Investigador de espectros

Cuando pasé a las órdenes del Prefecto, la sensación primordial fue la de ingresar en un mundo inquietante. Debido al ambiente en el que me sumergí en poco tiempo y por el efecto que tuvo pues empecé a interrogarme sobre mi propia existencia y sus últimos principios. Pero ahora la batalla de todo lo que me rodeaba se internaba en mi psique y me afectaba directamente. Se podría pensar que uno es capaz de separar su propio ser de lo que a uno le rodea. También lo creía yo así hasta hace muy poco. Mas en el comienzo de esta nueva etapa me desengañé. En ese preciso período caí en la cuenta que mi existencia y lo que transcurría en ella – en este caso se sustanciaba en el terreno laboral – eran la misma cosa y hacían que trasladara el curso de mis investigaciones a grandes interrogantes sobre lo que yo mismo pensaba y sentía.

Me habían dado un despacho en la octogésima planta del edificio de la Prefectura. La organización estatal respondía al acrónimo de SIP – Servicio de Inteligencia Preventivo –, un gajo pequeñísimo de los servicios de inteligencia de la República. Desde mi nuevo despacho se podía contemplar toda el área del meandro verde del Maldava con sus edificios emblemáticos – como de otro lugar –: las universidades y su archimodernista biblioteca, los montes que encajonaban la ciudad al frente y los barrios más concurridos a sus costados con el cauce fluvial como testigo mudo y en constante movimiento que aglutinaba las diversas zonas de la urbe.

El primer día, en mi recién estrenado despacho, me preguntaba acerca de mi trabajo. Leía unos mamotretos que habían dejado como recibimiento sobre mi mesa y jugaba a evitar el sol naciente que me daba directamente en el rostro. Me levanté a bajar la protección textil del gran ventanal, cuando apareció el Prefecto y, parando en el quicio mismo de la puerta, dijo amable y lentamente:

- Buenos días, estimado colaborador – mientras se apreciaba que una pompa de jabón llenaría perfectamente su entreabierta boca.

- Buenos días.

- ¿Qué tal su nuevo despacho? – preguntó mientras se acercaba al frente de mi mesa.

- Lo encuentro divino. Creo que ningún mortal puede desdeñar una atalaya tan sugerente – le contesté alabando su gusto por tal dádiva a un simple investigador.

- Este será su cuartel de una sorda batalla que empieza hoy y no le dará descanso – dijo de forma majestuosa y no menos misteriosa.

Ese fue el recibimiento del dueño de mis horas. La oferta de cambiar de dirección me pareció atrayente tras muchos años de trabajo en la investigación policial, pero ahora no las tenía todas conmigo. Vulgarmente se suele expresar con la sentencia “aquí hay gato encerrado” y, añadí para mi coleto, que el gato era yo. Eso sí, con un majestuoso despacho pero, como cualquier tonto sabe, nadie da nada por nada.

Sentados en mi flamante mesa tuvimos una conversación pormenorizada de lo que me esperaba en aquel nuevo cometido. Más o menos pude hacerme una idea de en qué consistiría mi labor en aquel despacho; por otra parte, pensé que poco tiempo estaría allí salvo para confeccionar informes y consultar las gigantescas bases de datos acerca de las ciudadanos de la República.

El primer informe que pusieron en mi mesa era la prueba de fuego del empleo: se trataba de investigar a un escritorzuelo en el barrio antiguo de la ciudad. Tenía ante mí sus rutinas diarias, sus aficiones y los lugares que frecuentaba. No entendía muy bien para qué se le vigilaba pues no había cometido ningún acto ilícito, salvo quizá el de escribir. Me puse en marcha tomando el silencioso tranvía que tenía una parada cercana a mi despacho.

Desde la ventana del tranvía observaba la ciudad y sus viandantes; como otras veces en el pasado, me sentía extraño pero esta vez sabía cómo explicarlo: todas las gentes que me rodeaban, las que pasaban por las calles, las que subían al transporte, todas ellas me parecían espectros y yo, en algo, consideraba que era diferente. ¿Se trataba de amor propio o había algo más? Por el momento, no sabría decir el por qué. Intuía que mi trabajo me ayudaría a explicarlo. El Prefecto me había explicado mi cometido pero en última instancia nada había dicho del objetivo de mis seguimientos...

Llegué al portal del investigado de nombre Elías. Bebí una cerveza en una tasca que había en frente mientras esperaba a mi hombre. Una hora más tarde, aparecía y lo reconocí gracias a su vestimenta y a un sombrero de ala que le daban un aire de otro tiempo. Sin duda era él Estuvo como una media hora en su domicilio y volvió a salir con rumbo a la ribera. Por callejas de pavés seguí sus pasos lo más discretamente que pude; mi larga experiencia me hacía intuir movimientos o posturas necesarias para no resultar sospechoso. Estaba acostumbrado al clásico luz y cadáveres pero no veía en que podía resultar valioso seguir a aquel escritor anónimo sin ninguna obra ni hecho reseñable.

Se internó en un café en la arcada que miraba al cauce fluvial. Un farol enfermizo iluminaba la entrada del local que no parecía concurrido. Me deje llevar por la confianza y me aposté en la barra para pedir una cerveza más, trabajar por las calles me daba sed. Mi hombre se reunió con otras aves extrañas, probablemente del mismo catálogo, adornadas con perillas, barbas y lentes de aumento; es decir, una colección de auténticos ejemplares sacados del mismo y anticuado molde. Traté de memorizar sus rasgos para identificarlos posteriormente. Se les veía felices hablando con cuartillas en la mano y libros esparcidos a lo largo de la mesa de mármol. Una cosa estaba clara, tampoco parecían espectros, tenían vida a raudales y había una perfecta comunión entre ellos, bueno, o al menos así lo intuía ante lo que se mostraba.

Volví a mi despacho a recoger los pormenores del seguimiento, lo que vulgarmente se llama informe en el argot policial y que para mí era un ejercicio narrativo que me divertía cada vez más. Disfrutaba usando palabras en declive y construyendo las oraciones en formas poco naturales, quizá un poco barrocas. Cuando ya había hecho inventario de todo lo visto y lo oído, se abrió la puerta de mi despacho, y nuevamente en una táctica repetitiva, el Prefecto se había quedado bajo el quicio de la puerta con su sonrisa enigmática. Parecía que mi superior cultivaba el enigma de su persona y todavía no sabía a cuento de qué. Tampoco era él un espectro, eso estaba meridianamente claro.

La conversación fue cordial y, por medio de rodeos, pude más o menos adivinar por qué se investigaba a determinadas personas en aquella época y en una ciudad periférica de la República. Lo cual me dejó pensativo durante un buen tiempo, una vez que el Prefecto bajó a su despacho.

Aterrice en la calle por el ultrarrápido ascensor que me dejo el estómago un poco trastocado. No había hecho más que empezar el nuevo trabajo y todo era enigma. Ya sabía que las categorías alma y espectro eran lo principal y delimitaban la frontera entre un colectivo marginal y un inmenso océano monocorde y gris. Las sombras se agrandaban y movían con el paso de los ultrasilenciosos vehículos eléctricos. Una leve llovizna caía sobre todos como marca de la ciudad que habitábamos. Entré en mi apartamento en un suburbio alejado del centro, cansado y con la mente poco clara. Besé a mi mujer y a mis dos hijas, que estaban conectadas al televisor absortas y en estado de hipnosis. Ya habían cenado con lo que me preparé un bocadillo de jamón liofilizado con un vaso de mosto replicando a vino envejecido. Fui a mi pequeño escritorio y acodado traté de objetivar todo el torrente que venía a mi cabeza.

Con el aire acondicionado encendido y zumbando, comencé a pensar en nuestra existencia, en la mía propia. El pobre diablo al que vigilaba, en apariencia no era un peligro para nadie pero era diferente: tenía conciencia de sí mismo y del mundo. El resto de mortales eran espectros ocupados en grandes pantallas audiovisuales en los hogares, los centros de trabajo y los grandes centros comerciales. Estaban mediatizados, controlados y eran presa fácil del miedo aunque no tuvieran nada que temer. La presencia policial o de otros servicios de la República era omnipresente.

Me dormí. Soñé que estaba sumido en una oscura noche con viento sur. Viajaba sin rumbo por pueblos y acababa en un establo de puertas grandes; dentro había un caballo que aparecía frecuentemente en mis sueños. No recordaba por qué detalles asumía que era salvaje y al volver a la vigilia tenía una sensación de perplejidad, un aire de extrañeza que tardaba tiempo en desaparecer. Volví a dormirme hasta la madrugada en que me levanté, fui a la salita y encendí la gran pantalla del mundo que mostraba todas las desgracias del mundo. El Prefecto se coló en los primeros pensamientos que nacieron en mi cabeza ese día y presentí que no haríamos buenas migas. Seguía extrañado y ajeno al mundo que me cobijaba. Una pregunta apareció prístina entre otras: ¿cuántas almas habría en nuestra ciudad?

Tomé el tranvía al rascacielos donde esperaba mi despacho entre grandilocuente e inane. Como una escena repetitiva, después de un pequeño lapso de estar sentado repasando mi informe, él aparecía bajo el quicio de nuevo. Era toda una declaración de intenciones, o quizá una tarjeta de presentación de la que se abusa. Esta vez venía el tercio de banderillas, aparte de investigar al literato, debía entrevistarme con él, hacerle ver que estábamos alerta acerca de sus idas y venidas, sus querencias y de sus escritos – a la luz del historial que manejábamos. Escribía francamente bien y casi tan barroco como yo pero con una más fluida naturalidad. Me contrariaba esta directriz para entrar en contacto con mi hombre porque me retrotraía a mi época policial. De forma innecesaria en mi opinión. Yo pretexté que podía abrir nuevos informes de otros objetivos pero nada.

Bajé a tomar una cerveza auténtica que servían en una callejuela al lado del Museo. Allí había una mesita escondida para estar apartado del mundo. La cerveza me supo a gloria y las reflexiones valieron la pena…

La República, como todo poder omnímodo, estaba ávida de proteger sus puntos vulnerables que no eran otros que las personas que tuvieran afán de pensar y analizar los sucesos propiciados por el sistema. Una sociedad tecnologizada y globalizada era fácil de monitorizar, lo más complejo era saber acerca de personas que se sustraían a las redes del Estado, a sus aparatos de información. Me encontraba en la punta de lanza de ese sistema que quería saberlo todo de todos. A mi modo de ver jugaban a hacernos grises y engañados. Nadie quería seres pensantes y, sobre todo, críticos. Para ello, la evolución natural de las sociedades había convertido a casi todos en espectros y sólo una pequeña parte era consciente de su alma, de su parte eterna.

Cuando me tranquilicé a conciencia, fui a pasear por la orilla del río. Mi intención era entrar en contacto con otros objetivos y dejar para el día siguiente mi entrevista con el literato.

Llegue pronto a casa y renuncié de nuevo a sentarme ante el televisor con mi familia. Cené frugalmente y me puse a leer en la cama un ladrillo filosófico que había cogido prestado de la Biblioteca. Caí en brazos de Morfeo lenta pero irremisiblemente. Soñé con mi difunto abuelo y de nuevo mi vida se vivificó de forma misteriosa. Al despertar muy temprano, me aseé, vestí y salí a la calle a caminar cuando la ciudad todavía estaba dormida.

En tiempos inquietantes seguíamos siendo mortales, nos arremolinábamos alrededor del caos y necesitábamos ser salvados; pero en nuestro espacio interior, hecho de Tiempo, había un pequeñísimo grano de mostaza, al cual algunos llamábamos esperanza, fe o más llanamente alma. Eso era todo y nada menos que todo. Reconfortado tomé el ascensor ultrarrápido con mi estómago en ristre – sólo había tomado un café cortado y una tostada – y me dispuse a esperar la aparición matinal en el quicio de la puerta. Acudiría en seguida a ver cómo iban mis entrevistas

El maestresala