Acta diciembre 2004

OBRA: CÓMO ME MARCHÉ DE CASA UNA MAÑANA DE VERANO
AUTOR: Laurie Lee

PONENTE: Miguel San José

PRESENTACIÓN

Laurie Lee (1914-1997) nació en Stroud, una ciudad mediana de la campiña inglesa, en el seno de una familia humilde. Realizó estudios primarios y trabajó en la oficina local de correos, desarrollando en la adolescencia el gusto por la poesía. Esta parte de su vida es el argumento de la primera entrega de su trilogía autobiográfica: Sidra con Rosie (1959).

A los 20 años marchó a pié hasta Londres, donde trabajó como peón de albañil y al año siguiente, sin conocimiento alguno de castellano, viajó a España, ganándose la vida como violinista ambulante, esto es, como músico callejero. De esta forma, recorrió la Península desde Vigo, pasando por Valladolid, Zamora, Madrid, Toledo, Sevilla y Cádiz, llegando a Almuñécar, donde residió hasta el comienzo de la Guerra Civil. Estas experiencias están relatadas en la segunda parte de la trilogía biográfica: “Cómo me marché una mañana de verano” (1969).

Regresó a Inglaterra, pero pronto volvió a España para alistarse en las Brigadas Internacionales, con las que participó, brevemente, en la batalla de Teruel, siendo acusado de espionaje, encarcelado y liberado, finalmente, por la intercesión de un periodista británico. Reflejó estos acontecimientos en la última parte de la trilogía: Un momento de la guerra (1991).

Durante la II Guerra Mundial realizó distintos trabajos periodísticos y cinematográficos para la administración británica, dedicándose de lleno a la literatura a partir de 1951.

Comenzó a publicar poemas en 1940, que fueron recopilados en su primera obra poética: “El sol, mi monumento” (1944). Otros poemarios son: “Un brote de velas” (1947) y “Mi hombre de tantos abrigos” (1955). Si bien hay quien advierte la influencia de Auden, Spender y García Lorca en las obras de Lee, lo cierto es que en su poética destaca sobre todo la influencia de la tradición oral inglesa, de la cual Lee es uno de los más insignes herederos. En este sentido, escribió dos dramas en verso: El cura de los campesinos (1947) y Viaje de Magallanes (1948).

En 1955 vuelve a España y hace una crónica del país en Una rosa para el invierno. Posteriormente llegaron sus novelas autobiográficas ya mencionadas, a las que habría que añadir la obra Yo no puedo durar (1975).

VALORACIÓN

Cómo me marché una mañana de verano cuenta el viaje que realizó el propio autor en su juventud, haciendo una descripción de marcado carácter poético, en algunos pasajes recargada en extremo, de los lugares y gentes de Inglaterra y España que encontró en su camino, en los años previos a la Guerra Civil.

A pesar de esto, la novela se lee con gusto y el lector siente deseos de ser joven (si es que no lo es), lanzarse al camino y enfrentarse a la vida en solitario; deseos de realizar un viaje a pié hasta su juventud y saldar la cuenta con la vida, por su falta de arrojo o de imaginación en aquel tiempo.

Sí, la novela es extraña para esta sociedad en la que los jóvenes no desean emanciparse hasta que han alcanzado una posición económica pudiente, donde los objetivos de la juventud son el lujo y la vida muelle, donde es posible viajar a cualquier sitio del planeta sin disfrutar del paisaje, como indica Laurie Lee “ por que han desaparecido las viejas sendas de carretas, donde nadie se encuentra las alpargatas de sus padres al limpiarse los zapatos”.

Los capítulos finales se refieren a la vida en Almuñécar y a los sucesos que acaecieron al comenzar la Guerra Civil. El relato, curiosamente, pierde fuerza, de la misma manera que si un periodista inglés hiciera una crónica taurina; pero no deslucen el tono general de la obra.

Con todo, un libro magnífico que, desgraciadamente, se encuentra descatalogado en su traducción castellana, en beneficio de otros productos editoriales.

INTERVENCIONES

Jon Rosáenz:

Este libro nos enseña la visión poética de una realidad ya desaparecida hace bastantes años, esto es, la España inmediatamente anterior a la Guerra Civil. El autor no intenta dar una visión objetiva de unas gentes y unos lugares, sino su propia y más íntima visión: la de un muchacho de 18 años que abandona su pueblo natal y ve el mundo a través de un prisma poético. Dice al principio de la obra en un enternecedor párrafo de alto matiz espiritual:

“Era 1934. Yo tenía diecinueve años, aún estaba tierno por los bordes, pero tenía una fe firme en la buena suerte”.

Y en efecto es así, puesto que el sol abrasador de sus primeros días en España no puede vencerlo, pese a las insolaciones que le sobrevinieron a causa de caminar a cielo abierto. Después, en su retorno a España, a través de los Pirineos, para incorporarse ya al ejército republicano, está punto de morir de frío e inanición; pero Lee consigue sus propósitos, y llega a contactar con gentes que lo guían.

La traducción es espléndida, y da idea de un hilo de pausado ritmo que se recrea en los detalles, explicados con adjetivos maravillosos. El traductor ha elegido un léxico exótico, brillante y seductor, que realzan el valor narrativo intrínseco del texto original.

Al respecto, el relato sorprende por el tratamiento pormenorizado de los hechos que se narran, así como por el incesante flujo de los diálogos, que se suceden desde el momento en que el protagonista pisa Vigo, primera ciudad que conoce. Principalmente, si tenemos en cuenta que el autor apenas conocía la lengua castellana cuando visitó España, y que escribió este libro décadas más tarde de los acontecimientos que en ella se describen. En el mismo, hay una única referencia, en un pasaje en el que una pareja de la Guardia Civil interroga a Lee sobre lo que estaba escribiendo, que nos muestra que el impenitente trotamundos no sólo caminaba, sino que también tomaba notas, para reconstruir en un futuro lejano, el año 1969, una de las aventuras que marcaron su juventud.

En otro orden de cosas, es necesario constatar una circunstancia que resulta muy curiosa, cuando no significativa. Se trata de la atracción que han ejercido las tierras de España en ilustres literatos del ámbito anglosajón. Así, podríamos aventurar que ya en siglos pasados España poseía un halo romántico que probaron escritores y poetas de diversa condición, como Rilke, Washington Irving y algunos otros más. Ya en el propio siglo XX tenemos que varios eminentes ingleses vinieron a España, y dejaron constancia en sus escritos de lo que vieron; algunos como Gerald Brenan e Ian Gibson incluso se quedaron prendados del sol y las costumbres de las gentes que habitaban esta piel de toro. George Orwell tomó partido y luchó en los contingentes de soldados extranjeros a favor de la República, dando una visión sórdida y conmovedora de la guerra; no era un joven que buscaba probar fortuna, sino un maduro procomunista convencido de lo que se estaba dilucidando en la batalla que tenía lugar en la España de 1936. En “Recuerdos de la Guerra Civil Española” dice :

“La verdad desnuda sobre la guerra es muy simple. La burguesía española vio la ocasión de aplastar la revolución obrera y la aprovechó, con ayuda de los nazis y de las fuerzas reaccionarias de todo el mundo. Aparte de eso, es dudoso que pueda demostrarse nada”. “Yo había ido allí a pegar tiros contra los “fascistas”, pero un hombre al que se le caen los pantalones no es un “fascista”; es, a todas las luces, otro animal humano, un semejante, y se le quitan a uno las ganas de dispararle”.

Otro escritor anglosajón que también aprovechó sus vivencias en la guerra fue Ernest Hemingway. Colaboró aportando una visión folclórica y vital de la civilización hispana. Materializó sus vivencias en una laureada obra como fue Por quien doblan las campanas, que le ayudó a conseguir el Nobel de Literatura.

En el caso de Laurie Lee, la elección de España como destino de su andadura juvenil se debe a la necesidad de llevar a cabo una experiencia transgresora, en un lugar desconocido y sugerente, motivada por una visión poética de la realidad y, a la vez, por sus incontrolables ansias de libertad. Aunque en muchas ocasiones esta visión romántica de España no coincida con la experiencia vivida por el autor sobre el terreno. Valga como muestra esta descripción de Madrid que aparece en el libro: “Tenía aliento de león, algo fétido y picante, mezclado con paja y jugos podridos de carne. La propia Gran Vía tenía un rugido de león; aunque inflado, como un animal de circo. Ancha, afectada y un poco sórdida, y con dos hileras de edificios como dientes rotos”.

 

Roberto Sánchez:

El libro hace referencia al sentimiento de libertad absoluta que vivió Lee, en los prolegómenos de su periplo español, así como en su experiencia en tierras de España. El autor transmite de manera perfecta este sentimiento, en las primeras páginas del libro, cuando habla de la plena sensación de libertad que le invade en el momento en el que se dispone a iniciar su viaje hacia España, después de su estancia en Londres, sentimiento de libertad que queda reflejado de forma ideal en su descripción de las situaciones, en el propio andar del camino y en cómo asume los episodios frente a los que se va encontrando.

El lenguaje es poético, en muchos casos preciosista e incluso recargado. Por momentos, puede llegar a empalagar, porque, como decía Robert Graves, si algo se puede decir con un verbo y un sustantivo no se debe emplear un adjetivo. Pero, en este caso, es cierto que de algunas de sus descripciones poéticas emana una sensación muy real y vivida. Por ejemplo cuando dice que "las cigarras clavan el calor al suelo". Basta recordar la canícula que reina en una dehesa manchega a las cuatro de la tarde de un día de verano, para reconocer que esta metáfora es totalmente acertada y pertinente.

En cuanto al contenido, a los temas que trata, el texto puede dividirse en dos partes. El punto de inflexión se concretaría en el transcurso de la estancia de Lee en Sevilla, precisamente cuando un marinero le dice: "Si te gusta la sangre quédate por aquí. La verás en abundancia". En ese momento Lee deja de PERCIBIR sólo lo folklórico del país y se percata de que hay un conflicto latente. Antes de este pasaje, la atención de Lee se centra en un estrato de la población muy bajo y singular, hasta el punto de que, en ocasiones, los protagonistas casi parecen personajes de alguna novela picaresca del Siglo de Oro o bandoleros y pordioseros extraídos de los cuadros de Goya. Pero después, su interés se focaliza en otra capa social, humilde también, pero consciente de sus derechos y de su situación, que es la que cuando llega el momento trata de defender a la República.

De todas formas, cuando llega ese tiempo, Lee mantiene su visión romántica de España, y los sucesos que narra no transmiten el dramatismo que cierta y desgraciadamente tuvieron, así el intento de ataque al pueblo vecino, cuando él está en Almuñécar, el bombardeo de las naves de la Armada, etc. En cualquier caso, Lee cuenta lo que desea contar (no hay que olvidar que se trata de un libro de madurez en el que habla de sus aventuras juveniles); es su punto de vista, y relata los hechos que ha conocido. Aunque la España de la época que él describe no era tal y como la fotografía. Pobre y atrasada, sí, pero también emergente y con conciencia social, y esto último no queda patente en la narración. Así, Un inglés que hubiera escuchado sus vivencias en aquel momento, se habría imaginado pura y simplemente una España goyesca.

En fin, se trata de un libro que habla de la generosidad de unas gentes que ya no existen en un país que ya no existe” a pesar de que Gerald Brenan dijera que “Laurie Lee fue un buen escritor, sus libros son admirables; pero no sabía nada de España”.

 

Joseba Molinero:

Es un relato autobiográfico de una búsqueda romántica de respuestas a preguntas no formuladas. Un camino iniciatico. Un Quijote sin Sancho. ("Era más fácil irse que quedarse atrás y amar").

La novela posee un ritmo poético intenso. Llena de adjetivos vivos. Llena de sensaciones epiteliales ("Una ciudad inundada por una densidad verde y húmeda").

En ella podemos toparnos con un cajón de sorpresas: azar (pagina 47), la crónica de una época y de un país, la crónica de un pueblo sucio y desesperanzado, un oda a los templos modernos: a las tabernas "llenas de cuadros de toreros y héroes".

El camino de un romántico (" a ninguna parte mas que allí donde estuviese") en busca de una guerra inexplicable y patética.

Un libro preñado de emoción que emociona.

Un libro lleno de luz que transcurre por rincones oscuros y sucios.

 

Nicolás Zimarro:

La lectura de este libro produce una impresión, que Antonio Ruiz Vega* recoge a la perfección en este texto: “Laurie Lee fue uno de esos extranjeros que, tal y como dice Camilo José Cela en su dedicatoria de San Camilo 1936, vinieron a España a matar españoles como conejos, aunque no parece que consiguiera darle mucho gusto al gatillo. (...) Lo que más llama la atención en este libro es lo poco o nada que tiene que ver ese país maravilloso y portentoso que el autor tiene el privilegio de conocer, con el actual. La pérdida de calidad de vida es clamorosa, pero todavía es peor la cualidad de esta vida, la pérdida de personalidad y sentido que ha sufrido el transcurrir vital del español medio. Su prosa está plagada de imágenes restallantes, transidas de poesía. Así, al pasar por Castilla camino de Madrid, se encuentra con escenas de la siega:
Era el punto culminante de la recolección y había esparcidas por los campos personas de extraordinaria luminosidad, como mariposas, trabajando solas o en grupo, y vestidas para el apogeo de la luz:
camisas y pantalones azules y sombreros anchos dorados atados con telas verdes y escarlatas. Las hoces, sumergidas en el trigo, coleteaban como peces con relampagueos rítmicos de azul y plata; y a mi paso, los hombres se erguían y se resguardaban los ojos, mirándome pasar silenciosamente... El viajero camina a pie y aún así suele sobrepasar a las reatas de mulas que en aquella época son las caravanas de Castilla, uno de los hilos que mantenían la vida del país. Estas vistosas carretas se desplazan por el país desde los tiempos de los yangüeses de Cervantes, o de la Real Cabaña. Laurie cree que a un ritmo que se había mantenido invariable desde los tiempos de Aníbal...
Su llegada a Madrid es memorable, pues le recoge una furgoneta que iba cargada de misales en latín y que iba conducida por dos jóvenes que fueron señalándome todos los burdeles mientras entrábamos a toda marcha en Madrid. Madrid era, sobre todo, sus tascas.(...) Se pasma del lujo oriental de las más humildes tascas, que sirven marisco baratísimo sobre hielo. Un marisco que hacen venir de los mares distantes en trenes especiales que tienen preferencia sobre todos los demás.
Así es como yo lo recuerdo: bajo los tejados de terracota, una proliferación de cuevas de hielo. Con carreteros, porteros, serenos, taxistas, acicalados dandis y funcionarios regordetes dando sorbos a vinos dorados, pelando meticulosamente una gamba, hincando el diente a la carne rosada y ácida de una langosta, saboreando la salmuera viviente de mares semiolvidados, de imperios semirrecordados, mientras el oleaje de la conversación corría como el agua burbujeante bajo los cuadros enmarcados de toros y héroes.
(...) Pero creo que mi impresión más perdurable fue la reposada dignidad con la que el español manejaba la bebida. Nunca bebía de un trago,ni se precipitaba, ni le suplicaba al tabernero, ni se dejaba echar a gritos a la calle. Beber era para él uno de los privilegios naturales de la vida, en vez del suicidio temporal que suele ser a menudo para otros”.