El regreso de Álvaro de Campos

Entra un hombre. En el café vacío cinco mesas, cuatro sillas alrededor de cada una de ellas. Una solitaria bombilla colgada del techo muestra su desnudez y apenas da luz suficiente para alumbrar debidamente el destartalado local. El camarero, que está detrás de la barra y a la vez apoyándose en ella, lee tranquilamente el periódico, sin molestarse en recoger los diversos servicios que yacen abandonados sobre los veladores.
Oscuridad, desorden. Es delgado, no muy alto, un metro setenta y cinco centímetros, con ligera tendencia a encorvarse, moreno de piel, pálido, cabello liso peinado con raya lateral. Tiene un vago aspecto de judío portugués.
El camarero deja el mostrador, se acerca al recién llegado, que se ha acomodado en una silla, junto a una ventana, frente al único velador que no tiene nada sobre él.
–Un oporto, por favor.
Y mira a la calle a través de la ventana. El camarero se aleja y vuelve enseguida con un oporto, cosecha 1916.
Al caer la noche es cuando más bella está la ciudad. Lisboa parece recobrar su antiguo esplendor. Es como si en la noche el tiempo no hubiese transcurrido. Uno tiene la sensación de que las viejas naos, las carabelas, los galeones aún están en el puerto. Recién llegados de Brasil, de África o de las Indias Orientales con sus exóticos cargamentos: té, café, pimienta, seda, perlas, oro. Es a esa hora cuando la brisa marina penetra profundamente en la ciudad, tiñiéndolo todo con su humedad salobre. Es también a esa hora cuando los barrios más populares, los que están más cerca del puerto, se cubren con el olor del aceite de oliva friéndose. Y uno puede deleitarse sintiendo, cual si lo tuviera en la boca, el sabor del pescado recién cocinado. Fue a esa hora cuando él se marchó para no volver en años. Autoexiliado en sí mismo, en su sensibilidad poética, partió, también físicamente, hacia el Norte. Ahora volvía, a la misma hora, al atardecer.
Estuvo aún un rato en el café, antes de salir de nuevo; durante ese tiempo tomó tres oportos. Por fin encendió un cigarrillo, se acercó a la barra, pagó y salió de nuevo a la calle. Allí inspiró con fuerza una bocanada de aire marino y elevando la cabeza lo espiró con lentitud. Luego se dirigió en busca de otro lugar, donde podría seguir tomando vino, consigo a solas, tranquilamente.

Juan Vicente López Ronquillo Barcelona. Profesor de Secundaria de Filosofía.