Una tarde de sol

Una tarde de sol y nubes como algodones cayendo sobre nosotros. Como turistas, nos habíamos hecho fuertes en una terraza de la ciudad expandiéndonos en risotadas y retruécanos. La sonrisa del Presidente era el sol de nuestra paella veraniega, y de nuestros ojos alegres. Repartía el fragante arroz salpicado de marisco con cucharón, amable y risueño, con placer, como si el mundo nunca fuera a acabarse ni tampoco aquel ágape en plena canícula. Desde antaño no asistía a nuestros banquetes pero hoy era distinto porque su esposa estaba de viaje. Tras los postres y los licores, empezaría la tarde literaria: la charla sobre el libro y las pormenores de la existencia que en él se escondían. Ser y no ser, arte y vida, pasión y devoción basada en novelas antiguas que ya nadie lee.

- ¿Alguien quiere más paella? – preguntó el Presidente ejerciendo de maestro de ceremonias.

- Me sacrificaré ya que veo que no hay apetito en esta mesa de comensales fallidos – apostilló el Secretario, locuaz y chillón, inmortal como un escritor consagrado.

El tinto esponjaba el arroz que comíamos. Bajaba alegre por nuestros gaznates como la vida pasaba lentamente sin estridencias. Al pedir los postres vimos que se nos hacía tarde para inaugurar la capilla de aquel sábado de nubes esponjosas y deseos de inmortalidad. Tras pagar la cuenta, como vates olvidados, embotados y alegres a un tiempo, dimos comienzo al paseíllo que nos conduciría al café, al picado y las copas de hielos y licores, siempre con un poco de cardamomo, claro.

El calor de agosto nos derretía el entendimiento y hacía al arroz hincharse dentro hasta secar nuestras gargantas. El Profesor se quejaba amargamente de lo farragoso de aquel interminable tendido de sol al que unas banderillas hubieran puesto el broche perfecto. El Poeta y su ayuda de cámara soportaban los goterones que les bajaban por la frente, la delicia del tiempo seco y caluroso que alegraba nuestro trance. Los dos últimos me escoltaban con gracejo, con andares de niños de pañal lleno. Caminábamos en una hilera de poetastros que desmayados se dejarían caer en los butacones del café, como mortales que realmente éramos. Pero nuestra flor era la literatura y con ella nos adornábamos la frente siempre que podíamos.

Al llegar a la puerta giratoria que nos introduciría en el túnel del tiempo, se quebró nuestra ilusión como lo hace un gran alarido con la noche. Un cartel malamente fijado con cinta adhesiva transparente anunciaba: “Cerrado por defunción” recordando a la famosa 13, Rue del Percebe. Éramos pasto, pues, de viñetas antiguas en la sociedad más tecnologizada y masificada que pudiera uno imaginar. El Presidente, a punto de su iracundia feroz que le transformaba; el Profesor con ojeras de funeral miraba incrédulo al cartel con ganas de tumbarse; el Poeta anarquista derrotaba con la cabeza, y el resto hacíamos el coro griego a la naciente decepción que se apoderaba de todos nosotros. En aquel momento, creo que era mayor la sed de licor que la decepción excepto en el caso flagrante del Presidente, que no paraba de pescuecear y de resoplar y tuvo, entonces, que esculpir un cigarrillo de picado para entrar en razón. Ya al encender el chisquero, las pulsaciones volvieron a su ser y nos regaló su mejor sonrisa, lo cual consiguió tranquilizarnos aunque siguiéramos en nuestra particular travesía en el desierto sin agua ni cobijo.

- Pues ¿quién ha podido morir? Estuve anteayer por aquí y no había trazas de nada... – hablaba nuestro prócer con lógica implacable.

- Será un fallecimiento importante para cerrar nuestro templo con esta desfachatez – yo mismo afirmé resuelto y en volandas de la decepción que nos sumía todos.

- La última vez que nos ocurrió, anduve con renquera varias semanas, ya os acordáis ¿no? – apostilló el Profesor con visible gesto de dolor en el rostro.

- Vaya un contratiempo... – dijo el Secretario – no quisiera volver a ser peregrino en mi propia ciudad.

- De cualquier forma, descanse en paz quien haya pasado a mejor vida... – dijo el Presidente.

Osé jugar con el destino y les indiqué un azulito que se acercaba lentamente con un cartel tentador que decía “A las barracas”. Y como quiera que la obnubilación había hecho presa en mis compañeros de letras, y sobre todo, un recuerdo infantil se había apoderado inconscientemente de todos ellos, la cohorte muda, guiada por el Profesor, ya caminaba sin rechistar hacia la puerta acordeón del pequeño transporte público, conmigo mismo vigilante y cerrando la marcha, como amanuense de estos sucesos. El Poeta tesorero sacó la partiquera y pagó religiosamente el traslado al mundo de Nunca Jamás para estos niños talluditos que aquella tarde vivían ya bajo el influjo de un hechizo. El Profesor se sentó detrás del conductor con afanes soñadores, como en un viaje a su niñez, mientras el Presidente abría el ventanuco para finiquitar el picado suavemente, echando el humo como un mantra que transformaba la tarde y a todos nosotros.

El conductor resultó ser un tipo socarrón que nos miraba y se reía, mientras parecía comprender aquello que nos estaba pasando. Manejaba la faria con soltura mientras gobernaba el volante. Sus manos no hacían sino multiplicarse en las paradas al dar los cambios, y al abrir y cerrar el portón de la dicha de aquel viaje inopinado. Un vejete, con boina y cigarrillo de picado en los labios, movía sus manos mientras se dirigía a nosotros en un lenguaje sencillo y lleno de sabiduría. Dijo llamarse Josep – nombre raro para estas latitudes – y nos amenizó el trayecto de subida con charlas acerca de escritores desaparecidos y, sobre todo, con citas de Montaigne y otros dinosaurios del pasado.

Vimos el Ayuntamiento con su fachada soleada y sus banderolas a la brisa, y la muchedumbre que subía a las barracas en medio de una preciosa tarde festiva y soleada. Las churrerías esparcían su aroma abigarrado por la tarde azul. Mientras las ventanas del azulito, todas abiertas a babor y estribor, hacían moverse nuestros parvos cabellos recordando una lejana excursión colegial. El chófer, servicial y dicharachero, nos avisó de la llegada de nuestro turno para bajar. Le sonreímos con gratitud por sacarnos del amodorramiento general, del alegre vaivén que nos reconciliaba tras el indefectible cartel del café, nuestro templo literario. La tarde era azul ahora y supimos que viviría en nuestros recuerdos futuros. Incluso la ciudad era azul en apariencia y un poco amarilla.

El autobusito se alejaba dejándonos en medio del bullicio a las puertas del recinto de las barracas. Debíamos apagar la sed y visitamos una taberna ambulante en la que cambiamos los cafés y licores por espumosa y fresca cerveza. Y nuestra sed se apagó y quintuplicó el sueño infantil de una tarde de verano que químicamente se abrió paso en nuestros cerebelos a través de la cerveza y de las luces que empezaban a titilar a medida que el sol se iba y nos dejaba en penumbra. No hubo riñas por qué barracas elegir sino que fue un paseo feliz por el recinto y cada uno indicó la que más le colmaba. Nada enturbió nuestra paz, ningún ala de sombra apareció en nuestros pensamientos ni en nuestras acciones, simplemente fuimos felices.

La procesión fue desgajándose al albur de las pretensiones de cada uno y sólo días más tarde, pudimos conocer la singladura de cada cual, tras preguntas con retranca que fueron contestadas con dificultad. Lo único de lo que fui testigo acaeció mientras, exhausto y contento, portaba un algodón de azúcar rosáceo con intención de descabezar un sueñecito en algún banco alejado del recinto. Como un extraño extranjero, quería llegar a mi lecho para descansar de un viaje interminable a lo largo de la tarde. Había perdido a todos los compañeros de aventura pero me llamó la atención alguien en la noria que, viaje tras viaje, y vuelta tras vuelta, miraba la urbe y sus luces con una sonrisa imperecedera, ajena y más arriba de lo terrestre, acompañado por un caballero nipón que vestía de negro. Supuse que era el Secretario por un recuerdo antiguo y fugaz sacado de algún libro que habíamos leído, porque lo sé, quería emular alguna remembranza y se le ocurrió que aquella noche sería la mejor, la más indicada.

El Profesor acabó en la taberna ambulante, subido en la barra, como Hamlet hablando del Ser y predicando sus saberes metafísicos rodeado de botellas vacías. Alguien le ayudó a llegar a casa, por lo que contó en nuestro siguiente cenáculo. Lo inaudito es que no se acuerda – ni se acordará nunca – de lo que hablaba pero sí sabe que una muchedumbre le escuchaba atento y lloró cuando les recitó un bello poema de su poeta favorito nacido, hijo de nuestra ciudad.

El Presidente se afincó en la caseta de tiro, recordando su pasado de recluta, y cuentan que tuvieron que subirle a un azulito de vuelta a casa porque estaba haciendo un desfalco de peluches y juguetes dejando sin existencias al barraquero, que visiblemente nervioso le pagó el billete.

El Poeta anarquista se excusó de dar soflamas o de analizar para los admiradores los libros acerca de los que le preguntaban – que eran muchos y variados – pero les emplazó a cualquier día venidero en el café de nuestros encuentros, para hablar de autores austro-húngaros o de lo que se terciase porque estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de superar el tedio de oscuro oficinista. Quería salir de la rutina con las alas de la literatura y la sabiduría, lo cual no es trivial en este mundo que nos ha tocado vivir. Hoy es el día en que sus adeptos le rodean para oírle platicar sobre los más variados estilos literarios encarnados en autores inmortales, de los que sabe mucho, podría decirse que demasiado. Lo que le reconforta tras la salida de cubículo laboral, cercano al café y no tan alejado del Parnaso.

El Poeta pagador, se divirtió y encumbró, por qué no decirlo, en bellos juegos florales improvisados que fueron interrumpidos por la pirotecnia de medianoche y la consiguiente desbandada del público que yacía recostado en la ladera del monte. Su acompañante sonreía y sonreía, y no pudo parar de sonreír en toda la noche con la certidumbre de los sabios, alta y ajena a las cosas terrenales. Se rumorea que tras su jubilación ha creado un círculo estoico a la antigua usanza romana que se reúne en las piscinas privadas en el centro de la ciudad. Al modo de patricios y senadores romanos, pasea por los contornos de la piscina o deambula por el agua filosofando sobre la vida y sobre el saber con tanto acierto que le han puesto el sobrenombre de Cicerón. El está asustado de su fama pero le divierte y le da paz ser reconocido como un estoico y ejercer de ello en la más austera tranquilidad de espíritu.

Qué decir de este pobre servidor que no acierta a componer un soneto inmortal; pues constatar que sigue intentándolo mientras pasea por las calles de la ciudad en soberana soledad picoteando, como los gorriones, poemas de extraños poetas en los transportes públicos y en los bancos de los parques. La mariposa que adorna su cabeza le hace sentirse alegre por momentos, y le sirve para superar las pesadumbres de la vida cotidiana. Asiste a los encuentros literarios con esperanzas renovadas puestas en una nueva tarde de sol que prorrogue el misterio de la literatura y de la existencia de alguna forma: ad libitum o ad infinitum. Pone su fe más cierta en lo segundo por ser más duradero e imperial en el mejor sentido.  

El maestresala