La fotografía

El niño miraba la fotografía. Era preciosa con sus tres figuras perfectas, su padre, imperial, perfilando la escopeta, apuntando al clavo mágico, al flash deseado; a un lado su hermano, feliz y relajado, al otro él, concentrado, serio, sintiéndose responsable del éxito de la aventura, el único posible. Con la mano derecha en el cuello, en un gesto instintivo reconcentrado, dibujando la tensión del momento.

Al niño le gustaba el verano, le gustaba como fluía lento y perezoso. Despertaba despacio con pocas ganas de decidir nada. No había nada que hacer, nada que pensar, nada de qué preocuparse. Era agradable aburrirse y vagar por las habitaciones en busca de lo olvidado. El tiempo era suyo, nada ni nadie lo acaparaba, solo él y su mundo intransferible. Así debía ser y todo existía para que así fuera, su familia, las clases en invierno, la calle y su habitación como un templo todopoderoso. Era feliz pero no lo sabía, no era capaz de expresarlo ni siquiera de parecerlo. Aquella fotografía sí.

Por la mañana había estado leyendo tebeos viejos, un Asterix y dos LuckyLuckes, tirado en la moqueta, debajo de la ventana del patio, la de la luz amarilla. Había pensado en montar una carrera ciclista por la tarde -descartó proponer a su hermano jugar al rescate espacial, era más pequeño y le costaba mantener la concentración ya le había pasado en otras ocasiones y no quería volver a acabar la tarde con bronca de su madre por haber pegado a su hermano- y se fue a comer pensando en las etapas que podría ganar Fuente y en cuantos ciclistas del Kas debería poner en el equipo. En la mesa una fuente de ensalada y la cazuela de conejo con arroz, al ver la comida no pudo evitar imaginar las campas de Villasuso a donde acudían muchos domingos de verano. Se sumió en sus evocaciones de tal manera que su padre le llamó la atención un par de veces por comer sin ganas. El niño se sonrojó y trató de volver a la conversación y lo hizo en el momento oportuno cuando su padre les anunció que esa tarde la pasarían en las barracas de las fiestas del barrio. En ese momento Fuente y todo el Kas desapareció de las carreteras y las capas de Villasuso se borraron del mapa, nada mejor que una tarde en las barracas. Vio a su hermano dar saltos de alegría y gritar una canción de esas del verano que había sonado esa mañana en la radio. El niño sonrió un poco y se alegró íntimamente de su fortuna.

El niño observaba las tiendas desde le cristal del ochocientos cincuenta del padre, le gustaban los escaparates, los colores, las luces, los objetos y pensaba en la noria, el tren de la bruja –aunque es probable que no montaran, a su hermano le daba miedo el barraquero con aquella nariz purulenta, el sombrero de pajas y la escoba amenazante- y el látigo. Recordaba la última vez con su tío que le dejó montar tres veces en el látigo–su tío siempre dejaba de todo- y recordaba la velocidad que alcanzaba el habitáculo con la inercia.

Supo que estaban llegando cuando un olor a manzana con caramelo le hizo sonreír. Allí estaban, como siempre, vio los aragoneses esos del cariñena y los barquillos –recordó que la última vez su padre le había dejado comerse un barquillo mojado en aquel brebaje oscuro y dulce- y a los autos de choque y los caballitos y los martillos de fuerza con su campana arriba y la noria enorme y lenta y la casa de los espejos y varios puestos de altramuces y algodón dulce. Reparó en algo nuevo, una montaña rusa como la que había visto en películas en la tele. Decidió no probarla aunque su padre insistiera.

El niño agradecía a su padre cada una de las atracciones que les ofrecía y se lamentaba por dentro de su mala fortuna al tener un hermano más pequeño que condicionaba el disfrute y supeditaba el plan a sus miedos y caprichos. Mantuvo su palabra cuando pasaron cerca de la nueva y flamante montaña rusa en silencio, observando como una niña descendía de la carlinga con el vestido reventado, un vestido de domingo con flores estampadas. Reparó en lo feliz que parecía sin importarle lo mas mínimo el estado de su indumentaria y concluyó que la atracción bien valía la pena y se propuso intentarlo con su tío.

El niño bebía con sed un Kas de naranja compartido con su hermano, sorbiendo cada trajo para que durase. Vio a la niña de nuevo, parecía guapa y seguía radiante mientras se merendaba un bocadillo de salchichas. No sintió envidia, no sentía hambre, nunca lo hacía.

El niño se entristeció un poco cuando advirtió que empezaba a anochecer, tocaba regresar a cenar, en casa les estaría esperando su madre con los gallos y las patatas. Cerca del puesto de los pollos se emplazaba luminoso y selecto el tenderete de tiro Retamosa en color. El niño leyó el cartel “tiro Retamosa en colar, acierte al clavo y tendrá una fotografía”. Al niño le gustaban las fotografías, en su casa no había muchas y por eso aún le sorprendían. Escuchó a su padre proponerles probar unos tiros y antes de que el pudiera asimilarla como se merece, oyó a su hermano gritar que sí, que ya, que rápido.

Y allí ocurrió el milagro, su padre con la escopeta apuntando al clavo, el niño a su izquierda y su hermano a la derecha. El flash que se ilumina y el dueño de todo aquello que les entrega un papel para recoger el premio un día más tarde y el padre le prometió que acudirían juntos a hacerlo.

Al niño le costó conciliar el sueño, le costó acabar el tazón de leche sorprendentemente temprano y se le hizo muy larga la mañana hasta que escuchó a su padre llamarle para que le acompañara. Su hermano no fue invitado y pensó que eso estaba bien.

El niño pensó que las barracas por la mañana no son lo mismo, no hay gente y los barraqueros se esmeran menos en su canticos y pregones. Caminaba bien pegado a su padre sin separarse un milímetro, había decidido no perderse nada del espectáculo. No vio en el puesto de Retamosa al hombre que les había entregado el papel. Vio como su padre recogía un sobre de las manos de una señora con poco aspecto de barraquera. Miraba a su padre con ansiedad e impaciencia. Permaneció quieto sin respirar hasta que su padre le entregó aquel sobre mágico.

Pensó que debía esperar a estar en casa para ver la fotografía, que semejante premio precisaba de una cierta calma y soledad para poder apreciarlo bien. La guardó en el bolsillo y la mantuvo allí lo que quedaba de mañana. Una mañana especialmente atareada llena de recados con su madre –en otras circunstancias, pensó el niño, ir de recados con su madre podría ser muy divertido, en ese momento hubiera preferido no tener que hacerlo- y de atenciones con su hermano.

El niño acabó todas sus tareas a la hora del programa deportivo local de la radio y se encerró en su habitación, sacó el sobre del bolsillo y la vio. Era preciosa con sus tres figuras perfectas, su padre, imperial, perfilando la escopeta, apuntando al clavo mágico, al flash deseado; a un lado su hermano, feliz y relajado, al otro él, concentrado, serio, sintiéndose responsable del éxito de la aventura, el único posible. Con la mano derecha en el cuello, en un gesto instintivo reconcentrado, dibujando la tensión del momento. Pensó que era la fotografía más bonita que nunca había visto y decidió que era suya, solo para él. Decidió guardársela en el bolsillo y disfrutarla de a poquitos, como el regaliz. Y así fue haciéndolo toda la tarde.

El niño intuyó que esa fotografía poseía un valor mayor que tan solo el acierto de su padre, sospecho que quizás podría ser como alguna de las fotografías de su libro de ciencias sociales, algo nuevo que tendría que conservar, algo importante…Ensimismado no oyó a su hermano que entraba en la habitación y vio la foto. La pidió, el niño se negó bruscamente. Su hermano forcejeó y tras algunos empujones y patadas, su hermano lloró. Vio entrar a su padre en la habitación furioso y le vio coger la fotografía…

El niño jugaba a la vuelta ciclista, Fuente –el cinco de bastos- ganaba en una etapa de montaña del giro a todos sus rivales acompañado en la escapada definitiva por su compañero Lazcano. La meta, una mesita de noche, estaba ya cerca de la pareja de escapados. Encima de ella una fotografía pegada con cello como un puzle apenas recordaba una tarde de barracas.

Joseba Molinero