El Cervantes homenajea a Muchnik

Hubo discursos y elogios en el homenaje que el Instituto Cervantes celebró ayer para Mario Muchnik; hubo fotografías y abrazos; y hubo un momento culminante del acto en el que el que se suponía que Muchnik, un poco renqueante, debía depositar solemnemente algún recuerdo en una caja fuerte que alguien abrirá en el futuro también solemnemente. Bien: el editor argentino cumplió diligentemente pero fracasó con la solemnidad. En el camino hasta la caja fuerte, Muchnik recitó la Canción del pirata de Espronceda, zalameó a su mujer, Nicole, y se despidió de los recuerdos sacrificados: una foto autografiada de Shirley Temple ("Para mi amiguito Mario de la Argentina"), una flauta dulce que Muchnik sopló con vigor y poca melodía y una caja de música que sus padres le trajeron de Londres en 1937 y que ya no suena. "Siempre fue así, Mario en las fiestas y el señor Muchnik en el trabajo", recordaba ayer un colega editor. "Antes era guasón; ahora, de viejo, más", explicaba un amigo.

Muchnik tiene muchísimos años, no es cuestión de negarlo. Su vida, para quien necesite una guía, empezó en Argentina, cuando Argentina era feliz. Sus abuelos habían llegado de Rusia, su padre había tenido éxito en la publicidad y él nació en un pueblo llamado Ramos Mejía, famoso por un colegio, el Ward. En sus aulas coincidieron Manuel Puig (cosecha de 1932) y Muchnik (de 1931), que después estudió Física y se doctoró, se fue a Roma de año sabático y escribió un libro sobre Einstein, aunque resultó que le interesaba más lo del libro que lo de Einstein. Por el camino vio una representación de Las brujas de Salem, de Arthur Miller, y le gustó tanto aquello que no descansó hasta que tradujo y editó el texto a medias con su padre. Vivió en París, volvió a Buenos Aires, se encontró con las dictaduras militares y se instaló en Barcelona en los 70. Fundó una editorial, luego otra, se arruinó 100 veces, se hizo amigo y fotógrafo de todo el pequeño mundo de la literatura en español, escribió sus memorias...

Y ahora, encuentra a alguien que le diga gracias, Mario. "Trabajar con Muchnik era como entrar en el mundo de los grandes editores europeos, sentías que ibas a publicar con un editor a la altura de Einaudi, Feltrineli o Galimard", recordaba ayer el escritor mallorquín José Carlos Llop. ¿Era duro? "Era todo entusiasmo". "Entusiasmo es la palabra clave en Muchnik y debería serlo en cualquier editor", añadía Juan Cruz, escritor, periodista y editor. "Otra palabra era fidelidad. Si Mario creía en un autor, no lo dejaba nunca en la estacada".

Llop y Cruz participaron ayer por la tarde en un coloquio con el crítico de arte Marcos Ricardo Barnatán dedicado a la figura de Muchnik. Juan Manuel Bonet, director del Instituto Cervantes, fue su anfitrión feliz. El Cervantes, además de la caja de música y la flauta, ha recibido de Muchnik un legado de fotografías para exponerlas en sus centros, empezando por el de París (en enero).

Las famosas fotos de Muchnik: instantáneas de Barral en la playa, de Cortázar enfermo pero aún feliz en el monte, de Onetti en la cama... Bonet y Barnatán explicaron ayer el valor de Muchnik como fotógrafo. "También son buenas las fotografías que ha hecho de Buenos Aires. Era un Buenos Aires arrabalero, nada que ver con la postal para turistas", explicaba Barnatán.

Luis Alemany

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