El genio del poeta

Exactamente a las tres de la tarde comenzó la subasta. El rematador, emocionado, hizo traer la lámpara de bronce del gran poeta de la nación. La ubicó a su lado y dijo:

–Nuestro gran poeta era un hombre que tenía un genio único. Sin embargo, como ustedes saben, murió pobre, murió de hambre. Aunque había perdido una mano de niño, usó de su genio para darnos las obras más maravillosas, pero no lucró con ellas. Por el contrario, donó todos sus ingresos a los pobres y a los hambrientos, y murió de hambre. Esta lámpara de aceite le fue embargada por sus acreedores, de modo que a causa de ello dejó de escribir por las noches: su única mano se atrofió al perder esta lámpara. Quizás este incidente tuviera algo que ver con el trágico final del poeta de la patria. Esta es la lámpara con que el genio del poeta se iluminó, ¿cuánto creen ustedes que vale la lámpara?

–¡Quinientas mil rupias! –gritó una cortesana refinada.

El rematador, emocionado, dejó caer su martillo sobre el pupitre. Con el golpe del martillo se quebró la punta de la lámpara de aceite. Estupefacto, el rematador dijo:

–¡Esto es insólito! ¡Es una lámpara de bronce! Bien, de todos modos es la lámpara de un poeta único, de un genio inigualable. Como es de rigor, dado que la pieza se estropeó, debo consultar a la señora sobre su oferta. ¿Desea usted mantener la oferta?

–¡No, la reduzco a veinte mil rupias!

Contrariado, pero entendiendo que le asistía razón a la dama, el rematador agachó la cabeza, y en su decepción dejó caer el martillo. Con el golpe también cayó el asa de la lámpara del poeta. Asombrado, el rematador prosiguió:

–¡Esto es incomprensible! ¡Se trata de una lámpara de bronce, de excelente calidad! Es mi deber preguntarle, señora, si desea mantener su oferta.

La dama dijo:

–¡No, de ninguna manera! Solo por cortesía ofrezco cinco rupias por ella.

El rematador, apesadumbrado, y sabiendo que más no podría obtener por la pieza, hizo caer su martillo y dio por concluida la subasta de la lámpara del poeta. Pero, con el golpe, la lámpara se partió en dos. Asombrado, el rematador vio que entre los restos asomaba un papel. Lo tomó y lo leyó en voz alta:

"Soy el genio del poeta. Pude haber elegido otro lugar donde esconderme. Pero elegí la lámpara. Soy un genio muy caprichoso. El poeta solo me pidió belleza. No me pidió riqueza ni la mano que le faltaba. Por eso, hoy, en este día aciago, decidí vengarme de la humanidad destruyendo la lámpara del poeta. Los que lo condenaron a morir de hambre no obtendrán más que cinco rupias por la lámpara.

Firmado: el genio del poeta".

Se hizo un gran silencio en la sala de subastas. El rematador, conmovido, observó los rostros de la asistencia. Observó también el papel que tenía en sus manos, y en un instante de inspiración, alzó la voz y dijo:

–¿Y cuánto creen ustedes que vale el último escrito del genio de nuestro insigne poeta?