El vecino

 
El vecino anunció su llegada con un tintineo de llaves, la queja de unos goznes oxidados y un seco portazo. Eran casi las tres de la madrugada. Carlos y Elvira se miraron con la sorpresa asomando entre los párpados somnolientos. En sus cuatro años en aquel edificio, nunca habían habitado el piso colindante. No tardaron en volver a dormirse; la leve extrañeza de saber que más allá de la pared había un extraño se fue aletargando en el sueño, arropada por los crujidos de las tarimas, los gorgoteos de los desagües y los rumores cotidianos de la noche.
A la mañana siguiente, a las ocho en punto, las bisagras gimieron de nuevo y su lamento murió con el golpe de una puerta al cerrarse. Carlos salió del comedor, intrigado, y dio un par de zancadas por el pasillo; aún tuvo tiempo de atisbar a través de la mirilla al hombre que aguardaba al ascensor. En torno a los cuarenta años, delgado y de estatura mediana, el nuevo vecino vestía un traje gris oscuro entallado que le resaltaba los músculos de la espalda. Su cabello negro servía de contrapunto a la tez pálida y cerúlea de su perfil. Con unos movimientos que se le antojaron sigilosos, casi felinos, el hombre entró en el ascensor y se giró. Mientras las puertas se cerraban, observó los ojos negros del hombre y los creyó clavados en los suyos a través de la mirilla; el reflejo de las luces de la escalera le hizo pensar que aquellos iris eran como dos pozos desbordados de pavesas.
Los labios le sabían a ceniza cuando se retiró de la entrada. Se los frotó con el dorso de la mano, extrañado, mientras caminaba hacia la cocina en busca de un vaso de agua.
¿Qué hacías, amor? —preguntó Elvira.
Carlos la miró confuso.
Nada, nada —tartamudeó—. Sólo espiaba al vecino.
Ella le lanzó una mirada divertida y regresó a los papeles que hojeaba mientras bebía su taza de café. Cargó con el bolso y el ordenador portátil mientras murmuraba algo que Carlos no entendió, y se despidió de él con un beso fugaz y distraído.
Estuvo escuchando el taconeo de su esposa en las escaleras hasta que sus ecos se resumieron en el silencio de la habitación y el resto de la casa. Arrastró los pies hasta el salón y se dejó caer en el tresillo. Miró el reloj. Revolvió entre unas cuantas revistas y al final se decidió por manipular el mando a distancia del televisor. Subió el volumen y se metió en el baño. Regresó a la sala vestido con un albornoz y se asomó a la ventana. Un grupo de chavales cargados con mochilas bromeaba y reía camino del colegio. Un camión de reparto abastecía a los dos bares que flanqueaban el portal de enfrente. Alguien fumaba en una ventana próxima. Aspiró aquel aroma y sintió unas ganas tremendas de tener un pitillo entre sus dedos. Miró el reloj.
Un rato más tarde, mientras cruzaba el portal, se fijó en la plaquita dorada y reluciente que había aparecido en el buzón del 5º B. Eugenio Bañeza Del Olmo, ese era el nombre de su nuevo vecino. La mañana anterior allí sólo había un marco de madera apolillada. Deambuló un par de horas por las calles del barrio antes presentarse en la Oficina de Empleo.
Elvira regresó tarde aquel día. Le dio a Carlos un beso y se derrumbó en el sofá. Con un suspiro de alivio, sacudió los pies un par de veces y los zapatos aterrizaron sobre la alfombra de la sala. Él los recogió y los dejó en el balcón.
¿Cómo te ha ido el día, cariño? —preguntó la mujer.
Aburrido. Ya sabes, hoy me tocaba ir a firmar en el paro. Después he enviado unas cuantas solicitudes… Aburrido.
Ella le acarició el brazo.
Al regresar me he encontrado con don Gerardo en el portal y hemos charlado un rato —dijo él.
Elvira se ahorró la pregunta y se limitó a enarcar las cejas.
Me ha contado cosas muy interesantes sobre el nuevo vecino —dijo mientras se sentaba junto a ella.
¿Ah, sí? —dijo Elvira distraída mientras se frotaba las piernas. Tenía los ojos cerrados—. ¿Y qué cosas tan interesantes sobre el nuevo vecino te ha contado el viejo marica…? Mucho te relacionas tú con don Gerardo.
Carlos ignoró el tono burlón de su esposa.
¿Sabes cuánto tiempo llevaba vacía la casa de al lado? Cincuenta años, por lo menos cincuenta años —remachó la cifra con unos golpecitos en el brazo de Elvira—. ¿No te parece raro?
Si tú y tu amigo don Gerardo lo decís… Por cierto, ¡qué asco! ¡Después de tanto tiempo, la casa estará llena de cucarachas…! —dijo Elvira con fingida repugnancia.
Según me ha dicho, desde que él es administrador, jamás ha entrado nadie en ese piso. Y antes de eso, tampoco —añadió Carlos.
Ya—le miró interrogante Elvira.
Piénsalo, mujer, Don Gerardo lleva aquí todo ese tiempo; por lo que me ha contado hoy, hasta que se jubiló tenía también en este portal su consulta, así que se conoce la historia del edificio a la perfección.
¿Consulta? ¿Era médico?
Sí, eso parece. Se jubiló hace diez años y como se aburría, se ofreció como administrador de la finca…—Carlos se interrumpió y regresó al tema que le interesaba—. A ver, Elvira, ¿no te parece anormal que de repente, después de cincuenta años, una noche, a las tres de la madrugada, llegue un tipo y entre en la casa como quien vuelve de una fiesta? Y, además, que antes se ocupe de poner una plaquita en el buzón.
Pues, hombre, así dicho… No sé, Carlos, habrán alquilado el piso o lo habrán comprado. Tampoco tiene por qué haber nada extraño en ello. A mí me parece que a Don Gerardo le gustas, cariño, y sólo quiere darte palique. Me he fijado en cómo le brillan los ojillos cuando te mira el muy picarón…
Carlos se pellizcó el labio inferior y miró a su mujer, absorto aún en lo que había estado narrando y sin atender demasiado a sus chanzas.
¿Cenamos, amor? —preguntó Elvira—. Me quiero acostar temprano. Tanto hablar de Don Gerardo, se me había olvidado decirte que mañana me toca ir a Madrid… Con la pesada de Carmen. Casi seguro que nos quedaremos a pasar la noche. Te llamaré cuando acabemos la reunión con los de la central.
Más tarde, mientras fregaban los platos, Carlos regresó a su historia.
Pero, es imposible, no pueden haberlo alquilado. El piso debe estar inhabitable después de tanto tiempo, lleno de polvo y suciedad. Y cucarachas —miró a Elvira como concediéndole la razón en aquel punto—. Sin embargo, el hombre sale por la mañana hecho un pincel, como si llevara allí toda la vida…
Elvira le acarició la frente y le sonrió. Con un beso lo arrastró hacia el dormitorio.
Aquella madrugada, de nuevo a las tres, el golpe sordo y macizo de madera contra madera despertó a Carlos; se levantó de la cama y aproximó el oído a la pared. Al otro lado, el silencio parecía llenar la estancia como algo sólido e incongruente. Elvira rebulló entre las sábanas y murmuró medio dormida:
—¿Qué haces, Carlos?
Carlos deseó poder atravesar los ladrillos con su mirada; cerró los ojos y se frotó la cara, sabiéndose ridículo en su actitud. En sus labios se posó de nuevo el mismo sabor a ceniza de aquella mañana. Regresó junto a Elvira y la besó, pero no respondió su pregunta, aunque las palabras se le quedaron prendidas en la lengua. Sólo espiaba al vecino.
Por la mañana, cuando Elvira se hubo ido, Carlos salió a la escalera y se acercó a la puerta de al lado. Sabía que no estaba en casa, hacía un buen rato que le había oído marcharse; quería comprobar si quedaba algún rastro de aquel curioso olor o sabor —no estaba seguro—, a ceniza en la escalera. Acarició la madera con los dedos y se los olfateó. Olía a barniz viejo y a polvo. Y a madera. ¿A qué iba a oler? De nuevo le invadió la misma sensación de ridiculez de la noche pasada. Se pinzó el labio inferior con el índice y el pulgar y se miró las zapatillas de andar por casa. La del pie derecho tenía la suela despegada y por allí asomaban un par de dedos. Se metió las manos en los bolsillos y tanteó su interior. Una moneda de diez céntimos era todo su capital. ¿Qué le sucedía? Ocho meses de paro, eso era lo que le pasaba, ocho meses de tedio y desesperación. Volvió a entrar en casa y cerró de un portazo dispuesto a olvidarse de su vecino y del sabor a ceniza.
Pasó las siguientes horas ocupado con las tareas domésticas. Después de darse una ducha, fue a la tienda del barrio a hacer la compra de la semana. Cuando Carlos regresaba cargado con varias bolsas, se encontró a don Gerardo remoloneando delante del portal, dando golpecitos en la acera con su bastón. Simuló no haberlo visto, pero el viejo se le cruzó solícito, ofreciéndose a abrirle la puerta.
—¿Quiere que le ayude a subir alguna bolsita?
—No, no, por favor, don Gerardo, puedo yo solo. No se preocupe usted.
—Por supuesto, qué tonto soy. Usted es tan joven y se le ven es tan buena forma… —dijo el anciano mientras le palmeaba la espalda.
Carlos trató de ocultar su sonrisa al recordar las insinuaciones de su esposa sobre el viejo.
Descanse, hombre, descanse unos minutos y déle un poco de conversación a este viejo aburrido. Además no tiene prisa… Su mujer no suele venir a comer, ¿no es así?
Le sostuvo la mirada unos segundos, buscando en ellos el brillo pícaro en el que Elvira se había fijado; lo cierto era que para el hombre parecía no haber secretos en aquella comunidad. Se dirigió hacia el ascensor, tratando de alejarse de los manoseos de don Gerardo, cuando éste lanzó un anzuelo que tardó poco en morder.
Pues sí, Carlos, he estado investigando acerca del nuevo inquilino. Ya sabe, hay que estar informado. En estos tiempos nunca se sabe a quién podemos tener viviendo puerta con puerta.
Don Gerardo se apoyó con las dos manos en el mango tallado del bastón, ladeó la cabeza y se contempló en el enorme espejo que forraba una de las paredes del portal con lo que Carlos no dudó en calificar de coquetería.
Claro, claro. No puede uno fiarse —le dio la razón Carlos. Recordó el olor a ceniza y volvió a sentir unas ganas enormes de fumar. Después de cuatro años… Elvira le mataría si empezase de nuevo—. Bueno, ¿y qué ha descubierto usted? Espero que nada terrible.
El tono de falsa inquietud que empleó con la última frase le hizo verse como un hipócrita. Se metió las manos en los bolsillos buscando el paquete de tabaco que sabía no iba a encontrar allí. El anciano carraspeó dispuesto a narrarle en detalle sus averiguaciones.
Terrible, no, pero sí extraño. Enigmático, si me permite ser un poco pedante —se interrumpió esperando un gesto de Carlos; éste se apresuró a asentir con la cabeza—. Cuando vine a vivir a este edificio, el piso que hoy habita el Sr. Bañeza ya estaba desocupado. De hecho llevaba desocupado unos treinta años, así que en total suman, que sepamos, ochenta. Ochenta años sin que haya habido inquilino alguno en esa casa.
Bueno, don Gerardo, eso no tiene nada de enigmático. Parece raro, sí, pero no creo que sea extraordinario…
El viejo golpeó el suelo con el bastón, impaciente, aleteando con la mano libre como si tratara de espantar la interrupción.
Ya, ya, ya. Pero si usted hubiese ido al registro de la propiedad del ayuntamiento, le hubieran informado del nombre del propietario del piso. Y es aquí donde surge el enigma… —enarcó las cejas solicitando la inevitable pregunta de su interlocutor—. Eugenio Bañeza Del Olmo…
Carlos le miró sin entender muy bien dónde estaba el anunciado enigma. El viejo leyó en su rostro la duda y le lanzó una sonrisa en la que destellaba la sorpresa final.
Entiéndame, vecino, quiero decir que el propietario del 5º B siempre ha sido Eugenio Bañeza: desde hace ochenta años —le palmoteó a Carlos el pecho remarcando cada palabra. El aliento le olía a menta—. Y no me diga que será el hijo ni nada por el estilo. La propiedad no ha cambiado de manos desde que se edificó este solar.
Bueno, don Gerardo, lo que es evidente es que nuestro vecino no es ese Eugenio Bañeza. Le aseguro que no es ningún anciano, tendrá más o menos de mi edad. Lo más probable es que sea el nieto del dueño original y que no se hayan ocupado de modificar las escrituras…
Querido, el Sr. Bañeza fue dado por muerto poco después de adquirir el inmueble y no dejó herederos. Pereció en un incendio. Al parecer un asunto algo turbio, se publicó en los periódicos de la época. Una mujer casada, el marido que les sorprende o lo descubre, una pelea y el piso del matrimonio acaba en llamas. Balance del caso, los dos hombres muertos. La mujer se fue de la ciudad después de la tragedia y nunca más se supo de ella.
Carlos trató de disimular un escalofrío. Después, inclinó levemente el torso e imitó el gesto de descubrirse la cabeza a modo de saludo y reconocimiento.
Voy a tener que darle la razón, don Gerardo. Hay enigma. ¿Qué va a hacer ahora? —la curiosidad de Carlos era genuina, muy a su pesar, aunque tratara de disimularla con un tono de fingida ligereza.
Pues seguir investigando, querido —y volvió a toquetearle el brazo, mientras le lanzaba una sonrisa traviesa—. La semana próxima tengo una cita en el bufete que se ha encargado de abonar los impuestos y gastos del piso durante este tiempo. Ya le contaré.
Cuando Carlos abrió la puerta de su piso no pudo evitar echar una ojeada a la de al lado. Casi de una manera inconsciente aspiró hondo, como si estuviera intentando captar algún olor concreto. Al darse cuenta de lo que estaba haciendo supo que se le dibujaba un gesto amargo en los labios. Se miró los pies y negó con la cabeza. Atravesó el umbral y empujó la puerta con el hombro. El eco del golpe retumbó en las habitaciones vacías.
Las ganas de fumar no regresaron hasta que estaba anocheciendo, cuando Elvira telefoneó para informarle de que, en efecto, pasaría la noche en la capital. Carlos estuvo varias horas ante el televisor, aburrido, tratando de evadirse de aquel nuevo y desasosegante deseo de fumar, de no pensar en lo delicioso que era el sabor de un cigarrillo después de la cena, hasta que pasadas las doce se fue a dormir. A las tres de la mañana continuaba dando vueltas en la cama sin conciliar el sueño, luchando contra su mente desbocada, pendiente además del reloj, de que llegase la hora en la que su vecino se encontraría de nuevo al otro lado de la pared. Apenas escuchó el portazo en la escalera, a Carlos le pareció que las paredes del dormitorio comenzaban a destilar un penetrante a olor a ceniza. Sabiendo que era perverso, aspiró muy hondo varias veces, como si quisiera llenarse de aquella emanación hasta rebosar, asegurarse de que estaba allí, flotando en la penumbra grisácea y no en su cabeza como el fruto disparatado de su insomnio. Se encogió entre las sábanas, en un vano remedo de sus ritos infantiles, cuando sabía que sólo ellas podían protegerlo de los fantasmas que lo acechaban en la oscuridad; ahora también lo protegerían de los ojos que lo acechaban desde el otro lado del tabique.
Despertó hacia las siete, empapado en sudor y con la garganta seca y áspera. Fue hasta el baño y bebió agua con ansiedad, derramándose parte del contenido del vaso sobre la chaqueta del pijama. Los últimos jirones de la pesadilla que le había zarandeado toda la noche se desvanecieron con la luz del amanecer. Sólo le quedó el recuerdo difuso del ahogo y la angustia que había vivido durante aquellas horas. Estudio su rostro en el espejo del baño; las ojeras y los surcos de la edad que ayer no estaban ahí eran las cicatrices de su batalla nocturna. Si pudiera fumar un cigarrillo se le pasarían todos los males… ¿Cuánto tiempo hacía que no fumaba? Cuatro años, los mismos que llevaban viviendo Elvira y él en aquella casa. Alguna balda de la alacena de su memoria se quebró en aquel instante, y a su mente se le vinieron encima los recuerdos de sus últimas semanas en el trabajo antes del despido, la crispación, los nervios, el mal humor, las noches sin dormir…, la mueca de falsa amargura de Bermejo cuando le dio la carta de extinción de su relación laboral con la empresa —así lo dijo, casi silabeando, pero sin un ápice de ironía o burla—. Que la leyera con tranquilidad, que si no estaba de acuerdo no hacía falta que la firmase. Que lo sentían mucho, un empleado como él, una lástima, pero las circunstancias…, el balance era negativo…, tenían que prescindir de su inestimable colaboración…, y así durante un buen rato, casi con lágrimas en los ojos. Menudo hijo de puta… Lo que ahora le extrañaba era que hubiesen pasado ya ocho meses y no hubiera tenido ganas de fumar antes.
Faltaban apenas veinte minutos para las ocho cuando creyó oír ruidos en la casa de su vecino. Recordó el agobiante olor a ceniza de la noche pasada sin poder decidir si había sido real o parte de la pesadilla. Olfateó el aire del pasillo y la alcoba. No sabía si olía a ceniza o al recuerdo del olor de la ceniza del tabaco.
Se empezó a vestir, dispuesto a agotar otra mañana más la monótona rutina de no tener nada que hacer. Con el ceño fruncido miró la pared de la habitación. Quiso convencerse de que la idea se le acababa de ocurrir, pero en el fondo sabía que sus conversaciones con don Gerardo habían sido el germen. Se metió la cámara fotográfica en el bolsillo y casi de puntillas se aproximó a la puerta de la calle. Consultó el reloj; faltaba apenas un minuto para las ocho de la mañana. No le defraudó la puntualidad de su vecino.
Apenas se cerraron las puertas del ascensor, Carlos salió de casa y bajó los cinco pisos a toda prisa. Ya en la calle, vio cómo el otro hombre se dirigía hacia la Alameda. Una breve carrera le bastó para tenerle de nuevo a la vista. Como la primera mañana, se fijó en sus andares elásticos, felinos; cada zancada parecía transformarse en un breve y elegante salto produciendo el desconcertante efecto de que era capaz de levitar.
Poco a poco la extrañeza de Carlos fue creciendo ante el comportamiento del vecino. Durante más de dos horas se limitó a deambular por los jardines de la Alameda, el bosquecillo próximo y las riberas del río. De vez en cuando se detenía, respiraba hondo y levantaba el rostro hacia el cielo, como si deseara darse una ducha de luz. Hacia las once se sentó en un banco, se cruzó de piernas, cerró los ojos y permaneció completamente inmóvil hasta que las campanas de la catedral anunciaron el mediodía. En el ánimo de Carlos se mezclaban la perplejidad y el tedio. Lo único que estaba consiguiendo era que sus ganas de fumar se agudizaran. No se veía capaz de seguir así durante todo el día, aunque su propia negativa a aceptar el sinsentido de todo aquello le obligaba a continuar. El tal Eugenio Bañeza volvía invariablemente a su piso a las tres de la madrugada, por tanto ahí debía haber algo que mereciera la pena, la solución al enigma, como hubiera dicho don Gerardo.
—¡Mierda! —gruñó Carlos.
El otro hombre caminaba a toda prisa hacia el extremo del parque y ya no podía salir corriendo detrás de él. Una nueva maldición salió de sus labios cuando el vecino llegó al linde del bosquecillo y abordó casi de un salto un autobús que partía de la parada próxima. Allí terminaba su patética persecución, plantado en medio de un parque, solo, con las manos en los bolsillos. Se acordó entonces de la cámara; la tiró al suelo y con un gesto de rabia infantil la pateó hasta convertirla en un cascarón metálico tan inútil como todo lo que hacía. En el primer estanco que vio compró varios paquetes de tabaco.
Pasó el resto de la mañana rumiando su mal humor y su frustración; comió un menú del día en un bar cercano a la Plaza Mayor y después se entretuvo leyendo el periódico sentado en los soportales de la plaza.
Regresó a casa mediada la tarde. Cuando abrió la puerta, un escalofrío casi le dejó sin respiración: unos suaves murmullos surgían más allá de la línea luminosa que se proyectaba sobre el suelo del pasillo. Entornó despacio la madera y se tranquilizó de inmediato cuando reconoció la voz de su mujer. Las voces venían del salón. Dio unos golpecitos sobre la madera y la llamó dubitativo. Elvira se asomó y le lanzó una sonrisa.
—Hola, cariño. Ven, tenemos visita —le hizo un gesto cómplice con las cejas señalando hacia el cuarto.
Sentado en el sofá, exactamente en la misma posición que había adoptado por la mañana en el parque, se encontraba el vecino. Carlos tuvo la sensación de que los ojos de aquel hombre lo estaban palpando más que mirando, como si de ellos surgieran varios tentáculos y bastara con un simple parpadeo para que se movieran sobre su piel. En sus labios se perfiló una sonrisa cuando Elvira se lo presentó.
—Mira, Carlos, este es nuestro nuevo vecino, Eugenio…
Carlos inclinó la cabeza y murmuró un saludo, pero no hizo amago de entrar en el salón y estrecharle la mano. ¿Qué cojones hacía aquel tipo en su casa? El hombre se puso en pie e hizo un leve gesto de asentimiento.
—Le he invitado a tomar un café para demostrarle nuestra hospitalidad. Hay que ser amables con los vecinos, ¿verdad, cariño?
Carlos miró a su mujer sin responder.
—Eugenio me ha preguntado por el administrador de la finca. Quiere poner en orden sus obligaciones con la comunidad y todo eso. Ya le he dicho que don Gerardo estará encantado de charlar con él —no pudo evitar un tonillo de mofa al pronunciar la última frase. Se giró hacia Eugenio y le habló—. No sabes lo interesado que está en ti desde tu llegada. Cree que hay un gran misterio tras la puerta de tu casa…
Eugenio no dijo nada. Se limitó a parpadear rápido unas cuantas veces y a encogerse de hombros. Carlos, en cambio, miró horrorizado a su mujer mientras ella recogía las tazas del café. El vecino carraspeó y dio unos pasos hacia donde él estaba.
—Tengo que irme. Muchas gracias por tu amabilidad…, y por el café, Elvira —extendió la mano hacia Carlos—. Encantado de conocerte.
Sin pensarlo, en un movimiento automático, le estrechó la mano. Estaba caliente, ardiendo, le pareció. Levantó la mirada con brusquedad hacia el rostro del hombre. La tez pálida, lisa, sin las marcas del gesto y la edad, no era acorde con el fuego de aquella mano. Carlos sintió unas ganas enormes de echarse a llorar de rabia; el olor a ceniza invadía de nuevo su cerebro.
Se sentó en el sofá, sin darse cuenta de que se colocaba en el lugar que acababa de abandonar su vecino. Se levantó con un espasmo, contorsionando su cintura como si el breve contacto con aquella zona del mueble, aún con restos del calor corporal del invitado, pudiera contaminarle de alguna manera. Aquella actitud infantil empeoró su humor. Cuando Elvira regresó al salón, la miró de soslayo, como si también estuviese contaminada. Ella no pareció darse cuenta de su estado de ánimo y le besó mientras se arrebujaba a su lado.
—Te he echado de menos, amor. ¿Y tú a mí?
Carlos se apartó de ella y sin mirarla, mascando las palabras, le lanzó la misma pregunta que antes se hubo de tragar.
—¿Por qué has invitado a ese tipo a nuestra casa? ¿Se puede saber?
Elvira enderezó la espalda y la mano con la que acariciaba la nuca de Carlos se detuvo en seco. Su primer impulso fue bromear sobre sus celos, pero los músculos crispados que se le dibujaban en la mandíbula la aconsejaron ser cauta.
—¿Qué te pasa, Carlos? ¿A qué viene esa pregunta? Porque no me voy a creer que estés celoso… Tú no eres así.
—¿Ah, no? ¿No soy así? Metes a un tío en nuestra casa cuando no estoy, y no tengo derecho a sentir celos… Tengo que hacer como que no ocurre nada…
Apartó la mano de ella con brusquedad y se puso en pie. Elvira le contempló sorprendida; un leve temblor en las comisuras de sus labios denotaba sus ganas de llorar y su miedo por la brusca reacción de su marido.
Carlos dio dos zancadas hacia la puerta del salón y se detuvo. Se apretó las sienes y agachó la cabeza tratando de tranquilizarse. Sabía que sus palabras no eran justas, que estaba haciendo daño a su mujer. Entró y salió del cuarto varias veces hasta que, como un niño avergonzado, sin atreverse a mirar a su esposa, se volvió a sentar en el sofá. Pasó el brazo por encima de sus hombros y la atrajo hacia sí. Una pena inmensa le ahogó cuando —durante un instante— percibió su rigidez antes de ceder y recostarse sobre su pecho.
—Lo siento. Soy un imbécil. No sé lo que me pasa. Llevo unos días muy tenso. Creo que es este puto aburrimiento, tantos días sin tener nada que hacer. Joder, he enviado ya ni sé cuántas solicitudes y no me llaman de ningún sitio… Es desesperante.
Elvira le acarició la frente y le acomodó el flequillo. A él le dolió su propia falta de sinceridad, no se atrevía a contarle sus andanzas matutinas y cómo habían influido en su ataque de furia. Tampoco sabía cómo hacerlo y no estaba seguro de ser capaz de soportar sus pullas.
Más tarde, mientras cenaban, más relajado, Carlos quiso saber de qué habían charlado ella y Eugenio. Controló el tono de su voz; quería que su mujer detectara nada más que un educado interés, y no la punzada de celos que, en el fondo, sí había sentido. Pero, sobre todo, no quería que se percatase de lo que a él mismo ya se le presentaba como un interés anormal en aquel hombre.
—Bueno, no sé. Me ha contado que hace poco se enteró de que era el propietario de la casa. Una herencia que ha estado muchísimo tiempo en juicios, y al final, como ya han muerto todos los demás beneficiarios, le ha tocado a él el premio gordo.
Carlos echó hacia delante el cuerpo; estuvo a punto de interrumpirla para explicarle las averiguaciones de don Gerardo, pero se limitó a asentir.
En cuanto ha regularizado la situación —siguió explicándole su mujer—, se ha trasladado a vivir aquí.
¿Y a qué se dedica el rico heredero? —preguntó Carlos en tono ligero, pero arrugando el entrecejo, concentrándose en la respuesta de Elvira, rogando que hubiesen hablado de ello.
—Sí, eso le pregunté, pero yo creo que no quiso decírmelo y se burló de mí. Quizá le parecí una entrometida.
—¿Y qué te contó? —Carlos se dio asco a sí mismo, porque se percató de que la voz le temblaba al hacer la pregunta.
—Me dijo que vive del juego —se interrumpió y negó con la cabeza atajando la interrupción de Carlos—. No, no es que sea un jugador profesional. Me contó que se dedicaba a investigar juegos tradicionales. Ahora está estudiando el juego de las chapas… Ya, yo tampoco había oído hablar de él, aunque parece ser típico de la zona.
Elvira se acomodó en el sofá y comenzó a hablar. Carlos estaba pendiente de sus labios, de sus palabras. De vez en cuando le miraba los ojos y era como si no estuviese allí, poseída acaso por algún misterioso e inquietante espíritu, pensó con una nueva punzada de celos.
Según le había explicado el vecino, el juego de las chapas se jugaba antiguamente el Jueves y Viernes Santo, aunque ahora era también común en las semanas previas y posteriores. Las reglas eran muy sencillas: se jugaba con dos monedas. Los jugadores se organizaban en un corro y apostaban a caras o lises. Había un encargado de animar las apuestas, llevar el orden y el pago de las mismas. Uno de los jugadores lanzaba las monedas al aire. Si salía una cara y una cruz, se repetía la tirada y si eran caras, ganaban los que hubieran apostado a caras, si salían cruces, los que hubieran apostado a cruces. No había límite en las apuestas ni en el tiempo que solía durar el juego; las cantidades de dinero que se movían en las partidas eran sorprendentes a pesar de tratarse de una distracción tan simple.
—Pues no está mal como trabajo. Desde luego es mejor que el puto paro —dijo Carlos—.
Su mujer lo miró sorprendida, como si se hubiera olvidado de que él estaba allí. Sacudió la cabeza un par de veces y levantó las cejas como si le pidiese que repitiera el comentario. Él hizo un gesto con las manos, desechando sus palabras inoportunas y pidiéndole perdón.
—Al parecer el origen de este juego está en el que llevaron a cabo los soldados romanos en el Calvario, al repartirse la túnica de Cristo… —Elvira entornó los ojos y después los cerró en lo que pretendía ser un gesto de resignación ante una leyenda tan clásica—. Eugenio me contó que cada noche visitaba una partida diferente de la provincia y que siempre jugaba…
—Curiosa forma de investigar… —dijo Carlos sin poder evitar que el tono de sarcasmo restallara como un látigo entre ambos. La cabeza le estaba empezando a doler de una manera terrible.
—Sí, eso le dije, pero con menos mala leche. Anda que estás tú bueno hoy. ¿Sigo?
Carlos se encogió de hombros. Unas tenazas calientes hurgaban detrás de su ojo izquierdo, escarbando en su cerebro.
—Pues eso, me dijo que cada noche jugaba y que siempre ganaba. Siempre.
—Apuesto a que te explicó su método…
—Bueno, la verdad es que se burló de mí. No creo que sea cierto eso de que gana siempre… Ni siquiera que juegue. Según él, si gana es porque lleva dos mil años jugando. Dice que él es uno de aquellos legionarios reencarnado…
Elvira continuó hablando, pero el ya no escuchaba sus explicaciones. Su mente se había llenado de olor a ceniza. De repente, Carlos tuvo frío, y el frío le descompuso en temblores y convulsiones hasta que de súbito su cuerpo se relajó. El olor, el sabor a ceniza en su boca eran tan penetrantes que anegaban el resto de sus sentidos. El rostro atemorizado de su esposa era una mancha pálida en medio de una niebla gris, su voz le llegaba rota como si de un receptor mal sintonizado se tratara, las manos que le acariciaban las mejillas sólo tocaban carne entumecida. El aire era un fluido denso y helado pero no tuvo sensación de ahogo. Un instante antes de perder el conocimiento pensó que quizá fuese mejor no volver despertar.
Cuando abrió los ojos, ya casi había anochecido. Estaba tumbado en la cama, cubierto por un ligero cobertor. No recordaba lo que le había sucedido, apenas era capaz de pensar en nada salvo en la pesadez de sus miembros y el tremendo dolor de cabeza que le batía el cráneo. Trató de incorporarse; los chasquidos del somier hicieron acudir a Elvira. Se sentó en el borde de la cama y le peinó el pelo con los dedos. Sus labios apenas se despegaron cuando susurró:
—¿Cómo estás, amor?
Carlos meneó la cabeza aún desorientado. Intentó hablar, pero de su garganta sólo surgieron balbuceos. Cerró los ojos y se sumergió de nuevo en la inconsciencia. Elvira, asustada por el ataque de Carlos, había acudido a don Gerardo. Con la ayuda del viejo había conseguido llevarlo hasta la cama. Después de una rápida revisión, el médico tranquilizó a la mujer. Le recomendó que al día siguiente acudieran a urgencias y le administró unos tranquilizantes. Agotamiento nervioso, fue su diagnóstico.
A la mañana siguiente, Carlos se despertó pasadas las diez. Elvira le sonrió y repitió su pregunta de la noche anterior. Él carraspeó un par de veces.
—Bien… Creo que bien —se interrumpió sorprendido—. ¿No has ido a trabajar?
—Hoy es sábado, cariño.
Carlos parpadeó confundido. Su cabeza continuaba sumergida en una pila de agua en la que hubiesen colocado unos altavoces a todo volumen.
—Después de desayunar iremos a urgencias. Lo que te pasó ayer no es normal, Carlos —dijo Elvira.
Carlos se incorporó y salió de debajo de las mantas.
—De eso nada. Me encuentro perfectamente, Elvira. Lo único que ha pasado es que ayer casi no comí… Yo creo que fue eso… —mintió.
Ella prefirió eludir la discusión que asomaba en el horizonte. Él aprovechó que en ese momento llamaban a la puerta para intentar escurrirse de la habitación. Sintió un ligero vahído cuando se puso en pie. La exclamación de su esposa en la entrada le hizo girar la cabeza con brusquedad; el mareo fue ahora más fuerte y hubo de sentarse de nuevo. Elvira regresó con gesto serio.
—Carlos… —se interrumpió buscando con la mirada un punto de apoyo en las paredes del cuarto—. Al parecer don Gerardo ha muerto esta noche…
Carlos la observaba con tal intensidad que hizo sentirse incómoda a Elvira.
—No me mires así, Carlos. ¿Qué te sucede?
—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó.
—Ha sido el vecino. Eugenio —respondió ella, sintiéndose culpable e irritada por ello. En los ojos de su marido leía una acusación que empezaba a desquiciarla.
—Ya… El vecino…
—Sí… Carlos, ¿qué te sucede?
Él se pasó las manos por la cara, sus dedos se rastrillaron el flequillo, crispados, abriendo surcos blancos sobre la piel de la frente.
—Ha sido ese hijo de puta. Ha sido él —su voz fue subiendo de volumen hasta convertirse en un grito dirigido a la pared de la habitación—. ¡Hijo de puta!
Elvira le contempló incrédula. Dio unos pasos hacia él con las manos extendidas, como si quisiera taparle la boca. Con un brusco movimiento del brazo la apartó hacia atrás, haciéndola trastabillar hasta golpear la cómoda.
—Carlos… Por favor… —susurró asustada.
—¿No te das cuenta, Elvira? ¿No te das cuenta? don Gerardo estaba haciendo averiguaciones sobre él —ahora hablaba en voz baja, como si temiera que pudieran escucharle—, y el tío se lo ha cargado…
—Pero, ¿qué dices? ¿Qué averiguaciones? Carlos, no tiene sentido nada de lo que estás hablando. ¿No te das cuenta?
—La que no se da cuenta de nada eres tú —el tono silbante fue agrietándose hasta transformase en un grito.
Carlos inclinó la cabeza y elevó la mirada hacia Elvira. Permaneció así varios segundos, congelado, sin parpadear.
—Claro, claro que te das cuenta. Ahora lo entiendo… No, no lo niegues —la sujetó por la muñeca—, no lo defiendas… Me estás engañando con él, ¿verdad? Ayer, cuando llegué… Ahora lo veo.
Elvira se soltó de la presa de su marido e irguió la espalda. Ahora era ella la que gritaba.
—Pero qué sandeces estás diciendo, Carlos… Tú no estás bien…
—Estoy hasta los cojones de tus aires de superioridad, de tu lástima y de tu puta compasión, Elvira, y de que me trates como si fuera un niño… Te recuerdo que fui yo quien te consiguió tu flamante trabajo del que ahora vivimos los dos…
—Y eso, ¿a qué viene ahora?
Carlos no contestó. En algún lugar de su interior, una estrella de lucidez aún titilaba y le decía que no tenía razón ni en su ira, ni en sus celos, ni en sus reproches. Abrió el cajón de la mesilla y tanteó con mano temblorosa hasta que con un gesto de triunfo blandió una cajetilla de tabaco. Con un manoteo descoordinado consiguió extraer un cigarrillo y encenderlo. La estrella se apagó. Carlos exhaló el humo hacia el rostro aturdido de su esposa.
—¡Vete a la mierda, Elvira!
Salió de la habitación y se encerró en el baño. Cuando hubo apurado el pitillo, se vistió, y sin hacer caso a las súplicas de su mujer, abandonó la casa con un portazo.
Fueron muchas horas de vagar por las calles oscuras de la ciudad. Su mente era un escenario negro y sobre él figuras grises se desplazaban sin rumbo. Bebió, bebió mucho, bebió hasta que las figuras grises se hundieron en un mar negro, y entonces la bruma de su interior se fundió con la noche.
No fue casualidad que a las tres de la mañana se encontrase delante de su portal. La botella que tenía sujeta por el gollete lanzó un quejido cuando golpeó con el pomo de la puerta. Alguien había pegado una esquela con el nombre de don Gerardo. Carlos boqueó mientras un halo rojizo se dibujaba en torno al papel y empezaba a extenderse sobre el cristal de la puerta cubriéndolo de llamas. Entre aquellas llamas se delineó un rostro, sus labios se movieron y del fondo de su garganta surgió un chorro de fuego.
—Buenas noches, Carlos —los ojos del vecino se fijaron en la esquela—. Una lástima lo de don Gerardo, aunque ya se sabe, a esas edades… ¿Sube?
El vecino le envió una sonrisa cortés mientras con un gesto de la mano le invitaba a pasar. En la otra mano portaba una cartera. Carlos, aún entre la bruma carmesí que lo envolvía todo, pudo darse cuenta de que la cartera pesaba mucho, tanto que el brazo comenzó a alargarse hasta que la cartera golpeó el suelo.
—¿Te encuentras bien?
Carlos se había desplomado sobre los escalones del portal. El vecino se inclinó hacia él y le apoyó la mano en el hombro.
—Me parece que has bebido demasiado… A tu mujer no le va a hacer gracia que llegues a estas horas y en este estado.
Miró de reojo la mano que le tocaba. Se la sacudió con un movimiento brusco. El hombro le ardía.
Masculló una pregunta.
—¿Fuiste tú, verdad?
El vecino enderezó la espalda y le miró desde su altura con semblante inexpresivo.
—Sí, claro que fuiste tú. No querías que el viejo hurgara en tus secretos… —se interrumpió; la cartera estaba ahora a la altura de sus ojos—. ¿Qué llevas ahí…? Lo que has ganado esta noche, seguro…
Alargó las manos y trató de arrebatársela. Resbaló y de pronto se vio a cuatro patas. Ante sus ojos, los zapatos lustrados del vecino y entre ellos la botella casi vacía rodando con un chirrido de arena machacada. El otro le ayudó a ponerse en pie y le devolvió la botella.
—Venga, vamos a casa, te acompaño —le sonrió—. Para algo somos vecinos…
Subieron las cinco plantas en silencio. De la boca de Carlos sólo salían hipidos mezclados con balbuceos llenos de babas. De vez en cuando lanzaba miradas huidizas a su acompañante.
El ascensor se detuvo con un jadeo y al poco el chirrido de unos goznes rebotó dentro de su cráneo. Aguantó la respiración pero el olor a ceniza ya se filtraba a través de sus fosas nasales. En el umbral, la oscuridad del piso se derramaba como una lluvia sobre la figura del vecino, difuminándolo en la penumbra de la escalera. Éste dudó un instante, se dio la vuelta y miró a Carlos. En sus ojos vio bailar gotas de fuego; las palabras que pronunció parecieron escritas en el aire.
—Por cierto, vecino, veo que fumas y se me ha acabado el tabaco. ¿Podrías prestarme unos cuantos cigarrillos?
Las palabras estallaron en una niebla de ceniza. Delante de los ojos de Carlos, entre nubes grises, se movió una botella. Más allá, un lienzo blanco se tiñó de rojo y poco a poco el conjunto se hundió en la negrura. Se contempló la mano. El cuello de la botella, adornado de espinas brillantes, asomaba entre sus dedos. Aún olía a ceniza. Algo viscoso parecía chapotear a sus pies. De algún lugar brotaban unos gorgoteos que le arañaban el cerebro. Se inclinó y un puño coronado de filos golpeó sobre dos pozos inundados de pavesas una y otra vez.
Ya no olía a ceniza, solo quería dormir.
Se despertó cuando aún no había amanecido, derrumbado en el sofá. Restos de vómito lanzaban destellos acusadores desde su camisa y la alfombra. Carlos se estiró sobre la mesita y cogió con los dedos pringosos la nota que su mujer le debía haber dejado el día anterior. Las letras se nublaban, cambiaban de lugar y se fundían en una línea negra que serpenteaba por toda la cuartilla. La arrojó al suelo, sobre los restos ácidos de la madrugada. Sacó una botella del mueble y se palpó los bolsillos de los pantalones. Tabaco y encendedor. Todo estaba en orden.
Apoyándose en las paredes, se tambaleó hasta el dormitorio; se detuvo ante la cama y miró la pared. Entre la niebla de su embriaguez, el rostro de su vecino surgía orlado de hilos rojos de sangre que se agitaban como zarcillos dotados de vida. Agitó la cabeza tratando de desechar aquella imagen. ¿Qué había sucedido anoche? ¿Qué hacía aquella cartera sobre la cómoda? No recordaba nada, pero no olía a ceniza.
Abrió la botella y dio un trago. El licor lanzaba olas contra su lengua, la superficie inclinada de aquel mar ambarino se aproximaba a su boca. Se limpió los labios con la manga de la camisa, encendió un cigarrillo y se dejó caer sobre la cama.
El teléfono empezó a sonar. Palmeó sobre el auricular y con voz pastosa contestó. Al otro lado de la línea le pareció escuchar la voz de Elvira, lejana y rota. Flotando por encima de la voz crispada de su mujer, otra, más grave, fría y monótona, hacía una pregunta. Carlos se sentó sobre la cama y miró la cómoda. Allí ya no había ninguna cartera, pero no olía a ceniza. Golpeó la mesilla con el auricular hasta partirlo en pedazos, después arrojó el teléfono contra la pared y encendió otro cigarrillo. La botella rodó hasta el suelo.
La queja de unos goznes oxidados y un seco portazo provocaron un espasmo en los músculos de Carlos. Le costaba respirar. Se negó a abrir los ojos y quiso seguir durmiendo. El olor a ceniza batía las paredes de la habitación con furia. Inhalaba cada vez más hondo, pero sus pulmones sólo se llenaban de aquel olor acre. Cada vez tenía más calor; un siseo repulsivo se arrastraba por el suelo. Se tapó los oídos, quizá bastara con silenciar aquel crujido líquido para que desapareciera el calor que le hacía arder el pecho. Empezó a toser, una última bocanada de aire se le atoró en la garganta y se transformó en un silbido ronco. Los párpados se le levantaron sin que él lo ordenara. Un oscilante resplandor rojizo se proyectaba sobre el techo. A los pies de la cama, una espiral negra se agitó entre los muebles y ascendió por la pared.
Golpeaban la puerta de la calle.
El silbido ronco de su aliento era ya sólo un gorgoteo.
Sus dedos se aferraron a las sábanas.
Los golpes eran cada vez más fuertes, se confundían con una voz que le llamaba, la voz de su vecino. Olía a ceniza.
El gorgoteo se fue apagando hasta sonar como el roce de dos piedras. Algo acarició sus dedos, dolía, pero el dolor fue breve.

 

 

Roberto Sánchez