Acta mayo 2004

OBRA: ILONA LLEGA CON LA LLUVIA
AUTOR: Álvaro Mutis

PONENTE: Roberto Sánchez

PRESENTACIÓN

"Para un acercamiento a la figura y obra de Álvaro Mutis resultan de gran ayuda, por su extraordinario interés, el Prólogo que Gabriel García Márquez escribió a su obra La mansión de Araucaima y otros relatos, por una parte; y por otra, el texto publicado por Marta Rivera De la Cruz, que recoge la entrevista que tuvo lugar en la facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, organizada por el Club de Debate de esta universidad, dentro de las Jornadas de celebración del 25 aniversario de la Facultad de Ciencias de la Información".
"Éste es el texto del Prólogo:
" Álvaro Mutis y yo habíamos hecho el pacto de no hablar en público el uno del otro, ni bien ni mal, como una vacuna contra la viruela de los elogios mutuos. Sin embargo, hace 10 años justos y en este mismo sitio, él violó aquel pacto de salubridad social, sólo porque no le gustó el peluquero que le recomendé. He esperado desde entonces una ocasión para comerme el plato frío de la venganza, y creo que no habrá otra más propicia que ésta.
Álvaro contó entonces cómo nos había presentado Gonzalo Mallarino en la Cartagena idílica de 1949. Ese encuentro parecía ser en verdad el primero, hasta una tarde de hace tres o cuatro años, cuando le oí decir algo casual sobre Félix Mendelssohn. Fue una revelación que me transportó de golpe a mis años de universitario en la desierta salita de música de la Biblioteca Nacional de Bogotá, donde nos refugiábamos los que no teníamos los cinco centavos para estudiar en el café. Entre los escasos clientes del atardecer yo odiaba a uno de nariz heráldica y cejas de turco, con un cuerpo enorme y unos zapatos minúsculos como los de Buffalo Bill, que entraba sin falta a las cuatro de la tarde, y pedía que tocaran el concierto de violín de Mendelssohn. Tuvieron que pasar 40 años, hasta aquella tarde en su casa de México, para reconocer de pronto la voz estentórea, los pies de Niño Dios, las temblorosas manos incapaces de pasar una aguja por el ojo de un camello.
"Carajo", le dije derrotado."De modo que eras tú".
Lo único que lamenté fue no poder cobrarle los resentimientos atrasados, porque ya habíamos digerido tanta música juntos, que no teníamos caminos de regreso. De modo que seguimos de amigos, muy a pesar del abismo insondable que se abre en el centro de su vasta cultura, y que ha de separarnos para siempre: su insensibilidad para el bolero.
Álvaro había sufrido ya los muchos riesgos de sus oficios raros e innumerables. A los 18 años, siendo locutor de la Radio Nacional, un marido celoso lo esperó armado en la esquina, porque creía haber detectado mensajes cifrados a su esposa en las presentaciones que él improvisaba en sus programas. En otra ocasión, durante un acto solemne en este mismo palacio presidencial, confundió y trastocó los nombres de los dos Lleras mayores. Más tarde, ya como especialista de relaciones públicas, se equivocó de película en una reunión de beneficencia, y en vez de un documental de niños huérfanos les proyectó a las buenas señoras de la sociedad una comedia pornográfica de monjas y soldados, enmascarada bajo un título inocente: El cultivo del naranjo. Fue también jefe de relaciones públicas de una empresa aérea que se acabó cuando se le cayó el último avión. El tiempo de Álvaro se le iba en identificar los cadáveres, para darles la noticia a las familias de las víctimas antes que a los periódicos. Los parientes desprevenidos abrían la puerta creyendo que era la felicidad, y con sólo reconocer la cara caían fulminados con un grito de dolor.
En otro empleo más grato había tenido que sacar de un hotel de Barranquilla el cadáver exquisito del hombre más rico del mundo. Lo bajó en posición vertical por el ascensor de servicio en un ataúd comprado de emergencia en la funeraria de la esquina. Al camarero que le preguntó quién iba dentro, le dijo: "El señor obispo". En un restaurante de México, donde hablaba a gritos, un vecino de mesa trató de agredirlo, creyendo que en realidad era Walter Winchell, el personaje de Los Intocables que Álvaro doblaba para la televisión. Durante sus 23 años de vendedor de películas enlatadas para América Latina, le dio 17 veces la vuelta al mundo sin cambiar el modo de ser.
Lo que más aprecié desde siempre es su generosidad de maestro de escuela, con una vocación feroz que nunca pudo ejercer por el maldito vicio del billar. Ningún escritor que yo conozca se ocupa tanto como él de los otros, y en especial de los más jóvenes. Los instiga a la poesía contra la voluntad de sus padres, los pervierte con libros secretos, los hipnotiza con su labia florida y los echa a rodar por el mundo, convencidos de que es posible ser poeta sin morir en el intento.
Nadie se ha beneficiado más que yo de esa escasa virtud. Ya conté alguna vez que fue Álvaro quien me llevó mi primer ejemplar de Pedro Páramo y me dijo: "Ahí tiene, para que aprenda". Nunca se imaginó en la que se había metido. Pues con la lectura de Juan Rulfo aprendí no sólo a escribir de otro modo, sino a tener siempre listo un cuento distinto para no contar el que estoy escribiendo. Mi víctima absoluta de ese sistema salvador ha sido Álvaro Mutis desde que escribí Cien Años de Soledad. Casi todas las noches fue a mi casa durante 18 meses para que le contara los capítulos terminados, y de ese modo captaba sus reacciones aunque no fuera el mismo cuento. El los escuchaba con tanto entusiasmo que seguía repitiéndolos por todas partes, corregidos y aumentados por él. Sus amigos me los contaban después tal como Álvaro se los contaba, y muchas veces me apropié de sus aportes. Terminado el primer borrador se lo mandé a su casa. Al día siguiente me llamó indignado:
"Usted me ha hecho quedar como un perro con mis amigos", me gritó. "Esta vaina no tiene nada que ver con lo que me había contado".
Desde entonces ha sido el primer lector de mis originales. Sus juicios son tan crudos, pero también tan razonados, que por lo menos tres cuentos míos murieron en el cajón de la basura porque él tenía razón contra ellos. Yo mismo no podría decir qué tanto hay de él en casi todos mis libros, pero hay mucho.
Me preguntan a menudo cómo es que esta amistad ha podido prosperar en estos tiempos tan ruines. La respuesta es simple: Álvaro y yo nos vemos muy poco, y sólo para ser amigos. Aunque hemos vivido en México más de 30 años, y casi vecinos, es allí donde menos nos vemos. Cuando quiero verlo, o él quiere verme, nos llamamos antes por teléfono para estar seguros de que queremos vernos. Sólo una vez violé esta regla de amistad elemental, y Álvaro me dio entonces una prueba máxima de la clase de amigo que es capaz de ser.
Fue así: ahogado de tequila, con un amigo muy querido, toqué a las cuatro de la madrugada en el apartamento donde Álvaro sobrellevaba su triste vida de soltero y a la orden. Sin explicación alguna, ante su mirada todavía embobecida por el sueño, descolgamos un precioso óleo de Botero, de un metro y veinte por un metro; nos lo llevamos sin explicaciones e hicimos con él lo que nos dio la gana. Álvaro no me ha dicho nunca una palabra sobre el asalto, ni movió un dedo para saber del cuadro, y yo he tenido que esperar hasta esta noche de sus primeros 70 años para expresarle mi remordimiento.
Otro buen sustento de esta amistad es que la mayoría de las veces en que hemos estado juntos, ha sido viajando. Esto nos ha permitido ocuparnos de otros y de otras cosas la mayor parte del tiempo, y sólo ocuparnos el uno del otro cuando en realidad valía la pena. Para mí, las horas interminables de carreteras europeas han sido la universidad de artes y letras donde nunca estuve. De Barcelona a Aix-en-Provence aprendí más de 300 kilómetros sobre los cátaros y los papas de Aviñón. Así en Alejandría como en Florencia, en Nápoles como en Beirut, en Egipto como en París. Sin embargo, la enseñanza más enigmática de aquellos viajes frenéticos fue a través de la campiña belga, enrarecida por la bruma de octubre y el olor de caca humana de los barbechos recién abandonados. Álvaro había manejado durante más de tres horas, aunque nadie lo crea, en absoluto silencio. De pronto dijo: "País de grandes ciclistas y cazadores". Nunca nos explicó qué quiso decir, pero nos confesó que él lleva dentro un bobo gigantesco, peludo y babeante, que en sus momentos de descuido suelta frases como aquella, aun en las visitas más propias y hasta en los palacios presidenciales, y tiene que mantenerlo a raya mientras escribe, porque se vuelve loco y se sacude y patalea por las ansias de corregirle los libros.
Con todo, los mejores recuerdos de esa escuela errante no han sido las clases, sino los recreos. En París, esperando que las señoras acabaran de comprar, Álvaro se sentó en las gradas de una cafetería de moda, torció la cabeza hacia el cielo, puso los ojos en blanco y extendió su trémula mano de mendigo. Un caballero impecable le dijo con la típica acidez francesa: "Es un descaro pedir limosna con semejante suéter de cachemir". Pero le dio un franco. En menos de 15 minutos recogió 40. En Roma, en casa de Francesco Rosi, hipnotizó a Fellini, a Mónica Vitti, a Alida Valli, a Alberto Moravia, a la flor y nata del cine y de las letras italianas, y los mantuvo en vilo durante horas, contándoles sus historias truculentas del Quindío en un italiano inventado por él, y sin una sola palabra de italiano. En un bar de Barcelona recitó un poema con la voz y el desaliento de Pablo Neruda, y alguien que había escuchado a Neruda en persona le pidió un autógrafo creyendo que era él. Un verso suyo me había inquietado desde que lo leí: "Ahora que sé que nunca conoceré Estambul". Un verso extraño en un monárquico insalvable, que nunca había dicho Estambul sino Bizancio, como no decía Leningrado sino San Petersburgo mucho antes de que la historia le diera la razón. No sé por qué tuve el presagio de que debíamos exorcizar aquel verso conociendo Estambul. De modo que lo convencí de que nos fuéramos en un barco lento, como debe ser cuando uno desafía al destino. Sin embargo, no tuve un instante de sosiego durante los tres días que estuvimos allí, asustado por el poder premonitorio de la poesía. Sólo hoy, cuando Álvaro es un anciano de 70 años y yo un niño de 66, me atrevo a decir que no lo hice por derrotar un verso, sino por contrariar a la muerte.
De todos modos, la única vez en que de veras me he creído a punto de morir, también estaba con Álvaro. Rodábamos a través de la Provenza luminosa, cuando un conductor demente se nos vino encima en sentido contrario. No me quedó otro recurso que dar un golpe de volante a la derecha sin tiempo para mirar adónde íbamos a caer. Por un instante sentí la sensación fenomenal de que el volante no me obedecía en el vacío. Carmen y Mercedes, siempre en el asiento posterior, permanecieron sin aliento hasta que el automóvil se acostó como un niño en la cuneta de un viñedo primaveral. Lo único que recuerdo de aquel instante es la cara de Álvaro en el asiento de al lado, que me miraba un segundo antes de morir con un gesto de conmiseración que parecía decir:
"¡Pero qué está haciendo este pendejo!".
Estos exabruptos de Álvaro nos sorprenden menos a quienes conocimos y padecimos a su madre, Carolina Jaramillo, una mujer hermosa y alucinada que no volvió a mirarse en un espejo desde los 20 años porque empezó a verse distinta de como se sentía. Siendo ya una abuela avanzada andaba en bicicleta y vestida de cazador, poniendo inyecciones gratis en las fincas de la sabana. En Nueva York le pedí una noche que se quedara cuidando a mi hijo de 14 meses mientras íbamos al cine. Ella nos advirtió con toda seriedad que tuviéramos cuidado, porque en Manizales había hecho el mismo favor con un niño que no paraba de llorar, y tuvo que callarlo con un dulce de moras envenenadas. A pesar de eso se lo encomendamos otro día en los almacenes Macy's, y cuando regresamos la encontramos sola. Mientras los servicios de seguridad buscaban al niño, ella trató de consolarnos con la misma serenidad tenebrosa de su hijo:
"No se preocupen. También Alvarito se me perdió en Bruselas cuando tenía siete años, y ahora vean lo bien que le va".
Por supuesto que le iba bien, si era una versión culta y magnificada de ella, y conocido en medio planeta, no tanto por su poesía como por ser el hombre más simpático del mundo. Por dondequiera que pasaba iba dejando el rastro inolvidable de sus exageraciones frenéticas, de sus comilonas suicidas, de sus exabruptos geniales. Sólo quienes lo conocemos y lo queremos más sabemos que no son más que aspavientos para asustar a sus fantasmas. Nadie puede imaginarse cuál es el altísimo precio que paga Álvaro Mutis por la desgracia de ser tan simpático. Lo he visto tendido en un sofá, en la penumbra de su estudio, con un guayabo de conciencia que no le envidiaría ninguno de sus felices auditores de la noche anterior.
Por fortuna, esa soledad incurable es la otra madre a la que debe su inmensa sabiduría, su descomunal capacidad de lectura, su curiosidad infinita, y la hermosura quimérica y la desolación interminable de su poesía.
Lo he visto escondido del mundo en las sinfonías paqui-dérmicas de Bruckner como si fueran divertimentos de Scarlatti. Lo he visto en un rincón apartado de un jardín de Cuernavaca, durante unas largas vacaciones, fugitivo de la realidad por el bosque encantado de las obras completas de Balzac. Cada cierto tiempo, como quien va a ver una película de vaqueros, relee de una tirada En busca del tiempo perdido. Pues una buena condición para que lea un libro es que no tenga menos de 1.200 páginas. En la cárcel de México, adonde estuvo por un delito del que disfrutamos muchos escritores y artistas, y que sólo él pagó, permaneció los 16 meses que él considera los más felices de su vida.
Siempre pensé que la lentitud de su creación era causada por sus oficios tiránicos. Pensé además que estaba agravada por el desastre de su caligrafía, que parece hecha con pluma de ganso, y por el ganso mismo, y cuyos trazos de vampiro harían aullar de pavor a los mastines en la niebla de Transilvania. El me dijo cuando se lo dije, hace muchos años, que tan pronto como se jubilara de sus galeras iba a ponerse al día con sus libros. Que haya sido así, y que haya saltado sin paracaídas de sus aviones eternos a la tierra firme de una gloria abundante y merecida, es uno de los grandes milagros de nuestras letras: ocho libros en seis años.
Basta leer una sola página de cualquiera de ellos para entenderlo todo: la obra completa de Álvaro Mutis, su vida misma, son las de un vidente que sabe a ciencia cierta que nunca volveremos a encontrar el paraíso perdido. Es decir: Maqroll no es sólo él, como con tanta facilidad se dice. Maqroll somos todos.
Quedémonos con esta azarosa conclusión, quienes hemos venido esta noche a cumplir con Álvaro estos 70 años de todos. Por primera vez sin falsos pudores, sin mentadas de madre por miedo de llorar, y sólo para decirle con todo el corazón, cuánto lo admiramos, carajo, y cuánto lo queremos."

"El contenido de la entrevista a Álvaro Mutis recogida por Marta Rivera De la Cruz es el siguiente:

"Álvaro Mutis llega casi puntual, altísimo, sonriente, cómodo en su piel de escritor de moda y premiado reciente. Tiene la sonrisa constante, que a menudo quiebra en una carcajada sonora, inmensa. García Márquez lo definió una vez como "fabulosamente simpatico". Al ver a Álvaro Mutis uno tiene la impresión de estar ante un hombre dichoso, que disfruta enormemente con sus tareas de creador, con el contacto con la gente, con el cultivo de la amistad. Mutis es un colombiano que vive en Méjico "En dondequiera que se viva - dijo una vez en entrevista concedida a Lionel Giraldo- como se quiera que se viva, siempre se es un exiliado. Somos exiliados de nuestra infancia, de nuestra vida misma". Precisamente al exilio brindó un poema de "Los elementos del desastre":

"... y olvido así quien soy, de dónde vengo
hasta cuando una noche
comienza el golpeteo de la lluvia
y corre el agua por las calles en silencio
y un olor húmedo y cierto
me regresa a las grandes noches del Tolima
en donde un vasto desorden de aguas
gira hasta el alba su vocerío vegetal
su destronado poder, entre las ramas del sombrío
chorrea aún en la mañana
acallando el borboteo espeso de la miel
en los pulidos calderos de cobre
Es entonces cuando peso mi exilio
y mido la irrescatable soledad de lo perdido

Exiliados de nuestra infancia. Si de ella somos, como decía Saint Exupery, Mutis pertenece al recuerdo vago de una Europa vista desde la óptica del hijo de un diplomático, allá en Bruselas, y luego de la del niño que regresa del continente para descubrir el trópico, la tierra caliente, las plantaciones inmensas, los cafetales, las quebradas, las tormentas apocalípticas, el universo particular de la finca "Coello", allá en Tolima, el paraíso irrecuperable. La vida de Mutis ha sido intensa, particular, a ratos extremadamente difícil, como el período tremendo que pasó en el penal de Lecumberri por causa de un error. Dieciocho meses privado de libertad, que le sirvieron, sin embargo, para enriquecer su experiencia personal. Así se lo reconocía en una entrevista concedida a Elena Poniatowska en la cárcel donde cumplía condena por un delito que no había cometido: "Estos meses de encierro los considero como una terrible pero fecunda experiencia humana, que me ha acercado a mi corazón y a mis asuntos. Yo antes era un "niño bien" , y de esta vida tan fácil viene naturalmente una insensibilización. Éste ha sido un trance importante, doloroso, pero se han abierto una cantidad de puertas a la sensibilidad y creo que por primera vez sé lo que es el contacto humano verdadero" .
Fue allí donde escribió su "Cuaderno del Palacio Negro", un testimonio inolvidable de su vida en la cárcel, y también cartas, muchas cartas: "Siempre he vivido para la relación humana. Pongo allí muchísimo. La segregación de mi mundo afectivo es terrible. Cómo quiero yo a mis amigos, caramba. He escrito muchas cartas, sí. Pero ni una sola ha quedado sin respuesta". Porque en la cárcel Mutis hizo muchas cosas. Exploró de forma exhaustiva la biblioteca de la penitenciaría. Y leyó, leyó.Y dirigió la puesta en escena de una obra teatral, "El cochambres", del también preso Rolando Rueda de León. Y siguió escribiendo. Y salió del penal con una experiencia tremenda a sus espaldas, y, sobre todo, sin rencores acumulados. Salió a la vida, a leer, a escribir, a publicar, a seguir dando forma a su Maqroll, que ya tenía vida propia. Leer, escribir, vivir. Y hablar, claro. Y cultivar a los amigos que quiere tanto y que le quieren tanto a él que García Márquez venció una vez más su miedo visceral a los aviones para estar a su lado en Oviedo cuando recogió el premio Príncipe de Asturias
Sin duda, este ha sido el "año español" de Álvaro Mutis: Premio Príncipe de Asturias de las Letras, Premio Reina Sofía de poesía. Dos premios casi de golpe, y los dos muy merecidos y muy propios para un monárquico confeso, como Álvaro Mutis, que una vez contó a la periodista Gloria Castaño "Hubiera querido vivir durante buena parte del reinado de su Muy Católica Majestad el Rey Felipe II, gozando del favor y del aprecio del monarca. En un vasto palacio madrileño, destartalado e incómodo, complicado en todas las intrigas del palacio real, participando en la caída de Antonio Pérez, siendo cómplice y gestor de la muerte del pálido infante don Carlos y formando parte de la comitiva que viajó a París para acompañar a la dulce esposa francesa del palido monarca (...) Hubiera querido morir en Coimbra, desterrado por el Conde Duque, alejado de la Corte y muertos ya mis viejos amigos don Pedro Calderón de la Barca y el venenoso arcediano de la catedral de Córdoba, don Luis de Góngora, me hubiese contentado para mi muerte con aquello que dicen las letanías del señor Mariscal: "Dadme un sitio seco, un ataúd de pino, las plegarias de un monje y una mortaja de lino"
Hace cuarenta años de eso. Ahora llegan los premios, que agradece profundamente: para mí el tener estos premios y el tener este contacto con ustedes es algo muy importante en la consolidación, en la afirmación de una serie de convicciones que he tenido desde niño.
Sin embargo, Álvaro Mutis reconoce que le aterra el lado público del éxito. Desde la concesión del Príncipe de Asturias "me han hecho unas trescientas entrevistas... ¡Y las que me quedan!"
Y a pesar de todo, ha aceptado la invitación de la Complutense para hablar con los estudiantes y la de la revista "Espéculo" para contestar algunas preguntas, que seguramente ya le habrán hecho o que es posible que le hagan. Es difícil encontrar a alguien que acepte con tanta bonhomía la esclavitud del triunfo. A lo mejor es que, por encima de todo, Mutis parece disfrutar intensamente con cada cosa que hace. Saluda a los estudiantes: Les quiero decir que estoy feliz de estar con ustedes, que estoy feliz de estar en este país porque tengo necesidad de España. A veces pienso que los españoles debieron haber hecho lo que los portugueses: instalar la corona en América y todo hubiera ido más suavemente. Pero, bueno, hay la idea del lugar común, de la madre patria, que no ha servido realmente para nada. ¿Por qué no decimos de una vez la patria, la otra patria, no la madre patria, que es una forma de distanciar en cierta forma, aunque parezca tan cariñoso? Mutis aboga por un proyecto común para España y Latinoamérica: creo que nosotros, los iberoamericanos, o sea, los españoles y los hispanoamericanos, tenemos todavía la posibilidad de escapar de la despersonalización y de este infierno llamado la globalización en donde nos quieren meter civilizaciones que bien poco tienen que ver con nosotros y con nuestra tradición.
Mutis habla del placer de leer, "soy un lector devorante", dice, y recuerda a los estudiantes que debe leerse únicamente por gusto: A lo que quiero llegar es que la lectura obligada es nefasta. A los jóvenes aquí presentes, nunca lean nada por obligación. Lean por placer, tengan una profunda sospecha -estoy hablando de Literatura, ¿eh?, no de química ni de trigonometría ni ninguno de esos horrores- si les aburre un libro, acuérdense de mí, por favor, ciérrenlo y no sigan leyendo, y si es posible tírenlo. Lean cuando sientan que el libro comienza a formar parte de ustedes, cuando sientan que se crea una compañía. Todo libro que no sea una compañía ya es sospechoso. A veces cuesta trabajo llegar a ese estatus, a esa situación... a mí me pasa con la poesía de Antonio Machado, que no me puedo mover de dónde vivo a ningún sitio sin llevar conmigo "Campos de Castilla". Claro que este es un caso extremo... Pero, repito, al comienzo es posible que haya... no sé, un proceso de conquista. Pero sepan que sin el placer de esa comunicación con el libro todo es inútil. Y a modo de anécdota cuenta cómo fue un profesor suyo del bachillerato "de cuyo nombre no quiero acordarme... vaya, creo que esta frase ya la dijo alguien..." quien durante años le arruinó la lectura de Galdós y de Cervantes a base de exámenes y resúmenes obligados de los textos, y tuvo que pasar mucho tiempo hasta que Mutis se enfrentó por cuenta propia con las novelas de Galdós "nunca he disfrutado tanto con un libro como cuando me sumergí en los Episodios Nacionales". También recuerda las circunstancias de su acercamiento a Cervantes: "El primer ejemplar de "El Quijote" que me dieron a leer estaba expurgado, había que leerlo por obligación y escribir no sé cuántas planas sobre cada capítulo. Fue un suplicio espantoso lo tuve que hacer y no encontré ningún placer ni pude ver la maravilla que tenía delante. En una ocasión, cuando me quedé en la hacienda de mi abuelo que después fue de mi madre durante unas larguísmas vacaciones me encontré un Quijote y empecé a leerlo, y pensé: este es libro más divertido y más extraordinario que ha habido; y me ocurrió algo que me pasa cada vez que lo leo: me reconozco a mí mismo, esa mitad de Quijote y de Sancho que tenemos adentro está ahí, presentado con una profundidad, con una gracia, con una intensidad que hacen de la lectura una maravilla".
Y además de la lectura por placer, porque para Mutis no hay otro modo de acercarse al libro, habla el autor de la necesidad de releer: "El haber leído una vez, casi siempre -y lo digo en forma terminante- no basta. La relectura da sorpresas extraordinarias. Pueden pasar dos cosas: el libro que nos llamó la atención y que nos acompañó durante un tiempo, de pronto se vuelve a leer y se piensa, pero bueno, qué veía yo en esto... Porque uno está llevando a esa lectura una experiencia propia. Y cambiamos muchísimo. En la vida cambiamos mucho y de una forma muy radical. Así que puede suceder que un libro, en una segunda lectura, no nos diga nada. Pero puede suceder al contrario, y ese es el regalo más grande que puede hacer, es decir, pero cómo no vi yo esto, qué maravilla, pero yo me acordaba mal de este libro. A mí me acaba de ocurrir con "Lord Jim", de J. Conrad, que es un autor que quiero mucho. Pues releí "Lord Jim" hace seis meses y pensé: yo debí haber leído otro libro, porque este es radicalmente distinto al que yo recordaba. La vida te va cargando de experiencias a través de las cuales estás viendo cosas que en un momento dado el autor puso en el libro y tú no podías ver ni percibir, te pasaron por encima.
La última recomendación que hace Mutis a los lectores es la de la paciencia: :"cualquier relación, sobre todo al comienzo, está hecha de extrañezas. Con los libros pasa igual que con las mujeres y con los amigos: hay que tener paciencia para llegar a entenderlos y a quererlos. Ninguna relación es fácil al principio", y cuenta ante un divertido auditorio que hace días estuvo a punto de desistir de la lectura de un biografía sobre San Luis Rey de Francia: "entonces empezó a trabajarme adentro una especie de remordimiento. Y me dije: "bueno, pero un momento... este señor, el autor, ha dedicado toda su vida a este trabajo... "por qué no le doy yo un poco de mi tiempo?. Y volví. Y volví y tuve el premio magnífico de que las páginas que me faltaban de aquel trabajo árido entraban en el santo, en el hombre,y lo describían maravillosamente"
Y si leer es un gran placer para Mutis, confiesa a todo el mundo que escribir no lo es tanto : Cuando escritores, colegas míos cuya obra admiro, me dicen que sienten un placer infinito al escribir, no es que no les crea... es que me cuesta un trabajo horrible imaginar eso. Para mí escribir es una lucha con el idioma. El pintor tiene un lienzo en blanco, y lo va llenando de colores. Pero el lienzo está en blanco, entregado a él totalmente, a lo que él haga. El músico tiene una gama de sonidos, una manera de aprovechar esos sonidos. En cambio, los escritores nos las tenemos que ver con las palabras, con las que hablamos con el peluquero, peleamos con el taxista, discutimos con el amigo, hacemos una vida diaria que gasta y desgasta las palabras. Y esas mismas palabras son las que tenemos que sentarnos a usar para darles un brillo, para darles eficacia, para que nos ayuden a que Maqroll el Gaviero no haga más burradas de las que normalmente hace. Entonces esas palabras, cuando se unen unas con otras en una forma inesperada toman un brillo especial, saltan y se escapan de esa cosa usual, gris cotidiana... Ahí está el sufrimiento: en buscar la otra palabra, la manera de usar algo que está gastado y usarlo como nuevo. Y a mí eso me hace sufrir y me parece un infierno
Dice que no abre nunca un libro suyo una vez publicado "porque cada vez que lo hago digo, pero, ¡por Dios!, pero cómo no me di cuenta de ésto, pero, ¡por Dios!, cómo este hombre no acabo yo de hacer el trazo de su destino, pero por qué soy tan perezoso, qué torpeza es esto, pero cómo una mujer va a contestar esto cuando está abrazada a un hombre ... Y Maqroll a veces me ha regañado... Un día, cuando estaba escribiendo la penúltima obra mía, "Abdul Bassur, soñador de navíos", me quedé dormido y desperté y casi les puedo decir que oí a Maqroll diciendo: "así no hablo yo". Bajé a las ocho de la mañana, vi la frase y tuve que reconocer: tiene toda la razón, así no habla él. Eso no es ningún placer.
Sin embargo, la compensación del escritor viene después, "el saber que me leen personas en España, en América latina y en otros países, pero fundamentalmente en España, para mí es la justificación del trabajo siniestro de escribir".
Un trabajo siniestro, dice, y al que, sin embargo, se ha dedicado en cuerpo y alma y siempre a través de muchas otras ocupaciones, porque Mutis ha sido relaciones públicas de una petrolera, ejecutivo de la industria cinematográfica y hasta actor de radio. Pero el trabajo de escritor, tan doloroso, tan poco placentero, gana al final la partida a todo lo demás.
Antes de empezar lo que será la entrevista con Espéculo me recuerda las palabras de Pavese, "laborare stanca, trabajar cansa", dice, pero, a pesar de eso, Mutis ha trabajado y ha escrito mucho desde que Zalamea Borda publicó sus primeros textos en el suplemento literario de "El Espectador", de Bogotá. Obra en prosa, obra en verso, ambas de igual hondura. Gravitando sobre toda la obra, el personaje de Maqroll el Gaviero, seguramente el último héroe de la literatura contemporánea, "una esencia individual que sobrevive en un mundo épico", en palabras de Guillermo Sheridan. Un aventurero y protagonista de novelas que nació, sin embargo, en un poema de "Los elementos del desastre". Álvaro Mutis, que escribe sus poesías como si fuesen relatos y sus narraciones como si fueran poemas, se escandaliza cuando alguien le habla de la muerte de la poesía: "La poesía no puede morirse nunca; se acabará el mundo, morirá el último hombre y seguirá existiendo". Porque Mutis, parafraseando a Cardoza y Aragón, sigue defendiendo a ultranza que la poesía es la única prueba completa de la existencia del hombre, el principio y el final de todas las palabras". Decía Álvaro Mutis, en entrevista con Gabriela Rábago, "la inmensa recompensa está en el poema". Como escribía en "Los elementos del desastre": "Cada poema invadiendo y desgarrando / la inmensa telaraña del hastío"
-Queda claro que la poesía está viva y goza de buena salud. Pero, ¿y el realismo mágico? ¿Ha muerto?
- Lo que yo realmente dudo es que algún día haya existido. Ese tipo de fórmulas convencionales inventadas en Europa para explicar el fenómeno de Latinoamérica. Cuando se creó esta fórmula, esta idea del Realismo Mágico, ya creyeron arreglar todo. Todo es realismo mágico. Y encaja. Piensan en García Márquez, por ejemplo, piensan en "Cien años de soledad" y ya relacionan al autor con el realismo mágico, y se les olvida que ese mismo autor escribió "El coronel no tiene quien le escriba", que es la realidad misma, es un libro desnudo, maravilloso, despojado, donde no aparece nada que no sea cotidiano y terrible. Bueno, y en Francia esto ha llegado a convertirse en una manía: todo es Realismo Mágico si viene de Sudamérica. Yo quisiera que se sentaran y me dijeran cuál es el Realismo Mágico. El paisaje es así. Y el referirse al paisaje con cierta exaltación no tiene nada que ver, porque los escritores latinoamericanos están describiendo su verdad. Ni lo están magnificando ni les parece mágico; es que es así.

-¿Cree usted, entonces, que el problema es que los europeos desonocemos la realidad latinoamericana y cada vez que algo nos sorprende lo relacionamos con la magia?
-Exactamente eso. Esa es la sordera, la tremenda ceguera
-Dicen que fueron su obra y la de García Márquez las primeras en las que el paisaje sudamericano no fue un mero adorno
-Bueno, eso no es exactamente así. Por ejemplo, José Eustasio Rivera en "La Vorágine" tiene momentos maravillosos de descripción del paisaje. Y un escritor muy olvidado, Tomás Carrasquilla, ha descrito de un modo muy eficaz las minas de oro y el paisaje de la cordillera. Lo que sí sucede es que quizá los que escribimos más adelante incorporamos el paisaje como un personaje con alma, que actúa sobre los personajes y determina su destino. Pero eso no tiene nada que ver con el realismo mágico. Es que es así.
Es así. Cuando Mutis retrata la selva lo hace de un modo descarnado, hablando de un paisaje hostil al hombre, de una realidad atroz que corrompe al ser humano. En "La nieve del Almirante" leemos: "La selva tiene un poder incontrolable sobre la conducta de quienes no han nacido en ella", y esas palabras recuerdan a las que escribió Conrad sobre el Congo en "El corazón de las tinieblas":
-Yo no conozco el Congo; sí "El corazón de las Tinieblas". Conrad es un escritor a quien yo admiro mucho. Yo creo que a veces comparan con ella "La nieve del almirante" porque las dos describen el remontar de un río. Tal vez si yo hubiese descrito el descenso de un río... Mire, la selva amazónica no tiene nada que ver con ningún otro paisaje del mundo, para mí es horrible, algo infernal. La primera condición del paisaje amazónico es su monotonía implacable. Lo que ves el primer día lo vas a seguir viendo durante todo el recorrido, pero con detalles que se pueden volver alucinantes, la misma boa con la boca abierta a la orilla del río, los mismos pájaros dando alaridos en los árboles, la misma inundación, porque no hay tierra, todo son charcos, y agua, y agua y humedad, y humedad, y muy poco color. Es alucinante. Y entonces uno se encuentra ya a esos suecos, noruegos, franceses, que han enloquecido, que están allí y han olvidado su idioma. Yo conocí a un señor que supe que era noruego porque me lo dijo gente del ejército que tenía los papeles de él. Pero aquel hombre había olvidado su propia lengua, y hablaba en una mezcla de español y del idioma de los indios. El poder destructor de la selva es terrible. Además, yo viví mucho la selva, porque cuando trabajé en la ESSO, la compañía petrolera colombiana, acompañé a dos ingenieros que iban a determinar las zonas donde había petróleo -por cierto, que no hacen una sola prospección, nada más que marcan en el mapa-. Yo los acompañe durante varias semanas por la selva, y descubrí todo ese horror.
En el recuento de las visiones de Maqroll podemos leer: "Ni el amor, ni la desdicha, ni la esperanza, ni la ira, volvieron a ser los mismos para él después de su aterradora vigilia en la mojada y nocturna soledad de la selva". Siempre Maqroll, el referente eterno. Y, sin embargo, Mutis ha creado otros personajes inolvidables, en especial ciertos caracteres femeninos. Es imposible no recordar, a Flor, a Amparo, a Ilona, que llegó con la lluvia y se fue de repente después de una trampa del azar. Y Susana "Wita", la mujer del capitán: un personaje casi imperceptible, que aparece de una forma fugaz y que el autor hace morir, quizá para volverla eterna. Muerta ya Susana, dice de ella Maqroll:
"tenía esa rara condición de transmitir la felicidad, de hacerla brotar en cada instante, así, gratuitamente, sin razón alguna, porque sí, porque venía con ella, con sus gestos, con su risa, con su amor por la gente, por los animales, por los atardeceres en el trópico... cuando perdemos a alguien así, sabemos que una ración más de la escasa dicha que nos es concedida se ha ido para siempre"
Es el lamento más hermoso, la mejor elegía, las palabras que provocan una inmensa piedad, pero más por el vivo que por Susana muerte, más por el que sufre la pérdida que por la mujer eternizada para siempre en un recuerdo tan grande, en un recuerdo tan hermoso, y Álvaro Mutis sonríe con una ternura intensa y entorna los ojos cuando se le habla de Susana, la esposa de Wito:
-"Ese es un personaje que yo quiero mucho. No quise desarrollarlo más y que estuviera más presente porque, como tenía que entrar después Ilona, sentía que me descompensaba un poco, que iba como a tomarle terreno a Ilona, a la que quería yo darle toda la novela que pudiera. Pero la esposa de Wito es un tipo de mujer que yo quiero muchísimo, y me alegra enormemente que después de tanto tiempo de terminar yo el libro alguien se acuerde de ella. Ése es el placer de escribir: encontrar a alguien que le recuerda a uno un personaje transitorio, pero al que yo doy mucha importancia y la quiero mucho. Gracias por hablarme de ella".
Es una palabra que escucharemos muchas veces de la boca de Mutis, que tiene una admirable tendencia a la gratitud, hija quizá de su vocación por disfrutar de todas las cosas de la vida. Mutis es generoso. Habla con los estudiantes sin prisa, con cariño, firma libros, hace preguntas a su vez, inquiere lugares de procedencia y ríe cuando un muchacho colombiano le dice que nació en Aracataca, "¡caramba, sólo eso faltaba!", y hay en su voz un matiz de afecto al recordar al señor de Macondo, su amigo eterno Gabriel García Márquez, Gabo, a quien. cedió el proyecto de componer "El general en su laberinto". El libro está dedicado a él: " Para Álvaro Mutis, que me regaló la idea de escribir este libro". Un reconocimiento justo que Mutis dice no merecer:
"Nunca regalé a Gabo..., eso es generosidad de él. Yo escribí esa novela, completa, una novela que tenía casi trescientas páginas. La leí y la quemé. Saqué un fragmento, que se llama "El último rostro", donde pensé que estaba concretado lo que yo quería decir de Bolívar. El resto no me gustó. Hubiera podido publicarse, pero no soy yo, es alguien tratando de demostrar una tesis. Y un día, pasado un tiempo, fue a mi casa Gabriel y me dijo, oiga, yo no puedo creer que usted haya quemado esa novela, dígame la verdad, y yo, pues sí la quemé, pregúntele a mi mujer, la quemé aquí, en la chimenea de la casa, y él, qué loco tan increíble, pero ¿por qué la quemó?, y yo, porque no me gustó. Y entonces él me dijo, pues yo la voy a escribir, y yo le contesté, me parece muy bien, nadie lo hará mejor. Aquí está toda la documentación, y le di los libros que yo había leído, la correspondencia de Bolívar, en fin, una serie de documentos históricos esenciales, y se lo llevó todo, y se marchó de mi casa diciendo "Ya sabrás de mí". Cuando terminó la novela me la dio, porque siempre me muestra sus originales antes que a nadie y me dijo, a ver, ¿va a quemar esta también? Y allí estaba el Bolívar que debía haber escrito yo. Pero lo escribió él. Perfecto.
Y así fue. García Márquez concibió un Bolívar distinto al retratado por Mutis en "El último rostro". Fue el propio Mutis, en declaraciones a Jean Luis Ezine, del "Nouvel Observateur", quien marcó la diferencia entre su personaje y el de García Márquez: "Él ve en el libertador a un hombre sagaz, lo que desgraciadamente no era; a un hombre capaz de cálculos políticos cuando se comportó sobre todo como un niño consentido: en fin, a un conductor de hombres dotado de una madurez que jamás poseyó, en un continente donde la madurez ha brillado siempre por su ausencia". Mutis entendió a Bolívar como un héroe romántico; García Márquez presentó a un hombre de carne y hueso, al borde del abismo, cercano al final. También se sabe cercano a ese final el Bolívar de "El último rostro", y así lo resume en una frase: "Ya hay pocas cosas que puedan herirme".
Pero Mutis hizo al Gabo un regalo más: el adjetivo "homérico", que García Márquez emplea por primera vez en "El amor en los tiempos del cólera", en 1985. Veintitrés años antes, en 1962, Mutis empleaba el término "homérico" para calificar una carcajada en el cuento "Isaac salvado de las jaulas".
-Acabo de descubrir esa circunstancia -se ríe-, eso de que Gabo empleara el adjetivo... Yo soy un gran lector de Homero, y es que además Homero es un ejemplo elocuente de lo que debe ser el éxito literario. Yo siempre pienso que el más grande poeta y escritor del occidente, Homero, no sabemos si se llamaba Homero, ni si existió, ni cuándo existió. "La Ilíada" y "La Odisea" no sabemos realmente quien las escribió. Y el caso es que no importa. Para mí ese anonimato es la mayor forma del éxito. Los libros son los que tienen que vivir, no uno. Es como los premios. ¿Usted cree que alguien serio que ha vivido una vida plena, intensa, llena de trabajos, de sinsabores, de maravillas, puede creer que le están dando un premio a él? Claro que no. El premio es para los libros, que salen como huerfanitos a las vitrinas de las librerías. Ellos son los que necesitan el premio. Y ellos son los que van a disfrutar el premio porque el lector va a entrar en la librería pidiendo el último premio Príncipe de Asturias. Ese es el libro, no soy yo, de veras no soy yo.
La literatura trascendiendo al hombre. Mutis ya lo ha escrito más veces, y recuerdo ahora el último poema de "Los elementos del desastre": "De nada vale que el poeta lo diga... el poema está hecho desde siempre. Viento solitario. Garra solitaria y quebradiza de un ave poderosa y tranquila, vieja en edad y valerosa en su trance".
Es quizá porque piensa así que Álvaro Mutis reniega de la función social del escritor, del compromiso político. Lo ha hecho siempre, y siempre ha confesado que no le interesa la política -"el último hecho político que me preocupa es la caída de Bizancio en manos de los infieles en 1453"- ni las luchas por el poder, y no cree que el escritor tenga por qué convertirse en ideólogo ni en abanderado de ninguna causa. Así lo afirmaba en 1952, en una entrevista en el programa de radio "Noticias literarias", dirigido por Felipe Lleras Camargo y J. M. Álvarez D'Orsonville, en Bogotá,: "La tan llevada y traída función social del escritor es una patraña en la cual se escudan los segundones de la literatura. Hablar de función social en la obra de arte es igual a que se hablara de función fisiológica cuando la prosa de determinados escritores nos conduce diligentemente a los caminos del más profundo sueño".
Más adelante, lo ratificaba ante García Márquez: "la única función que debe tener una obra de arte es crear valores estéticos permanentes. Si de casualidad o de carambola estos valores estéticos coinciden con una visión determinada de la situación del mundo o del país, eso no significa que las masas deban exigírsela al intelectual, para la solución de los problemas de las masas".
Han pasado muchos años y muchas cosas, pero Mutis sigue pensando lo mismo. El escritor debe dedicarse a la literatrua y huir del canto de sirenas del poder: El poder político es una maldición. Y todo compromiso que el escritor tenga con el poder político es una prostitución lamentable, un error brutal que va a pagar caro. Porque el político no perdona. Para el político el escritor es un escalón para subir, que rechaza una vez que llegó arriba. Si quiere saber alguien lo que es el horror de vivir en la política que lea las "Memorias de Ultratumba", de Chateaubriand, en donde está todo el viacrucis siniestro de alguien que de veras creyó que existía eso.
Literatura y sólo literatura. Leer y escribir. Es difícil precisar qué ha leído Mutis. Al hablar de sus referentes da los nombres de Tomás Rueda Vargas, Alfonso López, Aurelio Arturo, Conrad, Neruda, Dostoievski, Dickens, Joyce... cita a Cervantes, a Machado, a Gracián, a Borges, de quien dijo una vez en una conversación con José Miguel Oviedo: "Borges es un escritor para escritores". En 1976 confesaba a Guillermo Sheridan en una entrevista publicada en la Revista de la UNAM: "Creo que no hay una sola palabra, un solo tono de Borges en todo lo que escribo". Leído esto, el comentario que sigue es una insensatez, pero Álvaro Mutis parece invitar constantemente a ir más allá. Así que se lo digo, la vida de Maqroll es un aleph, y Mutis abre un poco más los ojos y se acaricia la barbilla antes de contestar
- No lo había pensado nunca. Pero es posible, me gusta. Un aleph.
Todo lo admite Álvaro Mutis. Lo admite y lo incorpora, inmediatamente, como motivo de reflexión. No rechaza nada. Lo escribió en una ocasión: "que vengan todas las influencias. Con ellas haremos la obra de arte". Y Maqroll, el héroe inmenso, puede colocarse en el epicentro del aleph. Dijo una vez el propio Mutis: "Maqroll es todo lo que quise ser y no fui. Todo lo que yo he sido y no he confesado. Lo que es Maqroll él, por su cuenta. Y lo que pienso ser, algún día, en otra reencarnación". Esta es la oración de Maqroll el Gaviero, y posiblemente también la de Álvaro Mutis: "¡Oh, señor! ¡Recibe las preces de este avizor suplicante y concédele la gracia de morir envuelto en el polvo de las ciudades, recostado en las graderías de una casa infame e iluminado por todas las estrellas del firmamento! Recuerda, señor, que tu siervo ha observado pacientemente las leyes de la manada. No olvides su rostro".
Maqroll el Gaviero, Maqroll el amigo, el amante y el lector, Maqroll el protagonista de una inmensa novela cuyo único escenario es el viaje. Maqroll es el ciudadano de un universo eterno, inabarcable, inacabable; es el hombre que trasciende a la muerte porque sabe que será inmortal en tanto siga vivo. Que sean las palabras de Mutis, que es como decir las palabras de Maqroll, las que pongan término a esta conversación infinita:
"Es preciso tener las más bellas palabras listas en la boca para que nos acompañen en el viaje por el mundo de las tinieblas.
Es menester lanzarnos al descubrimiento de nuevas ciudades. Generosas razas nos esperan.
Buscar e inventar de nuevo. Aún queda tiempo. Bien poco, es cierto. Pero es menester aprovecharlo".

"El libro Ilona llega con la lluvia es uno de los siete títulos que hasta hoy constituyen el "gran libro" de la vida y las aventuras de Maqroll el Gaviero. Éste podría ser el argumento del mismo:

"Maqroll va a bordo del "Hansa Stens", con rumbo a Panamá; pero, la nave es secuestrada por sus acreedores, y el marinero se ve obligado a abandonar los ritos y las ceremonias del mar. Quedará en tierra firme, sin esperanzas, incapaz de orientarse en las insidias de una libertad no deseada, hasta que, con las lluvias del trópico, llega Ilona, amiga y amante, siempre perdida y siempre recuperada por los caminos del ancho mundo, en los momentos difíciles. Con ella, Maqroll montará un singular prostíbulo en Panamá. Pero otra mujer, Larissa, va a oscurecer el precario sol de Ilona, para señalar al Gaviero nuevos caminos de inquietud y viajes"

"Edgar O´Hara, en un sugerente artículo publicado en el Boletín cultural y bibliográfico (Nº 17, vol. 25, 1988), guardado en los fondos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, derechos reservados al Banco de la República (Bogotá, Colombia), nos presenta las claves oportunas para una adecuada comprensión de la obra que estamos tratando".
"En la breve nota dirigida a los lectores, el narrador de Ilona llega con la lluvia se detiene en tres constantes de la personalidad de Maqroll el Gaviero. La más importante es la voz, el arma primordial que opaca al cuerpo. Luego, la moral que le dictamina su condición de "outsider", de marginal por derecho propio. Y finalmente la clase de episodios que constituyen la materia de su vida y su lenguaje. Por eso insiste en caracterizarlos con palabras como dramatismo, tensión y vena lírica.
Así como Alvaro Mutis puede saltar de una forma a otra (crónica y relato, en verso y prosa) sin moverse de la poesía, también al Gaviero le es permisible habitar un presente continuo, con la perfecta anuencia del pasado y el futuro. Pero la actualidad debas historias del Gaviero está sellada por la elegía. Y toda narración elegíaca es sabrosísima como el pan caliente, siempre y cuando sepa sobornar el interés del auditorio con el ofrecimiento de hacer llevadero un misterio que jamás será resuelto. ¿Con qué rellenaremos ese pan crocante salido del horno? En el caso de Maqroll con una voz con pinta de mortadela existencial: nuestra imaginación.
El libro de Mutis tiene, entre muchas virtudes, la maestría de combinar la sencillez argumental con una prosa densa que se sostiene en la insistencia de unas cuantas imágenes. Como una espiral, el narrador de Ilona llega con la lluvia va de un lado a otro del tiempo y el espacio sin perder de vista el hilo que nos entregó en la primera página y que estamos ovillando con simpatía y esmero. Leyéndolo descubrí por qué nunca me aburren las peripecias del Gaviero, un perdedor nato, un "loosser" consuetudinario. Y es que comparte la misma jarana con el Coyote -de la serie de Bugs Bunny-, el eterno perseguidor del Correcaminos (¡Beepbeep!). De antemano sabemos que jamás le dará caza, pero somos incapaces de resistir el deleite que nos causan sus desventuras.
Algo similar sucede con la narrativa de Mutis, y en especial con el segundo volumen de la trilogía que iniciara La nieve del Almirante. Cada capítulo actualiza la secuela de los descalabros ya previstos. Debido a este recurso, Ilona llega con la lluvia favorece una lectura que sería la traslación metafórica del oficio de los personajes. Todos ellos están envueltos en negocios -generalmente turbios- de transporte o intercambio de mercancías. Digámoslo de una vez: el Gaviero tiene como único bien de uso y de cambio sus palabras. Y los mismo les sucede a los demás protagonistas de esta historia. Son mercaderes que soportan una carga invisible de la que deben desprenderse: el verbo, cuyo peso es controlado por la angustia.
El relato se abre con una muerte (la de Wito) y se cierra con el (otro) suicidio/homicidio de Larissa - Ilona. Cabe destacar que de todos los personajes, el Gaviero es el único que no posee más que lenguaje. De Larissa se podría decir que era la "dueña" del Lepanto: "Ella es ese barco, forma parte de esos despojos tirados en la costanera; hasta tal punto que uno; no consigue saber dónde terminan éstos y dónde comienza ella"(pág. 101).
¿Cómo se mantiene la narración? Mediante la suspensión de voces (vacíos o precauciones de cada memoria) y el entrecruzamiento de vidas. Cornelius, por ejemplo, había sido compañero de colegio de Susana, la esposa de Wito; Abdul Bashur también tenía una historia amorosa con Ilona; y ésta y Larissa compartían, según el Gaviero, cierta fisonomía.
La poética del libro podría ser elegida entre muchos pasajes que se refieren al comercio. Elijo el siguiente porque expone mejor los diferentes substratos orales (narraciones) y espacios (mar / tierra / burdel). El Gaviero, varado en Panamá, se dedica a recorrer
vestíbulos y bares de los grandes hoteles del sector bancario y, en la noche, por algunos de los clubes nocturnos en donde gente de todas las condiciones, oficios y razas, busca distraer el hastío que los invade en esas paradas obligatorias que imponen los viajes de negocios; en el aire cargado y más bien sórdido de los casinos (. . .) por tales sitios y por algunos otros menos confesables, busqué en vano esa oportunidad de emprender algo que me permitiera salir del pantano en el que me hundía lenta pero irremediablemente (págs. 37-38).
Y en seguida salta la metáfora que nos interesa:
Igual cosa hacía cerca de las grandes tiendas, en donde entraban los viajeros, atraídos por una mercancía que resulta, luego, en buena parte, hecha de saldos de marcas prestigiosas o de atrevidas falsificaciones de las mismas (pág. 38).
Creo que esto aclara el sentido de la verdad o falsedad de las historias que son el trueque salvador entre los personajes. No importa averiguar si Laurent Drouet-D'Erlon y Giovan Battista Zagni son simples emanaciones de la histeria, el apetito sexual o la insaciabilidad de Larissa. Tampoco si el propio narrador se confunde (¿sí o no?) cuando identifica al portero de la "Pensión de lujo Astor" como si trabajara en otro lugar. Esto sucede al final, en el escenario de la explosión del Lepanto. Sigamos por curiosidad esta huella:
En la recepción dormitaba un viejo de barba asiria y entrecana, con facciones de cochero judío de la Viena de Franz-Joseph (. . .) que usaba una pierna ortopédica (pág. 34).
…fui al mostrador para enfrentar al auriga danubiano (pág. 38).
…fui a refugiarme en un par de vodkas que harían más fácil el diálogo con el cojo cancerbero (pág. 39).
El Hotel Miramar era un poco más reducido que la Pensión de lujo Astor (…) la dueña resultó ser también alguien mucho más tratable y digno de confianza que el siniestro cojo con barbas de cochero (pág. 41).
Sin embargo, como a un ave de mal agüero que ronda el lugar donde acaba de ocurrir la tragedia, percibe el narrador "el inconfundible golpetea de una pierna ortopédica en el pavimento "(pág. 107). Y añade: "Era el portero del Hotel Savoy que se perdía en las sombras de la calle de enfrente" (pág. 107).
Otra forma de comercio son los sonidos de la naturaleza. Cuando no llueve (muy pocas veces) se escucha el canto de los grillos. Es el indudable acompañamiento acústico del trópico ("los grillos iniciaban su orquestada gritería... "- pág. 33), pero además se convierten en otros mensajeros de noticias secretas que celebrarían el drama que se avecina: "Cuando me desperté, caía la tarde y los grillos empezaban a ensayar sus indescifrables señales vespertinas" (pág. 58), Más adelante el Gaviero se entera de que hay algo (más) raro en Larissa porque "el gerente de un consorcio de bancos escandinavos con sucursal en Panamá" (pág. 87), que acaba de tener una cita con ella, se lo advierte. Y lanza un consejo de analista que está en el cauce de nuestra lectura: hablarle a Larissa. Y el Gaviero concluye: "Se despidió como hipnotizado. La noche del trópico sela tragó de inmediato entre la algarabía de los grillos... "(pág. 87).

El destino también trágico de los espacios donde circulan las historias tiene que ver con los designios ocultos en los que cree el Gaviero. También el relato se abre y se cierra empleando un recurso paralelo (esta vez con eslora): el "Hansa-Stern" y el "Fairy of Trieste". El primero se pierde, digamos, con su dueño, pues ha sido embargado junto con la "casita que tenía en Willemstad" (pág. 18), como confiesa Wito momentos antes de suicidarse. El segundo viene con los mejores auspicios de Abdul Bashur: "En una semana tocaría Cristóbal. Nos esperaba a bordo del flamante "Fairy of Trieste "~ En su bodega traía botellas del mejor Tokay. Esa parte del mensaje iba dirigida a llana..." (pág. 106). Ahora sospechamos que el Gaviero tendrá que poner a Abdul al tanto de lo ocurrido. Y esa nueva historia -que no oiremos pero que ya hemos leído- será contada en el barco o en otro lugar. Lo cual nos sitúa en una oposición decisiva para el Gaviero:
…la eterna y desvaída materia de esas vidas sin nombre y sin rostro que resume para mí eso que las gentes de mar llaman "estar en tierra firme" y que acaba provocándome un fastidio abrumador (pág. 31).
Habría que preguntarse si es por eso que en tierra sólo es factible un negocio como el de "Villa Rosa", de completo tránsito (prostitutas que fingen de azafatas de aerolíneas) y que concebiría ese ámbito como parte de una fantasía sexual sin asidero (esta vez en el imaginario aire). De ahí que el mar (el rostro más común de todo lenguaje) se postule como la única y exacta raíz de estos personajes. El caso de Larissa es más que ilustrativo.
Finalmente podríamos enlazar las dos formas de marginalidad que copan el relato. Por mi lado, como ya hemos visto, está la calidad de los negocios en que todos andan metidos, el Gaviero a la cabeza en el claroscuro de las finanzas. Con Bashur ("amigo y cómplice en operaciones que tocaban terrenos vedados por el código penal...", pág. 24); con el portero del Astor ("Se trataba de cruzar los límites legales para ganar algunos dólares que me permitirían sobrevivir mediocremente...", pág. 39). y con Ilona la creación de "Villa Rosa". Lo mismo podemos decir sobre la clase de relatos que cada personaje tiene para repartir. La marginalidad arraiga precisamente en los extremos ("fondo del abismo / milagro salvador", pág. 42) que sustentan la provocación, el atractivo de cualquier peligro que es preámbulo de muerte. Aunque el Gaviero no sea partidario del pesimismo ("Siempre he pensado que a estos períodos de catastrófica secuencia de infortunios no hay que darles un sentido trascendente de fatalidad metafísica", pág. 27) en cambio acepta la intervención en su vida de una entidad consagrada a hundirlo o elevarlo. Se trata de algo difícil de discernir, localizado en alguna parte del cuerpo. Su metáfora son los fantasmas de Larissa, que hacen el amor pero sobre todo hablan e imploran ceremoniosamente. O cuando el Gaviero deja la pensión Astor y cancela sus relaciones comerciales con el portero:
Liquidé cuentas con él y salí de allí un cuarto de hora después con cuarenta dólares en el bolsillo y ese peso muerto en la boca del estómago, aciago anuncio de desastres... (pág. 41).
A la luz de nuestra lectura es fácil entender cómo estas expresiones -peso muerto/ boca del estómago- sugerirían el desprendimiento de una forma de entraña de lenguaje. Algo físico y a la vez inmaterial. He ahí el dilema que nos ayudaría a entender por qué Larissa cometió un crimen (dual) signado por el absurdo. Descartada la relación homosexual ("No -contestó-, no he estado con ella en la cama. Si es lo que quieres precisar. Eso no tendría mucha importancia", pág. 101) habría otras posibilidades. Una esotérica: Larissa 'necesitaba' a Ilona para compensar la diferencia numérica con Laurent y Zagni, y lograr una unión compartida sin los inconvenientes que el mundo de los vivos les acarreaba a los amantes de alta mar. Y otra verbal: encallado el Lepanto, la escapatoria se situaba en un más allá, referido sobre todo al lenguaje y a la sujeción de un cuerpo. Es por eso que Larissa apenas si puede comunicarse con el Gaviero: "...frases entrecortadas y sin ilación [. . .] habló con voz sorda... "(pág. 104). Hundirse en el silencio equivalía a la abolición de los recuerdos, esto es, a integrarlos en un "presente" fuera del tiempo.
Sigámosle los pasos a este intento. El Gaviero ha encontrado por azar a Ilona en el vestíbulo de un hotel. La lluvia lo ha obligado a refugiarse allí, en ese espacio (de tránsito) donde ella está "manipulando una de las máquinas que producía toda suerte de sonidos y campanilleos anunciadores de un acierto en las figuras "(pág. 45). Y de inmediato ella le pregunta: "dime, allá adentro, ya sabes a lo que me refiero, allá, en el fondo, donde guardas lo tuyo, ¿cómo está todo?" (pág. 45). Y responde Maqroll: "Eso, ahí, sigue adelante, cuando ambos reflexionan acerca del tipo de negocio que era "Villa Rosa", Ilona muy bien. todo en orden. Lo malo es lo otro. Lo de afuera" (pág. 45).
Más comenta que "el fastidio viene de otra parte, de otra zona de nuestro ser" (pág. 76). Y el Gaviero trata de aclarar la cuestión mediante la siguiente argucia cultural:
En nuestro mundo católico-occidental se suelen oponer como polos antitéticos la prostitución y el matrimonio. En la práctica, visto uno de ellos tan cerca como es nuestro caso ahora, la antítesis se disuelve y transforma en una especie de paralelismo aberrante (pág. 76).
Larissa llega a "Villa Rosa" y está a punto de narrar su travesía amorosa en el mar. El Gaviero e Ilona se sobrecogen:
.nos intrigó la ronca firmeza de su voz que denotaba una secreta e intensa energía, una energía nacida en un lugar más recóndito, intocado e inconcebible, que esa presencia física a punto de extinguirse (pág. 88).
Antes de acudir al encuentro (final) con Larissa, la decisión de Ilona parecería inspirada por un súbito conocimiento de-lo-que-está-ocurriendo-o-va-a-ocurrir. Se lo explica a Maqroll:
Nos vamos de aquí y lo hago sin ningún remordimiento. No voy a hundirme con Larissa. Además, ella hace ya mucho tiempo que está en la otra orilla. No se trata de si tiene o no salvación. Eso no depende de mí ni de nadie que pertenezca todavía al mundo de los vivos. Ella quién sabe desde cuándo presidió ya su propio funeral (pág. 105).
Ese todavía es sintomático -igual que la otra orilla, ¿de qué mar?- pues vale tanto para Larissa como para Ilona. No es necesario un exceso de agudeza para advertir que esta definición de muerte aparenta ser la conclusión de un lenguaje que se pretende ubicar con exactitud en el recóndito punto ante el cual se rinden los cuerpos. El fondo (la parte del buque que va debajo del agua) es otro lenguaje en pos de sí:
Porque la muerte lo que suprime no es a los seres cercanos y que son nuestra vida misma. Lo que la muerte se lleva para siempre es su recuerdo, la imagen que se va borrando, diluyendo, hasta perderse y es entonces cuando empezamos nosotros a morir también (pág. 108).
Apenas deja la voz de ser recuerdo, es decir, en el momento en que pierde su valor entre los oyentes, asoma el fin. Y una vez más acude Maqroll el Gaviero a la faena del mejor truco que conoce: el trueque de voces auspiciado por la poesía, que llega a tiempo cuando menos se la espera, con las palabras de siempre".

VALORACIÓN

“Hace algunos años, creo yo que a propósito del aniversario de la publicación de “Cien años de soledad”, Gabriel García Márquez publicó en el periódico “EL PAÍS”, unos artículos conmemorativos de tal evento. En uno de ellos, pude leer alguna de las anécdotas que él relata en el Prólogo expuesto en la presentación. Y fue de esta manera como conocí la figura de Álvaro Mutis. Verdaderamente, me pareció un personaje interesante, y me quedé con su nombre”.
“En cierta ocasión que, como tantas otras veces, hurgaba en los estantes de una librería, en busca de alguna novedad literaria, me encontré con el libro Ilona llega con la lluvia. Al momento recordé el nombre de su autor. Así que lo cogí en las manos, y leí la sinopsis. No lo dudé; lo compré y me lo llevé a casa”.

“Después de tres años de lluvia de polvo en sus lomos, en la soledad de una estantería, lo he leído. ¡Y vaya si me arrepiento por no haberlo hecho antes! Porque el libro me ha gustado sobremanera”.

“Y me ha gustado fundamentalmente por dos razones. Una, por cómo escribe Álvaro Mutis. La lectura de este texto es un ejercicio de auténtica delectación. Se trata de una prosa poética; aunque lo más llamativo sean las descripciones, no de la acción o de las aventuras narradas en el libro, sino las referidas a la ambientación o al mundo, no pocas veces onírico en el que parece vivir el protagonista. Y dos, por la personalidad del mismo, Maqroll. Éste me ha parecido muy atractivo y fascinante. Se trata de un hombre que, ante todo, quiere ser libre, y que por ello ha de pagar un precio: el de la soledad, el de quedarse “varado” en arenas de nadie o en “dique seco”, como cualquier barco en deshaucio. Es un perdedor, una vela plegada a las circunstancias, que siempre está a punto de quebrar. Es, en fin, un antihéroe admirable”.

“En cuanto a la propia novela, entiendo que el desarrollo de la acción y las aventuras que le van sucediendo a Maqroll, si bien éstas pueden resultar jocosas y graciosas en ocasiones, y a veces dotadas de un toque de misterio y fantasía, lo cierto es que tiene un claro objetivo final, que no es otro que el de darle vida a Maqroll, esto es, hacernos creer que este personaje es real”.

“En este sentido, Mutis utiliza los siguientes recursos literarios:

En primer lugar, al principio de la novela introduce una nota del narrador, convirtiendo a éste en un personaje más de la obra, en un amigo, al que supuestamente relata los hechos que posteriormente se narran en la misma.

En segundo lugar, presenta a un personaje, Larissa, como salido de un mundo ilusorio, que irrumpe inopinadamente en el prostíbulo que Maqroll e Ilona dirigen. Ésta es la protagonista de una historia fantástica, que se desarrolla en un barco, de casi concepción imposible, en la que tiene varias experiencias erótico-sexuales con dos fantasmas extemporáneos, un soldado napoleónico y un efebo veneciano”.

Y en tercer lugar, Presenta una protagonista femenina, Ilona, como un personaje misterioso y extraño, que aparece y desaparece en la vida de Maqroll, como la lluvia, que no tiene raíces, ni tierra, ni patria, y que viaja en las nubes, libre, libre, en los brazos del viento”.

“En mi opinión, ni la aparición de fantasmas, ni la de estos personajes femeninos, que bien pudiera pensarse que son también fantásticos, puede considerarse algo anecdótico o aleatorio. Más bien, todo lo contrario, éstos son la personificación de la irrealidad, en franca contraposición a la realidad misma personificada en Maqroll. Y el resultante es evidente: un personaje que el lector siente como un amigo, como un compañero de viaje en el camino del sueño de la libertad, como el perdedor que probablemente él también será, cuyas desgracias sufre como propias”.

INTERVENCIONES

Joseba Molinero:

“El libro me ha parecido magnífico, sobre todo en la forma. Me ha recordado el libro El Sr. Presidente de Miguel Ángel Asturias, que ya tratamos en esta tertulia”.

“Ciertamente, un libro que comienza del modo en que éste lo hace, merece la pena ser leído: “Cuando vi que la lancha gris del resguardo se acercaba, con la bandera de Panamá tremolando ufana en la popa, supe de inmediato que habíamos llegado al final de nuestra accidentada travesía. Para decir verdad, cada vez que, durante las últimas semanas, atracábamos en un puerto, esperábamos siempre una visita como ésta. Sólo la laxitud con la que en el Caribe se suelen tramitar los asuntos burocráticos nos había mantenido a salvo de tal eventualidad”.

Sin duda, el fragmento es inapelable, insultantemente bello. Es una soberbia muestra de narrativa poética, una porción de hidromiel de sensibilidad que se derrama en cada frase, en cada palabra en néctar de literatura”.

“Por el contrario, en lo que respecta al fondo de la novela, éste me ha desencantado. Se trata de un relato de aventuras, en el que se presentan unos personajes extremos, aventureros, románticos, que viven al borde del abismo, haciendo funambulismo en la fina piel de la sociedad, como pendiendo del viento, como regodeándose en su propio amanecer inalcanzado. Son la expresión terrible de las almas desvaídas y torturadas, la figuración de los seres humanos que padecen el calvario de la ancestral lucha que se libra en la conciencia, entre el anhelo de libertad absoluta y la necesidad de la supervivencia en la propia sociedad”.

“A decir verdad, este tipo de personajes no son de mi agrado. Ilona, Larissa, con su presencia evanescente, casi etérea, y el mismo Maqroll, con su desarraigo de ola, me resultan fantasmagóricos, como humeantes fuegos extintos, que epilogan una existencia nunca resuelta, nunca satisfecha. Y, ¿qué decir de los fantasmas de reminiscencias monárquicas que aparecen en el “Lepanto”? Pues sencillamente, que me parecen cuanto menos innecesarios para el decurso de la acción, sino un malabarismo estilístico que interrumpe el transcurso de la misma”.

“La novela acaba con la autodestrucción, una especie de inmolación, de los personajes femeninos, por algo que yo no acierto a saber qué es- no comprendo qué era lo que buscaban en su interior, ni que era lo que realmente les torturaba-. El caso es que una termina matándose en primera persona, y asesinando de paso a la otra, por intersección, como si existiera un vínculo espiritual que las uniera en un destino común. Sinceramente, este final me ha desconcertado por completo”.

Miguel San José:

"Hacía tiempo que no tenía acceso a una literatura tan agradable y tan satisfactoria".

"El libro me ha parecido sencillamente un regalo a todos los sentidos. Y fundamentalmente, no por la forma en que está escrito, sino por lo que cuenta Álvaro Mutis. Yo me he dejado llevar por la narración, por ese torrente descriptivo de lugares, personajes, negocios, ambientes, vivencias, etc..., y he sentido ese calor tórrido y húmedo de Panamá, el tamborreo seco y acelerado de los latidos que celebran la casualidad de un reencuentro inesperado, el pestilente olor a tabaco y alcohol impregnado en el aire que llena el ambiente de los antros nocturnos, el escalofrío que sacude el cuerpo de la amante, cuando su compañero le lame los pezones enarbolados, la estupefacción del suicida al ser sorprendido muriéndose, etc..."

"Es sorprendente, qué duda cabe, encontrar argumentos sobre el mundo de los viajes marinos, el ambiente de los puertos y la sórdida realidad del universo del hampa y la prostitución, que no estén manidos o que no incurran en un realismo exacerbado, en el abuso del victimismo, o en un lirismo fantástico gratuito. Pero, Álvaro Mutis aborda estos temas con una maestría excepcional, dotando a su discurso de una inusitada frescura y una inquietante belleza. Y lo hace con una sobrecogedora sencillez y naturalidad. Así, presenta diferentes historias, todas breves, independientes entre sí, todas indefectibles, todas tremendas, y todas unidas en un único y común objetivo: el realzamiento de la realidad del protagonista principal, Maqroll. La desgraciada vida del armador, que acaba suicidándose, la historia de su ingrata hija, las experiencias del dueño del hotel, que es, además, el jefe de una banda de ladrones y pilluelos, la vida extraña del relaciones públicas del prostíbulo, el mundo fantástico de la enajenada Larissa, etc... son historias singulares que constituyen un todo temático auténticamente placentero. Y, hasta tal punto están entroncadas estas historias paralelas en la trama principal, hasta tal extremo son creíbles los hechos y las situaciones que se concretan en la misma, que la irrupción en la bóveda del "Lepanto" de un oficial napoleónico y de un cortesano veneciano me obligaron a recomenzar la lectura del libro, porque presupuse que tal circunstancia, tal y como se estaban desarrollando los acontecimientos, tenía que deberse a un lapsus del autor, a una incongruencia histórica. De lo contrario, tendría que admitir que no había entendido nada. Finalmente, tras una lectura pausada, comprendí que no se trataba de un error de Mutis, sino de la puesta en escena de dos auténticos fantasmas, seres fabulosos creados por la mente enferma de Larissa, que, por otra parte, no desmerecen en nada el curso de los hechos, ni restan credibilidad al mismo".

"Con todo, no obstante, hay una circunstancia que me ha desagradado notablemente. Se trata, en concreto, del modo en que se produce la muerte de Ilona y de Larissa. En ningún momento me sorprendió que Mutis les deparara un final trágico y espantoso. Es más, en mi opinión, la coherencia argumental así lo exigía: Maqroll es un ser independiente y solitario y, aún disfrutando de cierta felicidad en compañía de Ilona, se encontraba solo, radicalmente desvaído; la historia de amor compartida por ambos no podía tener, por tanto, un final de "fueron felices, y comieron perdices". Ilona parece estar obnubilada por la presencia de Larissa, como fatalmente atraída por ella. Y, si bien es cierto que reconoce no haberse acostado con ella, no lo es menos que se siente como una caricia adherida a su piel. Por ello, cabía esperar un definitivo destino común. Larissa es una demente que está locamente enamorada de Ilona, y encuentra en ella su última tabla de salvación, por lo que no era extraño pensar que no admitiría la negativa de Ilona a condescender con ella".

"En consecuencia, el final de la historia estaba servido: las protagonistas femeninas debían morir. Pero, yo esperaba que lo hicieran de un modo más novelesco, más digno. Nunca había imaginado, ni de lejos, la muerte que les tenía reservada el autor: el destrozamiento de ambas por una explosión de gas en la tétrica cabina de un barco destartalado. Y quiero mostrar, por ello, mi más absoluta desilusión".

Jon Rosáenz:

“El libro me ha parecido una pequeña obra maestra. Sobre todo, en lo que se refiere a la forma. Mutis utiliza un lenguaje que, sin ser en ningún caso exótico, especial o preciosista, como lo pueda ser el de G. García Márquez u otros autores sudamericanos, tiene una fuerza expresiva, una riqueza de matices y de registros, que lo dotan de una significación insuperable. Sin duda, es poseedor de un extraordinario dominio del lenguaje. No en vano, comenzó a escribir a los 16 años. Y eso, se nota”.

“De todas formas, en lo que se refiere al fondo, he de admitir que no me ha gustado la arquitectura temática de la novela. Yo distinguiría cuatro momentos fundamentales en su estructura argumental. Cada uno de ellos presenta unas características narrativas, distintas en interés e intensidad”.

“El primer momento corresponde a la primera parte de la obra, concretamente a la nota inicial del narrador y al relato de la trágica historia del armador suicida. Ambos textos me parecen soberbios, espléndidos. Al leerlos sientes la tiranía de las palabras, que te someten a su significado; sientes el imperativo de la curiosidad, que te obliga a estar expectante; sientes, en fin, que algo insólito e irrepetible va a suceder”.

“El segundo momento se concreta en la llegada de Maqroll a Panamá, y en los detalles relacionados con su instalación en esta ciudad. En esta parte de la obra, son frecuentes las referencias a la vida interior del marino “varado” en tierra, y cobran gran protagonismo sus pensamientos y reflexiones. En mi opinión, el texto pierde algo de interés e intríngulis narrativo; aunque sea el marco donde se escriban pasajes de una belleza literaria inigualable, como éste, por ejemplo: “Tenía el improbable nombre de LA PENSIÓN DE LUJO ASTOR. En la recepción dormitaba un viejo de barba asiria y entrecana, con facciones de cochero judío de la Viena de Francisco José. No cuadraban su corpulencia y aspecto imponente con su permanecer detrás de un mostrador, para el que tanta energía en franca exposición se antojaba un desperdicio”.

“El tercer momento del periplo narrativo es la historia de la casa de lenocinio. Ciertamente es el menos interesante de toda la novela. En él se relatan las circunstancias que concurren en la creación y gestión de un prostíbulo. Yo creo que carece de profundidad, y que empobrece, en cierta medida, la excelencia del relato”.

“Y el cuarto momento se centra en el concurso de Larissa en el desarrollo de los acontecimientos. Es la presentación del mundo ilusorio y onírico de una persona trastornada, que lucha denodadamente por encontrarse a sí misma, pero que sólo halla consuelo en la recreación de un pasado que vivió a través de los libros. Es la apoteosis de un final perfecto”.

Carlos Fernández:

"Tengo cierta predilección por la literatura centroamericana y sudamericana, y en especial por los autores de la generación de Álvaro Mutis. No es de extrañar, por tanto, que la lectura de esta obra me haya resultado agradable".

"Sin embargo, he de reconocer que, tras la lectura del artículo de EDGAR O´HARA expuesto en la presentación, que lleva a cabo un análisis profundo del texto de Mutis, principalmente circunscrito al desarrollo temático y a la estructura argumental, mi satisfacción inicial degeneró en frustración. Yo tenía la sensación de que el libro era muy onírico, esto es, de que lo que Mutis estaba contando no era demasiado verosímil. Así, por ejemplo, el hecho de que Maqroll quedara "varado" en Panamá, desvaído y vencido, a la espera de que el destino, la mano de la fortuna, le salvara; el hecho de que ese destino cobre forma de mujer que viene y va con la lluvia, una mujer que recorre el mundo sin ton ni son, y que aparece y desaparece en la vida de Maqroll; el hecho de que Larissa viaje sola en la sentina de un carguero, desde Europa hasta América; el hecho de que en la sentina aparezcan unos fantasmas, que lo único que buscan es fornicar con Larissa; o el hecho de que ésta viva en ese mismo barco, destartalado y varado en una ensenada".

"Yo había interpretado de este modo la novela. Pero, O´HARA me desconcertó con su crítica literaria. Él habla de algunos paralelismos que cimentan la estructura formal del texto, a saber: la novela comienza y acaba con un suicidio; ambas muertes tienen lugar dentro de un barco; la acción comienza con la presentación de un barco en el que partirá Maqroll y termina con la aparición de otro barco, que le llevará de nuevo a otros mundos; el desamparo y la soledad de Maqroll, "varado" en tierra firme es el mismo desamparo y soledad que sufre Larissa, en su enterramiento en un barco varado; etc..."

"Sinceramente, yo no he intuido tal simbolismo; pero, seguro que esta interpretación de O´HARA es acertada y correcta".

Nicolás Zimarro:

"El libro es una verdadera maravilla. Es mágico. Y su autor un excelente narrador".

"Álvaro Mutis me ha enseñado que ese concepto teórico nombrado como "realismo mágico" no es sino un esfuerzo inútil de los críticos literarios, por intentar comprender racionalmente los latidos de la realidad designados en palabras. Es como si, para éstos, la realidad fuera la totalidad de las circunstancias factuales que concurren en ella, o sea, todos y cada uno de los hechos objetivos, descriptibles a través de un lenguaje ordinario o, en su caso, a través de un lenguaje literario. Y, es verdad, la realidad es esto; pero, no propiamente esto ni, nucho menos, exclusivamente esto".

"Al respecto, cabría suponer que no está en manos de nadie establecer los límites de la realidad, por cuanto ésta no es nada en sí misma, sino que es en cuanto que afecta a un ser humano. Y, obviamente, esta afección es íntima, e intransferible de un modo racional positivo. Lo es, porque la realidad es, de suyo, y en plenitud, cada uno de nosotros, cada ojo que ve, cada dedo que toca, cada labio que besa, cada herida que sangra. De forma que eso que llamamos "realidad" no es más que el reflejo del mundo externo en el espejo de cada corazón humano".

" La realidad es una creación diaria, es cada huella de nuestros pies marcada en el arenal de la existencia. Es el sonido del timbre del despertador, el olor a café recién hecho, la sumisión de una ola que nos lame el tobillo, el escalofrío que produce el adiós de una ola que se va para siempre, la imagen de una niña que llora, el cuerpo frío de un sueño roto, etc... Y nosotros pretendemos llamar "magia" a la creación de la realidad, al descubrimiento de nosotros mismos, como si la constatación de nuestra existencia fuera algo extraordinario".

"Ilona llega con la lluvia es una crónica de la realidad, una realidad impregnada en la piel de Maqroll, relatada por un narrador que participa, de alguna manera, de esa misma realidad. Y sólo así está legitimado para describirla, sólo así puede contarla".

"Es más, considero que el propio Maqroll no es sino el mismísimo Mutis hipostasiado en marino. Es la expresión mutisiana del sueño de la libertad, la personificación fabulosa del viento que él quisiera ser. Y otro tanto puede decirse de Ilona y de Larissa".

"Ilona es una proyección de ese anhelo mutisiano de ser dios, libertad absoluta, en su representación más poética, casi salvífica. Es la mujer que Mutis lleva dentro, la esperanza con cuerpo de fortuna, el destino que llega con la lluvia. Y Larissa es la misma Ilona reflejada en el espejo del pasado, que no es otra cosa que el actualísimo presente. Larissa es la otra mujer que Mutis lleva dentro, la soledad transfigurada en fantasma, la fatalidad con rostro de espectro".

"En definitiva, pues, el ansia de libertad, el sueño de ser dios, la esperanza, la soledad y la fatalidad son sentimientos sangrados en tinta a un libro, que constituyen una confesión desgarradora; son el propio Mutis al desnudo".

"Gracias, Álvaro Mutis. Ha sido un placer haberte conocido".