El Mar de Manegat

 


  

 


 

JULIO MANEGAT

 

Julio Manegat en el año 1973 (de obras selectas)

 Retrato de Julio Manegat

 

 

Luis Ignacio Manegat de Urmeneta, hijo de Julio Manegat, periodista y escritor, en los apuntes del libro que está preparando, sobre los personajes ilustres de la familia Manegat, presenta así a su padre:

“Mi padre nació en Barcelona el 4 de enero de 1922. Hijo del periodista y escritor Luis Gonzaga Manegat Jiménez (2), se licenció en Filosofía y Letras y cursó los estudios profesionales de Periodismo. En su dilatada labor como periodista destacan los siguientes aspectos:
Colaborador en El Noticiero Universal desde 1946, y colaborador fijo, como crítico literario desde 1952. Redactor de dicho diario desde enero de 1953, articulista, crítico literario y teatral. Colaboró en numerosos diarios, revistas, emisoras radiofónicas y en Televisión Española.
Tiene más de 150 volúmenes de artículos publicados. Fue director de La Escuela Oficial de Periodismo de Barcelona desde su reinstauración en 1968 hasta su extinción diez años más tarde al crearse la Facultad de Periodismo.
En varias ocasiones ha sido miembro de la junta directiva de la Asociación de la Prensa de Barcelona, de la que durante cuatro años fue vicepresidente primero.

Julio Manegat (Barcelona junio 2006)

Entre los premios obtenidos destacan:

Premio “AHR” a la labor de crítica literaria, de carácter nacional

Premio Nacional de Teatro por la labor de crítico teatral

Premio “Manuel de Montoliu” por la labor de crítica literaria, y numerosos premios en concursos de artículos, cuya numeración sería muy prolija.

Obras teatrales y literarias: En su labor literaria destacan en teatro una veintena de obras escritas.

Estrenadas las siguientes:
El viaje desconocido
Todos los días
El silencio de Dios
Los fantasmas de mi cerebro (en colaboración con el escritor José María Gironella)
Quirófano B
Antes, algo, alguien….

En novela, las obras:

La ciudad amarilla
La feria vacía
Maíz para otras gallinas
El pan y los peces
Spanish Show
Cerco de sombra
Amado mundo podrido, etc.

En narrativa :

Historias de los otros
Ellos siguen pasando.

En poesía :

Canción en la sangre

En ensayo

La función crítica de la prensa, y en teatro (publicado) Todos los días, El silencio de Dios, y Els nostres dies.

Premios obtenidos por su labor literaria:

“Ciudad de Barcelona”, con la obra La feria vacía

“Selecciones Lengua Española”, con El pan y los peces

“Ciudad de Gerona”, con Maíz para otras gallinas

Nacional de Teatro de la Real Academia Pontificia de Lérida con la obra Antes, algo, alguien…

Pensionado de Literatura por la Fundación Juan March

“Hucha de plata” y “Hucha de Oro” por la narración El coleccionista

Sus novelas La ciudad amarilla e Spanish Show fueron finalistas, a un voto de distancia del ganador, del premio “Planeta”.

Julio Manegat fue durante cinco años secretario del Ateneo de Barcelona; fundador del Premio de la Crítica; miembro del jurado de innumerables concursos literarios y teatrales de carácter nacional; conferenciante en ateneos y cursos culturales de gran parte de España.
Algunos de sus libros han sido traducidos a varios idiomas. Ha prologado diversas obras de autores españoles y extranjeros.

En la actualidad, a sus 83 años sigue escribiendo prácticamente todos los días. Pluma y vieja máquina de escribir...”

Le gusta navegar a vela, tallar madera y pintar, pero nuestro escritor afirma que hace muy mal las tres cosas.

 

 

De pie: Antonio Rabinad, Manuel Pujales, Beatriz Doumerc, Maria José Buixó (mujer del Pere Voltes), José Carol, Miguel Reija Garrido, Àngels Cardona, Carme Comas, Jesús Martínez Cajal, Anna M Pi Buixeda, Ramón Gil Novales, Felio Antonio Villarrubias, Montserrat Conill, Julio Manegat, la sobrina de Mercedes Salisachs, Rosa Katz, Juana Trullás, Rafael Abella, Enrique Badosa. Sentados: Jean Schalekamp, M. Teresa Llobert (esposa de Jordi Colomer), Marcela Sánchez Coquillat, Roser Berdaguer y José M. Portugués

La Asociación Colegial de Escritores de Cataluña (ACEC) ya cuenta entre su familia con los Socios de Honor. Son los 31 asociados de la primera promoción, que en un acto sencillo pero emotivo celebrado en el Ateneu Barcelonès el pasado 12 de diciembre de 2007, fueron nombrados Socios de Honor de la entidad. La iniciativa, impulsada por la Junta Directiva, tenía como objetivo reconocer la trayectoria de este grupo de escritores y traductores, que creyeron desde los inicios en la existencia y funciones de la ACEC.

Su padre Luis G. Manegat

 

Luis G. Manegat Giménez nació en Barcelona el 13 de diciembre de 1888, fue escritor y periodista. 

Empezó a publicar sus primeros cuentos en 1912 en “El Noticiero Universal” y en “La Vanguardia”. En 1926 ingresó en la Redacción del diario vespertino y en 1952 fue nombrado Director de “El Noticiero Universal” hasta su jubilación en 1960.
Escribió y publicó una treintena de libros, más de 200 cuentos y varios millares de artículos en la prensa diaria y en revistas.
Fue condecorado con la Cruz de Oficial del Mérito Civil en 1954.
Fue nombrado Periodista de Honor en 1956.

Biografía que escribió mi padre de mi abuelo, en enero de 1996 :

Desde niño sintió la vocación de las letras y del periodismo.

Luis G. Manegat, siendo ya muy joven ganó el primer concurso de cuentos a los 14 años. Comenzó a colaborar en “La Vanguardia” y en otros diarios y revistas. Sería en 1912 cuando comenzó a escribir en el popular “Ciero”, primer diario de la tarde de España, que gracias al impulso y al talento de su fundador y primer director, obtuvo enseguida el favor de los lectores barceloneses y, posteriormente, del resto de Cataluña y también, en sus mejores tiempos, entre lectores de Madrid.

Después de muchos años de colaborar en el Ciero entró ya como redactor de plantilla en 1926. En 1939, terminada la guerra civil española, fue nombrado Subdirector, y Director en 1952, cargo que desempeñó hasta 1966, pocos años, pues, antes de su muerte, en junio de 1971.
En 1956 le fue otorgado el título, que muy pocos periodistas han recibido, de Periodista de Honor.
Asimismo, pocos meses antes de su fallecimiento, los periodistas barceloneses le otorgaron el Premio Francisco Peris Mencheta.
Por otra parte fue nombrado Socio de Honor de la Asociación de la Prensa de Barcelona y Socio de Honor de la Asociación de Amigos de la Ciudad.

Estuvo casado con Antonia Pérez y tuvo dos hijos: Alegría y Julio, siendo éste, asimismo, periodista y escritor, como lo es el nieto Luis Ignacio Manegat de Urmeneta. Alegría Manegat fue licenciada en Historia y la única directora del Museo dedicado al escultor Josep Clará.

Puede decirse sin lugar a dudas que, aparte de las imposiciones diarias de la profesión y de su periódico, la obra periodística de Luis G. Manegat Giménez, que también fue director de diversas revistas como la infantil “Alegría”, en la que dibujaba el gran pintor uruguayo Rafael Barradas y que Manegat redactaba con el poeta Juan Gutiérrez Gili, de las revistas, entre otras, “Cristo Rey” y “Mundo Católico”, dirección ésta que, en los primeros meses de la guerra civil española, estuvo a punto de costarle la vida.

La obra periodística de Manegat, como articulista que publicó miles de artículos a lo largo de su vida, se centraba en la fe y esperanza en Dios, en su amadísima Barcelona y en los seres más desheredados y sufrientes. En este sentido, Luis G. Manegat realizó una obra ejemplar, como bien se demuestra en su obra póstuma “Al filo de la vida”, título de una sección que firmaba en “El Noticiero Universal” y que reúne un puñado de artículos de dicha sección. El escritor y editor Tomás Salvador (muerto años después), la noche en que velábamos a mi padre, decidió publicar un libro de artículos de Manegat Giménez. Luis G. Manegat obtuvo la Cruz de la Orden del Mérito Civil por su labor periodística”.

Obras escritas por Luis Gonzaga Manegat

“Aunque los escritores--sigue escribiendo Julio Manegat Pérez--, bien sabemos cómo esclaviza laboralmente la profesión, Luis G. Manegat realizó una seria labor como escritor robándole horas al sueño y a la fiesta. He aquí la simple enumeración de sus obras”:

Novela: Estelas del corazón, Cautiverio de almas (1931), El juglar (su primera novela), Barracas (novela esta de absoluta denuncia social y publicada en 1955), Hoguera de pasión (1944-novela muy extensa de la Barcelona del romanticismo), Kaddur el loco (1947), Luna roja en Marrakech, Niña de plata, ¡Uno más!. Los primeros cuentos se publicaron en Hojas selectas, La Actualidad, La Ilustración Artística y La Ilustración hispanoamericana. Algunas de estas obras están ilustradas por el pintor Segrelles.

Obras de evocación barcelonesa: Hombres y cosas de la vieja Barcelona (1944) y La Barcelona de Cervantes (1964).

Teatro: Cuento de lobos, La isla dorada, Santa María del Mar, Hay fuego en el Rabal, La conversión de Antón Martín.

De divulgación artística: Las iglesias de Toledo, Las iglesias de Sevilla, La Alhambra (en colaboración con el arqueólogo Macario Golferich). Algunas de sus novelas fueron traducidas a varios idiomas. Manegat Giménez también tradujo novelas como La Divina Comedia.

Conferenciante: Como periodista y escritor pronunció numerosas conferencias en centros culturales de Barcelona, Madrid y otras poblaciones españolas.

Reproducción de carátulas de todos sus libros

El Ateneíllo de Hospitalet en los años 1920El pintor Rafael Barradas

“Rafael Barradas, pintor uruguayo antes aludido, -sigue escribiendo Julio Manegat de la biografía de su padre (mi abuelo), -que vivió lo mejor de su vida en España, particularmente en Barcelona, se creó aquí grandes amistades entre las que destacan las del poeta Juan Gutiérrez Gili y la de Luis G. Manegat. Barradas, que vivió pobremente en un pisito de Hospitalet, junto con su mujer, Pilar, (que no se llamaba Pilar, pero que él conoció en un pueblo aragonés cuando, ya tuberculoso, se fue a pie a Madrid) y con su hermana Carmen, creó el llamado Ateneillo de Hospitalet por el que desfilaron las más importantes figuras de los años veinte (1920) hasta que Barradas, en 1928, regresó al Uruguay para morir.

Allí, en el Ateneillo, se reunían los domingos por la mañana o por la tarde y allí figuraron asiduos, además de Gutiérrez Gili y Manegat, García-Lorca, Dalí, Segrelles, Casona, Sebastián Gasch, José María de Sucre, Luis Monteyá, Guillermo Díaz -Plaja, Luis Góngora, Regino Saenz de la Maza, Mario Verdaguer, J.V.Foix, Sebastián Sánchez Juan, Juan Alsamora,...etc.

El Ateneillo fue una llama importante en el arte y en la literatura en la década de los años veinte en Barcelona y no hubo figura que de paso por la Ciudad Condal no fuese al Ateneillo de Barradas. La presencia en él de Manegat era constante dada la fraternal amistad que le unió al pintor y a Gutiérrez Gili”.

 

Homenaje a Angel Ferrant en la azotea de la casa de Rafael Barradas donde se desarrollaban las reuniones del Ateneíllo de L'Hospitalet

 

De pie, de izquierda a derecha: Benjamín Jarnés, Humberto Pérez de la Ossa, Luis Buñuel. Sentados: Rafael Barradas y Federico García Lorca Madrid, 1923

 

La sombra de un amigo

 

Al salir del cine Verdi seguí calle abajo hasta llegar a una librería de lance, donde revisando sus estantes encontré la novela La ciudad amarilla, de Julio Manegat, editada por Planeta el año 1958. Era una de las pocas novelas de este autor que no conocía. Me parece que fue su primera novela.
Mantengo muy buenas relaciones con Julio Manegat [nacido en Barcelona en 1922]. Me refiero a relaciones humanas, no literarias, pues procedemos de distintos ámbitos ciudadanos de creación. A veces, me lo encuentro por la calle y departimos juntos aspectos de nuestra actual sociedad y de nuestra política. Es lo que se suele hacer.
Nos conocimos en la universidad, donde él cursó la carrera de Filosofía y Letras mientras yo hacía la de Derecho. Compartíamos tertulias en el patio de Lletres con Carmen Laforet, Néstor Luján, Antonio Vilanova y el poeta Salvá Miquel. Era el momento en que velábamos nuestros sueños junto con Julio Garcés, Juan Eduardo Cirlot, Manuel Sagalá y Ramón Eugenio de Goicoechea, estos últimos aglutinados en Barca Nueva, de la Editorial Berenguer, hacia 1943.Juan Perucho
Cuando ingresé en el semanario Destino para ejercer la crítica de arte (la sección la titulé Invención y Criterio de las Artes), Julio Manegat ingresó de redactor en El Noticiero Universal y llegó con el tiempo a ser subdirector. Fue comentarista, crítico literario y teatral en el mismo periódico, funciones compartidas con el poeta Enrique Badosa. Escribió, pues, teatro, poesía y, finalmente, novelas. Su actividad ha sido reseñada en Quién es quién de las letras españolas (1969), Diccionario de las Letras Españolas (Revista de Occidente, 1972), Autores de la Literarura Española e Hispano-Americana, de Alianza Editorial (1993).
(...) Se trata, pues de una personalidad de relieve, muy conocida por los lectores y público en general. Sin embargo, me doy cuenta de que su nombre no es demasiado conocido en nuestros días ni aparecen libros suyos. Estos días están dominados por míticas mafias literarias que impiden la libertad editorial y provocan la repugnancia y el desinterés de determinados autores. Esto viene de lejos. Me acuerdo ahora de Melcior Font, poeta catalán extraordinario, olvidado hace años, o no participante, pues no se conoce si no es por sus Nous poemes del Montseny, nº 6 de Quaderns de Poesia (136), y de Gerard Vergés, aristocráticamente apartado del éxito vulgar. En castellano no se mencionan, por ejemplo, determinadas personalidades por razones políticas : Julián Ayesta, Eugenio Montes, Rafael Sánchez-Mazas, Pedro Mourlane-Michelena, etcétera.
¿Le ocurre esto también a Julio Manegat? ¿Por qué? Su literatura está inmersa en la realidad más profunda. Dicen sus editores que los hechos cotidianos están proyectados hasta sus últimas consecuencias y “esto concede una directa universalidad al tema tratado por el autor”. Recuerdo unos versos escritos por Enrique Badosa, su compañero de otros tiempos :

Yo iré olvidando noches y cuartillas
Y tintas de esperanza tan inciertas.
Y en el frío de los espejos rotos,
No volveré a escribir palabras viejas.

¿Quién sabe? Los dioses de Horacio y Virgilio, omnipresentes, soplaban más allá de sus labios hacia las nubes de antaño. La realidad aparecía entonces prístina y actual, más hondamente humana.
Las de este autor son unas novelas ferozmente realistas, pero ha conseguido algo que no es fácil conjugar : el realismo con una dimensión humana y poética palpitante y mágica. Los hechos cotidianos, por otra parte, están proyectados hasta en sus últimas consecuencias y esto concede una directa universalidad al tema tratado desde la calle, desde la sencillez, y alcanza unas profundas y patéticas dimensiones, ya que, tras la anécdota visual, podríamos decir, late una preocupación por temas tan importantes y apasionantes como la intuición de la muerte y el encadenamiento de pequeñas causas que, en un momento, obligan a que un hecho se produzca. Son novelas modernas, tanto en la técnica como en la expresión, y no sólo interesan al lector sino que le hacen vivir en una emocionante tensión desde las primeras páginas hasta su desenlace

Juan Perucho La Vanguardia el día 16 de diciembre de 2002

Carta abierta a Julio Manegat

 

No sé si alguno de ustedes llegarían a conocer a Julio Manegat, aunque seguro que en alguna ocasión sí habrán disfrutado de su prosa a través de sus colaboraciones en nuestra revista a lo largo de los últimos 20 años; yo sí tuve esa suerte y fue un verdadero placer.

Con 25 años comencé a trabajar en “El Noticiero Universal”, el querido y recordado “ciero”, y allí fue donde comenzó mi relación con él.

En su faceta de periodista, Manegat llegó a ocupar el cargo de subdirector del popular diario vespertino, además de colaborar en numerosas revistas, emisoras de radio y Televisión Española. Asimismo, fue director de la Escuela Oficial de Periodismo de Barcelona desde su creación en 1.968 hasta su extinción, diez años más tarde, al crearse la Facultad de Ciencias de la Información.

Como escritor de ficción, obtuvo el premio Ciudad de Barcelona de 1.960 con la obra “La feria vacía” y en dos ocasiones quedó finalista del premio Planeta con las novelas “La ciudad amarilla” (1.958) y “Spanish Show” (1.965), además de contar en su dilatada carrera con una veintena de obras de teatro y otras novelas y ensayos.

Igualmente notable fue su trabajo como crítico literario y teatral, labor por la que también recibió diversos premios y en la que fue uno de los fundadores en 1.956 del Premio de la Crítica.

Más allá de todo eso, Manegat era un conversador amable y divertido del que fui gran admirador. Nuestros caminos se separaron cuando dejé el Noticiero y no volvimos a coincidir hasta 1.989, cuando nos planteamos el contenido de la revista “Talleres en Comunicación”; entonces le ofrecí una colaboración mensual, algo que en más de una ocasión me agradeció porque le permitía seguir en activo a pesar de estar ya jubilado.

Así surgió la sección Muy Personal, creada expresamente para él. En ocasiones me dijo, “¿qué puedo escribir yo sobre recambios o talleres?”, y yo le respondía, “eres tan bueno que puedes escribir de lo que te apetezca”.

Veinte años ha estado colaborando con nosotros, hasta que a principios del pasado verano me llamó un buen día y me dijo que se encontraba cansado, muy cansado… Ahora, finalmente descansa en paz.

Julio Manegat ya no está entre nosotros, pero su legado es grande y gracias a él siempre le recordaremos.

Hasta siempre, Julio.

Antonio Conde

Noticia de la muerte de Margarita Xirgu

 

Ayer, a primeras horas de la tarde, en el sanatorio uruguayo de "Larguero" en Montevideo, pocas horas después de haber sido intervenida quirúrgicamente de la grave dolencia pulmonar que padecía, murió una de las máximas figuras de la escena española: la actriz catalana Margarita Xirgu. Se diría que ha caído el último y gran telón ante un tiempo escénico, ante una llama creadora del arte dramático, ante uno de los nombres que representan algo en el Teatro.

Esta mañana, al leer la noticia, he recordado una visita que hice a la casa de Badalona, frente por frente al reto de la mar, en que vivió la actriz durante muchos años. Allí, su hermano, que falleció hace unos años, me mostró docenas y docenas de recuerdos de la actriz: fotografías, bocetos de decorados, planes de estudio de obras, recuerdos personales... Fue una visita enmarcada en la nostalgia de la ausencia. Por aquel entonces se hablaba del inminente regreso de la actriz a su patria. Luego, un inoportuno artículo la detuvo en las Américas para siempre. Margarita Xirgu estaba en ellas desde 1936.

Recordaba, sí, aquella casa frente al mar y recordaba algunas de las cosas leídas sobre la gran actriz que nació cerca de Barcelona, en Molins de Rey, en el año en que Barcelona se abría al futuro a través de la Exposición Universal de 1888, en el mismo año, casi en las mismas fechas, en que nacía nuestro diario EL NOTICIERO UNIVERSAL. Allá, ahora, en Uruguay, ha caído el telón que un día se alzara para grito y alegría de la escena española. Sobre su casa de Punta Ballena hay el silencio de la gran platea vacía, cuando sólo el eco del silencio del arte consumado se deja oír en una misteriosa y última palpitación.

Margarita, nacida en el seno de una familia modesta, vino al mundo en el pueblo de Molins de Rey, en la casa número 83 de la calle Rafael de Casanova. Su padre, cerrajero de oficio, se encontraba allí para trabajar en el montaje de una fábrica. Luego, la niñez y la primera adolescencia de la futura actriz conocieron diversos paisajes catalanes: Gerona, Breda, de donde era su madre; Badalona... Margarita Xirgu casi desde niña, se vio envuelta en el fuego de su propia llama artística. Comenzó a salir a escena en cuadros escénicos de aficionados, pero su temperamento artístico iba mucho más allá y pronto actuó en Barcelona. Era el tiempo dramático de don José de Echegaray y de don Joaquín Dicenta.

Se iniciaba una carrera artística firme y decidida, impetuosa hasta romper cualquier límite. Pronto su nombre apareció en las carteleras del teatro Principal, del Romea... Y pronto, en 1906, Margarita Xirgu se presenta ya como profesional y ella elige la obra: "Mar i cel", de Ángel Guimerà. Y la actriz sorprende al público, centra la atención de la crítica, arrastra entusiasmos -¡tan difíciles!- hasta en sus mismos colegas. Margarita encarna personajes de Ibsen, de Sudermann, de Dumas, de Wilde... Su interpretación de "Salomé" es como un grito de fuerza dramática, de conmovedora vitalidad sobre el tablado.

Sigue la carrera, sigue el aplauso, sigue la llama que se consume a sí misma para que los demás reciban su fuego, su comunicación, su aliento dramático. En 1912 realiza su primer viaje a América. ¡Qué lejos, la actriz, de suponer que moriría al otro lado del mar que ella amaba tanto, lejos del azul cercano del Mediterráneo! Dos años más tarde sale a escena en Madrid y alcanza más y más triunfos. Es el tiempo de Benavente, de Bernard Shaw, de los Quintero, del Galdós de "Marianela", que la Xirgu interpreta...

Pero la actriz, la gran actriz, poseída de una increíble fuerza creadora, de una pasión de voz, de movimiento, de flexión, de rotundidad, no es sólo una gran actriz. Es también una mujer profundamente inteligente, que lee teatro, que entiende la raíz honda del teatro. Y ella conoce a Federico García Lorca y cree en la poética fuerza dramática del escritor. Margarita Xirgu representó mucho para el teatro de García Lorca que ella interpretó, que ella vivió como acaso nunca pudiera hacerlo otra actriz. Aquí estuvo el escritor de la mano de la actriz, y aquí quiso Margarita que la tragedia "Yerma" fuera representada en su pueblo natal y a que a la representación asistiese el poeta.

No es posible ahora, en la urgencia que es la mayor servidumbre del periodista, recordar datos y saber fechas. No es posible acercarse siquiera a la estela de triunfos que sobre los escenarios recorrió a lo largo de su vida la actriz que ahora acaba de perder el mundo del Teatro, con mayúscula. Tal vez, imperativo natural del paso del tiempo y de las generaciones, de la mutación de las sensibilidades artísticas, no admitiríamos hoy con tanto entusiasmo la actitud dramática de la actriz, pero es necesario situarla en "su" tiempo. En él, Margarita Xirgu fue una luz, un estallido, una grandeza que fijó la luz, el estallido, la grandeza de docenas y docenas de personajes creados por los más profundos dramaturgos clásicos y contemporáneos.

Margarita Xirgu no permaneció inactiva en su última aventura vital en las Américas: interpretó a Casona cientos de veces, estrenó muchas de sus obras en Buenos Aires, en Montevideo, en muchas otras ciudades del continente americano; ceó y dirigió escuelas de arte dramático y fue como un ejemplo señorial y anciano, vitalísimo y estimulante para la continuidad del arte del Teatro. El pasado año, a los setenta y nueve años de su edad, todavía tomó parte en el montaje de "Pedro de Urdemalas" en Montevideo, y monta -¡una vez más!- "Yerma" para ser representada en los Estados Unidos.

Y Margarita, cuyo nombre ahora, hoy, será como un eco lejano en la memoria, en el recuerdo emocionado, en la nostalgia del corazón, para muchos barceloneses, tuvo siempre el telón alzado para el afecto de su rincón, de su tierra sobre la tierra y enfrente de la mar. Ha caído ya el telón sobre este corazón cansado y lejano; ha caído el telón sobre un tiempo y un arte, sobre un relámpago vital y una sensibilidad creadora. Es un día de luto para el Teatro y, muy particularmente, para el teatro catalán en el borde mediterráneo del teatro español. Es un día en el que parece que en el aire luminoso de la mañana, aleteen los nombres antiguos de Jerónima de Burgos, de Mariana de Velasco, de María Calderón, de María Rosario Fernández... y, más cerca ya, de Teodora Lamadrid, de Matilde Diez, de Elisa Boldún... De la grande María Guerrero, de Rosario Pino...

Tal vez, allá, en el lejano mundo de la fantasía y del ensueño, de la poesía auténtica que no puede morir nunca, se estremezcan hoy los personajes que en su arte, en su personalidad, en su inteligencia, encarnó en los escenarios del mundo Margarita Xirgu. Tal vez, en el misterio del último mutis, el gran telón haya sido una compañía de tristeza y de paz.

"El Noticiero Universal"  26 de abril de 1969, Julio Manegat:

Entrevista (2005)

En el corazón del barrio Gótico en una calle penumbrosa cercana a la Catedral, vive nuestro escritor : Julio Manegat. A sus 84 años sigue paseando por las calles más antiguas de Barcelona e incluso algún día se atreve a llegarse caminando a la Barceloneta, uno de sus lugares preferidos, para mirar al mar, su segunda gran vocación después de la escritura. Sigue colaborando semanalmente en el Diario de Girona escribiendo con su vieja máquina de escribir y corrigiendo a pluma. En el pasado, escribió varios artículos diarios durante décadas para el desaparecido Noticiero Universal – de crítica literaria o teatral o de lo que se terciara -, fue el fundador del Premio de la Crítica junto a Tomás Salvador y participó durante muchos años en el Jurado que fallaba dicho premio; fue un conferenciante infatigable que recorrió la geografía española y todavía tuvo tiempo de crear una familia y una imponente obra literaria de una veintena de obras teatrales y siete hermosas novelas, la mayoría de ellas premiadas. En dos ocasiones estuvo a punto de hacerse con el Premio Planeta quedándose a un voto del ganador: en el 1958 con “La ciudad amarilla” y en el año 1965 con “Spanish show”
  • Yo no veo interés en que me hagas una entrevista pero en fin.
  • Eres como Tutankamon.
  • ...compañero de colegio de Ramses II. Yo recuerdo que mis padres, a pesar de que era una cosa de muy mal gusto, me llevaron a ver la ejecución de Maria Antonieta.
  • Naciste el 4 de enero de 1922 en Barcelona (“provincia de Vía Láctea”). Tu padre fue Luis Gonzaga Manegat Gimenez. Cuéntame la curiosa historia del Ateneillo de Hospitalet donde se daban cita personas como García Lorca ....
  • Yo lo que te puedo contar es un poco retrospectivo.Yo era un niño. Mi padre, como todos los escritores y periodistas de la época, se agarraba a un clavo ardiendo para ganar un duro porque claro no se ganaba un duro con nada y aprovechaba cualquier oportunidad. Conoció a Rafael Barradas por medio de Juan
    Gutierrez-Gili cuando hicieron una revista infantil que se llamaba “Alegría” – las aventuras de Alegría y Juanín”, Alegría se llamaba mi hermana, Juanín era yo aunque me llame Julio y el perro era Rip que era realmente un perro que teníamos nosotros en casa. Este hombre vino del Uruguay donde nadie le conocía. Vino aquí a seguir pasando hambre; enfermó de tuberculosis y empezó a conocer artistas del momento y a reunirlos en un paralelo pequeñito, modesto y humilde al Ateneo de Barcelona que tenía una terraza en un piso en Hospitalet de Llobregat (más populosa después de Barcelona ahora pero entonces era un pueblo pueblo) y allí empezaron a reunirse artistas muy notables como los que tú has dicho y otros muchisímos más. Y claro, como mi padre era muy amigo de él porque se hizo muy amigo a través de la revista Alegría – que tengo yo muchos ejemplares. Los domingos tenían las reuniones en esa terraza, esa terraza que veo, llena de hombres y mujeres, la estoy viendo ahora Yo tenía seis años y gente que jugaba conmigo .. que mi padre me dijo que García Lorca me había tenido en mis rodillas, bueno etcétera. Tengo una carta de Barradas a mi padre diciendo : “este domingo no podremos vernos porque tengo que hacer muñecas de trapo con mi mujer y mi hermana para ganarme una pesetas”. En 1928 se fue a Uruguay, lo estoy viendo en el puerto. Pocos meses después murió en Uruguay y después fue reconocido en la historia del arte. Tuvo momentos de surrealismo de varios estilos. Se hizo una exposición hace tiempo y el año pasado también se hizo otra exposición.
Rafael Barradas, del que tengo un dibujo precioso en casa, estaba solo aquí; quiso irse a Madrid pero como no tenía dinero se fue a pie. Ya estaba enfermo de tuberculosis. Y en un pueblo de Aragón, le conocieron unos campesinos, tuvieron piedad de él, le acogieron, le dieron de comer y se fue reponiendo y se quedó a trabajar en la casa como campesino. Acabó casándose con la hija de estos campesinos que él la llamaba Pilar porque era aragonesa pero no era ese su nombre. Entonces fue a Madrid, entró en contacto con la Residencia de Estudiantes; entonces fue cuando ya conoció a García Lorca y toda esta gente que estaba en la Residencia en aquellos años. Y volvió a Barcelona y ya hizo alguna exposición pero con todo vivía con mucha penuria. Y decidió volver al Uruguay, esa cosa del subconsciente que decidió volver a morirse en su patria. Y efectivamente él se marchó en diciembre del 1928 y murió a los cuatro meses de volver al Uruguay.
 
  • ¿Qué recuerdos infantiles tienes de tu padre? ¿ Qué te marcó de él?¿ Y qué parte de tu vocación literaria le debes a tu padre?
  • Pues mira : nací entre libros y crecí entre libros. Y mi padre, como toda persona que tiene una cierta sensibilidad, quiere comunicar a sus hijos esa sensibilidad y me llevaba a ver exposiciones de cuadros y me llevó a los toros, pero yo entonces tenía 12 años, me gustaron mucho los toros. En la corrida de toros que ví – esto suena a Edad Media – toreó Rafael Gomez “El Gallo”, Armiñita Chico y el Niño de la Palma que era Cayetano Ordoñez osea el bisabuelo de Rivera Ordoñez. Fíjate tú debo ser muy viejo para haber visto a este hombre.
Empecé a leer desde pequeño. Mi padre me orientaba mucho y luego empecé yo a descubrir por mí mismo los libros. Entonces yo creo que nació en mi subconsciente mi afición por el teatro. “Oye papá : una novela en la que hablen mucho.” Y luego yo tuve una profesora que era en primera enseñanza todavía porque yo tenía ocho o nueve años. Y nos ponía como deberes un refrán y sobre este escribir un cuento y yo conservo cuentos escritos de entonces. Luego empecé a escribir las novelas de las islas desiertas como se defiende uno allí con mis dibujitos del barco naufragando. Así empecé. Pero prematuramente, quizá prematuramente, pasé de cuentos infantiles desde luego a Emilio Salgari, a Julio Verne y ya de Julio Verne me pasé a Alag Hoscilla, Sweig y a toda esta gente; todo lo que he leído, todo lo que han escrito para cada uno de nosotros como digo yo siempre. Siempre he vivido rodeado de libros. Y me acuerdo de mi padre, cuando yo empecé a escribir versos a los catorce años, se los enseñaba tímidamente y un día me dijo :
Te voy a dar solamente un consejo : escribe lo que quieras pero nunca hagas literatura de tu propia vida. Y yo he seguido este consejo fielmente. He tenido amigos que lo hicieron y se descalabraron porque vivir literariamente es una catástrofe.
 
  • La Guerra Civil estalló cuando tenías catorce años ¿qué vivencias tienes de aquellos años? ¿Qué guardas en tu memoria de aquellas terribles fechas?
  • En primer lugar, el diecisiete o el dieciocho de julio era sábado. Había ido al cine con un grupo de amigos – fíjate tú : a un cine que costaba cuarenta céntimos la entrada y daban tres películas; entonces mi familia me daba una peseta el sábado y yo con aquella peseta me veía tres películas, pagaba la entrada que costaba cuarenta céntimos, le daba diez céntimos al acomodador, con lo cual quedaba como un marqués, y luego con los otros cincuenta céntimos en la media parte me comía un panecillo de viena con mantequilla y jamón. Pero recuerdo que aquel día estabamos hablando en la portería de mi casa y ya alguien empezó a hablar “parece que hay mucha actividad, cosas políticas que va a pasar algo ...”. Y al día siguiente ya se supo que había habido un alzamiento militar en Canarias y en Marruecos. Y me acuerdo que mi padre, cuando se empezaron oirse tiros al amanacer por la mañana temprano, salimos al balcón y vimos – lo estoy viendo ahora - un escuadrón de guardias de seguridad – se llamaban entonces - a caballo. No llevaban “mausers” sino un fusil llamado “tercerola”. Bajaban al galope con las terceolas en la mano por el paseo de Gracia desde la calle Rosellón, donde tenían el cuartel, hacia la plaza Cataluña. Y mi padre dijo : “Tenía que llegar y ya ha llegado”.
Luego vino la tristeza de ver cómo ardían las iglesias, había varias en el barrio. Mi padre estuvo durante un tiempo huyendo, durmiendo en casa de unos amigos. Fueron a mi casa en seguida varias patrullas de control que no sé porque las llamaban de control pues no tenían nigún control. Y mi madre, que era una gaditana muy valiente, les dijo :
 
―Miren, mi marido es escritor y periodista por lo tanto tiene que tener libros de todas clases. Por ejemplo estos libros de aquí son todos de religiones.
 
Y un día una patrulla le pilló a mi padre y le dijeron :
 
Oye, tú estate tranquilo, nada de esconderte porque tú has escrito siempre en favor de los obreros, los desamparados y de los míseros. A ti no te pasará nunca nada.
Y efectivamente ya no le pasó nada. Se reincorporó al periódico. Y recuerdo un día en marzo del 1938 que estuvieron bombardeando cada tres horas durante tres días.La gente huyendo hacia las montañas con los colchones a cuestas. Bueno nosotros nos quedamos en casa.
Y recuerdo que iba con mi padre y nos sorprendió un bombardeo muy cercano tan cercano como para oír silbar las bombas. Y nos metimos en un portal lo cual es una tontería porque si cae una bomba allí la casa se te cae encima; no sé por qué bajabamos a los entresuelos y cosas de este tipo. Tuve tal sensación que ya que una de aquellas bombas iba a acabar con nosotros y le dije “adiós papá”, le dí un beso y empecé a rezar, porque entonces rezaba; ahora rezo en latín para que no me entienda nadie. Y empecé a rezar el acto de contricción que, claro, ahora tampoco se reza ni se dice ni nada.. Bueno, no nos mató aquella bomba. Cayó muy cerca, muy cerca, como a dos manzanas de donde estábamos nosotros.
La guerra fue una tristeza inmensa de darse cuenbta de la capacidad de crueldad que tiene el hombre. Porque, claro, nos ibamos enterando de las checas, de los paseos, de la gente conocida que habían matado. Y luego, poco a poco, nos ibamos enterando de lo que pasaba al otro lado. Las salvajadas que se hicieron y, sobre todo, nos enteramos de ésto mucho después de la guerra. La guerra nos hizo, a mi generación, a los casi niños de la guerra, nos hizo hombres a golpe de bomba y hambre. De acostarse con un arenque, con una de esas sardinas saladas; una “arengada” como le llamamos en Cataluña. Comer las pieles de las patatas si conseguíamos patatas y, en fin, pasar hambre. Empezó uno a ser un escéptico con respecto a la condición humana. Y por otra parte, fue una época en que yo despertaba a la poesía; en el año 1938 compré una edición de “Romancero gitano” – de Ediciones Pueblo – pero la compré sabiendo quién era Lorca y que le habían matado a Lorca. Es un librito pequeño con un prólogo y un dibujo de Rafael Alberti.
 
  • Mientras estudiabas hiciste el servicio militar como alférez en un pueblecito de Navarra ...
  • Yo, como había estudiado Filología semítica, áraba y hebreo, tenía interés en ir a Marruecos, donde ya había estado, pedí los cuerpos más duros, uno es así de chulo, tropas saharianas, tiradores de Ifnis, Legión y Regulares. En aquel año no había plazas para los alféreces de complemento y me mandaron forzoso a Pamplona. Y bajé del tren llorando a las seis de la mañana el uno de noviembre y lloviendo. Porque de Pamplona yo sólo sabía que existía el chorizo. Además pasaba una cosa : nosotros, a pesar de que tenía 23 años, nos encontramos con que termina nuestra guerra y empieza la guerra mundial. Es decir, nos cerraron la puerta a salir a viajar al extranjero. A conocer otros países, cosa que ahora todos los jóvenes pueden hacer. Entonces no podíamos en absoluto. Y, claro, luego ya la complicación de la novia, de casarse y que viene el primer hijo.De no ser por cosas del periódico que viajé bastante.
Estuve primero un mes y medio en Pamplona. El tiempo suficiente para conocer a mi mujer. La vida es así. Todo gracias a un bocadillo de bacalao al ajo arriero. Porque si yo no lo hubiera tomado o hubiera tomado dos, pues no hubieramos coincidido en una calle. Ella iba con tres amigas y yo con un alférez – yo estaba de servicio aquel día. Yo no sé si esta chica está casada, es soltera, si es viuda y si es martir pero es mi mujer. Y me acerqué – esto va a misa – , ya sabes estas cosas mías, y le dije : “¿A ti te gusta la sopa?”.”Pues sí me gusta la sopa”. “Pues mira tú te casarás conmigo”. “O sea que ha llegado mi príncipe azul, mi príncipe encantado”. “Hombre, príncipe no, en este caso, aficionado”. Luego me destinaron a Lanz, un pueblo precioso famoso por su carnaval sobre el que Julio Caro Baroja ha hablado mucho y lo ha estudiado muy bien; que no lo pesqué porque me cambiaron a Iragi, que era un pueblo de doce casas contando con la iglesia, la escuela y el frontón y sin contar el párroco porque no lo había. Y allí estuve bien mandando una sección.
  • Pasando frío ¿no?
  • Sí, mucho frío pero a los 23 años qué frío se pasa. Yo comía con la tropa. Se lo dije al brigada para que no se andara por ahí robando del rancho. Muy bien, muy bien en Iragi. Allí me leí las obras completas de Dostoievski, escribí muchísimos poemas. Había días que escribía quince o veinte poemas.
  • Es inencontrable tu libro de poemas ...
  • No, yo te lo mandaré para que tengas un disgusto. Ya te dije que había hace unos meses una señora – estaba casada y con hijos – que estaba preparando la tesis doctoral sobre la poesía en Barcelona en los años 40 y que en la Biblioteca Nacional había encontrado mi libro de poesía y que le había llamado mucho la atención sobre todo la segunda parte – “es que escribías una poesía que no se hacía entonces”. Los poetas de entonces en Barcelona eran Manuel Segala, Julio Garces, Juan Eduardo Cirlot, ... gente muy conocida. Claro, estoy hablando de la prehistoria literaria. Luego aparecieron Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma. Alberto Oliart, que luego fue ministro, que escribió un soneto muy bonito que tengo en casa manuscrito. Alfonso Costafreda fue muy importante y Jaime Ferrán, ambos de Cerbera, población muy importante a la que se pasó la universidad cuando Felipe V, cuando la guerra de sucesión, se la quitó a Barcelona. Esto le dió a la población un carácter – tener una universidad da mucho carácter .Alfonso Costafreda escribió un libro (de los pocos que he salvado de las dos bibliotecas que tuve que sacrificar) que se titula “Nuestra elegía”. Murió en Suiza, se suicidó. No sé si devorado por la melancolía, la tristeza, el pesimismo vital. Tiene un verso con una construcción muy especial que no se ha vuelto a repetir :
 
Ah la esperanza.
Yo la tuve y era maravillosa
Más que la alegría.
 
En mi libro, aparte de las poesías breves que son saltos poéticos muchos escritos en Iragi donde tuve buenos amigos, chicos del pueblo, y hablábamos muchísimo. Venían al despachito y estábamos por allí charlando, paseando. Verás que en la segunda parte del libro ya hay cierto sentido dramático de la existencia. Como te decía, que es compatible la inmensa alegría de vivir con el sentido trágico de la existencia. Y de esa íntima soledad sólo nos puede apartar excepto, ese algo, Dios. Lo único. Como la felicidad es un cuento; hay muchos momentos de plenitud pero la felicidad – ¿qué es? – es un concepto abstracto que no se puede concretar. Porque el momento de plenitud no se puede confundir con la felicidad, es otra cosa, creo yo que es otra cosa. La felicidad me parece una cosa más de las que se ha inventado el hombre.
Yo empecé escribiendo poesía, aparte de los cuentos escritos de niño, y después fui al teatro. Una obra de teatro la escribí en Iragi, que era todo lo contrario al paisaje que me rodeaba. Estaba en mitad del monte donde nevaba el 15 de abril y era un obra mediterránea de luz, de fuerza. Esta ya no se llegó a estrenar pero en fin la escribí allí. Y luego vino la universidad, el periodismo y ya al mismo tiempo estar en contacto con grupos teatrales de cámara y ensayo. Se hizo una gran labor en los años cuarenta y cincuenta en Barcelona. Teníamos un grupo de teatro llamado “El corral”·con el cual llegábamos a representar obras de teatro para nosotros, sin público. Llegabamos a hacer Sartre, por ejemplo, que estaba prohibido; hicimos “Las moscas” de Wiclo. Me recuerda esto a un individuo muy curioso que escribió un gran libro sobre Pirandello. Era un irlandés puro de cara redonda de nombre Walter Starky. Este hombre vino a darnos una charla porque era un gran amante del teatro y nos contó que habían fundado un grupo de teatro en Irlanda y como local tenían un antiguo depósito de cadáveres y recuerdo que dijo algo que se ma ha quedado grabado : “En el teatro, si un solo espectador logra comunicarse con la palabra del autor por medio de los actores, ya está justificada la representación. Escribí mucho teatro, unas veinte obras de teatro.
Si esto lo van a oír los compañeros de la tertulia, quiero sobre todo agradeceros que me hayais resucitado cuando yo ya estoy más muerto que Pitágoras. En mi tierra no me conoce nadie y ese saber que alguien se había interesado por un libro mío me ha halagado mucho y me ha producido muchísimo agradecimiento. Hasta mi familia, que a mi familia le daba igual que yo escribiera o que fabricara latas de sardinas, ha dicho “has de estar muy contento y es de agradecer”. Pues si uno va por el mundo como un solitario más...
  • Pudiste ser barítono, médico y no sé cuántas cosas más ...
- Oh sí, todavía tengo la voz. Hace poco me llamó por teléfono una de esas señoritas amables que te ofrecen una hipoteca, un seguro de vida ..., y me ofreció un seguro de entierro y le dije : “Oiga señorita, tengo 83 años, si por el mismo precio, aunque sea pagando un poco más, me pudiera ofrecer un viaje al Caribe, se lo agradecería. Un seguro de entierro me señala demasiado.
Antes de la guerra, con trece o catorce años, mis padres me llevaron a Mercedes Capsir, que era una buena soprano, y le canté nada y nada menos que el “Adiós a la vida” de Tosca. No creas tú que yo andaba cantando canciones populares. Me dijo : “si este chico cultiva la voz, se imposta y estudia, puede ser un buen barítono”. Pero vino la guerra y aparte del hambre vino el tabaco. Y médico : en el año 38 me hice practicante porque la próxima quinta que llamaban era la mía. Me hice practicante con el doctor Morales pensando en ser médico. Eran unos cursos rápidos, acelerados porque, claro, todo era acelerado en la guerra, hasta la muerte era acelerada en la guerra. Ya te dije que mi debut de bata blanca fue descargar un camión de cadáveres de un bombardeo en la Barceloneta en el que murió mucha gente. Y otra impresión que tengo de la época fue una mujer herida que no tenía herida aparente a la que ayudé a bajar caminando de mi brazo hasta una sala de colchones para recibir a los heridos. Y llega a la sala y se cayó muerta. Estaba reventada por dentro. Otro día – claro, a los que estabamos de estudiantes nos utilizaban de camilleros y de todo lo que podían – estaba en la sección de urgencias y hubo un atraco en el sindicato de la madera y me acuerdo que llegaban heridos, alguno tan grave que se murió en el ascensor cuando lo subíamos. Pero lo curioso, y te lo digo ahora porque es muy curioso, al escribir “La ciudad amarilla” cuando tuve que hacer los últimos capítulos en los que Eugenio Bonastre ya ha tenido el accidente. Entonces fui - un amigo médico me recomendó – al servicio de urgencia y estaba igual igual que en los años 38 y 39 de la guerra. Yo “La ciudad amarilla” la escribí en el año 1957 y la terminé en Pamplona en casa de una cuñada en el comedor con una máquina descalabrada que me prestó otro cuñado, que fue un gran arquitecto, y allí en el comedor escribí el último capítulo; acabé la novela.
  • ¿Por qué no fuiste médico?
  • Un primo de mi padre, el doctor Puch Sureda - que fue uno de los que revolucionó la cirugía en España; fue el fundador de una clínica famosa en Barcelona llamada “Platón” que fue el “summum” - me dijo : “Si quieres ser médico estarás conmigo desde que empieces”, con lo cual era una oportunidad tremenda. Vino el examen de estado que era muy duro e injusto como la selectividad. Porque no se puede valorar lo que un muchacho puede saber con unos éxamenes frenéticos donde lo mismo te piden latín que matemáticas que química que filosofía. Y me suspendieron. La segunda vez aprobé y entonces como ya tiraba a esas cosas de la depresión ya empecé a tener un complejo de inferioridad : “yo no sirvo para nada. Cómo voy a er médico ... etcétera. Yo humanamente estoy seguro que hubiera sido un buen médico porque amo al sufriente. Pero técnicamente – decía- y si no soy bueno técnicamente. Entonces fue cuando fui a estudiar Filosofía y Letras. Pero no hay libro mío que no salga algo de medicina. En “Amado mundo podrido” un hijo de Agustín Linares, Rafael, que es médico, y se le muere un niño y no puede hacer nada. Empieza a pasar lista de todo lo que se ha escrito sobre la muerte. Tengo muchos libros sobre la muerte. Se ha escrito muchísimo sobre la muerte. Es que es un tema curioso lo de la muerte, es curiosísimo (risas). En una entrevista me preguntaron si tenía miedo a la muerte : hombre , pues claro que tengo miedo. Pero te voy a decir la verdad, no tanto como miedo pero tengo mucha curiosidad también.
  • Julio Caro Baroja lo dijo antes de morir : “Tengo una humana curiosa por saber qué es sobre la muerte ...
  • Yo también. Hombre, pues ahora he coincido con Julio Caro Baroja y el otro día con Miterrand en las conversaciones con Jean Guitton el cual le dijo que había que elegir ente el absurdo y el misterio; y que era preferible elegir el misterio que, por lo menos, abría un resquicio a que la vida y la muerte tengan un sentido.
  • Estudiaste Filosofía y Letras y escogiste la especialidad semítica, aárabe y hebreo.
  • Marruecos me atraía mucho.
  • Pero al terminar la carrera te convencieron para poner un negocio de cartón.
  • Fue una locura, perdí hasta la última peseta que había puesto yo allí. Una casita que todavía tenían mis padres en Barcelona se vendió. De la familia poderosísima que habían sido los Manegat. El primer Manegat – mi hijo lo tiene todo esto muy estudiado – data de 1368. Fue una familia muy poderosa económica, social y políticamente. Luego se fue todo al traste. Yo supongo que a causa de la Guerra de Secesión. Motivo además por el que yo tenía que ser de Carod-Rovira. Pusieron un negocio de barcos en el momento en el que Felipe IV prohibió el comercio marítimo. Esto hizo a la familia hundirse económicamente.
  • El negocio del cartón no fue ¿verdad?
  • Me parecía inmoral pedir un informe comercial. Claro, en cuanto se corrió la voz de que no pedía informes comerciales, me estafaban de una forma increíble. Me hacían unos pedidos y yo decía, fijate, si con este pedido he ganado 4000 pesetas, Dios mío. Claro, luego no me pagaban y se fue al cuerno. Un día tuve la sensación absoluta y tremenda : “me estoy convertiendo en cartón”. Me levanté, cerré y me fui a casa a leer el principio de la primera elegía, es de los que uno recuerda :
 
Quién, si yo hablara, me respondería desde los órdenes angélicos
y si un ángel lo hiciera me aplastaría contra su más fuerte realidad
porque lo más bello no es más que el comienzo de lo terrible.
 
Y después de esto hice periodismo, me metí en el Noticiero Universal; yo ya iba colaborando en revistas. En el Noticiero el primer artículo lo publiqué en 1946, recién terminada la carrera. Estuve en Africa, escribí un artículo sobre Sawen , la ciudad del agua porque realmente tienen mucho agua, el raselma, la cabeza del agua. Estuve a punto de que me lincharan porque empezó a llover y me metí en un portal donde veía que entraban mujeres que me miraban airadamente y resulta que era un baño árabe de mujeres. Tuve que salir corriendo de allí. Era curioso porque en Marruecos en el año 1946 las mujeres musulmanas - como uno era un jovencito y estaba de muy buen ver – al pasar se apartaban el velo, sonreían y volvían a ponerselo.
Quiero decir, tu contacto me ha estimulado a leer ahora mis libros a ver qué me parecen. Voy a dedicar un tiempo porque nunca he leído. Porque cuando te dediqué el último libro, “Amado mundo podrido”, leí una página y me dije: “coño, esto lo he escrito yo”. Me sorprendió haberlo escrito. Que me gustaría mucho hacer posible coincidir un día con la tertulia vuestra. Es muy difícil trasladarme. Un viaje en avión se hace en seguida pero tengo un problema de vértebras – algún problema tiene que tener uno – aparte de los que tiene siempre. También, enc ierto modo, estoy hablando con ellos, agradeciéndoles de nuevo atención y que me hayais descubierto un poquito; hasta casi me habéis descubierto un poco a mí mismo pues casi me ignoraba yo.
  • Has hablado un poco de tus obras teatrales de las cuales estrenadas sólo están “El viaje desconocido”, “El silencio de Dios”, “Todos los días, “Quirófano B” y “Los fantasmas de mi cerebro”.
  • Los fantasmas de mi cerebro” que naturalmente no tuvo ningún éxito comercial y se estrenó en Barcelona y en Madrid.
  • Según tus palabras perteneces a la generación frustrada de la posguerra con Delgado Benavente, Juan Germán Schröeder. Rodriguez Buded, Guerrero Zamora, Alfonso Sastre, el mismo Paso de la primera época. ¿Cómo explicas la pobre acogida de tu extensa obra teatral?
  • Pues mira te lo explico : cuando se representó “Todos los días” por parte de una compañía profesional, me di cuenta – es una obra amarga y es amargo el final – de que todos los cómicos, que eran muy buenos además, estaban deseando quitar la obra para poner un vodevil o una comedia de esas tontas que diera dinero. Y empecé a desengañarme un poco. Y no sé cómo pues ya comencé a escribir narrativa.
  • Efectivamente en el año 1957, después de una década escribiendo obras de teatro viene “La ciudad amarilla” que se quedó a un paso de ganar el Premio Planeta.
  • A un voto extraliterario del premio. Y “Spanish show” también.
  • La narración de las últimas horas del taxista es de una hondura emocionante y prodigiosa. Hay esperanza en las personas que cuidan de Eugenio : el joven médico y la religiosa. También hay mucha poesía en esta primera novela ¿qué nos puedes contar de “La ciudad amarilla”.
  • Fue creciendo en mí. Al escribir narrativa ya más en serio, descubrí que uno es un instrumento y parece como que hubiera un señor detrás que te va dictando las palabras. Viví, como dice Flaubert, que la realidad es un trampolín para la literatura. Viví el barrio de Sans, que es el barrio, las calles, el colegio a donde va el hijo de Eugenio, Eulogio. Y fue creciendo en mí de tal modo que los personajes se hacen entrañables. Esto lo sabía muy bien Pirandello. Pirandello, en un cuento que tiene muy bonito, dice que los domingos concedía audiencia a los personajes que querían vivir, existir. En fin, hablaba con ellos y según como los tomaba o no los tomaba, cuenta que había un viejecito que era un personaje de otra novela, de otro autor, que no estaba nada contento con la vida que le había dado el autor. Y contaba Pirandello : “Se puso tan pesado que tuve que meterlo en una novela mía y lo maté en el primer capítulo. Bueno se hacen realidad de tal forma que yo recuerdo que, vamos, si hubieran llamado a la puerta y hubieran dicho : “Soy Eulogio o Eugenio Bonastre”. Pues, bienvenido y tal, me hubiera parecido natural. Durante muchos años, cuando pasaba en coche por la calle Mallorca esquina Vía Layetana, tenía una especie de regomello, un poco de temor, pues pensaba : a ver si me sale un camión ahora. Y casi todas las novelas mías ... En la última [ publicada : “Amado mundo podrido” ], no he vivido esa aventura pero “El pan y los peces” lo escribí practaicamente en la Barceloneta en uno de mis momentos largos de depresión.
  • En la tertulia sobre “La ciudad amarilla”, Joseba Molinero comentó que para él Eugenio Bonastre se suicidaba; yo creo que muere de forma fortuita.
  • Muere fortuitamente. Precisamente se produce esta teoría, que es una verdad como un templo, que todo es fruto de la casualidad; y que la casualidad es fruto de las causalidades. Entonces, por eso está el camionero que va acercándose y los minutos que gana o pierde el camionero durante su ruta. Y los semáforos como funcionan o no funcionan. Y el pasajero que va allí. Porque claro el pasajero cumple una función importantísima. Porque si en ese momento – tres erres ... Ricardo Rovira Rusiñol – el pasasjero no hubiera cogido ese taxi o lo hubiera cogido otra persona, lo hubiera mandado a otro sitio : esa cantidad de causas que forman una casualidad.
  • En el año 1961 aparece “La feria vacía” la cual nos presenta a Esteban Stockton Ribas, pintor y morfinómano, que vaga por Barcelona tratando de conseguir droga tras haber huido de un centro psiquiatrico
  • Sí, porque entonces los metían en un manicomio a este tipo de gente.
  • Al final de la obra entra en una iglesia y se topa con el padre Marcelo que da un giro a la vida errante de Esteban. Dios participa en la salvación de este hombre derrotado.
  • Sí , supongo que aquel sacerdote al decirle que “sufrir es rezar”, de alguna forma, en estas cosas si uno admite la existencia y la presencia de Dios entre nosotros, pues claro influyen. Y es entonces cuando este hombre toma esa decisión de darse cuenta de que va hacia la ruina total de su vida y decide no inyectarse la morfina que ha comprado en la casa del barrio Chino. Y como sale el policía que le persigue pues vuelve al manicomioa que le curen.
  • Esta novela fue premiada con el Premio Ciudad de Barcelona ¿cómo te documentaste para escribirla?
  • Leyendo mucho. Yo era amigo de un gran psiquiatra, Juan Obiols, que fue Decano de la Facultad de Medicina, fue muy importante. Él me dejó muchos libros. Además incluso le dije que me pusiera una inyección de morfina y me dijo él :”De ninguna manera, porque, no teniendo dolor, no estando enfermo, si yo te pongo una inyección de morfina a ti que eres un hombre sensible, sería capaz de engancharte. No me la puso. Visité manicomios, hablé con toxicómanos ...
  • Bueno, también has sido un navegante empedernido. Supongo que esto motivó el que escribieses “El pan y los peces”.
  • Fue una coincidencia porque ya de niño, cuando mi padre me decía “ ¿A dónde quieres que vayamos?” Yo le decía : “Al puerto”. Para ver barcos, para ver el mar, a la escollera para ver el mar.. Entonces iban “las golondrinas” que llevaban hasta el faro y luego volvían. Por cierto hay un sitio ahora al que sñolo se puede ir en coche; “las golondrinas” ya no funcionan. Cuando yo escribía lo hacía en invierno y en verano corregía. Entonces mis hijos eran niños, estaban fuera pues se veraneaba el verano entero. A las tardes, cuando salía del periódico tomaba “la golodrina” y me iba a un bar a tomar un vino infamey a corregir. Y luego, cuando terminaba, de corregir, me iba caminando por la escollera hasta el final de la Barceloneta y allí cogía un tranvía. Pero el mar ha estado siempre metido en mí y en mis libros siempre hay algo de mar. “El pan y los peces” es la obra que más satisfacción espiritual, moral. Casualmente, un día presentaba Torrente Ballester una obra suya en el Círculo Eliseo, se me acercó el “metre” del restaurante que era un hombre joveny me dice: “Usted, ¿no se acuerda de mí, Sr. Manegat.” “Pues no me acuerdo” le dije.”Yo soy el hijo del patrón mayor cuando usted estaba escribiendo “El pan y los peces” e iba a preguntar cosas a mi padre. Y el que le puso en contacto con un patrón para salir a pescar con ellos”. Y todas esas cosas. Y este libro, que es un libro de mucha denuncia social del que nunca me quitaron una sola palabra, llegó al Ministerio de Marina, a la Dirección General de Pesca ... bueno llegó a muchos sitios y movió muchas cosas. Hasta el punto que se construyeron viviendas para los pescadores jubilados pero jubilados de setenta y pico de años que estaban esperando a la madrugada para ir a remo por todo el puerto y hasta la escollera para pescar cuatro pescaditos de nadad. Sí, además sigo yendo a la Barceloneta, es un barrio que me gusta mucho. Curiosamente, es un barrio que arquitectónicamente es un modelo, en cierto modo, de arquitectura barroca. Hasta el punto de que vienen arquitectos japoneses y americanos a ver la Barceloneta por la construcción original. Han cambiado casas y ciertas cosas pero no han subido las alturas ni mucho menos. Ha quedado como un barrio turístico donde estafan a los turistas con esas sangrías de muerte y esas paellas de turista.
  • En el año 1965 vuelves a quedar finalista del Planeta con “Spanish show”. Cuéntanos un poco cómo escribiste esta novela de la que estuvieron a punto de hacer una película.
  • Estaba el guión preparado pero dijo el productor que como terminaba mal no gustaría a la gente. Se me ocurrió en un curso de periodismo que se celebró en Sitges. Una noche cuando volvía al hotel donde estaba alojado, por entre un pinar se veían unas luces verdes que se encendían y se apagaban que decían “Spanish show”. Y me dije : “coño, qué título más bonito para una novela”. Y ya de ahí, del título me nació el libro. Normalmente no he hecho esquemas del libro sino que escribía conforme iban saliendo los capítulos. Estoy viendo la luna que casi está llena. Te lo digo porque la luna llena me deprime. Ya puede estar nublado que yo sé si hay luna llena. Es una cosa muy curiosa que tiene una influencia tremenda. Influye en las mareas, en las cosechas, en el momento de sembrar y de recoger, hasta el punto de que había venganzas entre vecinos. Recuerdo que unos campesinos me contaban cómo influye por ejemplo en la recolección del corcho de los alcornoques pues si se arranca el corcho en un día de tormenta no vuelve a crecer. Yo conozco a gente que le deprime la luna y a otros que les excita. Me acuerdo un día que estaba en la masía que tenía en Gerona. Estaba solo y había luna llena. Había eclipse. Hacía mucho frío y me tapé con una manta y con la luz que hay en las casas encima del banco de piedra, adorable banco de piedra, se proyectaba una sombra (mi sombra) que parecía un capuchino, un monje proyectado sobre los árboles, sobre un ciprés. Y me llamó mi hija María Jesús y me dijo : “Papá ¿no has aullado todavía?”.

 

Llodio  18 de agosto 2005

CANCION EN LA SANGRE I (1948)

 

    Canción en la sangre, primera osadía literaria de mi juventud
os llega casi con una ruborosa petición de clemencia...
Con la alegría de la amistad
Julio Manegat ¡2005!

 


 

 

A mis padres.
A Jesuya.

 

 

PINCELADAS

 

Cuatro canciones de amor

 

I

De mi propia arquitectura
derribado y construído.
Muerta y perdida la duda,
la pena queda en olvido.
Tu presencia concretada
en un sinfín de sabores,
y la risa enamorada
en el reír de las flores.
Qué canción teje la alondra
en la luz amanecida,
qué perfección de armonía
y qué pureza en el habla.
¡Qué corazón se hace gozo
entre los gozos del alma !

 

II

Qué lejos mi propia vida
en tu vida tan segura,
qué cerca está la espesura
de tu terso pensamiento
¡ Qué de nacer y morir
para volverse a crear,
y este gozo de vivir
en la plenitud de amar!

Ya no estoy en mí. Sin ti
no me cabe el sentimiento.
¡ Es Dios que me da la mano
para llevarme a su centro !

 

III

¡ Y la flor! Porque la flor
se me hiciera
en la mano caridad,
voy siguiendo tu verdad
y el camino sin espera;
la flor se me hace quimera
de mi nueva realidad.
Presencia real, ardor,
fuente viva, milagrosa,
donde el amor se hace rosa
y cada rosa es amor.
Voy siguiendo tu verdad...
¡ Y en tu verdad
me habla Dios !

 

IV

Semilla en mi tierra
y ala de alondra en mi cuerpo.
Humedeciste el aire y soñé.
Maduraron las manos
y encontré las tuyas, salpicadas
de la luz de lo inesperado.
Fluyes hacia mí y Dios
bendice nuestra canción.
¡ Semilla en mi tierra
y ala de alondra en  mi cuerpo !
 

Nueves canciones de ausencia

 

I

Vengo del campo.
Sobre mi corazón
sólo tu amor y la tierra
germinaban. Alta nube,
sin descanso, me miraba;
mirada larga, de niño,
mirada de azul y agua,
Vengo del campo.
¡ Cómo se agranda tu nombre
en la noche que se agranda !

 

II

Se adelanta la noche.
Todo, en su silencio,
parece huirte en la espera.
El camino se alarga, impreciso,
entre verdes que no saben
todavía su nombre.
Se adelanta la noche.
Todo espera el momento
que me traigas, amor, la primavera,
en el cáliz abierto de tus labios,
en la tersa caricia de tus dedos.

Se mirarán los ojos, y Dios
presidirá el gozo en las pupilas.

 

III

Sólo el campo y tu amor,
sólo la angustia
de saberte lejos, derramada
a otros aires sin presencia,
fluída en tierras
que no surgen ante mí,
besada por otras nubes
desconocidas para mis ojos.
Sólo el campo y tu amor.
Sólo la ausencia...
¡ Paisajes de mi alma,
vacíos de tu voz, sin la recta
fortaleza de tu sangre !

 

IV

Duerme el pueblo.
Alta torre vela el sueño
de las cosas, levemente
entornadas en los ojos.
Duerme el pueblo.
Desde el silencio, tu recuerdo
llega hasta mí.
La noche, como una madre
inmensa, lo protege.

¡ Qué terrible, Señor,
si no supiéramos que existes !

 

V

Luz. El aire quieto, manso...
Venas de oro cruzan el sueño
y desangran su fuerza
sobre pensamientos blancos.
Pensamientos de ti...
¡ Duele tanto la tarde
sin tu contorno exacto !

 

VI

Hoy te quiero
como te quise antes.
Cerca, la lluvia en el campo.
Dentro, mi amor se me abre
como un río, en pensamientos
de ti que me lloran ausencia
en el compás de la tarde.
Dime, ¿sueñas, piensas?
¿Qué ángel está velando
los temblores de tu talle?
Cerca, la lluvia en el campo.
Dentro, mi amor se me abre...

 

VII

¡ Que sola está mi alma,
qué sola está y qué llena!
¡ Qué de manos y de voces
están midiendo tu ausencia !
Estoy solo y no estoy solo,
que tu recuerdo me llena
los labios de pensamientos
y la mirada de estrellas.
¡ Qué sola está mi alma,
qué sola está y qué llena !

En tu frente y en tus ojos,
¿quién sabe si me recuerdas?

 

VIII

Ya tu ausebncia se perfila dura
entre mis ojos, haciéndose carne
de sí misma y lluvia en deseos
amorosos. Mi sangre te busca anhelante
y te pretende encontrar en el paisaje
que mi vista rechaza, porque sabe
que te oculta de mí. ¡oh, ciego amante
buscándote en el aire y en las nubes,
y en la dura cornisa de la tarde !
Mi pulso herido se estremece de amor
cuando te nombra, cuando sabe que existes
y que tu alma se alza en un grito
de vida para llegar a mis ansias.
¡ Tengo hambre de ti, y los rojos
segundos de mi sangre perfilan
duramente tu ausencia, borrando
de mi ojos el paisaje !

IX

Recordarte, mujer, es renacerte
otra vez en mis pupilas,
saber que existes y que alientas,
que hay gestos en tus manos
y emociones en tu vida.
Recordarte, mujer, es conocerme,
vivirme a mí mismo
en la luz de tu recuerdo
y tenerte a mi lado
a cada instante. Saberte impresa
en la actitud de mis sienes,
y en mis sienes apretar
la sangre que te retiene.
Mujer, recordarte es vivirte
por el milagro de amarte.

 

No mires atrás

No mires atrás. Se pierde el barro
en nuestras huellas antiguas.
Tus labios hablaron a otros labios.
No mires atrás. Mide la sangre
que latió lejos de mi ser,
desacompasada, únicamente tuya
sin reflejos de mí. Era buena la tierra
y se abrió prometiendo frutos.
No mires atrás, se acompasarían
tu vida y la mía en ritmo inútil.
El Angel del Encuentro sonríe.
¿ Forzaremos nosotros su palabra ?
Duele el tiempo vivido. Te creía
aun antes de saberte. El alma
pulsó la cuerda del destino
y te llamó. Soñaste en las aguas
que recogían mis manos
besando el amanecer de tu risa.
No mires atrás. No puedes hacerlo.
Enfrente, arriba, están las estrellas,
y Dios
y tú.

 

Tus manos

¡ Cómo hablan tus manos
que sueñan almas !
Tus manos tibias de estrellas
y de esperanzas,
tus manos, pan y calor,
tus manos mansas
con mansedumbre de tierra
recién abierta a las aguas.
¡ Yo sé que tus manos sueñan
y que están soñando alma !

 

Marinera

Salta el aire.
¿ Quién fuera marinero
de tu velamen !
Corre la brisa.
¡ Quień fuera el ancla verde
de tu sonrisa !
Rompe tu quilla.
¡ Quién fuera espuma de mar
sobre tu orilla !

 

Color

¡ Qué borrachera
mirando tus ojos
la vida entera !

¡ Qué escalofrío,
siendo río del barco
de tus suspiros !

¡Qué borrachera !
¡ Qué escalofrío !
¿ Por qué no  me miras
cuando te miro ?

 

Fugaz

El mar, el viento y tu pelo.
¡ Qué revuelo !
Sinfonía sin palabras
desde la terraza al cielo.
Qué bien se saben mezclar
con las notas de mi acento,
la sinfonía  del mar,
sinfonía de ese aire,
sinfonía de tu pelo.
¡ Qué revuelo !
¡ No hay palabras para hablar
del mar, el viento y tu pelo !

 

¡Saber!

¿Cuál es tu rama?. ¡ di !
     ¿Cuál es tu rama?
Y el eco de tu canción,
¿dónde habita, dónde clama?
     ¿Cuál es tu sombra?, ¡ di !
Entre todas las sombras,
     ¿Cuál es la tuya?
Y tu agua, y tu luz, y tu pájaro...,
     ¿dónde están?
¿Dónde sueñan un sueño antiguo,
     fresco y estallante?
¿Cuál es tu rama?. ¡ di !
     ¿ Cuál es tu rama?
¡ Oh, si pudiese coger el Destino
     asesinando el Instante !

 

Amor

Voy hacia ti desnudo de mí.
Para el silencio de lo nuestro
no existe la flor ni el pájaro.
Mi deseo se ha convertido en ti.
¿ Comprendes ? Tú y yo,
pájaros heridos por el mismo arquero.
        ¿Quieres? ¡ Quiero !
Para el silencio de lo nuestro
no existe la flor ni el pájaro.
        ¡ Volando hacia ti
hago eterno el momento !

 

Hogar

Dentro de tus manos,  dentro,
donde se pierda la ausencia
y se haga paz el silencio.
Dentro de tus manos,
como una nube en los ojos
y una caricia en los dedos,
como un temblor en los labios
y una sonrisa en su sueño.
Ser una fruta pequeña,
ser un guijarro o un lamento,
un latido en tu rosario
o un corazón en tus dedos.
¡ Dentro de tus manos,  dentro !

 

Adiós

Rozada apenas
y se abrió el silencio,
alto como la locura
de mi pensamiento blanco.
Ya no podías oírme,
¡ tan vestida de ti misma
te marchabas !
Se cerraron los árboles
y recogieron tu sombra
cuando aun, rozada apenas,
se abrió el silencio,
tan tuyo, tan mío, tan nuestro...
¡ Aquel silencio tan alto
como la locura
de mi pensamiento !

 

Instante

Risa en el llanto,
llanto en la risa.
Mi tristeza era alegre
cuando querias.
Y ahora,
precisamente ahora,
     ¡ ahora !
se han muerto de pena
mis alegrías.

 

Canción de tu voz

De tan roja era blanca.
Agua en el agua.
Aguja en el aire,
¡ quién te enhebrara !
De tan blanca era roja.
El corazón salta,
cristal por cristal
en tu garganta.
De tan roja era blanca,
de tan blanca era roja.
¡ El eco no es eco
para tu boca !

 

Ensueño

Tengo un gusto de estrella
        disuelta en rojo,
porque he soñado tu boca
        junto a mis ojos.
Si supieras...
Toda la vida me corre
sin poder verla, sin alcanzarla,
buscando el horizonte
de tu palabra.
Y tus miradas
han crecido en mis manos
            como enramadas
milagrosas de trinos
que sueñan albas,
Soñando albas...
¡ Me he suicidado un poco
para besarlas !

 

Misión

¡ Es tan dulce saber
que las cosas han nacido
para que yo las contemple !

Se ha extendido el amor
por el campo del alma.
¡ Arboles de mis sentidos
con raíces de esperanza,
hojas nuevas de la vida
por mi pasión germinadas !

¡ Es tan dulce saber
que se han creado las cosas
para que yo las amara !

 

Marzo

Marzo entero sobre mis sienes.
Se siente olor de campo. Tierra
morena entre mis manos
se pierde. La noche no sabe
de los amantes que beben
besos de futura ausencia,
manos que en amor se vierten.
La noche, el campo, no saben nada.
¡ Marzo entero entre mis sienes !

 

Noche

¡ Este clamor de los labios !
La tierra apretándome el pecho
en un ansia de vida.
¡ Ocúltateya, noche !
¡ Qué hambre de luz, nacida
sobre la piel de la frente !
Se me abren las manos,
locas, enfebrecidas...
Este clamor de los labios.
¡ Y la noche, la noche todavía !

 

Sin destino

Qué lentamente duele
esa rima de dentro para adentro.
Siempre solos los dos.
El verso en mí.
Yo en mi verso.
Qué lentamente,
trágicamente lento,
duele ese verso
de dentro para adentro.

 

Oración

¡ Qué maravilla de noche
en las manos colmadas de estrellas !
Descendías, Señor, de tanta altura
para hundirte otra vez
en mis pupilas, en mis pobres
pupilas de hombre y niño
que juega con la luz que nos envías.
¡ Y era tanta la noche
entre mis ojos, tan
milagrosa en cada piedra,
tan sencilla en cada muro,
que el niño se hizo hombre,
por amarte, se hizo puro !

 

Atracción

¡ Cómo pasa el río !
El agua moja mi alma.
Las estrellas me miran
y no pueden verme.
¡ Oh, las estrellas !
¡ Hombre ! ¡ Hombre !
¡ Las estrellas !
.   .    .   .    .   .   .   .   .
¡ Y las estrellas me llaman !

 

Anhelo

      ¡ Este ansia !
Y los jirones de niebla
deshechos en alborada.
Este sol y esta locura,
y tu boca en el espacio,
y tu firme arquitectura.
Tú, sobre todo dolor,
ya renacida y sin norma,
sin imperfección, ¡ tan pura !
Y esta canción de amargura.
¡ Y este ansia,  y este ansia !

CANCION EN LA SANGRE II

 

 

CANCIÓN EN LA SANGRE

 

I. LA LUZ

¡ Ya amanece ! El grito del alba
ha despertado al bosque virgen,
dormido en el silencio vegetal,
íntimo y verde, de la tierra en calma.
¡ Ya amanece ! Es el beso de Dios
penetrando a través de las ramas,
envuelto en paz y dulzura joven
en los rayos, ¡ tan blancos !, del alba.
¡ Ya amanece ! El triunfo de la luz
se impone tibio, desperezando
un sueño eterno de semillas verdes,
una verde ilusión que nunca acaba.
Los árboles gigantes ya no sueñan,
elevan al cielo sus frondosas ramas
y se mueven, tímidos de espacio,
tremolando la fuerza de sus savias.
¡ Qué himno al Creador están cantando
los árboles gigantes con sus ramas !
En la tierra, las sombras de los cuerpos,
crecen aun más y aun más se alargan,
buscando un horizonte de infinitos
al infinito temblor que hay en sus ansias.
¡ Pobres sombras rebeldes de los bosques,
cómo besan sus labios la  hojarasca !
¡ La luz ! La luz se vierte y se desliza
como una catarata de plata enfebrecida
hasta la íntima entraña de los seres
que besan temblorosos la luz que se aproxima,
la luz que se aproxima, que todo lo rodea,
que todo lo convierte en blanco resplandor
y que lleva en su fuego la pupila ardiente
y el  beso divino del Dios Creador.

 

II. LOS PÁJAROS

De pronto, todo el bosque da un grito,
y pisando la luz recién nacida,
rompiendo la pureza del silencio,
un pájaro lanza su canción de vida.
¡ El milagro de Dios se ha realizado !
Estalla en promesas la armonía
mientras los hombres lloran y se matan,
tan lejos, Señor, de la paz que Tú les pides,
esta paz del bosque virgen, puro,
esta paz que amanece cada día.
Ya no es uno, son miles los que cantan,
los que hablan contigo y con los ángeles,
en el lenguaje del pico y de las alas
que cruzando los espacios vivos
conocen el secreto de las almas.
Ya no es uno, son miles los que vuelan,
los que trinan y caen desfallecidos.
¡ Tanto amor, tanto, que ya no cabe
en la enorme pequeñez de sus pechos henchidos !
¡ Oh, los pájaros libres en el bosque, cantando !
Qué pura filosofía tienen
estos pequeños corazones pardos.
¡ Cantar, cantar delante de la vida,
cantar hasta caer desmayados !


III. LAS FLORES

El bosque se agita ya. Uno a uno
van todos los seres despertando;
ahora es la gacela rubia y leve,
ahora es la hierba de los prados,
ahora es el alma de las fuentes,
y el insecto pequeño  y el lagarto.
¡ Todo el bosque se crece y se levanta
en una lujuria inmensa de sonidos
y un palpitar vehemente de esperanzas !
Y las flores, ¡ las flores se arrebatan !
Una rapsodia sin fin de tierra y cielo
cubre los capullos sedientos de miradas,
y generosa para insecto y nube,
en una tormenta de perfume estalla.
¡ Qué terrible dilema el de las flores,
místicas de amor en su carne profana !
Sienten tibias las raíces que las unen
a la tibia tierra que a la tierra llama,
y se yerguen, libertas, al espacio
por la escalera sin fin de la mañana.
¡ Cómo tiemblan las flores sorprendidas
en la dulce inquietud de su pujanza !
Las lágrimas vegetales del rocío
poco a poco se apartan de las hojas,
llegan hasta el sol,y , ante su brillo,
lágrimas vuelan como mariposas.
¡ El amor ha cuajado sobre el bosque
y lloran juntos los pinos y las rosas !
¡ Qué ternura se deshace en dolor
en el milagro de la virginidad intacta
que, a fuerza de crear y sentir amor,
sube hasta Dios y a Dios alcanza !


IV. LAS AGUAS

Las aguas del bosque nunca duermen.
Centinelas de Dios, siempre vigilan
los tensos latidos de la almas
innumerables que en ellas se confían,
pero ¡ qué pena enorme hay en las aguas,
qué tristeza constante las anima !
Tan sólo son del bosque unos minutos,
después se pierden eternamente en busca
de un amor que las aguas nunca hallan,
el amor de la paz del bosque virgen
que siempre se olvida a sus espaldas.
Místicas aguas del bosque en la espesura,
arterias vivas de la vida ardiente,
calladamente vuestra sangre vierte !
Y sois vosotras, espejos de distancias,
las que hermanáis el tiempo y el espacio
en el correr eterno de las aguas
que nunca en el correr sienten cansancio.
Y sois vosotras las que sentís el beso
de los seres que en el bosque habitan,
y son los cauces los que se sienten presos
los tiernos corazones que palpitan,
los tiernos corazones que derraman
al misterio rebelde de la esencia
la alegría del grito con que llaman
y atestiguan su vida y su presencia.
Y os aman, aguas de libertad fingida
la mariposa y la tierra junto al pino,
porque sienten vibrar en nuestra vida
el aliento místico del ser divino.
Riachuelos y fuentes de las peñas,
rocas vivas abiertas a las aguas,
estanques y rocío y lluvia hermana,
se esparcen generosas por el bosque
y besan en el bosque a la mañana.

V. LAS SOMBRAS

La luz rinde tributo a las estrellas,
y el día declinando ya se apaga,
y surgen las sombras en el bosque
y se sienten las sombras en el alma.
Las sombras se acercan temblorosas de vida,
queriendo burlar al pájaro y al río,
y en el campo inmenso del espacio
se presencia cada día el desafío
de la luz que se aleja mansamente
y las sombras que nacen con más brío.
¡ El reino de la luz ha terminado
y se acogen los seres en sus nidos !
Dulcemente la noche se apodera
de la silueta confusa de los árboles
y del margen oscuro de los ríos.
Las estrellas se agolpan indecisas
para ver el silencio de las plantas,
y sólo oyen el ruido de las brisas
que juegan como niños con las ramas.
¡ Sombras niñas de la noche en germen,
no se encuentran compañeras en su danza !
Quieren correr, persiguen a las luces,
y las luces se pierden al hallarlas;
sólo la luna jugará con ellas
cuando pinte de plata las hojas y las aguas.
¡ Y ellas quieren jugar con las estrellas,
con pájaros enanos y con ramas;
ellas quieren jugar como en el día
jugaban en el bosque sus hermanas !
Se acerca la quietud, y lentamente
el sol se pierde en la montaña;
mira un momento al bosque que se
duerme, y presto empieza a batir
las alas, que pronto irán a despertar
a otro bosque dormido, con el alba.
.  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  . 
¡Qué ternura, Señor, necesitaste,
para crear el bosque, que nace y se desmaya,
y la eterna sinfonía del pájaro y las flores,
y la dulce inquietud que nunca acaba !
¡ Qué amor, Señor, el que nos diste
en la emoción que vemos cada día,
en este bosque virgen y puro,
con la pureza, Señor, que nos pedías !

La muerte del pájaro

¿Qué puedo yo decirte de ti mismo,
viejo sabio, pensador de los árboles?
¿Cómo te explicaría tu gesto inmóvil
recostado sobre la tierra humedecida?
Si un impulso me salta es de llorar
¿qué otra cosa puede hacer un hombre
ante el limpio misterio de tu tránsito?
Pero tú has sido fiel a la idea de Dios
y se diría que entre tus alas tenías
como una aureola de sus palabras.
Breve ha sido tu vida como tu cuerpo.
¡ Qué pureza de líneas la armonizaba !
A ti no puede importarte mucho
lo que los hombres llamamos tiempo,
porque lo has conocido en el aire,
condensado en tu propio sufrimiento.
Ahora yaces aquí, junto a mis ojos,
y, ¿ves?, no me atrevo a tocarte.
Es como si quisiera tocar el más allá,
como si quisiera hacer palpable
la terrible realidad de la muerte.
Tus hermanos te han visto y han huído.
¿Sufrían acaso, o quizá te temían?
Yo he cerrado los ojos para no verlo,
para que no me doliese tu paisaje,
únicamente tuyo en tu indiferencia.
Quizá me has conocido antes, cuando
todavía me llegaba verde y suave tu voz,
y doblabas la fuerza de mis ojos
en el constante nevagar de tus sentidos.
¿Qué puedo decirte de entonces y de ahora,
viejo pájaro, sabedor del silencio,
si tú ya conoces todo lo que nos rodeó,
todo lo que sin sentir, presintiendo apenas,
flotaba inquieto en nuestra sangre?
Si un impulso me salta es de llorar,
¿Qué otra cosa puede hacer un hombre
ante el puro misterio de tu tránsito?


Elegía de los ciegos

¡ Oh, vosotros, de los grandes paisajes interiores,
de los grandes paisajes luminosos !
Tenéis razón de la existencia
en no ver lo que lloran vuestros ojos.
Creadores constantes en la noche,
borráis la duda de la nube y de la sangre
plenamente vertida en los ocasos rojos.
¿ Qué os importa el momento,
si tenéis la eternidad en la presencia
desgarrada de vuestros nervios rotos ?
Sois niños siempre, en la ignorancia
de la forma y tamaño de las cosas,
en la plenitud del valor de las manos
y de las voces que los labios rozan.
Gigantes de vosotros mismos,
abarcáis en la noche el universo,
y el tacto del nombre de la amada
tiene el lirismo más puro del verso.
Podéis creer que las rosas son verdes,
y que el color es la forma y tamaño;
pensar que la luna es un ciervo,
que el corazón y la sangre son blancos.
Acaso vosotros tengáis la razón
y nosotros vivamos engañados
en una falsa geometría de nombres
y en un cielo pesado de años.
¿ Existe en la mirada esa realidad
de lo absoluto, de lo netamente puro,
como en vosotros que palpáis
con vuestros cerebros de tacto ?
Nadie os teme, y, sin embargo,
cuando se pasa a vuestro lado
se dice tibiamente : "Mira, es ciego",
y parece que algo hace daño,
nos apretamos los ojos para ver
y sentimos temor de cerrarlos.
¡ Ciegos ! ¿Sabemos lo que es ser ciego?
Más cerca nos encontramos de la ceguera,
nosotros, los que contemplarnos
en los bosques jugosos del alma,
del interior, al que llega una luz
de bosque joven, recién iluminado.
Vuestros paisajes se abren en sonrisas
que puramente saben condensar
lo que los nervios presienten.
¡ Ciegos ! Creadores de mundos en la nada,
salpicadores de las fantasías, abiertas
en la absoluta noche que os habla
de lo que vosotros mismos sospecháis
con temor a fundir en palabras.
¡ Vosotros !,  portadores de mensajes,
vigías de eternidad y de esperanza.
Ciegos, ciegos que nunca veréis,
que nunca habéis presenciado
lo que lloran nuestros ojos
y han matado nuestros labios.
Sí, habéis gustado lo cierto,
lo auténticamente puro, el valor
de las cosas en el abismo
para vosotros luminoso del alma.
¡ Oh, vosotros, negadores de niebla,
portadores de la luz a los grandes
y umbrosos paisajes interiores !
¡ Qué terrible, ¿verdad?, pensar que nunca
lograremos comprendernos,
que nunca hermanaremos nuestras voces,
en un mismo dolor y pensamiento !
¡ La frontera de los ojos nos separa !
Mirar hacia dentro y hacia afuera,
es el límite extenso, sin sonidos,
que separa a los ciegos de los ciegos.
¡ Oh, vosotros, constantes creadores,
vertiginosos de luz de amaneceres
en los grandes paisajes interiores !
¿Qué os puede importar el momento,
si gustáis la eternidad en la presencia
desgarrada de vuestros ojos nervios?

Elegía de tu muerte falsa

Todos los muertos tienen algo que decir,
y tú, muerto, tan apasionadamente joven,
tienes aún palabras en la boca
y sentimientos extraños en el corazón.
Aun le roza la presencia de las cosas,
de las inumerables cosas tuyas,
presentidas, que no te conocieron.
Por eso flotas dulcemente muerto
en tu propio paisaje luminoso
y te rebelas contra la muerte
que te llegó sin desearla apenas,
sin que tú fueses deseado por ella
para su limpia fantasía de niebla.
Ahora tu corazón aprende a llorar
cuando apenas empezaba a sonreír.
Tu muerte, la que dentro llevabas
sin pensar siquiera, sin querer saberlo,
se ha convertido en imagen y norma
para la muerte que te arrebató,
y te hundió suave, blandamente,
en el perfil sin miradas que te posee.
Yo te conocí cuando tu carne
podía aún apretarte los sentidos
y rasgarte las venas azuladas
en cada nueva armonía de besos.
¿ Los guardas aún para tu recuerdo?
¿Conoces todavía la palabra
que dice, rezando, amor y pensamiento?
¡ Oh, qué tortura tu muerte de sangre,
tu sangre de muerte en la nada !
¡ Cómo se arrebataría tu joven alma
por salir airosa de la carne
y volver, ella sola, a la vida !
Se te negó cruelmente la rosa
cuando la rosa te hacía más falta,
y luego  te cruzaron las manos
para que fueses aprendiendo a morir.
Tú les dejaste hacer, porque soñabas
que fingían la forma de tu muerte,
y de pronto tus ojos se abrieron asustados
al saber que jamás podrías separarlas.
Te dolió la mirada del hermano
y el espanto del niño que lloraba,
y entonces te aterraste de tu muerte
que también a los niños aterraba.
Empezaste a creer que habías muerto
no con tu muerte, sino con una
que usurpaba los derechos de aquella
que tenías para ti mismo reservada,
y que ahora va junto a tu sangre
sin querer comprender que no es a ti
a quien busca, que es otro cuya muerte
haya sido, como la tuya, arrebatada.
Puede que sea yo el buscado, el que
encuentre sin querer lo que en ti falta.
Pero tú te has sacrificado ya.
Dulcemente, aunque con vivo dolor,
vas sabiendo, segundo a segundo,
algo de esa rigidez, de esta frialdad
que, poco a poco, se te echó encima,
tan inesperadamente, que no sabías
si soñabas o todo aquello era verdad.
Entonces, para engañarte, hiciste poesía
con tus sentidos elocuentes
y dejaste que se fuesen muriendo
para entrar, tú solo, en el más allá.
Yo lo comprendí inmediatamente,
pero recé con los tuyos una plegaria
mientras en tu cara aparecía, leve,
la mancha morada de tu decisión.
¡ Qué heroico fuiste con la muerte,
sabiendo que aquélla no era la tuya !
Eras demasiado joven para pensar
la trágica imposición que se te hacía,
y por ello supiste sonreír, ya muerto,
cuando tu corazón no podía sonreír.
Lo que más te dolió, ¡ mi pobre muerto !,
fue  el sentir que los niños te temían.
¡ Los niños, locos como tú de amor,
inconscientemente niños, te temían !
Yo sé que lloraste un poco por dentro,
pero nadie lo notó y se los llevaron
a jugar. Les dieron un libro tuyo
para que les sirviese de recuerdo.
Hubo un momento en que creí
que te ibas a  alzar, duramente, del lecho.
Fue cuando aquellos hombres escogidos
te dieron tu ataúd de cedro. Pero tu decisión
había sido sido ya, plenamente tomada,
y más manchas surgieron de tu pecho.
Entonces lloraron todos. Yo sonreí,
porque yo sólo sabía tu secreto.
Tú y yo nos comprendemos ¿verdad,
hermano, que tan bien haces tu muerto?
La tierra no podía importarte gran cosa.
Te acostumbraste a ella, como a todo
lo que en ti se iba naciendo,
originando en tu nueva soledad,
en tu nueva poesía de silencios.


Alba dolorosa

CAÍDA

No supe de las flores amigas
en el correr exhausto de  mis venas,
hasta que Dios me trajo las espigas
repletas de amor y de esperanza llenas.
Aprendí entonces el habla de las rosas,
del pájaro en el aire, del rayo en la tormenta,
y me sacudió el cerebro un gusto blanco
de hombre que calma su boca sedienta.
Corrí alocado por orillas y aguas,
temblando en mis pies el latido del suelo,
y bebí triunfante el delicado orgullo
de sentir mis pupilas como espejos del cielo.
Mi cuerpo, tierra inmensa del espacio,
llegó jadeante a la emoción primera,
desnudo de nieblas, tardío de silencios,
erizada a flor de piel la primavera.
¡ Cuánto corrió mi nombre desatado !
Galopó mi inquietud por la acera del viento
y se hundió en la calle en sombras del pecado.
Y fueron las sombras las que jugaron
a tenerme en su seno sensual y ardiente,
y fueron dudas las que atormentaron
corazón con corazón, mente con mente.

SOMBRAS

Qué angustia sentir que mi figura
encierra sólo un hombre destrozado
de odio, ausente y rival de la hermosura,
enemigo y puñal en mí clavado,
hundido en el  vacío del abismo
rojizo del reflejo de mi sangre,
forjado en le yunque de mí mismo,
gozoso en la culpa y el pecado.
¿ Qué esperas, Señor, que no trituras
uno a uno el latido que me salta
desde el árbol sin frutos de mi mente
al túnel sin voz de mi garganta ?
Mis ojos vivos se quedaron yertos
y olvidaron el mar y la montaña,
volvieron sus pupilas hacia adentro
y quisieron mirar a mis entrañas.
¡ Qué terrible infierno el que sintieron
ciegos de luz, presentes en mi sombra !
¡ Qué huracán de tejidos desbordados
salpicaron de sangre hasta mis ropas !
Negué el viento, la caricia, el árbol,
fui matando mi edad año tras año,
y empecé a caminar un angustia de bronce
sobre un suelo de nieve y mármol.
El cielo perdió para mí su  sentido
azul, de un paraíso eterno y soñado,
abrí las vértebras del tiempo antiguo
y dejé deslizar hasta el camino
el peso de un libro y un rosario.
El libro llevaba impreso un nombre : Dios.
¡ Y tuve el valor de abandonarlo !

ALBA DOLOROSA

Me duelen ahora los pájaros tendidos
en el verde silencio de un campo atormentado,
y veo con dolor su corazón herido
y sus ojos abiertos, y el trino desgarrado
con que llamaban a la vida que huía,
y la angustia del eco, y el alma de la tierra
esperando el beso del pulso que caía.
¡ Pobres pájaros muertos, en el vuelo quebrados !
Así me contemplé. muerto en el paisaje
de una nación loca, desconocida
para el hambre del recuerdo, muerta
en mi carne aun hambrienta de vida.
¡ Qué dolor sentir el alma derribada
cuando empieza el alma su carrera,
y contemplar y ver que la alborada
tampoco cree en su primavera !
¡ Qué dolor sentir entre los huesos
el peso furibundo del pasado,
y el camino que llega al horizonte
y encuentra otro horizonte ante sus pasos... !
.  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .
De pronto el dolor se hizo paisaje,
se cerró de un golpe mi cintura,
sentí un fuego enorme entre mis labios,
y empecé a encontrar en el Amor
el libro abandonado y el rosario.
¡ Fue el amor del Dios Humano
el que hizo que mis ojos se volvieran
y miraran al cielo sollozando !
¡ Arriba los pájaros muertos, en el vuelo quebrados !
¡ El espíritu de Dios también alienta
en la muerte callada de los pájaros !
Un dulce dolor me atormentaba,
sentí en el alma un ansia ya encendida,
hablé con las rosas y las nubes,
hundí en las aguas mis pupilas,
y llorando el peso de mi carne
empecé a cruzar el Alba de mi vida.


Acaso jamás...

Acaso jamás hayamos sentido
y nuestro sentir haya sido unicamente
lo que queda en la fiebre del deseo.
Pero, entonces, ¿ es que podrías saber,
medir y calcular conscientemente
lo que quiero decir y no comprendo?
La muerte puede, ¡ oh sí !, alejarnos
de un mundo antes desaparecido,
y hacernos olvidar que hemos vivido?
Es como un niño que no sabe hablar
y nos tiende sus manos vírgenes,
llegando a nuestro propio corazón
en un temblor nuevo y deseado.
¿Es esto en realidad el sentimiento,
un perseguir las cosas y dejarlas
porque otras nos llaman en secreto?
Yo te veo como una rama pura,
o violenta como un canto salvaje,
inquieta en la propia espesura,
ardiente y audaz como la sangre.
¿ Eres tú, sin embargo, la bebida
o acaso no soy el cristal que te abrace?
Cuando canta la alondra del destino,
¿quién puede impedir que se lance
apasionadamente a su nido?
Yo he sentido, levemente primero,
la fuerza capaz de su canto;
luego,  me arrebata ágilmente
y  me lleva hasta ti en un abrazo.
¿Es esto únicamente un deseo,
o es propio sentir lo que me lleva
a liberarme bruscamente de mí
y dejarme crecer en tu pradera?
No hay misterio mayor que el encerrado
en un sentimiento que aparece
en nosotros con la fuerza de la luz
que deja los ojos deslumbrados.
Es inútil buscar y decir : "¿ Qué es,
qué palabra guarda el corazón,
que así nos cambia, transformados
en una consciencia de existir,
en un forzar la boca hacia el milagro?"
¡ Nosotros somos el milagro nuestro !
¿ No eres tú más que un pájaro o que
el espejo de una idea indiferente?
Si los topos hablasen. quizá ellos
podrían decir algo de mi muerte,
de ésta que me vive por los dedos,
dejando tu nombre entre mis sienes.
Este saber del morir en ti,
¿no puede ser ya la propia muerte?
Te pretendo encontrar y no te alcanzo.
¿No logro fundirme en tu deseo?
Quizá el terrible viejo de los años
no quiere hablarte desde dentro,
y por ello existes todavía fuera
del ardiente misterio del secreto.
¿ Existe en realidad este perderse,
este no ser y existir a un mismo tiempo?
Pero tú, ¿no has llegado hasta mí
tímidamente, no has deshecho tu fuerza
y has quebrado, libre, tu cuerpo?
Es inútil insistir. Si las nubes,
¡ los violentos paisajes derribados !,
me hablan de ti, es que te llevo
vorazmente en mi camino,
haciéndote ligera, flexible y abierta
para mi muerte, hermana a tu destino.
Persecución y fuga. Encontrarme,
¿no es ya un poco morir en ti
y reencarnarme? ¿ O es sólo en apariencia
nacimiento y muerte en el amante?
Yo la siento real, desorbitada, audaz
y decisiva en la vida de mi sangre.
¿Puede ser un deseo tan sólo, sólo
un anhelo en tu nombre, ¡ oh muchacha !,
que me llegas en el nacer de mi amante?
.  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  . 
Cuando canta la alondra del destino...,
¿quién puede impedir que se lance?


Silencio amante

El amor es terrible. Yo buscaba las palabras
que podrían relatarte mi silencio,
el que nace apretado entre mis sienes
y se esparce lentamente por los dedos.
¿Qué es el silencio, di, para tu nombre?
Acaso lo hayas sentido ya, como yo
lo besé en la mañana apenas nacida,
y te turbaste de ti misma, en la enorme
sinceridad que de tu sangre venía.
Acaso lo palpaste aquella ínfima
en que se cruzó con tu boca, después
de haber, dulcemente, mordido la mía.
Lo pudiste comprender cuando lloraba
el peso de unas voces no existidas,
o cuando se turbó en el pensamiento
y te rozó bruscamente las pupilas.
Entonces sí, el silencio era necesario
porque era puro para nosotros,
los que tanto vivimos en la vida;
pero ahora todo cobra un valor nuevo
en el constante batallar de la palabra
que lo  desprecia, porque no sabe aún,
porque aun es joven para medirnos
la fuerza del amor en la mirada.
Yo buscaba un silencio que explicara
la existencia del grito y de las aguas,
que midiese uno a uno, sin rozarles,
a los hombres que lloran y se llaman.
¿Conociste tú ese silencio, amor, amante
del no ser de todas las palabras?
Yo te lo hubiera explicado, rendido,
en la nueva comezón que me llenaba,
y hubiera vertido ese silencio, joven
con brusquedad, en el borde de tu alma.
Pero ahora el pájaro y el objeto
sienten la tortura que al nombrarlos
producen en su esencia nuestro nervios.
Por esto el amor es terrible, por el querer
expresarlo y sentirlo con el verbo,
cuando sólo el ser sin sonido de la sangre
hubiera ya calmado nuestro anhelo.
¡ Los amantes ! Ellos pueden comprender
lo duro del amor sin el silencio.
El amor es terrible porque tiene
el esqueleto de la voz, que le tasa
y, sin saber lo que es, le pone precio.
.  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .
¿Es que hay alguien capaz de comprendernos
en la canción exacta y muda del amor,
en el gozo palpitante del silencio?
Yo busc el retenernos, el decirte en un no ser...

Canción apasionada

A veces ocurre que la sangre no puede
resistir el peso de las cosas vivas;
entonces se vierte sobre sí misma, adolescente
en un nuevo temblor de poesía.
Bandadas de pájaros silvestres
suben la caricia por las manos,
estrechando el corazón que los presiente.
Los pájaros, hermanos del amor,
con lentitud en sangre se convierten.
Entonces todo emana un calor
de tierra joven, recién humedecida,
y sentimos como en el pecho,
temblorosas y nuevas, las espigas
de la realidad que se hacen vida.
Esto ocurrió ayer, cuando soñabas
con tus ojos apoyados en los míos
y crecían pulsos que enlazados,
fugitivos de mí, besaban las palabras
que en tu boca amanecían.
Esto ocurrió ayer, cuando tu mano
empezaba a decirme en su silencio
lo que śolo comprenden los amantes,
las hierbas, los pájaros y el fuego.
Yo lo entendí, porque aprendía
el lenguaje de tu nombre, recién
abierto, deslizado en mi alma herida;
yo lo entendí, porque el secreto
del amor se va haciendo maravilla
que discurre lenta entre los labios
y recorre  amorosa las pupilas.
¡ El  secreto del amor ! Casi rezando
voy midiendo tu imagen en el alma,
recorriendo los segundos de tu vida,
celoso de la sangre que te llama
y te hace esencia de mí mismo
convirtiendo mis noches en el alba.
¡ Celoso de mí mismo ! Ya el amor
se me alcanza apasionado,
pisando mis arterias con su planta,
buscando un horizonte en que tú sola
te fundas en el fuego de mi alma.
¡ No puede vivir de razón y norma
quien siente, como yo, que se adelanta
el torrente de luz que ya se ha encontrado
el cauce que le lleva hasta la amada !
¡ Oh, mujer, muéreme a tu lado,
que sienta que renazco en tu mirada,
haz de mi muerte dolor y lejanía,
resurrección de mi carne en el paisaje
luminoso de mi amor y de tu vida !


Merecerte

Vivir para ti, para quererte,
buscando en mi vida el merecerte
y hacer tuya mi alma en tu presencia.
¡ No puedes borrar lo que ya salta
en el nuevo corazón de mi existencia !
Como un trigo joven va creciendo
mi cariño en la impaciencia
de las manos que te buscan
y el ardor de los ojos que te sueñan.
Ya voy presintiendo en mis pupilas
el roce de tu sangre desbordada
en la ternura que te busco y pido,
como un mar que se vence y que se alza
hasta mí, que en mí renace creando
emoción de eternidad en la dulce
plenitud con que me abraza.
¡ Merecerte ! Merecer de tu mano la caricia,
de tus ojos la ayuda y la llamada,
merecer la sonrisa de tus labios
y el roce de tu boca apasionada.
¡ Merecerte ! Hacer de mí el trabajo lento
donde sueñan la luz y la armonía,
y oírte decir en tu silencio que
llegas a mí por el amor vencida.
¡ No dudes, mujer, y en mí renace ;
el que vence mejor es el vencido,
el que sabe plegarse entre tus manos
que piden amor en sus latidos !
 

Presentimiento de tu hora

Desnudo de clarines, con la fe desnuda,
presintiendo la sangre en el sonido,
bebiendo la luz del horizonte
que canta el temblor de haber vivido.
Y la fe, con la dureza entera
de la arista de roca que se alza
buscando en la tierra primavera,
tallo verde y fruto que no alcanza.
La tierra se prepara,  se abren las grietas
ausentes de las huellas de tus pasos,
y el clamor de las gargantas prietas
se estremece, febril, en los abrazos
que las nubes blancas del recuerdo
cercan del trigo y del placer logrados.
La tierra se prepara. Las voces de los niños,
mezcla de savia y miel, se han destrenzado
en los valles que alargan sus quimeras
como labios que besan sobre labios.
La tierra se prepara. Mi ser de polvo y alma
mira las estrellas;  te ha soñado,
y en su sueño ha visto un corazón
y una espiga de amor a su costado.
El corazón como una voz se desmayaba
en la palma abierta de tu nombre
que en la espiga de amor precisaba,
como un grito que salta las riberas
buscando la muerte sobre el agua.
Se acerca la hora. Sobre los ojos
nacen oraciones, semillas de esperanza,
mensajes para el pájaro y la nube,
¡ alabanza de amor  en la alabanza !
El ángel del sonido ya desciende
en el fragor profundo de sus alas,
y en palabras de ti ya se presiente
el vuelo del saber en la mirada.
¡ El vuelo del saber ! Junto a la playa
rebelde al dolor que ahora rechazo,
en tormenta de amor hacia ti estalla
tu imagen soñada entre mis brazos,
y mis brazos, con lentitud de sauce,
se cierran rn tu forma imaginada
y crece en el ansia del triunfo
la fuerza de la luz en tu palabra
como brota en la tierra humedecida
la fértil semilla germinada.
¡ Oh, canción del amor en sementera,
fruto del corazón, tierra del alma,
espíritu agreste de la ardiente espera
en la dulce y mortal incertidumbre
de tornarse el dolor en primavera !
Se acerca la hora. Como un busto
de plata atormentado se adelanta
el cincel del espejismoy se alzan
hasta ti, como soñando, los ojos
que te han visto y lloran en silencio
su falta de razón para el milagro.
¡ Todo el campo iluminado clama,
todo el viento en  mi canción se cierne,
toda mi locura se derrama
en el hambre de ti que en ti se pierde !
¡ Es el amor !, rezan los tiempos
que laten la razón de su inconstancia
¡ Es el amor !, ríen los niños,
y los niños no saben por qué aman.
¡ Es el amor ! y de los dientes apretados
surge el placer de la sonrisa
y se abren de gozo nuestros labios.
¡ Es el amor!, y al fuego de su llama
se estremece el niño como el hombre
y los pájaros sueñan en las ramas.
¡ Es el amor! La tierra se goza en sus gemidos
y apresta la sangre de la alondra
para el hombre que muerde sus latidos.
Y así, ferviente en la ilusión postrera,
se hacen amor todos los gestos,
todos los ojos que te buscan ciegos
en la fiebre tenaz de  mi quimera.
Los pájaros conocen en su vuelo tu tardanza
y se acercan a mí para besarme
canciones de ilusión y de esperanza.
¡ Canciones de ilusión ! Y ya mi carne
presintiendo tu hora se desgarra
en la lengua del beso y la paloma,
que me guía hasta ti y en ti descansa.
¡ Oh, canción del amor en sementera,
fruto del corazón, tierra del alma,
espíritu agreste de la ardiente espera
en la dulce y mortal incertidumbre
de tornarse el dolor en primavera !

                       * * *
¡ Es el amor!, canta la aurora.
El silencio se funde con tu sueño.
¡ Y mis ojos te sueñan y te lloran !

A través de ti

¡ Qué maravilloso mundo nuevo
me estñas abriendo en tus ojos !
El pájaro y el fruto alcanzan
ahora su sentido pleno, maduro,
de cosas plenamente halladas,
conquistadas, nuevamente vivas
para el nacer de los labios.
¡ Oh, manzana, verde, suave y limpia,
puramente partida por la caricia
de tus dientes ! Tu  boca da tibieza
y sabor de luz a la fruta jugosa,
y hace del tacto una esperanza
para los días que vendrán.
Recobrado en el aire, el mundo
nace en tus ojos para los míos
y un inmenso latido nuevo, profundo,
empieza a sacudirme, libre,
como si por vez primera viese,
palpase, el color del cielo
y encontrase húmeda la tierra
bajo mis plantas.
                       Tantos pájaros
han cruzado por mis deseos,
que la imagen se turba recordando
y ahora renacen todos, uno a uno,
en escalas de un trino inacabado.
¡ Nuevo ! Todo es nuevo, como si fuese
la vida un inmenso tablero de feria
y me asomase a su borde con una
alegría de niño en las manos.
Destruyes y creas, otra vez, el mundo
como si a tu capricho se alzasen
legiones de árboles y pájaros
para cambiar un paisaje, bruscamente
perdido sin desearlo.
                                Y ahora,
ahora soy un torrente iluminado,
como el sol en el fondo de un pozo,
como un grito resonando eterno
en la caverna jamás presentida,
como un chorro de agua fresca
en párpados sin caricias.
Sí, ahora aprendo, medito, de la luz
y rozo las estrellas con los dedos,
y adoro a Dios con la oración muda,
nuevamente recobrada y tibia
en el cuenco de las manos vírgenes.
El mundo nace a cada instante
en el mundo, y se hace paisaje
nuevo y eterno en tu pupila.

¡ La bendición de Dios, eternamente
exacta, derramándose en la vida!

TEATRO ESTRENADO (1950-1959)

 

1950 : EL VIAJE DESCONOCIDO

1954 : ELS NOSTRES DIES (en catalán).

1955 : TODOS LOS DÍAS
           EL SILENCIO DE DIOS

1956 : QUIRÓFANO B

1959 : LOS FANTASMAS DE MI CEREBRO (en colaboración de José  María Gironella)

 

Empecé, como casi todo aquel que escribe, haciendo poesía. Recuerdo las primeras que compuse a los catorce años; el día que, sin esfuerzo alguno por mi parte, caminando por un bosque me salió el primer poema, sentí como una plenitud indescritible y supe que aquello me había convertido en un hombre nuevo. Más tarde ingresé en la Universidad, y en ella escogí lo que iba a ser mi auténtica vocación : el teatro. ¿Sabías que tengo escritas veinte obras en tres actos, y estenadas unas cinco o seis? Pues así es; y sin embargo nadie me conoce como autor teatral. Qué cosas, ¿verdad? He repetido docenas de veces que pertenezco a la generación frustrada de Delgado Benavente, Juan Germán Schröeder, Rodriguez Buded, Guerrero Zamora, Alfondo Sastre, el mismo Paso de la primera época, antes de que se decidiera por el camino facilón. Éramos una promoción de jóvenes a quienes había sorprendido la guerra cuando teníamos entre quince y dieciocho años, iamgina, y después quisimos hacer un teatro realista, cuando el país vivía inmerso en el tierno y dulce teatro de evasión. Y nosotros empeñados en sacar adelante un teatro acusatorio, que en la terminología de hoy llamaríamos de protesta. En los últimos 40 y primeros 50 la presión de la censura era en general muy rigurosa, pero mucho más para el teatro, que se consideraba como algo muy peligroso, una arma capaz de inducir a un conflicto de orden público a causa del contacto directo con el público, cosa que no podrían originar la novela  y la poesía. Repasa la lista de nombres que he citado, y comprobarás que ninguno de ellos, de nosotros, ha podido ofrecer una obra importante, y mucho menos un estilo que influyera en la evolución del tratro en España. Es amargo reconocer que fuimos barridos literalmente...Nunca se  me habría ocurrido escribir novelas, si hubiera podido valerme del teatro como vehículo en condiciones normales. Pero no pudo ser. Por eso me considero un autor frustrado.

 

Robert Saladrigas : Monólogo con Julio Manegat.  Destino 21 de febrero de 1970

 

 

 

LA CIUDAD AMARILLA (1958) Finalista Premio Planeta

 

 

El tema de La ciudad amarilla es el día de trabajo de un taxista, el 25 de marzo de 1955. La acción se desarrolla en Barcelona, urbe que ese día recorre varias veces de punta a cabo. El taxi aparece muy estrechamente unido a la ciudad, de tal manera que resulta ser un inmejorable escaparate de su auténtica interioridad. Es más, la ciudad misma se descubre y enseña en él de diferentes formas, con cada pasajero que monta en su habitáculo y con cada carrera que realiza por sus calles. El autor retrata la ciudad con tanta fidelidad como es posible. “Así, nos muestra la jornada, el tiempo, el tráfico en las calles, las masas de gente que abarrotan el subsuelo urbano en su ir y venir en el metro, las casas, talleres, locales, clínicas y fábricas. Y con esta multitud de variantes crea finalmente Barcelona, en una materialidad concreta, como un espacio completo, como un caleidoscopio urbano construido con un montón de piezas distintas”. (3) El propio Eulogio, el protagonista principal, al inicio de la novela apunta esta idea: ”Un taxi... es como una ciudad, con la diferencia de que nosotros pasamos por las ciudades y ésta de que yo hablo es una ciudad que se mete dentro del taxi; se puede decir que representa a toda Barcelona”.
A lo largo de la obra, Manegat va presentando a los miembros de la familia del taxista, cada uno en su entorno y con sus preocupaciones diarias, a saber: Mercedes, su mujer, que es una ama de casa que cuida de los suyos; Elena, joven y bella, hija adolescente de Eulogio que trabaja en un taller y tiene una relación sentimental con Vicente, relación que no ha consumado carnalmente; Martín, futbolista frustrado por causa de una lesión, que trabaja en un garaje mecánico y se relaciona fundamentalmente con Luisa (con la que mantiene relaciones sexuales), con Manolo (compañero de trabajo con el que elucubra acerca de Dios), y con “El Nanu” (joven huérfano de madre, sujeto insondable y misterioso, por un lado, y por otro, amigo tierno, cálido y digno de confianza); y finalmente Eugenio, niño que estudia Primaria, y llena su mundo infantil con las vivencias escolares y las fantasías propias de su edad, hechas realidad en sus juegos (guerras entre indios y vaqueros, paseos a lomos de un caballo de plástico, etc...).
Además, cabe reseñar, por su importancia en la trama, otros personajes tangenciales: “El Nanu”, amigo de Martín, que está enamorado de Elena, y representa la libertad, la alegría del que vaga por la ciudad silbando; Ricardo Rovira Rusiñol, un industrial textil que está preocupado por sus preparativos de boda y va en el taxi en el momento del accidente; Félix, chófer de camión, que colisiona con el taxi de Eulogio Bonastre en la última parte del libro.
Este accidente que provoca la muerte de Eulogio Bonastre es el punto de confluencia de todos estos personajes, los cuales se reúnen fatalmente en un encuentro circunstancial y aleatorio, respecto del propio devenir diario de cada uno de ellos, aunque inexorable y esencial para dotar de sentido la amalgama de vidas, situaciones, sentimientos e intereses que representan. Dicho de otra manera: La muerte de Eulogio, en accidente de tráfico, es el paisaje acabado de un puzzle, en el que cada personaje, con su vida propia, su proyecto vital y sus relaciones, cada circunstancia externa (meteorología, densidad de tráfico, afluencia de gente, diseño de las calles, etc...), cada inquietud, cada decisión y cada imprevisto es una pieza independiente y autónoma de dicho puzzle, con entidad e identidad propias, que cobra sentido pleno en el ensamblaje milimétrico y perfecto con las demás piezas que conformarán definitivamente el paisaje, explicitado en este caso en la causalidad inherente al trágico accidente automovilístico y a sus dramáticas consecuencias.
De todos modos, la temática que se desarrolla en la novela no se reduce exclusivamente a esta única cuestión de la circunstancialidad causal de los acontecimientos que concurren en la praxis de los seres humanos. Así, el contenido del libro se sustenta en la presentación de varios temas que mueven a la reflexión del lector. He aquí una relación de los más significativos:

LA AFIRMACIÓN DEL PRESENTE. La acción del relato está escrita predominantemente en presente de indicativo. Los hechos están ocurriendo en el momento, en el preciso instante en que el lector los descubre al leer. El presente, por tanto, se hace próximo, adquiriendo en cierto sentido una impronta de eternidad. La afirmación del instante se resuelve en una mezcla de elementos de realidad y de irrealidad que denota una evidente intencionalidad estética, manifestada en el tono poético de muchos de los pasajes del libro y concretada en la utilización de determinados recursos estilísticos, tales como la repetición de términos y la yuxtaposición de sintagmas que, al contrario de lo que pudiera pensarse, proporcionan al texto una frescura que se traduce en un fluir sin obstáculos de la acción. Es como si el autor pretendiera que la ciudad, las calles, el tráfico y las gentes que habitan la realidad, con su simplicidad y cotidianeidad, se desplieguen en un mundo transido de luz, en un presente esperanzador. Sirva como ejemplo este fragmento:

“Los niños, silenciosos y serios, apenas parecen niños; crecen en unos segundos de ansiedad, como si por ellos pasasen siglos de esperas y de promesas, de pasados y de futuros. Los niños sienten que también, en su interior, la pequeña e inmensa voz de sus corazones salta incontenible y alegre. Los niños, ahora, cuando Montserrat se acerca a la ventana y pone sus dedos sobre el pestillo, piensan que las clases terminarán pronto y que ya están en primavera”.
 
LA MALDICIÓN BÍBLICA DEL TRABAJO. En la tradición cristiana, la obligación de trabajar es entendida como una fatalidad derivada del pecado original. Esta perentoriedad queda de manifiesto en la interiorización del imperativo “Para vivir, hay que trabajar”, asumido por la cultura occidental. Manegat recoge este principio desde los primeros compases de la novela: “Él, sin saberlo, al vestirse cumplía un rito; el rito del hombre que se prepara para una nueva jornada de trabajo, porque en cada hombre se repite un esfuerzo milenario y oscuro”. El trabajo da sentido a la vida, es el contrapunto del aburrimiento y la insustancialidad propias de la ociosidad y, a veces, del tiempo de descanso. Así lo señala cuando dice: “Olor a cansancio y a trabajo, olor a tardes de domingo con los brazos quietos, sin saber qué hacer con ellos, con aquellas manos que durante una semana luchaban y sudaban acompasadas y rotas, sucias y abiertas, atrevidas y fáciles, para que el domingo todo estuviese bien”. Y tanto es así, que quien menosprecia el trabajo, por entender que es alienante y deshumanizante, por considerarlo la antítesis de la libertad, está condenado a ser una persona asocial, un iluso, un iluminado por luz de luciérnaga, o simplemente un extraño viento que silba al chocar contra la rémora de cualquier compromiso. Manegat personifica esta actitud ante la vida en la figura de “El Nanu”, un personaje rodeado de un halo de misterio, de excentricidad y de sabiduría oracular, esquivo, de apariencia quebradiza y “libre” de toda cadena, que en el fondo no resulta ser más que un pobre diablo. En estos pasajes podemos comprobarlo: “El Nanu” trabajó en una ferretería. Abandonó este trabajo, no sin antes avisar a la mujer de la caja: - Cadena perpetua, nena. Tú no sabes dónde te has metido. Cadena perpetua”. “Silbar. Silbar es vivir. Silbar era meter la vida hacia dentro, y luego sacarla; jugar con el aire arriba y abajo, y luego convertirlo en sonidos, en limpios sonidos que llenaban los labios y el paladar y los dientes”.
 
LA MUERTE. Es una constante que aparece a lo largo de toda la obra, bien sea de forma explícita, o bien de modo latente. Es como un ineludible recordatorio que nos previene de las veleidades de la “supervia vitae”. Al principio de la novela, hace acto de presencia con el óbito de un niño de cuatro años, hijo de unos vecinos de la familia Bonastre, los Planell. Después, con la asistencia de Eulogio al velatorio y funeral de un taxista que ha sido asesinado en un descampado. Duda Eulogio en ver o no el cadáver y en acompañar o no al cortejo fúnebre hasta el cementerio. Acaba marchándose. Y, finalmente, la muerte reaparece con la defunción de Eulogio, que da el cierre a la novela.
De todas formas, si bien la realidad de la muerte es una cuestión remanente en la novela, curiosamente el hecho biológico de la misma es minimizado en todo momento. Probablemente, la razón sea que el autor, formado en una tradición de honda inspiración cristiana, quiere presentar, el instante de la muerte como un tiempo crucial, necesario y trascendente, que supone el ingreso del individuo en otro orden de la persona, en una nueva dimensión de humanidad alejada de este mundo rutinario, prosaico y contingente. Por tanto, no es de extrañar que, ligado a este acontecimiento de la muerte, Manegat destaque el concurso de la providencia de Dios, como sujeto omnipresente durante y al final de la vida, para consuelo y bienestar del ser humano común, de los hombres y mujeres mortales sujetos a las determinaciones de su finitud, que se debaten irremisiblemente entre la angustia y la esperanza vital.
 
LA FELICIDAD. En la obra es definida como “Estar bien”. Estar bien con uno mismo, estar bien con el prójimo, estar bien con Dios.”Estar bien” es entender la vida y la muerte; es amar la vida, amar a los amigos, amar a la familia, amar a los demás; es entender la organización social, las leyes, las normas, entender nuestra naturaleza política; es, en fin, vivir un transcurrir del tiempo en calma afectiva, sosiego sociolaboral y paz espiritual. Manegat lo expresa así: “Estar bien era la palabra dicha con calma, sin mirar al reloj. Estar bien es saber en qué consiste eso de la vida y de la ciudad; saber que la ciudad es una catarata de hombres y mujeres con los que se puede hablar, con los que se debe hablar”.
EL MUNDO INFANTIL. Aparece representado en el personaje de Eugenio, el hijo menor de Eulogio. El pequeño Eugenio, como todos los niños, vive en un universo de fantasía e inocencia, un mundo en el que la vida es sólo vida, en el que la muerte y el dolor son como extraños nubarrones que precipitan angustia en el tiempo y en el ánimo de los mayores; pero que no le afectan a él directamente. A él, que cree que todo es factible: que los días son juegos y risas, que la realidad es mágica y que los caballos, los indios y los vaqueros forman parte de este universo infinito de posibilidades. A él, que nombra las cosas y las personas de acuerdo a las reglas de un lenguaje propio (Eugenio es el propiciador del único vocablo que se sale de la normalidad del vocabulario, cuando se refiere a su profesora utilizando la expresión “señoritamaestra”). A él, que vive embargado por una sensación de intemporalidad, de eternidad. El autor lo expone de esta manera: “Cuando recordaba algo decía “el año pasado” y en aquellas palabras se encerraba todo su concepto del tiempo, de lo que había transcurrido ya, de lo que no era presente porque el presente y el futuro eran una misma cosa llena de posibilidades y risas, de sorpresas y juegos”.
 
EL SEXO. En la obra, la preocupación por las cuestiones sexuales se formula como una de las constantes determinantes de los españoles de la época, aunque el tema del sexo no sea el tema importante de la misma. Es verdad que aparece como una preocupación de los jóvenes de la familia Bonastre, Elena y Martín, pero en ambos casos la llamada del sexo, se resuelve del mismo modo peculiar: dando rienda suelta a las exigencias del apetito sexual, a la vez que se entabla en sus conciencias una encarnizada lucha interior, mediatizada por el imperativo de los principios de la moralidad católica. El desenlace de sus respectivas aventuras amorosas, no obstante, es bien distinto. Así, Elena es presentada como una mujer joven y atractiva que vive en sus carnes los efectos del natural impulso del sexo, y le urge calmarlos, y se siente empujada “...a dejarse conducir por el torrente de luz, de nuevas y luminosas experiencias en su existencia, en su joven y pujante cuerpo, ya exigiendo vencerse tembloroso en la promesa irremediable de su cumplimiento, de su victoria”. Elena padece el conflicto interno que le crea el afloramiento del apetito sexual, debido al prejuicio moral que emana de los postulados de la ética católica, que sentencia el carácter sucio, degradante y pecaminoso de las relaciones sexuales no encaminadas exclusivamente a la función reproductiva, y más aún si estas relaciones se mantienen fuera del vínculo del matrimonio. Es por eso que ella, atormentada por los problemas de conciencia, decide no pisar la iglesia y proseguir su historia de amor con Vicente, su novio agnóstico. Por el contrario, Martín, que sufre un conflicto parecido al de su hermana, decide romper su relación con Luisa, con la que se citaba únicamente para hacer el amor, y busca refugio espiritual en el regazo de la fe.
Esta lucha interna, derivada de la antinomia apetito sexual-prejuicio moral, justifica gran parte del soliloquio de Félix, el camionero rijoso, que recorre las desastradas carreteras catalanas, en un ir y venir frustrante y tedioso, en un llevar y traer mercancías, sin otra satisfacción personal que la supervivencia. Félix rompe la monotonía de esta vida carente de perspectivas de futuro, si acaso la única que tenía era la del nacimiento inminente de su primer hijo, haciendo alguna que otra parada en los bares de carretera. En ellos, mantenía irregularmente relaciones sexuales con determinadas mujeres, circunstancia que le producía un inevitable cargo de conciencia. Este asunto, junto a la situación de su esposa gestante y la incertidumbre ante el nacimiento de su hijo constituyen los únicos temas que ocupan la mente de este personaje, elemental y primario, que se debate entre la duda y los remordimientos, plasmados en el texto en unos monólogos mentales, al estilo del Ulises de Joyce.
 
LA INSTITUCIÓN FAMILIAR. En la novela, se trasluce una concepción cristiana de la familia como universo íntimo de vida de los hombres. Como escuela de vida para caminar por el mundo. Martín, al darse cuenta de que no ha compartido con su padre ninguna conversación acerca de Dios, reflexiona gracias al autor como sigue: “ Martín estaba descubriendo que su familia era una familia de desconocidos y que él lo era para los otros, puesto que ni siquiera había hablado con su padre de algo tan importante”. Incluso se permite apostillar sobre la casa familiar: “ Y las huellas son ternura y abandono; las huellas son ellos mismo dando vida a los objetos, a los muebles, a las ropas, a las puertas y a las baldosas. Todas las habitaciones, ya un poco viejas y gastadas, se han ido llenando y robusteciendo con la vida de ellos”. (p. 166)
 
LA URBE, MADRE Y DEMONIO, LUGAR DE COBIJO Y DESHUMANIZACIÓN. La ciudad es lugar de encuentro y de oportunidades. Ofrece cobijo y medios para progresar. Pero es también, y sobre todo, el desierto de la incomunicación, la apariencia, la indiferencia, la deshumanización, la pérdida de valores, de fe y de confianza en el espíritu humano. Es el maremágnum en el que las personas naufragan, porque pierden su identidad. En un pasaje de la obra podemos leer esta consideración: “Los tres se creen más hombres porque fueron mineros pero la ciudad también va apoderándose de ellos y comienzan sentirse inseguros, débiles y poseídos de una fuerza llena de vacilaciones y locuras”.
 
LA LUZ, COMO CLARIDAD Y COMO METÁFORA DE DIOS. El tema de la luz aparece en numerosos pasajes de la novela; pero se hace especialmente presente en los tres interludios poéticos – en letra bastardilla - que se reparten entre dos capítulos: dos de ellos, en el último de la primera parte (páginas 149-174), y el tercero, en un segundo capítulo, que es en el que acaece el accidente fatal. El interludio abre el capítulo y, de forma premonitoria, la luz adquiere el significado de la muerte, Dios, el destino inevitable de Eulogio. El texto es el siguiente: “La luz se ha parado en la tarde y las nubes olvidan la fuerza de sus colores. La luz se aleja de la ciudad y espera ...” La culminación a estas menciones a la luz, sin duda una expresión de Dios, la encontramos en este fragmento que relata la situación anímica de Martín, cuando acude con “El Nanu” a visitar a su padre moribundo, en el que se acrisolan el fulgor amarillento de la ciudad, la idea de Dios y la luz, para reflejar el ingreso en otro orden de la existencia del taxista Eulogio, del hombre que sufre y va abandonar este mundo: “ Y la palabra Dios se hace amarilla y enorme, trepidante y mágica, escondida en el corazón que se oculta y en el borde de la piel que tensan el pensamiento y la proximidad de la mole oscura y rojiza del Hospital Clínico”.
 
LA FE Y LA PRESENCIA DE DIOS. Éste es un tema capital en la novela. La cuestión, que está latente en todas sus páginas con apuntes directos o indirectos, se plantea de forma clara a través de las reflexiones e interrogantes de Martín, que se pregunta acerca de su propia identidad y acaba haciendo explícita esa preocupación, al compartir sus inquietudes con Manolo, compañero de trabajo en el taller: “Creer en Dios era algo confuso y denso, como un largo paseo junto al mar en la escollera, de noche y solo. ¡ Creer en Dios ¡ Quizá nunca se lo había preguntado a sí mismo y ahora se sentía ante un concepto nuevo, ante un enigma recién hallado”. Más tarde la conversación se resuelve en otra reflexión enigmática: “- ¿Por qué dejaste de creer?
· Es una cosa estúpida, si tu quieres. Pero me sentí vacío, como si hubiese fallado algo muy adentro”. Este ecumenismo humano de la creencia en Dios se repite en este párrafo plagado de imágenes poéticas, que nos recuerda por su contenido (la dualidad fe/razón o fe/duda racional) el mensaje de las palabras de Miguel de Unamuno en sus obras “El sentimiento trágico de la vida” y “La agonía del cristianismo”: “Las manos llenas de grasa y reluciente, espesa y resbaladiza como una palabra, como una pregunta de Manolo. Las manos apretando tornillos y ajustando ejes. Las manos que acariciaban a las muchachas y temblaban, vivas e independientes. Las manos estaban allí hablando de Dios. Y estaban allí brillantes de grasa y de incredulidad y fe”.
· La omnipresencia de Dios se va haciendo cada vez más patente, hasta el punto de factualizarla en las sensaciones de Martín, cuando éste se acerca a una iglesia en su deambular por la ciudad. Le ocurre esto: “Unos niños salieron de improviso, corriendo y bordeando el muro de “Santa María del Mar”, y Martín se apoyó en él, vacilante. El frío de la piedra le produjo como una quemadura en la palma de la mano, que apartó enseguida.¿Dios estará ahí dentro? Bueno, si está ahí dentro, está en todas partes”. De hecho, la presencia de Dios en la obra, en un principio, brota como un riachuelo, para anegar finalmente el contenido de la novela: Martín habla acerca de Dios con su padre, a la hora de la comida; Mercedes, su madre, también reflexiona sobre el particular; la hermana de Martín, Elena, elucubra sobre la conveniencia o no de la práctica religiosa, en forma de trazos dispersos pero efectistas, como tejiendo un discurso de inspiración cristiana; el mismo “Nanu” llegará a decir, en respuesta a una pregunta de martín, referida a si cree o no en Dios: “yo sí. No me gusta hablar de Dios, ¿sabes? Hay cosas que los hombres no podemos, no debemos tocar”; la religiosa que vela las últimas horas de Eulogio está profundamente convencida de que éste verá a Dios en un breve lapso; y, finalmente, el médico que atiende a Eulogio tras su fatal siniestro opta por explicarlo todo, valiéndose del argumento de la voluntad de Dios para justificar la muerte de Eulogio, abandonando el academicismo/cientifismo que se le supone a un profesional de la medicina.

 

Fragmento (página 149) :

LA UNA. LA CIUDAD SE DESPEREZA DE LA MAÑANA transcurrida en el trabajo; la ciudad se levanta sobre su recuerdo y busca y consigue y se realiza despacio, preparándose para iniciar la tarde y en la tarde la promesa del descanso, del olvido en el silencio y en la noche. La una. Las puertas se abren y se cierran y por ellas pasa una muchedumbre de anhelos, de pequeños y apretados minutos de libertad, más libres en su limitación, en su ardiente búsqueda de continudad, de esperanza de romper con una cadena establecida día a día, sin descanso posible y sin posible interrupción. La ciudad se contempla a sí misma y se desarrolla y se complace y acoge a sus hijos que, en inmensas riadas, salen del trabajo y van la vida para, como los nadadores en el extremo de la piscina, dar un giro brusco y retornar al trabajo. Se abren las calles y las puertas y el sol, el sol del veinticinco de marzo, se apiada y se desliza hacia los hombres y todos se saben menos solos en las calles de sol, cuando la p, y se comunica. La una de la tarde; cruzan y cruzan los coches ambiciosos y rápidos, y en los estribos de los viejos tranvías se aprietan sueldos y nóminas, adelantos y pagos por vencer, nombres y citas, remordimientos y luchas.

 

LTLG

LA FERIA VACÍA (1961) Premio Ciudad de Barcelona 1960

 

La fería vacía nos presenta a un personaje, Esteban Stockton Ribas, morfinómano vocacional y en ejercicio, luchando en la gran ciudad, en este caso Barcelona, por conseguir la droga y escapar aún a la persecución de su familia  para no ser internado en un establecimiento de recuperación. Esteban vaga por la ciudad hostil, en busca de dinero con que obtener la droga; acorralado más por sus propios pensamientos que por las personas que tratan de encontrarle, ve desfilar su vida en una serie de imágenes a un tiempo nítidas y confusas, para acabar, vencido pero lúcido, regresando por propia voluntad al lugar de donde huyera. Destaca el novelista el terrible vacío de Esteban, que años atrás sustituyera su Fe por una religión más directa y emocionante. La aparición de un sacerdote y sus palabras serenas y alentadoras influyen poderosamente en la decisión final de este hombre, capaz de aferrarse, en la agonía de la voluntad, a la tabla salvadora, cuando todo en él parecía definitivamente perdido y muerto. Aunque en un segundo plano, Manegat dibuja con trazos certeros las figuras de los padres de Esteban, sus choques entre sí y con sus propias conciencias, mientras consideraban la responsabilidad de ambos en la situación actual del hijo.

Carlos Murciano "La Estafeta Literaria", 15 de enero de 1966

 

EL PAN Y LOS PECES (1963) Premio Selecciones de Lengua Española

 

El pan y los peces se refiere a un grupo de marineros - Fernando, Domingo, Manuel, Francisco, Jesús, Antonio, Juan, Joaquín -, tripulantes, En Barcelona, de la mamparra "Alegrías", dedicada a las pesca de bajura. Son los hombres de la noche  , los obreros de las aguas nocturnas y frías, de la luz de gasolina que atrae al pez barato; hombres recios contra la mar recia, que cada anochecer zarpan en busca de los caladeros, prestas las artes, fijos en el agua oscura los ojos avizores; representantes de uan clase trabajadora que puebla, en número de doscientos mil, todas las costas de España, y que en esta ocasión proceden del Sur : de Granada, de Almería, de Cádiz, de Jaén... Pescadores que llevan el mar en la sangre, pero que luchan por evitar que sus hijos sientan el mismo amargo veneno, el mismo irrestible tironazo.

Carlos Murciano "La Estafeta Literaria", 15 de enero de 1966

 

SPANISH SHOW (1965) Finalista Premio Planeta

 

Julio Manegat analiza en esta novela el fenómeno del turismo en cuanto al paisaje humano y geográfico español que recibe la afluencia extranjera. Su consideración de este fenómeno da como resultado no sólo una novela tensa, dura y amable al propio tiempo, sino una meditación que va más allá de una anécdota profundamente humana descrita bajo el imperativo de una calidad literaria impecable. La constante que aparece en otras obras del autor –el enclave de una problemática social llevada, en último extremo, a una valoración religiosa– plantea un horizonte inesperado a la grandeza de esta novela que el lector, tan sólo iniciar su lectura, no podrá abandonar hasta la última página. Spanish Show es un libro valiente, tierno y acusatorio hacia lo que fue una España inventada con urgencia para la recepción turística.

 

El aviso lo habían cursado desde el  camping "El Sol". No hacía aún ocho días que al fin, pudo instalarse el teléfono y era la primera llamada que desde el camping se hacía al cuartelillo de la Guardia Civil. Todo el  mundo lo llamaba así, cuartelillo, aunque, en realidad, sobre la puerta de entrada se leyese "Casa-Cuartel". En ella vivían, con sus familias los que las tenían, seis guardias, un cabo primera y un brigada que ostentaba el  alto cargo de comandante militar de la plaza. En realidad no hacía falta más. Lo malo era durante los meses de verano, porque entonces la población aumentaba hasta cuatro o cinco veces su habitual censo. Normalmente, la dotación de la Casa-Cuartel no se quejaba porque, en la Costa, los pueblos estaban muy cerca unos de otros y así el servicio no resultaba demasiado penoso. Los veranos complicaban bastante las cosas y cada dos por tres tenían que estar en danza, como ahora por uno de esos dichosos accidentes de carretera. No era de extrañar porque miles y miles de coches pasaban por delante del edificio del cuartelillo a unas velocidades arriesgadas. El número de accidentes se multiplicaba de año en año, a compás del aumento del nivel de vida y del crecimiento turístico.
- Entonces, ¿para qué se está de servicio? La pareja por ahí, paseando por la playa y dando sustos a los tórtolos mientras el jaleo está en otro sitio. El pato lo paga  el que duerme tranquilamente. Debíamos ir a buscarlos y que fuesen ellos...

 

HISTORIAS DE LOS OTROS (1967)

 

 

Este libro de narraciones ha nacido de mi doble dedicación periodística y literaria. Frecuentemente se ha dicho que el periodista mata al escritor. Yo pienso que no es así y que, en todo caso, el periodista enferma al escritor por la dedicación que le exige, y que le priva de tiempo para emplearlo en sus tareas literarias. El periodista, en otro sentido, ayuda y vitaliza al escritor proque aguza más y más su capacidad de obseración, de síntesis, de expresión incluso, para aproximar al lector a la realidad.
La cosa es que hace tiempo deseaba escribir un libro en el que, por así decirlo, se unieran el periodista y el escritor, la verdas y la ficción. No se trata evidentemente, de una obra inédita; aunque puede que lo sea en su aplicación a un libro completo de narraciones : mezclar la noticia con la literatura, juntar lo plausible a los sorprendente, sin tener en cuenta que aquello que más puede sorprender, corresponde muchas veces a la más exacta realidad. Acaso la idea primera de este libro brotase de unas palabras de Dostoievski insertas en su carta, fechada eb 1869, a Nikolai Strchov. Estas palabras dicen : "En un periódico cualquiera que se lea, tropieza uno con relatos de hecho totalmente auténticos que, a pesar de todo, nos impresionan como algo extraordinario. Nuestros escritores los estiman fantásticos y no los toman en consideración y, no obstante, son verdad, porque son hechos reales. Pero ¿quién se toma la molestia de observarlos, registrarlos, describirlos? Ocurren cada día y  a cada momento;  por lo tanto no son excepcionales..."
Deseaba, en definitiva, escribir una serie de narraciones literarias cuya anécdota fuera absolutamente real. Y aun más : que su certeza estuviese certificada por la noticia periodística aparecida en los diarios. Es decir, crear una verdad imaginada partiendo de un hecho histórico, convertir la noticia en una ficción, pero no pretendiendo únicamente dotarla de una apariencia de ficción y de unas características de ficción, sino que al mismos tiempo esa ficción fuera, en los posible, fiel a su originaria autenticidad. Entonces ocurre, por ese fenómeno de la creación literaria, que nos encontramos ante la posibilidad de que la ficción de estas apariencias penetre en una realidad factible, que pudo ser así, y que es interpretada, descubierta y proyectada. En cierto modo, debemos admitir que buena parte de la narrativa contemporánea se ha ido aproximando más y más al mundo real; aunque, como dijo Flaubert, "la realidad no debe ser más que un trampolín".
El trampolín de este libro da narraciones ha sido la presencia de unas noticias publicadas en nuestros periódicos o, en algunos casos, en periódicos extranjeros. Será, asñi, un intento más, entre los muchos que se han producido, de llegar a la literatura a través de un hecho real. Aunque este acontecer tenga, en sí mismo, apariencias de irrealidad. Y hasta el punto que difícilmente hoy un escritor podría, sin cierto rubor, escribir un relato que bajo tales líneas argumentales el lector rechazaría por imposible. De nuevo nos encontraremos con aquella verdad incuestionable que nos afirma que la existencia cotidiana es capaz de desbordar a la más pura imaginación. Algunas de las narraciones aquí agrupadas son totalmente inverosímiles, y, sin embargo, parten de un  hecho verdadero. Aldous Huxley, en el capítulo XIV de Contrapunto, pone en boca de unos de sus personajes : "Por muy extraña que sea la pintura, nunca puede ser ni la mitad de extravagante de lo que es la relidad original". Por muy sorprendentes e inverosímiles que puedan parecer al lector algunas de las narraciones de este libro, jamás podrán ser, ni remotamente, tan extrañas como la misms causa que las ha originado.
Esta obra, si se quiere, es el cumplimiento de un deseo hace tiempo en mí albergado. Quiero decir que he sido absolutamente honesto, y que la totalidad de las narraciones que reú no se han basado en noticias publicadas en las columnas de un diario. A veces se trataba de una noticia de esas que ocuban cuatro o cinco líneas. En general, las noticias no se explican : se dan los hechos y se acabó. Aquí termina el periodista y, a partir de aquí, empieza el escritor. Y el escritor, por el misterio de serlo, penetrará en esa noticia y acaso la descubra, la intuya o la adivine en todo su sentido, en toda su dimensión trágica o cómica, o dramática o irónica. Quiero recordar también las bellas palabras de Guy de Manpassant: "El realista, si es artista, no tratará de mostrarnos la fotografía banal de la vida, sino de darnos una visión más completa, más atrayente, más probada que la realidad misma". No sé, desde luego, hasta qué punto he conseguido algo parecido, pero sí es cierto que mi intención no era otra.
Hubiera podido, y tal vez el libro resultaría más experimental para el propio lector, incluir al fin de las narraciones la noticia-madre de cada una de ellas. No lo he hecho por una razón de respeto a los personajes, protagonistas directos o indirectos,  de cada uno de los sucesos recogidos. Casi todas son noticias recientes y en ellas se daban circunstancias persoanales, nombres y apellidos. Lo que fue ético en las columnas informativas de un periódico, no lo hubiera sido aquí, en el terreno de la literatura. Por ello también he cambiado nombres, localidades geográficas y otras circunstancias. Lo único que he hecho ha sido tomar el punto de partida, el trampolín de Flaubert,  y novelar una noticia procurando acercarme lo más posible, sobre todo en las narraciones de carácter dramático, a lo que pudo ser y en la forma en que pudo acontecer. La unión, como antes decía, del periodismo y de la literatura.
He empleado diversas técnicas narrativas, incluso la teatral, para dar vida literaria a esas noticias publicadas un día en un periódico. La técnica ha estado condicionada al carácter del hecho, a su clima, a su proyección dramática o humorística. El procedimiento ha sido, pues, aquel que se armonizaba más con  mi intención : disfrazar la verdad de literatura. Y , claro está, nos acerca más a la verdad. El escritor, y tanto más en nuestra época, parte de la invención para acabar llegando a la realidad y a su interpretación. Es ésta, sin duda, una de las misiones esenciales del arte, y también de nuestro tiempo. El periodista se atiene más exclusivamente a la información descriptiva. Este libro, y termino, es la fusión de ambos extremos : de la noticia de partida se alcanza la ficción y acaso, desde el misterio en que transcurre la vida, la literatura emprenda un camino de retorno para conocer más claramente la realidad.
Deseo, por último, testimoniar mi agradecimiento a la Fundación Juan March por la Pensión de Literatura que me concedió a fin de  que escribiese estas narraciones.

LOS EXTRATERRESTRES (1975)

Llevaba años investigando la posibilidad de existencia entre nosotros de seres extraterrestres. El problema se había convertido en la razón de su vida. Por fortuna, tenía medios económicos suficientes como para dedicarse en cuerpo y alma a su trabajo. Así pudo realizar viajes a centros especiales de diversos países, consultar archivos, mantener conversaciones, visitar laboratorios y conocer misiones de secretísima investigación. Gracias a su nombre, a la seriedad de sus ensayos, a la influencia que tenía en los medios internacionales, todas las puertas se le abrieron.
De cada uno de sus viajes regresaba con más seriedad en el rostro, con más inquietud en la mirada, con más tristeza en sus palabras. Ella, su mujer, apenas se atrevía a hablarle, a preguntarle cómo seguían sus investigaciones y si creía que más o menos pronto llegaría a algún resultado práctico. La verdad es que ella se encontraba inquieta y temía por la salud de su marido: aquella vocación de estudio, aquellos largos viajes le iban desmejorando visiblemente.
Ella estaba a punto de consultar con un buen médico: aquel progresivo agotamiento no podía seguir y era necesario tomar una determinación. Fue entonces cuando él una noche en que el otoño se desmayaba sobre los árboles de la avenida, frente al estudio, le habló con serenidad y tristeza.
- Tú sabes que a esto he dedicado casi toda mi vida. Son ya treinta años de ininterrumpido trabajo. Nadie mejor que tú conoce mis desvelos, mis consultas, mis estudios, mis investigaciones. Nadie mejor que tú puede comprender el dramatismo de mis conclusiones. Sí, creo que al fin he logrado llegar a un resultado práctico, a una espectacular revelación. Sé muy bien que nos movemos en un medio hostil, que apenas prestará crédito a mis palabras, a la veracidad de mis meditaciones acerca de la existencia de seres de procedencia extraterrestre entre nosotros. Incluso tú, puede que dudes de la seriedad de mis científicas deducciones. Ya sé que es difícil de creer, pero es la verdad, mujer: hay seres extraterrestres en la Tierra.
Ella le mira fijamente comprendiendo que vivía unos instantes solemnes al borde ya del asombro. Y él casi con lágrimas en los ojos contestó:
- Hay seres extraterrestres, sí, somos nosotros. No pongas esa cara de incredulidad. No estoy loco, al contrario. Al fin lo he comprendido: los extraterrestres somos nosotros, mujer, los que sentimos respeto por la vida, los que no creemos en el fútbol como se cree en Dios, los que no vamos por la calle dando codazos, puntapiés y mordiscos, los que pensamos que el hombre ha llegado tarde a su propia humana condición, los que hemos aprendido el nombre de los árboles y de los animales, los que leemos libros y no nos echamos a reir cuando se habla de poesía, los que confiamos en los demás, los que sufrimos con el ajeno sufrimiento, los que nos encontramos, por todo esto, sumidos en la soledad. Sí, mujer, somos nosotros, provenientes, en la cadena de nuestros antepasados, de otras galaxias de las que no conservamos memoria. Y los otros, los que son todo lo contrario a lo que te he dicho, y más cosas aún, son los terrícolas, los que no son extraterrestres, los que cantan las injusticias, los que poseen vocación de ignorancia, de fraude y de miseria.
Ella le observaba con fijeza y le comprendió. Y se tomaron de la mano y miraron sufrientes la luz de lejanas y extrañas estrellas que apenas se distinguían en la noche.

 

AMADO MUNDO PODRIDO (1976)

 

 

Nota preliminar

El año pasado trabé una relación personal y privada con Julio Manegat que tuvo como fruto, entre otros, el regalo de un ejemplar del libro Amado mundo podrido. Me lo ofreció con una viva recomendación. Según me confesó, esta novela es la que más le satisface de todas las que ha escrito, incluidas, como así me consta, sus dos últimas novelas aún inéditas. El respeto y cariño que le profeso a D. Julio me obligan a hacer extensible dicha recomendación a mis compañeros en lides literarias de la Tertulia de La Granja. Con la propuesta de lectura de este libro pretendo, en primer lugar, paliar el desencanto que produjo en algunos contertulios de La Granja la lectura del libro La ciudad amarilla escrito por el mismo autor que hice en abril de 2005, y especialmente la frustración de nuestro querido Profesor Molinero, quien manifestó su pesar por la inexistencia de una auténtica recreación de la vida de la familia de Eugenio Bonastre, la cual aparecía en la obra sólo tangencialmente, como basamento de una trama cuyo único objetivo era presentar la urdimbre del destino, la muerte y Dios. Por ello espero que, ahora sí, aproveche la oportunidad que nos brinda Julio Manegat, y disfrute de los pasajes de la vida de esta familia formada por Agustín Linares, su esposa Teresa Tapias, su suegra Juana Viu Tordesillas y sus hijos Marián, Rafael, Manuel y la niña que nace y crece a lo largo de la obra, Pilar.

En segundo lugar, pretendo rehabilitar a este autor desconocido en el panorama literario actual, hasta el extremo de que su nombre no suena demasiado en nuestros días, ni sus libros se venden en las librerías, y además romper una lanza en su favor y reivindicar el lugar que le corresponde, por derecho propio, en la historia de la Literatura Contemporánea española, rescatándolo del injusto olvido e inmerecido ostracismo al que ha sido sometido; y en tercer lugar, homenajear al autor y dar difusión a sus obras, las ya publicadas y las inéditas. Quiera Dios que estas últimas salgan pronto a la luz y engrosen su bibliografía, y que sirvan además para restituir la actualidad de un autor cuyos libros se pueden comprar hoy en día, a treinta años de la publicación de Amado mundo podrido, exclusivamente de segunda o tercera mano, eso sí, sin demasiada dificultad, lo mismo que las obras de su padre Luis Gonzaga Manegat, colega en tareas periodísticas y literarias.

Amado mundo podrido es una obra de madurez, obra llena de pesimismo que, según confiesa el autor, escribió “con amor, sufrimiento y bastantes gotas de amargo humor negro”. Se gestó cuando Manegat contaba con 52 años, después de una larga carrera literaria que comienza con un libro de poemas en el año 1947 y culmina con ésta, que es la última que conoció el tórculo. La obra estuvo a punto de ser llevada al cine, tal como ocurrió con “Spanish show”, aunque el proyecto no se materializó por el alto presupuesto que requería su filmación. Con todo, Amado mundo podrido es su novela más ambiciosa, oscura y quizá la más completa. En ella el autor hace gala de un perfecto dominio del oficio de escribir, y vierte todo su genio en la creación de un alegato de la miseria de la condición humana y de la mezquindad de la historia de nuestra civilización. No se salva nada ni nadie de la crítica, ni siquiera los credos religiosos, o por lo menos las actitudes de sus profesantes.

La novela está escrita con un estilo muy personal, ágil, redondo, sin abrupteces, con trazo homogéneo, poderoso y efectivo, profusión verbal y con una impronta que denota convicción y seguridad en el propósito, formalidad y materialización de la novela. Alterna sabiamente diálogos que van dibujando la vida e incertidumbres de los personajes con pura narración, en este caso menos poética que en otras novelas. Hay un enorme derroche de información que se le trasmite al lector, tanto histórica como metaliteraria, como si Manegat aspirara a crear una pátina de amargura conformada con el sustrato de todas las circunstancias desafortunadas, situaciones desgraciadas, actitudes miserables y todos los males habidos y por haber que enumera y describe, y que irremediablemente han dilapidado la felicidad de los seres humanos a lo largo de la historia, y como si aspirara también a dejar entrever sus múltiples lecturas de “lletraferit” y saberes vitales de búsqueda nunca satisfecha, abordando el misterio de la vida con disposición paciente, a la espera de una revelación.

En Amado mundo podrido el tiempo de la narración no es lineal. No hay una sucesión cronológica de los acontecimientos ni continuidad inmediata en el hilo de la trama. Esta distorsión temporal y argumental se lleva a efecto por medio de la inserción en el relato de los diversos listados de sucesos y personajes históricos, los roles descriptivos de circunstancias y eventualidades variadas y las múltiples enumeraciones de individuos relacionados en una especie, de objetos referidos a un mismo fenómeno y accidentes identificados en una categoría determinada que componen los textos de carácter informativo anteriormente mencionados, por una parte, y la inserción de textos con referencias explícitas de algunas lecturas del autor en clave de intertextualidad, por otra, entremezclados todos ellos con textos que cuentan la vida pasada y futura de los integrantes de la familia en el decurso de la aventura dominguera que se narra. Este juego temporal aparece ya en “Maíz para otras gallinas”, su anterior novela. En ella desgrana las vidas de los participantes en un banquete de empresa (“Mundiplast”), proyectándolas en el presente continuo del banquete y desarrollándolas en su contextura antero-posterior, haciendo coincidir cada plato de la comida con cada uno de los tiempos (pretérito y futuro) enumerados aparte del mero presente, el cual se hace visible a lo largo de la novela en el transcurrir del propio banquete. Manegat presenta una totalización o balance de la vida de los personajes, que se resuelve en una síntesis de la misma por cada personaje, incluso llegando en algún caso a la ancianidad. Se trata de un resumen de la vida, de ese instante de eternidad que tenemos el privilegio de disfrutar, algo así como la visión que Dios tendría de la biografía de cada ser humano desde un momento concreto del presente, al modo que dicen se muestra a uno su propia vida en el lance de la muerte. De esta manera, parece que Manegat quiere poner al lector sobreaviso del sentido de su vida, presentándole el resultado de la indagación del misterio de vidas ajenas, y obligándole a extraer conclusiones acerca de su propia vida, a partir del conocimiento de una o varias peripecias vitales. Este intento de ilustración o ejercicio pedagógico responde a la necesidad que siente el autor de formular una respuesta a la preocupación característica del ser humano contemporáneo, cautivo en el légamo del nihilismo y necesitado de una salida de emergencia a su zozobra existencial, preocupación que en los siglos anteriores sobrevenía sólo en la antesala de la muerte y no como en la actualidad, que se ha convertido en una obsesión. Así nos lo recuerda Ernst Bloch [“El hombre doliente. Fundamentos antropológicos de la Psicoterapia”, Víktor E. Frankl, Editorial Hérder, Barcelona 1987, p. 15] cuando dice: “Los hombres reciben el obsequio de aquellas preocupaciones que sólo se solían tener en la hora de la muerte”. En Amado mundo podrido el autor utiliza un recurso similar al de la obra Maíz para otras gallinas.. Así, el viaje a la playa introduce a la familia Linares en un apocalipsis existencial portentosamente doloroso, en el que una aventura dominguera deviene en el periplo vital de los miembros de la familia, jalonado por los hechos que concurren en la experiencia vital individual de cada uno de sus integrantes, principalmente los relacionados con el futuro; aunque también se explicitan algunas regresiones temporales, como las referidas a las vivencias protagonizadas por la anciana Juana Viu Tordesillas. Esta intertextualidad que, bien es cierto, provoca una distorsión en la sucesión temporal de los hechos, al mismo tiempo facilita una explicación de la identidad de éstos en las coordenadas de la unidad que presupone toda trayectoria vital y posibilita la indagación en el misterio de la existencia humana y en su envés, envés que en este caso sería la constatación de lo absurdo de todo proyecto de vida. En la novela el tiempo, en cuanto división designativa de la realidad, se ejecuta en una doble vertiente: La primera es la que comprende el transcurso del domingo eterno en el que acontecen los hechos más extraordinarios de la narración (el coche que cobra total autonomía, visita a lugares insólitos, irrupción en el habitáculo del automóvil de personajes anacrónicos y finalmente la muerte de todos los miembros de la familia Linares). Este tiempo se desarrolla en una continuidad inexorable y pasa vertiginosamente, lo cual explica que los chavales de la familia se vayan haciendo mayores y la anciana tienda a desaparecer, de suerte que acaba siendo algo indefinido, transparente y casi etéreo adherido al cristal de una ventanilla trasera del coche. La segunda, por su parte, es la que se manifiesta en digresiones y progresiones temporales que se concretan en los saltos al pretérito y al futuro de los personajes. Este tiempo también corre de forma rápida en lapsus temporales o retazos de vida, en apuntes escenográficos que reconstruyen las historias particulares de éstos en un todo discontinuo que contempla los diferentes estadios de sus vidas, así la juventud de Juana Viu de Tordesillas y la adultez de los hijos de Agustín y Teresa, con los problemas que deben, debieron o deberían encarar en sus existencias. La simultaneidad de ambos tiempos en el transcurso de la narración es patente en estos dos fragmentos: En la página 279, una amante de Marián, la hija díscola de Agustín y Teresa, hace mención a las imaginaciones de la mujer, y dice:
“Hablabas de mapas medievales que volaban, de manos cercenadas, de ciudades llenas de soldados, de valles de suicidas, de torturas, de palomas de picassos en el pico y de una tipa inglesa que se acostaba con Shakespeare”. Y en la página 122 Teresa Tapias comenta a su marido lo siguiente: “Porque ellos, y tienes que darte cuenta, hombre, no sólo hablan con nosotros, sino con otras voces que no son las nuestras, Agustín; voces que no nos pertenecen, o nos pertenecieron algún día, como la de María Castellet Dalmau, que se casó o se casará con nuestro Rafael”. Esta interrelación de los dos tiempos que concurren en el devenir de los acontecimientos prefigura la vida de los integrantes de la familia, vida que no conocemos si llegará a materializarse, a ser real. Además, la entrevisión de los dos hilos del tiempo en la novela, el del pasado y el futuro y el del presente de la pesadilla apocalíptica, es recíproca. Manegat utiliza esta técnica para hablar de la Vida, los problemas cotidianos y las cuestiones de calado existencial, sus amarguras y sus reveses, a través de los personajes que recrea, bien sean éstos los integrantes de la familia Linares, bien los personajes remanentes y arquetípicos en todas sus novelas, v. g. el sacerdote y el médico, o bien los pertenecientes a la galería de protagonistas absurdos y fuera de tiempo y lugar que acompañan a los Linares en su viaje fantástico, como son: Teobaldo “El Cojo”, cruzado cristiano que luchó en la toma de Jerusalén; Ramoncito y su señor, el coleccionista de víctimas; la niña eternamente violada, que seduce irremediablemente a agustín; Shanti “El Bonzo”, monje budista que intenta transmitir algo de paz a sus acompañantes; Elisabeth Brampton, actriz inglesa que participó en la compañía de Shakespeare; Sátiro, el sobón que magrea a Marian en el coche; el señorito inútil, etc… De este modo, los diferentes momentos cronológicos se entremezclan y se superponen para dar idea de una eternidad o continuidad temporal que no hace distingos entre las diversas estaciones de una vida, aunque tampoco perpetúa la supervivencia de la familia Linares más allá de su aventura dominguera, posibilidad que queda claramente desechada al final de la novela, cuando en la última página el narrador afirma que: “Agustín, entonces, con una íntima, acompañante y dolorida serenidad, supo que no se sorprendería lo más mínimo cuando al mirarse en el espejo retrovisor contemplase la imagen de su propia, vacía, amarillenta y resquebrajada calavera”.

Efectivamente, es así como concluye la aventura dominguera que protagoniza la familia Linares, aventura que consiste en una peregrinación en automóvil por un mundo extraño y alegórico, que lleva a dicha familia a su propio ocaso. La secuencia de los lugares que los Linares visitan despliega el rol temático que explicita el contenido ideológico y ético que el autor quiere transmitir. Los lugares que se describen, los hechos que en ellos acaecen y las consideraciones que se expresan tienen un trasfondo de crítica y de valor simbólico. La mayor parte de las situaciones que presenta son de la más portentosa actualidad, a pesar de tratarse de un texto escrito hace ya 30 años, por lo que además hay que reconocer el carácter profético de sus previsiones. Así, por ejemplo: el tráfico de órganos; las guerras injustas que asolan el planeta en nuestros días; las pretendidas cumbres de paz, que no son sino un chalaneo entre poderosos; el consumismo rampante de nuestro tiempo, en el que se vende hasta la dignidad de las personas; las plagas de la Humanidad, como el Hambre, la proliferación de cultos religiosos, la insolidaridad, las abismales diferencias sociales, económicas y culturales, el sometimiento a las ideologías, etc… Curiosamente, los lugares que visita la familia Linares se escriben con letras mayúsculas y son denominados con nombres grandilocuentes, que a la postre pretenden significar, uno a uno los ancestrales problemas que asolan a la Humanidad y preocupan al autor. Serían éstos: La Ciudad de los Soldados, que es una alegoría en la que Manegat denuncia la guerra, las guerras y la condición belicosa del ser humano, y en la que nos ofrece informaciones sobre el NAPAL, en clara referencia a su poder mortífero y a su empleo concreto en la guerra del Vietnam. La Residencia del Coleccionista de Víctimas, que es una alegoría del enajenamiento, la cosificación y deshumanización a los que se ve sometido el ser humano por parte de los poderes fácticos. La Ciudad del Gran Mercado, que contiene una crítica despiadada al capitalismo y al consumismo de la sociedad actual. En este lugar mítico se venden órganos humanos, armamentos y cargos políticos. Aquí da a luz Teresa Tapias a Pilar y se produce la detención de la familia. El Castillo y Alto Tribunal de los Hábiles Interrogatorios, que pone de manifiesto la arbitrariedad e impunidad con que los mandatarios ejercen el abuso de poder sobre los ciudadanos sospechosos de ser enemigos del sistema, que en la obra se plasma en la tortura inopinada a todos los miembros de la familia Linares, lo cual anticipa en pocas páginas la muerte de sus componentes. El Dulce Valle de los Suicidas, que simboliza una salida al sufrimiento y angustia de esta vida. Se nombran uno a uno todos los suicidas egregios que han existido en la historia. La Gran Avenida, ese lugar donde se agolpan las multitudes en interminables manifestaciones, que representa la escenificación millones de veces repetida de la rabia y la frustración por las exigencias no satisfechas. La Conferencia de Paz, que desvela el engaño que tilda de fraudes todas las cumbres de paz. El Museo Internacional del Hambre, que expone en toda su crudeza el gran problema de la canina en el mundo, imperdonable y acuciante hoy en día. Y finalmente La Ciudad de la Confraternización Universal, que presupone el último gran sueño de la civilización humana. Se trata de una ciudad de cartón-piedra con templos de todas las religiones y cultos del mundo. Sirve de decorado cuasiespiritual para el desenlace de la novela.

Paralelamente a la presentación y descripción de estos lugares, en la obra hay una rica amalgama de referencias que la fortalecen, y hacen de “Amado mundo podrido” una novela total y completa que abarca todos los órdenes de la vida, del espíritu y el arte. Se distinguen: las menciones musicales de compositores clásicos y alguna de sus composiciones, como Bach, Beethoven, Haendel, Corelli, Mozart, y enumeración de autores contemporáneos, como Beatles, Edith Piaf , …; las menciones a escritores y poetas, como : Pío Baroja y Rainer Maria Rilke, Federico García Lorca, Antonio Machado, Dámaso Alonso, Rafael Alberti …; las menciones cinematográficas, como : “El séptimo sello” (1956) de Ingmar Bergman, “Corpo d’amore” (1972) de Fabio Carpi; las menciones arbitrarias a hechos históricos del pasado próximo y lejano que son mostrados como boletines radiofónicos; y las menciones a hechos de la época, como el declive de Franco, lances políticos, etc… Por otra parte, también hay enumeraciones largas de elementos pertenecientes a una misma categoría, la mayoría de ellas llenas de imaginación y de humor negro. Quizá sea en estos interminables listados donde más evidente sea la ironía y ese matiz de humorada amarga que presenta al mundo como ya augura el título, en su completa y floreciente podredumbre, situación que no tiene ningún remedio o cataplasma mágica que pueda curarla o exorcizarla. Así lo entiende Agustín, quien al final de su trágica historia reconoce que sólo le queda el alivio del drenaje del amor arraigado en la pequeña comunidad familiar. Ocurre después de constatar que su familia duerme el sueño de la muerte en el SEAT 124 y tras un intento fallido de lograr la materialización de ese anhelo atávico de la Humanidad de una Confraternización Universal, cuando se topa con un hombre harapiento y desconsolado, un hombre al que está a punto de hacer culpable de sus desdichas y a quien va a increpar sin contemplaciones por la existencia de tanto sufrimiento en el mundo, un hombre con el rostro lloroso y doliente, un hombre anónimo que simboliza la angustia consustancial a todo ser humano, un hombre, en fin, al que acaba interpelando únicamente “¿puedo hacer algo por usted?” El hombre no responde, y entonces se da cuenta de que su vida se acaba y quizá lo único bueno que ha realizado haya sido haber amado entrañablemente a su prole, a su mujer y a sus hijos. En ese instante fatídico, Agustín siente en sus propias carnes el desgarro de la vida en forma de angustia existencial, esa vivencia lacerante de la realidad que afecta a todo ser humano y se agrava ante la constatación del fenómeno de la muerte como una estación necesaria e inapelable de la vida. En este trance el individuo humano, por lo general, se plantea los interrogantes acerca del sentido de sus acciones y de la esperanza en alguna suerte de salvación. Y verdaderamente, para no pocos esta salvación se convierte en la meta de la existencia humana, objetivo que es posible alcanzar, como creen, siguiendo la angosta senda de la fe, fe en las personas y, sobre todo, en Dios.

Dios es el gran “leiv-motiv” de sus obras, su tema preferido y recurrente. El autor en más de una ocasión ha admitido que se considera un hombre acorralado por Dios, y sometido irremisiblemente a los dictados de su imperio. Quizá por eso Manegat no duda en otorgarle un protagonismo relevante en todos sus libros. Basta recordar el broche con el que cierra la novela “La ciudad amarilla”, el auxilio espiritual labrado en una propuesta de esperanza y fe en dios que recibe la familia Bonastre como consuelo a su aflicción por la pérdida del padre; o también estos pasajes de la obra “Spanish show”: El primero lo protagonizan un sacerdote, un joven vicario que ha relevado a un párroco anciano y enfermo a quien visita en su casa, y el propio cura jubilado. Ambos departen, y en un momento de la conversación el joven sacerdote suplica al anciano una confirmación en la verdad de la fe. Es éste: “Se vuelve hacia la ventana y busca con la mirada el muro de la iglesia. – Pero la piedra, la piedra de Dios, permanece, ¿verdad, padre? El párroco, haciendo un esfuerzo, fatigado ya, responde : - Permanecer a pesar de todo, a pesar del río. Y nosotros, yo mismo, con este cuerpo enfermo, con este espíritu que pronto emprenderá la partida, ayudamos a afirmar la permanencia. Estamos en el centro de la corriente y debemos navegar con sabiduría y, sobre todo, con paz. No la pierda usted, hijo. Si nosotros perdiéramos la paz, ¿cómo podríamos dársela a aquellos que gritan creyendo que así se salvan del miedo?” [”Spanish Show”, Julio Manegat, Editorial Círculo de Lectores, Barcelona 1965, pp. 246-247]. El segundo recoge una reflexión del joven vicario:

“Jadeando , sudoroso, doliéndole sus anchos pies dentro de las gruesas botas de cuero, el vicario llega hasta la iglesia y recuesta su espalda contra el muro. Trémulo, presintiéndose también al borde del abismo, murmura : Pero la piedra, la piedra de Dios, permanece. Y se angustia. Porque no sabe si sus palabras son una pregunta o una afirmación” [“Spanish show”, Julio Manegat, Editorial Círculo de Lectores, Barcelona 1965, p. 318].

La angustia existencial y la incertidumbre por la salvación también hacen mella en agustín Linares, quien resuelve superar su agónica situación buscando a Dios, lo mismo que Max von Sidow, el protagonista de la película de Bergman “El séptimo sello”, que encarna al Caballero que juega al ajedrez con la Muerte y, mientras juega, busca algo a lo que aferrarse para no perecer de angustia. Este caballero afirma lo siguiente: “La fe es dolorosa. Es como amar algo que está lejos, oculto en la noche, y que jamás hace acto de presencia por mucho que se la llame. A veces creo que los que estamos fuera, en la noche, esperando inútilmente, somos nosotros. Porque lo peor es esto: que es inútil esperar” [“Spanish show”, Julio Manegat, Editorial Círculo de Lectores, Barcelona 1965, p. 233]. Agustín Linares hace suyo este pensamiento, y se refiere al abandono en que Dios ha dejado al ser humano en estos términos: “Porque no es que no creyese, definitivamente, en Dios, sino que empezaba a temer que a Dios no le importamos nada, como la individualidad, la vida personal de los virus, no nos preocupa a nosotros lo más mínimo en cuanto a su responsabilidad, culpa, inocencia y destino más allá de sí mismos”. (p. 212) Sin embargo, al final de la novela, esta apreciación pesimista de la realidad del ser humano, en completa soledad y desamparo, se desvanece en el fulgor de los destellos de la verdad del amor humano, la misericordia divina y la esperanza en la salvación. “Y sin saber qué impulso, qué fuerza le obligaba a ello, sacó la cabeza por la ventanilla y le gritó, con la alegría de la desesperación, que en algún sitio, por escondido que estuviese, habría hierba fresca, y piedra de Dios auténtica, y besos en los caminos”. (p. 340)

¿Dónde se hallará este lugar? ¿Quién lo conoce? Probablemente nadie. Porque no se encuentra en nuestro planeta, nuestro amado mundo podrido, ni en ningún otro lugar del universo. Es el Paraíso, la verdad oculta detrás del espejo de la vida terrenal, espejo en el que se refleja la podredumbre del mundo, al igual que en el retrovisor del SEAT 124 se proyecta la imagen de la calavera del infortunado Agustín Linares. Hay que trascender, por tanto, los límites del espejo, y mirar con los ojos limpios de la esperanza más allá de nuestro amado mundo podrido, porque allí, y sólo allí, reina la Verdad, como nos recuerda San Pablo en la Primera Epístola a los Corintios: “Ahora vemos por medio del espejo en enigma; pero después, cara a cara”. Manegat, a su manera, nos ha ayudado a afrontarlo y a desentrañarlo con su obra Amado mundo podrido.

 

LTLG

ELLOS SIGUEN PASANDO (1979)

Mi doble profesionalidad de escritor y periodista me ha llevado a buscar siempre una ficción más allá de la realidad escueta de una noticia. Es algo muy frecuente el partir de un hecho real para, utilizándolo como trampolín, llegar a la literatura. Es decir, crear una verdad imaginada partiendo de un hecho histórico, o, cuando menos, reseñado en las columnas de los periódicos.Pero no pretendiendo únicamente dotar a ese hecho de unas apariencias de ficción y de unas características de ficción, sino, al mismo tiempo, investigando por medio de la ficción la realidad factible, que pudo ser asi y que, en la invención, es interpretada, descubierta y proyectada. Será, pues, un intento más, entre los muchos que se han realizado, de llegar a la literatura a través de un hecho real, aunque tal hecho tenga, o pueda tener, absolutas apariencias de irrealidad. Y hasta tal punto que un escritor sentiría cierto rubor al trazar unas líneas argumentales que el lector rechazaría reputándolas de imposibles, de inverosímiles.
Absolutamente todas las breves narraciones aquí recogidas se basan en noticias publicadas en los periódicos, en hechos ciertos - o reseñados como ciertos- por muy inverosímiles que puedan parecernos. Obvio es insistir en cómo la realidad desborda muchas veces las posibilidades de la imaginación. Tal vez este libro sólo sea una comunicación más entre el periodista y el escritor, entre la realidad y la ficción, entre la noticia y la vida.

 

EL COLECCIONISTA (1984)

Más que tocar, se diría que acaricia los relieves de la figura esculpida en marcil. Sus dedos, como poseídos del tacto de los ciegos, recorren pacientemente el rostro, los brazos en fláccida tensión, los músculos pectorales que se resaltan, el hundimiento del vientre, la inacabable largura de las piernas, los pies, uno encima de otro,  y los clavos que apenas se apuntan sobre las manos y los pies. El artista supo sin duda de los caracteres anatómicos del cuerpo humano. De otro modo no hubiese podido plasmarlos con tanta exactitud en la marfileña dureza que, al cabo de los años, ofrece una sombra amarillenta, envejecida por el tiempo o por los pensamientos de cuantos se postraron ante el crucificado, en quién sabe qué iglesia de pueblo, rincón familiar o capilla de catedral.
Apenas oye la voz susurrante, persuasiva, casi tediosa, del anticuario :
- Es una pieza magnífica. De fines del XVI o principios del XVII.
Y menos aún percibe su propia voz al comentar.
- Sí. Lo es. No obstante, me parece un precio un tanto elevado...
El vendedor se quita las gafas y con ellas en la mano izquierda pretende abarcar todo el local colmado de muebles, cuadros, mayólicas y porcelanas, espejos antiguos y docenas de objetos que pertenecientes a alguien que les comunicó un poco de su propia vida.
- Usted es un entendido y sabe que el precio se ajusta a la realidad de los tiempos.
Sí, de nuestros tiempos...  Pero, ¿qué son, dónde están, qué significan nuestros tiempos? Acaso antes fue distinto y era posible, como él hace ahora con la escultura de marfil, medir, aceptar el tiempo, incluso compartirlo con naturalidad...
- Lo cierto es que nuestros tiempos...
¿Por qué lo ha dicho? Quizás el anticuario crea  que se trata de una insinuación de peligrosas intenciones políticas...
- No lo digo, claro es, por las circunstancias del país, sino porque, a mi edad, las cosas se ven de muy distinta forma. Los años son como sus gafas y las mías : nos hacen ver desde otra dimensión y perspectiva.
El vendedor halagándole, el acompaña :
- ¡Cuánta razón tiene! Bueno, no es que yo presuma de viejo, pero ya sumo un buen montón de años y experiencias. También contemplo el mundo de una forma distinta de como lo veía y vivía, años atrás. Da gusto hablar con usted. He de atender a tanto nuevo rico que sólo tiene dinero...
¿Por qué le adula, si sabe que ya está decidido, que comprará ese crucifijo sea cual fuere la cantidad que le pida? El anticuario lo ha comprendido desde que él le ha solicitado que lo mostrase, mucho antes de preguntarle el precio. Sin embargo, insiste una y otra vaz  en el halago porque este forma parte de su profesión :
- No crea... Uno, ¿sabe?, acaba por tomarle cariño a ciertas piezas y le cuesta desprenderse de ellas. Pero, claro, se tiene que vivir...
¿Cuando comenzó él a vivir? ¿Tan solo hace sesenta años? Era un niño al iniciarse la guerra, y el tiempo transcurrió tan rápido.. Los juegos se confundían con el silbido de las bombas al caer sobre la ciudad, con la crispación asustada del padre, con las palabras que se ocultaban en la noche, en los silencios de la habitación compartida con su hermano mayor. Hasta que éste desapareció. Sus padres le ordenaron que no lo comentase con nadie, que Rafael se ido "a la otra zona" y que, de descubrirse, correrían grave peligro. La madre añadió : "Tenemos que rezar por él".
Rezar era un rito, una obligación que acabó por convertirse en una molesta regla, en un imperativo sin sentido, noche tras noche. Como las mismas bombas. Hasta que terminó todo, si es que algo puede concluir de una forma definitiva. Rafael murió en una cuaqluiera de las batallas. Los padres lo aceptaron resignadamente : "Tenemos que rezar mucho por él".
La ausencia del hermano formó parte del absurdo, o de la misma iniquidad. Unas voces sucedieron a otras voces, y unas banderas a otras banderas. Como los himnos y las canciones,  la cotidianeidad cambió de sentido, de intención, de impertinencia.
El  anticuario no muestra el  menor signo de impacientarse ante el silencio del cliente que, una y otra vez, deja resbalar sus dedos, un tanto temblorosos, sobre la pulida superficie del marfil. Sabe que la venta está hecha y se salda la jornada con el necesario beneficio. Para acabar insinúa :
- Tratándose de un hombre como usted, incluso le haría una rebajita...
¿Un hombre como yo? ¿Qué sabe de mí? Lo mismo que yo de él, o menos. Aquí soy cliente, sólo un cliente, y lo demás no cuenta. Tratándose de un hombre como usted... ¿ Cuándo nació aquello que él mismo nunca calificó de afición coleccionista? Sus padres le dejaron lo suficiente como para vivir sin estrecheces. Intentó  seguir diversas carreras universitarias, pero en ninguna hallaba el estímulo que le permitiera seguir adelante. Y todo por esa locura que se le metió dentro hasta convertirse en una obsesión. Renunció a la Universidad. Estudió mucho, sí, pero no en las aulas, sino en las bibliotecas y en los libros adquiridos en España o en los países qeu con mayor placer visitó: Italia y Grecia.
Pero entonces ya había madurado la semilla que, poco a poco, fue convirtiéndose en árbol rebosante de ramas que le envolvieron en una espesura de la que no pudo librarse. Al principio fueron láminas, reproducciones de lienzos famosos que iban desde el arte bizantino al Cristo de Dalí o de Gregorio Prieto, pasando por los frescos e imágenes del romántico, por las pinturas y tallas góticas, por la exaltación renancentista y la exhuberancia del barroco. Empezó a enmarcar copias de obras maestras y a comprar más o menos buenas imitaciones. Hasta que un día entró en el almacén de aquel comerciante, entre anticuario y chamarilero. Tenía varios crucifijos, producto sin duda del expolio de alguna iglesia de pueblo, sobre una restaurada consola isabelina. Los compró todos. Y después, anticuarios, tiendas, mercadillos, ocasiones...
Fue una pendiente que se desliza hacia un pozo interminable. Y ya no pensó en otra cosa. En definitiva, tras el fracaso de su matrimonio con Luisa y aquella, dijeron, amistosa separación, se encontraba de nuevo solo y los bienes que poseía eran únicamente suyos y bien suyos. ¿ A quién iba a importarle que se gastase los cuartos comprando crucifijos, o en delicadas y codiciosas amantes? Ni siquiera se inmutó cuando los vecinos, y la desagradable portera, comenzaron a murmurar y a extender la noticia, si de noticia podía calificarse, de su enfermedad o, como concedieron otros, de su manía. Incluso el vecino de su mismo rellano, un ingeniero de todos los caminos, canales  y puertos, le insinuó una tarde que no descuidase su salud : " El alma, ¿sabe?, también es del cuerpo. ¿Por qué no consulta a un psicólogo? Perdone que le hable con tanta franqueza, pero creo que, conociéndonos como nos conocemos desde hace años, puedo permitírmela. No es posible considerar, ¿cómo le diría yo?, normal, esa afición a coleccionar crucifijos... Rara es la semana, o el día, en que no viene con uno nuevo a casa..."
No le respondió descortésmente, pero sí dejo muy claro que a nadie debía dar cuenta de sus actos, y menos aún de gastarse su dinero como le viniese en gana. ¡Faltaría más!
Y de nuevo la voz insinuante, pero ya un tanto recelosa:
- Créame que lo siento... Es un poco tarde y debo cerrar. Así es que...
Respondió distraído, absorto en la finura de las líneas que como nervios mínimamente oscurecidos presentaba el marfil.
- Sí, tiene razón. Le ruego que me excuse. Me lo quedo, por supuesto.
Sin percatarse de la sonrisa de triunfo de vencedor, extrajo del bolsillo del pantalón los billetes de cinco mil pesetas y los fue depositando sobre una mesilla.
El anticuario, mientras los recogía y contaba como sin darle importancia, aún se atrevió:
- Si desea pagarme con un talón... Tratándose de usted...
La suma era considerable y supo que apenas le quedaban ya unos pocos billetes.
- ¿Quiere que se lo envíe a su domicilio o prefiere llevárselo?
Y ahora caminaba por las antiguas callejas de la ciudad apretando bajo el brazo aquel casi insignificante paquete que, sin embargo, tanto representaba para él. Sabía que era algo así como el punto final porque comprendió que sus recursos, sus bienes, la pequeña fortuna, eran ya menos que nada y se habían convertido en lo que hoy era su hogar, tan lejano de las canciones matinales de Luisa, de los oscuros rezos de la guerra, de las enfermedades y la muerte de sus padres. El ingeniero de todos los caminos, canales y puertos le dijo una noche que entró para llamar por teléfono por tener el suyo averiado: "¡Qué barbaridad! ¡Es un verdadero museo! ¡Aquí hay, sin duda, cuadros y tallas de gran valor! ¡Ahora lo comprendo! ¡Qué inversión, amigo mío, qué inversión más inteligente!"
¿Inversión inteligente? Sí, un museo repleto de ojos suplicantes, de párpados cerrados o semiabiertos, agónicos, de regueros de sangre que no cesaba de brotar de miles de manos, de cientos y cientos de pechos heridos por el cincel de los escultores, de incontables rostros torturados, o apacibles como sonrisa dibujada en niños de primera comunión... Desde todos los rincones, incluso en la cocina en la que él, en los últimos años, se preparaba las frugales comidas, le miraban ojos y clavos, manos y pechos tallados en madera, esculpidos, como el que llevaba bajo del brazo, en marfil, incluso en coral  jade, y también en cursilísimo alabastro, o en la fría elegancia del mármol, o moldeados en yeso, arcillas populares, cerámicas en bajorrelieve cocidas al fuego y procedentes de tan inesperados caminos...
¿Por qué pesaba tanto el paquete que el anticuario - "Para disimularlo" dijo - introdujo en una anónima bolsa de plástico? ¿Por qué se le hacían tardos los pasos y hasta el pensamiento parecía recoger, relámpagos de oscuridad en la luz, una cadena de recuerdos, de años, de niñeces y libros, de novias y amantes que desaparecían a la vuelta de la primera esquina?
Supongo que aunque no sea un viejo, viejo, los años empiezan a dar señales de vida, lo que es lo mismo, señales de muerte. Sí, claro, la muerte... Y Landsberg, Platón, Unamuno, Ferrater Mora, Richter, Moody, Kübbler Ross, Morin y toda esa panda.. ¿Es que alguien sabe algo de la muerte? Rilke habló de ella muy bien, muy lírica y rilquianamente... Más vale no pensar en ello. No saber qué haré mañana, suponiendo que esté en condiciones de hacer algo. Loco, naturalmente. El ingeniero dirá que me venda alguna de sus "piezas", que incluso haré un buen negocio y me será posible seguir, como él dice, con mi afición, mi hobby de coleccionista de cristos...
Levantó muy digno la cabeza cuando la portera se le quedó mirando con la sonrisa burlona, o tal vez piadosa, con que le saludaba diariamente.
- Buenas noches. Ya veo que se trae una nueva compra, ¿eh?
Respondió amable, pero escuetamente:
- Sí, gracias. Buenas noches.
Como  siempre, le tembló el corazón al encender la luz del recibidor. En un instante convergieron sobre él ojos, pechos salientes y abdómenes hundidos, regueros de sangre violenta o de ingenuo color rosado en dibujito en cromo. Con la mano que le quedaba libre trazó en el aire un movimiento impreciso de saludo, de recepción que al propio tiempo se siente tentada por la entrega. Fue encendiendo las luces del pasillo, de las distintas habitaciones que se abrian a él, incluso las de la cocina y el baño, hasta que llegó a su despacho, donde culminaba el delirio de lienzos y de imágenes crucificadas.
Lentamente extrajo el paquete de la bolsa, deshizo el nudo del cordel y fue separando los papeles de seda que envolvían aquel prodigio esculpido en marfil  y que reposaba sobre una cruz de ébano. Con delicadeza depositó el crucifijo sobre la carpeta de cuero y, después, se sentó en su sillón, frente a él.
Una vez más contempló en la habitación la revuelta presencia de músculos, de silencios que le acosaban desde tantos años atrás que apenas era posible recordarlo. Y de nuevo se dejó mecer por el miedo, por la soledad, por la tristeza. Sus ojos, inclinados a la ancianidad, se humedecieron levemente. Había realizado su última compra. A partir de entonces lo difícil sería sobrevivir, incluso con la mayor sobriedad. Su futuro se había concretado de un modo definitivo en la transacción con el ladino comerciante. "Tratándose de usted, que se ve que es un entendido en arte..." ¿En arte?
Miró con fijeza, buscando una expresión en los cerrados ojos de marfil. Y pronunció las palabras de súplica y de rebeldía : Ahora ya sólo me falta creer en ti.
 

 

 

Colaboraciones semanales en el Diario de Girona

 

Julio Manegat escribió de manera incansable toda su vida. Comenzó en el Noticiero Universal y casi hasta el final de su vida enviaba su colaboración semanal al Diario de Girona. Esta aparecía todos los lunes. Salvo en casos de enfermedad o fuerza mayor, Julio no dejaba de escribir su columna. Este compendio quiere ser un recuerdo emocionado del seguimiento que hice de  sus artículos. Comenzaré con los artículos que he guardado y más adelante seguiré con otros que pueda recoger de la hemeroteca del propio diario.

 

Colaboración escrita a máquina y corregida a pluma 

 

Colaboración a máquina corregida a pluma II

 

Los personajes gritan   (14-8-2006)

Un querido amigo, escritor bilbaíno, me pregunta, después de estar unos días en Barcelona y haber leído mi novela “La ciudad amarilla”, en qué cruce se produjo el accidente que costó la vida al personaje central de este libro. Ahora, cuando tantos ciudadanos agotan el agosto de vacaciones, la pregunta de mi amigo me ha llevado, una vez más, a acercarme a la relación existente entre el autor y sus personajes, tema, por otra parte, del cual se han escrito innumerables páginas.

Cuando yo todavía tenía coche, y pese a los años transcurridos, circulaba por el supuesto cruce barcelonés del accidente causante de la muerte de mi personaje, el taxista Eugenio Bonastre sentía como un misterioso temor que a mí también me pasara algo en este cruce. Los personajes literarios, esto sólo lo sabe quien los crea, se ponen en la vida de sus creadores y nos llegan a hacer el efecto de tan reales que uno no se sorprendería el más mínimo si tropezara a la calle con alguno de ellos lo abordara a la puerta de su casa.

Espero y deseo que ustedes conozcan la famosa obra de *Luigi *Pirandello “Seis personajes busca de un autor”. Mucho influyó esta obra para que a *Pirandello le concedieran el *Nobel de Literatura en el año 1934. Los personajes, en esta obra teatral y en la vida de todo escritor, están vivos y a veces piden con insistencia que se los traiga a las páginas de una novela, de un cuento o al escenario teatral. *Pirandello, en un delicioso cuento, narra como los domingos concedía audiencia a personajes que querían vivir literariamente. Un anciano, que se presentaba cada domingo, era un personaje de otro escritor, pero no estaba de acuerdo con la vida que este autor le había dado y pedía una segunda oportunidad. El personaje se puso tan pelmazo que *Pirandello acabó por ponerlo en una de sus novelas y al segundo capítulo lo mató.

Les confieso que aun cuando ya hace demasiados años que no publico novelas o cuentos, tengo muy cerca una serie de personajes que me piden que les dé vida literaria. Uno de ellos es una mujer de mediana edad, de ojos grises, de cuya mirada emana una profunda tristeza. Me dice que se encuentra muy sola y que necesita explicarme su vida que, asegura, es una compleja novela. Se llama Rosa María y nació en Cádiz. Suplicando, me hizo confidencias muy curiosas e interesantes. También podría hablar de Jacobo, dueño de una tienda de antigüedades y que posee la misteriosa virtud, o facultad insospechada, de conocer la vida y milagros de las personas reales que poseyeron cada una de las antigüedades que tiene en la tienda. Me ofrece sus historias para que yo escriba un libro de cuentos. O de Mateo, padre de familia, médico de profesión, que experimentó un extraño desdoblamiento de personalidad y adquirió la de un obrero de la construcción. ¡Y tantos más!

O sea, en definitiva, que aun cuando un servidor ya sea una venerable momia, todavía hay personajes que entran a mi vida y me tientan con las más delicadas, emocionantes o hirientes historias.

Además de, claro está, algunos personajes de mis novelas, cuentos y obras teatrales que, de vez en cuando, se me acercan a hablar un rato conmigo. Incluso llegan a recriminarme que, después de haberlos creado, no haya vuelto a leer los libros en los cuales ellos viven... Yo creo que lo más bello y sugestivo del misterio es ésto, que es misterio. 

 


 

Baroja   (28-8-2006)

El próximo octubre, o ahora ya, se publicarán artículos, quizás también aparezca algún libro, sobre el más gran escritor español del siglo pasado: Pío Baroja y Nessi. El 30 de octubre se cumplirá medio siglo de su muerte. Ahora, mientras escribo estas líneas, tengo a mi lado un ejemplar de la primera edición de “Zalacaín el aventurero “(1902), que fue mi inicio en la larga aventura barojiana. Al poco de su muerte colgué en mi rincón de trabajo la fotografía del escritor. Y aquí está, con su ancianidad de blancura a la barba, con su mirada chispeante y socarrona, con su boina decantada con esa sabiduría vasca de una sola mano...

De este gigante de las letras ya se ha dicho todo lo bueno y todo el malo que se podía decir. Baroja no era amigo de centenarios ni de conmemoraciones. Si pudiera leer el que ahora se escribirá sobre él, quizás se rascaría algo la cabeza y diría: “ ¡ Caray! ¡ Cómo es la gente, qué individuos!». Y puede que con una risita disimulara su emoción, como tantas veces hizo en vida.

¿Qué puedo decir yo ahora de *Baroja, del escritor que levantó una obra densa, cuajada de ideas, turbulenta, grandiosa, sombría y vital? Don Pío fue en su obra un testigo de la vida, del sufrimiento, del acción, de la crueldad y también de la ternura por defenderse de él mismo. En Baroja late la fuerza del 98, la conciencia del 98 que, podría decirse, es el patriotismo del dolor. Y todo el mundo se sentía capaz de rechazar o aceptar Baroja: las derechas y las izquierdas, las Hijas de María y los sindicatos obreros, los jesuitas y los ateos, los comunistas y los requetés, los republicanos y los monárquicos... Es un espíritu libre, sincero, descarado y luminoso, un hombre de acción, así lo dijo él, que no tuvo valor por serlo en la vida real y se contentó de serlo en la literatura.

Como es obvio no «descubriré» a Baroja, el escritor que estuve a punto de conocer personalmente. En los primeros años cincuenta fui en Madrid y llegué a la calle Ruiz de Alarcón, número 12. Sbí hasta la puerta, derecha, del cuarto piso, vacilé y mi mano no se atrevió a tocar el timbre... Como lo he llegado a lamentar desde entonces! Porque Baroja era un hombre educadísimo y cortés, amable y acogedor. Aquello hiriente, sombrío, lo dejaba para sus libros. ¡ Cuánto podría ahora escribir sobre él!...

Dos veces, y de la mano de su sobrino, el etnólogo Julio Caro Baroja, visité, como en peregrinaje barojiano, Itzea, la casa que Don Pío compró -un gran cortijo vasco- en Vera de Bidasoa, en Navarra, aunque muy cerca de la guipuzcoana Donostia, la ciudad donde nació el 1872. Julio Caro me permitió sentarme en la butaca de Baroja, ante la mesa de trabajo, e incluso tener a la mano la última estilogràfica con la cual escribió el escritor en Itzea. La última vez que fue allá fue en el verano anterior a su muerte. El 20 de mayo del 56 se fracturó el fèmur derecho. Ya era un anciano que perdía la memoria... En la ambulancia que lo traía a la clínica le comentó a su sobrino: «Estos coches-cama de ahora son muy extraños». Baroja ya estaba lejos de él mismo. Un día, patéticamente, le preguntó a su sobrino: «Y yo, ¿cuándo me he muerto?». Julián Marías escribió: «Lo recuerdo ahora muerto, sereno y blanco, recogido en sí mismo, ganado por la muerte. Con un puñado de tierra no había suficiente para cubrir con ternura este tierno y arisco gorrión, el menos cursi de los pájaros».

Y más de cien libros y una proclamación personal de independencia. Y yo, con dolor, me pregunto: ¿quién lee hoy a Baroja?

 


 

Paréntesis hospitalario (14-9-2006)
 

Aun cuando alguna de mis colaboraciones de agosto las envié con antelación, lo cierto es que, cuando se publicaron, un servidor se encontraba hospitalizado. La causa fue una urgente intervención de vesícula. Pero, claro está, no se trata ahora de hablar de mi accidente, sino de la experiencia que representa para un escritor y periodista una larga estancia hospitalaria, y ¡ durante el mes de agosto! Las horas se traducían en observaciones con respecto al funcionamiento de un gran centro sanitario al cual, como todo por todas partes, llegaba la fiebre vacacional. Bien, sabemos que es una mala ventura ponerse enfermo durante el mes de agosto. Un período que no todos, pero sí muchos médicos están, y lo cito como símbolo, «en Cadaqués», lejos de sus habituales centros de trabajo. Después de una seria intervención quirúrgica, va haber periodos de más de dos días en los cuales ni siquiera ningún médico sacó la cabeza por mi habitación... Y además una muy precaria información a la cual, como paciente, tenía derecho.
Y un hecho decepcionante, que uno ya conocía por «incultura general», se me hizo evidente: la relación comunicativa entre médico y persona enferma se ha convertido, excepto en algún caso y momento, en relación médico-historia clínica. Digo con todas las palabras: la práctica médica se ha tecnificado de tal manera, en muchos aspectos memorablemente, que mucho ha contribuido a la deshumanización en los grandes centros hospitalarios.
Recordaba un día las palabras de un ya lejano médico francés en las cuales se resume cuál debe ser el comportamiento básico de los profesionales de la ciencia médica. Son unas palabras que todos los médicos, sin excepción, deberán tener bien grabadas al cerebro y al corazón: «Curar, cuando se pueda; aliviar, casi siempre; consolar, siempre». Qué bello criterio del ejercicio de la medicina! Bello, ético, vocacional y altruista porque significa aquella, no tan lejana, comunicación entre médico y persona enferma, ser humano que necesita ayuda física, médica y espiritual, sin llegar a convertirse en una ficha de ordenador, en un archivo de resultados de múltiples pruebas analíticas. Si es así, no siempre pero sí que en muchísimos casos, el enfermo, además de sus dolencias patológicas, acumula un creciente sentimiento de lejanía, de soledad y también de tristeza. Sentimientos estos que todavía más entorpecen la añorada, directa y sentimental relación entre el médico, que el paciente idealiza siempre, y el ser humano que sufre. Me recuerda, en éste y otros sentidos, la tarea pionera que hizo la doctora, suiza de nacimiento y americana de adopción, Elisabeth *Nubbler *Ross, cerca de enfermos terminales en un hospital de Chicago. Toda una lección de humanismo y humanismo médico!
Creo que los que entre ustedes hayan vivido, y sufrido, alguna experiencia parecida a mi, deberán estar de acuerdo con lo que expreso en mi colaboración de hoy. Se trata, me temo, de algo rigurosamente irreversible. Pero también creo que no está de más recordarlo de tanto en tanto. Por otra parte, casi les pido suplicando, que procuren no caer enfermos, aunque tan difícil sea evitarlo si se presenta una sorprendente y seria dolencia, durante el mes de agosto, mes tantas veces de inútiles fugas vacacionales.
No, no lo hagan porque, queda claro con toda la carga de ironía posible, son muchos, quizás la mayoría, los médicos que están «en Cadaqués»...
 


 

Fulgores  (29-6-2009)

No tuve tiempo de escribir algo, en mi colaboración del pasado lunes, sobre Vicente Ferrer, el gigante del amor y la ayuda a los más pobres entre los pobres, los más miserables entre los miserables, a los más desamparados entre los desamparatdos. El lunes pasado se entregó a la tierra el cuerpo físico, material, orgánico, de este titán de la más efectiva misericordia. No quiero, pues, cuando en gran parte del mundo se glosa su vida y su obra en el lejano Anantapur de India, insistir en estos aspectos ya tan divulgados y conocidos. Tanto que estoy seguro de que la Fundación Vicente Ferrer, el héroe del amor y la entrega, cobrará con la muerte de este catalán de dulce y misterioso sonrisa mayor colaboración para que continúe su colosal obra, esta obra que es un fulgor en la oscura y siniestra parte de la sociedad global de nuestros días y de siempre. El mismo Vicente Ferrer, que ya tenía nombre de santo, era un resplandor de luz en aquella parte triste y abominable en la sociedad de la violencia, crueldad, indiferencia, insolidaridad e injusticia social. Sólo quisiera añadir a tantos comentarios y glosas mi sorpresa ante el hecho de que nuestro presidente, señor Montilla, se contentara con enviar al entierro de Ferrer una vicepresidenta del Gobierno catalán. ¿Qué urgente, importante, imprescindible tarea justifica su ausencia del sepelio de nuestro barcelonés Vicente Ferrer? ¡Y ni siquiera una corona de flores o de laurel! Y otra pregunta que me hago: ¿cómo, hasta donde yo sé, la Conferencia Episcopal española no ha dicho nada de Ferrer? ¿Por qué fue jesuita y salió del orden? Me parece que este hombre delgado y humilde al que cientos de miles de parias, intocables, de India llamaban Father, Padre, y que se dice que unos 300.000 pasaron por la capilla ardiente para despedirse de él con un profundo agradecimiento , respeto y estimación, fue mucho más cristiano, que es algo tremendamente difícil y arriesgado, que fuerza cardenales, obispos y sacerdotes de mayor o menor rango. Y lo digo desde mi sentimiento de católico que ni siquiera ha soñado, al final de su vida, llegar a ser un poco cristiano. "Obras son amores, y no buenas razones".

Algo todavía. Me sorprende que a Ferrer se le haya calificado como cooperante, que es una expresión burocrática y fría, en lugar de titularse lo humanitario, que es el que mira al bien de los seres humanos, lo que para humanitarismo siente y vive compasión por las desgracias ajenas y se entrega a ellas en cuerpo y alma.

Bueno, el caso es que la muerte de Vicente Ferrer me ha llevado a evocar otros fulgores, lejanos o cercanos, que entregaron sus vidas a la ingente aventura de ayudar, con incalculable amor y desprendimiento, los más necesitados. Bien sé que dos o tres artículos no son para recordar estos hombres y mujeres de excepción. Se necesitarían, y en muchos casos están, libros enteros para glosar cumplidamente vidas y obras. Sin embargo, ni siquiera sé por qué he sentido el impulso, creo que no estaría de más en estos tiempos de ira y miedo, cuando la labor de unos pocos, aunque sean muchos, apenas es nada ante las voces, hambrunas, lágrimas y derechos que levantan en el mundo millones y millones de seres humanos. Me propongo, pues, en unos artículos más, recordar algunos de estos gigantes que nada, por supuesto, tienen que ver con los personatgets que llenan las páginas y las imágenes de las comerciales chismes en todo el mundo y que en nuestro país se desbordan estúpidamente. Hasta el próximo lunes, por tanto, que iniciaré este, al menos para mí emocionante, recorrido de evocaciones de fulgores a la noche. Todos ellos se unen ahora en el fulgor de Vicente Ferrer.

 


 

Fulgores II (6-7-2009)

El pasado miércoles se celebró en Barcelona una misa por Vicente Ferrer. Mejor templo no podía encontrarse en: Santa Maria del Mar. En la iglesia no cabía ni un alfiler. Las autoridades, muy puestas en primera fila, asistieron a la ceremonia, lo que era mucho más fácil que desplazarse a la India para asistir al entierro de Ferrer. También se pedirá el premio Nobel de la Paz para su fundación. Está bien, pero todo esto no enmienda las ausencias en la India. Bueno, así es el país y los políticos del país. Que con su pan se lo coman.

Sigo hoy el recorrido de evocación de fulgores, hombres y mujeres que lo dieron todo para los más necesitados que siempre están ahí, donde sea. Quizás a muchos lectores, si los tengo, les sorprenderá que empiece prestando en la figura, tan lejana en el tiempo, de Francisco de Asís. Lo hago por varios motivos: mi fascinación hacia este personaje, su vinculación a Cataluña, lo que muchos catalanes ignoran, una pintura que lo representa y que preside mi mesa de trabajo, bellísimo cuadro del siglo XVII o XVIII, una talla de Francisco admirable, quizás de la misma época que el cuadro y que he tenido cerca toda mi vida ...

Il Poverello llegó a Barcelona en 1211-que me perdonen los que ya lo saben-y estuvo allí dos años. Siempre mendigaba para los pobres en esa ciudad medieval asediada por hambrunas y mil calamidades. Predicaba con la palabra y con las obras y pronto su fama de santidad se extendió por toda la urbe. Recibió la protección de Jaime I y de algunas adineradas familias barcelonesas, lo que le permitió edificar un convento que se levantó entre el actual paseo de Colón, la plaza del duque de Medinacelli y la Puerta de la Paz. Este convento de Fra Menors se mantuvo hasta la desamortización de Mendizabal, a mediados del siglo XIX.

Libros enteros se podrían dedicar al recuerdo de anécdotas y leyendas de aquellos dos años de dedicación total, en cuerpo y alma, los pobres, por parte de Francisco de Asís y de sus discípulos. Recordemos, sí, que Francisco fue a pie a Montserrat, que ya era, desde 1025, monasterio benedictino. Sabían ustedes que en Barcelona se modeló, por San Francisco, el primer belén, o pesebre de la historia? Con arcilla lo hizo Il Poverello y lo dejó a sus discípulos como recuerdo cuando decidió volver a Italia.

¿Qué queda hoy de la estancia del santo en mi pueblo, Barcelona? Además de los muchos conventos de franciscanos y capuchinos que hay en toda España, aquí recuerdan dos calles: la calle Nou de Sant Francesc, que se inicia donde hubo el convento, y la calle De los Pájaros. Esta calle corta, estrecha, relativamente próxima a la otra, se llama así, los Pájaros, por una leyenda de la cual, claro, fue protagonista Francisco, tan amante de los pajaritos, tibios corazones voladores de dulce compañía-siempre en libertad, por supuesto-.

En el Borne se encontró Francisco un hombre que vendía jilgueros que previamente cegado con un cuchillo calentado a la llama de una vela. Decía que así cantaban mejor ... Francisco -comienza el milagro, según la leyenda- se horrorizó ante aquella crueldad y propuso al hombre un pacto: si su padre, ciego, recuperaba la vista, él no volvería a cegar jilgueros. Dicho y hecho: el padre de aquel hombre, al que fue a ver Francisco, recuperó la vista y su hijo no sólo no volvió a cegar jilgueros, sino que dejó en libertad a todos los pajaritos que tenía enjaulados. A veces, al pasar al lado de esta calle ...

Anécdotas, leyendas, misterios ... No importa, lo que sí importa es recordar que el santo de Asís estuvo en Cataluña dos años en los que, se dice, no dejó ni un día de pedir limosna y de ayudar a los pobres como había hecho y seguiría haciendo durante toda su vida. En mi próximo artículo, las evocaciones serán más breves, pero la de la estancia de Il Poverello en Cataluña ... ¡ qué gran fulgor fue el de Francisco de Asís!

 


 

Fulgores III  (13-7-2009)
 

Quiero decir, en meterme en este resplandor de fulgores humanos humanitarios, que no tengo Internet y que, en general, escribo de memoria, con lo que me excuso de que algún dato pueda no ser rigurosamente exacto, si bien procuraré que tal cosa no pase. Bueno, sigo la evocación.

El vizconde francés Charles de Foucauld, oficial del ejército que, después de un relámpago de conversión, se hizo trapense y, posteriormente, se dedicó en los pocos y muy intensos años que le quedaban de vida a ayudar física y moralmente los altivos tuaregs, los "hijos de la nube". Se instaló en el oasis argelino de Beni-Abbé y fundó una limitada comunidad de religiosos agrupados bajo el expresivo nombre de "Fraternidad".

Allí, y también en otros lugares del gran desierto, se entregó con sus compañeros a cuidar los nómadas orgullosos y miserables que iban a aquel lugar donde se alzaban unas precarias construcciones de piedra y viejos troncos de palmeras. Se extendió, como siempre ocurre en casos similares, su fama de santidad. Estamos en los primeros años del siglo pasado, en 1901. Charles de Foucauld sufrió la picadura de una serpiente venenosa y entonces fueron aquellos nómadas quienes le atiendieron y lo curaron con sus tradicionales y primitivos métodos.

De Foucauld, cuya salud ya era muy débil, vivía en condiciones de suma pobreza porque todo se destinaba a los más pobres y necesitados que él. Era una época de revueltas y conflictos y algún eco de la Guerra Mundial de 1914 llegaba hasta ese apartado lugar donde se ofrecía bondad, ayuda, paz. En 1916, el abnegado Charles de Foucauld fue asesinado por un fanático ... Pocos e intensos años ya se habían transformado en destellos de luz en la noche del desierto.

Albert Schweizer era médico, teólogo protestante, filósofo, excelente músico organista ... Un día lo dejó todo y pensó que su vida no tendría sentido si no la dedicaba a los desamparados y sufridores. Y tenía que ser en un lugar difícil, áspero, tal vez agresivo. Schweitzer se fue nada menos que a Lambarené, en 1913, y allí fundó un hospital para atender a los enfermos y pobres que pronto desbordaron la capacidad de ese centro sanitario al que llegaban más y más enfermos. Lambarené, hoy en el Gabón, pertenecía entonces, 1913, en el Congo. Está situada esta población, de poco más de 20.000 habitantes, a las orillas del río Ogoqué. La verdad es que no sé si ese hospital continúa "vivo" actualmente.

El doctor Schweitzer, al que se le concedió en 1952 el premio Nobel de la Paz, murió en Lambarené los 90 años, en 1965. Era el final de otro de estos resplandores, fulgores, que nunca se apagan. No era fácil mantener la actividad de ese hospital al que tantos enfermos acudían, pero Schweitzer fue un hombre que no se paraba ante nada y, como además era un buen músico, de vez en cuando volvía a Europa en hacer una serie de conciertos de órgano para recaudar fondos para el hospital. Aunque yo no lo recuerdo, creo que estuvo en Barcelona para la Exposición Internacional de 1929 y que hizo un concierto de órgano en el gran salón del Palau Nacional de Montjuïc.

Y algo respecto a este hombre-fulgor que merece ser recordado. Cuando le concedieron el Nobel de la Paz, un periodista, durante una entrevista, le pidió que resumiera cuál era el sentido básico de su filosofía, de su labor humanitaria a Lambarené.  Albert Schweitzer respondió con unas palabras breves y aparentemente sencillas: "El respeto a la vida". ¿Qué más se puede decir que se traduzca en amor, entrega y ayuda a los otros, a la legión de los parias del mundo, de la famélicos legión, como dice "La Internacional"?

 


 

Fulgores IV (20-7-2009)

 

Seguimos este breve y, al menos para mí, emocionante recorrido de nombres y obras, de personalidades del bien y de la ayuda. Casi estoy por asegurar, o sospechar, que ninguno de mis lectores ha sentido nunca el nombre de Eva Lavallière, brillante actriz francesa de principios del siglo pasado. En el teatro, en el cabaret, en la ostentación y la frivolidad, Eva fue una estrella de éxitos y aplausos.

Bien. Esta mujer, que en realidad se llamaba Eugenia María Fenoglio Ardonuet, y que escogió primero, como nombre profesional el de Eva La Vallière y, posteriormente Eva Lavallière, tuvo una infancia desdichada: su madre murió asesinada por su marido y éste se suicidó. Pero ella, Eva, con el tiempo, se abrió camino en los escenarios y los más selectos salones de París, que entonces era la capital del mundo.

Y un día-nadie sabe dónde empieza y acaba el misterio-recibió el rayo de su conversión. Y entendió que su vida de lujos y frivolidades no tenía el más mínimo sentido. Se dedicó, después de vender todos sus bienes, los pobres de París. Vivió tan austeramente que su salud se fue debilitando hasta que murió, en 1929. Por amor fue dejando en el camino el don más preciado: su vida.

Ahora bien, lo curioso es que de Eva tengo dos versiones. Esta segunda me la explicó mi padre hace muchos años, cuando yo era un adolescente. Según esta versión, Eva, o Eugenia María, fue a la India en viaje turístico y allí se inició su radical cambio de vida. Lo vendió todo y se entregó a la India al cuidado de los leprosos, muy numerosos en aquellos años. Cierto tiempo más tarde varios de sus antiguos amigos de París fueron a la India ya encontrarse a ella. La encontraron limpiando las llagas de un leproso. Uno de los amigos no se pudo contener de exclamó: "Yo no haría esto ni por un millón de dólares!". Eugenia María respondió con sencillez: "Yo tampoco". El amor abnegado no se entrega por dinero. Cualquiera de ambas versiones tiene, claro, el mismo significado.

Y así lo entendió Raoul Follereau, a quien conocí y con quien compartir pan y palabra en casa de mi padre. Follereau fue desprendiendose de su fortuna para ayudar a los que padecían la enfermedad de Hansen, la lepra. Se le llegó a llamar "el apóstol de los leprosos" y fundó una asociación, también aquí, con la única misión de ayudar, en todos los aspectos,a estos enfermos. Esta asociación, JAL, sigue con su misión capitaneada por Claudio Satorre. Mucho podría ahora hablar de la otra gran obra realizada, antes y ahora, para JAL, Jóvenes Amigos de los leprosos.

Ya que de la enfermedad "maldita" trato hoy es necesario que recuerde una religiosa, sor Laura, que desde jovencita se entregó a estos enfermos en el viejo Hospital de Sant Llàtzer, en el barrio barcelonés de Horta. Yo, con trece años apenas, la pude conocer en una visita en este hospital antes de la guerra civil. Fue una profunda impresión de que nunca he olvidado. Sor Laura era una señora mayor contagiada de la lepra. En la cama ya siempre. Era increíble ver como aquella mujer, sin apenas labios, comidos por la enfermedad, era capaz de sonreír. Era la sonrisa del final de una larga entrega, silenciosa, humilde, amorosa, a los enfermos. Esa sonrisa casi sin labios no ha dejado nunca de acompañarme ...

Ahora me doy cuenta que me vienen a la memoria, la del corazón, que es la mejor de las memorias, otros nombres y vidas de sacrificio y entrega total a los miserables, sufridores y desamparados. Por mucho que procure abreviar, algunos más serán huellas en el recuerdo, de agradecimiento, en mis próximas colaboraciones. Suficiente empacho de políticas tenemos como para no recorrer estos caminos de luz, de amor en su más alto sentido, y de esperanza. 

 


 

Fulgores V (27-7-2009)
 

Escribo estas líneas cuando se conmemora a bombo y platillo la llegada del hombre a la Luna. Fue, sin embargo, un gran triunfo de la ciencia y de la técnica. Sin embargo, y por favor, que nadie me tache de demagogo, me pregunto cuando se conmemoró el haber erradicado el hambre de estos mil millones de seres humanos que actualmente viven y mueren de ella. Y ahora, vamos a los fulgores de estas semanas.

Por cierto, en mi anterior artículo se me olvidó, al hablar de Raoul Follereau, recordar una curiosa y triste anécdota. Lo hago hoy.

Cuando se encontraban en el poder en Estados Unidos y Rusia, respectivamente, Eisenhower y Kruschov, Follereau los envió varias cartas en las que les pedía la caridad del importe de un avión de bombardeo. Con este dinero se hubiera podido atender, y en muchos casos curar, los quince millones de leprosos que entonces había en el mundo. Los mandatarios citados ni siquiera se dignaron a contestar a estas peticion.

Seguimos con los entregados a cuidar leprosos. Otra religiosa, Sor Gabriela, italiana, dedicó su vida a ellos. En Uganda. Su fama hizo que se la conociera como "Madre de los leprosos". Sor Gabriela Menegón fundó una de las más importantes leprosería de África. En 1928 entró en la vida monacal, en Verona, y cuatro años más tarde fue a África, a trabajar en un pequeño lazareto creado anteriormente por un cura. Gabriela se hizo cargo de una cincuentena de niños enfermos. Pero esta dedicación no le era suficiente: escribió miles de cartas pidiendo ayuda económica. No sé qué debería decir, pero el caso es que empezó a recibir dinero, mucho dinero, y pudo construir un importante hospital en el que llevó adelante su gran obra de atención, ayuda y amor a los enfermos. Sor Gabriela murió, curiosamente, en 1965, el mismo día en que murió Albert Scheweitzer. Fulgor más fulgor.

¿Qué podría decir ahora, tan reciente su vida y su obra en la India, de la madre Teresa de Calcuta? Sólo que comenzó recogiendo moribundos en las calles de la gran ciudad y ayudándoles a morir, ya que, entonces, no podía ayudarlos a sobrevivir al hambre, la enfermedad y la miseria. Así inició su titánica obra Teresa de Calcuta. Después llegaron los hospitales, escuelas, centros de acogida, ambulatorios, y recibió el Nobel de la Paz en 1979 y murió en 1997.

Esta mujer de origen albanés fue, ustedes ya lo recuerdan, beatificada hace seis años.

Para terminar hoy, sólo un apunte centrado en la doctora inglesa Frances Wakefield. Apenas terminados los estudios se marchó a África y consumió su vida cuidando y ayudando a los tuaregs de Temanrasset, en el desierto argelino, a 1.300 km de Argel. No se necesita mucha imaginación, para "verla" allí en el corazón del Sahara, atendiendo a los tuaregs que llegaron a venerarla. Era una mujer fuerte que incluso en su juventud fue campeona de natación en Gran Bretaña. Dicen que vivía en una cabaña de barro rojo, junto a una de estas raras figures del desierto. Cada mañana iba a visitar los nómadas enfermos a sus tiendas. ¡Y aún le quedó tiempo para traducir al árabe la Biblia protestante!

Ahora, porque a uno le agrada soñar, tal vez en la inmensa noche del inmenso desierto, se une a las estrellas el fulgor de esta inglesa heroica con el mejor y más digno de los heroismos, el del amor a los sufrientes.

 


 

Fulgores VI (5-8-2009)
 

Aunque con el riesgo de cansarse un poco mis lectores con esta ya larga sombra de recuerdos de abnegados hombres y mujeres, sigo creyendo que este recuerdo es conveniente airearla muy de vez en cuando.
Quizás, en el misterio de su muerte-la muerte siempre es un misterio-Vicente Ferrer me ha ayudado a escribir unos artículos que no tratan de sucias políticas, guerras y violencias sin suelta. Bueno, seguimos puestos en esta larga evocación de fulgores más o menos cercanos en el tiempo.
¿Recuerdan ustedes el abad Pierre? Era el ángel de los marginados de París, de los mendigos que, tópicamente, vivían bajo los armoniosos puentes del Sena. El abad Pierre inventó la organización altruista denominada Los Compañeros de Emaús, dedicada, eso sí, atender, en todos los aspectos a los numerosos pobres de la capital francesa. Fueron miles los arraigados que se salvaron gracias a este hombre, delgado, de barba espesa y ojos brillantes. Alguien dijo de él que era un hombre puro, pero que era una lástima que se rodeara de licenciados de presidio. Aquel gigante de la bondad replicó: "Reprochar esto es tan estúpido como reprochar a un médico que viva entre sus enfermos".
Sus primeros compañeros, ¡lo que son las cosas!, eran sí, gentes salidas de la cárcel, licenciados soldados de la Legión, obreros sin trabajo ni esperanza. Sé muy bien estas cosas porque mi padre, que ya se había carteado con el abad Pierre, fue a París con el objeto de conocer personalmente este hombre de una increíble fuerza espiritual.
Más de una hora estuvieron hablando y después mi padre tuvo ocasión de conocer in situ las diversas obras creadas bajo el impulso del Abad Pierre y la colaboración de sus "compañeros de Emaús". Conservo la fotografía que dedicó a mi padre. Abad Pierre Otro fulgor entre tantos otros. Recibió, ya propagada su fama de santidad, la ayuda de gentes poderosas y sensibles. Con ellas llegaron la compra de terrenos, la edificación de pisos prácticamente gratuitos para las gentes de la calle, albergues, orfanatos, enfermerías, guarderias. Todo ello se agrupó bajo el nombre de "Comunidades de la esperanza". Detrás de ellas un sayal viejo y una voz clamando solidaridad humana, fraternidad. Fueron muchos los corazones que en Francia y en otros lugares del mundo supieron responder a esta voz y recibieron un poco de aquella luz, de ese fulgor.
Y otro sacerdote, también podría ser un seglar, el padre Pire, que tuvo, en 1958, el Nobel de la Paz, y consagró su vida a otro tipo de pobres: los desplazados, refugiados sin norte ni camino, lejos de sus patrias y hogares. Su obra se prodigó en África, en Oriente Medio y en Asia. Fue, como tantos otros, un inmenso vagabundo del amor a los desarraigados, a los hambrientos sin rumbo de la Tierra.
Y deberíamos también recordar Pedro Casaldáliga, que lleva ya más de cuarenta años haciendo el bien día tras día a la dura región brasileña del Matogroso. Y Francesc Corbadella, en Chad, ayudando a un médico en un pobre hospital de Goundi. Y Ángel Olaria, de la orden de los Padres Blancos, dedicado en Wukivo, Africa , a los niños de la calle, niños abandonados, tuberculosos, enfermos de sida. "Sólo" lleva allí más de cuarenta años de incesante reinado.
De todos ellos podría y quizá debería, de hablar largamente de su obra, de su generosidad, de su capacidad de sacrificio, de su grandeza de amor.
Dejémoslo por hoy. Mi próximo artículo será ya el último, aunque podrían sucederle muchos más centrados en tan singulares y portentosos seres humanos de la más o menos lejana historia humana, conocida o anónima.

 


 

Fulgores VII  (10-08-2009)
 

Quisiera terminar estas breves y justificadas evocaciones con otro catalán, mossen Ángel Carbonell, que fue muy amigo de mi padre y a mí me bautizaron en la iglesia de Jesús, en el barcelonés barrio de Gracia. Era un sacerdote de la parroquia de Santa Mónica, al final de la Rambla, y con olor a mar, en la esquina misma del mal llamado, tópicamente barrio chino, este barrio que antes y después de la cruel Guerra Civil era, y en parte todavía lo es, rincón de miserables, prostitutas, emigrantes sin papeles, desarraigados y vagabundos de calle y colilla ajena a los labios.
El padre Ángel vivió siempre dentro de una austeridad que rayaba la pobreza. Todo lo que ganaba con sus trabajos intelectuales, como colaborador de algunas revistas, lo destinaba a los pobres de este barrio. Era amigo de gente sin pan ni techo, de calle y de revisión. Y de prostitutas. Esto es algo que parece increíble en un sacerdote: Ángel Carbonell frecuentaba los prostíbulos del barrio y no "predicaba conversión", sino que hablaba dulcemente con aquellas mujeres, los comunicaba dignidad, esperanza, y alguna prostituta, gracias al padre Ángel, abandonó el burdel porque pudo encontrar trabajo para salir adelante sin la esclavitud de la venta barata de su cuerpo. En los burdeles se burlaban de él al principio y después terminaron venerandolo. Esto que digo es insólito, y más aún lo era en aquellos años. La santidad, religiosa o laica, es siempre insólita.
El padre Ángel murió en noviembre de 1940. Vivía muy cerca del popular mercado de Sant Antoni. Con mi padre fui al entierro, al que asistió mucha gente, no precisamente de la que sale en las revistas y los programas de TV centrados en el escandaloso chismorreo social, de amplitud estatal. Bien. El cortejo fúnebre-caballos negros estirando el carruaje con el ataúd, negro también-entró en el barrio chino, recorriendo sórdidos callejones camino de la parroquia de Santa Mónica. A mis 18 años, me impresionó mucho aquel entierro. Era emocionante ver como los portales de algunos prostíbulos había mujeres, con las que quizás había hablado Ángel Carbonell, que miraban fijamente el féretro o inclinar la cabeza con respeto hacia aquel capellán que les hablaba, en los mismos burdeles, de luz y esperanza, de amor y fortaleza.
¡ Cuántos fulgores en la noche de la crueldad, del hambre, de la pólvora, del miedo y la desesperación! Todos formaban parte del misterio de la vida y la muerte, del gran Misterio. Entonces, ante estos fulgores, uno casi se avergüenza de haber sido injustamente privilegiado, como injustamente son todos los del "otro lado": los pobres, la legión de los miserables, los enfermos solitarios, los 30.000 seres humanos que diariamente mueren de hambre, los que hoy forman parte de los que, según el último informe de la FAO, 1.000 millones de personas hambrientas.
Y yo creo, pienso, siento, que todas ellos, las víctimas, también son destellos de fulgor que se unen al de Vicente Ferrer-lo que me dio pie para escribir estas colaboraciones-en una constelación de amor, de agradecimiento, de lágrimas, de miserias y también de esperanza hacia un llunyaníssim futuro para los habitantes de nuestro pueblo cósmico en el que ahora conviven víctimas y verdugos. Y allí, entre los fulgores con nombre y apellido, los muchos miles que son anónimos, que nadie conoce excepto los que de ellos reciben el pan del cuerpo y del alma. ¡Benditos sean todos los fulgores del amor y de la esperanza!

 

Poemas recientes

 

ORACIÓN TRISTE

Dejarme navegar y navegarte,
altas las velas, el timón seguro,
amanecer tu luz, ya nunca oscuro
el rumbo de mi mar para arribarte

será tal vez soñar, tal vez soñarte,
tropezar y romperme contra un muro
sin rendijas su piedra, siempre duro,
escuchar tu silencio y no escucharte.

¿Dónde entonces se oculta la alegría?
¿Qué tristeza destruye la esperanza?
¡Tan solo al caminar sin caminarte!...

El tiempo se me muere y se diría
que busca sólo lo que no se alcanza:
dejarme navegar y navegarte.

27-28 mayo 2000

 

UN TODO CUALQUIERA
A Blas de Otero , in memoriam

Un domingo cualquiera,
un yo cualquiera,
también pido la paz
y la palabra pido,
y digo sin querer
lo que tan queriendo digo.
De nuevo con tus versos
has venido de pronto
con los brazos abiertos
de gritos y silencios.
Has venido de pronto, Blas,
en tanta compañía de ti,
de tu pueblo y tus poemas
caídos como el agua
que verdea tus campos,
tu eterno en paz descanse
en la plena liturgia del amor
a todo lo que late
o ni siquiera existe,
tan lejos de nosotros
con nosotros mismos.
¿Qué pueden ya importarte
los versos que te envío
un domingo cualquiera
que no me pertenece
ni en fecha ni en caminos?
Pero te los escribo ardiente
como fueron tus palabras
tan llenas de ti mismo
que pronto te vaciaron
y a la calle salieron
en busca de otras voces
convertidas en besos
de hambres y justicias.
¡Ay, Blas, cuánto desierto
anduviste tú solo
adivinando soles y azules
bajo las nubes grises!
Y hoy me reclama tu nombre,
un domingo cualquiera,
un yo cualquiera,
también pido la paz
y la palabra pido.

Febrero 2004

 

LA ESPERA

Me has salvado una vez del oleaje
¿o fueron excesivas tus manos extendidas
apartando las piedras del camino,
protectoras de muertes y de vidas?
¿Hasta dónde guiaste mis latidos,
aquellos pasos lejanos de inquietudes,
aquel "a punto de" que no llegaba
porque tú regalabas tu clemencia
sin nunca detenerte a pedir nada?
Y ahora ya sé en mis tardíos pasos
que todo lo pasado fue intención
de siembra meditada de antemano
para el día en que oscuro y luminoso
esperases de mí lo que aún ignoro
aunque sepa segura su existencia,
el temblor de la voz con que me obligues,
con que exijas de mí algo concreto.
¿Qué me pides, Señor, a estas alturas
que confunden mi vida con mi muerte?
Como a un ciego la noche me deslumbra
y el día me acorrala en la tiniebla.
En cada esquina busco y nunca encuentro
una señal, un signo, una esperanza
de que al fin te decidas a avisarme
y me digas: "Era esto, ¿comprendes?"
Y yo agradeceré la larga espera,
el último sentido del olvido.
Prolongaré mi mano hasta tu mano
y sabré que mi vida se ha cumplido.
 

Septiembre 2006