Acta octubre 2004

OBRA: EL JUGUETE RABIOSO
AUTOR: Roberto Arlt

PONENTE: Nicolás Zimarro

PRESENTACIÓN

Teodosio Fernández realiza una semblanza muy interesante de la vida y obra de Roberto Arlt. He aquí algunos detalles de la misma:

“Roberto Godofredo Cristophersen Arlt nació en Buenos Aires el 26 de abril de 1900, hijo de Karl Arlt, prusiano de Posen (hoy Poznan, en Polonia), y de Ekatherine Iobstraibitzer, natural de Trieste y de lengua italiana.

El carácter de su padre, un soplador de vidrio también capaz de confeccionar tarjetas postales art nouveau, no facilitó su inserción en el hogar de la familia, que abandonó en 1916. Aunque hasta esa fecha había asistido a varias escuelas, aprendió sobre todo en las calles del barrio porteño de Flores, donde transcurrió buena parte de su infancia y adolescencia.

La necesidad lo haría pintor de brocha gorda, ayudante en una librería, aprendiz de hojalatero, peón en una fábrica de ladrillos y estudiante fracasado de la Escuela de Mecánica de la Armada, por recordar algunas de las ocupaciones que llenaron sus días. Un matasellos y una máquina de prensar ladrillos le dieron las primeras y tempranas ocasiones de comprobar la escasa atención que iba a merecer su persistente carrera de inventor, pasión que había de encontrar un eco notable en su obra literaria.

En 1916 inició su trabajo de periodista, tarea con la que intentaría resolver sus problemas económicos y que le permitió relacionarse con los círculos literarios porteños. En esa fecha dio a conocer su primer cuento, "Jehová", con el que comenzó una carrera de escritor que se consolidaría desde que en 1926 dio a conocer El juguete rabioso.(...)

La valoración de sus aportaciones se vio afectada durante mucho tiempo por las polémicas que agitaron la vanguardia porteña de los años veinte. Su capítulo más recordado es el de las diferencias reales o aparentes que enfrentaron a los grupos de Florida y Boedo. (1)

Aunque mantuvo relaciones con los escritores adscritos al primero (por algún tiempo fue secretario de Ricardo Güiraldes, a quien dedicó El juguete rabioso, y colaboró en la revista Proa), Arlt no dejó de sufrir el desdén de los martinfierristas, representantes de un arte minoritario y europeizado, jóvenes cultos que parecían detentar los derechos a la tradición literaria y a la renovación.

Ese rechazo lo llevaría a ocultar sus lecturas y alardear de sus deficiencias de estilo, despreciando a quienes escribían bien y eran exclusivamente leídos por correctos miembros de su propia familia. En esa tesitura, inevitablemente había de ser relacionado con el otro bando: con quienes desde el barrio popular de Boedo defendían un arte comprometido con los problemas del hombre, preferían el cuento y la novela a la poesía, y veían en la literatura una posibilidad de contribuir a la transformación de la sociedad. (...)

El juguete rabioso se alimentaba en buena medida de ese material autobiográfico, y descubría vidas difíciles en un Buenos Aires hasta entonces prácticamente ignorado. Las novelas Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931) ampliaron después esa indagación con un tratamiento alegórico que la convertía en una reflexión sobre la sociedad argentina e incluso sobre la condición humana.

Los apodos simbólicos de algunos miembros de una sociedad secreta, financiada mediante la explotación de los prostíbulos y destinada a provocar una conflagración universal, son el indicio más evidente de la condición expresionista de esos relatos, que convierten la realidad en una fantasmagoría donde se dibujan con nitidez los perfiles de un mundo que se desmorona.(...)

En El amor brujo (1932), sin duda su novela menos comentada, Arlt insistiría aún en la presentación de personajes obsesionados por la felicidad y a los que la fantasía permite evadirse de una existencia gris.

La factura realista fue la dominante en los nueve relatos reunidos en el volumen El jorobadito (1933), próximos a las inquietudes características de las novelas citadas. Eso no impidió que algunos mostraran una proclividad hacia lo fantástico que había de acentuarse progresivamente. Aparentemente ajena a la literatura argentina, la obra de Arlt encontraría en esa dimensión la posibilidad de afirmarse en una tradición que en el Río de la Plata contaba ya con notables manifestaciones de ese signo. Arlt insistió en ella tras visitar España y Marruecos en los últimos meses de 1935 y los primeros de 1936.

Fruto de ese viaje fueron los cuentos que en 1941 reunió en El criador de gorilas: aunque también estaban presentes el África negra y algunos escenarios asiáticos de cultura islámica, las referencias geográficas remitían sobre todo a Marruecos, con preferencia por Tánger, cuyo estatuto internacional favorecía la actividad de los Servicios Secretos de distintas potencias, y por los territorios entonces sometidos al control de España. Allí fue donde Arlt se sintió fascinado por un mundo seductor y repulsivo, conjunción violenta de medioevo y modernidad, fiesta de colorido determinada por la diversidad de los tipos humanos, primitivos y refinados, generosos y crueles. Crímenes, venganzas, pasiones y otros ingredientes daban a las historias una atmósfera oriental, cuyo encanto resultaba corregido por el cinismo que una vez más solía caracterizar a los narradores, y que daba una dimensión paródica a la pretensión moralizadora o ejemplar que adoptaban en ocasiones. También afectaba a la crítica social (del fanatismo, del abuso de poder, de la avaricia) que permitían deducir.

Los relatos de El criador de gorilas alejaban a Arlt del ámbito de Buenos Aires, y parecían también ajenos a las preocupaciones metafísicas que antes eran ingrediente fundamental en las complicadas psicologías de sus personajes.

Con ese nuevo espíritu guarda relación Un viaje terrible, una "nouvelle" derivada de la estancia del escritor en Chile, en 1940, y publicada cuando regresó a Argentina en 1941.

Aquella experiencia le permitiría imaginar un viaje hacia Panamá iniciado en el puerto de Antofagasta, y que estuvo a punto de concluir trágicamente para el narrador cuando el barco navegaba frente a la costa del norte de Perú.

El relato reitera intereses manifiestos en la vida y en la literatura de Arlt. Ya en 1920, en su breve ensayo Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires, había mostrado esa mezcla de fascinación y sarcasmo con que se refería ahora a las artes adivinatorias o a la carta astral que parecían determinar los destinos de sus estrafalarios personajes.

También se encuentran ecos de sus inquietudes científicas del momento, ocupado como estaba en llevar a buen término el proceso de gomificación de las medias de señora del que esperaba la fama y la riqueza. La voz divertida y sarcástica del narrador, que ha emprendido esa "Travesía del Terror" forzado por sus últimas estafas, da un tono de farsa a la aventura y a sus protagonistas, cuyos deméritos y fracasos no entrañan concesión alguna al patetismo.

Un viaje terrible confirma la impresión de que Arlt optaba por indagar en territorios de imaginación que a veces parecían rondar la literatura fantástica. Curiosamente, estos relatos que completan su obra narrativa recuerdan sus principios: responden a los gustos declarados en El juguete rabioso por Silvio Astier, cuando a la edad de catorce años se abandonaba a los deleites de la literatura bandoleresca y anhelaba inmortalizarse como un delincuente de alta escuela.

Quizá las creaciones de Arlt pueden verse como una búsqueda de salida o de sublimación personal por medio de los sueños o la literatura, o eso es lo que indica su producción teatral, también relevante.

Si se deja al margen el fragmento de Los siete locos que el Teatro del Pueblo escenificó en 1932 con el título de El humillado, esa producción se inicia con 300 millones, obra representada en julio de ese mismo año por el conjunto de Leónidas Barletta.

Arlt abordaba allí el análisis de las razones que llevan a una muchacha a suicidarse, y para ello recurría a la concreción teatral de las fantasías que la habían ayudado a sobrevivir por algún tiempo: en escena aparecen Rocambole, la Reina Bizantina, el Galán, el Demonio o la Muerte, creando un clima de farsa ajeno a cualquier pretensión realista y emparentable con la factura expresionista que sus narraciones alguna vez habían conseguido.

Por otra parte, esa corporización de los sueños permitía entrever la capacidad de las ficciones para subsistir por sí mismas. Saverio el cruel y El fabricante de fantasmas, piezas estrenadas en 1836, le permitirían mostrar con precisión las relaciones entre esos fantasmas y la creación literaria.

Si 300 millones hablaba de la imaginación como una posibilidad de supervivencia, sublimando las frustraciones de una existencia mediocre, El fabricante de fantasmas dio vida a los que atormentaban a un dramaturgo, ahora hasta llevarlo al suicidio. Como esos fantasmas eran a la vez el fruto de la imaginación y de los remordimientos de un escritor, la literatura se mostraba capaz de revelar las dimensiones profundas de la personalidad, a la vez que el juego entre la imaginación y la realidad convertía al autor y a sus personajes en una sucesión de máscaras sin identidad precisa.

En esa idea insistiría Saverio el cruel, apelando al recurso pirandelliano del teatro dentro del teatro para conjugar una broma canallesca con la reflexión sobre la farsa de las relaciones y las ilusiones humanas y el análisis de los mecanismos del poder, hasta dar al conjunto una dimensión trágica.

Arlt estrenó La isla desierta en 1937, África en 1938, y La fiesta del hierro en 1940. A esas obras hay que sumar Prueba de amor, "boceto teatral irrepresentable ante personas honestas" que se editó en 1932, Las "burlerías" La juerga de los polichinelas y Un hombre sensible publicadas en 1934, y El desierto entra en la ciudad, una farsa dramática que Arlt concluyó poco antes de morir en Buenos Aires, el 26 de julio de 1942.

De esas obras, que dan a su autor un lugar de notable relieve en la vanguardia teatral argentina, merece especial atención África, cuyos cinco actos van precedidos de un exordio en el que Baba el Ciego, un "jefe de conversación", declara su intención de narrar las historias que luego conforman la obra.

África se propone así como una ficción dramática que a su vez genera otras, y afirma su relación con la práctica oral del relato que Arlt había observado en el norte de África y que también inspiró los cuentos de El criador de gorilas.

Arlt había escrito para el diario El Mundo, donde empezó a trabajar en 1928, las Aguafuertes porteñas que reunió parcialmente en un volumen publicado con ese título en 1933. El mismo periódico lo envió a España y Marruecos en 1935-1936, y antes y después a Uruguay y Brasil, en 1930, y a Chile, en 1940.

Entre las crónicas de viaje escritas a raíz de esas experiencias, sobresale la selección y publicación en 1936 de sus Aguafuertes españolas (1ª parte. Impresiones), además de los artículos en que dejó constancia de los rudos trabajos de las campesinas marroquíes, de su visión crítica de determinadas costumbres árabes, y de la fascinación que también llevaría a sus relatos y a su teatro.

Las aguafuertes de El Mundo constituyen la parte de mayor interés literario en una producción periodística que incluyó también las notas redactadas en 1926 para la revista Don Goyo, así como las crónicas policiales escritas en 1927 y 1928 para el diario Crítica.

Esa producción permite comprobar la gran capacidad de su autor para adentrarse en los problemas sociales y políticos de su tiempo, y para exponerlos con imaginación y rigor: no sólo los que afectaron a la Argentina de su época, sino también los que pudo observar en los países por los que viajó y los que determinaban la atmósfera internacional cada vez más enrarecida que llevó a la segunda guerra mundial”.

(1) Al respecto, Fernando Sorrentino defiende lo siguiente:Con harta frecuencia se han trazado paralelismos y efectuado comparaciones entre los denominados grupos de Florida y de Boedo, que surgieron en Buenos Aires allá por la década de 1920: inclinado, según dicen los que saben, a lo "estetizante" el primero; a lo "social", el segundo. (A mí me cuesta aceptar la incompatibilidad de las categorías —si fueran tal cosa— de "estetizante" y "social": creo que nadie puede ser "absolutamente" estetizante ni "absolutamente" social; creo —por ejemplo— que nada impide que un libro esté muy bien encuadernado y que, al mismo tiempo, sea aburrido.)Aun aceptando —por cierto que a regañadientes— la existencia de ambos grupos,1 y, por añadidura, con la posesión de dichas características distintivas, hay un hecho mucho más decisivo que tiende a invalidar o a hacer irrelevante su acción, y es que las obras literarias jamás se han originado en sociedades colectivas sino que siempre han sido fruto exclusivo de la creación individual. La opinión contraria —la que ve las obras como resultado de la acción del grupo— parece sustentarse, más bien, en una especie de criterio de eficacia colectiva, criterio maravillosamente aplicable al fútbol y a otros deportes de conjunto, pero de ningún modo admisibles en lo personal por excelencia: la creación artística.Acaso como una extensión adicional de aquel afán clasificatorio, suele hablarse también de una suerte de "vidas paralelas" entre los dos escritores que más vigorosamente representarían a uno y otro grupo: Jorge Luis Borges y Roberto Arlt.Inclusive los escritores más diminutos son multifacéticos: con mayor razón sería absurdo despojar de sus muchas riquezas a escritores tan valiosos como Borges y Arlt para dejarlos reducidos a los tristes esqueletos de, respectivamente, "estetizante" y "social".Lo cierto es que Borges y Arlt se inventaron a sí mismos sendos caminos literarios: caminos propios, personalísimos, inimitables e intransferibles. Y estos caminos —ahora sí, y sólo en este sentido, "vidas paralelas"— parecen no haberse tocado nunca.Proveniente de una familia inmigrante de lengua no española, Arlt fue argentino de primera generación, inculto (en la acepción académica de la palabra), tumultuoso, osado, intuitivo, vital, de grueso sentido del humor.Borges, en cambio, pertenecía a una antigua familia argentina, acomodada y tradicional, en cuya casa había muchos libros y se hablaban correctamente el español y el inglés; Borges era tímido, miope, tartamudo, estudioso, sutil, inteligentísimo e infinitamente transgresor y revolucionario (como jamás podrían serlo —y ni siquiera imaginarlo— los transgresores y revolucionarios "profesionales", hechos de escenografía y caracterización teatral, y repetidores de frases viejas y de decires cristalizados).Ambos son ajustadamente coetáneos: Borges nació el 24 de agosto de 1899; Arlt, el 2 de abril de 1900; de manera que, si el azar lo hubiera consentido, podrían haber sido compañeros de clase. Difieren en que Arlt murió relativamente joven, a los cuarenta y dos años, el 26 de julio de 1942, y Borges muy anciano, a los ochenta y seis, el 14 de junio de 1986

1. (...)Veamos qué dice Borges al respecto: "[_] Fue un poco una broma como la polémica de Florida y Boedo, por ejemplo, que veo que se toma en serio ahora, pero no hubo tal polémica ni tales grupos ni nada. Todo eso lo organizaron Ernesto Palacio y Roberto Mariani. Pensaron que en París había cenáculos literarios, que podía servir para la publicidad el hecho de que hubiera dos grupos enemigos, hostiles. Entonces se constituyeron los dos grupos. En aquel tiempo yo escribía poesía sobre las orillas de Buenos Aires, los suburbios. Entonces yo pregunté: ‘¿Cuáles son los dos grupos?’. ‘Florida y Boedo’, me dijeron. Yo nunca había oído hablar de la calle Boedo, aunque vivía en Bulnes, que es la continuación de Boedo. ‘Bueno’, dije, ‘¿y qué representan?’. ‘Florida, el centro, y Boedo sería las afueras’. ‘Bueno’, les dije, ‘inscríbanme en el grupo de Boedo’. ‘Es que ya es tarde: vos ya estás en el de Florida’. ‘Bueno’, dije, ‘total, ¿qué importancia tiene la topografía?’. La prueba está, por ejemplo, en que un escritor como Arlt perteneció a los dos grupos; un escritor como Olivari, también. Nosotros nunca tomamambio, ahora yo veo que lo han tomado en serio, y que hasta se toman exámenes sobre eso".

2. Sorrentino, Fernando, Siete conversaciones con Jorge Luis Borges, Buenos Aires, Casa Pardo, 1974, págs. 16-17; nueva edición, con notas revisadas y actualizadas: Buenos Aires, El Ateneo, 1996, págs. 26-27.

VALORACIÓN

Bajando la voz le contesté:
—Perdóneme, señor, ante todo, ¿estamos solos?
Le dije que venía a tratar con él un asunto confidencial.
Ambos traidores son tratados con desprecio:
Vitri le dice al Rubio:
—Sí, ¿por qué ha traicionado a su compañero?, y sin motivo. ¿No le da vergüenza tener tan poca dignidad a sus años?
Uno de los policías le pregunta a Fischbein
no sin sorna:
—¿Vos venís con esta denuncia porque te creés un buen ciudadano?
Arlt se extiende bastante en las circunstancias de la detención del Rengo por parte de la policía. Todas estas escenas son sórdidas y carecen de —digamos— "grandeza épica", lo cual está muy bien porque se corresponden con la personalidad del Rengo y con la pequeñez de la traición cometida.
El Rengo, diminuto delincuente,
vivía en un altillo de madera, en una casa de gente modesta.
La encargada de la casa, una suerte de bruja medieval:
Era una vejezuela descarada y avara; envolvíase la cabeza con un pañuelo negro cuyas puntas se ataba bajo la barbilla. Sobre la frente caían vellones de pelos blancos, y su mandíbula se movía con increíble ligereza cuando hablaba.
La detención del Rengo, en que éste parece una especie de rata perseguida o insecto dañino, constituye una escena penosa:
El hijo de la vejezuela, carnicero de oficio, enterado por su madre de lo que ocurría, cogió su bastón y se precipitó en persecución del Rengo.
A los treinta pasos le alcanzó. El Rengo corría arrastrando su pierna inútil, de pronto el bastón cayó sobre su brazo, volvió la cabeza y el palo resonó encima de su cráneo.
Aturdido por el golpe, intentó defenderse aún con una mano, pero el pesquisa que había llegado le hizo una zancadilla y otro bastonazo que le alcanzó en el hombro, terminó por derribarle. Cuando le pusieron cadenas el Rengo gritó con un gran grito de dolor.
—¡Ay, mamita! —después otro golpe le hizo callar y se le vio desaparecer en la calle oscura amarradas las muñecas por las cadenas que retorcían con rabia los agentes marchando a sus costados.
Borges, fiel a sus costumbres sintéticas, narra así el trágico fin de Ferrari:
Ferrari había forzado la puerta y [los policías] pudieron entrar [en la fábrica] sin hacer ruido. Me aturdieron cuatro descargas. Yo pensé que adentro, en la oscuridad, estaban matándose. En eso vi salir a la policía con los muchachos esposados. Después salieron dos agentes, con Francisco Ferrari y don Eliseo Amaro a la rastra. Los habían ardido a balazos.
La traición del Rubio provoca el encarcelamiento, entre bastonazos y ruindades, del Rengo, "el hombre más noble que he conocido".
La traición de Fischbein provoca la muerte, a balazos, de Ferrari, "un dios", "el osado, el fuerte".
Astier justifica su acto así: "seré hermoso como Judas Iscariote. Toda la vida llevaré una pena_ una pena_".
Fischbein lo hace de este modo: "El hecho es que Francisco Ferrari, el osado, el fuerte, sintió amistad por mí, el despreciable. Yo sentí que se había equivocado y que yo no era digno de esa amistad".
En las justificaciones de uno y otro aparecen los títulos de los relatos, ya explícitamente (Judas Iscariote), ya en paráfrasis (yo no era digno).

INTERVENCIONES

Roberto Sánchez:

Al comenzar a leer el libro, se tiene la impresión de que se trata de una novela de picaresca, donde una cuadrilla de pilluelos hacen trastadas, e incluso cometen algunas fechorías y actos delictivos, que a veces adquieren tintes de comedia, por las situaciones ridículas en las que éstos se ven envueltos, como por ejemplo el robo que perpetran en la biblioteca de la ciudad, que resulta ciertamente gracioso. Sin embargo, con el inicio del segundo capítulo se produce un giro radical en el devenir del discurso, en el que los acontecimientos se suceden de forma dramática. A partir de ese momento, la novela es cada vez más triste y desgarradora, hasta el punto de que la desesperación acuciante y el desencanto creciente que transmite al final llegan a agobiar al lector. Y parece ser que éste es el propósito de Arlt: crear un estado de ánimo, en el que la inconmensurable tristeza de los diferentes personajes se impregne en el corazón del lector. Y lo consigue desgranando la sucesión de hechos e hilvanando las patéticas circunstancias que conducen al protagonista, Silvio Astier, a precipitarse a un abismo profundo y oscuro de imposible salida. El periplo comienza más o menos de una forma amable, con los delirios románticos de unos chavales que sueñan ser “Rocambole” o el propio Baudelaire, pero que no pasan de ser unos ladronzuelos de escaso oficio y con aún peores beneficios. Luego continúa con la inserción de Astier en el mundo laboral, como ayudante de librero y aprendiz en la Escuela de Aviación. Al respecto, merece especial atención la conversación que tiene lugar entre Silvio y su madre, porque probablemente ésta sea la escena más dolorosa y escalofriante de la novela. En ella, Arlt reproduce con una excepcional maestría el trágico antagonismo de los contrarios “fantasía” y “realismo”, la fantasía de un adolescente que sueña con alcanzar la gloria de los bandoleros o los poetas más famosos, y el realismo inapelable de la expresión “hay que trabajar, para poder comer”. Después sigue con las desgraciadas experiencias que vive en su humillante regreso a casa: la noche en compañía del homosexual prostituto y el fallido intento de suicidio. Y finalmente concluye con la increíble traición a la persona que considera su único amigo. Con toda probabilidad, lo hace para tocar fondo y comenzar una nueva e incierta vida. Por ello, él afirmará lo siguiente: “No me importa no tener traje, ni plata, ni nada –casi con vergüenza me confesé. Lo que yo quiero es ser admirado por los demás, elogiado de los demás. ¡Qué me importa ser un verdulario,! Eso no me importa. Pero esa vida mediocre, ser olvidado cuando muera...Sin embargo, algún día me moriré, y los trenes seguirán caminando, y la gente irá al teatro como siempre, y yo estaré muerto, bien muerto, muerto para toda la vida”.

Emilio Hidalgo:

Sorprende sobremanera la prodigiosa habilidad para caracterizar a los protagonistas que Arlt demuestra poseer, quien con cuatro pinceladas es capaz de describir a la perfección a un personaje. Así, por ejemplo, cuando presenta a “Tío Petente”, lo hace de esta manera: “Era flaco, alto, carilargo, con barba de tres días en las flácidas mejillas y expresión lastimera de perro huido en los ojos legañosos”. Y del mismo modo, con gran precisión, agilidad, belleza y conocimiento de causa de las circunstancias que concurren en los diferentes sucesos, describe todos los pormenores concernientes a los acontecimientos, situaciones y estados anímicos de los personajes. No obstante, el protagonista principal, Astier, es un personaje bastante plano que, a pesar de las dramáticas vivencias que tiene, no evoluciona en su personalidad. Ésta sólo se ve alterada con la incomprensible decisión de traicionar a al amigo que toma al final.

En la novela, se aprecia cierta intencionalidad moralizante, por parte del autor. En primer lugar, pretende justificar la perversidad y maldad de los personajes, como si éstas fueran la consecuencia necesaria, una simbiosis por contagio o el estado natural de las cosas, cuando las personas viven rodeadas de miseria, ignominia y mezquindad. Astier, en un pasaje del libro, confiesa esto: “Tenía la sensación de que mi espíritu se estaba ensuciando, de que la lepra de esa gente me agitaba la piel del espíritu, para excavar allí sus cavernas oscuras”. En segundo lugar, parece querer decirnos que la familia es el único y mejor refugio, el auténtico islote de amor que todos precisamos en los momentos difíciles. Astier sólo demuestra cierta afectividad, cuando se refiere a su madre y a su hermana. En todas sus demás relaciones, prima fundamentalmente el interés. Y finalmente, a pesar del drástico desenlace de la historia, y a pesar de las continuas referencias negativas a Dios, éste se nos presenta como el último garante de la esperanza de un futuro halagüeño que, si bien parece improbable, es también la única salida posible. Astier así lo cree, cuando buscaba la Escuela de Aviación y decidió dar unos pesos a un desconocido, que anteriormente no le había hecho caso, para ver si de ese modo le proporcionaba la información que requería. “Por si Dios existe”, pensó.

 

Joseba Molinero:

La obra narra la historia iniciática de un adolescente. Se desarrolla en varias fases. En un primer momento la vida de los protagonistas se sustenta en un romanticismo ingenuo: Astier y sus colegas forman un club de futuros “Rocamboles”, sueñan con ser bandoleros famosos, cometen robos para demostrar que son más listos que los demás y hacen gala de cierta creatividad e inteligencia, inventando algunos artilugios y leyendo a Baudelaire. Ello les proporciona la necesaria autoestima, para sobrevivir en un mundo hostil e infame. Por el contrario, en un segundo momento, esta autoestima se transforma en cobardía. Es la hora de buscarse la vida, la hora de comenzar a trabajar. Es cuando el idealismo romántico choca de frente contra la pura y dura realidad, y se rompe en mil pedazos de desilusión. Entonces Astier pierde todos los referentes que habían animado su miserable existencia, y comprende que en adelante sólo queda la pelea por la supervivencia. Y todo acaba para él, es el instante de la gran caída al abismo de la desesperación, en un viaje a la nada, jalonado por un sinfín de peripecias, al más puro estilo barojiano, que culminan con su supuesto intento de suicidio. Y al final tras la hipotética muerte del Astier perdedor, se produce el milagro de la resurrección de un nuevo Astier esperanzado, que resurge de la miseria por medio de una traición. Es el clímax de la ignominia, la hipóstasis en Judas Iscariote, que envuelve la esperanza en una maldad catártica.

De todas formas, en contra de lo que pudiera parecer, el libro transmite esa esperanza que los propios personajes no son capaces de vislumbrar. Arlt lo consigue mediante el despliegue de un lenguaje luminoso y colorista. Curiosamente remata todas las escenas con un broche de apertura al infinito, a través de la representación de la belleza en las imágenes del arco del cielo, de la luz que baña un tejado, de las sombras que se proyectan en un muro o el tinte malva de una nube fugitiva, como por ejemplo cuando dice: “Afuera, sobre la sonrosada cresta de un muro, resplandecía en lo celeste un fulgido tetragrama de plata”, o cuando dice: “Grandes manchas de oro tapizaban el horizonte, del que surgían en penachos de estaño nubes tormentosas, circundadas de atorbellinados velos color naranja...”

 

Jon Rosáenz:

Arlt es un magistral escritor de los estados del alma humana. Y, en esta novela de carácter autobiográfico, nos muestra parte de sus experiencias juveniles, verdaderamente desgraciadas y lamentables, como lo son las vivencias de Astier. No obstante, aunque su vida no fuera todo lo feliz que cabría desear, como tampoco lo es la de Astier, ni uno ni otro quieren renunciar a la esperanza de un futuro mejor. “Levanté la cabeza, y próximo al cénit, entre sábanas de nubes, vi relucir débilmente una estrella. ...” Probablemente Astier se refiera a la estrella que alumbrará su incierto porvenir. Sólamente así puede entenderse la ruptura de Astier consigo mismo, en el proceso evolutivo de su personalidad, que se materializa en la traición al amigo, en la asunción de la entidad de Judas Iscariote. En fin, cualquier cosa vale, si nos ayuda a prosperar, porque la vida merece la pena. Astier afirma lo siguiente: “Todo me sorprende. A veces tengo la sensación de que hace una hora que he venido a la tierra, y de que todo es nuevo, flamante, hermoso. Entonces, abrazaría a la gente por la calle, me pararía en medio de la vereda para decirles “Pero ustedes por qué andan con esas caras tan tristes, si la vida es linda, linda, ¿no le parece a usted?”

Esta hipótesis de que Arlt pretende elevar un mensaje de esperanza, que nos de fuerzas para superar las adversidades que seguramente nos acecharán a la vuelta de la esquina, a través de la peripecia vital de Silvio Astier, se ve reforzada por la declaración que el propio Arlt efectúa en una de sus autobiografías satíricas: “ Me llamo Roberto Godofredo Cristófersen Arlt. He nacido en la noche del 26 de abril de 1900, bajo la conjunción de los planetas Mercurio y Saturno. Esto de haber nacido bajo dicha conjunción es una tremenda suerte, según me dice mi astrólogo, porque ganaré mucho dinero. Mas yo creo que mi astrólogo es un solemne badulaque, dado que hasta la fecha no tan sólo no he ganado nada, sino que me he perdido la bonita suma de diez mil pesos. Además, por la influencia de Saturno, así habla mi astrólogo, tengo que ser melancólico y huraño. Y no sé que hacer para estar de acuerdo con dicho señor, mi planeta, ya que colaboro en una revista que es humorística, y no melancólica”.

 

Carlos Fernández:

El libro está perfectamente estructurado, y las cuatro partes que lo componen son significativas del propósito de Arlt, que no es otro que mostrar que todos somos juguetes en manos de alguien más poderoso en el escalafón socioeconómico.

En la primera parte narra las fechorías de un trío de delincuentes juveniles. Los jóvenes son cultos. “Decía yo a Enrique cierto día. Tenemos que formar una verdadera sociedad de muchachos inteligentes”. La dificultad está en que pocos se nos parecen, argüía Enrique. Sí, tienes razón, pero no han de faltar”. (p. 25)

La segunda parte relata la toma de contacto de Astier con la vida adulta. Él que era joven y refinado admitirá: “¡Oh ironía! Y yo que era el que había soñado en ser un bandido grande como Rocambole y un poeta genial como Baudelaire”. (p. 65) Y se verá obligado por imperativo de su madre a trabajar en unas condiciones inmundas. En su trabajo de ayudante de librero, conoce a Miguel, tío Petente, en el que ve encarnado su triste futuro. Intenta librarse de ese destino, sin contravenir los deseos de su madre, cometiendo su última fechoría: quemar el almacén de libros.

En la tercera parte, Silvio es admitido en la Escuela de Aviación. Aquí comprueba que sus habilidades son reconocidas. Por eso, a pesar de la modestia del destino, y de la dureza de la instrucción militar, su expulsión de la Escuela le destruye. La sórdida experiencia de la noche siguiente y la vergüenza de regresar a casa le conducen a intentar el suicidio.

Y por fin, en la última parte, parece que Astier se conforma con su suerte. Los pequeños placeres que le producen las caminatas que realiza, en su condición de vendedor de papel, parecen suficientes para colmar su felicidad. Pero se trata de un espejismo. Porque, cuando su amigo en un gesto de generosidad le invita a participar en el robo, se desata toda la frustración acumulada en el fondo de su alma rencorosa. No hay ninguna razón para delatarle. Al contrario, renuncia a su parte del botín, por el mero placer de causar daño a alguien más débil.

En definitiva, Silvio Astier, como todas las personas de su condición, entre ellos Lucio y Enrique, son juguetes en manos de personas más poderosas. Desde Timoteo Souza, que le promete un empleo, para más adelante asegurar que no le conoce, hasta el capitán Márquez que, a pesar de mostrarle aprecio, le expulsa de la academia, para sustituirle por un recomendado. DE los tres juguetes principales que nos presenta la obra, ninguno corre la misma suerte. Lucio es un adaptado, al convertirse en un agente de investigación. “Yo, yo me he acoplado”. (p. 141) Mientras tanto, Enrique está en prisión por estafar a su jefe. Cuando el club se disuelve, es el único que decide continuar, sin poder hacer nada para dejar la vida delictiva. Por fin Silvio, también adaptado, al contrario que Enrique, decide frustrar la fechoría que le proponen. No lo hace por miedo a las consecuencias, lo hace impulsado por una fuerza interior, que le obliga a delatar a un delincuente. Esta acción resulta ciertamente extraña; incluso el beneficiario de la misma, el ingeniero Vitri, muestra su desconcierto, cuando dice: “Pero, ¿quién le dijo a usted que eso es una ley? ¿Dónde aprendió usted eso?” Se refiere, por supuesto, a la ley de la ferocidad, que sólo se aprende en la escuela de la vida.

 

Miguel San José:

Se trata de una historia sencilla, escrita en un castellano diferente y muy particular, repleto de expresiones que dificultan la comprensión del texto. En ella se narran las peripecias, a todas luces increíbles, de un personaje insólito y absolutamente imposible, porque es impensable e inaudito que un infeliz de la calaña de Astier tuviera los conocimientos necesarios para desarrollar los inventos que se le atribuyen, ni acceso a la poesía de Baudelaire, y mucho menos que la leyera. Además, lo que se presenta como vida agitada y truculenta de un delincuente, no es más que una añagaza literaria. Astier es principalmente un simplón que no comete ningún tipo de delito grave, que siempre trata de trabajar honradamente y que sueña con ser alguien importante en la vida. Al final crece como hombre y, ante la propuesta deshonesta de un miserable, chorizo, atorrante y mala persona, decide comportarse como lo haría cualquier persona honrada: denunciándolo. Por tanto, esta delación en ningún caso puede ser considerada como una traición. Es más, se trata de un recurso literario, que tiene por objeto la culminación del relato en la apoteosis de una pírrica victoria de un hombre vulgar, maduro ya para la vida en sociedad, sobre otro hombre vulgar, que es una piltrafa social, un Don Monipodio de pacotilla. Claro está, este personaje de la novela ejemplar Rinconete y Cortadillo, así como estos dos personajes nada tienen que ver con la novela de “segunda” que nos ocupa.