Vitori

¡Vitoriiiii! ¿Estás dentro?” Silencio en el cuartucho. “¡Vitoriiii! ¿Que si estás en casa?”. Segundo grito éste más desesperado, casi hueco. “Voooy”. La lista escurría toda la alegría que podía caber en una niña de nueve años. “¿Qué quieres, hija?”. Y allí comenzaba la fiesta de cada Domingo, la cristalización dulce de un brillo lacrimal, de un rito incruento y pequeño. “Una papel de cascaueses, dos negritos, un refrescol, piruletas de las rojas… dame tres, un jabato para mi hermano y una bolsa de sugus, pero ponme de naranja y limón, no quiero de esos azules…”. Era una fiesta verla afanarse en las cajas, cajones y baldas, siempre rítmica, calmosa, como una faraona de aquel recinto húmedo y abigarrado, sin ventana, con un pasillo que conducía al resto de la casa, donde su marido mascullaba no sé qué salmodias sobre Herodes y sus aciertos…

Cerró la puerta violentamente y se materializó, sin conjuros.

―Loli, ¿ya te han contado lo de Ameli y el tipo ese de financiero, sí el estirado ese…– supe que tendría que ayudarla y que no se iba a percatar de mi mirada indiferente ― ¿Esteban?

―Sí ése, chica qué memoria tienes para los nombres, lo que es a mí no se me queda ninguno…―no pude evitar interrumpir por el lado oscuro, aunque sospechaba que me arrepentiría.― Ya, pero en cuestión de cuentos y caras eres un talento natural.

―Pues si te pones así de digna no te lo cuento, que además tengo mucho trabajo hoy, que el energúmeno de mi jefe se ha empeñ…― acerté y volví a interrumpir. Cuéntamelo, anda, soy toda oídos…

―Pues eso que el de financiero, el tal Esteban le anda tirando los tejos a Ameli y ésta parece que le ha denunciado a la dirección y…

“¿Vitori, tienes recortables nuevos?”. Rubias y morenas, con lazos, sandalias o sombreros, muñecas deseables, imprescindibles, sin infidelidades, ni desplantes, ni objeciones. “A Susi ya la tengo, esta Toni no es rubia pero es guapa y tiene pijama verde que es mi preferido y esa sombrero para la playa, pero esta Susi es otra que la mía, y encima tiene maletín para viajar, no me llega…”. Ora pro nobis, una oración rosa y verde que siempre era atendida. “¿Qué te pasa hija, no te llega?”. Afectaba la negativa y la transformaba en viento en las aliagas. “Llévate los dos y hacemos cuentas el domingo”. Susi y Toni simpatizaban y la luz de la tarde ya en ciernes asentía…

―¿Qué tal te va la vida, Dolores? Soy Ángel, el que fue una vez tu esposo, no sé si recuerdas – sólo al cretino de mi ex se le podría ocurrir la feliz idea de llamar un Domingo a las cuatro de la tarde. Igual soy inoportuno y te pillo comiendo o en el sofá,… bueno en tu caso más bien fregando, es broma… Como yo los domingos me levanto temprano y…― se me agotó la paciencia apoyada por la sospecha de que tras tantos meses de un delicioso silencio algo quería de mí, así que le interrumpí de plano

―Ángel, para, no me aburras con el relato de tu vida sana, lo mucho que te cuidas y lo popular que eres y otras propagandas por el estilo, dime qué quieres.

―No cambiaras nunca, …en fin voy al grano, necesito que me cambies el turno de vacaciones con Álvaro ―acertó a contestar tras un largo silencio parcheado por ruidos domésticos de armarios y cajones.

―¿Cuándo?

―Pues…mañana, hemos pillado Nuria y yo un pack de vacaciones muy barato pero tiene que ser ya, ya sabes esas ofertas de “lasminut”. Entiendo que es todo muy precipitado pero compréndeme…además tu no sueles ir a ningún sitio…

―No, Ángel, no comprendo. Lo único que entiendo es que te sobra Álvaro porque te quieres ir a “quintalapoya” con tu novia y pretendes que yo te haga de canguro. Eso es lo que comprendo. Después de tantas faenas aun me sigues pillando a contrapié, soy una ingenua.

―Siempre tan melodramática, Lolita, no creo que sea para tanto lo que te pido. Otras vacaciones me pedirás tú el favor y en paz. ¿Quieres que te lo implore de rodillas?

―No seas gilipollas, anda. Deja de decir sandeces y vete de una puta vez a donde quiera que sea ― click.

En la Cope de Abundio todo discurría con una importancia relativa. La vida flotaba en un aceite generoso que Abundio se encargaba de tener siempre caliente, para todos. “Abundio, que vengo por las gaseosas”. Todos miraban en dirección de la niña que arrastraba el carrito con la caja con doce gaseosas de esas de la Pitusa, las de todas las semanas y como todos las semanas, esa niña enrojecía rompiendo una vez más su juramento. “¿Y los cascos?” Abundio pescueceba detrás del mostrador en ele tratando de atisbar el carrito. Todos los sábados me levantaba temprano para ver los dibujos del Pájaro Loco y comer galletas María con Nocilla, sólo los sábados estaba permitido. Era como una fianza injusta del mercadeo de gaseosas. Pero todo acababa encajando, “con lo que te sobre te compras algo donde Vitori”. Lo gritaba al final, muy al final cuando ya me alejaba, casi a la altura de la casa de Javichín cuando ya había perdido la confianza y me empezaba a atrapar el miedo a las miradas. “Vitori, ¿te queda el LiLy?” Temblaba la voz, como las alpargatas de los Reyes Magos, como las estaciones de tren, acariciando el final esperado. “Claro hija, te la guardé, ya sé que el sábado tocan las gaseosas”. Una vez más el triunfo del colorín, la felicidad pequeña de una mañana consciente.

―Carlos, ya hemos hablado de esto, mamá no puede seguir viviendo sola. Ayer se volvió a caer, cuando llegué estaba llorando y con un chichón en la cabeza enorme.

―Ya miramos una residencia y con lo que cobra no llega y las subvencionadas tienen una lista de espera acojonante. Le hemos puesto una chica y…

―Sabes perfectamente que Rigoberta no está más que unas horas los días de labor. Y de hemos nada, que yo me tuve que encargar…

―No empieces con los reproches, ¡joder! ¡Qué más da quien lo haya hecho, cojones!...―recupera el resuello ―. Seamos prácticos, ¿qué propones? Tú que eres tan resuelta seguro que tienes la solución.

―Pero qué cretino eres, Carlitos…En fin…, no hay más que una única salida posible, traerla a casa. Una temporada en la mía y otra en la tuya.

―¡Tú estás loca, hermanita! ¡Es que…no te enteras! En mi casa no cabe nadie, ¿entiendes? ¡Na-di-e! Claro como tu vives sola con tu hijo y en un adosado de esos, te crees que todos somos unos potentados…

―Pero qué egoísta eres, Carlos, qué pedazo egoísta. Tienes una casa tan grande como la mía, excusas, excusas repugnantes…

―Siempre acaban igual estas discusiones, tú el modelo de hija y yo un cabrón con pintas. Empiezo a hartarme de tus sermones…―se lo piensa mejor, se calma, pacta.― si quieres contratamos a otra ecuatoriana de esas para los fines de sema…

―¡Vete a la mierda, Carlos! ― un portazo.

Como banderines que señalan un rumbo sereno, las cintas colgaban de una cuerda de saltar en la esquina derecha del cuartucho, al lado de los regalices. Cintas azules, amarillas y rosas, en semana santa también moradas y en Navidad verdes y rojas. La mirada asía la guirnalda con las fuerzas del desaliño de la muñeca preferida. “¿Qué, Lolita, te gusta la amarilla, verdad?” Un siseo pertinaz asentía. “Seguro que a esta niña no le hace falta la cinta entera, ¿verdad, guapa? …y te puedo dar la punta para que se la pongas en la coleta a la Nancy”. “No es una Nancy, Vitori, es de otra marca y…”. “Pero seguro que es también muy guapa, así que toma y pónsela”. La corta carrera y el perro de Encarni ladrando apañaron un infinito agradecimiento.

―¿Qué os parece si nos hacemos una cenita el viernes y nos vamos luego de “chunda chunda”, que seguro que pillamos algo?― propuso una.

―Sí, una pulmonía ― guaseó otra.

―Oye, pues no es mala idea, llevamos ya una temporada de sequía, que ya vale. ¿A dónde vamos? ― reflexionó una tercera.

―Vamos a picar algo donde Ramón y luego a la sala esa…sí, la Rock Star- propuso la primera

―¿La de los puretas?― afeó la segunda

―¿Y tú que eres, una top model anoréxica? ― bacineó una cuarta.

―Mira ahí entra Lola, seguro que se apunta ― se dirige la primera a la referida ― eh, Lolita, ¿te vienes el viernes a picar algo y luego a la Rock Star?

―¿Otra de esas noches frustrantes con viejos babosos mirándote el canalillo? Paso.

―Jode, Lola, qué digna te pones, ni que lucieras caviar iraní ―murmuró la segunda.

La tarde prometía el calor de una primavera temprana y la garganta, seca del viaje en un autobús atorrante, clamaba por su turno. “Gati, vamos donde Vitori y nos compramos unos polos de cubito”. El sol como un limón dulce comprendía todo.”No tengo un duro, Lolita”. El estribillo al compás, la estrofa consabida. “Yo te invito. No sé en qué te gastas la pasta, tío….Bueno si sé, en tabaco y papel de fumar”. “Anda y que te jodan, mamacita”. En el cuartucho como un salón del oeste, tres hombres grises escuchaban a la gran Dama dar cuenta de las verdades del barquero. “Ya les he dicho que no vendo, ni nada. Llevo aquí muchos años y no quiero irme, y no insistan que me aturden. Váyanse, por favor”. En la fuente del parque, Lola y Gati bebieron agua fresca sin saber por qué.

―Hola, buenos días, me llamo Dolores Betanzos, ¿hablo con el Bar la Villa?

―Sí ― ruidos de toda índole lo atestiguaban, la voz no lo hacía tanto.

―Mire, le parecerá extraña mi llamada pero yo viví mucho tiempo allí…, bueno en honor a la verdad nací allí, sabe.

―Me parece muy bien pero ¿qué se le ofrece? Tengo clientes esperando.

―Quisiera encontrar a Vitori, no recuerdo el apellido exactamente. Quizá Rojas, pero no me acuerdo bien. Tenía una tienda,…bueno era algo diferente a una tienda al uso, era...- la voz se mecía al aire de los recuerdos--. Se trataba de una tienda de caramelos…― tenaces los recuerdos ―,… y regalices y tebeos y también tenia muñecas y gomas de saltar y…

―Vale, vale, ya he pillado, busca usted a Vitori la de las chuches ¿no? ― se impacientó la voz.

―Sí, eso es ― contestó algo desencantada.

―Raimundo, ¿Qué sabes de la Vitori, esa de las chuches de enfrente? ― gritó la voz hacia sus dominios.

―Se murió hace un par de años, creo- replicó el interpelado Raimundo.

―Pues que Vito…

―Ya, ya lo he oído, muchas gracias por su paciencia ― desconectó.

Sobre la mesa unas cuartillas garabateadas, nerviosas.

 

Joseba Molinero