El verano que aparecieron grietas en Polonia

Soy homosexual, gay, sarasa y hasta maricón si así lo prefieren. No me molesta reconocerlo ahora, acaso hace unos meses no podría decir lo mismo.
Entonces la sola presencia mental de mi padre, mi tío Ramón, mis compañeros de buró o mi portera abortaban los proyectos bienintencionados que brotaban de mi espíritu protocatolico.
 
Aquel (o quizá ese) verano hizo mucho calor. Una lengua de viento sahariano lamió la piel de toro, cantaban algunos periodistas con vocación de investigadores del Instituto Metereológico Nacional en las páginas inanes de la edición veraniega de un periódico nacional.
Sudaba una madrugada empalagosa y en cada vuelta de almohada en busca de briznas de de frescor y tras cada perfil de pliegue orejero que inventaba, surgían pensamientos, planes, recuerdos, reconstrucciones.
Nada nuevo que no produjera el frío del invierno, el sutil, rítmico vaivén de un muelle insuficientemente lubricado de parejas apasionadas (atrapadas en el primer pico de pasión que alcanza inexplicablemente tres años. El segundo sencillamente no existe) o un regüeldo atravesado (cenas tardías convocan aquelarres). Pero esta vez el calor trajo o atrajo la dignidad, el honor, la honradez. El calor lo consiguió como un terremoto teutónico, natural, calculado y al mismo tiempo inesperado e impredecible.
Hombre de una solo pieza que se viste por los pies y que solo tiene una palabra. Estos u otros asertos de diversos pelajes aparecen con total seguridad en catecismos, cartillas infantiles o catones de urbanidad. Nos revienta el corazón y nos quema el alma cuando nos proponemos con éxito apartar de nuestra vida la falsedad, la hipocresía, el cinismo.
Que levante el dedo índice de la mano derecha quien no lo sienta así (que el tío Anselmo –sarcástico y dañino- se lo cortará de un tajo).
 
Pues bien –y con esto se puede dar por comenzado el nudo- aquella (o quizá esa) noche el calor, el sudor y el irreverente duende (casi elfo, por lo etéreo) de la conciencia incorrupta obraron el milagro, acaso la excepción.
Aquella (o quizá esa) mañana después de aquella (o quizá esa) densa noche, me levanté de la cama con el pie deliberadamente izquierdo y me dije: “¿por qué coño no puedo yo , Santiago Alarcón Márquez, hijo de Manuel María –notario- y de Almudena _decoradora de interiores- abogado laboralista, discretamente rojo, numismático, cinéfilo, bebedor esporádico de cervezas y chupitos, agnóstico, católico y disperso, por qué no puedo salir yo del armario? ¡Eh! ¿Por qué? Y ya puestos a salir ¿por qué no vaciamos los cajones de prendas sucias, nauseabundas y mohosas, las mesillas de fotografías acartonadas y los búcaros de flores de plástico?
 
Hoy, aun hoy, cuando pienso en aquella (…no…) mañana se me hinchan los pulmones de un aire aromático y fresco. Era feliz. Pero no con esa felicidad pequeña que anida en la espuma de cerveza, en las notas de alguna melodía o en el sofá desocupado de un salón sabatino. No, más bien con esa que se evoca con tañidos de campanas y filas de hachones, la felicidad absoluta, la felicidad completa, la Felicidad.
 
Me jacto de ser un punto mas cartesiano que intuitivo (aburrido, malician mis amigos) y así tracé un plan irreprochable. Empezando por el meollo del asunto, el epicentro del dilema, el solomillo del entuerto, mi contenida y simulada homosexualidad.
Establecí prioridades con criterios transparentes. Primero mis padres, mas tarde mi familia, amigos y compañeros y finalmente conocidos, contactos y demás entradas de agenda (aquí la cascada de esemeses pueden ser de gran utilidad).
 
No recordé que a mi padre le habían acoplado un marcapasos en su corazón sexagenario debido a una arritmia congénita reconcentrada por la edad y el tabaco (que mi madre, siempre al quite, siempre conocedora de su deber, atajó con su sempiterno “hasta aquí hemos llegado Manuel María, se acabó el tabaco”.
Y el olvido condujo a la incompetencia, el caso es que un jueves espeso nos tocó ir de entierro. Jueves que precedió al miércoles de bochorno que había seleccionado para mi bautizo sexual.
Elegí la comida familiar (ya, ya, sé que no resulta original, nunca dije que lo fuera). Las catorce horas, la mesa de nogal ligeramente coja del lado izquierdo, las coles de Bruselas que nuestra ultima empleada domestica acaba de aprender a cocinar como exige mi madre (con su punta de jamón, su sofrito de ajo, y sus ramitas de de tomillo) y nosotros, mi padre, mi madre, tío Ramón (en realidad no era tío Mio, nunca supe con seguridad que parentesco nos unía pero para simplificar yo lo llamaba así) y yo, reluciente y empecinado.
Esperé a que comenzaran y en cuanto me percaté de ello, lo solté: “quiero que sepáis que soy homosexual y que me siento feliz de ello y quiero que vosotros, los que mas quiero, también lo compartierais conmigo”.
Una col belga de esas, acaso más grande que sus compañeras, se alojo testarudamente en la garganta de mi padre que en seguida adquirió un tono lila que tornó a morado.
Mi madre siempre solicita, le aplicó oportuna y limpiamente la maniobra de Heimlich y consiguió expulsar el artefacto como un balín de feria que por azar golpeó el ojo de mi tío Ramón que se había acercado al grupo para interesarse.
Desgraciadamente mi padre no pasó de esa noche, su marcapasos no fue suficiente para devolver el ritmo a un corazón alterado por la verdad.
 
No dejé que la irremediable tristeza del óbito de mi padre me separara ni un ápice de mi cita con la Felicidad. No, nunca, para nada.
Tiré de lista y llamé a mis amigos más cercanos, Azcona, JuanLu y Ronchi. “El viernes en el bar de Toni”.
Llegué antes de la hora concertada para ubicarme cara a la puerta. Convenía cuidar todos los detalles. Llegaron tarde como siempre, muy tarde. Azcona, con esa cara de asco que se le acomodaba en la cara día si y día también, solo demoró diez minutos. “¿Qué tal Azcona, cómo va?” “Va, tío, va.” JuanLu necesitó otros diez minutos más para unirse a nosotros. “Una caña Toni que llegó agobiado, mi padre quiere que me busque piso. Tú te crees. Que no me llega.” Ronchi apareció tarde muy tarde con desgana y sueño.
Esperé a que estuvieran servidos y con las primeras parladas ya cumplidas, cuando le miré a Azcona a esos ojitos de rejilla que azuleaban y se lo solté: “Azcona, creo que deberías considerar tu relación con Mónica (era su novia. Seguía siendo su novia después de un lustro). Es mandona, no te tiene respeto y se cree la reina de Saba. Conociendo a su madre, seguro que te tiene preparada la boda que acabará fijo en un divorcio de esos expres que te dejará sin blanca y deprimido, que tu tienes menos carácter que Gracita Morales.”
 
Salí de urgencias con dos documentos: el informe del hospital donde constaba que padecía varias magulladuras leves que requerían la vigilancia por mi medico de cabecera y algunas curas de rutina en el dispensario y con la renuncia (implícita) a continuar manteniendo una relación amistosa conmigo. JuanLu de una manera mas drástica cuando le sugerí que nos dejara de aburrir con sus interminables historias sobre su Factbook (“JuanLu, tío, eso no interesa a nadie. Te escuchamos por caridad”) y Ronchi por osmosis, todo en ese individuo eternamente amodorrado funcionaba por osmosis.
 
No pensaba ceder ni por asomo. Estaba completamente resuelto a cumplir con mi destino. Les tocaba a mis compañeros de buró. Abogados, por definición vendidos y en mi caso entre ellos moraba el hijo del dueño, un hombrecito perfectamente consciente de su estirpe y que a pesar de la declaración de igualdad de su padre (“Aquí todos lo mismo. Os queda claro, todos lo mismo”), ejercía una dictadura latente que a todos nos descomponía. Le dije un lunes a la hora del café, el recién duchado, yo seguro de mis actos tras dos horas de autoafirmación delante del expediente de Ram. “Tomas, no está bien eso que haces. Tu no eres el jefe y no te debemos pleitesía. Además la mayoría tenemos mas experiencia que tu y seguro que lo haríamos mejor. Que metes la pata hasta en los charcos. Estamos todos de acuerdo.” Y no lo estábamos. Me dejaron tirado y el padre de Tomas tardó día y medio en despedirme con la pobre indemnización que me correspondía por despido improcedente.
 
Me di cuenta que algo no encajaba cuando el panadero me prohibió la entrada en su establecimiento cuando le arrojé a la cara su afición a subir los precios inexplicablemente amparándose en la falta de competencia próxima.
 
Y ahora, no hago nada, andar despacito y sentarme algunas veces.

 

 Joseba Molinero