Acta junio 2004

OBRA: EL DIFUNTO MATÍAS PASCAL
AUTOR: Luigi Pirandello

PONENTE: Carlos Fernández

PRESENTACIÓN

"Michele Mimmo, en un artículo publicado en el periódico EL NUEVO DIARIO nicaragüense (Managua, miércoles, 1 de mayo de 02) titulado "Luigi Pirandello, entre el caos de la vida y sus formas", nos presenta las circunstancias más significativas del periplo vital y literario de L. Pirandello".

Pirandello nace en una aldea de Agrigento, en Sicilia, el 28 de junio de 1867. Su padre, Stefano, pertenece a una rica familia de comerciantes de azufre; la madre, Caterina Ricci Gramitto es de familia burguesa acomodada. Luigi Pirandello recibe instrucción primaria en casa, pero más que por las nociones escolásticas, se fascina con las leyendas, entre lo mágico y popular, que le cuenta la vieja empleada Maria Stella.
A la edad de tan sólo 12 años muestra interés por el teatro y escribe una tragedia en cinco actos que se perdió, la cual representó con sus hermanas y amigos; su padre lo inscribe en una escuela técnica, pero más bien siente atracción por los estudios humanistas. Pirandello obtiene la autorización para frecuentar un gimnasio en la ciudad de Palermo donde la familia se traslada en 1880. Es excelente estudiante, cumple con sus estudios y lee mucho, sobre todo a los poetas del 1800 italiano, en tanto se enamora de su prima Lina. En este período es cuando se dan diferencias con su padre a causa de una relación secreta de éste, que Luigi llega a conocer. Los conflictos con el padre serán permanentes, y en consecuencia profesa una profunda veneración por su madre.
La relación con su prima, mal vista en un primer momento por la familia de ella, es aprobada, pero con la condición que Pirandello deje sus estudios y se dedique al comercio del azufre, para casarse pronto con Lina.
Aparentemente, el futuro escritor, que durante las vacaciones trabaja con el padre en la compra y venta de azufre (experiencia que le servirá de inspiración para varias novelas), parece aceptar el plan de la familia de la novia, sin embargo, el matrimonio que parecía inminente, viene postergándose, y Pirandello se matricula, en 1886, en la facultad de Derecho y de Letras de Palermo. Seguidamente, en 1887, opta por la facultad de Letras que decide frecuentar en la ciudad de Roma, cuando ésta es el centro de vanguardia de todo lo que sucede en el país.
En efecto, el encuentro con la ciudad se vuelve en una gran decepción de sus expectativas: "Llegué a Roma cuando llovía a cántaros; era de noche y sentí apretado el corazón, pero luego me reí como un desesperado", declarará. La "risa desesperada" como reacción a la decepción sufrida, le inspira los amargos versos de la primera recopilación de poesías que publicará en 1889 con el título de Mal giocondo. No todo es negativo. En Roma tiene la posibilidad de conocer todos los teatros famosos de la ciudad y a los artistas que allí trabajan, pero, por una divergencia con un profesor de latín, se ve obligado a dejar la universidad de Roma y a trasladarse a Bonn, en Alemania, con una carta de presentación para el profesor Foerster, quien será un importante mentor para Pirandello.
En los dos años de estadía en esa ciudad (1889-1891), aprovecha toda la vida cultural que Bonn ofrece en ese momento y lee a todos los románticos alemanes: Tieck, Chamisso, Heine, Goethe. Se gradúa en filología romance, con una tesis sobre los desarrollos fonéticos de los dialectos, titulada:
"Sonidos y desarrollo de los sonidos en el habla de Agrigento". En la primavera de 1891 regresa a Italia y publica los poemas Pasqua de Gea, dedicados a Jenny Schulz-Lander, una muchacha alemana con la que tuvo una relación. En tanto, después de una breve estadía en Sicilia, el matrimonio con su prima llega al fracaso definitivo y el nuevo graduado retorna a Roma donde establece lazos con un grupo de escritores, entre ellos, Luigi Capuana, quien será su gran amigo y empujará a Pirandello, hasta entonces dedicado principalmente a la poesía, a medirse con la narrativa. Desde ese momento, escribe cantidades de novelas, romances y tragedias en las cuales desarrolla un constante y directo ataque a los prejuicios y convencionalismos burgueses.
En 1894 publica la primera recopilación de novelas Amores sin amor. En el mismo año habiendo aceptado el consejo de su padre, contrae matrimonio con Antonieta Portulano, una muchacha de buena familia de Agrigento, tímida y cerrada, educada por las monjas y vigilada por un padre posesivo y lleno de celos. Los primeros años de vida familiar, Pirandello los trascurre bajo un gran fervor de estudios, escritos, amistades con literatos y una intensa colaboración con revistas y periódicos, mientras Antonieta, que no comparte para nada los intereses artísticos del marido, pasa de un embarazo a otro, dando a luz a Stefano (1895), Lietta (1897) y Fausto (1899).
En 1897 acepta una cátedra para enseñar literatura italiana en el Instituto Superior de Magisterio, en Roma. Al año siguiente, funda con otros literatos la revista "Ariel" donde pública algunas de sus novelas y ensayos logrando publicar sus dos primeras novelas La excluida y El turno, en 1901 y 1902 respectivamente.
La inundación de 1903 de las minas de azufres, donde el padre había invertido todo su capital, más la dote de su nuera Antonieta, provoca la bancarrota de toda la familia. Antonieta sufre una leve parálisis y un golpe psicológico que influirá irremediablemente sobre su equilibrio mental. El propio Pirandello, en un primer momento, piensa en el suicidio, luego reacciona y trata de encontrar soluciones a la difícil situación, impartiendo clases privadas de italiano y alemán, incentivando las colaboraciones periodísticas, y pidiendo a las revistas una remuneración por las cantidades de trabajo que les había entregado gratuitamente.
Mientras tanto, trabaja duro de día y de noche, cuida a la esposa enferma, y ante esta triste situación, encuentra la inspiración para escribir su gran obra Il fu Mattìa Pascal (El que fue Matías Pascal), que saldrá a luz en 1904, obra en la cual hay elementos autobiográficos del autor, aunque fantásticamente reelaborados. La novela obtiene un gran éxito, es traducida al alemán y al inglés y representada en los principales teatros de esos países. Pirandello se vuelve famoso, ahora puede publicar con mayor facilidad.
En 1908 publica dos volúmenes de ensayos bajo los títulos de Arte y ciencia y El humorismo, que desatan una larga y venenosa polémica con el padre de la cultura italiana del Noveciento, Benedetto Croce (1866-1952).
En El humorismo, Pirandello sostiene que la existencia humana es una "bufonada", muy parecida a las farsas (ficciones) puestas en el escenario.
Para Croce, la obra del escritor siciliano, era reducible a pocas ideas artísticas, por lo demás, ahogadas y distorsionadas "por un convulsiva e incoherente filosofía", por eso, haciendo alarde de sarcasmo decía: "No lo puedo apreciar como artista sino como filósofo. Y es un mal filósofo." Esa polémica, perjudicará a Pirandello, porque por largo tiempo, la critica y los académicos italianos, fuertemente influenciados por la estética crociana, no lo tomarán en serio.
En realidad, la cuestión era que, mientras Croce se aferraba al romanticismo, Pirandello contribuía a demoler lo que de éste quedaba. A partir del año 1960, y gracias a la célebre Compañía de los Jóvenes, quienes divulgan a lo largo y ancho de Italia las mayores piezas teatrales de Pirandello, es cuando éste alcanza el gran público y se consagra como el mayor dramaturgo en su patria. Hasta entonces había logrado fama sólo en el exterior. En tanto, el trabajo de quien será el autor de las mejores piezas de teatro italiano y europeo del siglo pasado, sigue muy productivo. Inicia en 1909 una colaboración con el prestigioso periódico de Milán "Corriere della sera", que durará hasta el 8 de diciembre de 1936, dos días antes de morir. En las páginas de ese periódico publicará muchas de sus obras. Pirandello aumenta su fama, pero su vida privada se complica por el estado de salud de Antonieta, que si bien se cura de la parálisis, se hunde en trastornos de celos delirantes y obsesivos, y en definitiva, en un proceso de enfermedad mental del cual nunca saldrá.
En 1919, Antonieta debe ser internada en una clínica psiquiátrica y esto profundiza el dolor del escritor quien quisiera tener en casa a su esposa, una bella morena de rasgos finos y sonrisa triste. En 1924, fracasa un intento por sacarla de la clínica; de donde Antonieta no saldrá más, allí quedará con sus fantasmas que la vuelven apasionada enemiga de un marido, cuyo mundo siempre le ha sido profundamente ajeno y del cual se ha sentido siempre irremediablemente excluida. Pirandello se entrega febrilmente al trabajo, trasladando sus penas a los dolorosos personajes de sus obras.
Para dedicarse completamente a la creación literaria, el escritor siciliano deja la enseñanza en 1922. En el mismo año obtiene un éxito triunfal con la presentación en Milán del Enrico IV; y de los Seis personajes en busca de autor, en París. Se va modificando cada vez más su concepción del actor en la representación-actuación; Pirandello empuja hacia la identificación del actor con su personaje de arte: "Lo importante es bajarse en el personaje", repetía a menudo.
En 1925 asume la dirección artística del Teatro de Arte de Roma y de la Compañía donde trabaja, con ellos llevará sus obras hasta Brasil y Argentina (1927). Entre los actores se encuentra su hijo mayor Stefano, quien es también un excelente pintor. La primera actriz de la Compañía, Marta Abba, se convertirá en su musa viviente e inspiradora, en la amante y la sublime interprete de sus creaciones femeninas.
En 1934, la fama de Pirandello viene consagrada con el máximo reconocimiento: el premio Nobel. En estos últimos años sigue escribiendo piezas muy sugestivas: De noche un geranio, El clavo, Una jornada. Muere el 10 de diciembre de 1936, mientras trabaja en la composición de la obra mito-testamento: Los gigantes de la montaña. Como se puede observar por la lista de sus obras, su producción fue realmente colosal.
Varias de sus novelas han sido materiales reelaborados y adaptados al teatro. En la próxima entrega comentaré las dos piezas pirandelianas que mejor lo representan: El que fue Matías Pascal (1904) y Uno, ninguno y cien mil (1926). "

"Por otra parte, Silvana Friera, en un artículo acerca de la dramaturgia pirandelliana, titulado "Pirandello, un dramaturgo notable" dice lo siguiente:
"Testigo y profeta del derrumbe de un mundo y del arduo nacimiento de otro, que no ha terminado de formarse, pero que le provoca suficiente espanto, su obsesión era deslumbrar al público con el mismo horror que le producía la falta de sentido de la existencia humana. Quizá, la mejor definición sobre el significado de su obra esté sintetizado en sus propias palabras: "Acepto la vida para escribirla, no para vivirla".
"La obra que nos ocupa, El difunto Matías Pascal, es el primer libro de una trilogía que constituye, probablemente, el grueso principal de su obra narrativa. Para analizarla nos pueden servir de gran ayuda las reflexiones que la profesora ANNUNZIATA ROSSI lleva a cabo en el ensayo titulado "Pirandello, narrador".

"Luigi Pirandello inicia su obra como narrador antes de dedicarse al teatro que lo absorbió definitivamente y que le dio un éxito que puso en segundo plano su obra narrativa, que sin embargo es grande, y sin que nunca abandonara el deseo de regresar a la narrativa que él sentía como su verdadera vocación. Su punto de partida es Sicilia (de la que, dice Sciascia, dio ``la representación más profunda y verdadera''). Las tramas de sus obras, extravagantes y paradójicas, pueden parecer inverosímiles a quien no conoce a los sicilianos; nacen, sin embargo, de situaciones reales. Sus personajes nacen también en Sicilia. Pirandello no los elige, los toma al azar, como le salen al encuentro, así como un pescador con su red. Son provincianos de la pequeña burguesía, campeones de aquella ``onomástica siciliana'' (Alcozér, Bobbio...) que se puede encontrar, como dice Leonardo Sciascia (Alfabeto pirandelliano, Ediciones El Milagro, 1997), en el directorio telefónico de la provincia de Agrigento, donde nació Pirandello, precisamente en la villa paterna de Caos, nombre casi emblemático de su obra futura. Pirandello los encuentra en el momento en que la explosión de un acontecimiento imprevisto, casi siempre grotesco -en el sentido de Jan Kott: lo que un día fue trágico, hoy es grotesco-, rompe la tranquilidad aparente de su modesta y rutinaria existencia y siembra el caos en su vida, hundiéndolos en una dimensión diferente, hasta entonces inadvertida o mantenida secreta. Es cuando los protagonistas se dan cuenta de tener un alma diversa a la que normalmente se atribuían. Nace así el conflicto que los enfrenta a la inquietante pregunta: ¿quién soy?, pregunta a la cual es imposible responder, ya que el hombre es uno, ninguno y cien mil. En su reseña del Placer de la honestidad, Antonio Gramsci -crítico teatral del Avanti! de 1916 a 1920- dice que las comedias de Pirandello son otras tantas bombas de mano que explotan en el cerebro de los espectadores y producen derrumbes de banalidades, ruinas de sentimientos y de pensamiento, imágenes de vida que se salen de los esquemas acostumbrados de la tradición.

La obra narrativa de Pirandello pasó casi inadvertida hasta la primera posguerra, cuando el revuelo que causó el escritor con su teatro, y la irrupción de las corrientes filosóficas irracionalistas, orientaron el interés hacia ella, ofuscando en parte, como ya se dijo, la obra del narrador. Sciascia explica la razón de ese silencio con el hecho de que Pirandello presintió una realidad de la que las sociedades europeas tomaron conciencia sólo después de la primera guerra, que hizo tabla rasa de la Europa de preguerra. ``En una Europa tranquila, cómoda'', dice Sciascia, ``sacudida apenas por unos cuantos escalofríos sociales, toda emocionada por descubrimientos arqueológicos y jubileos regios, Pirandello entrevé la feroz y grotesca máscara de un mundo convulsionado, enloquecido''; el éxito llega ``cuando los hombres que regresan de la guerra advierten con terror el disolverse de su identidad, la trágica desintegración del yo, el loco juego de espejos alrededor de su individualidad mutilada''.

De la vasta producción narrativa de Pirandello, Sciascia (quien a su coterráneo ha dedicado, además del Alfabeto pirandelliano -publicado en 1997 por Ediciones El Milagro-, Pirandello e la Sicilia y Pirandello e il pirandellismo) prefiere la narrativa corta, reunida en los Cuentos para un año. De las novelas, la que en su opinión se salva es Giustino Roncella nato Baggiolo, sobre la que da, además, un juicio restrictivo: ``Novela en muchos aspectos fallida, en la que, sin embargo, Pirandello estuvo más que en ninguna otra cercano a la perfección.'' En realidad Giustino Roncella quedó inacabada por la muerte de su autor, y entre la primera y la segunda parte hay un desequilibrio del que Pirandello tuvo conciencia. Muchos son los críticos que, justamente, discrepan de Sciascia porque, si los relatos de Pirandello son espléndidos, las novelas no lo son menos. El difunto Matías Pascal, los Cuadernos de Serafino Gubbio y Uno, ninguno y cien mil constituyen una trilogía alrededor del tema de la identidad de innegable valor artístico y cultural.

Con El difunto Matías Pascal, de 1904, empieza la crisis de identidad, la disolución histórica del personaje, que es el tema obsesivo de la obra narrativa y teatral del escritor de Agrigento. Pirandello enfrenta con más de medio siglo de anticipación el problema de la identidad que, no por haberse puesto de moda, deja de ser un problema menos angustioso; ``nuevo mal del siglo'' lo llama en 1977 Lévi-Strauss, para quien la crisis de identidad ``se produce cuando se hunden hábitos seculares, desaparecen modos de vida y se evaporan las viejas solidaridades''. Una crisis que se acompaña con el problema de la diferencia, de la alteridad, que sin duda es complementaria y hasta constitutiva de la primera, porque no puede haber, como no la hay en Pirandello, una sin otra.

La novela empieza así: ``Una de las cosas que yo sabía verdaderamente era que yo me llamaba Matías Pascal.'' Hay que observar que Pascal no es un apellido de la onomástica siciliana. Leonardo Sciascia, gran admirador de Blaise Pascal, revela, y creo que ha sido el único en hacerlo, que Matías repite, diluyéndolo a lo largo de su narración, un pensamiento del escritor francés: ``Yo no sé por qué vine al mundo ni cómo, ni lo que es el mundo, ni lo que soy yo mismo. Y si corro a investigarlo, regreso confundido por una ignorancia siempre más espantosa...'' ¿Se trata de una reminiscencia involuntaria de la lectura de Pascal, o hay una referencia precisa al pensador francés, en un momento en que Pirandello vive una crisis espiritual en la que llega a acariciar la idea de la fuga y del suicidio? A la cita que hace Sciascia, se pueden añadir otras del mismo Difunto Matías Pascal que prueban cómo la referencia de Pirandello a Blaise Pascal (a quien cita de manera explícita en uno de sus cuentos, ``Sopra e Sotto'', donde la visión trágica pascaliana es el motivo de la violenta discusión entre los dos protagonistas) ha sido intencional. Al inicio de su narración, Matías repite a cada instante, como un estribillo: ``¡Maldito sea Copérnico!'' A don Eligio, que le pregunta qué tiene que ver Copérnico, Matías contesta:
Sí que tiene que ver. Copérnico ha arruinado irremediablemente a la humanidad. Antes de Copérnico la gente no sabía que la Tierra giraba, y era como si no girara. Nosotros nos hemos acostumbrado poco a poquito a la nueva concepción de nuestra infinita pequeñez, y a considerarnos menos que nada en el universo, con todos nuestros bellos descubrimientos e invenciones...
Y Matías concluye con humor que la humanidad está reducida a unos millares de gusanitos curtidos por el sol.

Es claro que Pirandello ve el inicio del proceso de desintegración individual en el heliocentrismo copernicano, en la transición ``del mundo cerrado al universo infinito'' que destronó al hombre de su posición privilegiada, provocando una crisis de identidad que se manifiesta a partir del barroco, es decir, cuando el hombre percibe con azoramiento la impermanencia, la mutabilidad, la oscilación de las cosas entre el ser y la nada. Y fue precisamente Pascal el primero en registrar esa crisis de cambio: ante el espacio infinito, el pensador francés experimentó vértigo, miedo, soledad, sentimientos que están en la base de su concepción pesimista del hombre y del mundo. Hay que considerar, además, que cuando Matías repite: ``¡Maldito sea Copérnico!'' han pasado ya otras dos revoluciones: la darwiniana y la freudiana, que han empobrecido aún más la imagen del hombre y la han convertido en un "átomo infinitesimal" dentro de un mundo sin Dios.

Matías Pascal, que narra en primera persona su ``caso'', es uno de los tantos muertos-vivos de la literatura que hallan su alter ego en la realidad (los encontramos a menudo en la crónica de los diarios, la mayoría desaparecidos para siempre). Caído en la trampa de un matrimonio oprimente, se le ofrece la ocasión de desaparecer. Con un dinero que le llueve del cielo, parte sin avisar y llega a Montecarlo, donde juega y gana una fortuna. Cuando está por regresar lee en un periódico la noticia de su suicidio: el cadáver encontrado en la presa del molino de su pueblo ha sido reconocido como el suyo. Decide desaparecer definitivamente. Libre de la identidad de Matías Pascal, dueño de una plena disponibilidad -palabra clave de la narrativa de nuestro siglo-, está en condición de construirse una nueva existencia más acorde con su ser íntimo. Sin embargo, después de una ilusoria intención de cambio -``me hubiera gustado que no sólo exteriormente sino también en lo íntimo no quedara en mí ningún rasgo de él [su viejo yo]''-, Matías es incapaz de abrirse a esa metamorfosis que se había propuesto. En su nueva vida, bajo el nombre de Adriano Meis, no resiste a las presiones de la identidad externa y termina simulando el suicidio de Adriano para reencarnarse en Matías Pascal. El hecho es que Matías es, en esencia, un burgués, respetuoso de los valores burgueses, que aspira sólo a una vida normal, de afectos familiares auténticos, de manera explícita. Así, después de la ilusoria evasión de su pequeño y mezquino mundo, el viaje que hubiera podido ser iniciático, de encuentro con su verdadero ser, concluye en un paréntesis que deja a Matías prácticamente igual que antes; armado, esto sí, de un humorismo que le hace aceptar su fracaso. De hecho, Matías se presta al juego y hasta llega a deleitarse del drama que vive. Cuando apareció la novela, Benedetto Croce comentó con sarcasmo que era un drama de ``registro civil''. Dicho sin sarcasmo, eso es la novela, un amargo drama de registro civil, de la imposibilidad de vivir una vida normal fuera de las leyes establecidas. Con El difunto Matías Pascal inicia el camino que llevará a los protagonistas pirandellianos a la conciencia de que toda rebeldía está destinada al fracaso, porque el ser humano vive en una sociedad que, en cuanto tal, es tiránica y opresiva, a cuyas leyes y costumbres nadie puede sustraerse, a menos que se exilie de la vida. La tesis pirandelliana es la misma de Freud, a quien no conoció Pirandello (muy interesado por cierto en la psicología; entreÊsus lecturas: Les altérations de la personnalité de Alfred Binet que leía y releía). La sociedad es en esencia ineludiblemente represiva, y el individuo en esencia autorrepresivo. La conciencia individual, ``por su naturaleza abierta a los demás'' y ``necesitada de los demás'', dice el escritor, no puede coincidir con la social, por eso la relación es ilusoria, conflictual, mediada como está por la ``máscara'' con la que nos presentamos a los demás, que es falsa pero ineluctable y que condena al ser humano a un desdoblamiento perenne. Cuando la máscara, tras un hecho imprevisto, cae y la ``criatura'' queda al desnudo, empieza la rebeldía, inútil pero necesaria para desenmascarar la ilusión, en cuanto conduce a la conciencia de que rebelarse lleva al fracaso, pero también a la catarsis. La rebeldía puede ser efectiva sólo si el ser humano se aleja de la sociedad, como hará el último protagonista de Pirandello o, en la vida real, otro siciliano de carne y hueso: el físico Ettore Majorana, gran lector de Shakespeare y de Pirandello, del que amó sobre todo El difunto Matías Pascal. Es más que probable que, como dice Sciascia, la novela le haya sugerido la manera de desaparecer sin dejar rastro (nunca más se supo de él, no obstante la búsqueda del gobierno italiano interesado en su reaparición). Pero la decisión del físico obedeció a un imperativo ético (lo que le faltó a Matías): el de sustraerse a una ciencia de la destrucción, como sugiere la correspondencia con sus familiares después de su encuentro en Alemania con Eisenberg. "

"De todas formas, el propio autor nos ofrece las claves de interpretación de la obra, en los comentarios que hace el narrador, al final de la misma. Es muy recomendable, por tanto, la lectura de estas páginas, antes d acometer la aventura de la lectura de la novela propiamente dicha".

VALORACIÓN

"En la obra se advierte un contenido temático estructurado en tres planos. El primer plano corresponde a la historia propiamente dicha, o sea, al fondo del discurso narrativo, explicitado en un relato ficticio. El segundo se concreta en la relación entre realidad y apariencia. Se trata de un tema de índole filosófica. Y el tercero se proyecta en un contenido que se circunscribe al ámbito de la Ética y la Psicología, tal cual es el tema de la identidad personal que, por otra parte, es muy recurrente en su obra".
"En lo que respecta a la historia que se narra, cuyo argumento central ya ha sido expuesto en la presentación del libro, creo que lo que subyace en el fondo es una situación, bastante común en las personas que alcanzan la madurez - Pirandello tenía 37 años cuando escribió esta novela-, que consiste en el deseo de disponer de una segunda oportunidad en la vida, esto es, vivir una nueva vida, a partir de una experiencia insatisfactoria y fallida de la anterior".

"No obstante, el modo en que el autor resuelve esta historia ha llamado poderosamente mi atención. Me ha sorprendido que Pirandello, siendo, como fue, un escritor vanguardista, decididamente antirromántico e igualmente anticonvencional, la cerrara con el regreso de Matías Pascal a la realidad de su vida anterior, es decir, con el abrazo del protagonista a su identidad primigenia. Ciertamente, esta solución resulta un tanto humillante para la honorabilidad de Matías Pascal, por cuanto no salvaguarda su dignidad. Es más, ésta queda totalmente en entredicho. Todo le da lo mismo: que su mujer esté casada con un amigo, que ésta tenga un hijo, que tanto su esposa como su suegra admitan no alegrarse de su resurrección civil, que haya de alojarse en casa de una tía, a la que antaño odiaba, que tenga que volver al trabajo de bibliotecario, que anteriormente abandonó, etc... Sí, todo vale, con tal de recuperar la identidad que le confiere la categoría de ciudadano homologado, y además, precisamente por ello, al parecer, también la de persona".

"En fin, quiero pensar que esta apuesta de Pirandello tiene su fundamento en una deriva ética de los acontecimientos, y que se trata simplemente de un final ejemplarizante. Y es por esto que él penaliza la trasgresión de las normas. Y, en consecuencia, el final que le depara a Matías Pascal no es un broche nihilista, en el que éste se pierde en un caos de esquizofrenia civil, ni tampoco un final triunfalista, al estilo de La señorita Julia de Strindberg. Es un castigo por haber cedido a la tentación de abandonarlo todo, para ser otro y vivir una vida distinta. De hecho, él toma esta decisión, cuando desaparecen sus únicos lazos afectivos (mueren, casi en un santiamén, sus dos hijas y su madre), y cuando solamente le quedan una esposa que no le quiere, una suegra miserable, un amigo pusilánime, un administrador crápula, muchos acreedores y la soledad de una biblioteca caótica. Es entonces cuando huye de sí mismo, arrojándose a los brazos del azar, para transfigurarse en Adriano Meis. Esta actitud, al parecer, no es moralmente aceptable; y el autor decide aleccionarnos, mostrándonos la imposibilidad de éxito en esa huída, así como sus consecuencias trágicas, expresadas en la inevitabilidad de un retorno traumático a los orígenes identitarios".

"Por otro lado, el segundo plano de la estructura temática, el que se refiere a la relación entre realidad y apariencia, se manifiesta en múltiples y variadas circunstancias y situaciones del relato, a saber, por ejemplo: en la aparente diligencia y honradez del administrador de la familia Pascal, que es un ladrón impúdico; en la supuesta paternidad del propio administrador, que no es sino un cornudo; en la pretendida lealtad de Pompino, el mejor amigo de Matías, que corre a casarse con su esposa, cuando ambos creen que éste ha muerto; en el amor interesado de Berto, hermano de Matías, que lo único que busca en su matrimonio es el confort de una vida burguesa desahogada; la hipotética rectitud de su esposa y suegra, en el cumplimiento de los deberes familiares, cuando en realidad, la primera es una egoísta, y la segunda una inmisericorde arpía; la actitud hipócrita de la mayoría de los personajes que pueblan la vida de Adriano Meis, que se esconden en diferentes máscaras, como la videncia, el esoterismo, el espiritismo, la teosofía, la timidez, la demencia, la enfermedad o el alcohol; etc..."

"Con todo, para comprender mejor el significado de la relación entre apariencia y realidad, nos puede ser de gran ayuda, por su paralelismo con la novela que nos ocupa, la lectura de una obra de teatro del propio Pirandello, Así es, si os parece, cuyo título es ya de suyo muy significativo, y cuya línea argumental se puede resumir así: El señor P. considera, como su segunda esposa, a una mujer que, en cambio, su suegra tiene por hija suya y como primera esposa de él. Las autoridades de la ciudad de provincia, en la que se desarrolla la acción, abren una especie de investigación judicial, que desemboca en un juicio, para apurar, por falta de datos realmente objetivos - ya que el registro civil fue destruido por un terremoto-, quien es realmente de las dos".

"Y por último, en lo que se refiere a la cuestión de la identidad personal, cabe decir que ésta es el principal tema de las obras de Pirandello. En el libro El difunto Matías Pascal, trata concretamente el asunto de la imposibilidad de construirse una identidad, de forma deliberada y unilateral. Es, por decirlo así, una cuestión similar a la que se presenta en su obra de teatro más conocida, Seis personajes en busca de autor, en la cual la acción se desarrolla en un escenario, en el que irrumpen seis personajes que reclaman ser creados. En realidad, no se sabe si están creados, o no lo están. El caso es que se desencadena una discusión con el director del teatro, acerca de quién es más real de ellos, aquel que cambia en el transcurso de la vida, o aquel que permanece inmutable, como un personaje literario creado. Es, también, en este sentido, la cuestión fundamental del libro Uno, ninguno y cien mil, cuya sinopsis podría ser ésta: Un hombre sufre una crisis de identidad, por una banal observación sobre su nariz, que le hace su mujer, mientras se está mirando en el espejo. A partir de ese momento, el espejo le devolverá la imagen del otro, del hombre que no es, sino que parece ser: un individuo que no es uno, sino cien mil, acopiando tantas personalidades como los demás puedan atribuirle. Y no podemos olvidar que de este libro el mismo Pirandello dijo que era la síntesis de todo lo que había hecho y la fuente de todo lo que haría en el futuro, y que sería como su testamento literario, por lo que, después de su publicación, debería callar para siempre".

INTERVENCIONES

Miguel San José:

"En el libro se presentan dos historias, protagonizadas por un único individuo que, a su vez, se desdobla en dos personas, con identidades distintas: Matías Pascal y Adriano Meis".

"La historia de Matías Pascal, es de principio a fin absolutamente verosímil. No necesita, por tanto, una demostración, ni mucho menos una justificación, para que resulte creíble, tal y como intenta el narrador al final del libro, relatando las circunstancias que concurrieron en unos hechos similares a los que acontecen en la novela, y que sucedieron realmente. Sí, los personajes, las descripciones, las situaciones, todo me satisfizo enormemente".

"En cambio, la historia de Adriano Meis me ha parecido artificial e inconsistente. Y es que no resulta muy creíble que un señor, que ha huido de si mismo, de su pasado, de la miseria, la incomprensión, el desamor y las injusticias, y que ahora dispone de una inmensa fortuna y está libre de toda atadura, que no está aquejado por ninguna enfermedad y es plenamente dueño y consciente de sus actos, comience una nueva vida, recluyéndose en la habitación de una casa, situada en un barrio cutre de la ciudad más infecta del mundo, en calidad de inquilino. Y mucho menos aún, que centre su atención en los aspectos más desagradables de la vida (la soledad, el miedo, la derrota, la enfermedad, la muerte, etc...), que se explaye en una introversión a todas luces lacerante, y que se rodee de un grupo de personas, de variada condición, pero todas ellas, en mayor o menor grado, desgraciadas y miserables: un fanático de la Teosofía, un vividor ladrón y sinvergüenza, una birrochona alcohólica, un idiota epiléptico y una patrona mojigata y pusilánime"

"En la literatura clásica podemos encontrar algunos ejemplos de transfiguraciones y cambios de identidad, en los que los protagonistas de los mismos se hipostasian en personas distintas, que nos resultan naturales. Y todas ellas se comportan de un modo coherente en cada estado identitario. Así ocurre en las obras El conde de Montecristo de Alejandro Dumas, Los miserables de Víctor Hugo y El Dr. Jekyll y Mister Hyde de R.L. Stevenson".

"Verdaderamente, creo que cualquier persona, en una coyuntura económica, anímica y social idéntica a la de Adriano Meis, decidiría vivir de otra manera más acorde a sus circunstancias factuales. Por esto, deduzco que la historia de Adriano Meis, tal y como se desarrolla, es un recurso narrativo, que servirá al autor, en primer lugar, para justificar el reencuentro de Matías Pascal consigo mismo y su regreso a la identidad originaria, y en segundo lugar, para establecer, de un modo velado - subliminal, podría decirse-, una prevención moral, como ya se ha expuesto anteriormente".

Jon Rosáenz:

"Nada más comenzar a leer el libro, con la descripción de la vetusta ermita convertida en biblioteca municipal, llena de libros polvorientos apilados en los lugares más inverosímiles e infestada de ratas, y con la presentación de la escena en la cual el bibliotecario lanza un pesado tomo desde el atrio al piso inferior, que cae sobre la mesa en la que trabajaba Matías Pascal, levantando una nube de polvo y matando tres arañas al impactar contra ella, recordé el imaginario cinematográfico del cineasta Fellini, principalmente en lo que se refiere a la ambientación, escenografía y discurso narrativo. Y no andaba desencaminado, porque posteriormente pude saber que existe una película italiana, protagonizada por M. Mastroiani, basada en la obra El difunto Matías Pascal.

"Una vez terminada la lectura, tuve la impresión de que la puesta en escena de multitud de situaciones era propiamente muy teatral, a pesar de tratarse de una novela. Quizá esta latencia estilística es premonitoria de su futura actividad literaria. No en vano, más tarde Pirandello adquirió renombre, como autor de obras de teatro".

"En lo que respecta al contenido, el libro es un reflejo de la crisis espiritual que sufrió el autor, incidida por unas circunstancias económicas adversas y una situación familiar lacerante - así lo explica al menos la profesora Annunziata Rossi, en el ensayo que ya se ha presentado anteriormente-. Esta crisis existencial le condujo a Pirandello a plantearse la cuestión de la esencia del ser humano, en su conformación individual y social. Matías Pascal es el exponente literario de esa búsqueda de sentido existencial y de reconocimiento de la auténtica identidad personal, que le es propia a todo ser humano, y cuya concreción compete a cada individuo".

"En este contexto, la tesis que parece defender el autor es que cada sentimiento, cada sueño, cada idea y cada relación humana no son sino distintas máscaras que ocultan nuestra verdadera naturaleza individual, esto es, disfraces "ad hoc", que utilizamos en todo momento, y sin excepciones, a los que denominamos "identidad". Y de esta manera, enmascarados, frente al espejo de la propia conciencia y al de los ojos de los demás, estamos solos y desvaídos, en un desamparo inconmensurable, perdidos en el universo, orbitando mecánicamente en torno a una estrella, al albur de las leyes de la naturaleza - así lo recuerda el bibliotecario, cuando critica el legado de Copérnico, alegando que él es el responsable del desvanecimiento de la ancestral ilusión de los seres humanos por ser el culmen de la creación-. Así que, por tanto, habrá que admitir nuestra pequeñez, nuestra infimidad, y reconocer que lo único cierto y seguro de nosotros mismos, eso que llamamos identidad, son las máscaras que entierran la poquedad misma, y que la vida es un baile de disfraces. Simplemente eso. Y no hay ciencia formal, empírica o esotérica que nos pueda ayudar a liberarnos de la tiranía de las apariencias que estrangulan la realidad de nuestro ser individual".

Nicolás Zimarro:

"La novela es una representación literaria de la cuestión acerca del sentido de la existencia del ser humano, cuestión que es, por otra parte, tan antigua como la humanidad misma".

"El ser humano, todo ser humano, se plantea, antes o después, con hondura metafísica o con la somera sabiduría popular, la cuestión del sentido de la existencia y de la identidad individual. Preguntas como "¿quién soy yo?", "¿de dónde venimos?", "¿adónde vamos?", "¿hay un más allá, tras la muerte?, etc... configuran el guión que explicita los contenidos de dicha cuestión. Y no cabe buscar refugio en la ciencia, la filosofía o la religión, que, si bien pueden suponer un cierto alivio a nuestro anhelo de respuestas satisfactorias y concluyentes, no sirven al propósito de resolver la angustia existencial que asola a cada individuo, en su cara a cara con el sentido de la vida. Y todo, porque estamos solos, radicalmente solos, ante nuestra conciencia. Sí, sólo el individuo, cada uno de nosotros, uno a uno, puede escuchar el susurrante eco del destino personal".

"El problema fundamental al que se enfrenta el ser humano es el de la falta de respuesta con sentido a la soledad existencial. Esta última significa la radical indefensión en la que se halla el ser humano ante las ineludibles cuestiones anteriormente planteadas, que surgen a partir de la conciencia del yo".

"En esta situación sólo caben dos posicionamientos: el de la absoluta incomunicación y el de la comunicación con los demás. La incomunicación absoluta sería la solución de quien opta por la soledad más radical. No obstante, esta solución sólo puede plantearse como una hipótesis de trabajo, puesto que simplemente no es factible. Sería la de aquel ser humano radicalmente ajeno a todo otro ser humano. En cualquier caso, además, esta opción nos llevaría a una indiferenciación del yo y de lo otro, a una pérdida total del sentido de la existencia, a una respuesta meramente ilusoria ante la soledad existencial, que imposiblitaría la valoración moral de la acción humana".

"La única solución posible para superar la soledad existencial es, por tanto, la vía de la comunicación".

"Detengámonos a analizar esta vía, y fácilmente podremos distinguir entre la comunicación auténtica y la comunicación no auténtica".

"La comunicación ha de entenderse como un darse al otro a la vez que el otro se nos da. La comunicación no auténtica consiste en un darse que no se da: esto es, en un darse enmascarado. Es, por decirlo así, la pretensión de salvar la soledad existencial desde una posición del yo como centro del ámbito de relaciones comunicativas y del otro como medio para mis fines. Es ésta, qué duda cabe, la opción por la que apuesta Matías Pascal".

"El problema se agrava cuando no es sólo un yo el que establece una relación comunicativa no auténtica, sino la sociedad en general. Entonces, todos los sujetos de la relación comunicativa se muestran como en realidad no son, hasta el punto de que cada yo prejuzga a todo otro desde su relación de inautenticidad. Así se explica el caos de humanidad reinante, tanto en el mundo de Matías Pascal como en el de Adriano Meis".

"La vía de la comunicación auténtica es la respuesta a la situación de soledad existencial desde un darse de todo yo a todo otro sujeto tal como cada uno es. Este auténtico darse de todo sujeto a todo otro sujeto configura lo que cada uno es, y define, por otra parte, lo que es el ser humano: yo soy siendo con los otros; mi ser se ensambla en el ser del otro, y encuentra en cuanto ser finito su plenitud en el otro. Es esta vía la que mejor refleja la intención pirandelliana de formular una propuesta ética, encaminada a resolver el problema de la identidad y la "otredad" propias de cada individuo humano, a partir de un reconocimiento del "otro", de todo "otro", en cada uno de nosotros".

"¡Qué magnífico ejemplo de la ancestral lucha identitaria de los individuos consigo mismos es éste que nos ofrece Pirandello, encarnada en la realidad de un sujeto con identidades variadas a discreción, según las circunstancias y las diferentes coyunturas!"

"La conclusión a la que llega Matías Pascal es que la única forma posible de un ejercicio real de la libertad individual es la integración del sujeto de esa libertad en el ámbito de las relaciones humanas regladas, o sea, en una estructura social estandarizada. Así pues,parece que Pirandello defiende la máxima aristotélica, recogida en su obra "La Política", que define al ser humano como un "zoon politicon", un animal social".

"Es sabido que, en la idiosincrasia de los antiguos griegos, se contemplaba la identidad y la relación de los conceptos "ser humano" y "ciudadano", con un carácter de necesariedad, de tal modo que ambas cualidades constituyen, a todos los efectos, una única y la misma realidad. De esta forma, el término griego "barbaros" designa al individuo desposeído del "status" de ser humano, por carecer de la condición de ciudadano libre de pleno derecho. Y, desde esta perspectiva, resulta comprensible la decisión de Sócrates de morir ingiriendo cicuta, antes que arrostrar el destierro al que había sido condenado, que supondría la pérdida de su condición de ciudadano ateniense y, con ello, la entidad humana".

"En este mismo orden de cosas, los ilustrados entendieron que la culminación de la humanidad individual, así como la práctica efectiva de la libertad personal, sólo eran factibles, a través de la mediación de un contrato social que garantizara, por una parte, el ejercicio positivo de las potencialidades individuales y, por otra, un orden social razonablemente equilibrado".

"Y parece ser que ésta es la lección moral que Pirandello intenta transmitirnos: la libertad no es una dimensión psicológica del individuo, que se concreta en una proyección sin límites del "yo", en lo "otro" y "los otros". Tampoco es una ilusión, humo de vanidad humana, o una idea pura. Es simplemente la adecuación razonable de la animalidad primigenia que sustancia a todo individuo humano, con la realidad social conformada en códigos de actuación estereotipados en normas y leyes positivas. Matías Pascal tuvo miedo a la libertad, como lo tuvo también Adriano Meis. Ambos tuvieron miedo de si mismos, porque, como decía E. Fronm, en su libro El miedo a la libertad, sólo aquellos que aman la vida, aquellos que se sienten exclusivos y al mismo tiempo millones de veces repetidos en los otros, llega a ser libre".

Roberto Sánchez:

"El libro resulta entretenido, en las dos historias que narra, la de Matías Pascal y la de la nueva vida que intenta éste crearse, con la identidad de Adriano Meis; aunque, por momentos, cueste leerlo, debido a su construcción gramatical un tanto anticuada, así por ejemplo, en la postposición de los pronominales a las formas verbales".

"La historia de Matías Pascal cuenta la vida de un pequeño terrateniente de un pueblecito italiano, que nunca había pegado un palo al agua, porque hasta bien mayor pudo vivir de las rentas, que se hallaba en vías de arruinarse y que, inevitablemente, en un momento determinado, se vio abocado a trabajar. Es, en definitiva, una historia ordinaria y perfectamente factible".

"Pero la historia verdaderamente fascinante es la que relata la vida de Adriano Meis. Lo es, porque se trata de la concreción en una biografía de una ilusión universal: el sueño de ser otro distinto a nosotros mismos, el sueño de vivir una vida en plena libertad, exentos de la esclavitud del dinero, ajenos a los designios de los demás y sobrepuestos al imperio de las circunstancias".

"Sin embargo, los acontecimientos que concurren en la vida de Adriano Meis nos conducen a pensar que la libertad absoluta es imposible: él dispone de dinero suficiente, para vivir con holgura el resto de sus días; nadie le conoce, ni puede exigirle cuentas; puede ir allá donde le plazca y hacer lo que le venga en gana. Y, a pesar de todo, no es libre. Más aún, es incapaz de hacer prácticamente nada: no puede presentar una denuncia, cuando le roban; no puede tener una confidencia con nadie; ha de alojarse en un cuchitril inmundo, porque sabe que allí no le van a pedir ninguna documentación. En fin, ha de vivir como un muerto".

"Por todo, las experiencias de Adriano Meis provocan una cierta desazón y una profunda tristeza. Desazón y tristeza que delatan la realidad dolorosa de un sueño imposible: el sueño de la libertad".

Joseba Molinero:

"El libro habla de la libertad, o mejor dicho, de lo que supone ser libre, que no es otra cosa más que la supeditación del ejercicio del libre albedrío individual a la estructura y códigos sociales vigentes".

"Matías Pascal no sabe ser libre. Ciertamente hace lo que quiere; pero, su actitud ante la vida no es el resultado de una decisión personal, sino más bien un "dejarse arrastrar" por la inconsciencia y la inmadurez. Y solamente cuando muere civilmente y toma la decisión de ser Adriano Meis, cuando elige ser libre, entonces constata que la libertad no consiste en hacer lo que uno quiere, sin más, sino en proyectar plenamente la realidad individual en el organigrama social. No basta, en consecuencia, con la mera decisión personal de ser libre, ni con un radical cambio de identidad. No; la libertad requiere la participación de los otros aspirantes a la propia libertad, desde y a través del entramado social en el que se desarrollan las relaciones humanas. De forma que la libertad individual es el reflejo en la conciencia personal de la libertad colectiva. Y viceversa, esta última es la proyección en Derecho positivo del ejercicio efectivo de la libertad individual".

"Pero, el libro también habla de la muerte. Y, al respecto, destacan tres consideraciones que se derivan de las diferentes actitudes de los personajes y de las situaciones que éstos han de afrontar:

La primera es que la muerte es el espejo y refrendo de nuestra poquedad. Sí, no solamente estamos condenados a disfrutar de una libertad mediada y relativa; sino que, además, somos seres para la muerte, seres destinados a morir inevitablemente, como eslabones que van desprendiéndose, uno a uno, cada cual a su tiempo, de la cadena de la vida, aventados por un determinismo natural. Y ello se hace patente en la desesperanza que anida en los corazones de los personajes. Hombres y mujeres, todos ellos ignominiosos, miserables y ridículos en su vulgaridad; todos ellos prisioneros del egoísmo, malentendido éste como la representación más genuina de la propia identidad personal y como la consecución de la libertad; todos ellos frustrados proyectos de humanidad.

La segunda es que la muerte es, paradójicamente, la condición de posibilidad de la libertad. En efecto, la libertad es la potencialidad del ejercicio público y privado de nuestra capacidad para tomar decisiones. Evidentemente, la temporalidad relativa y finita de la existencia de los individuos humanos precipita y concreta la toma de decisiones, o lo que es lo mismo, el uso factual de la libertad. Y es que, si nuestra existencia fuera eterna, si la vida fuera un perdurar en el tiempo, fuera del tiempo, si fuera un tamborreo incesante de latidos inmortales, entonces dejaríamos la asunción de cualquier responsabilidad y la toma de cualquier decisión siempre para más adelante, a sabiendas de que el "tic-tac" del reloj de nuestro corazón jamás cesará de sonar. Y no haríamos nada, sólo estar ahí en el mundo, hastiados de no hacer nada, como piedras milenarias cautivas en la inercia de una inoperancia natural. En definitiva, seríamos un proyecto de humanidad irrealizable y radicalmente absurdo.

La tercera consideración es que la muerte se presenta como la puerta de acceso a la libertad plena. Y, por esto, los seres humanos pretendemos husmear en el umbral de dicho portón, por ver si podemos vislumbrar algún detalle de tan extraordinaria realidad. ¿Qué no haríamos por conocer este misterio? Las religiones, las mitologías, las ciencias esotéricas, etc... son vanos intentos de solución del mismo, que no pasan de ser meras fabulaciones, más o menos interesadas, más o menos plausibles, más o menos acertadas, de la realidad de la muerte".