin nombre, algo me llamo fuertemente la atención. Algo que me recorrió todo el cuerpo, pero sobre todo algo que me recorrió lentamente el corazón, provocándome un dolor intenso. Aparte la mirada de la pantalla y torcí la cabeza hacia la lejana ventana. Conseguí levantarme y recorrí los apenas dos o tres metros que llevan a la ventana, con enorme esfuerzo. Miré hacia la calle. Estaba todo muy oscuro. No había ninguna luz con la que engañar a mi corazón. Era muy extraño porque según recordaba acababa de comer la pizza y la hamburguesa, que se aburrieron de vida en la nevera. Serían las tres y media de una tarde primaveral, a lo sumo las cuatro. Aun no había empezado el curso interactivo de aeróbic por el segundo canal. También conseguí recordar que los días pasados y en especial aquella mañana el sol brilló con fuerza apasionada. El sol entró en la habitación sin avisar y sobre todo sin llamar y eso a veces me llegaba a enfurecer. No podía ver la televisión con aquella claridad. Me levantaba con profunda desgana y bajaba las persianas con estruendo enfurecido. Los rayos de sol se esforzaban en llegar hacia donde yo estaba, pero no les dejaba. Alguno que otro tímidamente me iluminaba, pero era superior la luz artificial que emanaba de mi televisor ordenador, etc... Pero el cambio de tiempo fue abismal ese día. Del aparente y supuesto brillo de la mañana a una oscuridad terrible y triste. Parecía que ya era de noche. Una noche anticipada. “Es el día mas corto del año”, proclamaba yo para mi interior. Pero aparte del cambio sufrido en el día, noté un cambio en mi interior. Algo decidió que tenía que salir de allí, que tenia que olvidarme de lo que querían transmitirme por medios artificiales. No podían mandar sobre mí. Así que me puse unos gastados vaqueros, una camiseta que yacía en el frío suelo, mi chaqueta preferida perdida y encontrada gracias a que asomaba una manga por debajo de la mesilla de la habitación. El sonido de la lluvia evitó que se me olvidara el paraguas. Salí de mi casa y me pareció como si abandonase a alguien. Al salir del portal me pregunte que dirección tomaría. No veía nadie en la calle. Tenía dos opciones. Una era la de pasear por la parte noble de la ciudad y la otra era la de pasear por la zona mas humilde y trabajadora. Me decidí por la última opción. Era mucho más interesante y propicia a crearse situaciones azarosas necesarias en mí. Inmediatamente abrí el paraguas y me lancé hacia la calle que llevaba a la parte humilde de la ciudad. Mientras andaba iba notando mayor dolor en mi interior. Me acercaba hacia algo misterioso que me llamaba con mucha urgencia y necesidad. A los lados de la calle debían de haber bares y comercios abiertos. Me llegaban débiles voces de personas, que seguramente eran gritos de borrachos, contando sus historias de cuando algún día fueron jóvenes y felices. Ni siquiera desvié mi mirada fija. No tenía curiosidad sobre quienes eran y lo que contaban. Tan solo anhelaba llegar a algún sitio. Desde el bar me verían como un joven extraño apenas visible por la lluvia, con un deambular constante y uniforme, cruzando charcos enormes de agua, hundiendo los zapatos en ellas, sin apenas inmutarse o notar el frescor del agua entre los pies.
De vez en cuando me cruzaba con alguien. Cuando esto ocurría mi único propósito era el de evitar que nos chocáramos. Si veía por debajo de mi paraguas unos pies yo inmediatamente torcía un poco mi rumbo. No había saludos. Ni siquiera miradas. Así estuve caminando unos cien metros hasta que alcance a vislumbrar una plaza muy pequeña al final de la calle desierta. La plaza estaba también desierta. Estaba rodeada por pequeñas casas, pero con enormes y complejas historias humanas. Todas ellas de tres pisos de altura. En la planta baja de estas casas, los propietarios poseían comercios artesanales con los que poder sacar su vida adelante. Me quedé observando, y intuía que en aquella plaza había algo. Mas bien mi corazón lo sentía. Mi mirada se dirigió hacia una panadería. Al lado de la puerta, en el escaparate, vi lo que podía ser una esquela. Fui hacia allí con gran esfuerzo. Se unió a la lluvia un viento feroz. Nada mas llegar vi que era la esquela de un niño. Un niño con mirada bondadosa. No debía tener más de doce años. La panadera salió de su confortable establecimiento, y se colocó justo a mi derecha. Ella me miraba a mí. Yo le pregunté quien era y qué le pasó al niño. Ella me contó la historia del niño que veía a las piedras vivir.
El no era un niño del barrio. Nadie sabía quienes eran sus padres, ni de que parte de la ciudad provenía. Era un niño diferente a los demás. Así como los niños de su edad llegaban a la plaza y se sentaban en los bancos que rodeaban una estatua imponente, jugando con la play station, enseñando sus recién comprados teléfonos móviles, el niño es cambio, creía en otras cosas. Alguno de ellos hasta tenía más de un teléfono. No hacían más que pasar las horas mirando la pantalla del videojuego o enviándose mutuamente mensajes electrónicos. El niño este, en cambio, aparecía por la plaza con un libro en la mano. Parecía mayor de lo que era. Dejaba el libro al lado de la estatua y se pasaba horas y horas mirando la estatua, cuidando el jardín que la rodeaba, con una sonrisa en su bondadosa cara. Cada día llegaba con una flor distinta y la plantaba en un lugar alrededor de ella. Antes quitaba las malas hierbas y limpiaba la zona donde colocaría la flor. Antes de que apareciese el muchacho el jardín que rodeaba la estatua estaba descuidado. Descuidado por personas a las que nada importaba la estatua. Sencillamente, no existía para ellas. No se quedaban mirándola ni un solo instante. Les era indiferente. Aquella estatua jamás cambiaria o mejoraría sus vidas. Ahora, en cambio su imagen era completamente diferente. La estatua parecía desprender más luz. Los niños mientras descansaban de sus inquietantes videojuegos le preguntaban al niño porque hacia eso, porque no jugaba con ellos. El les respondía con una sonrisa. “Ella me lo pidió. Ella me pidió que la cuidase”. El les preguntó a su vez si no apreciaban que la cara de ella había cambiado a lo largo de aquellos días. Los niños cuando escucharon esto comenzaron a reírse a carcajadas. Creían que el niño estaba loco y a todo el mundo contaron que lo estaba porque veía a las piedras vivir. Ellos comenzaron a marginarle, porque no era como ellos, y a partir de aquí vino el calvario del niño. Día tras día los niños hacían chistes de el, se burlaban de el, pisaban las flores que el inocentemente había plantado, pintaban la estatua de manera que prevaleciese su fealdad. Hacían todo esto porque no podían soportar que alguien tuviera una idea distinta de pensar a las suyas. El niño, no obstante, jamás modificó su gesto tranquilo y sereno de la cara, y continuó plantando flores y cuidando de la estatua como del jardín que la rodeaba con una sonrisa. Como lo hizo el primer día. Con el mismo entusiasmo. Hasta que hace ya de esto unos días, los niños decidieron gastarle una pesada broma. Cogieron cada uno de ellos un balde lleno de agua y encaramados a lo alto de la estatua lanzaron chorros y chorros de helada agua al niño cuando este se arrodilló en el jardín para plantar una flor. El niño quedó inundado de agua, pero sorprendentemente no se movió. No modificó ni su cuerpo ni su gesto. “Nosotros también nos preocupamos por el jardín y por eso hemos decidirlo regarlo un poco”, fue lo que dijo el cabecilla del grupo. El niño pasó todo el día ocupado en su tarea. Al finalizar se marchó para casa sin ningún tipo de reproche en su semblante. Al día siguiente el inocente niño no apareció. Supimos que enfermó de pulmonía y desgraciadamente esta mañana falleció. Su abuelo apareció hace un rato por aquí. Quería saber qué fue lo que hizo vivir a su nieto. Se quedó unos minutos mirando fijamente la estatua, asintió, sonrió tristemente y se marchó. Esta es la historia del niño que veía a las piedras vivir.
Le di las gracias a la panadera por todo y me dirigí hacia la estatua. Era la estatua de una mujer joven, no tendría más de treinta años. Miraba fijamente hacia el cielo con mirada triste. La golpeaban gotas enfurecidas de lluvia. El viento desenfrenado hizo que una bolsa de plástico se alzase del suelo y fuese a parar hacia su mano extendida también hacía el cielo. Me acerqué a la estatua y aparté la bolsa, depositándola en una papelera vacía. Luego tras permanecer un rato mas, decidí marcharme para casa. El tiempo iba siendo cada vez más hostil.
Nada mas llegar a casa me deshice de las ropas mojadas, me preparé una hamburguesa y me acosté. No había anochecido aun, pero me apetecía quedarme largo tiempo acostado y reflexionando sobre lo ocurrido en el día de hoy, y sobre la historia trágica del muchacho. El dolor que sentía en el corazón continuaba. Poco a poco fue anocheciendo mientras yo me zambullía en un sueño lleno de piedras que hablaban como si tuviesen y personas que vivían como si no tuviesen vida.
Me despierto. Esta amaneciendo. Alguien llama a mi puerta de madera. Cuando consigo estar un poco presentable y alcanzar la puerta, oigo presurosos pasos detrás de esta bajando hacia la calle. Abro la puerta y no hay nadie, salvo un pequeño paquete en frente mío. Lo recojo y vuelvo a mi habitación Me siento en el desvencijado sofá, mientras desenvuelvo el paquete. Para mi extrañeza y asombro el paquete contiene una copia exacta en miniatura de la estatua de la plaza. Me pregunto insistentemente quien lo trajo y cual era su significado. Decido salir del piso y preguntar al portero del edificio si ha visto entrar o salir a alguien en los últimos diez minutos. El me dice que si. Vio subir a un muchacho de unos doce años con un paquete en una mano y en la otra un libro. No me lo podía creer. Le pregunte si el muchacho le dijo algo. Me respondió afirmativamente .El niño sonriente le dijo que tenia un regalo de alguien que vive en la plaza y que espera con esperanza que se encuentre con ella. Sigo sin podérmelo creer. Me despido del portero. Subo las escaleras de manera acelerada. Los zapatos gritan de incomprensión en cada peldaño. Llego a casa con la respiración entrecortada. Cierro la puerta. Apoyo mi espalda en ella. Sucesión de pensamientos recorren mi cabeza. Llego a escuchar los latidos salvajes de m corazón. Las piernas me tiemblan. Lo entiendo.
Apago el maldito televisor y comienzo a ordenar mi habitación. Afuera las gotas de lluvia ya no aúllan sino que aplauden con decisión al golpear el cristal de mi ventana. Comienzo a vestirme con ropas olvidadas que tenia en el armario. Me preparo un bocadillo como los que solía prepararme mi madre cuando era pequeño, y saboreándolo felizmente salgo a la calle. Llueve, pero no como lo hacía ayer. Es una lluvia suave y deliciosa. Me deshago del paraguas y me deleito cada segundo notando como me acarician las gotas al columpiarse por mi cara. La ligera brisa me da abrazos de suave calor. Mientras recorro la entrañable y acogedora calle, me fijo en todos los detalles. Los bares que emanan constantemente historias únicas. Sus entrañables gentes de las que hay mucho que aprender, aunque desgraciadamente algo que no aprender. Mientras tanto mis zapatos danzarines golpean con cariño el firme de la calle, hacia la plaza. Antes de llegar a la plaza compro una flor en una tienda. Con la flor en la mano, siendo la atracción de los vecinos llego al pie de la estatua. Aparto las malas hierbas, limpio un poco la zona y planto la flor. Al hacer esto la miro y veo que ya no mira hacia el cielo con mirada triste sino que me mira fijamente con una sonrisa en su mirada. Me lo agradece de esta manera. A continuación la lluvia cesa y rayos de sol luchan por atravesar las nubes. Poco a poco el día se hace luz.

Ander Bengoetxea

Por la ruta central

Caminata presurosa, quince minutos antes de las tres de la tarde. Mantenía paso firme y constante, sus tacones sonaban con un "toc-toc".
La recuerdo muy bien, combinanda en ante guinda, falda entallada justo a la rodilla; cabello oscuro, anudado en la nuca, labios en rosa pastel.
Imagino que espera el autobús, creo que va a acabar con la acera, porque dá pasos a diestra y siniestra; tres, cuatro y cinco, de un lado al otro , su rostro luce desesperado, algo enfadado.
Ahora el taller está tranquilo, hace rato trajeron una camioneta pero no vendrán por ella hasta la tarde.
Una voz dentro del hombro izquierdo me indica acercarme a ella, pero ¿con que pretexto?
Aflojé la corcholata de dos botellas de coca cola, me acerco y sin palabras le ofrezco una, me mira con desconfianza cierta pero le digo:
-¡ándele hermosa! está bien fría, y el calor esta rete-fuerte, está recién destapadita 'ire las burbujitas.
Se quitó las gafas y me miró a los ojos, sentí como si estuviera viendo dos estrellitas pero de cerca, y tono alterado dijo:
- ¡Tengo veinte minutos esperando el autobús ya voy tarde a mi trabajo, y ni siquiera alcancé a comer! Pero agradezco su buena intención.
Y tomó en su mano la botella, la bebió en cuatro tragos, casi sin respirar, ni hablar, me parece que sí tenía sed o hambre.
No sabía como empezar la plática, ¿De que le hablo? – pensé- pues ni modo, con las quejas de los camiones.
- A veces los camiones se tardan más acá en el centro, pero no se preocupe verá que ya no dilata.
- Es que mi jefe es un malhumorado, me descuenta cada minuto que llego tarde. Tenía el tiempo contado para llegar a hacer unas cartas antes de las cuatro, a este paso no voy a terminar.
- Los autos son pa' los ricos pero no se crea, también tienen sus cosas, se descomponen, y luego ahí andan otra vez en los camiones. Hablamos del clima, que eso de los autos era buen invento pero bien engorroso, ella siguió con lo de su trabajo – sin decir en donde. Pasaron otros quince minutos, el autobús se acercó, me dio gracias por la soda y por el rato. Se subió apurada, quise detenerla aunque fuera un segundo más para preguntarle su nombre, la jalé del hombro, pero ella solo me dijo:
- voy muy tarde, otro día!
se desacomodó el fular del cuello, y me lo dio. arrancó el camión con algo de estruendo; ella me veía fijamente desde adentro, me llevé el fular al rostro, tenía todos sus aromas; le sostuve la mirada.
Llevo cuatro días esperándola a la misma hora, en el umbral del taller. estoy en espera de su nombre. Mientras, su fular me acompaña por las noches.

29.03.05
alilh

Alicia López

Material de desecho

Cuando Alberto salió aquel anochecer a depositar su basura en los contenedores que el ayuntamiento había colocado enfrente de su portal, se sorprendió al encontrar junto al depósito de restos orgánicos un ataúd.

"Claro", pensó. "Es lógico. Lo que hay dentro debe de ser sin duda de origen orgánico." Se imaginó la incertidumbre y los titubeos de quien, tras mucho cavilar, lo había dejado por fin al pie del contenedor verde. Que decidiera el personal de recogida, que para eso eran especialistas técnicos en higiene urbana. Un ciudadano de a pie no tenía por qué dominar tales sutilezas.

Y recordó la cantidad de veces que a él mismo le habían surgido las dudas a la hora de clasificar la basura. Porque a menudo lo desechable no es blanco o negro, sino infinitas variedades de gris. A veces se encuentra uno con inquebrantables alianzas de metal y vidrio, o de plástico y papel que casan mal con los planes del municipio.
Pero se fijó más despacio en el ataúd. Tenía un tamaño raro, ni pequeño ni grande, sin ningún signo externo, una caja alargada de tablones sin pulir de un color pardo, como si se hubiese reutilizado muchas veces o como si hubiese recorrido un gran camino expuesto a toda clase de inclemencias. No se atrevió a levantar la tapa, que se veía precariamente clavada con media docena de puntas de acero. ¿Qué habría dentro? ¿El cuerpo de un niño a punto de dejar de serlo? ¿El cadáver de un adulto de pequeña estatura? Miró a ambos lados de la calle y, tras comprobar que en ese momento no se acercaba nadie, le dio un pequeño puntapié a la caja para sopesar su contenido. Comprobó que estaba llena porque resistió el embate con solidez, se encogió de hombros en un gesto espontáneo de incomprensión o de desapego y volvió a entrar en el portal. Al fin y al cabo, no era asunto suyo.
Junto a la puerta del ascensor, Alberto se encontró con Cecilia, la vecina del cuarto que todas las tardes bajaba un rato al hogar del jubilado en el que tenían organizada una partida de bingo que levantaba pasiones entre la decena de adictos que constituían el grupo habitual. Alberto llevaba doce años viviendo en el edificio y siempre había conocido a Cecilia, en invierno y en verano, con aquel gorro amarillo de lana que le daba el aspecto de un bebé demasiado crecido. El ascensor estaba en uno de los pisos altos, así que Alberto se vio obligado a darle a la abuela un poco de conversación que fuese más allá del "buenas noches" de rigor.

-Cecilia, ¿se ha fijado que junto a uno de los contenedores de basura alguien ha dejado un ataúd? -le dijo a modo de comentario transicional.
-Desde luego, la gente cada vez es más descuidada -respondió aquella, dando escasos signos de haber prestado la más mínima atención a la noticia.

-¿Qué cree usted que habrá dentro? -insistió Alberto, empeñado en hacer partícipe a la vecina de su más profunda curiosidad.

-¡Qué sé yo, hijo! -eludió la anciana el compromiso-. Tal vez un muerto, ¿no? Tal vez un regalo de boda no deseado. ¡Qué sé yo!

Llegaron a la cuarta planta, donde descendió Cecilia, y Alberto continuó subiendo hasta el sexto.

Al entrar en casa, Alberto seguía intrigado, pero ante la imposibilidad inmediata de resolver el misterio, encendió el televisor y se sentó frente a él. Empezaban las noticias. Emitieron información local, nacional e internacional, como siempre, nada extraordinario. Efectuaron un alto publicitario antes de los deportes y, a continuación, apareció un busto parlante dando cuenta pormenorizada de todos los resultados de la liga de fútbol. Alberto, Le pareció oír entre las nieblas del sueño una noticia de alcance, el accidente sufrido por un coche fúnebre en la circunvalación de la ciudad y el consiguiente extravío de un féretro. Creyó entender que alertaban a los ciudadanos y pedían su colaboración ante este hecho insólito, pero cuando Alberto abrió los ojos sobresaltado, la sintonía del final de la programación estaba ya en el aire.

Pensó que habría sido una traición de su subconsciente. Se levantó del sofá, se frotó enérgicamente la nuca y se asomó a la ventana. Sin quererlo, su vista se fijó en los contenedores de basura, allí, seis pisos más abajo. El extraño ataúd seguía en el mismo sitio, pero arrodillada junto a él descubrió la silueta inequívoca de Cecilia. ¿Era ella? Desde luego, allí estaba su gorro amarillo, seña de identidad más válida que ningún documento. Pero ¿qué hacía? Estaba colocando unas flores sobre el ataúd. ¿Por qué, si no había mostrado el más mínimo interés cuando se lo comentó, bajaba ahora, de tapadillo, a rendir aquel homenaje? ¿Qué sabía ella que no le había contado?

Mientras Alberto seguía interrogándose desde su atalaya, Cecilia desapareció de su ángulo de visión. Alberto se acostó confuso esa noche y le resultó difícil conciliar el sueño. Se despertó súbitamente de madrugada. Sentía la vejiga llena. Fue al baño y, al volver, antes de meterse de nuevo en la cama, se asomó a la ventana. Alrededor del estrambótico ataúd había cuatro moteros enfocando toda la potencia de sus faros delanteros sobre la caja. Le dio la impresión de que ejecutaban algún raro ritual. En un momento dado, vertieron algún líquido procedente de un frasco sobre la caja; permanecieron todavía un rato haciendo extraños gestos; luego, arrancaron de forma sincronizada y desaparecieron.

¿Quién demonios estaba encerrado en aquel ataúd que atraía lealtades tan diversas? Alberto ya no consiguió pegar ojo en toda la noche, debatiéndose entre las sábanas sin encontrar postura. Amanecía cuando el estruendo del camión de la basura lo hizo volver a la realidad. Corrió hacia la ventana para acechar en qué condiciones se producía la recogida. El vehículo, con sus luces parpadeantes, se detuvo frente a los
contenedores y descendieron de él dos empleados enfundados en sendos monos de color pistacho. Procedieron con método al trasvase de bolsas y comentaron algo entre ellos señalando el ataúd.

Ahora que había algo de luz, Alberto pudo distinguir mejor lo que por la noche no habían sido más que conjeturas. Vio que las flores depositadas por Cecilia sobre el féretro no eran más que restos de una poda de geranios que presumiblemente la vecina había realizado en las macetas de su ventana y que el extraño ritual practicado por los moteros de madrugada se reducía a unos cascos vacíos de cerveza. Los basureros recogieron todo este material de desecho, pero no hicieron el más mínimo intento de mover el ataúd. Subieron al camión y arrancaron, perdiéndose calle abajo.

Alberto no salía de su asombro. Se vistió a toda velocidad y bajó a la calle. En el portal se cruzó con Cecilia, agazapada bajo su gorro amarillo y con una barra de pan integral en la mano. Al parecer, le gustaba desayunar con el producto de la primera hornada, pero Alberto no le hizo ningún comentario al respecto.

-¿Por qué salió ayer a poner flores en el ataúd? -le preguntó a bocajarro.

-¿Yo? ¿Flores? ¿En qué ataúd? -parecía un desconcierto sincero. No mostraba signos de recordar nada del comentario que él le hizo la víspera al encontrarse en el ascensor. La dejó con la palabra en la boca y se lanzó a la calle. Junto al contenedor seguía la caja en la misma posición. La observó desde todos los ángulos sin llegar a ninguna conclusión.

Subió a casa de nuevo, sin cruzarse con nadie esta vez. Intentó distraerse poniendo al día varios asuntos que había ido relegando una y otra vez por falta de tiempo, pero le resultaba imposible concentrarse. Avisó al trabajo que no acudiría debido a una enfermedad transitoria y se apalancó junto a la ventana, sin quitar ojo del inusitado ataúd que a nadie más que a él parecía llamar la atención.

Transcurrieron las horas, lentas y pesadas, sin novedad. A eso de las tres, un perro se detuvo junto a la caja, la olisqueó, levantó una pata y meó
sobre ella. Alberto sintió que algo se sublevaba en su interior por el agravio inferido. Esto le llevó a tomar una determinación. Descolgó el teléfono y marcó el número de Servicios Municipales.

-¿Un ataúd? -le preguntó la funcionaria de turno con voz aburrida. Alberto se la podía imaginar mascando chicle y limándose las uñas mientras hablaba con él-. ¿No será un paquete bomba? -le sugirió con la misma falta de emoción.

-No, no lo creo. Estoy seguro de que contiene un cadáver. ¿No podrían enviar a alguien para recogerlo?

-Es que el servicio de recogida de muebles y utensilios no toca hasta la semana que viene -dijo sin inmutarse.

-¿Y si se tratase de una bomba? -Alberto intentó hacerla reaccionar.

-Entonces no es asunto del Ayuntamiento. Debe usted llamar al 112 para que le envíen un equipo de artificieros -y colgó sin esperar respuesta.
Alfonso regresó junto a la ventana. Observó el objeto durante unos minutos más sin advertir ninguna variación. Volvió a levantarse y llamó al 112. Luego, bajó a montar guardia junto al ataúd mientras esperaba a la patrulla o lo que demonios enviasen desde el centro de emergencia. Miró con conmiseración a la caja presentando sus respetos a quien fuese que se hallara en el interior.

Poco después llegó un furgón del que descendieron cuatro individuos protegidos hasta las cejas como si se enfrentasen a un desastre nuclear. Dos de ellos empezaron a bajar piezas que iban montando sobre la acera, hasta armar lo que parecía un robot de desactivación, mientras los otros dos acordonaban la zona. Ninguno se dirigió a Alberto más que para ordenarle que se apartara porque podía haber peligro.

Transcurrida más de una hora y efectuadas todas las pruebas, concluyeron que lo que hubiera dentro de la caja no era de naturaleza explosiva. Así que recogieron todos sus bártulos y el equipo de artificieros se esfumó en su camión blindado. El ataúd volvió a quedar abandonado y Alberto sintió en su fuero interno una mezcla de ridículo e impotencia.
No era hombre religioso. De hecho, ni siquiera recordaba la última vez que había pisado una iglesia, pero algo le impulsó a buscar una solución drástica. Se acercó a la parroquia de Santa Eufemia donde encontró al cura en la sacristía, repasando el recibo de la compañía eléctrica y quejándose a media voz por el precio del kilowatio. Era un hombre que no llegaría a los cuarenta, con aspecto deportista y mirada franca. Alberto le refirió el caso.

-Ya no sé a quién recurrir. A nadie parece importarle que un cuerpo se halle abandonado en medio de la calle. Estamos perdiendo la sensibilidad y eso me preocupa.

El cura le miró perplejo. Luego se ruborizó, se rascó la oreja izquierda y, por fin, balbuceó:
-Bueno..., verá... Deje de preocuparse. Esa caja que usted me describe, no es ningún ataúd. Ayer estuve haciendo limpieza en el albergue. Los vagabundos que duermen en él, cuando se van, dejan tras sí todo lo que no les sirve: ropa demasiado gastada, zapatos viejos, linternas rotas..., esa clase de cosas. Fui yo quien metió todo ello en esa caja, que nadie sabe tampoco cómo llegó hasta aquí, y lo dejé junto a los contenedores porque no sabía cómo deshacerme de ello. No sabe cómo siento haberle creado tanta inquietud.

Alberto salió de la sacristía sin despedirse. Se veía a sí mismo como un ser grotesco y zaherido, un bufón anacrónico expuesto al escarnio público. Es posible que los demás no lo vieran así, que ni siquiera se hubiesen dado cuenta de nada, pero esa era su propia percepción y le bastaba.

Al llegar a la altura de los contenedores, de regreso a su casa, se acercó a la caja que no era un ataúd y le propinó una buena patada con todas sus ganas. El golpe hizo que volcara y saltara la tapa, precariamente clavada con unas pocas puntas. Sobre la acera quedó desmadejado el cuerpo inerte de un niño de unos doce años. A la altura de la base del cráneo dejaba ver una mancha oscura de sangre seca.

Esther Zorrozua
Berango, 8 marzo 2004

La muerte de los pájaros

Sara, la madre de Melisa, se dedicó a llenarle la cabeza de pájaros a su hija.
Primero se los traía, sujetos entre sus manos, impidiéndoles escapar. Y después le describía el batir de sus alas. Ella no podía verlo, si los agarraba como a un manojo de espárragos.
Melisa tardó poco en imaginar sus plumas acariciándole las raíces del cabello. Menos aún en sentir cómo le hacían virguerías sobre las sienes. Aprendió a pensar y a sentir con las sombras de los revoloteos cubriéndole la realidad.
Melisa comenzó por desconocer qué había bajo sus suelas. Poco a poco, dejó de tocar con los pies en el suelo. Olvidó los calcetines y las zapatillas, ya no sentía ni siquiera brumas bajo las suelas. Nada. Desde sus tobillos hasta las baldosas tan sólo quedaba una distancia. No podía definir dos. La silueta de sus piernas terminaba allí, en dos recortes que parecían de trapo. Si alguna vez tuvo empeine, realidad o dedos apuntalados con uñas debió de ser previo a la llegada de los pájaros.

A medida que septiembre transcurría, Melisa esperaba con ilusión su entrada en la Universidad. Había decidido estudiar logopedia, aun ignorando las materias que se impartían. Cuando solicitó la plaza, se preocupó por la localización del campus. Era necesario que estuviera lejos de su casa, para plantear la posibilidad de trasladarse a otra vivienda.

Durante el verano advirtió a sus padres, del impedimento de atravesar diariamente la ciudad: desde las afueras de la zona norte, hasta la periferia de la zona sur.
Al principio, tanto Sara como Antonio se resistieron a aceptar la idea.

- El servicio de autobuses funciona bien- respondía su padre rascándose la barba.
Sin embargo, apenas un mes después, comenzó a mostrarse de acuerdo con Melisa.
- El tráfico por las mañanas da asco- decía apoyando los ruegos de su hija.

Su madre, por el contrario, seguía insistiendo en la eficacia de los autobuses. En realidad, solía referirse al transporte público en general, tratando de disimular que mantenía el argumento inicial de su marido. Porque en el complejo residencial donde vivían, no circulaban trenes, metros ni tranvías. El tránsito interurbano lo determinaba el tráfico automovilístico.
Se trataba de una urbanización de chalets adosados, rodeados por un diminuto jardín y cercados por una verja cubierta de hiedra. La zona transmitía un aire de bienestar, que disimulaba la decadencia de sus habitantes. Las fachadas edulcoraban la mísera moral que acontecía en el interior de las casas.

A Melisa no le había hecho falta insistir demasiado. Una vez obtuvo el permiso paterno, su madre no tardó en asentir. Sara conocía el escaso valor de sus opiniones. Las decisiones las tomaba Antonio.
Desde aquel momento, Sara empezó a devorar los titulares de los sucesos. Era entonces cuando, arrugando el embozo de la sábana entre los dedos, temía la marcha de su hija más que la de su propia vida.
- ¿Y si le pasa algo, Antonio?- le decía con angustia a su marido- ¿La vamos a dejar marchar tan niña? Dieciocho añitos. Además es tan infantil… Aún colecciona estampitas…- Y proseguía- Que vaya a la universidad está bien, pero a vivir a un piso de alquiler… ¡Vete tú a saber qué guateques celebrarán allí! ¡Ni a qué gañanes invitarán por las noches! ¿Es lo que quieres para tu hija, Antonio?
Y suspiraba recordando el momento en el que Melisa, con diez meses y dos días, le soltó la mano, mantuvo el equilibrio y dio sus primeros pasos. En ese instante, apretaba sus puños con más fuerza, arañando la sábana humedecida por el sudor.
- Anda venga, ponle alguna pega para que no se vaya- finalizaba con voz zalamera.
- ¡Deja de lamentarte! Sigue gimoteando, y seré yo quien se vaya- le amenazaba él- Ya te compraré una mascota para que no te sientas sola- añadía con altivez.
Ante el desprecio de su marido, Sara callaba dejando caer la mirada sobre los tulipanes estampados de la colcha. Conocía qué anunciaba la actitud de Antonio y prefería evitarlo. Con la cabeza gacha, aparentemente distraída, esperaba a que él apagase la luz. Mientras, seguía apretando el embozo de la sábana.
Cuando empezaba a oírle roncar, se levantaba con sigilo y se acercaba al dormitorio de su hija. La puerta siempre estaba cerrada. Pero ella, apoyada en la pared de enfrente, trataba de imaginarla con su somnoliento rubor, respirando la tranquilidad de un hogar que creía tierno, soñando con vigorosos aleteos.

El día del traslado de su hija, Sara se esmeró en engalanar el comedor y en preparar una cena exquisita.
- De despedida, cielo. A partir de ahora empiezas una nueva vida- le repetía su madre, impidiendo que se le notase el miedo.
Melisa, sin embargo, estaba muy contenta terminando de empaquetar sus últimas estampitas.
- De vírgenes, cristos y catedrales- especificaba, si las visitas de su padre (su madre no invitaba a nadie) se interesaban por sus aficiones.
También, aunque lo encontraba inconfesable, guardaba algún que otro pequeño calendario con fotografías más profanas. De los que abundan en carnicerías o bares regentados por hombres rudos, de los que utilizan los abueletes para sacudirse las canas al son de: “Te iba a coger yo a ti, rubia, y te iba a… Y te iba a…” Y en ese momento se les acaba el sueño, de nuevo el pelo blanco y la rubia vuelve a no ser más que una vulgar foto de cartón plastificado.
Mientras Melisa se arreglaba para la cena, Sara se ocupaba de los últimos detalles. Confiaba en que su marido se retrasase. En que (al ser una noche especial) se detuviese a comprar pasteles o bombones. Sin embargo, Antonio no requería esas pequeñeces para que Sara oscilase entre la abnegación y la nulidad.
Su marido abrió la puerta de la cocina. No se había quitado la chaqueta, ni siquiera había dejado el maletín en el recibidor como acostumbraba. Tampoco había traído pasteles ni bombones. Emitió un saludo apático, apenas audible, y se asomó al comedor.
- Todavía está la mesa sin poner- gruñó.
- Enseguida, cariño. ¿Cómo te ha ido el día?- le preguntó ella con ternura.
- Peor que a ti, seguro. Yo cumplo con mis obligaciones. Tú…, sólo tienes que fregar y cocinar. Y ni siquiera lo haces a tiempo- le reprochó mientras sacaba una cerveza del frigorífico.
- Perdona. Tienes razón, pero es que…- trató de añadir enterneciendo aún más el tono de voz.
- No me vengas con excusas- le interrumpió él- Claro que…, las excusas son propias de los fracasados- le dijo con displicencia, sirviéndose la cerveza en un vaso.
Sara se acercó a él para besarle, sosteniendo una bandeja de aperitivos. Antonio le apartó la cara, cogió un trozo de jamón serrano y salió de la cocina con el vaso de cerveza.

Aquella noche, Melisa se puso un vestido elegante. Discreta, pero atractiva. Ella hubiera preferido un maquillaje más exagerado y un escote atrevido. Parecerse en algo a las chicas que tenía en los calendarios, pero no podía. No ante una madre tan pudorosa, que incluso en la playa se cubría con un enorme pareo.
- Las chicas tan resultonas acaban solteras. Los hombres de bien, como tu padre, no se casan con ese tipo de mujeres. Se acuestan con ellas, pero no se casan.
Se lo había escuchado repetir, siempre que alguna de sus compañeras de colegio llegaba de visita con la falda del uniforme por encima de la rodilla.
Madre e hija extendieron el mantel y distribuyeron los cubiertos. Mientras, Antonio consolaba su apetito con los entrantes de una bandeja.
Melisa era hija única. Varias veces le preguntó a su madre porqué no tenía hermanos, pero siempre obtuvo la misma respuesta:
- Dios no ha querido dárnoslos.
A lo que ella se preguntaba, si la decisión de Dios, la había tomado su padre o su madre.
Finalmente, Sara trajo los platos.
- La vajilla buena- solía decir ella -Son exclusivísimos, parecen de diseño- repetía con entusiasmo.
Melisa los encontraba demasiado bastos. Tenían un pájaro verdusco muy grande dibujado en la base, y ciento volando en una especie de ribete. Siempre los había mirado con cierta intranquilidad. El ojo negro, tan negro, del enorme pájaro le infundía un poco de miedo. Además estaba justo pintado sobre un pegote de cerámica, que le daba relieve. Es de un realismo insoportable, pensaba ella.

Cenaron espárragos con bechamel y codorniz asada, mientras hablaban en un tono insípido de las noticias que iba dando el telediario. Uno tras otro, desfilaron los abusos acompañados de una voz aséptica. Incluso ante las estadísticas de mujeres maltratadas, el presentador continuó hablando con su tono monocromático. Las cifras, en azul, aparecían sobre una tira vainilla en la parte baja de la pantalla. Nadie diría que representaban cadáveres.
Los tres utilizaban términos vacuos, que enfatizaban con el tono de voz, para suplir su falta de significado. Cada uno tenía su opinión al respecto, pero decirla supondría ser juez, víctima o verdugo.
Delante de su hija, la relación entre Sara y Antonio se caracterizaba por una tibieza desabrida. Melisa veía en ella tedio malhumorado, pero no le daba mayor importancia, que la correspondiente a dieciocho años de matrimonio.
Ante cuestiones polémicas, marido y mujer, se repartían la expresión “No hay derecho”, alternando los turnos en los que les correspondía decirla. El que permanecía en silencio, negaba con la cabeza. Su hija disfrutaba viéndolos comportarse como ventrílocuos. Una sonrisa de inmadura superioridad le iluminaba la cara.
Tomaron el postre, brindaron con un cava que se excedía de su presupuesto (normalmente Sara compraba el de oferta) y Antonio se escabulló hasta la sala de estar, zafándose de recoger la mesa.
- No pinto nada entre chismes de mujeres- se excusó.
Sin embargo, sobraban tanto la disculpa como la rudeza, pues nunca se había ocupado de las tareas domésticas.

Habiendo terminado el telediario, Melisa prefería evitar a su madre. Percibía en ella un deje quejumbroso (desproporcionado para su cómoda vida), que le transmitía una asfixia ridícula.
En cuanto tuvo la oportunidad, corrió a su dormitorio a llamar por teléfono. Buscó el número en la agenda y se quitó las sandalias, para tenderse sobre la cama.
Esa noche celebraban la fiesta de bienvenida en su nueva casa. Tenía que asegurarse de que Luisa, una de sus compañeras, le dejaría un vestido de satén negro, ajustado, y escaso de tela. Parecido a los de las rubias de sus calendarios.
Con él sobre la piel, no tardaría en encontrar un hombre que se lo quitase. Dieciocho años bajo una apariencia monjil le parecían infinitos.

Desde su habitación, oyó un estruendo. Por su magnitud, pensó que a su madre se le habrían caído varios recipientes.
Se despidió de Luisa, y salió al pasillo descalza. De camino, escuchó los ronquidos de su padre. Aunque le extrañó (que el ruido no le hubiera despertado), se acercó al recibidor con sigilo. El impacto había impulsado algunos trozos hasta allí. Por el color verdusco de la cerámica, supo que pertenecían a los platos.
Avanzó hacia la puerta de la cocina, procurando no pisarlos. Cuando se detuvo frente a ésta, vio junto a uno de sus pies un pedazo más o menos triangular. Un pegote negro sobresalía de la superficie. Era el ojo del pájaro, apuntando hacia ella.
Se asomó a la cocina y encontró a su madre de espaldas, en cuclillas. A su alrededor, estaban los pedazos más grandes de los platos. Junto a la alacena, se había precipitado una tajada de codorniz. Bajo la nevera, había caído un hueso.
Los ronquidos de Antonio comenzaban a disminuir, pero su respiración continuaba siendo abrupta.
Agachada como estaba, a Sara se le había replegado el jersey hacia las axilas. Su hija pudo verle los cardenales que asomaron. Melisa trató de encontrar una explicación al respecto. Intentó recordar si su madre se había caído hacía poco, si se lo había comentado… Sin embargo, durante los últimos días no había notado nada inusual en ella. Junto a su pie, a la altura de sus uñas, el ojo del pájaro.
Observó de nuevo la espalda de su madre, cuyo blancuzco quedaba interrumpido por ovoides difuminados. El color venoso de sus bordes, se teñía de morado al llegar al punto más intenso de cada golpe.
Sara se arrodilló, se sentó sobre sus pantorrillas y se quedó mirando los trozos de cerámica, apilados en una de sus manos.

Desde el cuarto de estar, llegó una tos seca, seguida de varios crujidos. Su madre se estremeció, como si una hilera de hojas secas se quebrase bajo su piel. Sin embargo los ronquidos retomaron el ritmo, escarpado por la tos.
Sara juntó dos pedazos de un plato, que se había partido por la mitad. El esmalte había quedado descascarillado, dejando ver la rotura. Su madre negó con la cabeza. Aun pegándolo, quedaría una hendidura demasiado vistosa.
Melisa miró la grieta. No sólo cruzaba el pájaro central, también interrumpía el vuelo de los pájaros del ribete. Ya no eran ciento volando, si no ciento. A través de la grieta, la realidad se colaba a raudales.
La espalda es el espejo de su alma, pensó ella. El que esconde ante mí, el que no confiesa el maltrato, por más que la amenacen con dejarla de espaldas al aire.
La respiración de Antonio se había ido atenuando. Parecía haber descendido un acantilado. Primero, a trompicones entre las rocas escarpadas. Después, deslizándose sobre los contornos erosionados. Ahora, comenzaba a escucharse de forma brumosa.

Sara seguía arrodillada, rodeada por la muerte de unos pájaros, que nunca habían agitado las alas fuera de la vajilla. Hasta el momento, Melisa había sobrevolado la vida, mirando sólo su espejismo. Lejos del idilio, le supo a cerámica y pintura acrílica; platos rotos y huesos desparramados.

- ¿Te…, ayudo?- Se atrevió a preguntar. En su voz temblaban las lágrimas, como si pendiesen de su garganta, resistiéndose a caer.
Su madre se incorporó, girándose hacia ella. Estiró el jersey hasta el inicio de la cadera, y situó las costuras laterales para acomodarlo a la forma de su cuerpo.
- Deja. Ya lo barro yo, cielo.
Melisa sintió que las lágrimas le inundaban la garganta. La humedad le desgarraba la voz.
- No quieres que… ¿No quieres…, que haga nada? ¡Necesitas ayuda!- Insistió Melisa.
Sus brazos contra el pecho, trataban de contener el llanto ante una realidad drástica, inimaginable.
- Haz el favor de calzarte- le advirtió-, no está el suelo como para que lo toques con los pies.
Su hija se acercó, sorteando los platos rotos. Abrazó a su madre y apoyó la cabeza sobre su hombro. Melisa comenzó a llorar.
- Quiero quedarme a tu lado- Le dijo entre sollozos- Juntas lo superaremos.
Le cogió la mano, como hacía de pequeña antes de saber andar. Se la apretó con fuerza, transmitiéndole la intensidad de su sentimiento.
- Mi vida…- Sara le besó.
No sabía qué añadir, estaba confusa. Durante años había construido un edén para su hija, y ahora la veía abrir la mandíbula, pegar los dientes a la cáscara, contraer los labios y morder la manzana.
Melisa soltó la mano de su madre, la puso bajo su barbilla, y le irguió la cabeza con suavidad, hasta que las dos se miraron de frente.
- Mi vida…-Desvió la mirada hacia la puerta- Ignoras…- Un fuerte ronquido la interrumpió, el aire quedó apelmazado en el ruido- Ignoras las amenazas…- Continuó bajando el tono de voz- Toca el suelo con los pies, y te hará daño.

El ruido soltó el aire, segándolo como una cuchilla. La tos de Antonio se escuchó de nuevo.

Paloma Petschen

Los acralontes

Érase una vez una pequeña civilización que habitaba al sur del mar Egeo, en una pequeña isla al sur de lo que hoy es Grecia. La civilización de la que hablamos se hacía llamar los "Acralontes". Su población no llegaba a ser de más de 150 habitantes, pues intentaban controlar el índice de la natalidad con el de los fallecimientos. Eran bastante longevos; ya que podían llegar a vivir cientos de años sin apenas tenían enfermedades. Llevaban una vida sana, sin ajetreo, y tengo que añadir que su clima era el ideal, con unos inviernos cálidos y unos veranos frescos, motivos que seguramente alargaban sus vidas.

Toda la comida se la proporcionaba el mar; por lo tanto el sector económico más importante era la pesca. También cultivaban hortalizas y otros alimentos, pero las cosechas no eran lo suficientemente buenas como para poder vivir del campo y lo que producían era, frecuentemente, para el consumo propio. También tenían algunos animales; pero no los usaban como fuente de alimentación; sino como animales domésticos o de carga.

La población estaba dividida en tres pueblos: Astipalea, Mikonos y Syros. No había ningún tipo de disputa entre ellos y la convivencia era perfecta.

Para ellos, los edificios que tocan el cielo y las grandes empresas no existían, ya que con una sencilla casa de barro y un pequeño patio con jardín les era suficiente para llevar una vida más tranquila y saludable.
Tampoco existían los coches, ya que los trayectos entre los pueblos eran muy cortos y en pocos minutos la isla podía ser recorrida en su plenitud. Una de las claves de su buena vida y de su escasez de problemas físicos era que no conocían la polución, ni la contaminación, ni el efecto invernadero, ni todos esos desastres medioambientales.

Para ellos, el tabaco no existía, pero sí poseían una especie de planta que cultivaban en grandes cantidades, que les despertaba y les hacía estar más activos. Tampoco conocían el dinero; con un simple trueque les bastaba para adquirir nuevas cosas. Hacían mercado dos veces al mes. En él se reunían todos los vendedores con sus mejores productos dispuestos a hacer todos los cambios oportunos para conseguir vender su mercancía y adquirir lo que precisaban. Este mercado se realizaba en la plaza de Syros, que era el lugar donde se reunían también para celebrar cualquier tipo de evento religioso, cultural...

En cuanto a su religión debemos decir que mostraban su fe hacia los elementos de la naturaleza: el sol, el mar, la tierra, el fuego.... No tenían dioses, y rezaban para que el tiempo les acompañase, las cosechas fueran buenas, los bancos de peces fueran abundantes y no hubiese ninguna inundación o catástrofes naturales.

En cuanto a su organización social hay que decir que no tenían reyes, ni esclavos. La sociedad se dividía en tres grupos: los Lipsus ( la persona que trabajaba para después vender sus productos ) , Patmos ( la persona que trabajaba y que utilizaba sus productos para su propio uso) y los Naxos ( personas que habían cometido algún tipo de infracción ) .

Los Naxos tenían unas leyes que debían de ser cumplidas, eran más bien sencillas, y tenían unos encargados para decidir quién los cumplía y quién no.
Las faltas más graves podían ser castigadas con una pena de mazmorra. Pero si algo hay que destacar de esta civilización era su buen comportamiento y su madurez; ya que pocos eran los que incumplían la ley, pues sus vidas eran muy cómodas y con pocos sobresaltos.

La historia de los acralontes había sido muy breve; es decir, no hacía mucho tiempo de su origen, pero su desarrollo había sido muy rápido y constante. A pesar de que vivían de la pesca básicamente, nunca se habían planteado ir en busca de otras tierras. Una de sus ideas era que si el resto de la civilizaciones se enteraban de su existencia, se interesarían por ellos y seguramente les quitarían su integridad y con ello llegaría su destrucción. Eran capaces de construir barcos que aguantaran largas travesías sin hundirse, sus ideas conservadoras les impedían probar suerte fuera de su isla.

Pero claro, como en todos los lugares, allí también había alguien con un espíritu emprendedor y con ganas de vivir aventuras. Sobre todo quería conocer otros mundos porque le aburría hacer siempre lo mismo, en el mismo lugar, a la misma hora , dentro de la misma isla. Este Acralonte se llamaba Argos y era un joven marinero, hijo de Lipsus ( es decir, trabajadores que vendían su producción ). Su padre se llamaba Crigor y era pescador de toda la vida, gran conocedor de las aguas del mar Egeo, pues más de tres cuartos de su vida los había pasado navegando.

Estos conocimientos se los había transmitido a su hijo, pero Argos aparte de conocer las aguas, también quería conocer otras tierras. Estos deseos se los comunicó a su padre quien muy preocupado no quiso ni apoyarle, ni desanimarle. Le dijo que podían someterle a un juicio, ya que los acralontes no querían conocer tierras nuevas y además, a cualquiera que saliese de la isla en busca de nuevos horizontes, le quitaban sus intenciones con unos meses de castigo dentro de las mazmorras. Por otro lado, nunca podría ir solo pues necesitaría una pequeña tripulación de confianza, y en ese momento había muy poca gente que quisiera jugarse la vida por conocer horizontes nuevos.
Argos le dijo que no se preocupase, que él se encargaría de buscar unos buenos marineros con ganas de aventuras, y con la confianza suficiente como para que no se lo contasen a nadie para que no se corriese el rumor por la isla. El padre no sabía cómo arreglárselas para que su hijo no hiciera esa locura y pensó que lo mejor sería que al propio Argos se le fueran las ganas de llevar a cabo su propósito.

Dos meses más tarde, cuando su padre había olvidado por completo las intenciones de su hijo, Argos le dijo que tenía pensado partir al cabo de dos semanas. El padre sorprendido le respondió que, o conocía a la tripulación, el barco y la zona por donde tenía planeado navegar, o que de ninguna manera le dejaría marcharse de casa. Argos le dijo que no había ningún problema, pues al día siguiente le mostraría la nave, la tripulación y los planos de navegación. Argos durante estos dos meses había estado ideando todo acerca del viaje y tenía todo bien dispuesto.

Al día siguiente Argos llevó a Crigor al puerto y le enseñó un barco no muy grande, de unos 15 metros de largo y 6 de ancho. En el centro tenía un gran mástil con una torreta en la parte superior.
El barco, según dijo el padre, no parecía malo, así que le dijo que le echaría un vistazo para mejorar algunos defectos.

El día siguiente Argos llevó a Crigor al puerto de nuevo donde se encontraban sus cuatro acompañantes de viaje. Uno de ellos se llamaba Granica, era alto y robusto, con muchas horas de experiencia en el mar. El segundo era Cíclades, bajo y gordito pero sabía interpretar muy bien los mapas y las estrellas, mediante las cuales se podrían orientar. El tercero se llamaba Jónico, era el más joven de todos, pero el que más ganas tenía de partir y de encontrar emociones nuevas. Y por último estaba Corfú, que era el mejor amigo de Argos y quien le acompañaba a todos los sitios sin dudarlo en ningún momento. El padre quedó satisfecho y convencido de que la tripulación que llevaba no le fallaría a su hijo y que le ayudarían en situaciones peligrosas.
Un día más tarde Argos le enseñó los planos que había estado preparando los últimos dos meses en su habitación. Aparecían todos los detalles de los alrededores de la isla y también había trazado unos caminos que supuestamente iban a ser los que iba a seguir para descubrir una tierra nueva.

Cuando su hijo acabó de enseñarle todo a Crigor, tuvo que reconocer que lo había hecho muy bien y que lo único que le quedaba era que la aventura se desarrollara bien, sin que sufriesen ataques de animales marinos, y que la mar les respetase. Para ello, Crigor pasó las últimas dos semanas rezando y haciendo ofrendas a sus dioses, que eran las fuerzas de la naturaleza, para que favoreciesen a su hijo durante su ausencia de la isla.

Para Argos las últimas dos semanas antes de su viaje fueron las más largas de su vida. Por una parte, le daba muchísima pena dejar su tierra, sus costumbres, su familia, quién sabía si volvería algún día... Pero por otra parte, no podía estar quieto en casa, no quería que su vida fuese tan simple, quería pasar a la historia por haber descubierto alguna civilización o alguna nueva tierra y, a la vez, relacionarse con seres nuevos; aunque su raza estuviese en contra de simpatizar con ellos.

Esos quince días pasaron y llegó el día de zarpar. Nadie fue a despedirlo; ya que habían ocultado la expedición que iban a realizar, porque sabían que si el resto de los acralontes se enteraban de sus intenciones iban a tener serios problemas para seguir adelante. Así que se abrazó a su padre y se despidió con un sencillo "hasta pronto". Soltaron amarras y zarparon rumbo hacia el norte.

En las bodega del barco llevaban una gran cantidad de alimentos y de agua, incluido un liquido parecido al vino y otro parecido a la cerveza, pero sin alcohol. Llevaban un pequeño botiquín de auxilio con algunas medicinas naturales para cualquier imprevisto que surgiese y un pequeño bote salvavidas en el que podrían entrar unas tres o cuatro personas, cinco a lo sumo.
El tiempo y la mar serían buenos durante los primeros días de viaje según oyeron algunos que estudiaban la luna y su influencia en la climatología. En la primera ruta que tomaron no encontraron absolutamente nada, tampoco en la segunda, ni en la tercera, ni en la cuarta. Al cabo de tres semanas estaban casi desesperados, pues no sabían que el estar tanto tiempo sin pisar tierra firme iba a ser tan duro.

Aún así no querían rendirse y siguieron explorando, esta vez sin seguir ningún plano, más bien abandonados a la suerte.

Amaneció una mañana clara, con pequeñas brumas; de repente Jónico dió un grito impresionante y poco le faltó para caer desde la torreta de vigilancia. Decía que media milla al noroeste había visto una peñón, y estaba seguro de que no era su isla. Argos quedó impresionado y subió corriendo hacia la torreta para asegurarse de lo que Jónico había afirmado. Era cierto. Pusieron rumbo hacia el noroeste y en un par de horas llegaron. Era una tierra muy verde, mucho más que la suya, aparentemente deshabitada, pero increíblemente bella. Decidieron tomar tierra, aunque sabían que no se podían quedar allí mucho tiempo, ya que andaban muy justos de alimentos. Hicieron un reconocimiento muy rápido de la isla y lo único que encontraron fue un gran monte en el centro y mucha vegetación a su alrededor.

Para sorpresa de ellos, en poco tiempo se nubló el cielo y comenzó a llover violentamente. Fueron corriendo al barco y soltaron amarras para que las olas que se habían levantado no dañasen el barco. Salieron mar adentro, Argos muy nervioso apuntó las coordenadas en las que supuestamente se encontraba aquella extraña tierra y se refugiaron los cinco en la bodega. El barco parecía una montaña rusa, se tambaleaba muchísimo y los cinco hombres pensaron que nunca jamás volverían a ver el sol.

La tormenta se alejó a gran velocidad barriendo todo lo que encontraba a su alrededor. Los malos augurios que los marineros se temían se habían disipado al ver que el sol volvía a lucir con intensidad. El único
daño que había sufrido el barco se había producido justamente en la torreta, que estaba rota por la mitad; por lo demás, la nave estaba intacta.

Cuando se relajaron, decidieron volver a casa en busca de nuevos alimentos y con su gran noticia. Además ahora, ya sabían el camino y en unas semanas podrían volver y descubrir lo que tanto deseaban: una tierra verde nueva y quién sabe si una civilización nueva.

Según decían todos sus mapas y planos, en dos semanas y media deberían estar en su isla, pero no fue así. Todos sospechaban que se habían equivocado de dirección y que estaban totalmente perdidos en medio de un gran océano. Estaban muy confusos y nerviosos; así que volvieron a revisar los mapas.

Buscando mapas entre los cajones del barco, Argos encontró un papel con información sobre astronomía. En ese mapa aparecía la colocación de las estrellas vistas desde su isla.

La noche llegó y todos esperaban ansiosos la explicación de Corfú, pues era el único que sabía algo de astronomía. Estuvo observando el cielo y comparando los mapas durante unos minutos y, sin dudarlo ni un momento, dijo que estaban encima de su isla. Aquel lugar debía ser su isla, pero allí no había nada. Comenzaron a preocuparse por sus vidas y por la de sus paisanos.

Todos hacían sus cávalas sobre qué podía haber ocurrido, cuando Granica, , dijo que quizás la tormenta había llegado hasta su isla y la había devorado.

Al principio todos dieron por imposible esa opción, pero al final se dieron cuenta de que seguramente eso fue lo que ocurrió. La tormenta habría ido cogiendo fuerza a medida que avanzaba y cuando llegó a su tierra, la hundió como si de un barco de papel se tratara, sin que sus habitantes pudieran hacer nada.
Durante unas horas navegaron a la deriva, totalmente desolados y sin ánimo de hacer nada. De repente a lo lejos vieron unas luces. Se acercaron lo más rápido posible y observaron que eran unos habitantes de su isla. Estaban en un barco semidestruido, pero seguían vivos. Eran nueve, cinco mujeres y cuatro hombres. Para Argos encontrarles fue un alivio; entre otras cosas porque tenían alimentos y agua suficiente como para volver a llegar a la tierra nueva.

Se montaron todos los náufragos en el barco de Argos y les contaron todo lo que había ocurrido. Unas grandes olas habían desolado la isla, acompañadas de una gran tormenta con rayos y truenos, con granizos del tamaño de una nuez. Todo ello unido contribuyó a la desaparición de la isla. Ellos les contaron cómo habían salido en busca de una nueva civilización y aunque los náufragos se quedaron sorprendidos, en ese momento les dió igual todo y partieron rumbo a Tierra Nueva.

Fue una auténtica suerte que ese grupo de hombres y mujeres consiguiesen salir de la isla con vida. Argos estaba muy feliz a pesar de haber perdido a sus seres queridos porque iba a poder llegar a Tierra Nueva y descubrir lo que allí había. Al cabo de una semana y media llegaron a unos grandes acantilados. Amarraron el barco en una pequeña playa que allí había y decidieron hacer de exploradores.

Se dirigieron directamente al centro, donde se situaba la montaña más alta que habían visto nunca. Decidieron llamar a la tierra que habían encontrado "ESPERANTO" ya que esperaban que significase el comienzo de una nueva civilización llena de esperanza; además, era muy verde y el verde significaba el color de la esperanza.

En Esperanto no tuvieron problemas para alimentarse, ya que había todo tipo de frutas en los árboles y muchos manantiales en los que beber agua. La tierra era increíblemente verde y fértil.
Decidieron subir aquella montaña para poder observar la extensión de aquella tierra. Les costó subir, pero al llegar mereció la pena, ya que las vistas eran magníficas. Esperanto era una extensión de tierra sin fin y decidieron quedarse a vivir al pie de la montaña, cerca de un río.

Allí crecieron año tras año las raíces de una gran civilización. La crearon perfeccionando los errores que tuvieron en su pequeña isla. Descubrieron que en el mundo no estaban solos, y que solos tampoco podían vivir.

Quién sabe si en estos momentos están creando una nueva civilización más pura que las anteriores en algún lugar desconocido del planeta....

FIN

Koldo Ayesta Zaballa
2º Premio en el XIV Certamen de Relato Corto Categoría infantil del Ayuntamiento de Llodio