El ratón

Dijo una abadesa a una novicia:

–No pienses como mujer. No vivas como mujer. No sueñes la quimera de la felicidad. No creas en el conocimiento de la verdad. No leas más que los libros de oración. No dejes de rezar. No te veas desnuda en el espejo. No hables con las otras novicias de tu pasado. No recuerdes tu vida anterior. No te ocupes más que de aquello que se te ordena. No rías abiertamente. No dejes de llorar por tu impiedad.

La novicia, abrumada, observó que la abadesa tenía en sus manos un bombón de chocolate. La superiora advirtió la mirada de la pequeña y le dijo:

–No codicies lo que todavía no te corresponde. No desees lo que halague tus sentidos juveniles. No juzgues a tus superioras por las apariencias.

La novicia preguntó ingenuamente:

–¿No puedo comer bombones?

La abadesa arrojó el bombón al jardín y le dijo:

–No esperes complacencia. No seas autoindulgente. No te lamentes por haberte desposado con Dios y no con los hombres del mundo.

Cuando quedó sola, la novicia fue hacia donde la abadesa había arrojado el bombón. Estaba tirado junto a una flor silvestre. La niña miró el bombón y recogiéndolo pensó, con ingenio y con verdad: "No debo hacer nada que contravenga las reglas de la clausura, pero debo alimentar a las pequeñas vidas de Dios. La abadesa no puede prohibirme alimentar al ratón de mi celda con este bombón, es un acto de caridad".

Y mientras se guardaba en la celda para dar cumplimiento a su decisión, las otras novicias tenían a sus respectivos ratones muertos de hambre hasta la hora de la refacción. Pero la abadesa no.