Cuando el viejo Sinbad vuelva a las islas

El que esto escribe, vuestro criado Al Faris Ibn Iaqim al Galizí, seguía por la villa las idas y vueltas de Sinbad en las vísperas de su viaje. Dejara de ir el señor piloto alguna tarde que otra a la tertulia de Mansur, en parte porque acercándose el monzón con ligeras lluvias no había naves, y por ende forasteros, y en parte mayor porque se le pusiera a Sinbad el Marino un súbito gusto de mirar para la mar, pero no para la mar en calma del Golfo, sino para la abierta figura de la alta mar. Y le alquilaba a un tal Firí una burra de leche que tenía, y el viejo Monsaide le adelantara espontáneamente y con lindo gusto unos dineros a Sinbad para compras de apuro en vísperas del embarque, y de éstos pagaba el usufructo  de la burra, y montando bien trasero en ella por no engordarle la leche al animal, y con la capadril doblada delante de sí, prevenido de ella por si había llovizna, en una mano el ronzal  y en la otra el catalejo, paseaba dos leguas por la mañana Sinbad hasta el cabo del Este, que es una punta acantilada a derecha e izquierda que se adentra en el mar, y  el mar ronca y golpea allí, levanta salsa, y en en baja ronca y hace corrientes que se cornean entre ellas y se deshacen en espumas blanquísimas. Sinbad no bine llega a lo alto ordeña la burra para el desayuno, y moja en la leche una migada de pan seco, que deja ablandar, y le pone al pacífico animal una suelta de cuero y lo  que paste en un curro de media pared que hay allí, de cuando el Emir de Bolanda tenía en aquella camposa los criaderos de caballos para la guardia montada; desayuna Sinbad con grande calma, y limpia más de tres veces labios y comisuras con la yema del pulgar derecho, y se pone a la sombra de una roca que hace  tienda  sobre otras dos, y primero contempla el mar con los ojos suyos, el brillo y el horizonte, y el impulso del viento en la flor conduciendo las ondas que blanquean en la frente antes de romper en los escollos. Mira si hay velas en el horizonte y visto que no, se distrae contemplando el ir y venir de las gaviotas y ve pasar los cormoranes desde las peñas donde duermen a sus comederos del Golfo, al mújel y a la faneca. Le sopla el polvo a los cristales del catalejo e inquiere en la línea más lejana del mar hasta que se le ponen manchas oscuras en la visión, y entonces se tumba en la hierba, y cierra los ojos, poniendo al través sobre ellos, como si fuese una paño que los tapase, el anteojo, que, nunca pasó pero lo tiene él en la imaginación, si sucediese algo en el mar , corriese una nave, se mostrase una ballena, se levantara un espejismo, abriese canal en él la luz de modo que se viese una isla que está a siete días a estribor, el anteojo, avisando, se le pondría de suyo en el ristre natural para que el gran Sinbad no perdiese el ir de las velas o aquel milagro de luz. Y se dormía el piloto oyendo el mar, confiado en que ya lo despertaría el catalejo.
Para el almuerzo llevaba un poco de pan y algo de vaca u oveja salada, y bebía de una fuentecilla que surtía al pie del curro, o un poco de leche de burra que le hubiese sobrado del ordeño de por la mañana y después de comer paseaba por donde diese el viento,  para que le consumiese bien las grasas el nororeste o el sureste que fuese - y éstos son los vientos que traen el monzón. Y cuando creía que ya tenía hecha la digestión, volvía a su atalaya de las rocas, se sentaba, y aseguran que era entonces cuando hablaba con el mar...
Anocheciendo regresaba montado en  la burra, con mucha pausa, saludando a los que estaban mondando el trigo o recogiendo los dátiles, y en el patio del Firí volvía a ordeñar la burra, bebía la tibia leche, y lavaba los ojos con una poca que echaba en un plato, y despidiéndose hasta el siguiente día, bajaba a la villa sacudiendo de vez en cuando el capadril, y junto al níspero de su salido lo estaban esperando el viejo Monsaide y Arfe el Viejo, distraídos escuchando la parla de los pájaros chinos.
- ¿Qué dice hoy el mar? - le preguntaba Monsaide.
- ¡Que los tiempos pasados eran gloria!

 

Cuando el viejo Sinbad vuelva a las islas Alvaro Cunqueiro

 

 

Recordando a Cunqueiro 35 años después de su fallecimiento

 

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