Acta julio 2004

OBRA: INDUSTRIAS Y ANDANZAS DE ALFANHUÍ
AUTOR: Rafael Sánchez Ferlosio

PONENTE: Joseba Molinero

PRESENTACIÓN

Rafael Sánchez Ferlosio nació en Roma en 1927. Es hijo de madre italiana y de padre español, el también escritor Manuel Sánchez Mazas.

Es uno de los miembros más destacados de la narrativa española de la Generación del 50, y junto a autores como Jesús Fernández Santos, Alfonso Sastre, Carmen Martín Gaite, con la que estuvo casado, o Ignacio Aldecoa fundó y colaboró en la Revista española. Todos ellos compartieron una estética realista que presentaba indudables influencias del Neorrealismo italiano. Sánchez Ferlosio contribuyó en este empeño con una de las obras más significativas de la Historia de la Literatura Española de Postguerra: El Jarama. Con esta novela obtuvo en 1955 el Premio Nadal y en 1956 el Premio Nacional de la Crítica. En ella se narran las vivencias de un grupo de jóvenes, durante una jornada de domingo, a orillas del río Jarama. El autor recrea a la perfección el mundo juvenil, casi con relieve cinematográfico, y recoge con minuciosa exactitud las acciones de esa colectividad, los diálogos vulgares, con sus peculiares modismos y giros populares, hasta el punto de ser considerada por algunos una “novela magnetofón”.

De todas formas, aunque haya escrito extraordinarias novelas, como por ejemplo la que nos ocupa, Industrias y andanzas de Alfanhuí,, El escudo de Jotán, El testimonio de Yarfoz y algunos relatos ( Y el corazón caliente, Dientes, pólvora, febrero, La homilía del ratón,Campo de Marte, etc...), la actividad literaria de Sánchez Ferlosio se centra principalmente en el campo de la reflexión crítica, por un lado, y en su labor periodística y ensayística, por otro. Ejemplo de la primera es su obra Las semanas en el jardín, obra en la que lleva a cabo un análisis a modo de conversación sobre los recursos y las técnicas narrativas. Ejemplos de la segunda son las recopilaciones de sus artículos y ensayos, Ensayos y artículos. I y Ensayos y artículos. II, así como la obra Vendrán más años malos, y nos harán más ciegos -una colección de aforismos que recibió el Premio Nacional de Ensayo de 1994 y el Premio Ciudad Condal del mismo año-, y sus obras más recientes: El alma y la vergüenza La hija de la guerra y la madre de la patria.

Industrias y andanzas de Alfanhuí fue su primera novela. Destaca por la pulcritud del estilo en el que está escrita, así como por su interés argumental. Hay quien la considera como una ficción autobiográfica. En ella utiliza una serie de recursos emparentados con lo fantástico, que habilitan un escenario ilusorio, casi imposible, en donde se acentúa una sensación de descrédito de la realidad, como un intento de construir otra memoria, la inmensa memoria de las cosas desconocidas.

Es la historia de un niño, al que expulsan de la escuela por escribir en un alfabeto ininteligible. A esta expulsión sigue el encierro en un cuarto, por parte de su madre. Poco a poco, Alfanhuí irá construyendo su propia realidad, a través de extrañas andanzas, que lo alejarán de la órbita de las normas y el castigo.

En la contraportada del libro publicado por la Editorial “Destino” (marzo de 2003), se puede leer lo siguiente: “Alfanhuí tiene los ojos amarillos como el alcaraván. Era, de chico, amigo de los lagartos, pero también del gallo de una veleta que le enseñó muchas cosas sobre los colores. Después estudió con un taxidermista que tenía una criada que un día se puso verde y se murió. Alfanhuí es el espectador itinerante de hombres extraños pero reales. Él vive las aventuras sin inmutarse, adaptándolas a una cotidianeidad fantástica en la que lo estridente no existe. Entre andanza y andanza crece más sabio y quizá más triste. Lo que le interesa conocer no es la verdadera realidad, sino el ensueño que la envuelve; no es el mundo tal cual, sino la artificiosa fantasía de una ilusión. Con algo de Charlot y algo de Lazarillo...”

VALORACIÓN

“Industrias y andanzas de Alfanhuí es un libro que, más que leerse o pensarse, se “mastica”, que se “come”. Cualquiera que tenga un resquicio de sensibilidad se alimenta de su belleza intrínseca. No es una novela para leer como si meramente se tratara de una historia, un conjunto de cuentos o un relato. Es un “manjar” para ser disfrutado, que al ser ingerido produce una sensación de plenitud. Es un festín de aire puro y fresco, condensado en palabras que conforman una novela virgen, probablemente escrita de una vez, como una bocanada de luz nacida en el corazón del autor y vomitada en una narración.

El libro está compuesto por dos partes bien diferenciadas: las industrias de Alfanhuí, por un lado, y sus andanzas, por otro.

La primera parte es esencialmente fantástica, y discurre hasta la muerte del maestro taxidermista. En ella, Alfanhuí es el protagonista de una aventura fabulosa, con tintes oníricos, que se distancia de la naturaleza del conocer propiamente humana, para acontecer en una naturaleza recreada, deshumanizada por completo. La descripción del flautista que interpretaba música ordenando los silencios sobre el ruido, en vez de armonizar sonidos en una escala, es el paradigma de la transpolación de la naturaleza real en naturaleza mágica, que tiene lugar en esta primera parte.

En la segunda parte, por el contrario, cambia el tenor de los acontecimientos, cambia el paisaje, incluso cambia el estilo narrativo. Hay quien asegura que algunos pasajes podrían encuadrarse en eso que se denomina “comedia del arte”. Y puede que sea así. Basta recordar el capítulo que narra la aventura madrileña de Alfanhuí, para demostrar tal aseveración.

A lo largo de toda la obra, se vislumbra la obsesión de Sánchez Ferlosio por dotar al texto de un contenido poético, que pone de manifiesto su predilección por la prosa artística. En ocasiones, esta tendencia hacia una estética narrativa preciosista - o si se prefiere, poética descriptiva- se plasma en pasajes que pueden resultar artificiosos, muy rebuscados e, incluso, grandilocuentes. Lo podemos comprobar en la descripción que el autor hace de una montaña: “La montaña es silenciosa y resonante. Como el vientre de la loba es su vientre, arisco y maternal. Esconde sus manantiales en los bosques, como la loba sus tetas entre pelo”(E. Destino, p. 125). Este anhelo de belleza se resuelve también en un gusto por los vocablos orientales, que aparecen con profusión en el texto. “El jardín de la luna”, “el día del viento”, “el castaño multicolor”, “los pajarillos de colores”, etc... son algunos de ellos.

No obstante, no cabe duda alguna de que se trata de un hermoso libro, hecho de colores, luces y sensaciones, en el que la propia muerte, no es más que una circunstancia ordinaria, un acontecimiento sin pena ni gloria. La obra es el cauce de un flujo de savia vital, el relato del periplo infantil en la escuela de la vida de un “lazarillo” de colores, lleno de mentiras verdaderas.

Miguel Delibes, en su obra España 1903-1950, la muerte y resurrección de una novela, afirma que Sánchez Ferlosio es el mejor de todos los escritores de la Generación de Postguerra, a saber: García Hortelano, Goitisolo, Martín Gaite, Aldecoa, Fernández Santos, etc... No el mejor, en lo que respecta a su obra literaria, tanto en cuanto nadie desconoce el hecho de que ha escrito muy pocas obras de ficción, en sus más de 50 años de actividad profesional. No el mejor, en lo que se refiere a los honores y premios recibidos, que por otra parte ya han sido mencionados anteriormente. El mejor, apunta Delibes, en cuanto a sus aptitudes y capacidad creativa. Es uno de esos extraños engendros de la naturaleza, que nos sorprende de vez en cuando con genios de esta índole, en los que la observación, la imaginación y el sentido del humor confluyen en el punto de encuentro de una portentosa fuerza narrativa, generadora de magníficos textos literarios.

Indudablemente, en Industrias y andanzas de Alfanuí, la observación, la imaginación y el sentido del humor son patentes. Y no podía ser de otra manera, ¡claro está!

Dice Delibes que no hay ningún escritor, que se precie, que no sea capaz de observar hasta el más mínimo detalle de la realidad que se quiere describir recrear o representar narrativamente. Y Sánchez Ferlosio cumple a la perfección la condición de excelente observador. Quienes le conocen cuentan que, en su afán de conocimiento de los fenómenos y los objetos reales, se evade con facilidad de una ocupación, sea cual sea el momento, la situación o las circunstancias en las que se halle; por ejemplo, deteniéndose en medio de la acera para averiguar la composición de cualquier artilugio expuesto en un escaparate cualquiera, probablemente olvidándose de que ya llegaba tarde a una cita; quedándose rezagado de sus acompañantes para estudiar las evoluciones y el modo de actuar de un grupo de hormigas, sin preocuparse de la marcha de aquellos; levantándose de la mesa campestre para acercarse al lugar donde sestea un lagarto, y poder interiorizar así la quietud y la placidez de su sueño, perdiéndose por ello una agradable sobremesa; escudriñando en las formas cambiantes de una nube para sumergirse en su entraña vaporosa, o siguiendo el declive vespertino de la hogaza solar para entender por qué ésta siempre acaba siendo engullida por la mar, sin importarle la lluvia que moja su cara, ni el frío de la noche naciente.

Industrias y andanzas de Alfanhuí es una inmejorable muestra de esta condición de maestro de la observación, de la que hace gala su autor. Al contrario que en El Jarama, en donde el resultado de la observación se explicita en un objetivismo descarnado, en una descripción exacta de los hechos, pura y dura, sin matices ni valoraciones, en esta obra nos muestra, con todo lujo de detalles, en un alarde de genialidad, la esencia de las cosas, v. G., el alma de una escalera o de una puerta, la realidad latente de un gato, o la “quididad” de un crepúsculo. He aquí algunos ejemplos: “La puerta de la pensión era oblicua, porque el descansillo se vencía un poco hacia el vano de la escalera. Cuando empezó a vencerse la puerta primitiva, no congeniaba bien con aquel marco torcido y desvencijado; pero, cuando hicieron la puerta nueva, le dieron ya esta forma de romboide, para que cerrara como es debido. Esto tampoco dejó de tener sus complicaciones, porque, al abrir, la punta de abajo iba rozando el suelo, hasta que llegaba a un punto del que no pasaba. Y hubo que dar un poco de peralte a las hembras de las bisagras, para que la puerta subiera al abrirse, y acanalar un poquito el suelo del descansillo. Entre una y otra cosa, la puerta marchó bien, no sin que antes fuera preciso rebajar con el cepillo la parte interna del montante, para que al levantarse la puerta no topara también allí. Todo esto lo hizo un carpintero de Atocha, que se llamaba Andrés García” (p. 99); “Ni la aguijada para picar,...Tenía sobre su vientre un arcano resonar de aguas oscuras, y el morro frío rezumante, ...y brillante por las coyuntas,...y la cerviz pelada, encallecida por el yugo...La otra yunta era bermeja...” (P. 147).

Industrias y andanzas de Alfanhuí es un libro de ciencia ficción, o, según algunos, un libro que puede catalogarse como realismo fantástico. Es un torrente de imaginación desbordante. En él, se presenta como auténticamente real lo que no existe y, lo que resulta más sorprendente aún, incluso lo que existe parece verdaderamente irreal. Por ejemplo, todo lo que acontece en la segunda parte de la obra, la que se refiere a las andanzas de Alfanhuí, podría haber ocurrido realmente: un niño que vaga por los caminos, que aprende en ellos acerca de la vida, que va a casa de su abuela, que ve un gigante, o un hombre extraordinariamente alto, etc... Ciertamente, todos estos acontecimientos son corrientes y vulgares. La cuestión es que Sánchez Ferlosio los presenta envueltos en un halo de fantasía y, en consecuencia, el relato parece la narración de un sueño, o la descripción de un espejismo.

Pero es al comienzo del libro, cuando la imaginación del autor se despliega en una catarata de imágenes de una belleza extraordinaria. He aquí algunas: “El gallo de la veleta, recortado en una chapa de hierro que se cantea al viento sin moverse y tiene un ojo solo que se ve por las dos partes, pero es un solo ojo, se bajó una noche de la casa y se fue a las piedras a cazar lagartos. Hacía luna, y a picotazos de hierro los mataba. Los colgó al tresbolillo en la blanca pared de levante que no tiene ventana, prendidos de muchos clavos. Los más grandes puso arriba y cuanto más chicos, más abajo. Cuando los lagartos estaban frescos todavía, pasaban vergüenza, aunque muertos, porque no les había aún secado la glandulita que segrega el rubor, que en los lagartos se llama “amarillor”, pues tienen una vergüenza amarilla y fría.”(p. 15); “Un día, que el gallo le pareció bueno, cogió el niño las sábanas de su cama y tres ollas de cobre y se escapó con el gallo al horizonte que se veía lejísimos desde aquella casa, y esperaron a que bajara el sol y se derramara la sangre. Poco a poco vieron venir una nube rosa; luego una niebla rojiza les envolvía y tenía un olor ácido, como a yodo y limones. Por fin la niebla se hizo roja del todo y nada se veía más que aquella luz densísima entre carmín y escarlata. De cuando en cuando pasaba una veta más clara, verde o de color oro. La niebla empezó a soltar una humedad y una lluvia finísima, pulverizada y ligera, de sangre que lo empapaba y lo enrojecía todo. El niño cogió las sábanas y se puso a sacudirlas en el aire hasta que se volvían del todo rojas. Luego las estrujaba en las ollas de cobre y volvía con ellas al aire para que se embebieran de nuevo. Así se estuvo hasta que las tres ollas fueron llenas” (P. 19).

En lo que se refiere al sentido del humor que el autor manifiesta en la obra, cabe señalar que Éste no es un libro con el que te rías. En él, no encontraremos el chiste fácil que busca la sonrisa del lector, como un recurso para llamar su atención, pretender su complicidad o retenerlo en la lectura. Tampoco hallaremos expresiones de un humor ostentoso y rebuscado, como aderezo narrativo de algunas situaciones del relato. Se trata, más bien, de un humor virgen, natural, necesario para la comprensión de un hecho o para la visualización de un personaje.

Y es así, en efecto. El humor es la manifestación inmediata de un conocimiento profundo de la realidad que se quiere describir, sea ésta un acontecimiento, un objeto, animal o persona. Dicho de otra manera, el humor es una expresión genuina de la realidad, cifrada ésta en clave de “ironía”, en la significación primigenia del término, esto es, como la realidad interiorizada que se representa en el espejo cóncavo del lenguaje, aquel en el que las palabras se reflejan con apariencia de payaso. Sirvan como muestra de este humor en estado puro los siguientes episodios de la obra: la presentación del herborista de Valencia, la figura de Don Zana (una marioneta grotesca y ridícula, con aires de líder de masas), la liba de chocolate protagonizada por éste y otros personajes, la extinción de un fuego, por parte de unos bomberos impresentables, casi imposibles, etc...

Por todo, la decisión de Sánchez Ferlosio de no escribir novela, para dedicarse fundamentalmente al estudio de la Erótica, la Retórica, la Lingüística y la Gramática, además de centrarse en la reflexión crítica, es muy respetable; pero, al mismo tiempo, lamentable, porque nos ha privado de poder degustar textos magníficos, como éste: “También contó la patrona la historia de su padre. Eran de Cuenca. Allí había conocido a su marido. Su padre era labrador y tenía algunas tierras. Una tarde se durmió arando con los bueyes. Y como no volvía el arado, los bueyes siguieron y se salieron del campo. El hombre seguía andando, con sus manos en la mancera. Iban hacia Poniente. Tampoco a la noche se detuvieron. Pasaron vados y montañas sin que el hombre se despertara. Hicieron todo el camino del Tajo y llegaron a Portugal. El hombre no despertaba. Algunos vieron pasar a este hombre que araba con sus bueyes un surco solo, largo, recto, a lo largo de las montañas, al través de los ríos. Nadie se atrevió a despertarle. Una mañana llegó al mar. Atravesó la playa; los bueyes entraron en la mar. Rompían las olas en sus pechos. El hombre sintió el agua por el vientre y despertó. Detuvo a los bueyes y dejó de arar. En un pueblo cercano preguntó dónde estaba y vendió sus bueyes y el arado. Luego cogió los dineros, y por el mismo surco que había hecho, volvió a su tierra. Aquel mismo día hizo testamento y murió rodeado de todos los suyos” (p. 103).

Verdaderamente, es una lástima”.

INTERVENCIONES

Carlos Fernández:

“El libro puede ser leído como una serie de relatos cortos, construidos con mimo y profundamente evocadores, aunque su estructura formal oculte un hilo argumental definido; si bien la obra está dividida en tres partes marcadamente diferenciadas, en cada una de las cuales aparece un personaje predominante (el maestro disecador, don Zana y la abuela), por lo que se adivina una “mano invisible” que da coherencia a todo el relato, y que se implícita en la dimensión simbólica de la que están provistos los numerosos personajes y las sorprendentes situaciones”.

Roberto Sánchez:

“Cuando oímos hablar de libros de fantasía, por lo general pensamos en obras como El señor de los anillos de Tolkien, Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll, Harri Poter y la piedra filosofal de Rowling, etc... Industrias y andanzas de Alfanhuí no tiene nada que ver con este estilo de fantasía, pero es un libro de fantasía auténtica, de la buena, la de verdad.

En el libro aparecen representadas todas las vivencias y los sueños del propio autor, eso sí, expresadas a través de un discurso fantástico, el cual resulta sobresaliente, debido a su maestría y perfección en el uso del lenguaje.

En este sentido, ningún hecho, ningún personaje, ninguna situación o lugar es gratuito ni inventado. Todo lo que en la novela se cuenta es una recreación fantástica de la experiencia vital de Sánchez Ferlosio. De este modo, seguro que él vio en algún lugar una marioneta, que luego ha representado en Don Zana. Lo mismo que en algún lugar, quizá su casa, vio un gallo de veleta, que será el gallo que se baja del tejado, para indicar a Alfanhuí el camino de los vientos e iniciarlo en el aprendizaje de la libertad. Y de igual manera, vio una araña que tejía hilos de tela de araña, pájaros multicolores, crepúsculos de color carmesí, una anciana que empollaba los huevos que una gallina había abandonado, etc..., que en la narración serán recreadas como la araña que habitaba en una cueva y libaba agua manchada con tinte, por lo que tejía hilos de colores; como los pajaritos multicolores de cinco alas; como el cielo que llora niebla ensangrentada y como la abuela empollona”.

 

Nicolás Zimarro:

“El maestro miró al niño de arriba abajo, con unos ojos muy serios, y dijo: “Tú, tú tienes ojos amarillos, como los alcaravanes. Te llamaré Alfanhuí, porque éste es el nombre con que los alcaravanes se gritan los unos a los otros” (p. 22).

Esta cita, extraída de la propia obra, resulta fundamental, para comprender el auténtico sentido de la misma. En ella, el maestro taxidermista parece establecer una relación analógica entre el protagonista y los alcaravanes, tomando como referencia el color de los ojos. Los ojos del alcaraván son amarillos, lo mismo que los ojos del niño que protagoniza los sucesos que se narran en la novela. Y cabe preguntarse por el significado de tal coincidencia.

Cuando nos referimos a un ser humano, la expresión “un ojo amarillo” tiene varias connotaciones. En un plano empírico, puede significar “síntoma externo de una enfermedad hepática”, “mutación de la superficie externa del globo ocular, como consecuencia del uso de un colirio”, o simplemente “reflejo de la luz del sol en la superficie ocular”. Y puestos a ser rebuscados, también podría significar “efecto visual que tiene una finalidad estética, consistente en el uso de lentes de contacto de color amarillo, que posibilitan el cambio del color de los ojos”.

Por otra parte, en un plano simbólico, un ojo de color amarillo puede ser sinónimo de un ojo bilioso, esto es, una manifestación visible de un estado de ánimo, como puede ser la amargura, la acidez o el estreñimiento del espíritu, o también de un rasgo de nuestra personalidad, como la maldad o la acritud. Además, puede ser la representación de la luz, íntima e intransferible, que se proyecta en todas las cosas e ilumina los caminos de la andadura vital de una persona.

En todo caso, cualquiera de estas interpretaciones resulta extremadamente forzada. Es más, parecen hipótesis poco factibles, principalmente si se consideran las circunstancias que concurren en el discurso de la obra. Efectivamente, la no caracterización del protagonista principal, del que sólo conocemos el apodo y que tiene los ojos amarillos; el distanciamiento de la realidad por parte de éste, que experimenta los hechos como a vista de pájaro, sujeto a un determinismo insoslayable, sin afección, a ritmo de los latidos de un corazón impávido; su mirada sin cuerpo umano; el régimen de su actuación, que no contempla norma ni pauta de conducta alguna, o sea, la inexistencia manifiesta de moralidad en la praxis del protagonista; la ausencia de un criterio ideológico que le permita valorar los hechos, etc...; todo esto nos conduce a proponer que Alfanhuí es pura y sencillamente un alcaraván.

Así de simple: un niño castigado a permanecer encerrado en su cuarto, por su inadaptación escolar, sueña que es un alcaraván, y se evade de su encierro, recorriendo las tierras castellanas como lo haría un auténtico alcaraván. Sueña que es libre, que es distinto - ¡cómo no iba a serlo, si era un alcaraván de ojos amarillos!- Y el sueño tiene un final feliz: el alcaraván imaginario se reencuentra con los suyos, con los auténticos alcaravanes, en el paraíso donde estos habitan. Allí todos lo acogen, tal y como es, libre y con los ojos amarillos; allí todos lo aclaman, gritando al unísono”¡Alfanhuí!¡Alfanhuí!”

 

Jon Rosaenz:

“Agustín Cerezales, en un artículo titulado “Una mirada limpia”, dice lo siguiente: “La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está limpio, todo tu cuerpo será luminoso. Ésta es la cita bíblica que encabeza esta novela. No es en vano. Alfanhuí es ante todo una mirada limpia, lo cual no significa aquí solamente “sin doblez”, inocente, impura, que también; sino limpia, en el sentido físico del término, y además informada por una genuina y apacible curiosidad que la empuja hacia la realidad más real de las cosas, aquella que se nos esconde y, a la vez, se nos brinda en las evidencias mismas, ese otro lado de donde no viene nunca el conocimiento de las cosas, tras puesto el primer día por deseos del último muro de la memoria, donde nace la otra memoria, la inmensa memoria de las cosas. Esta iniciación, aprendizaje del ojo, se realiza a través de los colores: los mil verdes de las selvas, el blanco de las cataratas, el rosa y ceniza de las marismas. Lo abramos por donde lo abramos, Alfanhuí nos ofrece un catálogo viviente de colores de esa luminosa absorción de tesoros ópticos que es la vida. En la mirada de su protagonista, el mundo entra desnudo de equívocos, en una constante y fluída floración de revelaciones que los invade y sumerge, convirtiéndonos en peces bienaventurados, habitantes del río de los secretos. Y en perfecta consonancia con ello, fragmentos a su imán, se organizan las palabras. La prosa de Ferlosio estrena aquí su prodigiosa precisión, su generosa abundancia y ese buen tino característico que le permite incorporar giros arcaicos, tropos diversos, sin desmedro de su concinidad y os hablar de prosa poética. (...) Al final de la novela, leemos que “todas estas cosas, y muchísimas más, aprendió Alfanhuí el tiempo en que estuvo en casa del licenciado Diegos Marcos. Mas cuanto llegó a saber deja de declararse en esta historia, porque tan solo él mismo Alfanhuí hubiera podido escribirlo”. Otro tanto debiéramos decir nosotros: “sólo Ferlosio, si quisiera, podría contar su propia y misteriosa andadura”. Con todo, en esas mismas palabras, cabe vislumbrar (...)que ya entonces sabía lo que iba a escribir de antemano”.

En opinión del profesor Jordi Gracia, Ferlosio “es el menos profesional de los escritores, según suele gustarle señalar; pero sólo también porque es el más independiente y anómalo biográficamente, e incluso laboralmente. Pocos escritores han sido tan obedientes a una restrictiva, excluyente y arrogante noción de la literatura, como afición recreativa y poco menos que pasional.(...) Por el contrario, la literatura, y en particular la narración, es el territorio libérrimo de una imaginación desbocadamente fértil, insaciable y desconcertante, como pudo verse la primera vez que escribió una novela.(...) Las tres novelas que ha escrito nacen del empeño quimérico de construir objetos verbales, cuyo fin es cumplirse a si mismos, sin ninguna razón superior o anterior de ser. La perfección de esas obras nace de estar acabadas como los mejores poemas, de acuerdo con normas o reglas de una poética novelesca segregada por la experiencia literalmente autónoma, asocial, por decirlo así, de su autor.(...) Es Ferlosio, en este sentido, un escritor teórico, de estirpe teórica y, por lo tanto, sólo y radicalmente experimental. No mide la obra en función del tiempo de la historia, sino en función del cumplimiento o materialización de una teoría de la novela. (...) El escéptico racional que es Ferlosio se redime en el cumplimiento pleno de la forma, hasta el final; porque no hay razón suficiente para desviar el objetivo o o la meta del objeto. (...) La crueldad y la muerte es lo que late detrás de la fantasía imaginativa y la desesperanza y belleza que crea el narrador de Alfanhuí. (...) Posiblemente algo de esto sabía ya Manuel Sacristán, cuando escribió, a propósito del Alfanhuí, que “el camino descubridor del artista no es un camino directo hacia una naturaleza inconquistable y heterogénea con su hacer, sino un avanzar laborioso, pisando sólo las concretas y conocidas cualidades que son para él mismo él y sus instrumentos. Ese camino es lo que el artista del Aljanhuí llama “industrias””. (...) La versión que obtuvo Sacristán de este primer libro me parece que está en la raíz de la obra entera de Ferlosio. Todo lo que el hombre puede hacer, el hombre mismo que en lo hecho se conoce, es artificio o, si se prefiere, artefacto. Por tanto, es máximamente natural lo máximamente construido, lo sublimemente artificioso”.

Y es esto lo que es Alfanhuí, un artefacto sublime, un libro perfecto”.