Acta septiembre 2004

OBRA: LA HORA ESTELAR DE LOS ASESINOS
AUTOR: Pavel Kohout

PONENTE: Jon Rosáenz

PRESENTACIÓN

Pavel Kohout nació en Praga en 1928. En este escritor checo se resume la historia reciente de Centroeuropa : vivió en la adolescencia la Segunda Guerra Mundial, en los años cincuenta defendió el estalinismo, luego el comunismo reformista – parece ser que por influencia de su tercera esposa, Jelena Masinova, abandonó el comunismo - , más tarde se alzó en disidente y por fin le expulsaron de su país.

Fue en 1979 cuando el escritor fue a visitar Viena y, a la vuelta, no le dejaron entrar a su país. Las autoridades comunistas quemaron sus libros, un acto que no descalificó del todo, ya que algunos de ellos le parecen nefastos al propio Kohout.

Al principio de su carrera, cuando era fervoroso estalinista, destacó como poeta. Cuando ahora alguien le entrega uno de sus primeros libros para que lo firme, él pone : << Pido perdón >>

Amigo y compañero político de Vaclav Havel y Milan Kundera, con los que firmó la Carta de 1977 contra el poder soviético en su país, el escritor antes al teatro que a la novela y llegó a estrenar unas 25 obras, alguna de ellas en España, gracias al actor José María Rodero. Pero el gobierno checo prohibió sus obras a raíz de su expulsión y, al no poder representarlas, comenzó a escribir novelas. En ellas ataca el servilismo con el poder, más acusado en dictaduras, y realza el valor de la lealtad.

Algunas de sus obras son: El asesino de la viuda, Charta 77, I´m snowing: the confessions of a Woman of Prage, Una Nueva York nueva mide el tiempo.

La obra La hora estelar de los asesinos propone una reflexión sobre el peligro del totalitarismo, y del nacionalismo << cuando cae en manos de políticos populista >>, según dijo el autor, que comenzó a escribir esta obra cuando explotó el conflicto de los Balcanes. Después de los que ha visto, Kohout ha llegado a la conclusión de que << es igual el idioma que hables, la libertad consiste en poder elegir a tus amigos >>, algo imposible de realizar en la guerra de Yugoslavia, a la que también le va el adjetivo de “fraticida”.

A Kohout se le ocurrió la historia de su novela cuando pensó en la situación yugoslava y vio que se parecía mucho a lo que él había vivido al final de la Guerra Mundial, en Praga, por entonces bajo la ocupación nazi y a punto de caer bajo dominio soviético. En esos momentos de incertidumbre sale a la luz una clase de hombres sin escrúpulos, << que se creen con permiso para matar por una bandera, por una nación >>. Es la hora estelar de los asesinos a la que alude el título del libro.

La novela trata de un psicópata que asesina viudas en la Praga de 1945. Una de las víctimas – la primera, concretamente (baronesa de Pomerania) – ha estado casada con un general nazi, por lo que la Gestapo toma cartas en el asunto. El inspector jefe Erwin Buback es el encargado de cumplir esa misión, a la vez que investiga de cerca las posibles actividades hostiles al Régimen nazi, por parte de la policía checa. El caso es asignado a un joven inspector, de nombre Jan Morava, de la policía checa, la única organización del país involucrada en actividades antialemanas.

El libro va siguiendo la investigación a la vez que nos hace recorrer los avatares sentimentales de ambos protagonistas, su relación, la crisis ideológica de uno de ellos y el derrumbe final de un régimen que había pisoteado Europa. Así, la novela nos narra la peripecia morava, en la persona del subinspector moravo, desencadenante de su toma de conciencia política, tras abandonar en el camino su fe de cristiano evangelista y su moral pequeño-burguesa.
Y es que hay algo en la figura de este subinspector encargado de investigar el caso del “asesino de viudas”, un protestante fascinado por la talla política del partisano Ludvik Svoboda –futuro presidente de la República Socialista y a quien identifica con Jan Hus-, que le confiere valor representativo, por no decir simbólico, de la inocencia y el candor del protestantismo moravo, identificado –al igual que su compañera, la también morava Jitka Modra- con la intrahistoria de Moravia, en la síntesis de filogénesis y ontogénesis.

De idéntica forma, y en un juego de líneas paralelas que en el horizonte definitivo de la Liberación parecen confundirse, el inspector Buback, checo-alemán de la GESTAPO con quien colabora Morava, encarna la ambigüedad bohemia del praguense –“heredero de dos o más culturas que habían conseguido convivir durante siglos”-, que se decanta finalmente a favor de su origen materno eslavo y Grete, su amante alemana, escapista y cómplice de colaboracionismo, ganada para la causa de la libertad por su amor hacia él.

En esa primavera de 1945 en el Protectorado Alemán de Bohemia y Moravia, Buback y Morava se convierten en los “protectores”, primero, de viudas de Bohemia y Moravia –de Praga a Brno, pasando por Plsen- y de los civiles -eslavos o alemanes- sospechosos de haber colaborado con el Reich, después –en los confusos días de la Liberación-, tras la pista de Rypl, moravo católico, verdadero psicópata y asesino descuartizador en serie.

La persecución policíaca de un asesino traumatizado por el abandono paterno a causa de una madre viuda y rechazado él mismo por otra –inspirándose en el martirio de Santa Reparata para su venganza en la propia carne de víctimas indirectas del Reich- y lanzado, después, disputándole al Reich el título de enemigo público número uno, a un exterminio en serie de sospechosos, bajo la nueva identidad de un patriota libertador –“ME LLAMAN A MÍ!”, a castigar “a toda una NACIÓN ENVILECIDA!”-, se transforma en un relato que ahonda en la ambigua moral de la población sometida, así como en los secretos de los dominadores –desde las debilidades del jefe de la Gestapo Meckerle, el comisario de Buback, al compromiso de Beran, superior de Morava, con la resistencia interior del Consejo Nacional Checo: “el prefecto, pequeño y redondo, recordaba a Pickwick; el comisario Beran, delgado y alto, a don Quijote”-, a la vez que descubrirá a héroes y heroínas, anónimos y espontáneos, en un paisaje ético desolador de simplones y soplones, ex-colaboracionistas ahora patriotas de última hora, chaqueteros y traidores, sirviéndose de Rypl como bisturí, pretexto o macguffin cinematográfico del desenlace.

La obra presenta una estructura simétrica, como es lógico, para una historia que trascurre en las dos Pragas –checa y alemana- del Protectorado, con salidas a Moravia y saltos atrás en el tiempo a Alemania, y cuya arquitectura se fragmenta a medida que los bombardeos van aislando las distintas zonas de la ciudad y se atomiza, adquiriendo una velocidad vertiginosa, en escaques de un ajedrez donde las piezas–de artillería- de ejércitos regulares –los aliados, nazis, soviéticos o desertores de Vlasov-, o peones milicianos patriotas de la República burguesa y partisanos–ambas facciones del Consejo Nacional Checo-, juegan su partida, a medida que Rypl se escaquea de sus perseguidores y la acción se multiplica en el caos de la semana del Levantamiento, transmutándose las personalidades –desde el “capitán” partisano Rypl bajo nueva identidad al checoparlante Buback, que se mueve con sendos salvoconductos: “¿De dónde es uno si es alemán y ha nacido en una Checoslovaquia que ya no existe? ¿Y si además es de Praga? ¿Si sus idiomas son dos, como las colas del león de Bohemia...?”-; añicos que Kohout conectará como vasos comunicantes, en una verdadera lección de anatomía, a través de espirales de motivos estructurantes –como el bombardeo de la Radio Praga- que sirven de “nudos de comunicación”, y nunca mejor dicho, o la socorrida y resabiada técnica del sumario que mediante una analepsis o salto atrás y en boca de otro personaje ofrece a posteriori el dato escondido de cierto pasaje, en una ciudad que, urbanísticamente, está atravesada en su centro por pasajes cubiertos. Se trata, ciertamente, de una estructura dual desintegrada, pues, para una narración que giraba en su primera parte en torno a las parejas Morava-Jitka, Buback-Grete–viuda negra émula de Sherezade que hechiza con su fantasía a Buback a ritmo de jazz- y Rypl-ELLA (y sus víctimas viudas) y que, una vez descubierta la identidad de Rypl y el conmovedor asesinato de Jitka, así como la bonhomía de ambos inspectores –cómplice Buback, por el amor de Grete, de la trama de la resistencia dentro de la Policía de la que Morava, sin saberlo, forma parte-, constituirá, durante el largo capítulo de Mayo, una segunda parte –2ª novela, tal vez- de acción, y de identidades fluctuantes, ambiguas, apócrifas o complementarias, en la que Rypl consigue burlar a la policía a fuerza de instinto o intuición y la trama se dilata por medio de coincidencias, desencuentros, casualidades, en un juego del gato y el ratón que representa la ruptura del aparente Orden del Protectorado y su precipitado derrumbe en el caos.

VALORACIÓN

Juan Bas, en un artículo publicado en el diario “El Correo Español. El Pueblo Vasco”, con fecha del 29 de mayo de 2004, bajo el título La hora estelar de los asesinos, afirma que “el escenario y el argumento de La hora estelar de los asesinos, magnífico título que se va cargando paulatinamente de sentidos cada vez más ricos y lúgubres a medida que avanza la novela, no pueden ser más atractivos. La Praga de 1945, en las postrimerías de la guerra y bajo ocupación alemana. El frente oriental está a punto de ceder por el empuje soviético y ni checos ni nazis saben en qué clase de infierno va a convertirse la ciudad. En este magnífico escenario dramático, un asesino sádico mata a mujeres viudas con un procedimiento horrible y sofisticado que repite con cada víctima. La policía checa, en colaboración con la Gestapo, intenta atrapar al asesino, pero al mismo tiempo los alemanes aprovechan el asunto para espiar a la policía checa, de la que temen que encabece la rebelión y la resistencia contra ellos cuando la guerra llegue a Praga”.

La hora estelar de los asesinos es el mejor ejemplo de que el más absoluto gancho comercial de una novela puede convivir en armonía con la alta calidad literaria. (...) La novela de Pavel Kohout es una buena bocanada de aire denso y bien viciado, cargado de viaje al horror, complejidad, riqueza de tramas y personajes, mirada inteligente sobre lo que se narra y sobre todo rigor; los mimbres con los que se puede hacer buena literatura. La novela está estructurada de un modo clásico y narrada en presente por una tercera persona omnisciente y neutra que nunca hace juicios de valor. Lo que piensan los ricos personajes lo sabemos metiéndonos en sus mentes. La única excepción a esta tercera persona son los breves, intensos y perturbadores fogonazos de la palabra interior del asesino”.

La hora estelar de los asesinos (...) posee un ritmo de pulso firme que se acelera leve pero uniformemente y sin tregua, hasta llegar al magnífico punto de giro que establece el estallido de la rebelión en Praga, cuando llega la auténtica hora estelar de los asesinos y el maniaco se erige en jefe de un grupito de estúpidos depravados y sanguinarios y descubre su nueva misión a cumplir en el territorio del horror. Pavel Kohout ilustra el horror que subyace en toda la novela con pinceladas muy bien administradas, sin cargar las tintas, jugando a la elusión y a la sugerencia más que al apunte truculento. Pero cuando cuenta lo cruel, en aislados momentos, es contundente como un ladrillazo”.

De todas formas, también hay quien opina que Kohout adopta, para este relato escrito entre el año 1992 y 1995 -y, por tanto, con una distancia histórica de medio siglo-, un punto de mira de narrador identificado –es decir, omnisciente en lo que afecta al personaje desde el que se focaliza, en cada secuencia, la acción-, lo que justifica, a la par que la introspección en las voces narradoras mediante el estilo libre indirecto –Morava, Buback- o el soliloquio narrado –Rypl-, los juicios de valor del autor implícito, cómplice de ambos inspectores, que contagian al lector de su simpatía y entusiasmo por los personajes –especialmente en el amor por Jitka o Grete-, al tiempo que adolecen de maniquea simplicidad y cierto tono paternalista, divulgativo -entre comprensivo y exculpatorio-, que quizá se explique por el compromiso, convicto y confeso, del propio autor por esas fechas con el PCCh y del que se distancia, tras un candoroso monólogo filocomunista de Morava, en la sentencia final del Después: ”No tenía la menor idea de que se estaba dando prisa por cometer el mayor error de su vida”.

La hora estelar de los asesinos es un sólido thriller, una vibrante novela policíaca, pero también es un fresco histórico y una obra cargada de análisis ideológicos, políticos e históricos. Los retratos de los que van a convertirse de vencedores en vencidos y viceversa, y los detalles ambientales y los apuntes sobre un mundo que se desmorona y que va a ser sustituido por otro desconocido, tienen la veracidad y sugerencia que sólo puede dar quien ha vivido ese ambiente, como le sucedió al escritor checo. Es también una novela sobre los totalitarismos y sus pies de barro; un alegato contra la insensatez de los nacionalismos; una reflexión sobre la banalidad del mal”. (...)

La hora estelar de los asesinos analiza la delgada línea que separa la civilización de la barbarie en tiempo de guerra, reivindica la necesidad de no perder de vista y fortalecer esa línea para preservarnos de la fácil conversión en bestias sin piedad. Esa hora estelar de los asesinos llega precisamente cuando las reglas de la civilización ceden ante la brutalidad y los asesinos descubren su patente de corso para torturar o matar impunemente a quien quieran amparándose en la venganza y en la patria. Y lo que menos importa es la inocencia o culpabilidad de las víctimas, sólo su origen nacional o étnico”.

En definitiva, se trata de un libro que pone a prueba, una vez más, los límites entre los géneros. ¿Novela negra? Hay crímenes, hay asesino, hay investigación ¿Novela histórica? El contexto histórico tiene un gran peso en el argumento. En todo caso, novela entretenida, que te lleva a familiarizarte con los protagonistas, con sus dudas, sus miedos, sus esperanzas,...

Fernando Marías, en un artículo publicado en el periódico “El Correo Español. El Pueblo Vasco”, con fecha del 6 de septiembre de 2004, titulado “Género negro contra Género policiaco”, escribe sobre la diferencia entre novela negra y policíaca. Dice que cada autor posee su propia teoría y aduce que existe un paralelismo con los géneros cinematográficos. En el género policiaco ‘siempre’ triunfa el Bien : el asesino, atracador o pistolero es capturado por la policía, la mente superior. En la novela negra puede ocurrir sin embargo que ganen los malvados, que no cuente la moral ni los buenos sentimientos, que prevalezca en fin la injusticia; que triunfe en definitiva el Mal.

“El género negro nació en los EEUU a finales de los felices veinte y llegó a constituir la gran revolución del siglo pasado. Pronto utilizó sus tramas para denunciar las corrupciones del poder y, sobre todo, ahondar en las miserias del ser humano, y también en sus ocasionales grandezas. La literatura policíaca existía desde bastante antes, y desde su principio sólo pretendió entretener con brillantez y a veces, genialidad, pero sin plantear jamás una sola cuestión comprometida”.

La hora estelar de los asesinos, entonces, mezcla los dos géneros: hay una trama policíaca y se plantea una indagación del alma humana, presentando la del asesino y la de sus perseguidores, en medio del campo de batalla, la ciudad de Praga. La novela habla sobre el tiempo final de una guerra, en un país con el orgullo herido por un ejército de ocupación donde los perseguidores se vuelven los perseguidos y viceversa, y donde el patriotismo actúa como patente de corso de la barbarie alentada por la estafa devastadora de cualquier nacionalismo, desencadenando una espiral de violencia: gente quemada, gentes torturadas. Cuando todo es posible bajo la excusa de una bandera, es la hora estelar de los asesinos.

INTERVENCIONES

Miguel San José:

“Es una novela truculenta, que no del género negro, escrita al estilo clásico, con muchas historias paralelas, pero con muy poca trepidancia, lo cual le confiere al texto un ritmo excesivamente lento, además de un carácter plano y unifilar; aunque no por ello carece de momentos y situaciones interesantes, así la dedicación a la investigación policial de unos asesinatos, en medio de una contienda militar, o la barbarie y la degeneración a la que llegan los colectivos de seres humanos, en circunstancias extremas de caos y anarquía”.

Roberto Sánchez:

“Es una novela de índole histórica, que relata el momento histórico en el que se desarrolla la acción, esto es, la circunstancia de la máxima descomposición de lo que fue la Alemania nazi, en lo que respecta al territorio checoslovaco, y más concretamente en la ciudad de Praga, allá a finales del invierno y la primavera del año 1945. Kohout describe a la perfección la realidad de los ciudadanos de Praga: la vida cotidiana; las diferentes relaciones entre los diversos estamentos del poder político y militar, así como las de las distintas etnias, culturas y religiones, durante la ocupación alemana; y, finalmente, la descomposición de toda la sociedad checa, tras la supuesta liberación de la capital por parte del ejército soviético, que derivó en una inmisericorde dictadura comunista, la cual enterró de golpe y porrazo la cultura alemana que poseían los checos”.

Emilio Hidalgo:

“Es fundamentalmente una novela policíaca, de sorprendente acción e intriga, que solamente pierde intensidad cuando el autor se embosca en historias periféricas, ordenadas a dar luz a la ambientación histórica que pretende, pero que diluyen o enturbian el hilo de la trama principal. Quizá peca de una sensiblería inocente, por cuanto, a pesar de que el autor describe situaciones auténticamente violentas y dramáticas, gráficamente muy duras, en la obra no se respira miedo, ni se palpa la desesperación, la rabia y el pánico de las personas que las padecen”.

Joseba Molinero:

“Es una novela de personajes, unidos o relacionados en una trama de asesinatos,en una situación de conflicto armado, por tanto una situación límite, justamente al final de una guerra, que es cuando acontecen los hechos más trágicos y espeluznantes, porque precisamente en esas circunstancias de caos absoluto es cuando los seres humanos se convierten en fieras irracionales, capaces de las mayores atrocidades. Kohout demuestra tener una gran maestría en la caracterización de los personajes. Verdaderamente, los trata con un inmenso cariño, y el resultado son unas descripciones físicas y psicológicas de extraordinaria precisión, que nos hacen sentir el olor de la sangre putrefacta o el sudor reseco, ver las formas de los cuerpos, sentir la humedad de los labios, etc... por un lado, y sufrir las alucinaciones de un asesino, vivir las fantasías de un enamorado, lamentar la muerte de un perfecto desconocido, odiar a un político depravado, admirar la integridad y la profesionalidad de un policía, etc... por otro”.

Nicolás Zimarro:

“La novela es principalmente una alegoría, una metáfora de la irracionalidad de los seres humanos, tanto a nivel individual, como a nivel colectivo. Así, el asesino Ripl es el paradigma de la animalidad latente en cada uno de nosotros, del larvado instinto de predador de todo individuo, de la potencialidad de matar inherente a nuestra condición de animales, actualizada en un salvaje asesino. Del mismo modo, la barbarie de la guerra no es sino la expresión más genuina de la estupidez de los gobernantes, empeñados en dominar el mundo, de la mendacidad de los espíritus de los hombres y mujeres hechos masa social y de la brutalidad común, emanada del inconsciente colectivo de los pueblos. No es de extrañar, pues, que “el descuartizamiento de la ciudad de Praga –“Y es la última ciudad del centro de Europa donde la belleza sigue existiendo”- en barrios ocupados por fuerzas rivales no deja de ser, en el macro-espacio del plano urbano, el correlato del descuartizamiento de las viudas de guerra en el micro-espacio de la trama por un psicópata, en un ejercicio de “lo grotesco” que trasmuta la festiva matanza popular del cerdo en Moravia, expresión carnavalesca del despiece del cuerpo en la “Utopía de la abundancia como renacer del cuerpo popular de la especie” según Bajtin en La cultura popular en la edad media y en el renacimiento, en lo grotesco contemporáneo deshumanizador, sádico y siniestro –“Parece que a esa Reparata los romanos la destriparon viva y le cortaron la cabeza y los pechos. Sólo se les escapó el corazón en forma de paloma blanca”-, tal como lo formula Kayser en Lo grotesco, a partir de un vil carnicero –maestro de ceremonias y bufón de humor negro hecho un matarife- en quien confluye la traumática relación con su madre con la frustración, etnicista y xenófoba, de un inútil para el Servicio Militar –un “robot armado” y contrafigura de Svejk- alistado como soldado voluntario de la recién nacida República de Checoslovaquia por no haber llegado a estrenarse como soldado contra los húngaros de Eslovaquia -tras la explosión de una granada-, y puede realizar su sueño al fin como capitán de milicianos cuando suena la “hora estelar de los checos y moravos".
Lo que deja abierta la puerta, si no fuera por su oportuna eliminación a manos de Grete,
sospecha de que psicópatas como él -sembrando tras de sí una estela de sangre, un reguero estelar, en la hora de la sensación verdadera, de la extinción de una enana roja, de su estrella como luz que agoniza- pudieran haber sido “los nuevos libertadores” de la Patria, los dirigentes y comisarios políticos del Nuevo Régimen con quienes colaborara el propio Kohout y acaso cómplices de su depuración tras la Primavera de Praga del 68”. Y menos mal que en la novela “al absoluto de la Muerte opone otros absolutos rehumanizadores, como la compasión por quienes sufren o la pasión, Eros y Thánatos”.

 

Carlos Fernández:

“Es una novela fallida, una obra que, parte de una buena idea original y de una excelente materia prima bien elegida (La persecución implacable de un asesino en serie, en el contexto del caos más absoluto, por parte de dos policías, que luchan contra todos los elementos – peleas fratricidas, odios tribales, pasión amorosa, violencia generalizada, injusticia y represión-, para preservar los principios de la ley y el orden); pero que no ha sido correctamente rematada. Es demasiado larga, y no consigue mantener la tensión del discurso, sobre todo porque mezcla y entrecruza demasiadas historias. Además, el autor utiliza una serie de recursos narrativos un tanto pueriles o, cuando menos, inocentes y simplones. Por ejemplo: la incógnita sobre la identidad del asesino, que se resuelve por medio de el vulgar chivatazo de un párroco que rompe el secreto de confesión; el innecesario martirio de Jitka, que sólo busca la complicidad del lector, en un intento de condicionar su opinión respecto de la inhumanidad de cualquier asesinato; la increíble situación de la toma de las dependencias de la radio de Praga, en la que los milicianos checos son sorprendidos por los soldados alemanes y, para que éstos no les detengan, guardan sus fusiles debajo de los abrigos, de tal forma que les pasan inadvertidos a los nazis, etc...En fin, Kohout ha pretendido escribir una gran novela, pero lo más que ha conseguido es presentar un puzzle de historias, algunas de las cuales, por cierto, no aportan nada a la obra”.