La alegría y la ley

 

Cuando subió al autobús, molestó  a todos. La carpeta atestada de papeles ajenos, el enorme paquete que le hacía arquear el brazo izquierdo, la bufanda de felpa gris, el paraguas a punto de abrirse, todo le dificultaba la presentación del billete de vuelta. Tuvo que apoyar el paquete en la mesita del cobrador, con lo que provocó la caída de unas moneditas de poca monta y al intentar agacharse para recogerlas suscitó las protestas de los que estaban detrás de él y a quienes sus torpezas hacían temer qie la puerta automática fuese a atraparles los faldones de los abrigos. Logró meterse en la fila de gente cogida en las barras. Carecía de corpulencia, pero todo lo que llevaba encima le daba el tamaño de una monja infladacon siete sayas. La inoportunidad de su volumen propagó el descontento desde la cola hasta la cabeza del autobús, que se deslizaba sobre el barro a través del lamentable caos del tráfico. Pisó pies, se los pisaron, suscitó reproches, y cuando, por último, oyó a sus espaldas tres sílabas que aludían a sus presuntos infortunios conyugales, el honor le obligó a volverla cabeza y se hizo la ilusión de haber puesto una amenaza en la desmayada expresión de sus ojos.
Mientras tanto, iban recorriendo calels en las que fachadas de un barroco rústico ocultaban un interior abyecto, que, por lo demás, conseguía exteriorizarse en cada esquina. Pasaron ante las luces amarillentas de tiendas octogenarias.
Al llegar a la parada, tocó el timbre, se apeó, tropezó en el paraguas, y se volvió a encontrar, finalmente,  aislado en su metro cuadrado de acera desigual. Se apresuró a comprobar la presencia de la cartera de plástico. Y pudo, por último, saborear la felicidad.
Metidas en la cartera llevaba treinta y siete mil doscientas cuarenta y pico liras, la "extraordinaria", que había cobrado hacía una hora y que suponía la desaparición de unas cuantas espinas: la del casero, tanto más insistente cuanto más dificil le era subir la renta y al que debía dos trimestres, la del puntualísimo cobrador de los plazos de la chaqueta de "lapin" de su mujer ("Te está mucho mejor que un abrigo largo, querida; te hace más esbelta"), la de las feroces miradas del pescadero y del verdulero. Aquellos cuatro billetes grandes ahuyentaban también el temor ante el próximo recibo de la luz, las miradas angustiosas a los zapatitos de los niños, la observación ansiosa al parpadeo de las llamitas del gas. No representaban opulencia, no , desde luego que no, pero prometían una pausa en la angustia, que es lo que constituye la verdadera alegría de los pobres, y tal vez un par de miles de liras sobreviviría un instante, para consumirse después en el esplendor de la comida de Navidad.
Pero "extraordinarias" había tenido muchas para que pudiese atribuir a la alegría fugaz que producían la euforia que ahora lo animaba, tan rosada. Rosada, sí, rosada como la envoltura suave peso que le entumecía el brazo izquierdo. Aquella euforia brotaba concretamente del pan dulce de siete kilos que traía de la oficina. No es que fuera a volverse loco por aquella mezcla muy garantizada y muy dudosa de harina, azúcar, huevos en polvo y uvas pasas. La verdad era que, en el fondo, no le gustaba. ¡Pero siete kilos de una cosa de lujo, de una sola vez! ¡Una abundancia limitada pero grande, en una casa en la que los comestibles entraban en raciones de cien gramos y de medios litros! ¡Un producto ilustre, en una despensa consagrada a las etiquetas de tercer orden! ¡Qué alegría para María! ¡Qué algazaras para los niños, que durante dos semanas recorrerían aquel Far-West inexplorado, una merienda!
Pero aquellas eran las alegrías de los otros, alegrías materiales hechas de vainilla y de cartones de colores : en resumen, de pan dulce. Su felicidad personal era muy distina, una felicidad espiritual, mezcla de orgullo y de ternura. Sí, señores, espiritual.
Cuando, poco antes, el jefe que dirigía su oficina había distribuido los sobres de las pagas y las felicitaciones navideñas con su arrogante campechanía de viejo jerarca, había dicho también que el pan dulce de siete kilos de la Gran Casa Productora había enviado como obsequio a la oficina se entregaría al empleado que más méritos reuniese, y por lo tanto rogaba a sus queridos colaboradores que a renglón seguido designasen al afortunado, democráticamente (así lo dijo).
Mientras tanto, allí estaba el pan dulce, en el centro del escritorio, pesado, herméticamente cerrado, "cargado de presagios", como habría dicho el propio jefe, con su uniforme fascista, veinte años antes. Entre los compañeros, hubo risitas y murmullos. Después todos, y el director el primero, gritaron su nombre. Una gran satisfacción, una seguridad en la continuidad del empleo; en pocas palabras, un triunfo. Y nada había podido turbar después aquella reconfortante sensación, ni las trescientas liras que había tenido que pagar en el bar de abajo, en la doble lividez del atardecer borrascoso y del neón a baja tensión, cuando había invitado a café a los amigos, ni el peso del botín, ni las palabrotas oidas en el autobús; nada, ni siquiera la centelleante certeza,  en las profundidades de su conciencia de que se había tratado de una cto de desdeñosa piedad de los empleados por sus ncesidades. Era, realmente, demasiado pobre para permitir que la mala hierba del orgullo bortase donde no debía.
Se dirigió hacia su casa, por una calle ruinosa a la que los bombardeos de hacía quince años habían dado los últimos toques. Llegó a la plazoleta espectral al fondo de la cual estaba agazapado el fantasmal edificio.
Pero saludó gallardamente al portero Cosimo, que lo despreciaba porque sabía que cobraba un sueldo inferior al suyo. Nueve escalones, tres escalones, nueve escalones : el piso donde vivía el caballero Fulano. ¡Puah! Tenía un mil cien, sí, pero también tenía una mujer fea, vieja y desvergonzada. Nueve escalones, tres escalones, un  resbalón, nueve escalones : la vivienda del doctor Zutano. ¡Peor todavía! Un hijo holgazán que se chiflaba por las Lambrettas y las Vespas, y, además una sala siempre vacía. Nueve escalones, tres escalones, nueve escalones : su apartamento, la vivienda de un hombre de un hombre estimado, honesto, honrado, premiado, de un contable fuera de serie.
Abrió la puerta, entró en el pequeño vestíbulo, ya cargado de olor a cebolla rehogada. Sobre un arcón del tamaño de un cesto dejó el pesadísimo paquete, la carpeta atestada de asuntos ajenos, la embarazosa bufanda. Su voz resonó :
- ¡María, ven pronto! ¡ Ven a ver qué hermosura!
La mujer salió de la cocina, con una bata azul celeste, tiznada del hollín de los pucheros, con las pequeñas manos enrojecidas por el lavado posadas sobre el vientre deformado por los partos. Los niños, con la nariz llena de mocos, se apiñaban alrededor del monumento rosado y gritaban sin atreverse a tocarlo.
- ¡ Muy bien ¿ Y el sueldo, lo has traído? Ya no tengo ni una lira.
- Aquí lo tienes, querida. Me quedo sólo con el suelto, doscientas cuarenta y cinco liras. ¡Pero mira qué bendición de Dios!
María había sido bonita, hasta hacía unos años había tenido un cara viva, iluminada por unos ojos graciosos. Ahora, las discusiones con los tenderos habían enronquecido su voz, los malos alimentos habían ajado su piel, y el incesante escrutar un futuro cargado de nieblas y de escollos había apagado el brillo de sus ojos. En ella sobrevivía sólo un alma santa y, por lo tanto, inflexible y carente de ternura, una bondad profunda obligada a expresarse con reproches y prohibiciones, y también un orgullo de casta, mortificado pero tenaz, porque era nieta de un gran sombrerero de la calle de la Independencia y despreciaba los origenes no comparables de su Girolamo, al que, por otra parte, adoraba como se adora a un niño tonto, pero querido.
Su mirada resbaló, indiferente, sobre el cartón dorado :
- Muy bien. Mañana se lo mandaremos al abogado Risma. Tenemos mucho que agradecerle.
Hacía dos años, el abogado había encargado a Girolamo un difícil trabajo contable y, además de habérselo pagado, los había invitado a los dos a comer en su apartamento, de estilo abstracto y metálico, en el que el contable  había sufrido como un perro por culpa de los zapatos comprados expresamente. ¡ Y ahora, por aquel abogado que no necesitaba nada, su María, su Andrea, su Saverio, la pequeña Giuseppina y él mismo tenían que renunciar al único filón de abundancia alcanzado en tantos años!
Corrió a la cocina, cogió un cuchillo y se lanzó a cortar los hilos dorado que un hábil obrera milanesa había anudado graciosamente alrededor de la envoltura. Pero una mano enrojecida le tocó debilmente en el hombro:
- Girolamo, no seas niño. Sabes muy bien que tenemos que cumplir con Risma.
Hablaba de la ley, la ley que emanaba de unos sombrereros sin tacha.
- ¡Pero, querida, esto es un premio, un reconocimiento al mérito, una prueba de consideración!
- Déjate de tonterías. ¡ Buenos son tus compañeros para sentimientos delicados! ¡Una limosna, Giro, nada más que una limosna!
Le llamaba con el viejo nombre afectuoso, le sonreía con los ojos en los que sólo él podía encontrar los antiguos encantos.
- Mañana comprarás otro pan dulce pequeño. Para nosotros será bastante. Y cuatro velas rojas, de tirabuzón, de las que hay en la Standa. Así tendremos una fiesta grande.
Al día siguiente, en efecto, compró un pan dulce anónimo, no cuatro, sino dos de aquellas asomprosas velas, y por medio de una  agencia mandó el mastodonte al abogado Risma, lo que les costó otras doscientas liras.
Además, despues de Navidad, tuvo que comprobar un tercer pan dulce que disfrazado en rebanadas llevó  a sus compañeros, que le tomaban el pelo porque no les había dado siquiera una migaja de la fastuosa presa.
Una cortina de niebla cayó después sobre la suerte del pan dulce primitivo.
Se dirigió a la agencia "Fulmine" para reclamar. Le enseñaron, con cierto desprecio, el registro de los recibos, en el que el criado del abogado había firmado el dorso. Después de Reyes, sin embargo, llegó una tarjeta con "muchísimas gracias y felicidades".
El honor estaba salvado.

 

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

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