La perrita de Nikita

Domingo de verano, por la tarde. Hay gananciosos en la bolera. La partida a seis chicos; a real el bolo; y pago de las tortillas de patatas en Casa Agustina.

Casimiro y Jacinto contra Don Quirón y el Cabo Merino, pinando los bolos: Tomás, el monaguillo. Hace calor y todos están en mangas de camisa; el cura ha dejado su sotana y su bonete junto a la guerrera y el tricornio del guardia civil; como si quisieran dejar constancia de que juegan como particulares y no en representación de tan grandes organizaciones del Movimiento.

Los mozos han perdido la mano, por lo que Jacinto da tres pasos a partir de la última fila de bolos; marca la raya con el pincho del emboque y lo coloca al pulgar, próximo a la caja y dice, mientras se acerca a los otros jugadores:

―A raya alta. El cachi vale diez.

Comienza la partida. Don Quirón coge una bola enorme y Casimiro le avisa.

―No se empache, Padre, que le va a quedar morra.

El cura, con una sonrisa beatífica, les explica:

―Voy a interpretarles el “Concierto para bola y bolos”. Tápense los oídos para no ensordecer.

El guardia civil muestra los dientes bajo su bigote fino y le ofrece un “JEAN” al mozo.

―Fuma y calla. Que tienes que aprender mucho de tus mayores.

El mozo pone como morro, pero acepta el cigarro y le da fuego a Merino con su “ZIPPO”. Mientras Don Quirón ha tratado de lanzar con altura la bola, que cae como una bomba sobre el bolo central y avanza perezosamente hacia la raya, haciendo que Jacinto comente:

―¡Se le queda en la caldera, señor cura!.

Pero la bola gira hasta superar la raya, por lo que el chiquillo, mientras coloca el bolo en su sitio, chilla:

―¡Dos!.

El cabo Merino elige una bola chica, que lanza con fuerza y pasa coneja entre los bolos hasta golpear con fuerza la tabla del fondo de la bolera, provocando el jolgorio de los jóvenes, que le jalean:

―¡Alto bola! ¡Alto a la Guardia Civil! ¡Si siguen con esta racha nos van a dar las uvas!¡Ja!.

Merino se vuelve hecho una furia, pero el sacerdote le calma suavemente:

―Tranquilo, Uco. Te están haciendo la guerra sicológica. No te distraigas con sus burlas.

Jacinto agarra una bola y sigue sus chanzas con el guardia.

―¿Uco? ¿cómo te llamas Merino?

Contestando este, un poco morrongo:

―Higinio.

Y el mozo continúa, riendo.

―Pues yo creí que te llamabas Cabo.

Higinio, le empuja a un lado y le dice.

―Guardate tu guerra sicológica, que me parece que aquí os viene una buena.

Y señala al alcalde que acaba de entrar en la bolera con cara de pocos amigos, lo que hace que Casimiro dé una patada una bola y conteste.

―Tienes razón, Uco, aquí si que va a haber guerra para alguno.

En efecto, Don Euristeo, comienza a hablar muy agitado:

―Casimiro, el Servicio de Información Militar tiene datos fiables sobre un nuevo lanzamiento al espacio desde la Unión Soviética. Esta vez planean poner a un perro en órbita. Es una tragedia... un nuevo triunfo de Nikita Kruchev y su infame propaganda, que mostrará una vez más al mundo: la hegemonía del sistema comunista. ¡Por Dios! Tenemos que impedirlo. Tienes que ir a Rusia y traer a ese perro.

Don Quirón avanza hacia el alcalde y le pasa el botijo:

―Euristeo, bebe un poco y siéntate. El calor te ha hecho mal en la cabeza. ¿Cómo puede Mirín ir a la URSS y traerte un perro? ¿Te has vuelto loco?. Creo que te estás pasando con él y deberías de dejar de encargarle esos trabajos. Este es como si le mandaras al infierno a que te traiga los hornos de Pedro Botero. Además, para probar ¿qué?. ¿Que es del Movimiento? Si aquí todo el mundo es del Movimiento... hasta que se pare; entonces serán de lo que venga, ¡por amor de Dios!...

Casimiro se acerca a Don Euristeo, diciéndole al cura:

―No se preocupe, Don Quírón. Este será el ultimo trabajo que me encargue Don Euristeo.

Y dirigiéndose al alcalde le dice:

―¿Verdad? ... y al menos me dirá donde está esa perrita de Nikita y por quién tengo que preguntar.

Don Euristeo, sin mediar palabra, saca un papel del bolsillo interior de su americana y se lo da al jóven, que lo desdobla y lee:

―Baikonur (Kazajistán). 45º57'54”N-63º18'18”E. Oleg Gazenko. ¡Cojonudo!. Vamos a jugar y después de comer la tortilla, que pagarán estos caballeros, le traeré el perro.

Y cogiendo una bola chica la lanza alta, fuerte y girando en sentido horario, tirando la panoja, el bolo de la derecha de ésta y el emboque, provocando un griterío de admiración de sus amigos y el canto de la voz blanca de Tomás, mientras pina los bolos:

―¡Doce!

***

Tras merendar en Casa Agustina y dejar a los jugadores de bolos discutiendo si el Zurdo de Bielva era mejor que Ico Mallavia, llega a casa y coloca sobre la mesa diversos objetos: un libro cuyo título es “Necronomicon”; una especie de rueda de teléfono con un asa en la parte inferior, que se prolonga con una antena extensible; y un trozo de queso picón. Mientras se sienta frente a la mesa, echa un vistazo al despertador y piensa:

―Las nueve de la noche, o sea las dos de la mañana en Kazajistán. Buena hora para visitar a Oleg Gazenko.

Y comienza consultar el libro, murmurando:

―Para hablar con los perros: In-vo-ca-ti-o co-mmu-ni-ca-re o-mnem a-ni-mam.

Y cortando un trozo de queso se lo come con fruición.

―Para controlar a las personas: Ser-mo tu re-ge-re a-ni-mos.

Mientras guarda el libro y el queso en su zurrón, masticando un segundo trozo de picó; agarra la rueda del teléfono y marca 455754631818 y siente como un mareo que le hace caer al suelo y un pinchazo en las costillas, que va y viene, acompañado de gritos incomprensibles. Casimiro levanta a la vista y ve a un soldado, muy enfadado, que le clava el cañón de un KALASNIKOV en el costado, hasta que la mirada del joven encuentra los ojos rasgados del tártaro.

Inmediatamente, el soldado suelta su fusil y ayuda a levantarse al mozo, diciéndole:

―¿Qué le ha ocurrido, Señor Casimiro? ¿Se encuentra bien?.

Casimiro, guarda el teléfono en su zurrón y se agarra al brazo del militar, sonriendo satisfecho por lo bien que funcionan sus hechizos:

―Sí, Vladimir, sí. Solo un poco mareado. ¿Qué hora tienes?.

Vladimir consulta su VOSTOK y responde:

―Las dos y cinco. Menudo susto me ha dado... ha salido usted de la nada. ¿Le puedo ayudar en algo?

Sin más palabras, el pensamiento de Casimiro entra en la cabeza de Vladimir, como un torrente.

―¡Qué cosas! El viaje no ha durado un minuto. Perdona, Vladimir son cosas mías. Necesito hablar con Oleg Gazenko. ¿No será un problema? ¿A que no?

El soldado, con un guiñar de ojos, recoge su fusil y dirige suavemente a Casimiro por un pasillo, explicándole.

―Por supuesto que no. El Coronel Gazenko trabaja todas las noches hasta muy tarde. Lo más probable es que todavía esté en su despacho.

Tras un par de minutos de cruzar algunos corredores atestados de puertas, el tártaro se para frente a una puerta, la abre y entra dando un taconazo:

―Con su permiso, Camarada Coronel: el Sr. Casimiro desea hablar con Ud.

Casimiro pasa al despacho, donde encuentra sentado a un hombre; todavía joven pero muy calvo; con la nariz de judío, que quiere disimular con un bigotito; que le mira con sorpresa cuando el pensamiento del mozo se le mete en el cerebro:

―Oleg, tengo que llevarme al perro que vas a mandar al espacio... ¿Qué pasa? ¿No es posible?

Oleg se levanta, apretando los labios y, moviendo la cabeza hacia los lados, le responde:

―Posible, lo que se dice posible, claro que es posible, pero...

Casimiro le atraviesa con una mirada que pregunta:

―¿Pero qué?

Y que recibe una mansa respuesta:

―Mejor, que lo vea Usted mismo y que decida.

Y abre una puerta en la pared del fondo de la habitación, que da a una nave industrial, en la que hay varias máquinas que le recuerdan a Casimiro a carruseles y norias de feria, y en cuya pared lateral derecha, están atados tres perros que empiezan a ladrar de forma desaforada en cuanto le ven aparecer por la puerta y acercarse a ellos.

Vladimir detiene al mozo diciéndole:

―No se acerque, Sr. Casimiro, que los pobres animales están medio rabiosos.

Mientras, el Coronel Gazenko le explica:

―La de la raya blanca en la cabeza es “Laika”, la negra es “Mushka” y la blanca “Albina”. Son perras callejeras de Moscú. Pensamos que el haber estado toda su vida luchando por sobrevivir las permitiría superar los problemas asociados a la navegación espacial. Además, como sus fotos aparecerán en los periódicos tienen que ser bonitas y con aspecto inteligente. Pero después de las pruebas de aceleración y de la medicación que reciben, tengo que decir que están bastante enfadadas. Tenga cuidado.

Casimiro saca de su zurrón el picón y corta tres trozos, que ofrece a cada una de las perras, que inmediatamente comienzan a lamerle las manos y a sonreirle con los ojos, mezclando todo tipo de comentarios.

Albina le explica:

―Gracias, Casimiro, no puedes imaginarte las porquerías que nos dan de comer. Sin contar con los laxantes que nos dan para impedir que le caguemos las cápsulas espaciales de los cojones.

Laika no está tan enfadada y parece que entiende el objetivo del entrenamiento:

―No le hagas caso a Albina. Es una perra zarista contrarrevolucionaria. Estamos aquí sufriendo para que la Unión Soviética se ponga en la cabeza de la Humanidad y todos los pueblos comprendan la grandeza de nuestra revolución socialista. ¿Qué es nuestro sufrimiento comparado con el de todos nuestros hermanos proletarios durante la Gran Guerra patriótica?.

Casimiro da un soplido y le dice:

―Joder, Laika, estás tú como para que te lleve al Valle y te presente a Don Euristeo. A él si que le iba a dar cagalera nada más oírte.

Y volviéndose a Mushka, le pregunta:

―¿Y tú? ¿Qué piensas de todo esto?

La perra da un ladrido de alegría y le cuenta:

―Esto es estupendo. La comida no es mala y no hay chiquillos que te tiren piedras o quieran atarte una lata en el rabo. Lo mejor que te puede pasar en Rusia es tener una buena posición en el Partido. Después de unos pocos viajes por el espacio espero retirarme a una dacha y tener cuatro o cinco docenas de cachorros.

Casimiro se vuelve hacia los hombres y les ofrece el cuarterón de caldo y el papel. Vladimir lo rechaza y saca varios cigarrillos de su cajetilla de BELOMORKANAL, que el mozo enciende con su “ZIPPO” y, tras apagarlo se lo regala al soldado.

―¿Te gusta, verdad?. Cógelo: de recuerdo.

Vladimir toma el mechero con una sonrisa, lo enciende y apaga varias veces, y con cara de felicidad, se quita el reloj y se lo da a Casimiro.

―Gracias, Sr. Casimiro. Voy a ser la envidia del regimiento.

El Coronel Gazenko se ríe y le avisa:

―Ten cuidado Vladimir, que te pueden acusar de contrarrevolucionario por utilizar bienes decadentes... símbolos del sistema capitalista...

Casimiro, pisa el cigarrillo y le dice:

―Al hilo de los contrarrevolucionarios, Oleg, empiezo a entender las dudas que tienes. ¿A qué perra habías elegido?

El Coronel mordisquea el filtro de cartón y responde:

―A Albina. Es la más lista, la más resistente y la más bonita, pero...

Y el joven apostilla:

―Pero es una perrita de raza... Mientras que Laika es una perra del pueblo;

!a que sí!.

Oleg asiente en silencio y Casimiro le sonríe, mientras se pone orgulloso el reloj soviético.

―Mira, Oleg, vas a redactarme un documento, con papel oficial del Cosmódromo de Baikonur, por triplicado, que diga: “El abajo firmante: Coronel Oleg Georgievich Gazenko. Jefe del programa de adiestramiento animal para el programa Sputnik. Certifica que la perra Albina, número de matrícula 1414213, ha sido elegida para tripular el SPUTNIK 2”. Mientras, Vladimir y yo vamos a recoger a Albina y a despedirnos de las otras dos perritas.

Así, el coronel Gazenko vuelve a su despacho y, al cabo de un instante, se oye el repiqueteo de la máquina de escribir. Entretanto, el soldado y el mozo llegan donde están las perras y Casimiro se dirige a ellas:

―Albina: ¿Te gustaría abandonar este lugar y acompañarme a mi pueblo? Es un lugar precioso, en medio del monte.

La perra aúlla encantada:

―¡Por supuesto, Casimiro!.

El mozo la acaricia y le dice al oído:

―Entonces permítele a Vladimir que te ponga un collar y una correa.

Albina le lame las manos y baja la cabeza frente al soldado. Casimiro se dirige entonces a los dos animales, haciéndoles arrumacos:

―Y vosotras dos, cumpliréis vuestros sueños. Tu, Laika, entrarás en la historia por la puerta grande y muchas personas le pondrán tu nombre a su perra. Tu, Mushka, serás una desconocida, pero tendrás de todo menos una vida de perro.

Casimiro, Vladimir y Albina entran en el despacho, donde el coronel Gazenko les espera con los documentos solicitados por el primero, quien; tras echarles un vistazo y comprobar que están en perfecto cirílico; sonríe y se los guarda en el zurrón, de donde saca la rueda de teléfono y, agarrando a la perra por el collar, marca un número y se despide de los dos hombres:

―до свидания.

***

A la puerta de Casa Agustina, se oyen las voces achispadas de Don Quirón, el Cabo Merino y Jacinto, que siguen discutiendo de bolos; acompañados de un malhumorado Don Euristeo quien les manda callar con autoridad:

―Don Quirón, parece mentira que se preste Ud. a este escándalo nocturno. ¿Qué dirán sus parroquianos?.

El cura le contesta un poco achispado:

―Euristeo, eres un rancio. Esperemos que Casimiro te traiga la perrita de ese Nikita... a ver si te cambia el carácter...

De repente, a su espalda oyen un ruido fuerte que les hace volverse y encontrarse con Casimiro, en el suelo y agarrado a un perro blanco. Don Quirón le ayuda a levantarse y le dice:

―Hijo, pareces caído del cielo. Con el perro del demonio y todo... Ves Euristeo... El Señor ha escuchado mi plegaria.

El mozo, guarda un objeto en el zurrón y saca unos papeles, que le entrega al alcalde, diciendo:

―No es un perro, Sr. Cura, es la perra Albina, que los soviéticos pensaban lanzar al espacio, según reza el certificado que la acompaña.

Y mirando a los ojos alcalde:

―Con esto, Euristeo, creo que se completa el último trabajo que me puedas encomendar. ¿No habrá problemas, verdad?

El alcalde trata de leer el galimatías de la documentación, pero solo puede ver estrellas rojas, martillos y hoces en los papeles, en el collar de la perra y en el reloj de Casimiro, por lo que balbucea:

―No, no... Todo es correcto...

Y el joven continúa su explicación:

―También entenderás que esto no quiere decir que los rusos no manden a un animal al espacio ¿no? Y que este asunto no debería trascender... te lo digo con todo mi afecto... tratando de evitar que los de la secretaría provincial te manden al manicomio...

El alcalde se guarda los papeles en el bolsillo y se aleja en silencio, sin prestar atención a las risas de sus vecinos, que felicitan al mozo efusivamente:

―Bien hecho Casimiro. Ha sido un bromazo cojonudo. ¿De donde has sacado una perra tan bonita? El de Fresneda se va a morir de envidia. Y con un collar con el martillo y la hoz... Al alcalde casi se le caen los huevos al suelo...

Le dice el Cabo Merino, mientras trata de acariciar a Albina, que se esconde, asustada, detrás de las piernas del joven.

―Y además, con el reloj. Hacía más de diez años que no veía un VOSTOK.

Apostilla el sacerdote.

―Pero está atrasado, Mirín. Son ya las once.

Le corrige Jacinto. Casimiro sonríe contento y les explica:

―Ha sido sin mala intención. Solo para que se le pase la manía de los rojos.

Tras algunas palmadas en la espalda, se marcha cada uno a su casa y por el camino, Albina le pregunta a Casimiro:

―¿Son tus amigos? Son muy simpáticos... pero el del bigote me ha dado un poco de miedo... parecía del KGB y el del traje me ha parecido un miembro del partido...

Casimiro sonríe a la perra y la tranquiliza:

―Tienes buen ojo para las personas, Albina.... pero no te preocupes por el Cabo Merino, es una buena persona... y por el alcalde tampoco... no se acercará a tí nunca... piensa que has venido del infierno... Además, tienes un montón de animales a los que perseguir: conejos, raposos, topillos... Te lo vas a pasar en grande... Te lo garantizo...

La perra solo pudo decir:

- ¡GUAU!.

 

Miguel San José