Un hombre revive su vida

Autorretrato de Eduardo Pisano

Autorretrato

Pisano sale enseguida de su sueño y tambaleándose un poco abandona las últimas luces que descienden de las lámparas para dirigirse como un autómata hacia una gran ventana impersonal. La abre brutalmente, aspira el aire fresco y se asoma al balcón como si quisiera atravesar con su mirada de visionario la noche que recubre Torrelavega con su capa negra. Es, sin embargo, en vano que busca el emplazamiento del convento de los "Sagrados Corazones". El tiempo ha pasado por ahí, los Frailes se fueron y los inmuebles destruidos han sido remplazados por el cemento. Se dirige entonces en dirección del cementerio municipal : barrido por el viento frío que viene del Océano y bajo una iluminación lunar intermitente, hay ahí una losa gris muy simple, pero recientemente recubierta de un ramo de flores que une la suntuosidad de los rojos y la tranquilidad de los malvas. Es en este lugar que, piadosamente dormidos uno al lado del otro en la Paz del Señor, reposan para siempre ese perfecto hombre honesto que fue Eduardo López, su padre y Joaquina, esa madre tan querida junto a la que tuvo un buen vivir toda su vida.
Ve entonces desfilar en un instante esa existencia picaresca que al contrario fue su destino, del cual no había premeditado el desorden, y para excusarse por ello, por el pensamiento, ofrece a los desaparecidos, ese éxito que les hubiera satisfecho. Y, mientras una lágrima inesperada, que tenía la edad del mundo y que sentía como una quemadura, desciende paso a paso, irregularmente, a lo largo de su cara quebrada, dulcemente, como sobre su pasado, el pintor-soldado cierra la gran ventana.

 

André Licoys

Para un amigo español, Saint-Cloud, noviembre 1973

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