Las manzanas de Moscú

Domingo por la tarde. Flor de envite a perra gorda y cierre a un duro, en Casa Agustina.

Cuatro jugadores beben orujo blanco y fuman caldo frente al tapete verde. Ponen la perra de entrada y Merino da cartas; Jacinto, a la ciega, mete una perra más, como siempre; Casimiro mira sus cartas: la primera es el bocarrana... malo... la segunda: el cuatro de bastos... peor... lleva ligado... o puede pasar, pero son muy pocos tantos ... además Merino está jugando con su único duro... peor todavía. El joven mira a su derecha y ve como Don Quirón se rasca la cabeza... bien... lleva figuras sin ligar... mira a su izquierda y ve a Jacinto sonriente... mal... nunca mira sus cartas... mira al frente y ve a Merino con cara de palo, sobando nerviosamente, su duro... ¡qué mala suerte!... lleva ligado con sota. Tendría que pasar, pero lleva ligado. Toma aire y dice.

―Voy.

Y echa una perra sobre el tapete.

Don Quirón hace el paripé... va meter su perra... hace que duda. Finalmente la mete diciendo.

―Por una perra bajan de los montes a jugar.

Merino sonríe... Casimiro piensa: “¡Hemos caído como panchos!”... y mete una perra y cincuenta céntimos más.

―Tu perra y dos reales más, Jacinto.

“¡Menudo cabrón!, - piensa Casimiro- ... ¡tenemos que ir!”. Jacinto mira sus cartas y se le muda la color. “Bien, - piensa Casimiro-, no lleva nada”... Jacinto, tira sus cartas y dice.

―Mierda. No puedo ir.

Merino esboza una sonrisa bajo su bigote fino y dice.

―Jacinto, Jacinto, las ciegas son solo para las películas americanas. Siempre hay que mirar las cartas.

“¡Qué razón tienes, Merino!, - dice para sí el joven, - aunque a veces es mejor no verlas: ¿donde coño voy yo con veintinueve?”; y mete la moneda agujereada con un sobrio.

―Voy.

Don Quirón lanza una risita y Casimiro se espanta, diciéndose: “no, por favor, no, que lleva una sota ligada, no lo haga señor cura”... pero, el párroco no lee el pensamiento de sus fieles, ni nada parecido , y alegremente echa una peseta sobre la mesa, diciendo.

―¡ Que sean tus dos reales y dos más!.

Merino hace que tira las cartas y Casimiro aprieta los dientes aterrorizado: “¡Lleva cuarenta! ¡Lleva cuarenta!... ¡que no meta más! ¡que no meta más!... si sube otra peseta: no voy”.

El cabo hace que reflexiona y dice.

―Señor cura: ¡como nos ha engañado! Debe usted llevar un ligado de varios megatones, pero tenemos en la mesa...

Mientras hace montoncitos con las monedas.

―... dos pesetas y ochenta céntimos... voy a arriesgarme...

Y echa al tapete dos reales más, mientras Casimiro casi rompe a llorar: “¡Que embustero! ¡Lleva cuarenta! Y hace que tiene miedo... no tiene ni puta idea de jugar, pero con Don Quirón no se puede ir a ningún sitio” y, haciendo un esfuerzo, echa una rubia sobre la mesa y coge dos reales, con otro gruñido.

―Voy.

Merino hace girar su duro y se dirige al mozo.

―¿Qué, Mirín, vas cargado?

Y el mozo oye, detrás de sí, la voz quebrada de Don Euristeo, que acaba de llegar al local.

―A mi me parece que lleva un ligado chico porque, de otra manera, hubiera subido la apuesta.

Casimiro gira la cabeza y exclama:

―Los de fuera miran y dan tabaco.

Despertando el jolgorio general y obligando al alcalde a tirar sobre la mesa su cajetilla de “CHESTER” cortos, que es desvalijada por los jugadores, quienes aprovechan para remirar sus cartas mientras encienden los cigarrillos.

―Gracias hijo. Siempre tan elegante.

Le dice el párroco, mientras le devuelve el tabaco.

Tras dos caladas, Merino, reparte la última carta y todos miran la esquina superior izquierda de esta, cubierta por las otras dos.

Casimiro ve avanzar la raya y cortarse enseguida: ¡tiene un basto!... ha hecho flor con el siete... y, acto seguido, planta las cartas sobre el tapete , casi gritando:

―¡Tengo flor!

El guardia civil tira las cartas sobre las mesa con un sonoro:

―¡Mierda!

Pero Don Quirón se ríe un poquito y le dice:

―Casimiro, no puedes descubrir la jugada... ¿qué pasa si yo tengo flor también?...

El mozo se muerde el labio y mueve la cabeza mientras dice:

―Lo siento, Don Quirón, son los nervios...

Y el cura le da una palmada en la espalda mientras tira las cartas boca arriba, enseñando el caballo y el rey de oros explicando:

―Es broma, Casimiro... pero he ligado treinta y siete. Si no llegas a tener flor te hubiera metido lo que le metió Juanín a la Sorda...

Pero el guardia civil le interrumpe diciendo:

―Perdone señor cura, pero creo que se ha librado de una buena...

Echando sobre la mesa la sota y el rey de espadas.

―Llevaba cuarenta...

Silba Jacinto y Don Euristeo pregunta con sorna:

―¿Y qué le metió Juanín a la Sorda, señor cura?

Provocando las carcajadas de todo el bar y la respuesta automática de Jacinto:

―¡Cuarta y media de picha gorda!

Don Quirón rompe a reír y le da un capón a Casimiro, que había empezado a recoger el dinero, que le preguntó ofuscado:

―Y a mí ¿por qué me pega? Si ha sido Jacinto.

Contestándole el cura, entre risas:

―¡Por rojo! Y porque lo habías pensado, gavilán, y por llevar flor.

Siendo jaleado por Jacinto:

―¡Eso, eso! ¡Que parece que se lleva el oro de Moscú!

Acabándose su orujo, Merino se incorpora para marcharse y comenta:

―Para eso tendría que encontrar el avión que se estrelló en el monte, pero ese lugar solo lo conoce el de Fresneda.

El alcalde da un respingo y se dirige al guardia civil:

―¿Qué eso de que Pepe sabe donde está el oro de Moscú?

Merino se encoge de hombros y explica:

―Cuentan que al final de la guerra civil, la última remesa de oro partió para Moscú en un bombardero, porque los rojos habían perdido Valencia y no querían dejar nada para el nuevo gobierno nacional. El avión no llegó a su destino por que fue derribado, o entró en barrena, y se estrelló en los montes del Saja. Dicen que Pepe sabe donde.

Los ojos de Don Euristeo empiezan a brillar y su cerebro a imaginar prebendas y ascensos en el escalafón del Movimiento pero el párroco lo trae de nuevo al mundo real.

―Vamos, vamos, mi primero. Todo eso son cuentos de viejas. Al final de la guerra la República no tenía ni para pipas. Todo el oro fue enviado a Moscú y París al principio de la guerra, para pagar el armamento que envió la Unión Soviética, y se acabó un año antes de la victoria. Tan pobre estaba España en aquellos tiempos, que fuimos nosotros, los de la División Azul, los que tuvimos que pagarle a Hitler la Legión Cóndor, con nuestra sangre en Leningrado. No hagas caso, Euristeo, solo te están echando carnaza.

Pero Don Euristeo no le presta atención y se dirige a Casimiro con autoridad.

―Casimiro, mañana mismo vas a ir con el de Fresneda a buscar ese oro. Y no hay más que hablar. Si existe, debe volver a las arcas del estado. Es nuestra sacrosanta obligación servir a la patria hasta la muerte.

Después de esto, los jugadores marchan a casa comentando los lances de la partida y haciendo el balance de pérdidas y ganancias; todos muy animados, salvo el de Cos, que se despide en silencio, para pasar una noche de sueños con bombarderos cargados de oro.

* * *

Poco después del amanecer, Casimiro sale hacia Peña Fresneda a buscar a Pepe. Piensa en como convencer al guarda para que le guíe hasta el lugar donde se estrelló el avión. Él y Pepe nunca estuvieron en buena relación por aquello de que estuvo con los del monte, pero ahora está en una misión casi oficial y el alimañero tendrá que ayudarle.

Al rato, llega a la chabola de los guardas, que encuentra vacía, y comienza a gritar:

―¡Pepe! ¡Pepe!

Sin obtener respuesta, por lo que comienza a husmear en los alrededores de la casuca hasta que siente una mano en su hombro, lo que le hace volverse sobresaltado:

―Ostia Pepe, ¿de dónde coño has salido?

El guarda se ríe sin ruido y le dice:

―Para haber estado tanto tiempo en el monte te mueves como un batallón de majorettes, Casimiro. ¿Qué te trae por aquí?

El mozo, para congraciarse, le ofrece la petaca y comenta desenvuelto.

―¡Bah! Salí temprano de casa con ganas de andar y, sin sentir, me he encontrado a la puerta de tu cabaña, y se me ha ocurrido que igual me invitabas a un orujo para calentar el pecho ... que la mañana está fría.

Pepe niega con la cabeza mientras se lía el cigarrillo y le contesta:

―Vamos dentro, que tienes más cuento que Calleja.

La cabaña tiene un fuego bajo enfrente de la puerta, en el que se calienta un puchero con patatas y carne, a un lado hay una mesa y dos sillas toscas. Casimiro se sienta y el alimañero le acompaña, presentándole un vaso que ha llenado de aguardiente no se sabe como. Pepe da un traguito al suyo y azuza al mozo.

―Venga, dime que quieres. Nadie viene por aquí sin ánimo de llevarse algo. ¿Qué es esta vez?

Casimiro prueba el orujo y lo aprueba, pero le toma el pelo al funcionario:

―No me extraña, si invitas a los visitantes a esta cazalla de ajos vas a estar siempre más solo que la una. Anda, échame otro poco.

Pepe sonríe y vuelve con la botella para llenar los vasos, mientras el joven continúa más seriamente.

―La verdad, Pepe, es que estoy aquí por encargo de Don Euristeo. Sabes que ve fantasmas envueltos en sábanas rojas por todas partes y esta vez piensa que el oro de Moscú está en un avión que se estrelló en el monte al final de la guerra y que tú sabes donde está.

Ahora, el viejo cazador se ríe a carcajadas, señalando a su alrededor.

―¡Por amor de Dios! ¿Estáis todos tontos en el Valle? ¿No tendría que pensar el alcalde que si yo tuviera ese tesoro disfrutaría de algunas comodidades? Y tú harías mejor en no meterte en más líos: primero con los maquis y ahora con ese chiflado. ¡Anda, vuelve a casa!.

Casimiro asiente pero no se amilana, contestándole:

―Pepe, tienes razón, pero si no vuelvo con el oro o con pruebas de que no existe, sí que voy a estar metido en un lío... en el Dueso, exactamente. Si existe ese avión y sabes donde está, llévame allí, por favor... encontraré la forma de compensarte... y al menos, dejarán de darte la paliza con esta historia cuando la gente se entere de que todo es una leyenda...

El guarda llena los vasos otra vez y prosigue:

―Aunque no lo creas, me caes bien Casimiro. Has hecho cosas buenas sin pedir nada a cambio y mereces que te ayuden... Es cierto que se estrelló aquí cerca un avión al final de la guerra pero olvídate del oro... déjame que quite el guiso del fuego y vamos...

Acto seguido, Pepe echa a andar hacia el monte, seguido de Casimiro, por un sendero de jabalíes, hasta internarse en un bosque de robles robustos, sazonado con hayas pardas, castaños retorcidos y algunos abedules ateridos, que les acompañan durante un buen rato, hasta salir a un claro alargado, con un árbol bajo en uno de los extremos, rodeado del esqueleto de un avión.

Al acercarse, Casimiro identifica el árbol como un manzano con frutos, que crece extrañamente por la cabina del aeroplano, escoltado por los esqueletos de los pilotos, y por la carlinga de proa, dándole sombra a los restos del artillero. El mozo se aleja un poco y comenta:

―¡Es un Heinkel 111!... Es un avión de la Legión Cóndor.

Pepe le alarga el paquete de "PENINSULARES", tras encender su cigarrillo, y le corrige.

―¡Casi, casi! Es un Túpolev Katiuska. ¡Mira!, aún se ve la matrícula BK al lado de la puerta, junto a la escarapela republicana. Un buen pájaro este, con dos motores KLIMOV 103, con licencia HISPANO-SUIZA, de doce cilindros en V y 700 CV, hizo un montón de barrabasadas durante la guerra; siendo, quizás, la más famosa cuando dos Katiuskas bombardearon el Deuschland en el puerto de Ibiza, creyendo que era el Canarias... ¡JA!... y casi lo hundieron... Hitler se encabronó tanto que mando a un acorazado y cuatro destructores a bombardear Almería... Fue como lo de Guernica pero por mar, pero claro como no hubo cuadro de Picasso nadie habla de ello... aunque la guerra dé tantas imágenes espantosas... y podía haber comenzado una guerra entre la Republica y los nazis... Pero los países demócratas echaron tierra encima... ¡qué cosas! ¿eh?

Casimiro, admirado, le adula:

―Joder, Pepe, ¡cuanta ilustración!.

El alimañero, modesto, se explica:

―¡Bah! Ya sabes que en el monte tenemos mucho tiempo libre y leer un poco te distrae, no puedes emplear todo el rato en escribir madrigales, aunque si lo deseas te puedo recitar una letrilla con mi historia...

El mozo se escabulle como puede, cambiando de tema:

―Sí, quizás más tarde... y... ¿por qué no has enterrado los cadáveres?.

Pisando la colilla, el de Fresneda le contesta con rabia:

―Cuando encontré el avión, hace ya muchos años, pensé en dar parte a las autoridades, pero luego cambié de opinión. Estos pobres muchachos fueron enviados por unos políticos al matadero para salvar pólizas y expedientes... ¡qué gilipollez!... ¿iba yo a informar a otros meapilas parecidos de que tenían aquí papeles para refocilarse?... ¡Quita, quita!... Además les iban a poner a parir: ¡por rojos!... Aquí han estado muy tranquilos y, si Dios quiere, así seguirán: con su avión como mausoleo de héroes anónimos.

Casimiro asiente con tristeza.

―Es cierto, aquí están bien... y... ¡Oye Pepe! ¿y el oro?.

Pepe le indica la puerta con enfado fingido:

―¡Pasa dentro y mete los dedos como Santo Tomás!

El mozo entra en la carlinga del avión y observa como el árbol ha crecido en el fondo del aparato, donde alguna manzana de la merienda de los pilotos germinó, abonada por los cadáveres de la tripulación, y creció, protegida por el fuselaje, en una parábola de paz y vida donde antes solo hubo guerra y muerte. Enseguida se vuelve hacia la bodega donde ya solo queda un revoltijo de cajas de madera carcomidas con un barrillo de papeles apolillados.

Casimiro se vuelve hacia el manzano y coge una reineta, mordiéndola y sintiendo su sabor ácido y dulce, mientras se llena su zurrón de fruta, comentándole a su amigo.

―¡Pepe! ¿quieres una? Están cojonudas.

Que le contesta.

―¡No gracias! ¡Llévale un puñado a Don Euristeo! A ver si así comprende cuales son las verdaderas riquezas de la vida... y ¡vamos!... o ¿vas a quedarte aquí, sosteniendo el cielo?

 

Miguel San José