Unamuno acorralado

Unamuno, como rector de la Universidad y en ausencia del Caudillo, ejercía la representación de éste y por tanto era jerárquicamente la máxima autoridad, por eso alcanzó a responder puntualmente a las barbaridades que allí se iban diciendo sin ton ni son, y no sólo por parte de Millán Astray. Ya conocía lo que les había ocurrido a sus amigos liberales y republicanos; las notas que iba tomando mientras los otros mitineaban las escribía en el sobre de la carta que le acababa de entregar la esposa de au contertulio habitual Atilano Coco, encarcelado por masón y pastor protestante.
Entre la noche del 12 de octubre, día que replica los denuestos del fascismo que él ayudó a triunfar, hasta la tarde del 31 de diciembre, Unamuno vivirá un auténtico calvario público y privado, que aún está pidiendo alguien que lo reconstruya en textos y contextos. No sólo Franco le destituirá del Rectorado, con lo que le hará peligroso acreedor de una singularidad única en la historia de la cultura, la de haber sido destituido por todos los regímenes que tuvo la España de su época. Los cuatro, le cesaron. También le confinará en casa, mitad por sugerencia oficial mitad por el rechazo que le manifiestan sus colegas universitarios y demás personajes de la sociedad salmantina. Fue entonces cuando envió a su amigo Quintín de Torre otra carta de conciencia, en el mejor estiulo unamuniano : "Qué cándido y qué ligero anduve al adherirme al movimiento de Franco".
El mismo día de su muerte, 31 de diciembre de 1936, Unamuno aún aporta un elemento más a la causa de la Cruzada cuando le asegura a un tal Bartolomé Aragón : España se tiene que salvar. Dios no puede darle la espalda. Luego, apunta nuestro procurador en Cortes en el artículo de Arriba, se quedó dormido en brazos de la eternidad. Lo que más llama la atención de este rosario de falsedades y manipulaciones, es la coda final con la que el muy barbián se avala a sí mismo : Los testimonios citados son indiscutibles. Curioso personaje este Miguel Fagoaga Gutiérrez-Solana, de la facción carlista del Movimiento, abogado navarro, cuyo papel intelectual más destacado se limitará luego a su colaboración con los carlistas exaltados de la extrema derecha que provocarán dos muertos en el Montejurra de 1976.
Muchos años más tarde Bartolomé Aragón, la última persona que habló con Unamuno, contó en ABC, una versión algo más verosimil. Para Unamuno, el profesor auxiliar de la Facultad de Derecho, Bartolomé Aragón, no era sino un falangista recién incorporado a la Universidad de Salamanca tras pasaruna temporada becado en la Italia de Mussolini. Éste sería su primer enfrentamiento con el rector, que echó pestes de Mussolini, como recordará Aragón en 1986.
Efectivamente fue a visitar a Unamuno el último día del año de 1936 y el recibimiento que le hizo merece reseñarse : Amigo Aragón; le agradezco que no venga usted con la camisa azul, como lo hizo el último día, aunque veo que trae el yugo y las flechas. Tengo que decirle a usted cosas muy duras y le suplico que no me interrumpa. Ahí empezó el supuesto monólogo de Unamuno del que no sabemos absolutamente nada, porque Aragón no dio pista alguna, y la perorata debió seguir hasta que tuvo la impresión de que Unamuno se había dormido. Al rato empezó un olor a zapatilla quemada en el brasero. Unamuno acababa de morir en la sola presencia de un falangista vestido con uniforme de teniente y la insignia del yugo y las flechas en la solapa. Asustado, se puso a gritar: ¡ Don Miguel, don miguel!...¡ Yo no le hecho nada! ¡Yo no le he matado!. ¿Qué le hizo entonces? ¿Discutió con él, o le presionó, hasta sacarle de quicio?

El cura y los mandarines de Gregorio Morán

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