Pinilla en su playa

 


 

 


 

DISTINCIONES

Premio Nacional de Narrativa de España 2006

Premio de la Crítica de Narrativa Castellana 2005

Finalista Premio Planeta de Novela 1971

Premio de la Crítica de Narrativa Castellana 1962

Premio Nadal de Novela 1960

 

OBRAS

Cadáveres en la playa  2014

El cementerio vacío 2013

Aquella edad inolvidable 2012

Ramiro Pinilla. Los cuentos 2011

Sólo un muerto más 2009

La higuera 2006

Verdes valles, colinas rojas 2005

Las cenizas del hierro. Verdes valles, colinas rojas III 2005

Los cuerpos desnudos. Verdes valles, colinas rojas II 2005

La tierra convulsa. Verdes valles, colinas rojas I 2004 (2009)

La estación de Getxo 1998

Huesos 1997

Quince años 1990

Andanzas de Txiki Baskardo 1979

La gran guerra de doña Toda 1978

Antonio B., el Ruso, ciudadano de tercera 1977

Primeras historias de la guerra interminable 1977

El salto 1975

Guía secreta de Bizkaia 1975

Recuerda, oh, recuerda 1975

Seno 1972

En el tiempo de los tallos verdes 1969

El héroe del Tonkin 1961

Las ciegas hormigas 1960 (2010)
 

Ramiro se explica...

 


 

 


 

Háblame de tu infancia.

La he olvidado, hace mucho tiempo. Fue una infancia feliz. Mis obras transcurren en los mismos escenarios donde yo veraneaba de niño. Verdaderamente arranco de mi infancia, en la que no hay traumas sino libertad. Supe lo que era la libertad a través del choque que se producía cuando el último día de septiembre cogíamos el tren para Bilbao. De Bilbao a Getxo, donde estamos ahora mismo, hay unos trece kilómetros. Volvíamos a Bilbao y al día siguiente me metían en el colegio de frailes. Ese choque entre la libertad de aquí con las playas, las pescas, las cacerías, todo el verano en alpargatas, medio desnudo… y entonces los frailes… Lo único que debo agradecer a los frailes es que me descubrieron por antítesis la libertad.

¿Cómo era tu familia?

Mis padres procedían de La Rioja y Aragón. Era una familia de clase media. En aquel tiempo, con los ingresos que tenía mi padre no se veraneaba, pero mi padre vivía un poco por encima de sus posibilidades. Siempre me ha recordado al personaje de Dickens, Mr. Micawber, ese que siempre estaba esperando la gran noticia de la prosperidad. Hoy se vive así, entonces no; la ventaja consistía en que nos regalaba un verano. Si no hubiera sido así yo no habría podido veranear en un caserío durante tres meses. Aquello era la hostia.

La guerra te pilló joven.

Con trece años. Era julio y estábamos veraneando. Aquel septiembre no volvimos a Bilbao, me salvé de los frailes. Pasamos aquí el invierno y descubrí cómo eran los inviernos en Getxo.

¿Qué hiciste ese invierno?

Cuando no se tiene nada que hacer es cuando se hacen más cosas. Moverme, viajar del monte a la playa… pulsé cómo eran Getxo, Algorta y la playa en invierno. La gente era diferente. En los pueblos donde hay veraneantes de forma regular los nativos tienen dos caras: una para el veraneante y otra para el resto de paisanos. Aquel año yo me convertí en un nativo porque seguí con ellos. Recuerdo esos matices. Luego empiezas a descubrir el sexo, de lo que siempre tengo recuerdos y no acciones. A los catorce años recuerdo unos senos que nunca vi pero que por ello eran más misteriosos. Una muchacha mayor que yo que tenía unas redondeces preciosas. Por la noche bajaban parejas a la playa y me gustaba vigilarlas, aunque nunca vimos nada importante, pero bueno, allí íbamos, llenos de emoción. Frecuentábamos el cine. No había todas las tardes, solo los jueves y domingos. Recuerdo que en cine yo era más avanzado que los nativos, porque yo ya había visto alguna de las películas en Bilbao. Por ejemplo Sombrero de copa, con Fred Astaire y Ginger Rogers. Me he acordado muchas veces de esa y otras películas como Fu-Manchú ¡Qué pasión tenía yo por el cine! Una tarde fuimos cinco o seis a ver Sombrero de copa porque yo les arrastré. Luego, pensando, me di cuenta de que ellos no tenían esta devoción. El cine me ha formado literariamente, estoy seguro.

¿Eras un chaval lector o de ir al cine?

También leía bastante. No era un devorador de libros. Tenía una biblioteca pequeña, pero me empapaba en ella. Dickens fue uno de ellos. La primera novela que leí de él fue Vida y aventuras de Nicholas Nickleby. Luego vino David Copperfield, que para mí era superior. Rebelión a bordo, Mark Twain, Vida en el Mississippi… nunca he tenido un ídolo español ni del continente europeo, todos eran anglosajones o americanos. Luego vinieron Faulkner y García Márquez. Aquí la sociedad ya estaba hecha y la tierra estaba labrada, pero aquellos de América todavía tenían por labrar. Y creo que esa era la diferencia, ese ímpetu en busca de la libertad. Al mismo tiempo que iban buscando oro, buscaban libertad. Y el cine estadounidense no digamos, cómo cuenta las cosas. Aquellos guiones… Ahora con la tele se ven perfectamente todas aquellas películas que yo veía hace sesenta o setenta años. Todavía se pueden ver, no estábamos equivocados, eran buenas. Como ya te he dicho, siento que literariamente he sido formado por el cine, sobre todo el estadounidense.

Se termina la guerra y entonces… ¿qué haces?

Se termina la guerra y hay un cambio total. El comienzo de la posguerra coincide con mi cambio desde la infancia-adolescencia hacia una cierta madurez. Cuando acabó la guerra, en 1939, yo tenía dieciséis años. Me marcó mucho, fue el principio de otra vida totalmente distinta: ya no había veraneo, mi padre ganaba menos, pasamos incluso algo de hambre… Recuerdo que en esos tiempos a veces intentaba retroceder y hacía un viaje hacia atrás. Un viaje físico, cogía el tren en Bilbao y me venía a Algorta a contactar con la gente del caserío. En uno de aquellos viajes perdí definitivamente la infancia, vi que ya no pertenecía a aquello, que me habían tratado como a un veraneante, y eso fue una gran desilusión.

Descubriste que no pertenecías aquí, que eras solo un veraneante.

Era un veraneante, no era tan querido como creía. En aquella edad, los dieciséis, diecisiete, dieciocho años, en que estás descubriendo cosas y que has perdido algo grande que ya no tienes hacía viajes aquí y de vez en cuando me encontraba con las personas y veía que no eran las personas de aquellos veranos. Quizá la culpa era mía. Fue una gran desilusión.

Y eso está directamente relacionado con un universo que creas después en Getxo.

No, porque eso todavía no lo he escrito.

Pero cuando escribes y empiezas a crearlo piensas en la infancia.

Uno de los leit-motiv de mi obra es, más que la pérdida de la infancia, la defensa de la infancia. Todavía no he escrito sobre su pérdida. Como defensa de la infancia, el nivel más sublime es el de don Manuel en Verdes valles, colinas rojas y en El ídolo.

Don Manuel sigue siendo un niño.

Por un lado sí, pero por otro lado tiene un amigo pequeño, Asier, que es al que defiende. El problema de la pérdida de la infancia siempre lo he tenido presente, pero no he escrito sobre la pérdida de la infancia. Espero escribirlo algún día; ahora se me ha ocurrido, hablando contigo. Muchas cosas que te estoy contando las estoy pensando casi por primera vez. Creo mucho en la espontaneidad y me estoy dando cuenta de que hay cosas que las tengo pensadas de antes, pero otras no. Cuando tengo que leer un discurso pido perdón, porque tengo muy mala memoria. De hecho escribir es un acto de espontaneidad: tienes una idea, la desarrollas en una línea o dos y luego estás escribiendo horas. La mitad de las cosas que pones no sabías que las sabías.

¿Cuándo empiezas a escribir?

A los diecisiete o dieciocho años. Eran cuartillitas donde escribía principios de cuentos. Le debo toda la afición a mi abuela. Ella tenía una afición artística. Nunca había escrito versos o poemas, pero sí los memorizaba. Para cada cumpleaños de los nietos preparaba uno y lo recitaba en la comida. Un día le leí una cuartilla que yo había escrito, y ella se levantó y dijo: “¡Tenemos un escritor en la familia!” Aquello fue la piedra angular de mi persistencia. Pienso que es muy importante que todo el que empieza con una vocación tenga un apoyo. En aquel tiempo Bilbao era, culturalmente, un páramo. Cuando el cabrón de mi hermanito se enteró de que yo escribía, cosa que yo llevaba en secreto y no había dicho a nadie, se lo contó a mis padres y se lo fue chivando a mis amigos. Mis padres lo respetaron, pero mis amigos se descojonaron. “Pero Ramiro, ¿qué haces?” Era un páramo, aquello era terrible. Entonces me cabreaba, ahora pienso que me ayudó porque soy muy terco cuando me gusta algo.

Leyendo sobre ti descubrí que habías trabajado en una editorial de cromos. Yo de pequeño los coleccionaba.

Con los cromos tuve dos relaciones. Primero, cuando la posguerra, en la familia éramos cuatro miembros y en casa ensobrábamos cromos de Blancanieves y de otros cuentos. De futbolistas todavía no. Y lo hicimos durante un año, dos o tres, ¡qué sé yo! Como ayuda familiar. Era cuando empezaba la casa Fher y nosotros ensobrábamos. Luego ya me casé, todavía vivía en Bilbao, y sobre 1960 trabajaba por la mañana en la fábrica de gas municipal y por la tarde pues… tenía que pagar todo esto [un gesto de sus manos abarca el caserío de Getxo donde reside]. Cuando empecé no tenía una perra. Compré el terreno y la casa y no tenía una perra. Fueron tiempos heroicos, inolvidables y preciosos, con los críos pequeños. Pero no había dinero y por la tarde me cogieron los de Fher, en mi segundo contacto con los cromos. Tenía que distribuir el texto de un cuento entre cien o doscientos cromos, y cada uno llevaba una, dos o tres líneas. Aquel año me dieron el premio Nadal y entonces los jefes me dijeron: “O sea que usted, Pinilla, cuando va a casa, no sigue pensando en Fher”. Me hicieron el vacío. Si yo hubiera sido un mecánico de la casa que estaba en la imprenta o el electricista… pero es que era el escritor de Fher, y había ganado un premio literario.

¿Qué más querían?

Pues no querían eso. Ellos tendrían su enfoque.

El gas por la mañana, los cromos por la tarde… ¿tú cuándo escribías?

¡Y además aquí tenía huerto y gallinas! No sé cuándo escribía, es un milagro. Pero la verdad es que en la fábrica de gas escribía, tenía tiempo. Una vez que hacía mi labor me ponía un rato. Y así escribí Las ciegas hormigas. Pero a eso no le doy ningún mérito, todo el mundo lo hace, simplemente lo anoto como curiosidad, me resulta simpático. Hay muchas partes de Las ciegas hormigas que están escritas al dorso de impresos de la fábrica.

En los años 60 ya eres un autor premiado, un escritor reconocido, pero luego viene un recogimiento.

Lo primero que le dije a la prensa es que yo no era un intelectual ni quería serlo. Literariamente yo no conocía nadie, era un bicho raro. Llevaba mi vida y vine a Getxo para vivir más solo. Y resulta que me vengo a Gexto y me dan el premio. Entonces yo tenía una timidez enfermiza, alguno de los días que tenía que presentar la novela en público me quedé en blanco, no podía. Ahora ya no es así. Y claro, resulta que en 1960 me dan un premio literario nacional, y viene toda la prensa. Fue un choque tremendo. Pero yo no quería cambiar y, de hecho, no cambié. Luego me fue mal con la editorial Destino, no me gustó el trato que me dieron. El origen de todo fue que un día me dijeron que la televisión quería hacer unos capítulos sobre la novela. A mí me gusta hablar claro, y les pregunté qué me iban a dar. Y me dijeron que 15.000 pesetas. Hoy es poco y entonces también lo era, y dije que no merecía la pena dar la novela por ese dinero. Eso no les gustó. Un día se plantó aquí todo un equipo de la televisión alemana y me dijeron que venían a filmar la novela. Yo no sabía nada, los editores lo habían firmado todo para evitar mi negativa. A partir de ahí la cosa fue de mal en peor. Yo no tenía el ánimo lo bastante reposado para la segunda novela, El salto, que nadie conoce.

No la he leído.

No me extraña. Es una novela que me publicó Tomás Hablador. No me gustó, salió un tocho, aunque el tema era precioso. Destino no quiso publicarla. Sin embargo, una posterior, El tiempo de los tallos verdes, sí me la publicó. Pero yo vi que no estaba cómodo en el mundo editorial y como no tengo muchas ambiciones con un amigo monté una pequeña editorial, Libropueblo. No lo hice para publicar cosas nuestras o de algún otro escritor que quisiera sumarse, sino para vivir tranquilo, publicar mis cositas sin tener que rendir cuentas a nadie. Aunque no gane nada, es una buena razón, la más importante. La Transición fueron otros tiempos, parecía que teníamos que salir a la calle. Llevábamos 40 años sin salir a la calle, sin hablar en la calle, y creías que saliendo a la calle ibas a arreglar las cosas.

Tú en esa época eras lo que se llamaba “compañero de viaje” de los comunistas.

Sí, compañero de viaje, era el único partido al que se oía y me apunté. Pero luego, cuando supimos lo que pasaba en Rusia, pues fuera.

¿Cómo viviste los años 60 y 70 en cuanto al nacionalismo, el surgimiento de ETA…?

En 1968 empieza a matar ETA. Pero bueno, mata a un policía por ahí. Los antifranquistas nos alegramos de que matara a Carrero Blanco en 1973 y lloramos cuando fusilaron a Txiki Paredes. Eran otros tiempos. Pero luego viene la Transición española, de la dictadura a la democracia, y ETA sigue matando. Se ve que no vieron diferencia porque el trato que recibían de Madrid era el mismo. Y luego ya nos volvimos contra ETA. Estamos muy cabreados con ETA. Indignados. A mí ETA también me voló un periódico municipal, humilde, sin ninguna subvención, que se alimentaba de los anuncios y duró 28 años. Yo no tenía ninguna intención de arreglar el mundo con ese periódico. Mira, a mí me gusta mucho la visión del texto literario. Me fascinaba lo bonito que era aquel conjunto de letras bien equilibradas, con la “i” ocupando su espacio y la “m” ocupando el suyo. No como con la máquina de escribir “Underwood”, en que la “i” ocupaba el mismo espacio que la “m” y eso rompía todo. Cosas de esas. Naturalmente me gustaba escribir, pero soñaba con tener algún día mis textos presentados de esa forma. Por desgracia un día cae en mis manos una “composer” electrónica, que era la culminación de mis sueños.

¿De qué año estamos hablando?

1975, 1980 quizá. Y pensé que había que darle uso. Y fue mi desgracia. Empecé con unas hojitas, lo que luego sería el periódico, que tuvo una razón de nacimiento mecánica: utilizar la “composer”. Yo escribía, mi hijo también se interesó, unos chicos más jóvenes que yo que escribían muy bien… en especial uno, que lo hacía muy bien, pero hoy ya se ha casado y no ha acabado escribiendo. Para escribir no basta el tener talento, hay que tener otra cosa y ese no la tenía. El periódico empezó con ocho páginas y se fue incrementando, fue entrando más gente, con los años perdí el control porque ya me estaba cansando, lo tomó mi hijo y lo convirtió en algo que no tendría que haber ocurrido nunca: en una empresa con cinco socios, y yo era uno de ellos. Aquello era amateurismo, nada más, pero se transformó en una empresa y fue un desastre porque al final acabamos mi hijo y yo trabajando como negros. Yo estaba hasta las narices y en aquel tiempo no escribí nada. Además había una secretaria a la que se pagaba un sueldecito, había un redactor… todos cobraban, pero yo nunca cobré nada y mi hijo la mayoría de los meses tampoco. O sea, trabajamos para ellos. Y encima un día nos denuncian porque no cobran con respecto al cargo que tienen. Total, que aquello me costó dinero, medio millón de pesetas. Lo llevaron a juicio y perdimos. Yo decía: “Pero esto era un juego.” Pero claro, los que vienen y te montan y te embarcan luego van desertando y te dejan a ti en el agujero. Un desastre.

¿Y lo de ETA?

Pues algo diríamos que no les gustó. Un día me llama la ertzaintza a las dos de la mañana y me dice que han volado mi periódico con dos cócteles molotov. Fui allí y estaba todo quemado.

¿Cómo surge el Getxo que tú inventas?

No soy un gestador consciente de esas cosas. Naturalmente, es algo que tenía que llevar dentro, es el impulso natural, la sensación de búsqueda de la libertad como sea, es la añoranza… Yo creo mucho en la cosa natural que explica muchas cosas que ocurren. Se le añaden consideraciones filosóficas, pero hay algo muy elemental, a mí me gusta lo elemental y sencillo, ahí está la clave de todo. El que es capaz de llevar una vida más o menos solitaria y elemental en muchos aspectos como diversiones, comida, amores… en todo; el que es capaz de aguantar algo así es una persona fuerte, que no tiene necesidad de aditamentos, jolgorios ni colores. Y eso para mí es el fundamento de la vida. Partiendo de ahí aparecen los Baskardo de Sugarkea, que son los que preconizan y defienden lo viejo y anterior, esos que viven varios miles de años retrasados con la evolución de la especie y el progreso social. [Ríe] Me río porque me hacen gracia los Baskardo. ¿Y todo esto dónde lo pongo? Pues por qué no en Getxo, que es un escenario que conozco, que quiero y que se acomoda perfectamente. Puede empalmar. Así como Bilbao y sus calles no pueden empalmar con la prehistoria, Getxo sí puede, porque todo está prácticamente igual. Habrá cuatro casas más, pero la playa está igual y todo eso encaja perfectamente.

Ahí volvemos a Faulkner. Para un lector que se adentra en ese Getxo tuyo es casi inevitable evocar el condado de Faulkner y ese universo.

Claro, Faulkner me marcó el camino. Yo no sé si hubiera elegido ubicar la serie de personajes en el mismo sitio. Lo que sí creo que me habría salido de manera natural es la conexión de personajes que aparecen de una novela en otra. A mí me gusta que se lea un mundo entendible, que haya un orden interior. Eso me ha ayudado mucho a vivir. Ha sido un apoyo. A mí me ha gustado escribir y lo he pasado muy bien escribiendo, no he sufrido. He sido muy regular. Creo en la seriedad y el orden, nunca me he pasado una noche escribiendo. Si he tenido que escribir una noche ha sido por necesidades económicas. Pero no con las novelas, he tenido mucho cuidado de salvarlas de todo esto. Un día un amigo me llamó y me dijo que estaba mirando un índice de mis obras y veía que yo no había escrito ocho novelas, sino unas cincuenta. Pero son las “biografías malditas”, como yo las llamo, que tenía que hacer por encargo. Me pasaba las horas muertas con la “Underwood”. Aquello era terrible. Con el ordenador es maravilloso, te salen unos textos preciosos, pero con la Underwood… lo que te he dicho antes de la “i” y la “m”. Y las copias: hacer seis o siete copias en papel cebolla y si te equivocabas mucho tenías que repetir otra vez, aquello era una maldición. El ordenador lo uso para pasar el texto a limpio, porque sigo escribiendo con bolígrafo.

¿Cómo te embarcaste en la escritura de la trilogía?

Lo hice porque yo no sabía que iba a ser tan larga. Si lo llego a saber a lo mejor no la empiezo, quizá la habría dividido; como son varias historias… Pero me encontré muy a gusto escribiendo el primer tomo y luego me ocurrió algo que yo no esperaba. Había oído lo que decían muchos escritores de “la novela me mandaba a mí”. Yo pensaba “¡Qué chorrada!” Pues no es una chorrada, me mandaba la novela y me tuve que plegar a lo que mandaba.

¿Cuánto tiempo estuviste escribiendo esa obra?

Veinte años, pero no de modo continuado. En esos veinte años escribí tres o cuatro novelas, hacía descansos… además era la época del maldito periódico, que me llevaba meses enteros. Pero desde que empecé hasta que se publicó fueron veinte años.

¿Tuviste alguna sensación especial cuando la acabaste?

Como un parto, que te vacías. Pero yo no quería acabarla, me dio pena hacerlo; la estaba prolongando. Al final lo alargaba en meses, luego en semanas, luego en días… no quería acabarla. Ahí metí todo ese mundo de Asier y don Manuel, el nacionalismo, la guerra, Roque… Hay dos personajes en los que todo el mundo coincide, sobre todo las mujeres. Uno es Roque, que para mí no es el fundamental, y el que para mí es fundamental, don Manuel, con Asier.

Son como los historiadores del asunto.

Sí, los que interpretan. Roque es más primitivo, más puro, más sano. Isidora es un contrapunto de La Pasionaria. Todavía recuerdo cuando empecé a escribir lo de Roque, prácticamente al principio, todavía estoy sintiendo lo que sentí entonces cuando la ve a ella por primera vez en las minas, en las fábricas. Todavía estoy sintiendo cómo estaba yo en ese momento.

¿Qué sentías?

Sentía que había hecho una buena elección, que me encontraba a gusto haciendo aquello. Y luego otra sensación, que era una epopeya pendiente de escribir aquello de modo abierto y claro. Una denuncia del nacionalismo, de cómo explotaron a los obreros de aquellas minas llamándoles “maketos”.

¿Cómo has vivido el impacto que ha tenido esa trilogía en mucha gente? Quien la lee tiende a convertirse en devoto.

Se publicó cuando yo ya estaba en otra fase de mi vida. Todo el mundo que escribe quiere publicar sus libros, pero no a costa de cualquier cosa. Yo estuve 25 o 30 años totalmente marginado. Me gusta la marginación. No soy un ogro, pero me gusta. Publiqué varias novelas en editoriales pequeñas del País Vasco que no tenían difusión ninguna, hasta el punto que me da mucha rabia que ahora se estén publicando poco a poco en Tusquets como reediciones, cuando en el fondo no son reediciones porque nadie conocía esas novelas. Iban saliendo y no tenían críticas ni nada, el mundo literario e intelectual español me olvidó, pese a que tenía el premio Nadal y en 1972 mi novela El seno quedó segunda en el Planeta. Me sentía muy abandonado y solo, y estaba bastante cabreado con el mundillo. Pero eso no afectaba mi vida. Fíjate, el único crítico que me siguió siempre fue Rafael Conte.

Que no es poco.

Tuvo una predilección por mí y siempre se lo agradecía porque me sirvió de mucho. Sus crónicas me animaron mucho. Ya estaba más asentado en 1984… bueno, estaba ya asentadísimo al publicarse la trilogía. Fue una satisfacción, como cuando hoy leo una crítica buena. Lo que quiero es que mis libros tengan algún valor, aunque si no hubieran tenido ningún valor tampoco me habría pasado nada, porque la creación literaria es un adorno que simplemente vale para mí, es una satisfacción saber que parece que no haces mal lo que te has empeñado en hacer; pero no es el fundamento de mi vida. Nunca he hecho que la literatura interfiriera en mi vida. Nunca. Yo no me ponía a escribir y exigía silencio en la casa porque soy “escritor”. Hasta el punto de que ninguno de mis hijos ha salido escritor ni con afición a leer. He tenido un cuidado especial en no mezclar las dos cosas. Cuando yo tenía que trabajar lo hacía por la mañana y por la tarde en Bilbao viviendo aquí. Salía a las ocho de la mañana y volvía a las diez de la noche, y los fines de semana la huerta, las gallinas o lo que fuera. Y de escribir nada, no he querido aparecer nunca en la familia como un escritor y no he permitido que esa afición alterara mi mejor vida, que era la otra. La literatura no ha sido mi mejor vida, ha sido la otra.

Pero tú mismo reconoces que lo pasabas muy bien escribiendo.

Sí, y cada vez he escrito más en la medida que tenía más tiempo, pero en aquellos tiempos heroicos yo escribía muy poco. En 1960 escribí Las ciegas hormigas, seis años después escribí El salto, diez años después En el tiempo de los tallos verdes… escribía poco, según me iba saliendo tiempo. Esto ha sido un hobby. Parece que tenemos que tener una realización artística… o quizá es un vicio. Es como en el fútbol, que eres hincha de un equipo.

Del Athletic, en tu caso.

Del Athetic, por supuesto. Pero nunca he tenido la literatura como un eje de vida, y de ahí que nunca haya frecuentado tertulias. El ciudadano artista es muy especial, a mí me da mucho miedo, nunca he congeniado con ninguno.

¿Sigues ajeno al mundillo literario?

Se me llama alguna vez, pero de tertulias y eso, nada. Estoy seguro, y digo que estoy seguro, no que sea una teoría que hay que demostrar, de que estamos en el mundo para contarnos. El individuo que no pinta y que no escribe es porque, desgraciadamente para él, tiene facilidad de expresión, es simpático, es aceptado en sociedad y habla mucho… ese es el genio de las tertulias. Y generalmente no hace nada serio luego. Todos necesitamos contarnos de alguna forma. Los que no hablamos, los que no vamos a tertulias, luego en casa tenemos que meternos a escribir para contarnos cómo somos. Ese es uno de los secretos de la vida.

Enric González

Trayectoria vital


 
Foto de Bernardo Corral y Fernando Gómez
 

 

Escritor silenciado por los mercados y la industria editorial desde los años setenta, conoció un espectacular reconocimiento de lectores y crítica a raíz de la reedición en la editorial Tusquets entre 2004 y 2006 de su trilogía Verdes valles, rojas colinas (parcialmente publicada en 1986 en su editorial Libropueblo de la que después hablaremos), un vasto e impresionante fresco de la sociedad vasca desde los comienzos de su industrialización hasta los años cincuenta del siglo XX y uno de los hitos fundamentales de la narrativa española de lo que va de siglo.

El éxito de esta trilogía se continuó en su siguiente novela, La higuera (libro esencial para quienes nos interesamos en el tema de la memoria histórica, ya que plantea que el reconocimiento de los hechos acaecidos a partir de 1936 y la asunción de las correspondientes responsabilidades constituyen un prerrequisito indispensable para que este país y sus gentes puedan, primero, perdonar; después, olvidar; y, por último, vivir en paz).

Al final de su carrera literaria, Ramiro Pinilla se volcó en un tipo de novela policíaca que no dejaba de indagar en las miserias y dificultades de las vida española de mediados de los años cincuenta del pasado siglo (centrada en su caso en el entorno de la ciudad de Getxo).

La buena acogida de todos estos títulos llevó a la editorial Tusquets a recuperar gran parte de su obra de los años sesenta y setenta, inencontrable ya en el mercado.

LOS COMIENZOS
 
Pero, ¿quién había sido este escritor, tardíamente reconocido, antes de su encumbramiento final? Poco sabemos (porque apenas él se ha referido a ello) de su vida familiar antes y durante la guerra civil. Sí nos ha dicho que su paraíso, su libertad, era la playa de Arrigunaga donde pasaba tres meses con sus padres y su hermano menor y que ese paraíso se trastocaba en cárcel cuando regresaba el primero de octubre al colegio Santiago Apóstol de Bilbao, aunque en ese colegio conociese a un fraile que le hizo amar la lectura.

Nos ha contado también cómo vivió los bombardeos de las tropas alemanas, italianas y franquistas de su ciudad natal: “Recuerdo el primer bombardeo de Bilbao por los trimotores alemanes. Yo desayunaba una tortilla francesa, que no acabé. Corrimos a la casa sólida del barrio, una de cemento de seis pisos. Nos amontonamos en el primero. Para protegernos mejor de las bombas, una mujer pidió que se bajaran las persianas de las ventanas. Hubo en la ciudad trescientos muertos. Los bombardeos siguieron hasta la entrada de Franco, el 19 de junio de 1937. Yo estaba en Getxo cuando los italianos acamparon frente a nuestro caserío”:

Pero parece que la guerra propiamente dicha no le afectó demasiado; al menos, no tanto como la posguerra de los años cuarenta con su miseria económica, las venganzas, las denuncias y, en general, el clima de miedo y silencio en que se vivía.

Adolescente retraído, en esa posguerra dura “leía para evadirme. Tenía 15 años y con los libros huía de mí mismo y de mi entorno. Escribir fue el paso inmediato”. Pero la lectura y, más, la escritura no estaban bien vistas ni en su entorno familiar ni entre sus amigos, que se burlaban de él. A pesar de esa oposición escribe una serie de novelas policíacas que él mismo repudia, aunque consigue en 1944 ver la publicación de una de ellas, Misterio de la pensión Florrie, firmada con el seudónimo de Romo P. Girca.

Estudia Náutica en Bilbao y durante un par de años trabaja de marino mercante: como maquinista naval recorre los mares del mundo, pero ese no era su mundo: “Aquello no lo había elegido yo, sino las circunstancias, el hambre y la posguerra. Pero yo quería escribir, y vivir, como dicen los marinos, “donde pisa el buey”. Cuando comunica a su familia que renuncia a ese trabajo solo encuentra reproches e incomprensión. Él quiere ser escritor, pero en su entorno esa no es ninguna profesión decente; bueno, ni decente ni indecente, no es ni un oficio ni, mucho menos, una profesión. Consciente de esas dificultades, aumentadas por las obligaciones de un matrimonio y dos hijos, durante el día trabaja en una fábrica de gas, por las tardes en una editorial donde compone los textos para álbumes de cromos infantiles y, en los escasos ratos libres, sigue escribiendo en secreto. No era muy sociable y eso le ayudó con la escritura: “Yo he sido afortunadamente un retraído en tertulias desde niño, en el chiqueteo, todo eso no lo he frecuentado. Soy solitario o me han hecho solitario y por eso escribo. Porque si hubiera sido un gran conversador, me habría agotado en las tertulias como tantos otros. Escribo porque hablo poco".

En 1957 obtiene el Premio Mensajero por su relato El ídolo. Ese mismo año toma una decisión que resultará transcendental en su vida: influido por la lectura de Thoreau decide retirarse a un caserío de Getxo, que él mismo irá construyendo y que llamará Walden, en homenaje al libro del filósofo y naturista americano. Hasta su muerte. Walden será el refugio de ese peculiar lobo estepario: “Surgió mi vena silvestre, aborrecí la civilización de la ciudad, de la sociedad de consumo. Abandoné Bilbao y me vine a Getxo. Vine a aislarme, a aislarme de todo; a aislarme de la gente. En ese momento yo no era nada solidario; trataba de resolver mi problema personal, mi problema vital. Me identificaba con las ideas de Thoreau; la vida en el campo y con poco esfuerzo; aunque yo siempre he tenido que hacer esfuerzos".

RECONOCIMIENTO LITERARIO
 
En su vieja máquina Underwood, robando el tiempo al sueño y al descanso, va redactando la novela que le dará a conocer en el mundo literario, Las ciegas hormigas, Premio Nadal de 1960. La novela se basa en un suceso real que le contaron de niño: en 1929 un barco inglés embarrancó junto a la costa de La Galea, en Getxo, y los habitantes de los pueblos vecinos iban por la noche, a escondidas de la guardia civil, a coger el carbón del carguero.
Escritor silenciado por los mercados y la industria editorial desde los años setenta, conoció un espectacular reconocimiento de lectores y crítica a raíz de la reedición en la editorial Tusquets entre 2004 y 2006 de su trilogía Verdes valles, rojas colinas

Ese hecho real Ramiro Pinilla lo transforma en una novela testimonial, llena de crudeza, que revela la miseria en la que vivían los campesinos de aquellos años y la entereza para sobreponerse a todas las adversidades: en búsqueda de la subsistencia, sus personajes actúan como “ciegas hormigas” que transportan en filas interminables el fruto de sus afanes (“No es humano; nada de lo que hemos hecho esta noche es humano”, dirá un personaje de la novela). Las ciegas hormigas se lee aún hoy como un grito de rabia, de protesta, pero también, como dice su autor, como “una explosión de libertad, una explosión de la libertad de expresión en un país injusto, intolerante, explotador…”.

Esta novela es deudora de la segunda gran influencia americana de Pinilla: William Faulkner cuya literatura conoció en los años cincuenta cuando se abrió en Bilbao la Casa Americana, dotada de una amplia biblioteca de autores norteamericanos. Nunca ocultó esa influencia: incluso llegó a decir que por aquella época, antes de ponerse a escribir, leía al menos una página de Faulkner para empaparse de su escritura y de su mundo: “Faulkner me dio las muletas que necesitaba, me ayudó a descubrir el tono personal imprescindible para contar lo que quiero como quiero. La técnica “perspectivista” adoptada por el novelista vasco (los hechos vistos a través de personajes distintos) enriquece no solo la vida interior de los distintos personajes sino que ilumina al lector en el descubrimiento de realidades complejas, veladas a un autor objetivo u omnisciente. Finalmente, y aunque entonces no lo pudiéramos saber, la novela nos sumerge en un mundo mítico, que encontrará su más lograda expresión en la trilogía Verdes prados, colinas rojas; y digo esto porque el Ismael del último volumen de la trilogía no es sino el niño de catorce años que en Las ciegas hormigas va a sufrir una transformación esencial en su vida por las circunstancia que la pobreza le hacen vivir esa trágica semana.

Desde otro punto de vista, la lectura de Las ciegas hormigas nos permite hoy ensanchar el panorama de lo que era hasta entonces la vida literaria del País Vasco, dominada por escritores de corte fascista. Eran los años en que, por ejemplo, escribían Julián Ayerra (Helena o el mar, 1952) o Rafael Sánchez Mazas (La vida de Pedrito de Andía, 1951), novelas en las que todo pasaba en un mundo idílico y acomodado, sin ecos de la vida real. Las ciegas hormigas es la réplica o la antítesis de toda esa novela escapista de los triunfadores de la contienda civil. Porque no nos olvidemos de que en el País Vasco, al igual que en Cataluña, muchos (los poderosos de siempre) podían asentir a la frase con la que Esther Tusquets tituló uno de sus libros de memorias: Habíamos ganado la guerra.

A pesar de la notoriedad que entonces otorgaba el Premio Nadal y de que la novela consiguiese, al año siguiente, el Premio de la Crítica, la carrera literaria de Ramiro Pinilla no acababa de despegar: apenas un par de novelas en una década, editadas sin pena ni gloria. En 1971, parecía que la fortuna se acercaba de nuevo al novelista vasco: recibe la invitación para asistir a la entrega de los Premios Planeta ya que el jurado ha declarado ganadora del mismo a su novela Seno. Pinilla, que no se había desplazado a Barcelona con ocasión del Premio Nadal, lo hará en esta ocasión… para enterarse de que, a última hora y por presión de Lara, deseoso de presentar como ganador a un autor “de prestigio” y comercial, el jurado había cambiado de criterio y otorgaba el premio a la novela Condenados a vivir, del entonces exitoso autor de la casa José María Gironella. ¿Cómo comparar al novelista más comercial en España de aquellos años con un personaje con tan poco “glamour” como Ramiro Pinilla, de quien se cuenta (no sé si la anécdota es cierta) que un afamado periodista de la época había dicho al conocer que había ganado el Nadal: “¿Quién cojones es ese Pinilla de Getxo?”

EL PARTIDO COMUNISTA Y LA AVENTURA DE LIBROPUEBLO
 
La experiencia del mundo literario no había podido resultar peor para Ramiro Pinilla: en Destino lo engañaron haciéndole firmar un contrato en el que renunciaba a sus derechos en las reediciones de Las ciegas hormigas y, además, asignaba a la editorial los derechos exclusivos de la novela por cincuenta años; más aún, la editorial llegó a firmar, a espaldas del interesado, un contrato con una productora alemana para que hiciera una película sobre la novela. (El autor tuvo la primera noticia de todo ello cuando en su casa se presentaros los productores buscando los escenarios naturales para el rodaje). La experiencia de Planeta no fue mejor por lo ya contado (y por otras derivaciones que harían el relato interminable).

Estamos, pues, a comienzos de los años setenta. El relativo fracaso de su carrera literaria como escritor, la evolución de la sociedad española en general y la vasca en particular, su propia maduración personal, todo ello se conjuga para que la vida de Ramiro Pinilla encuentre un nuevo rumbo. Político, primero: “Entonces, en medio de aquella insolidaridad, resolví mi vida y, cuando lo logré –de forma humilde, por supuesto, ya que mis apetencias materiales son muy reducidas- , me di cuenta de que eso no bastaba. Yo, que creía ser un ser solitario, tomé conciencia de que no lo era del todo. Este pequeño descubrimiento me empujó a incorporarme al mundo. Participé en movimientos como la Asamblea Democrática de Vizcaya y decidí ingresar en el Partido Comunista”.

Respecto a la influencia de su militancia comunista en su obra de escritor, Pinilla se expresaba así: “También hay mucha gente que me pregunta sobre la influencia de mi partido en las tareas creativas. Y yo suelo contestar que si hubiera escrito ahora Las ciegas hormigas, es decir, después de mi ingreso en el Partico Comunista, todo el mundo diría que la idea había surgido de la política, porque el libro es mucho más radical y ostensiblemente ateo que otras cosas que he hechos más tarde. Con esto trato de señalar que mi partido no está influyendo en mi trayectoria literaria. Cuando se habla de compromiso, suele entenderse como vinculación de un escritor a un partido, aun cuando la idea del compromiso es mucho más amplia. Este es un problema tangible; pero, en mi caso, no sé si por lucidez o por incapacidad, el partido no intenta imponerme ningún modelo cultural.

Pienso que esta militancia, junto a los ya descritos avatares editoriales, le llevan a otro cambio radical como escritor: decide romper con el mundo editorial convencional y junto con otro escritor, J. J. Rapha Bilbao funda una editorial sin ánimo de lucro, en la que todo funciona de modo artesanal, hasta la propia venta de los productos, Así nació Libropueblo, que respondía a una idea de resonancias casi anarquistas, que el autor tenía muy clara: “el estado natural del escritor es publicar sus propios libros sin ataduras a editores comerciales".

La filosofía de esa empresa se describe en el manifiesto de la editorial, redactado por sus dos creadores, manifiesto del que extraigo algunos fragmentos:

Libropueblo es un intento, de tratar al libro y a la cultura desde un enfoque distinto. Son dos nuestras metas: alcanzar un mayor estrechamiento entre el artista y el pueblo, en bien de la popularización de la cultura; y ofrecer a este pueblo libros no a precio de negocio, sino a precio de costo. Entendemos, pues, que la cultura no debe ser comerciable.

Libropueblo es la respuesta ideal al problema de la socialización del libro. No es más que un intento de denuncia. Sin dinero, sin medios, sin organización, tratamos de demostrar que los libros no tienen por qué ser tan caros. Todos sabemos que si el libro, en imprenta, cuesta cien pesetas, cuando llega al público ya se ha puesto en cuatrocientas. Con el valor de las trescientas pesetas de diferencia no se ha producido nada, pues en nada se ha mejorado el libro.

Quisiéramos dejar bien claro que no estamos denunciando a editores, distribuidores o libreros, sino denunciando un sistema social de mercado que permite una mercantilización tan abusiva de un producto cultural.

Todo escritor tiene legítimo derecho a cobrar y vivir de sus libros. Pero también, a exigir que estos libros se hallen al alcance del lector, de todos los lectores. Se trata de convertir la cultura en algo familiar. Y no sólo los libros, sino también los que los hacen. Más que profesión, el escribir debe ser comunicación. Y a los precios actuales, el libro deja de ser comunicación.

En Libropueblo cada autor pagaba de su bolsillo la edición de su obra, se la llevaba a casa y después la vendía en la calle, en las fiestas de los pueblos y en las fábricas. En el interior de las contraportadas figuraban las cuentas de Libropueblo, una suma donde no tenían cabida el beneficio del editor, del distribuidor y del propio escritor.

El primero de los dos textos que ofrezco a continuación es uno publicitario que explicaba la filosofía de la incipiente editorial. El segundo, una justificación económica aparecida al final de una novela de Ramiro Pinilla aparecida en 1978.

Libropueblo. Las cuentas claras en cada ejemplar

Aunque Libropueblo se distribuía principalmente en Vizcaya, recuerdo una visita que hicieron en a Madrid en mayo de 1979 donde a lo largo de una semana por calles y plazas (empezando por El Rastro y con una pausa en la librería Ámbito) explicaron el proyecto y vendieron sus libros.

Libropueblo editó unos quince libros entre 1978 y 1986 con una tirada media de tres mil ejemplares, de los cuales algunos conocieron una doble edición. Algunos libros llevaban el texto bilingüe, en castellano y en euskera. Uno de los últimos libros publicados fue el primer volumen de la trilogía Verdes valles, rojas colinas. El final de esa aventura lo han contado así sus dos protagonistas:

“Fue un momento muy bonito y lo pasamos muy bien, pero no tenía futuro”. (Ramiro Pinilla)

“Ramiro Pinilla y yo nos íbamos con dos cañas de pescar y con una pancarta que decía: “Socialicemos el libro. El libro no es un negocio”. Entonces ya éramos muy conocidos. Pinilla era Premio Nadal. Pero era demasiado trabajo, no compensaba. El fracaso de Libropueblo fue que no se sumaron más escritores”. (Rapha Bilbao).

LA ESCRITURA CONTINÚA
 
Entre 1971 (año en el que su novela Seno quedó finalista del Premio Planeta) y 2004 (cuando Tusquets comenzó la reedición de Verdes valles, colinas rojas) Ramiro Pinilla publicó ocho novelas, tres libros de relatos y una docena de biografías divulgativas para la editorial Asuri, de Bilbao, que luego después se reeditaron en otras editoriales. Fueron éstas obras de encargo, que el autor aceptó para seguir sobreviviendo como escritor. El enunciado de los personajes biografiados nos revela claramente ese carácter de libro pane lucrando: Carlomagno, Isabel de Inglaterra, César Borgia, Goya, Pasteur, Madame Curie, Lawrence de Arabia, Churchill, Einstein y el Che Guevara fueron los protagonistas de estas biografías.

De sus novelas de esta época, la que me parece más interesante por diversos conceptos es la que se publicó en 1977 bajo el título de Antonio B, el rojo, ciudadano de tercera, escrita en 1972 y que pasó cinco años en espera de la autorización de la censura. (Cuando en el año 2007 Tusquets reeditó la novela apareció con el título original censurado: Antonio B, el Ruso, ciudadano de tercera).

Un día, un amigo de Pinilla le cuenta que ha conocido a un individuo que ha llevado una vida muy azarosa y que anda buscando a alguien que se la escriba. Se llamaba Antonio Bayo y durante más de un mes estuvo yendo a Walden a contar su historia al novelista.

El personaje real y el personaje de la novela nacieron en un pueblo miserable de León y desde pequeño vivieron al margen de la ley por culpa del hambre (una anécdota que el novelista rescata es la del día en que fue a comulgar hasta siete veces pues la hostia había sido lo único que ese día comería). Antonio fue un rebelde desde pequeño y conoció el hambre, el abandono de la familia, las palizas en los cuarteles de la guardia civil, las cárceles (en algunas de las cuales Antonio llevará una vida “estable”, con amigos y comida asegurada) y hasta el manicomio. Pinilla escribió esa crónica de una forma objetiva, como un amanuense que va transcribiendo lo que el personaje le va contando de su vida: “Yo no invento nada. Me retiro y le dejo al otro que lo cuente. Es el lenguaje invisible. Es la ausencia premeditada del escritor. El libro se explica por sí mismo y el autor desaparece”. Al dar voz al personaje, Pinilla extrema la sencillez compositiva y del lenguaje, a través de una narración lineal que va siguiendo al personaje desde su nacimiento hasta el momento de la narración.

Esta técnica narrativa seminal recuerda no poco la de García Márquez en su Relato de un náufrago. La diferencia es que Antonio no es un náufrago de diez días, sino de toda una vida. Y si a García Márquez lo movió a escribir aquella historia por lo que tenía de insólita, a Pinilla lo empujó el carácter testimonial y de denuncia que conllevaba la historia de Antonio. Pinilla dijo que escribió la novela como protesta contra la eterna España miserable: “La razón fue la denuncia social. Por si alguien, algún español, no sabía cómo era esa España. Esa España de siempre, de siglos pasados y de este siglo, con la que algunos se llenan la boca ahora; con un pueblo humillado, aplastado por las instituciones, la Iglesia, la policía, los jueces, el militarismo. Eso es lo que yo quería reflejar

Santos Sanz Villanueva termina así la crítica a la reedición de la novela: “Con la historia del Ruso, Pinilla pinta un estremecedor fresco de la injusticia que debe leerse aunque uno salga de esta crónica del espanto que causa nuestra especie con el corazón en un puño”

Como colofón maldito a su vida, años después de publicarse la novela Antonio Bayo moriría violentamente en Galicia a los 45 años en una riña familiar, traspasado por un tridente de recoger la hierba.

EL ATENTADO A LA REVISTA DE GALEA
 
Paralelamente a su labor de creación y, tras el final de la aventura de Libropueblo, Ramiro Pinilla alienta en Getxo una tertulia y un taller literarios en los que participarán jóvenes que luego descollarán en la literatura como Willy Uribe o Unain Elorriaga. Además, es el mentor de una publicación periódica cultural de ámbito local, La Revista de Galea. En el crispado ambiente político de Euzkadi de aquellos años, la postura antinacionalista de Pinilla (“yo pretendo ser vasco de varias piezas: ser vasco y, al mismo tiempo, de pensamiento universal” afirmó en más de una ocasión) le granjeó la hostilidad del PNV y del mundo abertzale. Por ejemplo, Pinilla cuenta cómo el mundo nacionalista reaccionó indignado cuando publicó en versión bilingüe el libro de relatos Andanzas de Txiki Baskardo (1979): “Este libro, que es bastante desmitificador y que algunos tendrán por irreverente, intenta contar el mundo vasco desde otros puntos de vista. Durante mucho tiempo, mucha gente se ha dedicado a imponerme su visión del mundo. Ahora creo que tengo derecho a dar mi propia visión. Y si hasta ahora nadie se había escandalizado porque hubiera gente encargada de explicar la religión, la política y muchas otras cosas, creo que ahora nadie se deba escandalizar porque hablando de Euzkadi diga, por ejemplo, que Jesucristo fue maketo”
Hoy comprendemos muy bien las dificultades entre las que tuvo que moverse alguien que se sentía naturalmente vasco a la vez que universalista y que, además, se proclamaba comunista

A esto se añadió la polémica de si sólo deberían considerarse escritores vascos quienes lo hicieran en euskera (¡qué viejo, cansino y estéril nos sigue sonando esto ahora por más de que en algunos sitios sigan con la misma estrechez de miras e idéntico pueblerinismo!). La postura de Ramiro Pinilla en esta cuestión no pudo ser más lúcida (y machadiana): “En el fondo nunca me ha preocupado esa polémica. Si algunos dicen que por escribir en castellano no soy escritor vasco…, pues bueno; no estoy dispuesto a pelearme por ello. Y los que dicen que soy escritor vasco aunque escriba en castellano, pues muy bien. Yo me siento escritor vasco de una manera normal, sin estridencias, porque estoy aquí, porque hablo del mundo vasco y porque yo bien me sé quién soy. Si viviera entre esquimales, trataría de contar lo mismo que cuento en Euskadi, porque creo que las diferencias entre los pueblos son accidentales, epidérmicas. El hombre vasco, antes que vasco, es hombre”.

Hoy comprendemos muy bien las dificultades entre las que tuvo que moverse alguien que se sentía naturalmente vasco a la vez que universalista y que, además, se proclamaba comunista. Por eso, no sé hasta qué punto le sorprendería lo que pasó en octubre del año 2000 cuando ETA voló la sede de la revista Galea, de la que él era responsable y amenazó por carta a cuantos trabajaban en ese empeño cultural. Quizás le sorprendiera menos la hipócrita reacción del Ayuntamiento de Getxo, en manos del PNV, que se limitó a una condena genérica del atentado, según refería El País de 17 de octubre: La alcaldía de Getxo hizo ayer público un comunicado de condena ante el ataque contra el local de la revista Galea, cometido el sábado pasado. La nota califica los hechos como “un claro atentado a la libertad de expresión de una minoría que no tiene más argumento que el de la imposición violenta de sus pareceres”. El Ayuntamiento de la localidad vizcaína exigió en la nota el “respeto de la voluntad democrática y de convivencia reiteradamente expresada por todos los getxotarras”.

Pinilla llevaba muchos años dándole vueltas a un proyecto literario que abordase el mundo vasco en toda su complejidad, tanto histórica, como social y política. Aunque, con la excepción ya señalada de Antonio B, el Ruso, todas sus historias habían estado centradas en Euskadi (y casi se podría decir que en Getxo y sus alrededores), creía que debería confrontar de forma global los mitos milenarios de la cultura y de la tradición vascas con los hechos históricos reales. Pensaba Pinilla que en el País Vasco había dominado, al menos desde el siglo XIX, un “relato” oficial excluyente, poblado de caseríos, de procesiones y de romerías, habitado en exclusiva por poseedores de rancios apellidos vascos, que vivían en un país idílico y armonioso; y que ese relato había silenciado el mundo de la explotación obrera por parte del mundo nacionalista y capitalista. En todo momento tenía muy presente el desfile que en las madrugadas de su infancia había visto de los trabajadores, “maketos” o “coreanos” en su mayoría, con sus cestas de comida, esperando a la puerta de las fábricas y las minas. Y en ese desprecio común al de fuera (bueno, a los humildes y desheredados de fuera, que a los ricos con apellidos ingleses bien que los recibían) extrañamente confluían los clericales nacionalistas de derechas y los llamados a sí mismos revolucionarios abertzales. Por eso quiso denunciar el influjo de la religión patriarcal, el conservadurismo esencial de las clases pudientes agrarias y su rechazo a la modernización económica que suponía la industrialización con la consiguiente llegada de los de fuera, los eternos marginados contaminadores de la pureza del pueblo vasco. “Me he metido –decía ya en 1980- en una novela sobre el mundo vasco y, en particular, sobre la comunidad nacionalista, desde dentro y humanizándola, justificando sus actitudes y enfrentándola a una nueva sociedad que viene, sobre todo, de mano de la juventud. Hay en la comunidad nacionalista una añoranza del tiempo pasado, de la utopía vasca, que yo abordo con gran respeto. Ahí sitúo a mis personajes, en los que llevo pensando desde hace unos veinte años".

La trilogía se remonta, ya lo señalábamos al principio de este artículo, al último tercio del siglo XIX y se detiene en los primeros años de la década de los cincuenta. La guerra civil, tal como se vivió en aquellas tierras, ocupa gran parte del tomo segundo.

Ese vasto empeño tiene su primera expresión literaria en 1986 cuando publica en Libropueblo la primera parte de lo que será su obra magna. Los acontecimientos que ya hemos relatado (especialmente la bomba de ETA a la revista Galea), la necesidad de abrirse a un público más extenso que el de su entorno, la creencia de que quizás lo sucedido en los años sesenta con las grandes editoriales no volvería a repetirse, el consejo de sus amigos, todo ello hace que Pinilla intente salir de su círculo y ofrecer su obra a un editor nacional. Su primer intento cerca de la editorial Espasa se salda con la devolución del manuscrito, sin indicio alguno de que siquiera hubiese sido leído. Finalmente, por mediación de su amigo Fernando Aramburu, autor de la editorial Tusquets, consigue que esta editorial asuma la publicación de los miles de páginas de su obra, repartiéndola en tres tomos que irían apareciendo entre 2004 y 2005.

A diferencia de lo que había ocurrido hasta entonces con la obra de Ramiro Pinilla, la trilogía obtiene el respaldo unánime de los lectores (que la leen), de la crítica (que la premia) y de las instituciones (que la consagran). El primer tomo gana el Premio Euskadi de Literatura en castellano. El tercero, el Premio Nacional de Narrativa y el de la Crítica. Posteriormente, en 2012 el autor recibirá el Premio Lan Onari (el más importante del País Vasco) a su trayectoria literaria; y al año siguiente repetirá el Premio Euskadi de Literatura castellana por su novela Aquella edad inolvidable. Ese mismo lo premia también el Gremio de Libreros Vascos por su trayectoria como escritor. Bien se puede decir que estos premios (más el reconocimiento de los lectores) han supuesto en el caso de Ramiro Pinilla todavía en vida una justicia poética que casi siempre llega (cuando lo hace) a título póstumo.

ÚLTIMA ETAPA
 
El éxito de la trilogía no pareció afectar la trayectoria del escritor en cuanto a su exigencia y compromiso, aunque hubiera cambiado su situación en la sociedad literaria

En 2006 aparece su nueva novela La higuera, que parece un episodio desgarrado de la trilogía que adquiere entidad por sí mismo. El tema fundamental es el de la culpa y la expiación por un asesinato cometido por los falangistas contra el maestro y su hijo al entrar las tropas rebeldes en el pueblo. Ya me he referido a la importancia de este relato, uno de los que deben figurar en una hipotética selección de sus Obras Escogidas.

Al final de su carrera literaria, Ramiro Pinilla se volcó en un tipo de novela policíaca que no dejaba de indagar en las miserias y dificultades de las vida española de mediados de los años cincuenta del pasado siglo

En 2009 se publica el primer volumen de una serie detectivesca de la que se publicarán dos muestras más, en 2013 y 2014. Los títulos de la trilogía son Sólo un muerto más, El cementerio vacío y Cadáveres en la playa.

Las tres novelas tienen como protagonista a un librero, Sancho Bordaberri, frustrado escritor de novelas policíacas que se convierte en investigador privado (bajo el hammettiano seudónimo de Samuel Esparta) para resarcirse de su fracaso como novelista. La crítica y el propio autor han señalado que con estas obras retoma su también frustrada vocación juvenil de escritor de novelas policiacas. No he leído, en cambio, que nadie las haya relacionado con otra novela suya de 1969, En el tiempo de los tallos verdes, no reeditada después, y en la que hay también un crimen en los años cincuenta en una pueblecito vasco que será investigado por un adolescente recluido en una silla de ruedas.

Sólo un muerto más retoma el hilo de un crimen no resuelto en una de las entregas de Verdes valles…, diez años atrás, justo antes de la guerra civil. Ello le da ocasión para volver a la España de los años cuarenta: “No es una novela tan extensamente dedicada a la represión, pero uno de los protagonistas es un falangista que funciona, se mueve, que sabemos lo que hace. En lo sucesivo-añade- siempre que escriba sobre esa época franquista procuraré aportar puntuales anotaciones, o recordatorios. Nunca lo soslayaré. El trasfondo político de la historia no entorpece el desarrollo ágil y progresivo de la historia que se va desvelando equilibradamente entre notas de humor, intriga y crítica política.

No he leído las dos últimas novelas de la serie. De hecho, creo que la tercera aún no está en las librerías. Precisamente su presentación oficial estaba prevista para el día 23 de octubre, el día de su fallecimiento. De ahí que, para ir concluyendo este homenaje a Ramiro Pinilla, lo haga con sus palabras, referidas a la segunda novela de la serie:

“En esta nueva novela trato del maketismo (los de fuera) en Euskadi, en donde un emigrante es acusado de un crimen y encarcelado. Esta vez le def1ienden dos chavales vascos, amigos suyos, que contratan a Samuel y le piden ayuda. Tengo la obsesión por haber vivido esa época, y por el desconocimiento que se tiene hoy de todo ello (…) Siguieron [a la guerra] siete años de genocidio sistemático. Eso lo tengo que contar en algún lado. Doscientos mil muertos, todos con la sentencia firmada por Franco a la hora del café. Eso no se sabe hoy, y por ello cuando vea al juez Garzón le daré un abrazo. ¡Joder! Es que este hombre está empeñado en sacar a la luz aquel genocidio, y no puede. Pero saldrá y se sabrá, porque hay que denunciarlo, recordarlo y hacer justicia con las víctimas”.

Ya tenía en marcha una nueva novela. Se titularía Los inmaduros y no pertenecía al ciclo de Samuel Esparta. No parece que la tuviera muy avanzada, aunque afirmaba haber dado ya con el desenlace.

José Manuel Pérez Carrera

Un hombre honrado


 

Foto de Bernardo Corral y Fernando Gómez

 


 

Para definir a Ramiro Pinilla, para explicarlo ahora que se ha ido, la primer palabra que me viene a la cabeza es honradez. Ramiro Pinilla fue un hombre terriblemente honrado tanto en la literatura como en  la vida; tanto en su obra narrativa como en su relación consigo mismo y con los otros. Honrado sin concesiones y hasta el desabrimiento, honrado - como decían las abuelas de antes - a carta cabal. De ahí venía su aspereza en el trato y el propio distanciamiento de los circuitos comerciales del mundo editorial, que le perjudicó durante años hasta que el sello Tusquets logró hacerse con sus libros y proporcionarle el reconocimiento que merecía. Yo le recuerdo peleándose todos los años con Luciano Rincón en los debates del fallo de un premio literario - el del café Iruña - que duró hasta inicios de la década de los noventa. Le recuerdo heroicamente impermeable a las objeciones de los demás miembros del jurado y también diciéndole a un periodista que había cometido la temeridad de elogiarlo :"A mí no me intentes embaucar con tus coqueterías y tus encantos femeninos". Le recuerdo despotricando contra las sobremesas : "No hay que hacer sobremesas; todo lo importante se puede decir en una comida".  Y lo recuerdo también cuando le conocí, cuando Luis de Castresana nos lo presentó en un sarao municipal a María Eugenia Salaverri y a mí. Teníamos veinte años y Castresana, por simple amabilidad, dijo algo así como que éramos "dos promesas literarias", a lo que Pinilla respondió con un tono cortante que entonces me indignó y que hoy me parece divertido : " Si estás tratando de influirme, ya sabes, Luis, que a mí no me gustan esa clase de compadreos".
Ramiro Pinilla esa así, un hombre hosco pero también capaz de detalles de una ternura insólita y de una pureza de corazón que rozaba la santidad. Pureza moral que transformó en estilo formal y que está presente en toda su obra, incluso en "Las ciegas hormigas", la novela que obtuvo el Nadal en 1960, pese a que en ella mostrara una cruda realidad y una visión pesimista del ser humano a través de aquellas pobres gentes que trataban de recoger, para calentarse en un invierno de la posguerra, el carbón que un barco inglés, azotado por un temporal, había esparcido por los acantilados de La Galea.
Ramiro Pinilla supo regar como una delicada planta esa limpidez de alma y de estilo que se deja entrever curiosamente en su etapa más social, realista y descarnada impidiéndole caer en la negrura nihilista. Si en "Las ciegas hormigas" asomaban el trabajo y el coraje como valores frente a la España sórdida y hostil de la época, otro tanto sucede en "Antonio B. El rojo", la obra que publicó en 1977, una pionera y sólida incursión en la llamada "novela testimonial", que fusionaba el realismo menos complaciente con el periodismo documentado y que en esos años fue cultivada por autores latinoamericanos como elcubano Miguel Barnet o la mexicana Elena Poniatowska.
La narrativa americana siempre constituyó una referencia para Pinilla. Si el polo social se halla en uno de los extremos del eje de su producción novelesca, el otro polo, el opuesto y complementario es el faulkneriano, en el cual llegó a cosechar los momentos de mayor éxito en su trayectoria literaria. En ese polo se sitúa la trilogía agrupada bajo el título "Verde valles, colinas rojas", que se abre con "La tierra convulsa", continúa con "Los cuerpos desnudos" y se cierra con "Las cenizas de hierro". Con al primera de esas entregas obtuvo el Premio Euskadi en 2005. Con al tercera. el Premio de la Crítica y el Nacional de Narrativa en aquel mismo año. Como Garćia Márquez con su Macondo; como Rulfo con su Comala u Onetti con su Santa María, Pinilla con sus valles y colinas vizcaínas supo urdir todo un mundo propio y fundacional, una geografía mítica que encuentra el patrón referencial en el condado de Yoknapatawpha County, que William Faulkner imaginó al noroeste del Misisipí.
Y pivotando en torno a esos dos polos, al social - en el que se sitúan también sus recreaciones de de la Guerra Civil o de la posguerra - y el faulkneriano, que hace que lo territorial (el Getxo en el que vivió) aflore de manera recurrente, están los relatos de "Recuerda, oh , recuerda" o "Primeras historias de la guerra interminable" que Tusquets acaba de publicar este mismo año reunidos  bajo el título genérico de "Cuentos". Están todas esas novelas en las que Pinilla ha ido probando, siempre con solvencia técnica y con la honradez que le caracteriza, distintas temáticas y géneros. En "Quince años" (1990) se adentró en la novela de formación. En "La higuera" (2006) en el tema de la contienda del 36 y de la memoría histórica, que en él no fueron una moda y que supo tratar con verdadera sensibilidad, sin odio  ideológico. En "Aquellos años inolvidables"(2012), novela con la que volvió a obtener el Premio Euskadi, abordó el tema del fútbol. Y en "El cementerio vacío" (2013). la última obra inédita que publicó, retornó al género policíaco y a su detective getxotarra (Sancho Bordaberri o Samuel Esparta, según se mire) que se había detenido en las páginas de "Sólo un muerto más", publicada en 2009.
Ahora se ha ido el escritor honrado, el hombre al que su obstinación por decir siempre la verdad en la literatura y en la vida le llevó a perder grandes oportunidades, podemos decir que disfrutó realmente del éxito y también del amor en los últimos años de su existencia. Ramiro Pinilla finalmente encontró en este mundo algo de la justicia que le había negado aquella empresa de cromos en la que trabajaba antes de ser reconocido y que le despidió por ganar el Nadal; por el temor a que no rindiera como antes en su trabajo. Es obvio que no le conocían.

 

Iñaki Ezkerra

Elogio del narrador


 

Foto de Bernardo Corral y Fernando Gómez

 


 

Había cumplido 60 años y, por motivos que no se entretuvo en contarme, de repente se vio libre de ciertas ataduras familiares. Tenía el resto de la vida por delante, toda para él. Además, había escrito un libro de relatos, ¡Recuerda, oh recuerda! (inencontrable hoy en día), que constituía todo un programa literario, el anuncio, el esbozo, de lo que quería hacer. Allí estaba el comienzo de Verdes prados, colinas rojas. El comienzo y el final.

El plan estaba trazado. Era 1980. En la soledad de su casita de Getxo, Ramiro Pinilla empezó a escribir, folio tras folio, a mano. En cierto modo, ya no paró. Hasta que llegó el día en que aquello que tenía que hacer ya estaba hecho. Eran 2.200 folios, una novela, y para escribirla había necesitado finalmente 20 años.

Pero ya estaba terminada. Se llamaba Verdes prados, colinas rojas. Es la gran saga de los vascos y sus mitos, un libro repleto de humor y de acidez, una epopeya literaria, y, además, una proeza humana descomunal: el fruto de un esfuerzo inmenso, de un tesón inigualable.

Pinilla había ganado el Premio Nadal con Las ciegas hormigas allá por 1960, y unos años más tarde fue finalista del Premio Planeta con Seno (1971). Luego, se peleó con el mundo, empezando por la editorial, y pasó una temporada autoeditándose, y vendiendo un centenar de ejemplares de sus libros de aquel entonces a través de una escasa distribución local.

No hay soledad comparable a la del escritor. Porque además de estar solo a la manera en que lo pueda estar cualquier otra persona, se ve abandonado a sus propios recursos a la hora de juzgar lo que escribe, y esa situación es muy peligrosa, conduce fácilmente al delirio de grandeza ("esto es genial, estoy escribiendo una obra importante") y, una vez en esas alturas vertiginosas, no hay nada más fácil que desplomarse hasta las simas de la depresión ("esto es una mierda, tendrías que retirarte"). Así que de sólo imaginar lo que Ramiro Pinilla vivió en su casita durante todos esos años, a uno le entran todos los estremecimientos.

El día en que terminó la novela sintió mucha amargura. Sin darse cuenta, durante 20 años había vivido con aquella criatura y, de repente, la criatura se había desprendido de él, le había dejado sumido en otra clase de soledad. De la que supo salir sacando un nuevo folio en blanco del cajón, y escribiendo la primera frase de La higuera, la novela que Tusquets le publica este otoño.

Pero antes de eso hubo de repente una idea nueva, que había dejado de practicar hacía más de treinta años cuando mandó su novela al Planeta. Se le ocurrió que había que buscar algún lector para esos 2.200 folios. Y se acordó del mundo editorial. Pensó que tal vez, si él había sido lo bastante loco como para dedicar 20 años de su vida a escribir todos esos folios, a lo mejor había alguien lo bastante loco como para publicarlos.

Pinilla pensó en Fernando Aramburu, narrador también, y profesor de literatura, que había escrito elogiosamente acerca de aquella novela olvidada por todos y que en su momento ganó el Nadal. Le puso una nota en la que le decía: "Sólo te pido una cosa, diles a Tusquets que hay un señor que tiene una novela larga y que le gustaría que la leyeran".

Aramburu inmediatamente llamó a su editora, Beatriz de Moura, para recomendar la lectura de aquella obra. La historia siguió con la valiente decisión editorial. Luego llegaron las críticas entusiastas, las reediciones, y un par de premios especialmente difíciles. Ganó el Premio Euskadi de Novela, cuyo jurado dio muestras de ecuanimidad al premiar un libro que tomaba el pelo a los vascos, lo vasco y la invención de lo vasco con una sutileza no inferior al cariño y a la chirigota con la que se tomaba los mitos raciales y patrios. Y después obtuvo el premio más independiente de la escena literaria española, el de la Crítica. Ahora le han concedido el nacional, y con todo merecimiento.

El hombre está muy emocionado. Tanto como solo estuvo durante tantísimos años. Olvidado por todos (menos por el generoso Aramburu), desaparecida e inédita su obra, mal comprendido por algunos miembros de su familia, por sus conciudadanos. Lo que más le emociona a Pinilla no es el honor literario, sin embargo, sino la esperanza fundada de la reconciliación personal. Porque ahora está convencido de que sus hijos, todos ellos, van por fin a entender, a perdonar. Cuando habla de eso queda sólo la emoción. Pinilla habla despacio, en parte por la edad, las fuerzas escasas; en parte también porque no le gusta decir tonterías y piensa mucho lo que va diciendo. Pero ahora las pausas tienen otro significado. A este hombre dotado de un sentido del humor singular y extraordinario, se le acaban las ganas de bromear cuando habla como el padre que no ha sabido conquistar la comprensión de todos los suyos.

Ahora tiene el homenaje de un país entero. Vista en su conjunto, la narrativa de Ramiro Pinilla es una demostración más de que la gran literatura puede ser, al tiempo que amena, divertida, el mayor entretenimiento del mundo, una pieza clave en la construcción y comprensión del universo en el que vivimos. Lejos de ser localista, la obra de Pinilla posee la universalidad de lo literario. La gran proeza de Pinilla es la magnitud artística y narrativa de su obra, y lo que hace esa obra con la "realidad" tal como nos viene dada. La operación es compleja, y basa su fuerza en la ironía, virtud inusual en países como el nuestro. Vivimos confundidos por los tópicos y las leyendas, nos dice Pinilla, y buena parte del dolor que nos produce la existencia, buena parte de la crueldad que somos capaces de alimentar y lanzar luego contra nuestro prójimo, deriva de esa confusión, de esa mentira que se ha establecido entre nosotros como verdad.

Para desmontar la mentira, Pinilla recurre a un procedimiento hilarante y riquísimo de matices. En lugar de discutir con el mito, en lugar de hacer como un ensayista, que trata de demostrar su falsedad, lo que hace Pinilla es inventar otros mitos, mucho más hiperbólicos que los mitos comunes, mucho más disparatados. Y por esta simple operación pone distancia, permite el análisis, y hace reír sin tasa a sus lectores que, aliviados, descubren que tal vez habían comulgado demasiado tiempo con ruedas de molino.

El maestro de Pinilla fue sobre todo William Faulkner. Mediados los años cincuenta, llegó a una biblioteca pública de Bilbao un montón de libros de los grandes narradores de la que se llamó "generación perdida". Pinilla leyó a Dos Passos, a Steinbeck y sobre todo a Faulkner, y lo leyó con provecho extremo. Comprendió enseguida que la llamada "novela" española carecía de interés, al menos para alguien interesado como él en el arte de la narración. Narrar no es decir lo que le pasa a un personaje, sino contarlo. Y la novela española estaba atiborrada de "decidores" de historias, finos estilistas, eso sí, pero incapaces de narrar.

Narrar, esa otra cosa, es lo que aprendió Pinilla leyendo a aquel grupo de escritores que, con provecho semejante, y en lugares lejanos, también leyeron en esos años Juan Benet y Mario Vargas Llosa y Gabo García Márquez.

Pinilla es un narrador en el sentido pleno de la expresión. Y en el pleno dominio de ese don narrativo, en la soledad adicional que suponía saber que él no escribía como se suele escribir en España, que era sólo un contador de historias, en esa situación que era condena y privilegio, tuvo el ánimo y los arrestos para no desfallecer. Ahora ya no está solo. Los premios le acercarán a los lectores, y para un escritor de pura cepa como él, no hay mejor compañía.

Enrique Murillo, escritor y editor.

Las ciegas hormigas cincuenta años después


 

 


 

Presentación de la obra en la librería Troa de Las Arenas (2010)

Cae la noche mansamente sobre los acantilados de La Galea que durante el día destellan grises casi blanquecinos y ahora se apagan sobre la playa de Arrigunaga. En la cúspide el molino de Aixerrota, con sus aspas inmovilizadas emulando a un gigante mudo que no tuviera otra cosa que hacer sino vigilar el Abra, el ir y venir de buques y nubes, de hombres. Las ciegas hormigas - los Jauregui y tantos otros –, como unos Sísifos de la tierra, castigados a perpetuidad, continúan izando los sacos de carbón sin poder escapar a su eterno destino cada vez que un lector abre el libro. Hoy no llueve y eso no es un alivio para ellos : en su noche siempre llueve; pero el esfuerzo sobrehumano de cargar sacos, la tensión del ojo avizor para detectar los faroles de los carabineros y el pobre Fermín, ya muerto sobre los sacos de carbón, son una pesada carga que no cualquiera puede aguantar. Allá abajo queda la sombra fantasmagórica del barco inglés, solitaria y sin remedio. Las ciegas hormigas nunca duermen y cada noche – y siempre que un lector abre el libro – vuelven a su ir y venir desesperado.
Como decía Pessoa, hay metáforas que son más reales que la gente que anda por la calle y estas imágenes vivas del instinto de supervivencia quedarán asociadas para siempre a Getxo y sus parajes gracias a la literatura. No lejos de allí, en Las Arenas, nos colamos en la librería Troa – calle Las Mercedes 20 - donde el hombre que dio a luz a éstas y otras criaturas, el escritor Ramiro Pinilla, vuelve a presentar su libro 50 años después. Tras una vida consagrada a la literatura, silenciosa y vocacional, sigue recogiendo los frutos dulces del éxito. Es  veinticuatro de febrero de dosmil diez : el autor acompañado por Jon Bilbao presenta la novela reeditada. No cabe una pluma dentro del local pero sí una grabadora : para que luego digan que nadie es profeta en su tierra. La ponemos en marcha y ésto es lo que registramos ...

Ramiro Pinilla : ...esta reedición de Las ciegas hormigas es importante por los recuerdos que me pueden traer a mi, por la edad, en qué circunstancias me dieron el premio, cuál era mi situación. Son recuerdos bastante emocionantes para mí. En aquel tiempo acababa de trasladarme de Bilbao a Getxo. Estaba haciendo mi casita. Los hijos eran pequeños y estaba viviendo un mundo muy distinto al que tengo yo ahora. Y me cayó de golpe encima como un peñasco el premio y la publicación del libro. Yo no estaba preparado para ese cambio tan brusco. Yo había ido a Getxo en cierto modo a esconderme, a vivir una vida más tranquila, más solitaria. Y claro, se me ocurre hacer una novela :¿pero la hice con la intención de que me la premiaran? Pues no. No obstante, aquel medio aldeano ganó el premio. Porque yo era medio aldeano, me gusta llamarme medio aldeano, aunque algunas personas creen que nunca he sido aldeano pues fui a Getxo a trabajar la tierra no como medio de subsistencia pero sí como ayuda. A raíz de aquel premio los medios me desnudaron ante la sociedad. Fue un golpe muy grande. Recuerdo ese día en el que los periodistas aparecieron a las dos o las tres de la madrugada, les costo dar con mi casa; que es lo que yo quería precisamente. Y luego para las ocho de la mañana ya cogí el tren para Bilbao pues yo trabajaba en la fábrica de gas. Porque siempre he tenido a gala que los entornos no me afectaran demasiado aunque fueran buenos. Cuando iba en el tren, la gente iba leyendo ya el periódico -por ejemplo La Gaceta del Norte - porque se habían dado prisa en sacar la noticia. Y decían : “Joder, quién cojones es este Pinilla de Getxo al que no conocemos. Somos de Getxo todos y no le conocemos”. Cómo me iban conocer si llevaba un año y me marchaba a las ocho de la mañana y volvía a las diez de la noche. Yo tampoco les veía a ellos. Y aquí empezó todo. Luego los problemas con la editorial que en fin podemos hablar luego.

Jon Bilbao : ¿Sigue habiendo ciegas hormigas?
Ramiro Pinilla: Sí. Yo creo que ciegas hormigas hay en todas las sociedades, ciudades y pueblos pero sobre todo en los pueblos. En éstos la vida siempre es más dura y con menos apoyos. En una ciudad te encuentras con más apoyos como los aleros de las casas cuando llueve. Por ejemplo, en la novela se cuenta que cuando revientan las bodegas de un barco y el carbón se desparrama, la gente de la Ribera baja a la playa a recogerlo. Esta gente tenía un buen entrenamiento porque solía bajar a recoger la zaborra que los ganguiles de Altos Hornos arrojaban muy lejos pero las corrientes lo podían traer. Era parecido trabajo al que luego tuvieron con el barco. Hoy que yo sepa nadie baja a por carbón. Por tanto ese tipo de hormigas ya no existen pero existirán otras en otras actividades.

Jon Bilbao : Al margen del Nadal y del impacto publicitario del libro ¿significa algo para ti este libro en tu carrera? ¿Encauzó lo que hiciste después?
Ramiro Pinilla: Sí, yo creo que sí. Yo hasta entonces había escrito cositas, cuentitos flojos. Dos años antes había escrito una novela muy floja, muy rosácea, muy blandengue. Entonces de pronto me meto a hacer Las ciegas hormigas y resulta que sale mi primera obra decente. Muchas veces me he preguntado a qué se debió este salto en menos de dos años, este salto de una novela flojísima a una novela decente. Pues había leído al escritor norteamericano William Faulkner y me marcó un tipo de literatura, de lenguaje, sobre todo de mundo abarcador pero dentro de un territorio, que en mi caso era Getxo. Esa forma de concentrar los personajes .... Pero sobre todo el lenguaje, el estilo. Fue un parto que pareció que no era primerizo porque luego todos los partos posteriores hasta hoy arrancan de ahí.

Jon Bilbao: Tú lo cuentas en el prólogo que no sufriste ningún tipo de censura a la hora de escribir el libro. Hiciste el libro que tu querías. Pero después ¿no encontraste ninguna opinión ofendida por lo que cuentas? Por ejemplo me estoy acordando que aparece un cura en el libro que dice que Sabas Jauregui es un buen hombre a pesar de que no es practicante. Me imagino que esa declaración en aquellos tiempos y en boca de un sacerdote no era fácil de digerir.
Ramiro Pinilla: A esos niveles tan altos de enfrentamientos ideológicos o filosóficos la verdad es que no he tenido ninguno y a veces me quedo un poquitín triste porque me gustaría que la gente... Pero sí que tuve en cambio una anécdota con un vecino de Getxo años después. Me lo encontré en la calle y me dijo : "Pinilla, tenía ganas de encontrarte para darte de hostias. Yo era uno de los bajaba a buscar carbón - carbonilla, zaborra -". Y se me queda así. "Bueno - le dije - tú me confiesas que tú lo hacías, el pueblo también lo hacía o sea que no era una mentira". Y me contestó : "no era una mentira pero no hay que airear los trapos sucios." O sea entendía aquello de bajar a por el carbón era humillante. Es la única anécdota que he tenido del libro en 50 años, es curioso. Yo lo atribuyo a una cosa y es que yo no ofendo a nadie abiertamente, de una forma clarísima con un panfleto. Yo siempre he procurado ponerme en el lugar del otro. Una praćtica que siempre he llevado a cabo de todas las formas : escribiendo, relacionándome con la gente. Y no he tenido ningún problema pues como no ofendo es como si no diera razones o agarraderos para agredirme. Esa es la razón. En este país hay mucho nacionalista; yo no soy nacionalista y sin embargo no he tenido nunca ningún problema; es más yo tengo muchos amigos nacionalistas que entienden. Y yo soy más bien pobre y los ricos... La única vez -no fue un enfrentamiento- pero cierta vez en Neguri me llegó el rumor : "ya es que este Pinilla quiere ser como nosotros y por eso nos ataca." Pues mira un poquitín sí que les ataco porque sobre todo me acuerdo de la explotación que ejercieron en las minas. Bueno todos los de Neguri no tuvieron minas, de acuerdo pero muchos sí las tenían y explotaban a la gente; esto se explica en mi obra "Verdes valles...". En fin, estoy sacando posibles reacciones al libro y que recuerde no tengo más.

Jon Bilbao : Hace unos días una persona que estaba leyendo Las ciegas hormigas por primera vez me decía que estaba asustada por lo mal que lo estaba la familia Jauregui pero si al menos dejara de llover en el libro, se leería incluso mejor. A mí lo que me gusta de tu literatura es la forma como manejas el entorno, el lugar donde se desarrollan las historias.
Ramiro Pinilla: Yo creo que manejo a través de comportamientos de los personajes, a través de explicaciones. Yo creo que no me detengo a explicar por ejemplo cómo es la Galea o la playa de Arrigunaga paralizando la acción. Ahora bien, si la acción necesita un ángulo de aquel escenario, me detengo un poquito en el ángulo pero lo sumerjo en el movimiento de avance de la propia acción de la novela. En fin, el escenario nunca es un estorbo ni una parálisis. Porque eso yo siempre lo he tenido bien claro. No quiero solazarme en ello y lo dejo caer cuando estoy contando la acción. No quiero que se pierda la tensión y se pierde si yo, como hacen muchos escritores, como Blasco Ibañez por ejemplo, si un personaje se mete en un templo, se pasa varias páginas contando toda la historia del templo como si fuera un documental. Claro, eso es lo que yo no hago. Cuando me preguntáis cómo yo introduzco los escenarios, yo los introduzco sumergidos en la acción y por lo tanto, nunca hay una extensión indebida de las explicaciones. Justamente lo imprescindible para que la acción se entienda.

Jon Bilbao: yo creo que cualquiera que haya leído uno de tus libros pensará que eres un autor muy ligado a esta tierra. Sin embargo, tus libros son reconocidos allí donde se publican y han sido traducidos al alemán con bastante éxito. ¿Cómo se hace para que una literatura guste en todas partes y al mismo tiempo que esté arraigada en una tierra muy concreta?
Ramiro Pinilla: Pues mira no atendiendo a esa licencia o necesidad. Tú cuentas lo tuyo y si les gusta allí pues bienvenidos. Tratar de contar lo mejor posible lo que ocurre en tu tierra, lo que conoces tú y luego si hay suerte pues bien. No me preocupo de decir : bueno vamos a ver los alemanes tienen estas tendencias, estos delirios pues voy a contentarles. Pero los ingleses también... no me acuerdo de nadie.

Jon Bilbao : ¿cómo podías escribir con tantas horas de trabajo?
Ramiro Pinilla : cómo tenía tiempo es lo que yo me pregunto también. La verdad es que yo creo que lo que gusta o lo que necesita hacer uno ... bueno yo tampoco necesitaba, yo no soy de esos que convierten la literatura en un mito o en un santuario. La literatura la tenía como una simple afición y cuando tenía tiempo - los sábados y los domingos todavía se respetaban, no había que ir a trabajar- a ratos perdidos hice esta novela - en un año - también en el trabajo escondiéndome sin que me viera el jefe.

Jon Bilbao : cuando admiramos a un autor que vivió en un época pasada o escribió sobre una época pasada yo siempre tengo que la tentación de pensar cómo verá el autor el mundo actual. ¿No tienes la tentación de escribir algo ambientado hoy en día en un mundo con Internet, con teléfonos móviles y en el que los aviones se estrellan contra los rascacielos?
Ramiro Pinilla: bueno es que todavía no. No impacta. Estoy en medio de él pero no estoy contagiado de él. No obstante, si me mantengo vivo dentro de unos años a lo mejor como de "Verdes valles" quiero hacer prolongaciones a lo mejor alguna de esas prolongaciones llega al mundo de hoy. No lo descarto pero de momento no tengo ni idea ni ningún propósito. Aparte que no lo entiendo. Yo justo funciono con tecnología moderna y uso el ordenador como máquina de escribir. Hasta ahí llego pero todo lo demás : correos electrónicos ... yo creo que se vive más tranquilo sin todo eso.

Jon Bilbao : otro de los rasgos de tu literatura es la épica. No sé si heredado de Faulkner pero todo lo que escribes tiene un aliento épico. ¿Esa épica sería posible hoy en día contando algo que se desarrolle hoy día o hace falta un poco de distancia en el tiempo?
Ramiro Pinilla: bueno yo no sé. Épica yo creo que hay en todos los momentos, a todos lo niveles, en todas las casas hay una épica. La simple supervivencia es ya una épica. Una pregunta parecida podría ser si esta historia podría suceder hoy en día, ese esfuerzo sobrehumano por sobrevivir. Yo lo comparo con los momentos actuales con el paro. En la novela van a buscar a la playa una noche de lluvia con gran sacrificio todo lo que se quiera; yo me imagino como una noche de lluvia una familia en paro puede ir a un contenedor a buscar cartones para vender o comida. La épica en todo momento se puede dar, hay que localizar un escenario y sobre todo un argumento, un tema. En todas partes hay temas épicos, temas angustiosos y muerte. En todas partes en todas las clases sociales ya sea en un palacio o en una chabola.

Jon Bilbao : por insistir en el tema que me interesa mucho, una de las críticas que se le hacen a la literatura española de los 50 y los 60, crítica creo que no es del todo justa, es que se trataba de un realismo muy gris, muy pesimista, muy de andar por casa y a las generaciones actuales se les hace duro de roer. Yo creo que a ti tampoco te gustaba aquella literatura. ¿Una forma de alejarte de esa literatura o por lo menos de darle más brío fue la épica?
Ramiro Pinilla : Sí, es una de las claves. Yo había leído libros del momento, no muchos. Yo no soy un ratón de biblioteca pero bueno en aquel tiempo yo leía mucho más que ahora. La literatura de aquel tiempo - hablo de los años 40, 50 - estaba bien hecha pero no me llegaba. La clásica tampoco. Yo creo que era por algo. No voy mitificar esto diciendo que estaba esperando el advenimiento de un Cristo en mi vida. Pero es que ocurrió así : Faulkner actuó como un Cristo en mi vida. Me proporcionó el estilo literario, la épica que yo quería hacer sin saber qué quería hacer. Tampoco quiero menospreciar a la gente que escribía. A mí Cortázar no me ha gustado nunca. Era muy brillante, demasiado brillante. Lo dejaba todos a medias. Por suerte para mí encontré mi estilo.

Público : ¿Cómo descubriste a Faulkner?
Ramiro Pinilla : Yo no conocí a Faulkner personalmente porque me hubiera apartado de él. Todos somos impresentables los escritores y artistas en general. Yo recomiendo no conocer a ninguno. En el año 48 ó 49, yo había empezado a trabajar de chupatintas y en mi recorrido para ir al trabajo, pasaba por la calle Buenos Aires. Y un día abren en una lonja una librería que era la librería del Consulado americano. Bueno, empecé a frecuentarla y me maravillaron no sólo Faulkner sino otros escritores norteamericanos no sudamericanos en ediciones sudamericanas. Claro y encontré un mundo totalmente nuevo, y aunque parezca un poco ridículo, era el que estaba buscando yo : la épica, el vitalismo, la tierra. Todo eso conjuntado ... y entre ellos Faulkner porque tuve la paciencia de seguirlos leyendo. Quiero decir que con la primera lectura de Faulkner, incluso con la segunda, uno se echa atrás y lo deja. Pero yo presentí que allí debajo había algo. En cierto modo, no le he copiado íntegramente pues Faulkner es un pequeño cabrón porque abruma premeditadamente. No hace falta tanta oscuridad. Pero bueno lo que había dentro merecía la pena. Yo he tratado de aliviar un poco esa oscuridad.

Público : ¿Cómo sienta la consagración de un escritor después de toda una vida escribiendo?
Ramiro Pinilla : yo procuro que el entorno no me afecte. Yo estoy muy contento. Sigo escribiendo como antes igual. Creo que no me vuelvo loco.

Público : ¿el secuestro de Las ciegas hormigas que has mencionado antes tiene algo que ver con la creación de Libropueblo?
Ramiro Pinilla: Hombre pues en cierto modo sí pues cuando empecé a contactar con editores, con Destino primero y más tarde con Planeta, yo entendí que no me trataban bien. Eso no podía ser. Cuento en el prólogo también como Destino un día me dice : “hemos recibido un oferta de Televisión Española para hacer una serie con tu novela”. Claro me pareció una cantidad de burla. Dije que no. Pero ellos si querían. Entonces poco tiempo después se presentan en mi casa el equipo completo de una televisión alemana con director, actores y que vienen a hacer mi novela en escenarios naturales. Le dije que no sabía nada. Es decir, Destino negoció por mí porque tenía miedo de que les dijese de nuevo que no quería. Si hubiera sido una cantidad más grande... Luego cuando empecé con Planeta tuve alguna cosa que no me gustó nada. Total para que me den disgustos me aparto de los circuitos y yo sigo escribiendo. Alguna novelita ya publicaré. Entonces con un amigo, Javier Rafa, que es de Getxo también, fundé Libropueblo y publicábamos algún libro nuestro. Era una época en que estaba muriéndose Franco. Había un vitalismo en la sociedad, se iba a acabar la dictadura e iba a llegar la democracia, la libertad. Todo este tipo de propuestas populares - populacheras - caían muy bien. Bueno estuvimos unos años publicando tres o cuatro libros nuestros y lo pasamos muy bien. Luego acabo "Verdes valles.." y me encuentro con un enorme montón de folios y me digo: si no van a querer esto. Efectivamente, las dos primeras me lo rechazaron. Y la tercera a través de Fernando Aramburu, al que no conocía; como él pertenece a la editorial Tusquets le dije a ver si querían leer un manuscrito muy gordo. En 24 horas, en seguida, solucionaron todo : Fernando les llamó a ellos, ellos me llamaron a mí y en 24 horas tenían el libro. Y así empezó la cosa.

Jon Bilbao : Bueno como todo el mundo sabe Las ciegas hormigas recibió el Premio Nadal. Si no me equivoco en el 71 otra novela tuya, Seno, fue finalista. Indudablemente, esos premios son muy buenos para los libros porque les dan publicidad pero ¿beneficiosos para el escritor?¿Pueden hacerle cambiar su forma de escribir de ver la literatura?
Ramiro Pinilla: como os he dicho antes procuro que el entorno no me afecte : ni las noticias buenas ni las malas. Lo que sí me afectaba el mal trato que me daban. Luego otra novela que iba a ser premiada por Planeta y me llaman a Barcelona. En el momento del fallo mi mesa estaba rodeada de cámaras y periodistas. Es decir, sabían que me lo iban a dar a mí. Pero en el último momento las jugadas clásicas del dueño de Planeta, Lara, que le dice al Jurado, no ese no, otro. Y se lo dieron a otro. Eso es una faena gorda porque ves que ahí no hay un juicio certero y serio por parte del Jurado. El Jurado está dominado por el otro. Pero luego cuando se publica mi novela, lo hace seis meses después que la ganadora. Eso es terrible. Es como si te pusieran una bomba. Cuando hoy como en todas partes se publican conjuntamente el primero y el segundo. Bueno pues todo esto es lo que me empujó a hacer Libropueblo.

Público: ¿Con esos precedentes editoriales cuando entraste en contacto con Tusquets supongo que fuiste con pies de plomo ¿ te fiabas de ellos?
Ramiro Pinilla : En principio siempre confío en la gente. Generalmente a la gente si le das confianza y ellos se enteran que confías en ellos, se cuidarán mucho de traicionarte. Es curioso. En principio sí, yo me fío de ellos y resulta que no me fallan.

Público: si hubieras tenido una llamada de Destino...
Ramiro Pinilla: no, no Destino se acabó para siempre. Yo tengo mucha paciencia, le doy mucha cuerda a la gente, pero el que me hace una cosa gorda, no le mato, pero no quiero ninguna cosa más. A veces, aunque le des confianza durante toda una vida pueden traicionarte... pocas veces pero ocurre.

Público: ¿a qué edad comenzaste a escribir y si hubo algo o alguien que te motivó?
Ramiro Pinilla: la gente suele preguntar cómo me dio por escribir y no hacer figuritas de barro. Yo creo que uno empieza a practicar aquello para lo que cree que vale. Porque algo siempre tenemos que tener nuestro. Uno de los grandes valores para vivir es disponer de algo que alguien te pueda quitar. Un personaje de Cervantes -un guardia - le decía a otro : "tú vas a dormir en la cárcel". A lo que le contestaba el otro : “sí me podrás llevar a la cárcel pero no me obligarás a dormir”. Quiero decir que no me puedes obligar hasta ese extremo. El tener una vocación propia es algo que no te pueden quitar. Te puedes quitar la casa, te pueden quitar todo... puede perder el Athletic, pueden ocurrir todos los desastres pero no te pueden quitar tu vocación. Entonces yo eso lo he respetado mucho. Bien, entonces cuando empecé a escribir yo no sabía todo esto por supuesto. Uno se encuentra a gusto con lo que hace bien. Luego si tienes una persona próxima: un amigo, un pariente, sobre todo una abuela. Si una abuela te dice : “adelante nieto que yo he leído esto y me gusta...” Yo tuve esa abuela y me lo dijo. Se levantó de la mesa y dijo : “ya tenemos un escritor en la familia”. Yo tenía 16 años. Luego hay pequeños éxitos : te premian un cuento, que si por un perfil de un protagonista - había un concurso en Radio Bilbao sobre la película Lo que el viento se llevó-; yo hice tres y me premiaron uno: el premio era un par de zapatos; pues cosas de estas son fundamentales para tus impulsos. Uno detrás de otro. Generalmente tienes fracasos un año y otro pero al tercero te premian algo. Y así empiezas. Yo a mis 18 años escribía novelas policiacas que eran muy flojitas, muy flojitas. Y se publicó una - por una editorial de Bilbao - que fue el gran acontecimiento de mi vida y me pagaron 500 pesetas por todos los derechos pero fue tremendo aquello. Y luego haces algún encargo que te hacen un poquitín milagroso. Lees un anuncio en el periódico que necesitan alguien para hacer la biografía del beato Valentín de Berriochoa que la hice yo. Más adelante cuando gané el Premio Nadal uno que me quería mal dijo : “este de izquierdas no saben ustedes que ha escrito un biografía de Berriochoa”. Cosas de esas que te hacen gracia. Y así empecé a escribir y luego te encuentras que no tienes una esperanza de ganar el Premio Nadal y lo ganas.
Son historias que todo el mundo ha vivido en otras materias en otras actividades, en otras vocaciones. Y la mía ha sido una vulgar peripecia hacia arriba poco a poco pero como la de tantos.

Público: ¿Por qué elige obsesivamente los escenarios de Getxo?
Ramiro Pinilla: Yo no creo que Getxo ni es mejor ni más hermoso que otros escenarios del mundo. Simplemente fue mi escenario de niño y eso ya basta para responder de modo absoluto a la pregunta esa. Yo estuve en la playa de Arrigunaga desde que tenía un año hasta que tenía 13 cuando estalló la guerra. Eso me marcó ya y cuando, orientado por el Faulkner este, tuve que elegir un escenario ya cerrado; pues cuál voy a elegir : Getxo. Y ésa es la razón. No es porque me proporcione una épica especial porque creo que la épica de Getxo yo me la he tenido que inventar. Sí es que de lo contrario las épicas no se ven. Es decir, no es porque haya ocurrido una batalla histórica en Getxo o un día haya aparecido un grupo de tiburones y se han comido a todos los bañistas que había en el pueblo, cosas de esas. Que yo sepa no había ocurrido en Getxo nada. Lo que que había ocurrido en Getxo me había ocurrido a mí.

Público : antes has hablado de Neguri y me acuerdo que hace bastantes años leí tu novela "El salto" ambientada en el lugar mencionado. El tema era interesante y un tanto metafísico ¿Cómo y por qué la escribiste?
Ramiro Pinilla : a mi entender El salto es una novela frustrada, de hecho, no la voy a reeditar. Sin embargo el tema era muy bueno pero no supe hacerla. A pesar de que la escribí después de "Las ciegas hormigas", de que Faulkner me marcó, "Las ciegas hormigas" me marcaron la camino personal, pues a pesar de todo, no es verdad porque luego hice esa novela que era floja. Yo no sé a quien culpar. Pues a mí porque no estaba lo suficientemente concentrado, porque cada novela que se hace es otra cosa, un mundo y una experiencia nueva. El que ha hecho una novela que esté bien no quiere decir que tenga garantizadas las próximas. Aquella fue una aventura y luego parece que aprendí y, bueno, me encaucé de nuevo pero esa no la publicaré.

Jon Bilbao : Ya llevamos casi una hora, ya podemos ir acabando pero yo tengo una petición antes de acabar : ya que estamos en una librería y seguramente el público querrá llevarse uno o varios libros a su casa además de Las ciegas hormigas, podrías hacernos alguna recomendación.
Ramiro Pinilla: últimamente no leo. No estoy al día de los libros. Pues no sé que deciros, quizá si tuviera más tiempo para hacer memoria podría decir algún libro de actualidad. Hay un autor español que me encanta que es Millás. El libro que ganó el Premio Nacional es una autobiografía totalmente distinta a todas y es una maravilla. Yo leo "El país" a diario y espero con especial interés el viernes que es cuando escribe su articulito Millás. Es algo totalmente distinto a todo. Hombre también os recomiendo un autor de Getxo que hace novela negra y también os puede dedicar el libro. Es Willy Uribe. Y Jon Bilbao que ese también es muy bueno. Al final hemos caído en lo que no queríamos.

Jon Bilbao : en el autobombo. Te ponen un micro delante... Alguna pregunta, comentario, petición. ¿Tienes algo que añadir?
Ramiro Pinilla: pues no muy agradecido, que no esperaba tanta gente. El otro día en Bilbao hubo menos gente. Y era Bilbao.

Público : cuando has dicho que no has tenido problemas en tu vida debido a la política. Cuando se quemó el periódico Galea, eso fue una advertencia ¿no?
Ramiro Pinilla : eso no fue dirigido a mi literatura. Fue a la revista. No la hacía sólo yo, la escribíamos varios. Se veía de qué pie cojeábamos. Según me enteré más tarde, la quemaron porque en el último número habíamos hecho una entrevista a una mujer, víctima del terrorismo. Y por eso la quemaron.

Ramiro Pinilla : muchas gracias, muchas gracias (ovación cerrada).

El escritor, a su vez, aplaude agradecido y recoge el calor de la gente. Sonríe. Su obra vuelve a las librerías y a los lectores tras años de olvido. La épica continúa. Sigue lloviendo sobre los acantilados de La Galea y el Abra es una oscuridad infinita. El molino continúa vigilando a los Jauregui mientras el farol del escritor sigue alumbrando a sus ciegas hormigas y así podemos ver sus rostros de cansancio y deseperación.
 

http://www.tusquetseditores.com/titulos/andanzas-las-ciegas-hormigas

http://www.blogdellibro.com/2010/01/15/las-ciegas-hormigas/

http://novelanegraycinenegro.blogspot.com/2010/03/ramiro-pinilla-las-ciegas-hormigas.html

Verdes valles, colinas rojas


 

Foto de Bernardo Corral y Fernando Gómez

 


 

Esta obra singular y ambiciosa, a la que el escritor vasco Ramiro Pinilla ha dedicado casi veinte años de su vida, se propone ordenar el mundo que le rodea, el caótico mundo vasco, siempre persiguiendo su cuota de libertad. El intento le ha llevado a Pinilla a más de tres mil páginas de escritura, en las que a través de un viaje intergeneracional, se escenifica la confrontación entre la Vizcaya rural, nacionalista, esencialista, y la Vizcaya de la industrialización y de las luchas obreras. Aún sorprendido por la apuesta editorial, el novelista recibió a EL PAÍS en su vieja casona de Getxo, que bautizó, en 1958, Walden, en honor al escritor americano Henry Thoreau, amante de la naturaleza y anarquista liberal.

¿Cuál es la finalidad de esta obra tan voluminosa; y qué ha pretendido alcanzar con ella?

He querido ordenar el mundo que me rodeaba, que en este caso es el mundo vasco, que hoy por sí es muy caótico y del que presumimos.

¿Pero existía también el caos hace ciento y pico de años, cuando empieza su relato?

Pues sí, precisamente el comienzo del relato está bien elegido porque es el principio del caos, desde que empieza la industrialización, las huelgas en las minas y demás. Entonces verdaderamente empieza la conformación de las dos comunidades que tenemos y que padecemos ahora, con el enfrentamiento.

Sin embargo, cuando empieza su relato, ese mundo se divide de forma más clara. Es decir, lo que llama "el mundo del hierro" y "el mundo de la madera". ¿Ahora es mucho más complejo?

Sí, y podemos mencionar también a "los hombres del hierro", que no solamente son los mineros, por ejemplo, o los explotadores, los que traen la máquina. Y "los hombres de la madera", que son los campesinos, los que aman los árboles. Son los que podíamos llamar ecologistas, que tienen una ideología distinta, que quieren una vida simple, que rechazan los inventos, y que aquí están personificados en los Baskardos, que viven en un caserío estancados en el tiempo.

Sí, pero esa misma gente que llama de "tradición" ha representado también ideológicamente después lo más conservador de una sociedad que ha evolucionado hacia el siglo XXI.

Claro, por lo que he dicho puede parecer que identifico a los Baskardos de Sugartea y a los hombres de la madera con el PNV, por ejemplo, pero no es así tampoco, no es eso, porque mi idea está por encima de todas las ideologías y pueden tener semejanza, y al contrario. El socialismo con su industrialización, con la invasión maketa, podría representar a "los hombres del hierro" también. No, los hombres del hierro son los que traen los inventos, el obrero no tiene su inventiva, ni el minero, lo traen los de arriba, los que compran a los inventores, los altos hornos, y todo esto que hemos vivido aquí y que nos ha traído riqueza. Pero nos olvidamos de la palabra mágica que es "la libertad". ¿Quiénes traen la libertad?, ¿dónde hay más libertad? ¿En el hombre de hoy o en el hombre primitivo? A mí me gusta pensar que había más libertad en el hombre primitivo, aunque tenía al lado los dinosaurios.

Entonces su apuesta literal en ese sentido es mostrar la contradicción de la evolución hacia el progreso, entre comillas, con las luchas de dos comunidades en el caso de Euskadi, ¿la importancia de las dos orillas?

Sí, claro, aquí tenemos dibujados los dos mundos: el mundo digamos campesino, con Getxo, es decir, el nacionalista, y el otro, el mundo socialista, representado en las minas y su revolución digamos social de progreso, de evolución del hombre. El nacionalista que teme perder su identidad ante la invasión maketa lo paraliza. Es decir, el nacionalismo vasco ha sido un freno del progreso.

¿Cuál es el hombre más libre, el que está bajo tutela de viejas leyes como en su libro, o los hombres, como su personaje Asier, que pertenece a un sindicato que se siente o que puede ser libre?

Ésta es la ley natural, unos son nacionalistas, otros son socialistas. El secreto de la verdadera libertad de la que hablo en el libro está por encima de todo eso, está en el hombre primitivo. Ha sido una decadencia continua desde que se produjo el salto de la vida de la mar a la tierra, y eso ocurrió en la playa de Arrigunaga.. Aquellos seres vivos representaron el punto cero de la libertad.

¿De ahí su añoranza?

La añoranza en el Principio, como dice el maestro, con P mayúscula, es cuando no había apenas gente en la Tierra, la playa estaba vacía. Es una utopía, pero me gusta creer en ella, me sirve para formular toda esa trama.

El mundo que evoluciona al lado de los Baskardos llega a la conclusión también de que ha tenido un país idílico de libertad plena, que hoy en día lo han fastidiado los nuevos y los antiguos. Es decir, otra nueva mitificación de la historia vasca.

Sí, esa percepción es un mito.

Pero es un mito que utiliza el nacionalismo para reforzar sus propias creencias.

Los socialistas y los demás, los liberales, los republicanos, atacan a los mitos para destruirlos, pero yo he procedido de otra forma. He creado unos mitos grandiosos, pero al mismo tiempo tan falsos que cualquier persona inteligente se da cuenta de que eso es imposible. Es decir, "queréis mitos, bueno, yo he inventado mejores mitos que los vuestros". Y son tan irreales que no valen para nada, pero están ahí. Yo se los regalo.

Mientras, perdura la propia infraestructura de la familia de caserío, el primogénito heredaba, los demás se hacían curas, o arrantzales (pescadores).

Iban a trabajar a las fábricas, pero luego, como en el caso de Roque, el personaje de la novela, les tira tanto la tierra, el caserío, que abandonan a la mujer y a la hija.

En su libro afirma que surge una resistencia, un caso muy aislado, que aparece ahí en las minas, de alguien que se enamora del personaje Isidora, que es un poco La Pasionaria de entonces. Mientras tanto, la margen derecha se resguarda muy bien de que no haya contactos, ¿por qué? No hay puentes entre las dos orillas, no hay paso, y eso se mantiene durante todo el franquismo. En Neguri y Algorta se protegen de una posible "contaminación". La ría históricamente es un muro, no es caudal de agua.

Exactamente.

También convierte un altar en barra de taberna. Como mito es igualmente sorprendente.

Quería dibujar la idiosincrasia del vasco. El vasco es un gran acusador, es un gran txikitero. Más que beber en solitario bebe en grupo. Yo quería inventar los posibles orígenes de esa cosa, porque el libro tiene mucho de pretensión de origen, de principio de los principios, de cómo empezó esto y lo otro... Entonces, cómo empezó el txikiteo, es decir, el mostrador. Pues ya está, qué más sacralización se puede dar a un mostrador que decir que es el auténtico altar de la basílica de San Pedro, que por accidente llego a la playa de Arrigunaga.

Una vez más, en esta sociedad vasca, como en su novela, las grandes protagonistas de la historia son las mujeres.

Nunca habría creído lo que decían algunos escritores que en el transcurso de una escritura, una narración, les llega a vencer la novela y es la novela la que se mueve sola; yo creía que esto era "esnobismo", pero he experimentado que no. En mi caso, la novela me ha mandado lo que había que hacer. Pero no he pretendido que las mujeres sean tan notorias, me han salido así. Claro, porque en términos generales también lo pienso. Creo que la mujer es superior al hombre, y las mujeres constituyen el centro del mundo.

No, lo digo por sus personajes, que son muy duras, pero de alguna forma les rinde también un homenaje.

El gran sentido común de la mujer libra a las familias de mil calamidades. Por naturaleza, la mujer da la talla en su función, y el hombre no la da. El hombre juega a casarse, juega a guerras, juega a machista, siempre está forzado a demostrar; la mujer no, está en su sitio, en su centro.

Y de la mujer pasemos al lenguaje. Cómo lo construye, puesto que el suyo, en esta su última obra, sorprende por un ritmo, que permanece a lo largo de cientos y cientos de páginas.

Primeramente, el tener el propósito de hacerlo así, luego el amar mis propias leyes, que se basan en que una narración, un lenguaje, tiene que ir siempre avanzando, tiene que tener movimiento y todo esto movido por una música interior, no hay que traicionar lo que estás contando. Si estás contando una cosa, simplemente cuéntala. Una sola palabra en un párrafo puede estropear todo el párrafo. Lo que yo he llegado a calificar de lenguaje invisible. Quiero hacer un lenguaje que el lector no se entere de que hay lenguaje.

Es un lenguaje sobrio, pero al mismo tiempo rico y con ritmo.

Porque se mueve siempre, no hay paralizaciones. No hay lo que a mí me gusta plantear como distensión, o sea, como un cable estirado que no se debe aflojar. Tiene que ser siempre tenso, y ¿cómo esta tenso?, moviéndolo, contando cosas nuevas, ideas nuevas.

Juega con una ventaja, no ha contado con presiones, no se ha puesto nunca límite ni extensión. Eso es una situación que pocos autores pueden alcanzar.

En este caso sí. Pero yo tengo novelas cortas. En ésta, me he lanzado a tumba abierta, sin medidas, sin presiones, ni de fuera ni de dentro, entendiendo que la vida no es vertical, sino horizontal. La vida funciona como un río moroso, sin prisa.

¿Está más cerca de la novela clásica del XIX, de grandes relatos, que de la literatura moderna?

Con la única diferencia de que mi novela, creo, tiene el ritmo y la velocidad de la literatura moderna. Sí, sé que soy un caso atípico, y me he arriesgado mucho. También, podía haber fracasado.

Al escribir, cuando avanza, ¿tiene momentos, como en toda creación literaria o artística, de duda o va como el río?

Va como el río, pero no de modo seguido. Hay días que me paso ahí y no escribo una línea, pero sé lo que tengo que hacer y sé lo que tengo que encontrar. Hasta que no encuentre la frase o la idea justa no avanzo.

En el segundo volumen aborda los años veinte y treinta, la transformación del país antes de la dictadura.

Pero hay más evolución de los personajes que de historia social. La guerra la vive Roque, y la cuenta en primera persona. En esa evolución de los personajes aparece también ese hijo que se ve frustrado, que vuelve de Ceilán, donde ha vivido una vida muy pagana, ha practicado el sexo, es bisexual y vive con unas ideas revolucionarias en aspecto de costumbre, de sexo y demás, que escandaliza a Cristina, y su entorno. Aquello es un escándalo, la propia existencia de un caserío donde viven un grupo de varias personas, y que se traen algunas de fuera, bien sean homosexuales o putas...

¿Y la taberna de la Venta y su dueña siguen igual?

La Venta sigue igual, y ella es la cumbre, digamos, de la maldad y del egoísmo.

Y la margen izquierda, las minas, ¿van evolucionando?

Bueno, a Roque le queda la mala conciencia, y ¿cómo quiere reparar su mala conciencia?, haciéndole honor a Isidora, emprendiendo acciones que le puedan gustar, crea un sindicato en Getxo y arrastra a unos cuantos vecinos.

Pero el sindicato tiene muy poco éxito.

Luego lo logra.

¿Y vuelve a abordar el mundo del proletariado de la margen izquierda en la posguerra?

Sí, con Asier, que ha tenido contacto con un anarquista que le ha inculcado sus ideas. Pero el anarquista es fusilado y éste continúa con su ideología, y participa, digamos, en las primeras huelgas contra Franco. Ahora, no ocurre sólo en las minas, sino en toda la margen izquierda.

Mientras tanto, Getxo sigue dominado por los curas y la Iglesia.

Ninguna apertura a las ideas nuevas. Es un pueblo estancado, cerrado; sólo traen nuevos inventos, sólo lo que produce dinero. Franco es una continuación del nacionalismo vasco.

¿Con cuál de sus personajes se identifica mejor?

En términos de libertad, con los Baskardos de Zugartea. Para mí, son los que han pretendido conseguir la Gran Libertad, que es la individual, sin cadenas, ni ideologías. Viven fuera del mundo vasco, del mundo total. Y luego, ideológicamente con Asier, que es anarquista, y Manuel, que simboliza el vasco noble, que no puede dejar de ser nacionalista, pero que reconoce sus errores, y ésa es su tragedia.

Es también la tragedia de muchos nacionalistas hoy en día.

Unamuno, que es la personificación de la integridad, de la libertad de pensamiento, no podía sobrepasar la barrera de la libertad. Lo imagino pensando, queriendo lanzar sus pensamientos lejos, pero la fe y la religión no le dejaban. A Unamuno le veo también muy atormentado, y a éstos les pasa igual, las fes son peligrosas para emplearlas. Por valientes que parezcan muchos militantes tanto del nacionalismo como de ETA, en realidad, no son valientes. La valentía se demuestra con la soledad, evidentemente, aguantando la soledad. Lo demás es que te acoja un grupo, una religión, o un partido.

¿Para el compromiso como individuo, como ciudadano, también se necesita la soledad?

Para hacer las cosas necesitas al grupo. La soledad es para cuando ya te has habituado a estar solo, entonces te conviertes en un auténtico solitario.

También lo haces por un desengaño, o por cierta edad...

Yo creo en el hombre y no creo. Hoy ya no me fiaría de un líder.

¿Eso puede llevar a una pérdida de valores y de creencias?

No, eso no. Yo no entenderé una revolución. Todas las religiones han fracasado, y generalmente han fracasado por los ídolos. Por los seres, por eso yo me quedo sólo con las ideas nobles.

A pesar de los dos mundos enfrentados y de las épocas durísimas que relata en su libro, en él no se refleja esa amargura que provoca siempre la violencia.

En cierto modo, yo he tratado un comportamiento del hombre; por ejemplo, en las minas no hubo violencia, hubo huelgas, diez mil hombres en pie de guerra, pero no llevaban armas, eso no es invento mío, es histórico.

No son en sí los hechos, sino el relato, percibes que puede haber violencia, enfrentamiento, pero no te crispa.

Hay una contención. Sin embargo, luego viene la violencia, la violencia del franquismo, la guerra fundamentalmente, para llegar, claro, a la violencia actual de estos últimos años, que es tremenda también. Para mí, la violencia es una cosa pueblerina, localista y pequeña, que no significa gran cosa, no tiene trascendencia. El gran tema de la novela para mí es la libertad. Qué tipo de libertad tenemos hoy; incluso en la novela no aparece esa violencia todavía.

¿En qué medida esta obra puede ser su culminación literaria, o tiene más proyectos?

Nada de culminación. He llevado preparando esta novela, no con apuntes, sino con auténticos escritos, durante 30 años, hasta desembocar en esto. Después de esto, estoy haciendo otras cosas derivadas de esta obra. Precisamente escribiendo y planteando el problema siguiente: ¿dónde están aquellos cabrones falangistas que mataban en las cunetas? Algunos todavía vivirán. Muchos han muerto, pero otros no. De eso estoy escribiendo.

Ander Landaburu

El valor de la honestidad


 

Foto de Bernardo Corral y Fernando Gómez

 


Hará ya unos 25 años que un adolescente hambriento de lectura se encontró en la biblioteca de su barrio en Bilbao una colección de ejemplares de los Premios Nadal, entre los que estaba el correspondiente a 1960, Las ciegas hormigas: la historia de una familia que sale de su caserío una terrible noche de tormenta a jugarse la vida en los acantilados de La Galea (de los que yo ya estaba enamorado en aquella época), cerca de Algorta, donde un barco inglés ha encallado y perdido parte de su carga de carbón, el combustible que trae el mar para darles calor en los meses de invierno. Recuerdo haber leído la novela de un tirón con el alma en vilo por el destino de Sebas y los suyos.

Sobre su autor, Ramiro Pinilla, apenas había noticias a principios de los años ochenta, casi podía decirse que estaba literariamente "muerto" y yo desde luego no tenía ni idea de quién era, ni de que vivía a los pocos kilómetros que separan Getxo de Bilbao (aún no se podía recurrir a Google para estas dudas).

Poco después volvería a encontrar su nombre en el mercadillo de los domingos en la Plaza Nueva del Casco Viejo de Bilbao. Por allí circulaban unos curiosos libros de una editorial, Libropueblo, que incluían un escandallo de todos los costes para demostrar que se vendían sin beneficio empresarial (un ingenuo intento de cultura popular) y como principal impulsor del asunto Ramiro Pinilla. Pero además encontré de segunda mano un ejemplar en dos tomos de Antonio B... "el rojo" (reeditada ahora por Tusquets como Antonio B... el ruso), una historia que cumplía a la perfección el precepto de Kafka que dice que un relato ha de ser como un cuchillo que rompa el hielo de nuestros corazones, porque sólo un hombre sin corazón podría no apiadarse del destino de Antonio B, y al tiempo no admirar su resistencia sin límite, su tenacidad invencible. Y desde luego sólo un hombre ciego podría no darse cuenta de que estábamos ante un escritor de primera... oculto, cuyos libros circulaban, incluso en su tierra de origen, al margen de los circuitos oficiales.

La historia completa daría para todo un libro. Unos años más tarde me trasladé a vivir a Getxo, abrí una librería (Antares), y conocí personalmente a Ramiro, descubriendo que tras el escritor y su fama de huraño y retraído había un ser humano excepcional, un ejemplo de tenacidad, integridad y sabiduría y entrega a los demás... y un tipo al que pese a llevar casi 40 años de diferencia me costaba seguir el ritmo en los paseos entre Algorta y Santa María de Getxo. Alguien a quien también en el mejor sentido de la palabra se podía definir como un maestro.

Me apunté entusiasmado a su taller literario, donde compartimos descubrimientos con Bittor Abad, Marta Barrón, María Bengoa, Mario Montenegro, Willy Uribe, y especialmente Ramón Benito, autor de la mejor definición que jamás he oído sobre la literatura: "Literatura es ir a la carnicería y pedir filete de unicornio", y Carlitos, el ser más bondadoso que nunca he conocido y del que nos privó un estúpido accidente (saludos y recuerdos a todos). Además entré a colaborar en la revistade Ramiro: Galea (histórica en Getxo), donde llevaba la contabilidad, escribía artículos, hacía entrevistas, vendía publicidad... hasta que los sicarios de ETA decidieron que el hecho de que fuera una revista apolítica era en sí mismo una agresión contra no se qué derechos de no se qué historia y nos invitaron una noche (por suerte no había nadie en el local) a probar sus cócteles molotov, terminando de un plumazo con más de 20 años de dedicación a la libertad de expresión. Pero tampoco eso podía detener a Ramiro, que si ya había luchado contra el franquismo desde la izquierda, no iba a dejar de luchar contra el fascismo de ETA desde la libertad.

Y además tenía un proyecto: Verdes valles, colinas rojas una inmensa novela de más de 3000 páginas de la que años atrás había publicado el tomo primero en su editorial Libropueblo, y que estaba a punto de terminar. Recuerdo la emoción de leer hasta altas horas de la madrugada (olvidándome de corregir las erratas) el manuscrito del tomo segundo cuando me lo dejó en la librería.

El resto es la parte pública y ya conocida de Ramiro. La editorial Tusquets (otro ejemplo de honestidad cultural de las que van quedando menos) decidió publicar en 2005 Verdes valles, colinas rojas y ya no se pudo negar la evidencia: Premio Euskadi de Novela, Premio de la Crítica, Premio Nacional de Narrativa. Ante el éxito se reeditaron algunas de sus obras anteriores y recientemente se editó la nueva novela Sólo un muerto más.

Este éxito ha ocurrido en vida... como podría no haber ocurrido nunca o haberse descubierto su obra, como en tantos otros casos, años después. No es eso lo que destacaría, lo importante es que por encima de cualquier circunstancia Ramiro Pinilla escribía su obra desde la honestidad y la coherencia personal, ajeno al reconocimiento, siendo tan fuerte como para no necesitar los oropeles y al tiempo tan seguro como para ayudar a los demás en su camino y transmitir su conocimiento y humanidad.

A tí, maestro, te dedico este homenaje por enseñarme tanto y por ser un hombre, en el buen sentido de la palabra, bueno. ¡Y que sigas escribiendo!

 

Jesús Pérez Serna

El universo de Ramiro Pinilla

 


 

Foto de Bernardo Corral y Fernando Gómez

 


 

Hay dos Getxos: el administrativo, que linda al norte con Sopelana y Berango, al este con Leioa, y el resto es mar o ría; y ese otro Getxo, de ficción, que se asoma en cada página de la extensa obra de Ramiro Pinilla (Bilbao, 1923). También hay dos Ramiros: el creador constante, de voluntad inquebrantable, capaz de escribir dos mil y pico páginas de una obra -'Verdes valles, colinas rojas'- sin saber qué haría con ella, sin tener editor, ni las habilidades imprescindibles para moverse en el mercado editorial; y ese otro Ramiro de vida pública que gana premios -el Nadal y el de la Crítica a principios de los sesenta por 'Las ciegas hormigas'- y prácticamente desaparece del panorama literario durante más de cuarenta años.
Cuando en 2004 la editorial Tusquets se hace cargo de 'Verdes valles…' para editarla en tres volúmenes, Pinilla sale de sus sombras, de su casa en el Getxo rural, y paradójicamente se deslumbran quienes siempre habían estado bajo los focos de la atención mediática y literaria. En dos años, obtiene el premio Euskadi de novela, el de la Crítica (ambos en 2005) y el Nacional de Narrativa. Desde entonces, alterna la publicación de nuevas obras con la reedición de las primeras. El año pasado, coincidiendo con el cincuenta aniversario de su publicación, 'Las ciegas hormigas' volvió a los escaparates. Y con ella los paisajes por los que el escritor pasea cada mañana. No es que Getxo sea el centro del universo, es su origen, según Pinilla. Y quizá vuelva y vuelva a estos paisajes -la ruta completa suma 5,5 kilómetros- porque en ellos encontró la libertad. En 'Quince años' (Pérgola, 1990) a modo de prefacio escribe: «Hay una edad perfecta. Donde la encuentres, presérvala».

La playa de Arrigunaga

Era Pinilla un bebé cuando sus padres comenzaron a veranear en el caserío Arrune de Getxo. Fueron trece años, hasta que estalló la guerra: «La libertad es la infancia y yo la descubrí en la playa de Arrigunaga». Donde todo comienza. En 'Las andanzas de Txiki Baskardo' (Libropueblo, 1980) se narra la génesis: «Una madrugada, en el instante más bajo de una bajamar, abandonaron el Océano y pisaron la arena de la playa de Arrigunaga cuarenta y ocho bichitos verdes […] que inauguraban la Vida sobre la tierra». Este arenal, el más septentrional de cuantos se encuentran en el Abra, es constante en su obra: a su orilla llega el catafalco en torno al cual se reúnen los vecinos para beber y apostar, en ella conciben y paren sus gentes, se aman Roque e Isidora, en ella violan y matan, viven de lo que arrastra la marea y anhelan pescar un pez mítico que nada en sus aguas. En Arrigunaga se inventa el fútbol.

La Galea

Esa playa también es el lugar en que vive, malvive, la familia Jáuregui ('Las ciegas hormigas'). Una noche lluviosa y fría llega la noticia de que ha embarrancado un mercante inglés en la Galea y la carga de carbón se ha desperdigado por las peñas. Sabas, el aita, se lleva a sus hijos al acantilado y en un frenesí consiguen, mediante poleas y cestas, cargar un carro antes del amanecer. El carbón les asegura un invierno de menores penurias. Pinilla sitúa la faena en un punto (el de la foto) entre lo que hoy es el molino de Aixerrota y el viejo fuerte. Esa misma zona del acantilado es el lugar en que habitan los Baskardos de Sugarkea, una tribu de viejos vascos presentes en muchas de sus obras.

La iglesia de San Baskardo

En el Getxo real, se trata de la iglesia de Andra Mari, origen del núcleo rural. En los años setenta, y coincidiendo con el levantamiento del cementerio cercano, fue objeto de una reforma. En su fachada trasera se construyó un osario y se tallaron en la piedra los nombres de los caseríos del pueblo. La mayor parte de ellos, desaparecidos, quedan en el recuerdo de algunas calles. Pinilla concibe su Getxo sobre 48 caseríos, como 48 son los bichitos verdes que conquistan la playa. En ninguna de sus obras se adentra en el interior de la parroquia, pero el edificio aparece, con exactitud de cartógrafo, «en un alto, a la izquierda del camino que conduce a la playa de Azkorri».

El cruce de Venancio

En el Getxo real, la calle Maidagan desemboca en Sarrikobaso, en 'el cruce de Venancio'. Hace 40 años hubo en ese punto una tienda modesta, propiedad de Venancio Fano, de quien el cruce tomó el nombre. En el Getxo de Pinilla, el cruce se llama de Laparkobaso. En esta encrucijada, donde hoy juegan los niños entre palmeras, se sitúa la mansión de los Oiandia, de los marqueses. Ahí arranca la trilogía. Después, el personaje llamado 'Ella', la sirvienta, la advenediza, hizo construir al otro lado de la carretera, «frente por frente del caserón de los marqueses», un palacio árabe de dudoso gusto. Ella y los suyos lo habitan hasta 1919.

El Galeón

Ese mismo año, «Ella abandonó su amazacotada casona de Getxo y se trasladó, con todos los suyos, al Palacio Galeón, sin estrenar», cuenta Pinilla en 'Las cenizas del hierro', tercer volumen de la trilogía. Lo describe como «una masa ciclópea a espaldas de la playa de Ereaga, en la curva de la carretera hacia Neguri». En el Getxo de hoy, el solar está ocupado por la urbanización Punta Begoña. Los muros de contención de la finca, levantados en la primera década del XX, hoy cercados por su deterioro, están en litigio: en 2007 una cadena se propuso la apertura de un hotel que, por ciertas desavenencias, no ha llegado a construirse. Escribe Pinilla: «El Galeón es como un trasatlántico encallado».

El Puerto Viejo

En el barrio pesquero vive Benito Muro, el alcalde franquista de 'La higuera' (Tusquets, 2006). Es un viejo conocido porque en la trilogía es quien filtra los planos del Cinturón de Hierro a los sublevados. Esta traición sigue provocando la risa en el escritor. También aquí vive Koldobike, la sexy secretaria de Sancho Bordaberri, el investigador de 'Solo un muerto más' (Tusquets, 2009).

La ermita del Ángel

Es una pequeña edificación, que se encuentra a la espalda de La venta, en la confluencia de Maidagan con la avenida del Ángel. Es su nombre real. Según la trilogía, es «la ermita, aquel cajón, poco más que un cobertizo, construido al pie del gran roble en cuyas ramas Totacoxe, soltera, dijo que veía al Ángel». Esta pequeña edificación es también el lugar en que una hija de la marquesa es sorprendida yaciendo con un hombre, 'el Roto'. A través de sus cristales puede verse que el altar está fechado en el siglo XVII.

La Venta

Es el lugar del abandonado catafalco, un trozo de madera maciza de dimensiones considerables parecido a un altar. Su propiedad está en liza: ¿De quién son las cosas que la marea arroja a la playa, de quien las encuentra o de quien se las lleva? Comienzan las apuestas, que heredan las familias de generación en generación. El madero se transforma con el tiempo en lugar de reunión. Hasta que un vecino salta a uno de los lados y comienza a cobrar por el vino que sirve. Un día a Ermo le brillan los «ojitos» con «fulgor singular» y levanta las paredes. La casa de comidas es ya en 'Verdes valles…' la Venta, el centro neurálgico de reunión y vida. Todo pasa por la Venta.
 

Lucía Martínez Odriozola

Rutas por el Getxo de Pinilla

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Foto de Bernardo Corral y Fernando Gómez

 


 

Fue en la primavera de 2010 cuando, después de varios encuentros, Lucía, Anabel y yo organizamos la ruta literaria por el Getxo de Pinilla. 
 Lucía Martínez Odriozola es profesora de periodismo de la UPV, amiga personal del escritor con el que colaboró en la revista Galea dirigida por él y partícipe del taller literario que Pinilla dirige en Getxo desde hace más de 30 años.
Anabel Regalado trabaja en la Kultur Etxea de Getxo y fue la promotora de la edición de un pequeño libreto con citas del autor y fotos de algunos lugares donde se haría una parada explicativa. El libreto se puede ver accediendo a la página web de la Kultur Etxea.

Y ésta fue la ruta inicial: 

  • Avenida Algorta. Localización de la LIBRERÍA BELTZA (Sólo un muerto más) con Sancho Bordaberri de librero-detective. Hece unos años fue la librería Antares. El local es hoy una tienda de delicatessen
  •  Iniciode la calle Sarrikobaso. "La cadena". Muy cerca vive el padre de la señorita Mercedes, la maestra, en la Trilogía. Narradora de la introducción y epílogo de La higuera
  • Bajando la calle hasta el cruce de Venancios ( “cruce de Loparkobaso” ). En lo que es hoy un parque infantil allí sitúa Pinilla la  mansión de los Oiandía y, enfrente, el  palacio árabe de Ella.
  • Desde aquí se enfila hacia el barrio de Andra Mari ( “barrio de San Baskardo”, en su obra) donde se encuentran ni más ni menos que La venta, la Ermita del Angel, La Iglesia de San Baskardo y el edificio de La Blasa.(Trilogia Verdes valles, colinas rojas: I la tierra convulsa, II Los cuerpos desnudos, III Las cenizas del hierro)
  • Por un magnífico paseo ajardinado se sube hasta La Galea. El cementerio es lo primero con que topamos (entonces no había publicado El cementerio vacío). Andando hacia el acantilado de La Galea, a un lado, un poco lejos se ve el viejo fuerte y a otro el Molino, mencionados de pasada en algunas obras.
  • Bajando hacia la playa se pasa por las campas de Arrigúnaga donde existió el caserío Arrune, (Las ciegas hormigas) caserío en el que Pinilla pasó los veranos hasta que se produjo la guerra civil.
  • Y se llega al lugar mítico de Pinilla. La playa de Arrigúnaga. Aquí empezó la vida sobre la tierra. ( Andanzas de Txiki Baskardo). Y en esta playa recrea escenas de amor, de muerte, de violaciones, de humor... Playa con las ruinas del viejo castillo y sus tamarises y sus piedras con nombre propio, la roca Abasota, la peña de Kobo...
  • Desde esta playa de Algorta se sube hasta el cruce de San Martín con Andrés Cortina ( “cruce de Cuatro Caminos”). Lugar mencionado en casi todas sus obras, donde sitúa viviendas, tiendas, encuentros.. Cerca está  la escuela de D. Manuel y un poco más allá la iglesia de Los Trinitarios, muy mencionada por el escritor. 
  • Siguiendo la cercana avenida Basagoiti ( “avenida Larragoiti”) o bien desde este cruce, se puede llegar al  Puerto Viejo, presente en su obra con personajes que lo habitan y con recuerdos de su infancia.
  • Y para los muy andadores, siguiendo el paseo por la playa de Ereaga se llega a Punta Begoña, en donde la ficción pinillesca sitúa “el palacio El Galeón”, en el barrio exclusivo de Neguri. El palacio El Galeón será la vivienda de Ella y su familia.

Gustavo Iduriaga

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