Nuestro amigo común

Hace doscientos años, el 7 de febrero de 1812, nació en Portsmouth el escritor inglés más unánimemente celebrado tras William Shakespeare. Fue bautizado como Charles John Huffam Dickens Barrow y su primer apellido se transformaría pronto en uno de los sinónimos de la felicidad. Basta con pensar en Dickens para viajar a un lugar mejor, ese territorio en el que conviven las calles cuesta arriba que fatigaron a Oliver Twist y Philip Pirrip, los callejones oscuros donde aguardan Fagin y Daniel Quilp, las plazas soleadas en las que ríen a pleno pulmón Samuel Pickwick y Wilkins Wicawber.

El mapa de ese territorio coincide de un modo asombroso con el mapa del alma humana. Se entiende que Taine llamase a Dickens «el maestro de todos los corazones». El dibujo de esa cartografía es verdadero y un tanto desmañado, aparece lleno de sabiduría, fuerza y compasión. Su factura convierte a Dickens en uno de esos gigantes que parecen haber asistido a la fundación del mundo y haberlo comprendido todo desde el comienzo. La obra de Dickens consigue cierto efecto mágico que distingue a los grandes clásicos: el inexplicable aroma a recién hecho, el fuerte carácter fundacional.Imagen de  Charles Dickens

Como ocurre también con los grandes clásicos, Dickens es más una experiencia que una lectura. Y suele estar al comienzo de todo. El también escritor George Gissing, por ejemplo, explicaba su encuentro con Dickens en términos casi mágicos: «En uno de los destellos de mi infancia que resulta más claro y recurrente, veo sobre la mesa de una habitación de mi casa un libro delgado con una cubierta verde de papel en la que se lee 'Nuestro común amigo'. Yo solo podía conjeturar qué significaba ese título, pero aquel libro delgado me impresionaba y despertaba mi más aguda curiosidad. Sabía que había sido recibido en casa con sonrisas de bienvenida y asociado a él iba un nombre, el de su autor, del que desde el principio de las cosas yo había escuchado hablar con el mayor respeto, con la mayor admiración».

No hay duda de que, como señala Gissing, Dickens siempre tiene algo de recuerdo de infancia, y eso es magnífico y al tiempo peligroso. En su impresionante ensayo sobre Dickens de 1941, Edmund Wilson advierte del riesgo de que el inglés se convierta en «una broma familiar, un plato favorito, un rito navideño». Wilson reivindica con la contundencia habitual que Dickens fue ante todo un extraordinario artista, un escritor que marcó el devenir de la literatura. El crítico americano recuerda que, cuando a Bernard Shaw le atribuían la influencia de Nietzsche e Ibsen, respondía resoplando y dando el nombre de Dickens. Y Wilson también insinúa que es probable que Dostoievski no hubiese escrito nunca 'Crimen y castigo' si veinte años antes Dickens no hubiese hecho en 'Martin Chuzzlewit' el pormenorizado retrato psicológico de un asesino.

Epígonos

La influencia de Dickens es tan poderosa como inesperada. Abarca todo el planeta y se extiende tozuda en el tiempo. Hoy una lista apresurada de 'dickensianos' confesos incluiría a Dostoievski -que situaba 'Pickwick' entre «lo más bello de este siglo»-, Somerset Maugham, John Irving, Edgar Allan Poe, Tom Wolfe, Chesterton, Zadie Smith, Charles Palliser y George Orwell.

Pongamos dos ejemplos. El checo Franz Kafka escribe en sus 'Diarios' de 1911 que Dickens es el modelo que intenta seguir, sin demasiada suerte, mientras trabaja en 'América': «La riqueza de Dickens y el fluir poderoso y sin escrúpulos (...) Salvaje la impresión del todo absurdo, una barbarie que yo, sin embargo, he evitado debido a mi debilidad y a mi condición de epígono».

Demos un salto en el tiempo y veamos cómo un siglo después, en 2010, el español Javier Calvo comienza su novela 'Corona de flores' con un rendido guiño 'dickensiano': «Corren los mejores tiempos, corren los peores tiempos, es la era de la sabiduría, es la era de la estupidez, es la época de la fe, es la época de la incredulidad, es el tiempo de la Luz, es el tiempo de la Oscuridad, es la primavera de la esperanza, es el invierno de la desesperación...». Se trata del arranque, letra por letra, de 'Historia de dos ciudades'.

Influencia española

La influencia de Dickens en la literatura española es casi inmediata y tiene que ver directamente con Galdós. Con 24 años, el autor de 'Los Episodios Nacionales' traduce 'Pickwick' para el periódico madrileño 'La Nación'. Según parece, Galdós hace su traducción a partir de la versión francesa del libro de Dickens y el resultado es bastante espantoso. No lo es en absoluto el prólogo que precede a esa traducción. En él, el joven Galdós declara su rendida admiración por el maestro inglés: «El más popular de los novelistas ingleses, el que con más belleza y exactitud ha pintado los hermosos cuadros de la vida inglesa, dando vida por el estilo y la narración a innumerables caracteres es Carlos Dickens».

Además de dar el dato llamativo de que Dickens tiene «diecinueve mil duros de renta», Galdós compara al inglés con el resto de grandes novelistas del XIX y lo declara sin reservas ganador a los puntos. Es evidente que el perfil literario, y también moral, que el joven Galdós hace de Dickens es al mismo tiempo una tentativa de poética personal: «Difícil es dar una idea de la maravillosa aptitud de Carlos Dickens para comprender el corazón humano y retratar al vivo sus grandes borrascas, sus expansiones de ternura y amor».

Galdós señala que Dickens es un «observador benévolo» que, para conseguir sus objetivos artísticos, «se vale de dos medios igualmente eficaces: o conmueve al lector con la pintura patética de las pasiones, con la sentida exposición de lástimas y desventuras, o le hace reír cultamente, zahiriendo con lo ridículo y lo cómico, que brotan en inagotable raudal». Obsta señalar que la mezcla del drama con el humor será también uno de los rasgos del genio de Galdós, un escritor en el que hay sitio para la mayor finura sentimental y también para la grotesca caricatura.

Gorila genial

Sin duda, otro de los rasgos que unen a Dickens con Galdós es la capacidad para atrapar en sus libros el espíritu de una época, para completar y conservar en ámbar el reverso humano de la historia. Tras la muerte de Dickens, la prensa inglesa repitió que desaparecía el autor de los libros a los que la gente recurriría para saber cómo vivían realmente los ingleses de aquel tiempo. Resulta evidente que Galdós juega el mismo papel en la tradición española. Tanto en los 'Episodios Nacionales' como en el resto de novelas galdosianas permanece intacto el alma de una época y de un país. Si es imposible adentrarse en algunas calles del viejo Londres y no pensar en Oliver Twist, es imposible no pisar el viejo Madrid sin recordar a Fortunata.

El otro gran dickensiano de la literatura española es Pío Baroja. En sus memorias, Baroja le dedica al inglés elogios extraños, pero muy barojianos, llamándole cosas un tanto increíbles, como «gorila genial» o «clown sublime». En cualquier caso, la admiración de Baroja por Dickens fue tan clara como manifiesta. El Londres de 'La ciudad de la niebla' es un Londres totalmente dickensiano. Y cuando en 1906 Baroja pasó algunos meses en la ciudad inglesa lo hizo con la intención de conocer los escenarios de Dickens. Así lo repite el vasco en el tercer tomo de sus memorias. No es casualidad, por tanto, que muchos de los periodistas y estudiosos que visitaron las diversas casas en las que vivió Baroja señalen que en aquellos estantes, incluso en la mesilla de noche, abundaban las versiones francesas de las obras de Dickens.

Suele decirse que 'Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox' es la obra más dickensiana de Baroja. Desde luego, resulta imposible no encontrar en ella el esqueleto de 'Pickwick', esa concatenación vagamente filosófica de episodios estrafalarios, y también su pintoresca fauna de chiflados en busca de no se sabe muy bien qué. Resulta curioso comprobar que al comienzo de 'Pickwick' Dickens se refiere a los papeles del club como un registro fiel de las «deambulaciones, peligros, aventuras y transacciones deportivas» de los socios. La sucesión de sustantivos recuerda tanto al título de la novela protagonizada por Silvestre Paradox, que da la sensación de que la imposible influencia de Baroja en Dickens es evidente.

Son las cosas que ocurren cuando la influencia de un autor en otro lo suficientemente bueno supera lo anecdótico y se convierte en sustancial. El lector español experimenta el mismo efecto, por ejemplo, cuando se adentra por primera vez en la tienda de antigüedades del abuelo de Nell Trent. La primera sensación es que aquel lugar oscuro, polvoriento y secreto, lleno de cotas de malla, tallas imponentes, cacharros, cuadros, «figuras de porcelana, hierro y marfil. tapices y piezas de mobiliario que parecían concebidos durante un sueño» es, antes que cualquier otra cosa, tremendamente barojiano.

Ranking imposible

La obra de Dickens es amplia y mucho más diversa de lo que pueda parecer a simple vista. Escribió alrededor de veinte novelas y un buen número de relatos, algunos de ellos de una modernidad y perfección asombrosas. También dio a la imprenta artículos, ensayos y poemas. Si pusiésemos a un grupo de expertos a dilucidar cuál es la mejor novela de Dickens, comprobaríamos que ninguno de ellos alberga la más mínima duda al respecto. A continuación, ninguno pondría sobre la mesa el mismo título que sus compañeros.

Para muchos, el mejor Dickens está en 'David Copperfield'. Tolstoi, por ejemplo, situó el libro en la cima de Dickens y a Dickens en la cima de los escritores ingleses de su tiempo. Sin embargo, hay quien prefiere 'Grandes esperanzas', que es, en cierto modo, la hermana pequeña de 'David Copperfield'. Y están los que consideran que 'Oliver Twist' aventaja en emoción a las dos novelas anteriormente citadas.

También está quien considera que el gran libro del periodo medio de Dickens, 'Casa desolada', es el mejor de toda su producción. En esa novela Dickens se aleja de las tramas melodramáticas y consigue combinar la narración policíaca con lo que Edmund Wilson llama «la fábula social». Kafka, Thomas Mann y James Joyce están en un libro que no puede ser revisitado desde una perspectiva adulta sin sorpresas. ¿Y podemos olvidar novelas del peso de 'Grandes esperanzas', esa especie de novela rusa inglesa, o 'Historia de dos ciudades'? Hacerlo sería tan injusto como olvidar la quijotesca, enorme y descacharrante 'Pickwick', que para muchos es, sin ninguna clase de dudas, la mejor novela de Dickens.

Pero tampoco podemos dejar a un lado la gran novela sobre el dinero, 'Nuestro común amigo', texto de gran perfección técnica que, además, supera en audacia a muchos de los autores contemporáneos que se enfrentan al mismo asunto. Y no estamos teniendo en cuenta 'La pequeña Dorrit', con su profundidad psicológica, o la satírica y agridulce 'Nicholas Nickleby'.

Quizá resultase más sencillo decidir cuál es el personaje más conseguido de todos cuantos habitan la obra de Dickens. No en vano T.S. Eliot escribió que Dickens conseguía construir personajes inverosímiles que resultaban más reales que las personas reales. Y Chesterton señaló que el gran mérito de los personajes de Dickens consistía en enseñarnos que la gente corriente es extraordinariamente compleja y extravagante. El talento de Dickens en ese aspecto fue tal que muchos de sus personajes han derivado en arquetipos. Hoy se es, y no solo en el mundo anglosajón, tan avaro como Fagin y tan optimista como Mr. Wicawber, aquel hombre que siempre decía «¡Algo surgirá!» cuando venían mal dadas.

¿Sería Oliver Twist la gran criatura dickensiana? ¿Tal vez el perverso y redimible Mr. Scrooge? ¿O quizá Daniel Quilp, aquel monstruo de «sonrisa fantasmal»? ¿Y el sanchopancesco Sam Weller de 'Pickwick'? ¿Y la pequeña Nell del 'Almacén de antigüedades'? Probablemente hacer el ranking de las obras y los personajes dickensianos sea un empeño tan complejo como inservible.

Debería bastarnos que Dickens fue, sencillamente, el hombre capaz de escribir todos esos libros y de crear a todos esos personajes inolvidables. De hacerlo, además, a lo largo de una vida llena de extenuación, problemas, depresiones y contratiempos. Como ocurre con Shakespeare, todo está en Dickens. Se puede volver a su obra una y otra vez, siempre con fascinación, siempre con aprovechamiento. El bicentenario de su nacimiento puede ser una buena ocasión para volver a citarnos con Charles Dickens, nuestro común amigo.

Pablo Martínez Zarracina