El Avenida

El dueño del Avenida refiere que siempre fue barman, camarero, maître o pinche de cocina y todos le creemos a pies juntillas, sino es difícil imaginar un hombre de a pie con esa memoria para las costumbres gastronómicas de la cátedra o con ese eterno terno de luto en las terminaciones queratinosas de ambas manos.

Si tuviera que elegir a un presidente de honor, un decano o un Magister de el Avenida sin duda me decantaría por Corchete. Pasa de los cincuenta, pelo cortado a navaja, impecablemente vestido y abrillantado, asegura que estuvo en coma mucho tiempo y que volvió a la vida sin sentirlo. Es posible que sea cierto ya que no se le conoce ocupación remunerada y además vocea a todas horas. Sin embargo, no se puede afirmar que tienda a la irritación más bien no conoce la dicción en ningún otro tono. A Corchete siempre le acompaña su señora esposa, pequeña, rural y con unos ojos de pescado de una tristeza compasiva. Fuman juntos en medio de la puerta acristalada y rotulada del Avenida, es conmovedor verles ahumar a la parroquia entrante mientras Corchete pregona lo que ha desayunado, la última lesión de Aduriz o los precios exagerados del tocino en veta.

El dueño de el Avenida es muy formal con los horarios de la limpieza del local, no los modifica por ningún motivo ni humano ni sobrenatural, está orgulloso de ello y proclama ufano que el criterio es el mismo que el que aplica en su pequeño apartamento, tanto en la duración como en frecuencia. Magnifico, replicamos a coro la parroquia. Todos menos el frutero, éste es el mejor amigo del dueño, rechoncho, lopezvazquiano y con una sonrisa contagiosa. No comulga con las costumbres higiénicas de su colega, las considera alejadas de las que dispensa a sus hortalizas.

El frutero cena los viernes con su amigo Silver y con sus respectivas esposas en el Avenida. La del frutero permanece anclada tenazmente en la figura de la amiga telonera de Tommy. Rosi, la mujer de Silver, es una señora risueña, rolliza y con las raíces bicolores. A Silver le gusta el escalope con patatas a los demás no. El dueño prepara y sirve solícito cada viernes una fuente de escalope con patatas y ensalada mixta para los cuatro. Comen con apetito, principalmente Siver y rubrican con descafeinados en vaso y cruasanes compartidos.

El carpintero presenta un perfil converso en una cabeza rala y columpiada por una sonrisa pertinaz que delata la astucia de sus más que probables antepasados. Gusta de cerrar sus inciertos negocios en negro –chapuzas, los denomina el interfecto- en la zona de comidas de el Avenida. La componen dos mesas unidas flanqueadas por seis sillas de formica a la derecha de la barra. Todo ello en un local más cuadrado que oblongo con dos puertas de cristal macerado, una a cada lado del cuadrilátero que asoman por un lado a la calle principal del barrio y por el otro a un patio interior de esos de urbanización pretenciosa. Festonean el establecimiento máquinas de colores y sonidos con diferentes aplicaciones, neveras repletas de cervezas nacionales e internacionales y lo presiden dos grandes pantallas, una eternamente apagada –el dueño se lamenta con obstinación de su mala suerte con la tecnología de imagen- y la otra con un perpetuo fondo verde fotosintético. Aligera la abigarrada disposición una puerta cercana a la zona de comidas donde se disponen los servicios de alivio personal. No les falta de nada, lavabo, dispensador de jabón líquido, ora verde, ora azul, ora traslucido y un retrato enclaustrado, impregna el ambiente un olor sorprendentemente dulzón, acerado, picante que anima a las actividades que allí menudean. No faltan en este templo una decoración repleta de reproducciones, fotografías y litografías de los héroes, mitos y dioses del partenón de la modernidad, con sus galas rojiblancas almidonadas para la perpetuación. Debajo de la de un ariete grabado a fuego en las almas de la catedra, el carpintero talló su carraca, una carraca inmensa con la que jalea a los compañeros mortales del Dios que se encumbró a su pedestal a base de testarazos precisos e inmortales. Acabó la carraca una mañana de luz lechosa mientras convenía con unos incautos la cuarta cita infructuosa para revestir un armario de madera de nogal algo apolillada.

El dueño afirma que el andaluz rubicundo solo se emborracha los domingos por la tarde después del cine y solo cuando le acompaña el Pequeño. Puede ser cierto, nadie se atreve a poner en duda el criterio del dueño curtido en mil barras, conocedor hasta el reflejo intuitivo de la naturaleza humana de los seres que infestan los locales del sector hostelero de toda condición, sin embargo debo confesar que algún martes lluvioso, uno de cada tres miércoles impares y sábados sin programación teatral le he visto trastabillar en el codo de la barra cercano a la puerta de acceso a las cocinas de el Avenida. Y Patxo asegura haberle oído cantar coplillas de la serranía de Ubrique acompañado al compás por los dedos del Pequeño en un saliente hueco del alero de la barra y jura que acabo la tonada antes de vomitar sobre la caja de botellas vacías que salvaguarda la entrada a las cocinas y recuerda que fue un viernes de Marzo e insiste en este hecho porque esa misma tarde estrenaba boina y para celebrarlo decidió cambiar la marca del chato de vino vespertino.

Después de salir del gimnasio de levantar todo tipo de pesas, mazas y mancuernas, Papito el joven venezolano de sonrisa franca y ojos oidores acostumbra a pasarse por el Avenida a refrescarse con un brebaje moderno de colores brillantes. Platica mucho con el guardia municipal permanentemente depresivo y ocioso que le explica con profusión como ejercer las más peregrinas actividades todas y cada una harto provechosas. Papito, bueno por naturaleza, le escucha sin creer, sin entender por qué en el paraíso occidental hay gente insatisfecha que se permite el lujo de la pereza, claro que acaso Papito no conozca el fruto de huevo del nepotismo.

La princesa de el Avenida se llama Amagoia y es transparente y torcida. Viste de anuncio de persil en un cuerpo roto por la profundidad de una vida absurdamente sin descanso. Sonríe eternamente, en eterna contradicción con su mirada, confiada a unos sueños de metacrilato rallado. Pregona la docilidad del presente con una voz de tanguera abandonada. Fuma sola, apenas rodeada por sus súbditos, apenas protegida de la lluvia constante por el toldo desabrido de su reino. No se le conoce trabajo u ocupación pero estoy seguro que cultiva violetas que acaso mercadee en calles y plazas.

Algunas tardes de domingos de futbol intrascendente aparece por el Avenida la bella del Marca. En cuanto oigo su taconear de botas altas levanto la cabeza, repesco mi botella de cerveza gallega, la vacío, pido otra y me dispongo a espiar sus movimientos, suaves, invisibles, calculados. La reciben una cohorte de pajes y amas de llaves que atienden a sus deseos con servilismo. Dicen que escribe crónicas aceradas en el periódico deportivo sobre las estrategias más imperceptibles de los entrenadores del glorioso futbol español. Siempre me pareció una dedicación muy poco femenina para un ser que lo es tanto. Miran sus ojos y sus pechos y lo hacen recto y profundo, como una estocada en lo alto. No es fácil seguir bebiendo cuando la bella aterriza. Es más sencillo cuando te ignora. Diría que está entrenada para ello.

Si acudes los sábados por la noche a el Avenida es fácil que coincidas con tres matrimonios gordos que cenan pechugas de pollo y ensalada. Ellas son tres hermanas, todas maestras sin vocación y sin devoción. Ellos les bailan el agua en la barra para no desairarlas, las quieren, las necesitan porque ellas conocen los códigos de la vida actual y tomas decisiones acertadas. Ellas se sientan y solo abandonan está posición para abandonar el local o para desaguar, opción esta última harto infrecuente. Ellas dirigen la conversación por los vericuetos que conviene y critican con discreción y cordura. Son ejemplares estos matrimonios y más ejemplares aún son las pechugas que degluten con hambre y sin dieta.

El dueño de el Avenida asegura echar de menos a la pareja de los cafés en vaso. Cafés vespertinos, parlados y paladeados. Él un bigardo altísimo, ella rubia y amable. Tomaban café en una mesa esquinera lejos de los gritos de Corchete y de la salmodia ofensiva de Tiraflechas. Y hablaban sin fin, de sus cosas sin fin, en una tarde sin fin. Dicen que tuvieron gemelos y que cambiaron de mesa y de local.

El hermano de Patxo –se enemistó con él por una historia antigua y olvidada- y sus dos compañeros aun chiquitean por el barrio, acostumbran a tomar el último en el Avenida, beben un vino deslavado en diferentes modalidades. Son el vestigio de una antigua casta vencida por la cirrosis. Los últimos de filipinas del extrarradio. Aseguran que en el solar que ocupa el Avenida hubo una cafetería de tronío, que servían brioches y pastas danesas con un café italiano cremoso y espumante. El dueño de el Avenida les escucha escéptico y socarrón y sostiene que frecuenta su local lo mejor del barrio o al menos lo más selecto. Yo escucho a los cuatro y pienso que todos tienen razón y que la vida acaso se reduzca a eso, a beber unas cervezas en el Avenida. Y observo al hermano de Patxo mientras se coloca sus muletas y, precedido por sus acompañantes, se encamina despacio hacia la puerta. Antes de salir a la calle vuelve una mirada triste y confusa.

Joseba Molinero