Interregno

El constitucionalismo inglés, u otra teoría social cualquiera, es por lo tanto inaplicable a la generalidad de los pueblos; conviniendo sólo, por ventura, al pueblo donde apareció y donde, por lo tanto, es en cierto modo natural. No obstante, lo que falta saber es si en el propio pueblo inglés el constitucionalismo inglés da buen resultado. Si no lo diera, las dos tesis se derrumban, puesto que lo que es malo donde es natural -aunque viable por ser natural- será dos veces malo donde sea artificial, pues ahí ni siquiera viable será. Esto nos lleva, pues, al examen de la segunda creencia de la superstición constitucional: la de que el constitucionalismo inglés realmente representa la proyección política de la opinión pública.

Esa creencia la va a desmentir por nosotros, y mejor de lo que nosotros lo haríamos, un inglés moderno, hombre culto y experimentado, político por herencia y por vocación. Así dice Lord Hugh Cecil, hijo del Marqués de Salisbury, en las páginas 235 y siguientes de su libro titulado Conservadurismo:

[...]

El pueblo tiene, en la práctica, sólo la libertad de escoger entre los candidatos del partido que son ofrecidos a su elección. Son los partidarios ardientes -la Guardia Pretoriana- quienes escogen a los candidatos; los electores solamente tienen que determinar si quieren ser representados por el designado de los Pretorianos Conservadores o por el designado de los Pretorianos Liberales o, en casos más raros, pueden elegir a un candidato, no menos disciplinado, nombrado por el Partido Laborista. Los independientes pueden proponerse y algunas veces se proponen, a elección. Pero las elecciones, en las condiciones modernas, son a tal punto materia de organización y mecanismo, que es en con gran desigualdad que un candidato independiente se puede batir con los candidatos nombrados por los partidos. El triunfo de una candidatura independiente es la cosa más rara de este mundo. La única verdadera influencia que tienen los independientes radica en el deseo de los jefes partidarios de que ellos obtengan votos. Pero hasta esto tiene en la práctica un alcance limitado. Hay asuntos controvertidos sobre los cuales los partidarios ardientes, de un lado y de otro, sienten tan fuertemente que casi nada les importa la opinión del público no partidario. Y, cuando la Casa ha sido elegida, la influencia de la opinión pública queda igualmente limitada. Alguna cosa se hará para obtener el apoyo en la próxima elección; pero, siempre que los hombres del partido del gobierno realmente se empeñen en un asunto, correrán todos los riesgos para imponer su política. Sobre todo lo harán cuando el asunto de que se trate envuelva el crédito personal de uno de los jefes de su confianza. El hecho formidable es que la más alta autoridad de nuestro Imperio inmenso y único se encuentra alternativamente en las manos de dos grupos de hombres vehementes, intolerantes y desequilibrados.

 

Estas palabras tienen ya quince años, sin embargo valen hoy como entonces; nada, salvo el crecimiento del Partido Laborista, existe de nuevo en la situación que ellas describen, y ese crecimiento no pesa sino en cambiar por "tres" la palabra "dos" al final del texto. Y estas palabras son, no sólo las del político experto, por herencia y vocación, como describimos a su autor, sino las de un hombre que es, él mismo, político de partido. Es uno de los casos en que, contra la norma jurídica, la confesión del reo tiene validez.

El reo, sin embargo, no confesó todo. Una polémica reciente y episódica, entre jefes liberales ingleses, trajo a la atención pública uno de los puntos de la vida partidaria en que ordinariamente no se reparaba. Es el de que los fondos del partido son secretos, secretos los nombres de los individuos que frecuentemente contribuyen con grandes sumas a las arcas del partido. Esto complica el asunto y la Guardia Pretoriana. Quien contribuye con grandes sumas al cofre partidario raras veces lo hará por convicción teórica. Lo hará, generalmente, con otras miras. Y, puesto que dio, buscará que se haga aquello por lo que dio. El partido, o su Guardia Pretoriana, hará, puesto que recibió, por merecer lo que recibió. Así, en esta noche moral, pueden sutilmente esbozarse, y sutilmente infiltrarse en la sustancia política, orientaciones enteramente antinacionales; pues, como a este propósito se observó, no sabiendo nadie quiénes son los principales financiadores de los partidos, nadie tiene la certeza de que no estén vinculados a elementos extranjeros, que impongan secretamente su política. No se alegue que este estado de cosas nada tiene que ver con el constitucionalismo propiamente dicho. El constitucionalismo comprende y propicia la existencia de partidos; estos partidos se hacen los unos a los otros una guerra política; y la guerra política, como toda guerra, se asienta en dos bases: dinero y secreto.

Interregno (1928) Fernando Pessoa

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