Las críticas del Quijote

 

I

Don Quijote de la Mancha no se habría convertido en la piedra angular de la novela moderna de no haber sido, a la vez, una deslumbrante ficción y un eficaz aparato crítico. Sabemos que la fuerza de su ironía hirió de muerte al género caballeresco.. Las étereas aventuras de don Quijote y Sancho Panza fueron una losa que cayó sobre los desvaríos caballerescos, muy populares en el siglo XVI, para sepultarlos definitivamente en al irrelevancia y el desprestigio. En ese radical corte con el pasado se intuía la fuerza de la revolución moderna. Recordemos lo que decía Octavio Paz : la edad moderna es una edad crítica, nacida de la negación. Y el Quijote, así Cervantes no hubiera previsto sus alcances, fue eso : una novela que criticaba el pasado literario y el presente social, inventando nuevas estrategias narrativas y rescatando un idealismo añejo, en apariencia tan vetusto como los escudos y armaduras, que sin embargo servía para desvelar el ambiguo rostro de las verdades humanas e insinuar, por primera vez, lo que luego entenderíamos como actitud romántica ante la vida, elementos primordiales de la modernidad.
Pero la novela de Cervantes no solo criticaba las ficciones de caballería. Más significativo aún es que se criticara a sí misma. En la segunda parte del Quijote, como sabemos, los personajes han leído el primer tomo de aventuras y han forjado un criterio sobre sus virtudes y defectos. Recordemos que el bachiller Sansón Carrasco, en los capítulos II,III y IV de la segunda parte, enumera las críticas o "tachas" que se le han puesto a la historia de don Quijote; recordemos, también, que Cervantes aprovecha esta ocasión para ironizar sobre su propia obra y asumir ciertos fallos con enviidable humor. Cuando Sansón Carrasco menciona la inclusión de El curioso impertinente, un relato dentro del relato, en apariencia gratuito por no guardar relación con el tronco central de la historia, Cervantes se burla de sí mismo poniendo a sus dos pesonajes, Sancho y don Quijote,  a favor de los criticos y en contra del cronista que redactó las hazañas. "Yo apostaré", dice Sancho, "que ha mezclado el hi de perro berzas con capachos". Sancho culpa al autor de descuido y desorden, diatriba a la que se suma don Quijote cn reparos similares. "No ha sido sabio el autor de mi historia", protesta, "sino algún ignorante hablador, que a tiento y sin algún discurso se puso a escribirla, salga lo que saliere, como hacía Orbaneja, el pintor de Ubeda, al cual preguntándole lo que pintaba respondió:"Lo que saliere".

Hi de perro, ignorante y descuidado : Cervantes se puede reír de sí mismo, retratándose en las descripciones que hacen de él sus personajes como un artista incapaz de fijar con pulso la realidad, gracias al modernísimo juego de narradores que inventa en su novela. La historia que leemos, todo el mundo lo sabe, no es la original. Cervantes se oculta tras su alter ego, el enigmático historiador morisco Cide Hamete Benengeli - o Cide Hamete Berenjena, como lo llama Sancho-, cuya supuesta obra, traducida al  español y por momentos comentada por otro lector, es lo que llega a nuestras manos. Ese encadenamiento de velos le permite a  Cervantes convertir los errores en la trama de la primera parte, y las correspondientes críticas y comentarios que suscitaron, en tema literario de la segunda. Hace especial hincapié en el famoso episodio del robo del rucio, irresuelto debido a los afanes previos a la impresión del manuscrito en las últimas semanas de 1604. En el capítulo IV de la segunda parte, Sancho se encarga de llenar los vacíos en torno a este suceso. Ginés de Pasamonte le robó el rucio mientras dormia. La razón por la cual no se especificó este episodio en la primera parte es evidente : "el historiador se engañó, o ya sería descuido del impresor".

II

Más arriesgado en su crítica es Cervantes cuando se propone deslegitimar, como falsa y mal ejecutada, la versión apócrifa del Quijote. publicada por Alonso Fernández de Avellaneda en 1614. En la segunda parte de la obra de Cervantes, el caballero andante y su escudero no sólo se encuentran con personajes que han leído las hazañas narradas en la primera parte, también se cruzan con personajes que han leído el Quijote de Avellaneda. Ante todos ellos, don Quijote y Sancho dan pruebas convincentes de que ese historiador moderno se equivoca, y de que su relato, además de pobre, es implausible, pues muestra a un don Quijote desenamorado de Dulcinea y un Sancho glotón, borracho y sin gracia.
El atrevimiento de Cervantes es máximo cuando, en los pasajes finales de su obra, hace participar en la trama a Álvaro Tarfe, un personaje extraído del libro de Avellaneda que asegura ser gran amigo de don Quijote y haberlo convencido de participar en las justas de Zaragoza. Esta aparición es sorprendente. Demuestra que Avellaneda, después de todo, no miente. Álvaro Tarfe existe en la realidad ficticia de la novela y está convencido de haber conocido a Sancho y a don Quijote. ¿Cómo se explica que un mismo personaje pueda haber estado con dos Quijotes y dos Sanchos? Por arte de encantamiento, desde luego.
En el Quijote la realidad es mudable. Asi como los molinos pueden ser gigantes, algún encantador pudo haberle hecho creer a Tarfe que otro par de hombres eran el famoso caballero y su escudero. La conversación con el verdadero Quijote saca a "don Álvaro Tarfe del error en que estaba; el cual se dio a entender que debía de estar encantado, pues tocaba con la mano dos tan contrarios Quijotes".
Avellaneda, como Cide Hamete y los demás historiadores, no miente; nadie miente en las ficciones por una simple razón : no se muestran como tales sino como hechos fácticos, tan duros como la roca. La conversación con Álvaro Tarfe da a entender que también Avellaneda debió haber sufrido los equivocos propios del encantamiento. En lugar de ver la realidad como es, vio - y en consecuencia escribió - las patrañas que algún encantador puso antes sus ojos. Cuando don Quijote agoniza y parece recuperar la cordura, solicita a cualquiera que llegara a toparse con Avellaneda que le pida disculpas. Él y su locura fueron los culpables de que el pobre escribano hubiera puesto negro sobre blanco tantos y tan grandes disparates". Si la primera parte del Quijote liquidaba las novelas de caballería, la segunda, recurriendo a las mismas armas, la ironía y el sarcasmo, liquidaba la apropiación de Avellaneda.

III

Una de las grandes genialidades de Cervantes fue haber hecho esa inversión. Don Quijote es fiel a los hechos de la ficción, pero no a los de la vida. El fantasioso personaje asume que las peripecias de las novelas de caballería son crónicas detalladas, escritas por historiadores infalibles, mientras que cuanto acontece en la realidad puede amoldarse a los caprichos de su imaginación. Una venta es un castillo. lo sabemos, pero también puede seguir siendo solo una venta si así lo quiere don Quijote. A lo largo de la novela lo oímos interpelar a Sancho con la misma pregunta : ¿Dónde has visto o leído tú que alguna vez un caballero andante hiciera o dejara de hacer esta o aquella cosa? Lo escrito en las novelas es dogma, realidad incontrovertible; en cambio, cuando los hechos de la realidad se muestran adversos o las cosas no salen como las había planeado, saca de la chistera la más quimérica explicación : el encantador de marras ha vuelto a travestir la realidad para impedir su gloria.
La realidad en el Quijote es arcilla blanda. En la famosa anécdota de los molinos, luego de que las aspas arrojaran al caballeroy caballo por los aires, y luego de que Sancho le reprochara la locura que acababa de cometer, don Quijote le responde : "Calla, amigo Sancho [...], que las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza". Aquí, como siempre, los sentidos engañan y los hechos se vuelven camaleónicos. Otros factores también ablandan y hacen tornadiza la voluble realidad. Cuando don Quijote confunde los rebaños y carneros con ejércitos a punto de trabar batalla, le explica a Sancho el motivo por el cual él no ve los gigantes ni los caballeros que alzan sus armas listos para enfrentar al enemigo. "El miedo que tienes", le dice, "te hace, Sancho, que ni veas ni oyas a derechas, porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son".
En el Quijote la ficción es real y la realidad es ficción. Todo lo que se narra en los libros es indubitable y todo lo que ocurre en la vida está sujeto a múltiples interpretaciones. Este es el jeugo que propone Cervantes; ésta es la regla implícita que le da solidez estructural a la novela y hace veraz al protagonista. Este, también, es un recurso literario que ha tenido múltiples desarrollos en el siglo XX. Leyendo La metamorfosis a la luz del Quijote, vemos que Kafka utiliza un truco similar. Hace pasar lo extraordinario - que Gregor Samsa se haya convertido en un insecto - como algo poco digno de inquietud, y lo cotidiano - llegar tarde al trabajo - como una catástrofe que puede trastocar la vida familiar. Lo mismo hace García Márquez en Cien años de soledad. Describe los prodigios de los gitanos como si fueran fruslerías de todos los días, y dedica a objetos cotidianos, como el hielo, el imán o la lupa, grandes adjetivos y la exaltación que suscitan los acontecimientos inauditos.
En este procedimiento cervantino hay implícita otra crítica aún más interesante y radical que las críticas que hace a las novelas de caballería, a su propia obra y a la versión apócrifa de Avellaneda. Sin proponéselo, sin ser del todo consciente de lo que  hacía, Cervantes estaba criticando la realidad y la vida. La realidad de su tiempo, desde luego, con sus valores mundanos y su picaresca (a la que enfrentó fuentes morales lejanasd, extraídas de la heroicidad mitológica del medievo), pero sobre todo a la vida. Después de Cervantes, sabemos que esa existencia que transcurre a ras de tierra, sin saltos ni vuelos imaginativos, puede transformarse en un proyecto muy distinto : en una fabulosa aventura que escapa a toda forma y conveniencia, alimentada por la ficción, el idealismo, la búsqueda de lo que no es y no existe.
Don Quijote es el primer romántico, el primer personaje moderno que no se resigna ni se contenta con lo real. No es otra la razón por la cual, desde comienzos del siglo XIX, los románticos alemanes exaltaran la obra de Cervantes. La tragedia de don Quijote consiste en querer ser algo que no es y en no aceptar ningún desmentido de la realidad. Su heroísmo reside en la fidelidad que profesa a esa imagen distorsionada de sí mismo, que finalmente persuade a quienes lo rodean  de que es más sensato vivir así, ilusionado y sin fuero, en lugar de someterse al peso de la realidad y al abatimiento. En las últimas páginas de la novela, Sancho reconoce que la mayor locura no es convertir la vida en una ficción ni ver gigantes allí donde hay molinos. La mayor locura es "dejarse morir sin más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía".
El Quijote es una celebración de la vida. De la vida trastocada por la imaginación y convertida en una aventura personal de creación de sí mismo. Su ejemplo lo emularon todos los poetas románticos y los artistas de vanguardia que, al igual que él, se rebelaron contra la costumbre, la herencia y la tradición, y convirtieron su vida en arte. La edad moderna nos dejó, entre muchas cosas, esas dos lecciones : la crítica es el primer paso de la creación, y toda creación es una crítica implícita de lo que no está incluido en ella.
Y esto se aplica tanto al arte como a la vida.
 

Carlos Granés

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