27

 

 

HECHOS

 

I        El final de la historia

II       Veintisiete pares de manos

III      Brândusa

IV      El cretino

V       Conociendo a Mustafá

VI      Ugaritz

VII     Derby, Moda para hombre

VIII    Nostalgia de Bilbao – Interludio

IX      Escarceos

X       Manolo Arruabarrena

XI      Un lugar para morir

XII   ¿Cuánto cuesta un ataúd?

XIII    Centrando el tiro

XIV    Mustafá al aparato

XV     Ugaritz reloaded

XVI    Doña Urraca

XVII   A veces veo muertos

XVIII  Sin escrúpulos

 

 

I

El final de la historia

 

Ya había amanecido cuando abandonó el club Doña Urraca. La ciudad retomaba su pulso. Miró el reloj. El Café Nervión ya estaría abierto. Tenía hambre. Y sueño. Envió un mensaje a Ugaritz. Todo había ido bien. Podía estar tranquila.

Un café con leche y una tostada más tarde, Alberto regresó a la pensión, tomó una ducha, concertó una cita con Iratxe Olea para la una de la tarde y se metió en la cama hasta esa hora. Se reunieron en el restaurante Sasibil. Comió poco, la narración de lo sucedido le tomó la mayor parte del tiempo. Ella ni probó bocado, ocupada en coger notas y asqueada por los hechos que Alberto le expuso. La periodista le aseguró que la primera plana del periódico del día siguiente estaba asegurada.

Después de llamar a la comisaría alegando molestias estomacales, disculpa que no era del todo incierta, pasó el resto de la tarde en su cuarto de la pensión. Retomó la lectura de la última novela de Alejandro Belidor, quizá las estrambóticas aventuras de Ocaso en Barnaul le sirvieran de bálsamo momentáneo para el alma.

A la mañana siguiente los titulares de EL CORREO anunciaban, en efecto en primera plana, las líneas principales del caso y su resolución. Le constaba que el cadáver del asesino ya había sido encontrado por los compañeros de Homicidios. Su estado corroboraría los contenidos de la noticia. Solo le quedaba desbloquear el número del cretino y darse una vuelta por la oficina. La tormenta iba a ser apocalíptica, aunque a buen seguro mucho menor que la que en esos momentos se cernía sobre el imbécil de su jefe. Decían que la Consejera de Interior tenía muy mala hostia. A él solo le consolaba pensar que Ugaritz y él pasarían juntos esa noche. Y muchas más después.

Se subió el cuello de la gabardina y miró el cielo gris y agobiante que se rompía contra los montes que rodeaban la ciudad. Dejó que las gotas le humedeciese el rostro y que así arrastrara el horror de unos recuerdos que preferiría olvidar para siempre.

Respiró hondo. Las calles de Bilbao olían a lluvia.

 

Unos días antes…

 

 

 

II

Veintisiete pares de manos

 

En la esquina inferior de la pantalla apareció el aviso de un nuevo correo. Era de su jefe. Antes de abrirlo prefirió apurar el café de media mañana y contar hasta diez; si Jokin se había dignado comunicarse con él, podía asegurar desde ese momento que el día comenzaba a torcerse. Movió el ratón sobre la alfombrilla y cliqueó un par de veces. El mensaje era escueto, directo y directamente maleducado, como él. «Lee la noticia que te adjunto y vente para mi despacho». Un poco más abajo se agazapaba un fichero nombrado como manos.pdf. Volvió a contar hasta diez antes de abrirlo. Le bastó con leer el título de la noticia para saber que, en efecto, el día se acababa de joder. «Un montañero encuentra en el Gorbea 54 manos cortadas ». El texto aclaraba las circunstancias del hallazgo: el excursionista había encontrado una gran bolsa de plástico que contenía las manos. Todo hacía pensar que el origen de los restos era fruto de una negligencia hospitalaria, aunque no quedaba claro cómo habían llegado al Gorbea y por qué habían querido deshacerse de ellas de esa forma. Lo mejor venía al final, aquello de que las autoridades no eran alarmistas, que descartaban un asesino en serie. El becario que había redactado la noticia no conocía a su jefe. Jokin podía ser considerado como una autoridad, al fin y al cabo era el responsable de la comisaría central de la Ertzantza en Bilbao, y además de ser un hijo de puta era el paradigma del alarmismo. Tenía luces giratorias en vez de ojos, su voz graznaba como una sirena y se movía como un camión de bomberos desbocado.

Alberto Fernández miró por encima del borde de las gafas. El camión se le echaba encima en rumbo de colisión.

―Te he dicho… ―bramaba Jokin. Alberto levantó la mano y asintió. Se incorporó sin disimular el hastío que le producía tener que acompañar a su jefe y atender lo que fuera que tuviese que contarle.

―La cosa es mucho más grave de lo que insinúa la noticia… ―se detuvo en su explicación aguardando alguna pregunta de Alberto. Este se mantuvo impasible, no estaba dispuesto a facilitarle el trabajo.

―A ver, Alberto, el asunto es que las manos fueron amputadas cuando sus propietarias aún estaban vivas. ¿Te enteras bien de lo que esto quiere decir?

Alberto enderezó la espalda en un gesto involuntario de alerta. Se enteraba de puta madre, claro que se enteraba. Cerró los ojos, no quería ver el absurdo gesto de triunfo que destellaba en la mirada del otro. ¿De qué se alegraba aquel cretino? ¿De tener un asesino en serie en la zona? ¿O solo de poder endosarle aquella putada de caso?

―Has usado el femenino…

Todas eran manos de mujer, y de mujeres jóvenes, el forense había dejado claro ese punto en un informe preliminar. Aún continuaba analizando los restos, lo mejor sería que fuese a la morgue a hablar con él. Jokin seguía mirándole con los ojos muy abiertos mientras terminaba de exponerle sus conclusiones.

―¿Te das cuenta? En algún lugar hay ahora mismo veintisiete mujeres sin manos…

Aquel hombre era un perfecto imbécil.

Poco después, Alberto entraba en la morgue del Hospital de Basurto en busca de Juanmari Ortola, el forense encargado de los casos policiales. Se lo encontró en su despacho dando cuenta de lo que él mismo denominó su aperitivillo.

―¿Te gusta la panceta, majo? Está cojonuda, me la ha traído hace un rato Txomin, el del Stadium, ya sabes. Estos, en vez de San Valentín celebran San Pancetín ―se rio entusiasmado. Alberto percibió el tufo a tocino que emanaba de la boca del médico. Unas briznas a medio masticar se le escurrieron por la comisura del labio―. Ya veo, no está el horno para bollos. Has venido por lo de las manos, ¿verdad? Anda, vamos al depósito; me privas de los placeres de la vida ―refunfuñó con un gesto de dolor infinito mientras se levantaba y le extendía una mano pringada de aceite.

Caminaron por varios pasillos hasta una sala gris, fría y aséptica; en la mesa de disecciones se adivinaba el cadáver descuartizado de un anciano. Sin venir al caso, Ortola se lanzó a una exposición doctoral sobre los restos.

―Un infarto, sí, tuvo la mala ocurrencia de morirse en su casa. Solo. Fíjate, amojamado lo encontraron… No veas cómo tenía las arterias, mucho había durado el viejo…

―Que sí, Juanma, ¿dónde tienes las manos? Quiero verlas.

El otro disimuló una sonrisa malévola ocultando la boca con el puño y simulando una tosecilla. El pringue de los labios pasó de su mano a la pechera de la bata.

―¿Qué? ¿Otra vez puteado por Jokin? Ese hombre no te deja vivir, Alberto. Te encasqueta todas las mierdas que pasan por sus manos y encima se las resuelves. A este paso el tío acaba de lehendakari o algo peor… Pero, ¿qué te voy a contar, verdad? Mira, hace poco me encontré aquí con uno que había muerto envenenado… Algo muy raro, otro forense no se hubiera dado cuenta… Te podría explicar de qué tipo de sustancia se trataba… Fácil de encontrar en los bajos fondos, oye, sobre todo para un madero… ―Alberto se encogió de hombros. Con aquel tipo era imposible saber cuándo la conversación iba en serio.

―Me lo pensaré, Juanmari. Ahora vamos a lo que vamos.

En una sala adyacente, sobre un par de mesas para disecciones y dispuestas con una simetría tal que les quitaba algo del horror que podían entrañar por sí mismas, los veintisiete pares de manos mostraban al visitante la alienación en estado puro. De cada pareja una de las manos apuntaba con su palma hacia el techo en un lastimero gesto implorante de limosna; la otra mostraba el dorso pálido, cerúleo, con los dedos encorvados como una garra que quisiera clavarse en la superficie de acero inoxidable en una tardía actitud de defensa. Alberto inclinó la cabeza y se frotó la frente, así podía hurtar la mirada durante unos segundos a ese desatino y tratar de recomponer sus esquemas mentales para enfrentarse con todo aquello. El forense pasó a su lado, cogió una de las manos y se la acercó a la cara como si quisiera penetrar en sus secretos o simplemente captar su olor. El policía tragó una saliva amarga, no se atrevía a imaginar el momento en que comenzaran a aparecer los veintisiete cadáveres. Ortola reclamó su atención con un carraspeo.

―Siempre manos de mujeres, siempre las dos, nunca miembros desparejados. Jóvenes, casi seguro que menores de 20 años todas ellas. Todas blancas, no hay ninguna otra raza. Aunque no es algo concluyente, casi puedo asegurar que todas tenían una complexión atlética y eran de elevada estatura. Eslavas probablemente. Todas las manos les fueron amputadas cuando aún estaban con vida. Han empleado medios quirúrgicos, bisturí y sierra especializada; no hay desgarros en piel o músculos ni los huesos están astillados como podría suceder si hubiesen empleado un machete, por ejemplo. No muestran tampoco signos de putrefacción, es como si hubieran querido conservarlas de alguna manera.

Pruebas de ADN, registro de huellas dactilares, búsqueda de restos genéticos ajenos a las manos; el forense fue desgranando todos los estudios realizados. Ninguno había tenido éxito a la hora de identificar a las jóvenes. Ninguna estaba fichada. El médico detuvo su retahíla de datos y se miró las uñas como si buscara algún resto invisible que hasta aquel momento se le hubiera pasado por alto. O como si le diera vergüenza continuar hablando.

―Hay algo más, Alberto. Extraño y desagradable, pero que considero es una pista fundamental…

Alberto asintió con la cabeza invitándole a continuar. ¿Qué podía haber más desagradable que aquel muestrario del horror? El forense se ajustó el cuello de la camisa. La nuez le subió y bajó, alterada, como si tuviese vida propia.

―Hemos encontrado restos de semen en todas las manos. En todas. Y en todos los casos pertenecía a una misma persona… ―Alberto quiso interrumpirle, pero Ortola le hizo un gesto. Aún no había acabado ―. En más de la mitad de las manos también hemos hallado restos de heces fecales; en este caso pertenecían a las chicas. Esa es la parte desagradable, la extraña es que también hemos hallado metanfetamina sobre la piel de las manos.

Lo que acababa de contarle Ortola dibujaba con unos trazos concretos un esbozo del perfil psicológico del asesino. Era algo con lo que comenzar. O con lo que terminar completamente chalado si Jokin se enteraba de todo aquello antes de que avanzara en la investigación. M + M. Metanfetamina y masturbación. ¿Y sexo anal? Un tipo con conocimientos médicos elementales, consumidor de droga, pervertido sexual, asesino en serie. Joder, menudo follón. Jokin estaría encantado. Y si nadie había denunciado la desaparición de esas mujeres era porque no existían, probablemente así de fácil. Eran transparentes para la Administración, sin papeles, sin familiares o allegados. Mujeres jóvenes, blancas, ilegales en el país. Prostitutas, en una palabra. A pesar de todo, era extraño que no les hubiese llegado ningún rumor. Veintisiete eran muchas putas y más en una ciudad pequeña como Bilbao.

―¿Has enviado estos resultados a la comisaría?

―¿Dónde Jokin?

―O alguno de sus secuaces.

―No, Alberto. No sé por qué, pero suponía que el caso te iba a caer a ti, así que… ―hizo un claro gesto de graparse los labios―. Si me preguntan, que hablen contigo…

Alberto asintió algo más tranquilo, aunque como no tuviese buen cuidado tarde o temprano la estupidez de su jefe terminaría ahogándole en un charco de chorradas y ocurrencias y haría saltar toda la investigación por los aires.

Tenía que hablar con Brânduṣa.

 

III

BRÂNDUSA

 

Brânduṣa era el nom de guerre de Carmen Melide, gallega de Mondoñedo que llevaba años haciéndose pasar por rumana. Lo cierto era que hablaba esa lengua a la perfección gracias a un antiguo amante moldavo que le enseño el idioma, los entresijos de la trata de blancas y algunas prácticas sexuales balcánicas que aún le excitaban cuando los hilos de la memoria se le enredaban con el presente. Gajes del oficio, Carmen y él habían sido amantes hacía tiempo, antes de Miren y sus histerias. Un tiempo pretérito, aderezado con un pellizco de felicidad que de vez en cuando evocaba durante sus noches de soledad en la pensión donde ahora vivía exiliado.

Brânduṣa lo recibió en sus oficinas en la zona de Rekalde, el altillo de un tinglado que se dedicaba a la importación de ropa interior femenina fabricada en algún lugar indefinido del Este de Europa. La ropa debía de ser la que traían puesta las chicas, que en realidad eran el auténtico producto con el que comerciaba. Ilegal, sí. Pero aquella mujer era intocable. La habían detenido en varias ocasiones, aunque nunca la llegaron a acusar formalmente de nada. Muchos favores en la balanza, mucha gente importante que usaba sus servicios.

―¡Albertiño, amor! ―le plantó dos sonoros besos en las mejillas―. Qué sorpresa que vengas a visitarme tú solo, sin toda la parafernalia que tanto os gusta a los de tu gremio.

Se lo quedó mirando con una media sonrisa, los intensos ojos azules clavados en los suyos y cargados de una aparente alegría que se limitaba a ocultar una elevada dosis de prevención y acaso de temor. Alberto no le devolvió la sonrisa, le hubiese costado poco esfuerzo, pero prefirió no hacerlo. Aquella mujer era muy peligrosa, dominaba las artes de la seducción como pocas y él era presa fácil después de muchos meses de abstinencia. Al fin y al cabo Brânduṣa era terreno conocido y en absoluto desdeñable.

―Andas como alelado. ¿Estás bien? ¿Quieres una copa? Es un poco pronto, pero con vosotros nunca se sabe…

Alberto se miró las puntas de los dedos, las uñas mal recortadas, rotas unas y con un leve reborde negruzco un par de ellas. La mano derecha le temblaba levemente. Cerró los ojos e hizo un esfuerzo por concentrarse. Manos. Cincuenta y cuatro manos.

―Estoy seguro de que sabes por qué he venido, Carmen ―Alberto empleó el nombre auténtico de la mujer, se dio cuenta apenas lo pronunció. Eso llevaba la conversación por un terreno en el que ya no tenía lugar la banalidad.

Brânduṣa se removió en el sillón, se puso en pie y ella sí que se sirvió un pelotazo. En ningún momento sus ojos se cruzaron con los de Alberto.

―Ya no me dedico a ese negocio, Alberto; deberías saberlo.

―No lo sé, Carmen, no lo sé, y no me lo creo. Ni me importa. No he venido a investigar tus trapicheos, y no tengo tiempo para chorradas. El asunto es serio. ¿Qué está pasando con las chicas?

El aire se espesó dentro del tabuco, durante unos segundos fue como si ambos hubieran quedado atrapados en un trozo de ámbar. De pronto, los sonidos de la calle se habían transformado en una melaza que barnizase la escena que ambos componían. Brânduṣa volvió a sentarse, más bien se derrumbó sobre su sillón. Había envejecido diez años en unos segundos.

―¿Las habéis encontrado?

―¿Cuántas han desaparecido, Carmen?

―No estoy segura, Alberto. Según me cuentan, ocho en la zona del Gran Bilbao.

―¿Quién te lo cuenta?

―Carallo, ya lo sabes. Yo les suministro las chicas, todas mayores de edad, todas saben a lo que vienen y lo hacen porque quieren. Contacto con los dueños de los prostíbulos, hago de intermediara… Conmigo las chicas están bien, las coloco en lugares limpios y decentes…

―Nadie está acusándote de nada ―atajó la retahíla de bondades que la mujer se había lanzado a desgranar―. Quiero una lista con los nombres de las mujeres que sabéis que han desaparecido. Quiero que me digas en qué locales trabajaban. Quiero cualquier prenda suya que aún conserves aquí. Y lo quiero ya.

―¿Están muertas, verdad?

Alberto no quiso eludir su mirada. Tampoco quiso contestar a su pregunta. Se limitó a empujar hacia ella un cuaderno y un bolígrafo.

―Escribe. ¿Qué más sabes?

―Nada. Eso, que han desaparecido. Siempre en alguna visita a domicilio. Quedaban con un cliente y ya no regresaban. Al principio, con las tres o cuatro primeras, creyeron que las chicas se habían largado, no es algo inusual…

―Pero las desapariciones continuaron. Y a nadie se le ocurrió avisar, llamar a la policía…

―Joder, mi negocio no es un colegio de señoritas y los locales donde trabajan, tampoco. ¿Qué querías…?

―Además, son carne de cañón, ¿verdad? Fáciles de sustituir. Y rápido. ¿Te han contado algo de otras zonas? ¿Gipuzkoa, Cantabria…?

―Hostias, Alberto… ¿Hay más chicas desaparecidas? ―Alberto se limitó a inclinar unos milímetros la cabeza.― No, no me ha llegado nada, pero fuera de Bilbao casi no dispongo de contactos. Nunca me ha interesado, ya lo sabes. Bastante tengo con lo de aquí. Quizá algún chulo haya oído algo, pero no creo que les saques nada…

―Ya. Espíritu corporativo… Porque supongo que a las chicas no las envían de acá para allá, por aquello de renovar el mercado… Y si lo hacen a ti no te informan, claro…

―No seas cínico, Alberto, que no te pega… Lo que yo traigo es producto de primera calidad. Trabajan en clubs de alto standing y a domicilio y hotel. Nada de hacer la calle, ni putis de carretera, ni mujeres prisioneras en lugares sórdidos. Y cuando quieren largarse, lo hacen, nadie las retiene. No hay compromiso de permanencia.

―Coño, Carmen, estoy por apuntarme yo también. Eres mejor que Movistar.

―Eres un gilipollas.

―Lo más probable ―hizo un gesto con el mentón hacia la libreta.

Ella lanzó un bufido, se inclinó y empezó a escribir como una alumna aplicada. Cuando le tendió la lista a Alberto, suspiró resignada: se levantó y se dirigió hacia la parte trasera de la oficina; anduvo moviendo unas cajas hasta que encontró lo que buscaba. Puso encima de la mesa una bolsa de Eroski con unas prendas de ropa en su interior.

―Son de Sylvana, es la primera ―indicó señalando hacia la lista―. Trabaja en el Doña Urraca. La ropa la quieres por lo del ADN y esos rollos, ¿no? Eso es que están muertas…

―Déjalo, Carmen. En realidad te importa un carajo lo que les haya sucedido. Si no fuese así hace tiempo que nos hubierais llamado ―se la quedó mirando, pero ella se mantuvo en silencio―. Si no tienes nada más que decir, me voy.

―Eres un amargado, Alberto.

Cerró los ojos unos segundos tratando de expulsar los sentimientos encontrados que se removían en su interior. Sí, amargado era un adjetivo ajustado a su realidad. Y sí, el tiempo que compartió con aquella mujer, que ahora solo podía mirar ya con desprecio, fue feliz.

 

IV

EL CRETINO

 

A la mañana siguiente pasó a primera hora por el laboratorio forense para recoger los resultados de los análisis de las ropas de la chica. Les dedicó un vistazo rápido porque estaba seguro de lo que se iba a encontrar allí. Tomó el metro y caminó con paso cansino hacia el ostentoso atrio de entrada de la comisaría de la Ertzantza en Bilbao. Al pasar delante de la recepción, Karmele le hizo un gesto con la cabeza. Un gesto de mal agüero porque sabía perfectamente lo que significaba.

―El jefe te está buscando desde hace un buen rato. ¿Por qué no le contestas al teléfono?

Se llevó la mano al bolsillo interior de la chamarra. Joder, siete llamadas perdidas. Lo tenía en silencio. Se encogió de hombros, así había disfrutado de una hora más de tranquilidad.

El despacho de Jokin Etxeandia era enorme de acuerdo con cualquier pauta que se eligiese. Tenía más superficie que su propio piso, bueno, su antiguo propio piso; ahora era de su exesposa y su amante, por aquellos azares de la vida, o no tanto, su actual jefe, el cretino. A buen seguro se le hacía pequeño cuando regresaba allí por las tardes. Alberto parpadeó deslumbrado ante los dos ventanales abiertos hacia el centro de Bilbao desde las alturas del barrio de Ametzola. Las cristaleras acotaban los casi ciento cincuenta metros cuadrados que conformaban los dominios del cretino. Su coto de caza, solía bromear con sus allegados. Y esa mañana le tocaba a él ser la presa. No esperaba ni un ápice de buena educación o unas maneras elegantes, así que se limitó a vaciar su rostro de cualquier expresión mientras el cazador le escupía todas sus frustraciones a la cara.

―Me tienes hasta los cojones, Alberto. Te juro que cualquier día acabas patrullando con la Guardia Civil en alguna mierda de pueblo de La Mancha. Siete veces te he llamado y nadie sabía dónde andabas. Hostia puta, tengo a la consejera oliéndome el culo con el asunto de las manos y tú por ahí, a tu bola, y yo sin nada que contarle. Y el pirado de Ortola mudo como un muerto, que ya me lo explicarás tú… Por hoy los de la Consejería han parado a la hijaputa esa de EL CORREO, la tal Olea, ya sabes… pero mañana van a volver a la carga. ¡Hostias! Deja de mirarme con esa jeta de no haber roto un plato y dime que tienes algo…

―Algo hay, sí. Cuando quieras empiezo.

El otro se calmó de golpe, regresó detrás de su inmenso escritorio vacío de papeles o cualquier otro signo de que allí alguien desempeñara un trabajo del tipo que fuese. Es lo que tenía ser un enchufado del partido. No entendía qué había visto en él su esposa, su exesposa, se rectificó. Aquel tipo era un cretino (tenía que buscar aquella palabra en el diccionario; le venía mucho a la mente), y a Miren siempre la tuvo en gran estima intelectual, y sexual, si a ello vamos. Claro que quizá estuviera ahí el meollo del asunto. El tipo era guapo, cuerpo cuidado, un pelazo exuberante, siempre impecablemente vestido. Y seguro que follaba como una fiera. En fin, su antítesis. Sin desviar la mirada podía ver su propio reflejo sobre el ventanal, al lado de la rutilante imagen de su jefe. Sí, otra mujer no hubiera tenido dudas, pero Miren… El berrido de Jokin le arrebató de su proceso de autoconmiseración.

Alberto expuso de manera ordenada sus investigaciones del día anterior. Al poner sobre la mesa la lista con los ocho nombres que le había dado Brânduṣa creyó que el otro iba a levitar. Cuando le enseñó los resultados de los análisis de la ropa, Jokin comenzó a gesticular de acá para allá por el despacho. Alberto se rindió a la curiosidad y le observó de reojo la entrepierna. Orgasmo no había tenido ―aún―, pero empalmado sí que estaba el muy imbécil.

―Repíteme eso último, Alberto.

―Lo que te acabo de explicar, Jokin ―disimuló su irritación con un bostezo que forzó todo lo que pudo―. Los análisis confirman que una de las parejas de manos halladas corresponde a la llamada Sylvana Obramovich, la primera de la lista.

―Esto es cojonudo, Alberto. Cojonudo ―lo miraba con ojos estrábicos de la emoción. La presión en los pantalones era aún más evidente―. Tenemos entre manos a un asesino en serie ―se rio de su propia broma―. Entre manos, soy bueno, ¿eh?

Si, Jokin. El puto amo.

―¿Te das cuenta? Joder, ¿te das cuenta? Un asesino en serie de verdad. En Bilbao. Esto es la hostia. Ahora ya somos como Nueva York o Chicago. Me cago en la leche. Vamos a ser famosos.

Un cretino, un imbécil y un perfecto hijo de puta.

―¿Ya sabes quién ha sido? ¿Cuándo le echamos el guante?

¿Cómo podía caber tanta necedad en un solo ser humano? Bueno, quizá lo de humano fuese una exageración.

―No, Jokin. Aún no sé quién ha sido, pero te voy contando ―y sin aguardar más salió de la oficina de aquel tarado. Creyó oírle algo de veinticuatro horas. Puto cabrón de mierda. Por sus cojones que no iba a ser él el primero en saberlo.

 

V

CONOCIENDO A MUSTAFÁ

 

A Alberto le agradaba el Café Nervión, era un sitio con pretensiones de alternativo, pero en el fondo muy de Bilbao. Mesas donde sentarse a tomar algo sin prisas, música no demasiado estridente, un moderado olor a rancio y unas magníficas vistas a la ría desde la linde con el barrio de San Francisco. Una de esas zonas tierra de nadie donde podías codearte con pijos con disfraz de hippy reprogramados con Visa Oro, rockeros de toda la vida y gais y lesbianas de cualquier cosecha. Y a maderos jodidos como él. Saludó con la cabeza y un aupa murmurado entre dientes a Koldo, el camarero habitual a mediodía y le pidió un café solo y doble y un chupito de vodka. No eran horas, pero seguro que le aplacaba el ataque de mala hostia que le habían causado la simpleza y frialdad de Jokin. Necesitaba pensar y ordenar sus ideas. Además el Doña Urraca estaba apenas unas calles más arriba.

―¿Cómo va todo?

―Bien, Koldo, razonablemente bien.

―Hay pocas cosas razonables hoy en día, Alberto.

―Por eso, Koldo, por eso.

Sacó una Moleskine trotada del bolsillo lateral de la chamarra y comenzó a resumir lo averiguado hasta entonces. Aquel psicópata tenía las horas contadas en la calle, de eso podían estar seguro Jokin y su puta madre. Algo más tranquilo, media hora después se despidió de Koldo con un gesto desvaído y se plantó en la entrada del Disco-Dance-Club Doña Urraca, uno de los prostíbulos más afamados de la ciudad.

Allí nunca cerraban, siempre dispuestos a satisfacer los deseos más íntimos e inconfesables del cliente. Vamos, que el nabo de un putero siempre tenía razón. La puerta se abrió sin resistencia. Tanteó con los pies en la penumbra hasta que sus ojos se acostumbraron a la tenue luz que emitía un foco huérfano en una esquina de la barra. Una mujercita de aspecto asiático se afanaba con un cubo y una fregona en la otra punta del local. Al verle desapareció detrás de un cortinón granate confeccionado con alguna imitación basta de terciopelo. Detrás de la barra una espectacular joven apenas vestida con un sucinto tanga le ofreció algo de beber. La blancura de su piel apagaba de alguna manera el fulgor de una rutilante cabellera rubia desplegada sobre sus senos. Sus ojos, azules, levemente estrábicos y aún con una pátina de la inocencia de la niñez, le miraron sin sorpresa.

―¿Eres rumana?

―¿Y qué más te da, salado?

―Es por entablar conversación.

―Ya, pues puedo ser de donde quieras, guapo.

No merecía la pena andarse con rodeos.

―¿Conoces a Sylvana?

La joven dio un paso atrás, alerta. Todas tenían un detector de problemas y él era uno con patas, un jodido policía que quería saber algo.

―Mejor si hablas con Mustafá.

No le había oído acercarse, y eso era una mala señal. Un buen día algún matón le rompería la cabeza y se acabó Alberto Fernández. Mustafá se acodó en silencio en la barra, a su lado. El tipo medía casi dos metros, abultaba el doble que él y tenía una piel tan negra y lustrosa que le había servido para camuflarse en las tinieblas del local. Al igual que la chica, solo vestía un tanga que apenas alcanzaba para ocultar una genitalidad ostentosa.

―Hola, yo soy Mustafá. ¿Qué quieres, maricón?

Alberto enderezó la espalda, se giró hacia el gigante y evaluó las posibilidades que tenía de que aquel energúmeno no le partiera en dos durante los próximos minutos.

―Tú me has mirado el paquete, así que eres maricón, ¿no, maricón?

―Sí, Mustafá, soy maricón. Y ertzaina también…

―¿La polisía asepta maricones? Euskadi se va a la mierda. Los vascos sois una mierda y no valéis para nada, ¿no, maricón?

Aquello no iba bien. Siempre podía sacar la pistola y volarle los huevos a aquel anormal, pero esa línea de actuación no prometía grandes resultados.

―Mira, Mustafá, estoy investigando el asesinato de Sylvana así que déjate de hostias.

La chica de la barra lanzó un grito y se llevó las manos a la cara. Ambos se quedaron mirándola embobados. Los sollozos de la joven hacían oscilar sus pechos de una manera hipnótica. No podía ser bueno para la salud. La de ellos, claro. Mustafá fue el primero es escapar del hechizo, sin duda el trabajo habitual de aquel tipo le inmunizaba en parte ante trémulas escenas como aquella.

―Vale, Tanya. Vete y déjanos solos ―ordenó Mustafá. Se encaró con Alberto―. ¿Qué quieres saber, tío?

Después de todo quizá lograse sobrevivir a la entrevista con aquel mastuerzo. Al grano. Y rápido.

―¿Cuándo fue la última vez que la viste o tuviste contacto con ella?

El otro se rascó el cogote brillante y rasurado mientras pasaba detrás de la barra y se vestía con unos vaqueros y una camiseta de Txomin Barullo. Al contestar abandonó el acento árabe que había estado empleando hasta entonces. Más bien parecía haber nacido en el mismísimo Santutxu.

―Hará unas tres semanas ―echó mano de un iPhone de última generación y lo consultó durante unos segundos ―. El 25 de enero. Salió del local para hacer un servicio a eso de las siete de la tarde y desde entonces.

―¿Y no se te ocurrió denunciar la desaparición?

―Tío, esto no es una residencia de estudiantes, no sé si te has dado cuenta. Y las chicas no están prisioneras, no me dedico a explotarlas ni a abusar de ellas. Ni las obligo a hacer nada que no quieran. Esto es un negocio honrado…

―Ya.

―Dentro de lo que cabe, me has entendido perfectamente.

―Vale, vale. Da igual. ¿Sabes dónde fue? ¿Quién la llamó?

―Los avisos siempre los recibo yo y soy yo quien distribuye el trabajo entre las chicas.

Alberto se lo quedó mirando. Contó hasta diez porque aquel saco de anabolizantes le estaba atacando los nervios.

―¿Te lo vuelvo a preguntar, Mustafá?

―Me llamo Kepa, maricón, pero puedes llamarme Mustafá ―y le dedicó una peligrosa sonrisa repleta de dientes blancos y a buen seguro capaces de arrancar un brazo de una dentellada.

―Encantado, Kepa. ¿Te lo vuelvo a preguntar o te vienes conmigo a la comisaría? ―la sonrisa del negro se ensanchó un poco más, la boca se le abrió mostrando una nueva línea de metro en la ciudad. Sin darse cuenta, Alberto retrocedió en un intento de apartarse del mordisco que aquel tipo se disponía a lanzarle. Respiró aliviado. De momento el negro se limitaba a carcajearse.

―Eres gracioso, maricón. Está bien, está bien ―se sujetó el estómago acorazado de abdominales―. A ver, te puedo dar el número desde el que llamaron y el lugar de la cita inicial. Sí, no me mires así, soy un tipo organizado. Vivo de esto, ¿sabes? Y cuidamos mucho de la seguridad de las chicas, a pesar de lo que estás pensando. Si llaman desde un número oculto, no hay cita. Directamente. Y mientras la chica acude al lugar de encuentro, llamo al cliente. Si no contesta, no hay negocio y la chica se da media vuelta y al tío lo dejamos plantado. Además, cuando las chicas llegan al domicilio, hotel o lo que sea, ellas me envían un mensaje con la dirección, por prevenir y eso, ya sabes.

―Esta vez no lo recibiste.

―No, tampoco me extrañó mucho. Sylvana es bastante despistada… Era… Cuando pasaron los días y no regresó por aquí supuse que con la pasta había cogido un tren y se había largado a otra ciudad. Tenía aspiraciones, la muy infeliz quería participar en Master Chef, se lo contaba a todo dios ―Mustafá se encogió de hombros―. En fin, no suelen marcharse así, despidiéndose a la francesa, yo las trato bien, pero si digo que es la primera no te estaría contando la verdad.

―No te veo muy afectado.

―¿Estás seguro de que la han matado?

―Al cien por cien.

―Bueno, este no es un oficio fácil…

―Ya, sobre todo para ellas, ¿no?

Mustafá se volvió a encoger de hombros.

Alberto anotó el teléfono y el lugar de la cita y guardó una foto de la muchacha que el otro le pasó por whatsapp. Sylvana era una mujer espectacular. Difícil que pudiese pasar desapercibida allá donde fuera. Se despidió del proxeneta con un gesto del mentón. El otro volvió a sonreírle con un asomo de burla en los ojos.

―Agur, maricón.

 

VI

UGARITZ

 

Alberto decidió no regresar de momento a su mesa de trabajo. Necesitaba reflexionar sobre los siguientes pasos en la investigación y el medio ambiente de la oficina no era el adecuado, menos aún con Jokin orbitando en su cercanía todo el tiempo. Pasear le ayudaba a centrar sus ideas, al menos así había sido hasta que lo defenestraron. Desde entonces, como decía su amigo Vallejo, tenía pocas ideas pero confusas. Bajó por la Calle Bailén hacia La Naja, cruzó por la sala de la estación de Santander y se dirigió a las escaleras que subían hasta la estación de Abando. Alrededor de las puertas de acceso pululaban grupos de jovenzuelos magrebíes sin más ocupación que mirar con descaro a las chavalas que pasaban por allí. Justo en ese momento una patrulla de la Ertzantza se detuvo en las proximidades y dos agentes se dirigieron con parsimonia hacia ellos. Como si fuesen una bandada de palomas espantadas por un crío travieso, agarraron el portante y con unas prisas que no decían nada bueno de su actitud ante la vida se esfumaron de la zona en unos segundos. Alberto se acercó a los ertzainas, unos antiguos conocidos

―Aupa, chavales ―movió la cabeza a modo de saludo. Los otros le contestaron de igual modo ―. ¿Cómo va todo?

―Ya ves, Alberto, patrullando la ciudad y persiguiendo a los malos. Y a ti, ¿cómo te va? ―respondió uno de ellos, un cincuentón con aspecto de haber olvidado hacía mucho tiempo el significado de la palabra deporte.

―Me va, Josemari. De momento sigo vivo y no me han largado.

―Ya, algo oí. Una mierda.

―Más o menos.

―En fin, ¿y qué no lo es, verdad? Míranos a nosotros, espantando a los mocosos estos porque la gente se asusta del color de su piel. Tenemos a uno en la central mirando las putas cámaras todo el día y en cuanto ve a los moritos nos pasa aviso, como si estuvieran asesinando a alguien. Joder. Menos mal que los manteros son cosa de los municipales…

―Pues sí… ―se pasó el índice por la comisura del ojo―. Oye, por cierto, ¿cómo se llama el de las cámaras? Quiero consultarle algo…

El otro le apuntó el nombre y teléfono. No era el de las cámaras, era la de las cámaras. Josemari era un buen profesional y no le preguntó en qué andaba metido. Alberto se alegró de aquel encuentro fortuito, la vida era así, giras por una calle en vez de otra y todo cambia de forma radical. Te topas con la mujer que te amará para siempre o con un poli gordo que te da el contacto que necesitas. Aún le quedaban por visitar media docena de puticlubs, pero la charla con Mustafá ya había cubierto su dosis de chulos de esa mañana. Entró en la cafetería de la estación y apuró un café solo en un par de tragos. Como siempre, Bego le dedicó unas cuantas caídas de ojos mientras le colocaba el platillo y la cucharilla. ¿Te remuevo el azúcar, cariño? Otro día, Bego, otro día.

―¡Qué seco eres, Alberto! A ti lo que te hace falta es que alguien te riegue el nabo, que p’amí que se te va a secar, cariño.

Razón no le faltaba.

―Ya sabes que tú eres mi camarera favorita, Begotxu, maja. Cualquier día de estos hacemos una ensalada.

―Claro, precioso, con una cremita bien espesa ―se rio la otra.

Ugaritz Goikoa resultó ser una joven agente recién ingresada en el cuerpo. Bajita y menuda, se agitaba con un nervio contagioso delante de los monitores y teclados bajo su imperio. De cara redonda y nariz pequeña coronada por unas gafas de pasta que enmarcaban un rostro de piel lechosa, más bien parecía una adolescente a punto de chatear con sus amigos del instituto que una licenciada en informática de 27 años especialista en redes, piratería, fakes y todo eso tan de moda. Miró a Alberto con desparpajo cuando le explicó lo que deseaba. Para investigar las grabaciones de las cámaras de vigilancia urbanas era necesario un permiso de su superior, y Alberto no estaba dispuesto a que Jokin conociese de ninguna manera los pasos que iba dando.

―Algo he oído de tus relaciones con el gran jefe ―ensanchó su sonrisa para mostrar unos dientes blancos, simétricos, perfectos―. No sé yo… La verdad es que está bueno… Si me tirase los tejos no sé yo si le diría que no… Pero eso de puentear a la autoridad... ―La sonrisa final amortiguo la burla solapada transformándola en un guiño de complicidad.

―No, si a mí porque no me gustan los hombres… Ya ves, mi ex siempre ha tenido buen gusto con los tíos…

―¿También contigo? ―le lanzó una mirada apreciativa.

Alberto cambió la pierna de apoyo, un gesto que él sabía de nerviosismo. La voz grave de la joven, como si estuviese quebrada por decenas de pitillos, le dotaba de una sensualidad un tanto perversa. Aquella niña era demasiado juguetona para un tipo estragado como él. Cuando se quiso dar cuenta se estaba pasando la mano por su cabello greñudo en los laterales y cada vez más escaso en la cresta. Le iba a costar mucho más esfuerzo componer una figura atractiva que pudiese resultar interesante para aquella mujer. Joder, pero ¿en qué estaba pensando?

―Bueno, maja. ¿Me vas a ayudar o tengo que ir a por un papelote compulsado con una póliza de cinco pesetas?

―¿Pesetas? ¡Qué antiguo!

―Ya ves.

―¿Sabes? Cuando llegué destinada aquí me presentaron al gran jefe. Me recibió en ese campo de fútbol que tiene por despacho. Que era su costumbre, me dijo. Que le gustaba conocer a todo el personal a su cargo. Un sobón y un cerdo.

¿Qué le iba a contar a él?

―Así que sí, dame las coordenadas y me pongo a ello.

En realidad no tenía demasiadas esperanzas en aquella línea de actuación. Hoy en día era cierto que las calles estaban plagadas de cámaras de vigilancia, pero todo el mundo lo sabía. Sería difícil que un asesino en serie como este al que parecían enfrentarse no hubiese tomado sus precauciones. Tampoco tenía nada que perder y la chavala era un encanto, preciosa y bien dispuesta.

―Vale. A ver, queremos encontrar cámaras que cubran la zona entre los números 4 y 6 de Alameda de Urquijo. Hacia las 19 horas del 25 de enero.

―Jolines, qué precisión… Dame un momento…

La joven comenzó a teclear a toda velocidad. Con las referencias que aparecieron en una de las pantallas se giró hacia un segundo monitor no sin antes echarle a Alberto una mirada de reojo acompañada con una sonrisa cómplice; las introdujo en el sistema sin tener que repasar de nuevo la retahíla de números y letras; aguardó unos segundos y extendió los brazos en un gesto de triunfo. La camiseta se le tensó sobre los pechos de una forma poco saludable para un observador interesado.

―Muy bien, ya lo tenemos… Hay un par de cámaras próximas, una en la misma acera y otra más o menos enfrente, a la altura de la iglesia de los jesuitas. ¿Qué buscamos?

¿A una puta y su asesino? Le mostró la foto de Sylvana a la informática.

―Vaya pibón, inspector. Ya veo que no tengo nada que hacer, no cumplo sus estándares… ―unos cuantos aleteos de sus manos por las consolas y una imagen congelada surgió en una pantalla central, algo más grande que las demás.

―Pantallas OLED, máxima definición, tecnología de vanguardia. No me vas a decir quién es, ¿verdad?

―Es mejor que no lo sepas, así no tendrás que mentirle a Jokin si llega el caso.

Ella se limitó a asentir. Sujetó un ratón esférico y lo fue girando para buscar la hora señalada por Alberto.

―Empezaremos en las 18.50 horas e iremos hacia adelante. Si no vemos nada, volvemos hacia atrás y elegimos una fracción previa.

La agente tenía unos dedos largos y delgados coronados con unas uñas pintadas de blanco y una manicura cara y sofisticada. Alberto entendía de ello después de tantos años casado con Miren. Fue girando la rueda con delicadeza; las imágenes de la pantalla se aceleraban de pronto para congelarse al instante siguiente. Joder, allí estaba la víctima, paseando cerca del bordillo, justo enfrente de la tienda de ropa Derby.

―¿Es esa? ―Alberto asintió en silencio. Se apoyó en el respaldo de la silla de Ugaritz para ver mejor la imagen. El calor corporal de ella y el suave perfume fueron como un golpe en su cerebro. La chica se giró hacia él. Sus caras estaban muy cerca. El aliento le olía a naranja, dulce, muy dulce. El policía carraspeó mientras daba un paso atrás y se enderezaba.

―Sí, esa es. Deja las imágenes a velocidad normal…

Apenas un minuto más tarde la puerta del local se abrió. La cámara captaba a un hombre delgado sujetando una bolsa de la tienda en la mano izquierda; solo se le veía desde la cintura hacia abajo. Dio unos pasos y se detuvo. Pudieron ver cómo la chica se giraba y caminaba hacia él.

―Me cago en todas las putas marquesinas ―desde esa posición era imposible verle la cara, oculta por la cornisa del edificio―. Hostias… Se van y no tenemos la jeta del tío. ¿Será posible?

Aquel tipo era un genio o un imbécil con suerte. No podía haber calculado el ángulo desfavorable de la cámara, estaba seguro, así que era un imbécil; si no, no hubiera salido de la tienda con esa tranquilidad. Joder, si vas a matar a alguien no te vas de compras y quedas con la víctima en la puerta de la tienda. O sí.

La agente volvió a teclear sin hacer mucho caso de los juramentos de su compañero. La perspectiva cambió, ahora las imágenes correspondían a la cámara del otro lado de la calle. Allí estaba de nuevo Sylvana. Como si de un dejà vu se tratara el hombre volvía a salir de la tienda.

―Va a ser difícil obtener una imagen clara de su rostro, Alberto. Además se van hacia la calle Gardoqui. Ahí no tenemos cámaras. ¡Mierda! Los hemos perdido.

Una oleada de calor se extendió por el pecho del policía. Podría amar a aquella muchacha, entregada a la causa desde el principio. Ahora se agitaba frenética de acá para allá trayendo imágenes de las calles adyacentes y lanzando juramentos cada vez que quedaba claro que la pareja había desaparecido.

―Mierda, mierda, mierda… Tienen que haber subido a un coche o un taxi ―concluyó al cabo de varias búsquedas infructuosas―. Lo siento.

―¿Y las cámaras de vigilancia de los locales próximos? ¿No podemos acceder a ellas?

―Déjame mirar una cosa… Vale ―en su rostro se reflejaba el desánimo―. Tenemos controladas las cámaras privadas que enfocan hacia la vía pública, quiero decir que sabemos cuántas hay y dónde están aunque no tengamos acceso a su contenido. Para ello necesitaríamos una orden judicial o la buena voluntad de los propietarios. Lo que sucede es que en esa calle no hay ninguna registrada, al menos que nosotros sepamos. Tendríamos que comprobarlo in situ, pero no soy optimista. Lo siento.

―No es culpa tuya, no te apures. Envíame los dos vídeos al móvil, por favor. Me voy directo a la tienda. ¿Puedes investigar lo que me acabas de decir?

―Claro, Alberto. Será un placer… Dame tú número y te los paso por whatsapp.

A Alberto le resultó excitante el rubor que cubrió las mejillas de Ugaritz al pedirle el número de teléfono; la joven le rehuyó la mirada con algo parecido al pudor. No era momento de flechazos, ni romances, pero ¿cuándo lo era?

 

VII

DERBY, MODA PARA HOMBRE

 

Derby era una tienda de esas de toda la vida en el centro de Bilbao. Un enorme escaparate mostraba sus mercancías hacia la calle Alameda de Urquijo, ropa masculina apta para los burgueses de la ciudad que no entendían que alguien pudiera gastarse menos de trescientos euros en cualquier prenda. Al cruzar el umbral la ranciedad del sitio se hacía aún más patente en los dependientes, todos cercanos a la jubilación y uniformados con una elegancia impostada. En una esquina, el toque folclórico y viejuno en la figura de una buena señora que podía ser la madre de los demás empleados y cuyo único cometido era cobrar a los clientes sus compras. Alberto no había entrado en el lugar en la vida y ellos lo notaron de inmediato. Sus radares de detección de individuos de clase proletaria empezaron a lanzar destellos. Solo faltaba que las luces se tornaran en rojo y que una voz femenina imperturbable anunciase la evacuación inmediata. Un tipo salió de detrás del mostrador y se le acercó con paso cansino, levantaba el mentón como si olisquease algún tufo indeseable en el ambiente.

―No sé si podré ayudarle en algo…, caballero…

¿Por qué la gente tenía esa necesidad estúpida de mostrarse ofensiva sin razón? Ni un buenos días, ni un hola. Nada. Y esa demora antes de emplear un título del que a buen seguro el mastuerzo aquel no le consideraba digno… Se miró en el espejo. Tampoco tenía un aspecto tan deleznable ese día. Se había afeitado y duchado y su ropa estaba limpia y solo moderadamente arrugada. Se rascó el cogote y de manera disimulada se olisqueó la axila; olía a desodorante, una de esas marcas que aseguraban que las mujeres correrían detrás de uno nada más percibirlo.

Alberto rebuscó la cartera en el bolsillo trasero del pantalón y le plantó la identificación policial al otro en los morros, tan cerca que se vio obligado a dar un paso atrás.

―¿Cómo te llamas…? ―se contuvo para no otorgarle la categoría de gilipollas. No hubiera sido digno de un servidor público.

―¿Eh…? ―balbuceó― Mariano, mi nombre es Mariano Tellería, señor agente. Soy el encargado de la tienda…

―Pues mira qué bien, Mariano. Me vienes de perillas porque seguro que tú me puedes contestar. Quiero saber quiénes estabais trabajando en la tienda el pasado 25 de enero, hacia las siete de la tarde.

El tal Mariano palideció, se le cayó la mandíbula y se quedó así, boquiabierto. Dio dos pasos hacia atrás y se apoyó en el mostrador.

―Nosotros no hemos hecho nada, señor, no sé de qué se nos puede acusar ―dijo con voz temblorosa y lo suficientemente alta como para que el resto de empleados les miraran con igual cara de pasmados. Aquel tío era idiota.

―A ver, Mariano, majo, aquí nadie está acusando a nadie de nada. La pregunta que te he hecho es muy sencilla. ¿Te la repito?

El otro negó con la cabeza. Con manos temblorosas sacó de un estante una especie de libro mayor de contabilidad y empezó a pasar páginas. Alberto lo miraba sin poder creérselo. Cada hoja estaba encabezada con una fecha manuscrita; a la izquierda una escaleta marcaba las horas de apertura y al lado alguien había ido caligrafiando los nombres que debían cubrir cada tramo horario. Él no era un genio de la informática, no iba a darle lecciones a nadie, pero a aquel elemento alguien debería explicarle las bondades de las hojas Excel.

Se demoró una eternidad en llegar al día en cuestión. Pasó el dedo por el listado de nombres y después miró a su alrededor parpadeando con algo de desconcierto. Qué curioso, repetían los mismos que aquella tarde. El señor agente lo iba a tener fácil. Alberto se acercó a la entrada y cerró la puerta con el pestillo. De paso echó un vistazo alrededor buscando cámaras, visto lo visto en aquel antro decimonónico no tenía ninguna esperanza.

―Señor agente, no tiene derecho a cerrar la…

―No me toques los cojones, Mariano ―masculló con furia contenida―, no te pongas estupendo ni te quieras hacer el héroe. ¿Entendido?

Mariano asintió con la cabeza en silencio. El resto de los dependientes le imitaron al instante. Alberto cerró los ojos un momento, necesitaba tranquilizarse un poco. Aquel imbécil estaba consiguiendo sacarle de sus casillas. Tampoco entendía la razón, porque se pasaba los días tratando con imbéciles y tenía ya el culo pelado de aguantarlos.

―Mariano y compañía, necesito que hagáis memoria y os concentréis en la tarde de autos, en los clientes de ese día, quiénes fueron, si vinieron solos o acompañados, qué compraron. A ver, tú, la cajera, vete buscándome el listado de ventas de esa tarde y cómo pagó cada uno. Y tú, el alelado ―señaló a otro de los dependientes, en efecto, con un gesto de pasmo congelado en los belfos―, ¿dónde están las cámaras? ―No perdía nada por intentarlo.

El alelado lanzó una mirada fugaz al responsable de la tienda; el otro hizo como que no veía, pero a Alberto no se le escapó el gesto.

―No tenemos cámaras, señor agente. Dígaselo usted, señor Mariano…

Mariano giró la cabeza hacia el alelado con tal rapidez que estuvo a punto de fracturarse la nuca. El gesto de su cara era un poema que mezclaba la sorpresa, la admonición y el miedo. ¿Qué cojones estarían ocultando?

―Eso, Mariano, dímelo tú. ¿Hay o no hay cámaras? Y dime la verdad porque como no lo hagas te meto en el trullo. Mentirle a un agente de la autoridad es un delito muy grave, supongo que eres consciente de ello.

―Si usted lo dice…

Aquel tío se estaba poniendo chulo. El alelado, en cambio, parecía hacerse más pequeño por momentos y la cara de horror que se le estaba poniendo venía acompañada con un tono oliváceo que no decía nada bueno a propósito de su capacidad para continuar controlando sus esfínteres. Alberto le sostuvo la mirada a Mariano, se rascó el cogote y decidió apostar, casi seguro de obtener una ganancia suculenta. Le echó el brazo por encima de los hombros, le acercó los labios al oído y le musitó una orden concisa.

―Vamos a los probadores.

El alelado comenzó a sollozar, la cajera se llevó la mano a la boca y abrió mucho los ojos. Un tercer dependiente les miraba sin comprender nada.

―Mira, Mariano, me importan un huevo las cerdadas que ese y tú os traigáis entre manos. Solo quiero saber quiénes fueron vuestros clientes esa tarde y si alguno de ellos usó los probadores. Quiero que me entregues las grabaciones de inmediato, ¿vale?

Quince minutos más tarde, Alberto tenía la lista de clientes; todos menos uno habían pagado con tarjeta de crédito y todos habían pasado por el probador, según Mariano. En un pen-drive llevaba las grabaciones que el par de bujarrones habían conseguido esa tarde. No quería ni pensar en las fiestas que se montarían mientras visionaban a gordos cincuentones en gayumbos. Cuando terminara con aquella historia de las manos regresaría por allí a poner orden. Joder, todo el mundo tenía derecho a mantener la privacidad de sus lorzas y demás partes penduleantes de sus anatomías.

Al regresar a los mostradores la vieja de la caja le entregó con manos temblorosas la lista de clientes.

―A ver, Mariano, este de aquí, el que pagó en metálico. ¿Es cliente habitual?

―No lo sé, señor agente ―dijo el otro lanzando una mirada de socorro hacia sus compañeros, muy ocupados en escarbarse el negro de las uñas.

―Ya, ¿tú te crees que soy tonto? Verás, si no es un cliente habitual me hubieses respondido con rotundidad que era la primera vez que lo veías, pero si me dices que no lo sabes es que sí lo sabes y me estás mintiendo. ¿Entiendes lo que te quiero decir?

Mariano lo miró con los ojos muy abiertos y la boca deformada en una mueca como de estar a punto de vomitar, sin duda impresionado por la profundidad psicológica que acababa de demostrar el agente. Primero negó con la cabeza y a continuación asintió. Alberto se metió las manos en los bolsillos y apoyó la cadera en el mostrador.

―Entonces, ¿qué me dices? Porque con el rollito que os traéis con las cámaras no me vas a decir ahora que no te acuerdas de su cara…

―Bueno, sí, verá, no, quería decir que habitual, habitual, lo que se dice habitual, no es. Ha venido un par de veces más desde el verano pasado. En cada ocasión ha comprado lo mismo, camisas, un par, blancas, de la marca Harmont & Blaine.

―Vaya, se ve que lo tienes bien fichado. Menos mal que no te acordabas de él. Descríbemelo, por favor, Mariano.

Mariano se ruborizó hasta las raíces de los cabellos. Estaba claro que aquel sujeto era uno de sus juguetes sexuales preferidos. Quizá no fuese un cincuentón.

―Eh…, no sé, más o menos de su estatura, aunque más atlético, si me permite señalarlo…

―Se lo permito, ¿qué más?

―Tendrá unos 30 años, pelo negro bien cortado, ojos oscuros. Siempre ha venido vistiendo traje y corbata. Su rostro es bastante inexpresivo, si le digo la verdad. Lo más llamativo es su torso ―Mariano se había soltado la melena―, sus pectorales y abdominales son dignos de un atleta. Realmente impresionantes…

La madre que lo trajo, le faltaba poco para empezar a salivar. Vale, un tipo más o menos del montón, pero con cuerpo de gimnasio. Quizá aquel dato le sirviera para algo.

―¿Alguna otra cosilla? ¿Tatuajes, marcas, cicatrices…?

―No, nada que podamos haber apreciado ―miró hacia su compinche incluyéndolo en el plural―. Sin embargo sí había algo extraño, incongruente en su forma de vestir.

Mariano se interrumpió en su explicación. No parecía dispuesto a continuar con ella, como si ya hubiese dicho todo lo que tenía que decir. Aquel tipo le estaba poniendo de muy mala hostia, había que sacarle las cosas a cucharadas y lo que estaban dando ganas era de sacárselas a guantazos.

―¿Y me lo vas a contar o qué?

―Cómo no, señor agente. Verá es que resultaba chocante que adquiriese camisas de marca cuando los trajes que solía vestir eran… ¿cómo decirlo? Parecían comprados en Eroski, era como si fuesen una especie de uniforme. No sé si me explico. Parecía un empleado de funeraria o algo así.

Alberto se lo quedó mirando sorprendido. Joder, aquel bujarrón iba a resultar ser un prodigio como observador. Era una idea sugerente, y todo hay que reconocerlo, los empleados de comercios como aquel tenían un sexto sentido para estas cosas. Al fin y al cabo a él lo habían calado nada más entrar allí, ¿no?

―Verá, señor, hay otra cosa que quizá le interese saber sobre este cliente… ―el tipo se estaba viniendo arriba―. Me resultó algo extraño, sobre todo por la urgencia que demostró.

Alberto le devolvió la mirada sin abrir la boca.

―Me pidió que le dejara usar el teléfono de la tienda, que el suyo se le había quedado sin batería. Esto último no era cierto porque le había visto un poco antes consultando algo en la pantalla.

―Mucho te fijas tú en esas cosas, ¿no?

El otro se encogió de hombros a modo de disculpa. Sí, ya sabía lo que había, cualquier información sobre el cachas aquel era poca.

―Bueno, lo hizo sin ocultarse, y cuando luego me pidió el favor… No sé, me extrañó.

―Y claro, seguro que ahora me dices el número al que llamó, porque lo habrás consultado, seguro.

―Sí, por supuesto. Además poco después recibimos una llamada de ese mismo número; un moro preguntaba por él ―simuló que intentaba recordar algo―. Marcos, preguntó por Marcos.

―Un nombre falso, a buen seguro. Y…, no me lo digas, el número al que llamó era el del Club Doña Urraca.

Mariano levantó las cejas en un gesto de dúplex reverencial. Por primera vez aquel pollo mostraba un mínimo de respeto por el humilde servidor de la ley que era él mismo, Alberto Fernández, para servirles. Todo cuadraba, aquel hijoputa de las camisas era el asesino de Sylvana. Con suerte, dentro de poco sabría que jeta tenía aquel cabrón.

 

VIII

INTERLUDIO BILBAINO

 

Su estómago lanzó un quejido al salir de la tienda. Eran casi las dos de la tarde, no estaría de más tomar un tentempié y una cerveza antes de regresar a los dominios de Ugaritz y revisar las grabaciones que le habían dado aquel par de anormales. Entró en el cercano Dreams, local de moda de esos donde es importante ir y que te vean, aunque no sepas la razón, y donde en realidad sería mejor no entrar si no quieres que te desahucien la cartera. Tenía hambre y no le apetecía buscar un lugar de precios más ajustados a su apuntalada economía. Tampoco lo iba a encontrar en la zona. El local no disponía de una barra de pintxos muy selecta, pero Alberto había rebajado tanto sus niveles de exigencia gastronómicos desde su divorcio y defenestración que uno de tortilla reseca le bastaría. Detrás de la barra desfilaban unos mozos manifiestamente gays, bronceados, de músculos bien definidos bajo unas ceñidas camisetas negras, nada de camareros fondones con ojeras y camisas blancas llenas de lamparones, nada de cafeterías donde las viejillas de la rancia burguesía bilbaína pudiesen gastar sus últimos alientos mojando unos churritos en un chocolate espeso y humeante. Recordó con un punto de irritada nostalgia el difunto café La Granja con sus abuelos de dentadura postiza, sus decadentes tertulias literarias y sus camareros de pajarita que te reconocían según atravesabas sus centenarias puertas giratorias. Nada de eso existía ya en el centro de Bilbao. Ahora, en el Dreams, solo le quedaba buscar la mirada de uno de los camareros cimarrones, demasiado ocupados en ligar y pelar la pava con algunos clientes más agraciados físicamente que él, y también con unos gustos sexuales no tan convencionales como los suyos. Bilbao era una ciudad cool, glamourosa y llena de gente guapa que concedía una etiqueta de modernidad a una urbe cuyo subsuelo seguía siendo tan sucio y deprimente como hacía veinte años, cuando comenzó a patrullar sus calles. Se acomodó con su comanda en una de las mesas altas desde donde podía observar a la clientela de aquella hora, una mezcolanza de ejecutivos encorbatados imbuidos de su propia importancia, modernos con pretensiones cosmopolitas y unos cuantos turistas desorientados. En conjunto una amalgama ridícula que no representaba en absoluto el Bilbao que él conocía. Un trozo de tortilla se deslizó desde sus labios hasta la pernera del pantalón dejando allí su firma grasienta. Alberto suspiró resignado; desde luego él no pertenecía a aquella fauna. Se tomó un café cortado con demasiada leche y menos que templado de un par de sorbos. Su efecto diurético fue casi inmediato, así que se dirigió hacia los baños a evacuar la vejiga y tratar de disimular el lamparón. Un moderno y un encorbatado habían decidido aprovechar la hora del almuerzo para comerse los morros, y probablemente algo más, en uno de los retretes. Qué gente, tan monos, tan pretenciosos y con el gusto tan atrofiado que eran capaces de enrollarse, que decían los chavales, en medio de aquel tufo a meados. Optó por ignorarlos y pensar en su nueva visita a Ugaritz mientras se ponía al asunto. La chavala de las cámaras iba a caer rendida ante su talento investigador; se sonrió pensando en dónde podría caer y de qué manera se rendiría. No eran fantasías muy edificantes, pero cuáles lo eran en su vida de mierda.

 

IX

ESCARCEOS

 

―Jolín, Alberto, eres un máquina. ¿Cómo lo has conseguido en tan poco tiempo?

Los ojos de la chica destellaban mientras le lanzaba estos y otros piropos. Acariciaba el pen-drive que Alberto le había entregado con una sensualidad digna de mejor causa. Se le podían ocurrir muchas, y todas calificadas para mayores de 18 años.

―La experiencia es un grado, preciosa. Es lo que tienen las canas.

―Los hombres maduros sois muy interesantes… Bueno, algunos lo sois…

A Alberto se le puso cara de icono ruborizado. La joven enderezó la espalda de forma que sus pechos se proyectaron hacia delante; se inclinó y aplastó uno de ellos contra su brazo al coger su cuaderno de trabajo. Una calidez turbadora se extendió por su piel hasta enroscarse en su estómago.

―¿Dónde estaban las cámaras? ―preguntó mientras conectaba el dispositivo. Pulsó unas cuantas teclas y la imagen cenital de un tipo de unos sesenta años quitándose los pantalones apareció en la pantalla― Ya veo… No me lo puedo creer… Pero esto es ilegal…

Trató de reprimir una carcajada cuando en la escena apareció la mujer del individuo haciendo unos ostentosos gestos negativos y señalándole la entrepierna. Hubo un revuelo de manos hasta que los dedos de la esposa alcanzaron la bragueta y subieron la cremallera.

―No quieras saber más, el caso es que uno de los que aparecen en los vídeos es nuestro hombre… Y no creo que sea este… Vete al último directamente, es el único que no pagó con tarjeta.

La agente dejó de reír y con gesto serio hizo que sus dedos volaran por el teclado de su terminal hasta que en los monitores apareció una nueva serie de imágenes con un tipo en la treintena probándose unas camisas. Antes de reunirse con Ugaritz había enviado a Karmele el listado de clientes, estaba pendiente de lo que le pudiera decir acerca de ellos, pero al mismo tiempo su intuición le decía que su hombre iba a ser el que aparecía en ese momento en las pantallas. La depravación de aquel par de pervertidos estaba a punto de ser un golpe de suerte.

―Desde luego lo que puedo asegurarte es que este es el mismo tipo que se reunió con la chica en el exterior de la tienda. Las ropas, la complexión y la altura coinciden ―movió una rueda y la película ralentizó su avance―. Venga, vamos, date la vuelta cabrón… ¡Bingo! Ahí está, ya tenemos su cara…

El ángulo no era el idóneo, sin embargo serviría para hacer un tratamiento de las imágenes. Incluso era posible modificar el punto de vista y recomponer los rasgos desde la perspectiva deseada. Ugaritz comenzó a teclear de nuevo, la pantalla se llenó de vectores, números, ajustes de intensidad y contraste. Quince minutos más tarde el retrato del posible sospechoso apareció en la bandeja de la impresora fotográfica. Aquella chica era un tesoro. Era casi como si la foto se la hubiesen hecho en la misma comisaría. Sin pensarlo le puso las manos sobre los hombros y le dio un beso en la mejilla. Tampoco pudo evitar el sonrojo cuando ella bajó la mirada, azorada. La campechanía y el punto de descaro que había mostrado hasta entonces parecían haberse disuelto en la penumbra de la sala. Se había excedido, solo le faltaba que le metieran un paquete por acoso a una subordinada. Más valía disculparse.

―Perdona, es que lo que acabas de hacer parece magia. Eres una artista. Me he dejado llevar. No quería molestarte.

Ella parecía haber recuperado la compostura, pero la picardía de un rato antes se había trocado en timidez.

―No pasa nada, Alberto. No me ha importado… Al contrario… ―se giró y volvió a golpear las teclas ―. Trataré de mejorar la calidad de la imagen, dame una hora y te la envío al móvil.

No le había importado, al contrario. ¡Mujeres! Joder, qué complicadas eran de entender. ¿Eso era que le había gustado, o parecido bien, o qué cojones? Si aquello fuese una película y él Bogart, en ese momento la obligaría a levantarse y le plantaría un beso en todos los morros, con un poco de lengua. Después inclinaría el ala del sombrero que no tenía y se despediría de ella con un ‘hasta luego, muñeca’. Y ella se habría quedado allí, con gesto de desconsuelo y las bragas húmedas. Pero claro, aquello no era una película ni era Hollywood. Solo era Bilbao.

 

X

MANOLO ARRUABARRENA

 

Alberto fue dando un paseo hasta Hurtado de Amézaga y bajó hacia la Plaza Circular, centro neurálgico de Bilbao y paradigma del progreso turístico de la ciudad. El antiguo edificio del BBVA bombardeado por una multinacional irlandesa de ropa barata tirando a cutre. La mole de la estación de Abando recubierta de andamios a la espera de un lavado de cara que aguardaba desde los Mundiales del 82. El edificio de Plus Ultra esperando la llegada del pico y la pala de alguna cadena de hoteles de lujo. Y Don Diego impertérrito, apuntando al infinito con su sempiterno gesto beodo en la cara. Eso es lo que le apetecía en esos momentos, imitar al fundador de la villa y hacer como los brokers de pacotilla y capullos ejecutivillos creídos que a esa hora comenzaban a salir de sus madrigueras, e irse a la Antigua Cigarrería a tomar un buen gin tónic y olvidarse de todo. Prefería no pensar desde cuándo no iba por allí. Ahora era territorio vedado, a su exmujer le encantaba y estaba seguro de que Jokin y ella se dejaban caer por el local a menudo. Tendría su gracia acodarse en la barra y encontrárselos dándose un morreo. Bueno, gracia precisamente, no. Sin darse cuenta se palpó la sobaquera. Sí, la pipa reglamentaria anidaba bajo su brazo, virgen aún.

No pensaba regresar a la comisaría ese día, era muy posible que Jokin estuviera aguardándole como la araña en su tela, él la inocente mosca que cae entre sus fauces rebosantes de babas. Un puto asco. De todas formas necesitaba ciertos recursos para identificar la fotografía del sospechoso y tenía una cierta idea de a dónde podía acudir, y desde luego no era al despacho de su jefe.

La comisaría de la Policía Nacional en Indautxu era el lugar. Según tenía entendido los sistemas de reconocimiento facial de los maderos eran una maravilla. El Estado se cuidaba mucho de tener bien controlados a sus ciudadanos. Siempre por su seguridad, claro. El reloj apenas macaba las cinco de la tarde y Manolo Arruabarrena era un buen colega.

Manolo y él se habían conocido unos años antes durante una operación conjunta de la Policía Nacional y la Ertzantza, cuando ETA daba los últimos coletazos. Investigaban un caso en el que se mezclaban los tejemanejes de los etarras y una trama de extorsión a empresarios, una de las fuentes habituales de financiación de los terroristas y de su muchachada. A Manolo le habían nombrado enlace con la Ertzantza ya que algunos de los chantajeados vivían fuera del País Vasco, la mayoría en las provincias limítrofes, y los envíos de dinero ya no solo iban en dirección a Francia. Logroño se había convertido en el exótico epicentro de la trama de cobros de los terroristas. Sucedía que Manolo, a pesar de ser un policía nacional oriundo de Cádiz hablaba euskera mejor que muchos nativos. No es que el euskera fuera a servir para mucho en aquella misión, pero la diplomacia entre ambos cuerpos de seguridad era un factor importante.

Sus padres eran naturales de Pasaia y se fueron a vivir a Cádiz a comienzos de los años 60 en un camino inverso al de muchos emigrantes. El padre de Manolo lo tenía claro, no aguantaba la lluvia ni la flatulencia religiosa del nacionalismo. Era vasco, sí, pero comunista y se cagaba en Dios, la ley antigua y todas las demás zarandajas heredadas de un carlismo mal digerido. Así que Manolo nació en Cádiz y vivió en un hogar donde nunca dejaron de hablar en euskera, idioma que aprendió como un auténtico euskaldun zaharra. Se expresaba en castellano con un perfecto acento gaditano y euskera con el mismo deje que sus padres. Lo de que entrara en la Policía Nacional era sencillo de explicar, quiyo: había que comer, y sabiendo hablar euskera le colocaban seguro por el norte. Jodido y peligroso, pero muy bien remunerado.

Alberto le explicó en qué andaba metido y lo que quería de él. Manolo se pinzó el entrecejo, dubitativo.

Jodé, Arberto, lo que me pide’ e’ ilegá y lo zabe’ perfeztamente. Zin una orden judiciá no pueo cruzá eza foto con la baze de dato’ der DNI. ¿Por qué no la solicita’? Tar y como me lo ha’ contao no creo que tenga’ probrema’ pa conzeguila.

―Para eso antes tendría que pasar por el despacho de mi jefe, Jokin Etxeandia, y no me sale de los cojones, qué quieres que te diga.

A Manolo se le cambió la cara, algo que Alberto suponía que iba a pasar cuando oyese el nombre odiado. Durante la época de colaboración entre ambos, Jokin aún no era un pez gordo en la Ertzantza, aunque no había cambiado mucho desde entonces. Como ahora, era un zoquete y un chulo, y como ahora, se le daba de puta madre apuntarse los éxitos de los demás. Eso es lo que hizo en aquella ocasión, lo cual no hubiera traído mayores repercusiones más allá de algún ataque de mala hostia en Manolo y en él mismo. El asunto es que el muy cabrón se dedicó a echar mierda sobre la Policía Nacional: unos incompetentes que habían estado a punto de arruinar la operación, no compartían los datos que les suministraban los soplones y a causa de su actitud un par de agentes de la Ertzantza resultaron heridos de gravedad. Como era de suponer, todas las críticas recayeron sobre el enlace de la Policía, Manolo, y por aquello de las alianzas políticas entre unos y otros y porque por la paz, un avemaría, el pobre hombre acabó puteado; le apartaron de la unidad de investigación y fue a parar a la oficina del DNI, donde continuaba hasta hoy.

Azí que eze hijo de la gran puta e’ tu jefe ahora, mira tú por ónde que no m’eztraña. Ha yegao lejo’ er mu cabrón.

Alberto se encogió de hombros. Todo el mundo se encogía de hombros, era el signo de los tiempos. También él podía hacerlo, ¿no?

―Ya ves, Manolo. A mí solo me llama para los casos más jodidos. Si los resuelvo, él se apunta el tanto y si no… Con este está encantado, ya sabes, un asesino en serie en Bilbao. De putas, además.

Hay que zé imbeci, pero craro, e’ que lo e’…

Alberto se lo quedó mirando con una media sonrisa en los labios. Manolo estaba a punto de caer. Decidió darle el último empujoncito.

―Manolo, lo que hemos hablado queda entre tú y yo. A Jokin no pienso decirle nada de todo esto, y si obtenemos algún resultado me limitaré a ir a por el tío y sacarle una confesión. Si es necesario a hostias. Y te juro que el último en enterarse va a ser el cretino de mi jefe, ya me encargaré yo de que los de EL CORREO lo sepan antes que él.

El de Cádiz dio un palmetazo en la mesa y se echó a reír.

Me gu’ta tu aztitú, Arberto, me gu’ta. Vamo’ ar azunto, sshavá, aunque no t‘azeguro ná. Pázame la foto y a ve’ qué conzeguimo’.

A Manolo Arruabarrena le llevó un buen rato el proceso de análisis. Un par de horas más tarde salieron de la comisaría cogidos del brazo y con unas sonrisas en sus caras que lo decían todo acerca del éxito que habían obtenido.

―Vamos dando un paseíto hasta el Alambique, Manolo. Te invito a un copazo, te lo mereces. Además a esta hora suele estar Nerea en la barra… Teta de novicia…

Mira que ere’ antiguo, Arberto, pero vamo’ allá, ziempre ze agradezen un buen gin tónic y una sshavala guapa.

―Acojona un poco eso que tenéis ahí, estamos todos más que fichados, ya da igual que seas delincuente o no. Además, si en la Consejería de Interior se enterasen de que el acceso alcanza también al País Vasco… Joder, la iban a liar parda…

Pero tú no ze lo va’ a decí, ¿verdá, Arberto?

El tono era socarrón, pero en el fondo subyacía una amenaza implícita que sería mejor no desoír. Manolo y él eran amigos desde hacía mucho tiempo, venía a decirle, pero todo comienzo puede tener un final. Alberto se limitó a negar con la cabeza. Se acomodaron en un par de sillones, aquilataron la ceñida camiseta de Nerea y lo que bajo ella se insinuaba, y encargaron un par de gin tónic.

―¡Cuánto tiempo, Alberto! Te he echado de menos… ―gimoteó Nerea con el toque de inocencia infantil justo para que los dos policías sintieran un agradable cosquilleo en sus zonas más redondas y peludas.

―Imperdonable por mi parte, guapa. Ya sabes, el trabajo y que no tengo un duro. Pero hoy estamos de celebración mi amigo y yo…

―Uy, no sabía que te habías cambiado de acera, qué lástima… Y yo haciéndome ilusiones… ―la chica se dio media vuelta y regresó tras la barra.

Manolo se lo quedó mirando con la sorna pintada en las cejas.

Vaya jueguezito que o’ traéi’, ¿eh? Te la pone morciyona, zeguro…

Alberto le devolvió una sonrisa triste. Eso, morcillona, porque era lo único que conseguía desde hacía meses, que se le pusiera morcillona. ¿Cuándo había echado su último polvo? Prefirió olvidar la pregunta retórica y abrir el expediente que Manolo le había entregado antes de abandonar la comisaría.

No había ninguna duda, la correspondencia entre la fotografía obtenida en los vestuarios de la tienda y la del DNI era de un cien por cien. El presunto asesino de Sylvana se llamaba Lucas Pacheco Díaz, era natural de Barakaldo y tenía 29 años de edad. Licenciado en Ciencias de la Información por la EHU/UPV seis años antes. Estaba domiciliado en Barakaldo, en un piso alquilado en la calle Arrandi, número 22. Alberto fue pasando páginas: carnet de conducir, declaraciones de Hacienda de los últimos años, cuentas bancarias, antecedentes penales (ninguno), sanciones de tráfico u otro tipo (ninguna)… Joder, aquel tipo era un modelo de urbanidad… Vida laboral, empleo actual… En ese punto las cejas se le levantaron por voluntad propia en un expresivo gesto de sorpresa.

―Me cago en la puta. Va a resultar que el bujarrón estaba en lo cierto… El tal Lucas trabaja en una funeraria… Hay que joderse…

¿Cómo dice’, quiyo? ―Alberto le explicó lo que había sucedido en la tienda de Urquijo.

Manolo se rascó el cogote divertido con la argucia en los vestuarios de los dos pajilleros. Después se puso serio y se enderezó en el butacón. Apuró de un trago los restos del gin tónic y se inclinó hacia su compañero con aspecto conspiratorio. Lo que le iba a decir no lo podía extender bajo ningún concepto, o iban a estar más que jodidos. Las cloacas del Estado eran muy profundas y enrevesadas. Y estaban muy sucias, mucho, Arberto. Lo que le contó a continuación le puso los pelos de punta, y eso que alguna cosa había oído aquí y allá. Siempre pensó que se trataba de leyendas urbanas o películas de Hollywood, pero ahora iba a resultar que las Fuerzas de Seguridad del Estado disponían de esa tecnología. La Policía y la Guardia Civil eran capaces de rastrear palabras clave en todas las comunicaciones que se producían en el territorio nacional, daba igual el tipo, incluida la CAPV, por si a Alberto le quedaba alguna duda. A pesar de su sofisticación, no dejaba de ser algo rutinario y en el fondo poco fructífero. De hecho no bastaba con que alguien escribiera o pronunciara una de esas palabras o expresiones clave. Para que las alarmas sonaran era necesario que se cumplieran una serie de requisitos bastante específicos. Tampoco él conocía cómo funcionaban los algoritmos de control, sin embargo en el expediente de cada ciudadano aparecía el registro correspondiente si había incurrido en alguna de las condiciones de alarma.

―Joder, Manolo, ¿es legal? Porque no tiene pinta de serlo…

Manolo se lo quedó mirando sin contestar, Su silencio era lo bastante elocuente como para que no hiciera falta incidir más en el asunto. Además, cuando se está a setas se está a setas.

―De todas formas este tío no es un terrorista, ni un traficante de drogas. Si acaso, va a resultar ser solo un puto pirado que anda asesinando a pobres desgraciadas ―dijo Manolo.

―De una manera muy especial, ¿no? replicó Alberto.

Manolo había dejado a un lado el andaluz cerrado de Cádiz y había pasado a expresarse en el castellano que hablaría un vasco de pura cepa. Alberto ya lo había comprobado cuando trabajaron juntos. Era el miedo la causa del cambio; estaba seguro de que ni el mismo Manolo se daba cuenta. Y eso daba más miedo aún.

―Sí, ya lo sé. Manos, metanfetaminas, semen…

Alberto se lo quedó mirando pendiente de lo que el otro estaba a punto de contarle. El policía nacional se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta y sacó unos folios doblados.

―Estas son las dos últimas páginas del expediente de tu sospechoso. Las había retirado porque no estaba seguro de si debía contarte esto, sigo sin estarlo aunque parece bastante claro que el tío este tiene muchas papeletas para ser el asesino que buscas, sin embargo… En fin, prefiero que tengas todas las cartas necesarias para ganar la partida―deslizó la mano con los papeles sobre la mesa y los dejó allí, como si fuesen una alimaña peligrosa, como si no desease tener nada que ver con aquel bicho―. Échales un vistazo y luego me los devuelves.

Recogió las dos hojas de la mesa con la misma prevención con que Manolo los había dejado allí y los desdobló despacio y apartando un poco la cara, como si de allí fuese a saltar algún líquido ponzoñoso. El encabezamiento del documento estaba en inglés: Taboo Words. Le recordó a cuando estudiaba cuáles eran los tacos más habituales en inglés. Deslizó la mirada hacia abajo. Solo había una palabra y debajo de ella unas cuantas direcciones de páginas web. Alberto miró a su compañero con gesto de incomprensión. ¿Incel? ¿Qué significaba aquella palabra? Manolo tecleo en la pantalla de su móvil y se lo ofreció para que leyera. Era un artículo del periódico EL PAÍS de unos meses atrás.

¿Qué son los ‘incels’ y por qué deberían preocuparnos?

Se trata de una peligrosa subcultura de odio a las mujeres que ya ha costado decenas de vidas. Está formada por una violenta comunidad de hombres heterosexuales, nacida en internet, que reivindican su derecho al sexo.

MARÍA L. VILLODRES | 07 MAY 2018 07:45

«“¡La Rebelión Incel ya ha comenzado!”, escribía Alek Minassian (25 años) en un post de Facebook (ahora borrado) minutos antes arrollar con una furgoneta a más de veinte personas en Toronto y posteriormente darse a la fuga. Diez fallecidos y al menos quince heridos en un ataque deliberado que, en principio, suscitó las alarmas sobre un posible atentado terrorista. Lo que había detrás en realidad era un grupo que se denomina a sí mismo como ‘célibes involuntarios’, que culpan y atacan a las mujeres por no querer mantener relaciones con ellos.

Algo que sorprende aquí a mucha gente es la poca cobertura mediática que se está dando a las motivaciones del terrorista: el llamado movimiento incel (Célibes Involuntarios), hombres que abogan por matar para vengarse de que no consiguen follar.

Ernesto Filardi (@HacheFilardi) May 3, 2018

»El término incel no es nuevo. A pesar de ser acuñado por primera vez en 1993 por una mujer queer que aludía a su celibato como una consecuencia de su físico –con la intención de crear una comunidad en línea basada en el apoyo entre personas que también se sintieran así–, este adquirió posteriormente una connotación de odio y alcanzó dimensión pública en 2014 con Elliot Rodger. Autodenominándose como uno de esos ‘incels’, el asesino de 22 años atribuía la matanza de seis personas que perpetró en el campus universitario de Isla Vista (California), y su posterior suicidio, al rechazo de las chicas. “Me he visto obligado a soportar una existencia de soledad, rechazo y deseos insatisfechos, y todo porque las chicas nunca se han sentido atraídas hacia mí. Ellas dieron su cariño, sexo y amor a otros hombres, nunca a mí. Todavía soy virgen, ni siquiera he besado nunca a una chica”, decía en el vídeo previo que grababa antes de acometer los actos de apuñalamiento, atropello y tiroteo. “No sé por qué no os atraigo a vosotras, chicas, pero os voy a castigar por ello… Finalmente veréis quién soy de verdad, el ser superior, el auténtico macho alfa”.

»Su discurso lo convertiría en ídolo del movimiento gestado en internet y con quien el propio Minassian ha querido identificarse a través de su mensaje en Facebook antes del atropello en Canadá: “¡Saluden todos al Supremo Caballero Elliot Rodger!”, escribía. “Vamos a derrocar a todos los ‘Chads’ y ‘Stacys”. Los nombres que el canadiense utiliza pertenecen a la jerga propia de la comunidad, que clasifica así a los hombres y mujeres atractivos que, según ellos, sí pueden acceder al sexo y al amor. Y, como ilustran en la web Racked basándose en las descripciones que los usuarios dejan en los foros ‘incels’, las ‘Satcys’ son mujeres con un “cuerpo naturalmente curvilíneo, tetas grandes y culo que dan a los hombres erecciones instantáneas”. El resto de ellas (que entrarían a su vez en el grupo de los ‘normies’) son clasificadas como ‘Beckys’, las que “usan ropa holgada para ocultar tetas pequeñas o culo plano y que tienen la necesidad de llevar pantalones de yoga súper ajustados para obtener algunas miradas”. En otras de las descripciones que apunta la publicación, directamente se describe a las mujeres como “femoides”.

»“Este hecho de convertir a ‘la otra’ en algo objetual e identificarla como un ‘no yo/no igual a mí’ es un pensamiento común en todas las personas reaccionarias y fanáticas”, explica la socióloga experta en Género Capitolina Díaz a S Moda. “Como ocurriera con los nazis hacia los judíos, poner a las mujeres en esa condición de ‘no humanas’, con la que no te identificas, ‘permite’ que estas personas justifiquen la cosificación, la agresión e incluso el asesinato”. Y además, añade, “obvian el hecho de que los seres humanos no son solo corpóreos, no tienen en cuenta el pensamiento. Las imágenes que han creado de las mujeres no son en absoluto existentes”.

»La gestación de esta subcultura no se explica sin internet. De nuevo, Alek Minassian se encargaba de reivindicar el origen movimiento ‘incel’ en su post de Facebook haciendo alusión a “4chan” (la plataforma ‘online’ en la que nació la derecha alternativa estadounidense). A finales de 2017 Reddit decidía prohibir la comunidad ‘incel’, un “grupo de apoyo” que contaba con más 40.000 usuarios en el que aparecían comentarios de apología de la violación y violencia contra las mujeres e hilos de discusión como “Todas las mujeres son unas zorras” o “Razones por las cuales las mujeres son la encarnación del mal”, según recogía The Guardian. Pero foros como ‘incels.me’ o grupos de Reddit como ‘IncelTears: porque odiar a las mujeres siempre te hará sentir bien’ (que aúna capturas de pantalla de publicaciones hechas por ‘incels’), siguen funcionando.

»De reportar esta “nueva misoginia” se encarga el blog ‘We Hunted the Mammoth’, creado y coordinado por el escritor David Futrelle, que insiste en que es un movimiento propio de internet surgido como “violenta reacción antifeminista” durante la última década. Capitolina Díaz explica así el fenómeno: “Internet consigue lo que difícilmente ocurriría en la vida real, que dos personas que están en diferentes puntos del planeta conecten a través de una idea bárbara y poco habitual. Según la teoría ‘Número de Dunbar’, solo somos capaces de entablar relación con grupos de hasta 150 personas. Lo cual haría poco probable que, dentro de ese círculo, dos personas coincidan en una opinión tan extrema (como defender la misoginia o la violencia a las mujeres). Pero en internet, estas comunidades consiguen coger fuerzas y legitimarse entre ellos”.»

Arruabarrena recogió el móvil que le devolvía Alberto y levantó las cejas a modo de seña de entendimiento entre ambos. Aquello cuadraba con los hechos que estaba investigando, un tipo que asesina mujeres, pero que antes les corta las manos, se masturba con ellas y las guarda a modo de trofeo o vaya Dios a saber para qué. Un tipo que se droga, seguramente para ser capaz de cometer aquellas barbaridades o simplemente excitarse. Un tipo que odia a las mujeres, que las obliga a mantener relaciones sexuales con él de aquella manera y que a continuación las hace desaparecer para siempre; jamás encontrarían los cuerpos de las chicas, las que se habían esfumado en Bilbao, y a buen seguro las de las provincias limítrofes ―no tenía dudas de que todas habían sido asesinadas por el mismo hombre y de la misma forma―. Aquel cabrón trabajaba en una funeraria. Estaba seguro de que de alguna forma había logrado incinerar los cuerpos. Manolo llamó su atención tamborileando con sus dedos sobre la mesa.

―En sí misma esta información no dice nada, pero unida a tus sospechas sobre el hombre… En fin, Alberto, ten cuidado porque estos tíos están como putas cabras y pueden ser peligrosos; ya lo has leído. Y el tuyo se lleva la palma…

Alberto le devolvió la mirada, en sus ojos se reflejaba la ira que le estaba arrasando por dentro. No lo pudo evitar, pero sus siguientes frases fueron agrias y teñidas de reproche.

―Así que no os había saltado la alarma con este pájaro… Joder…

―Entiéndelo, Alberto, coño. Mirar páginas más o menos salvajes o guarras no es un delito, además esto de los incels es relativamente nuevo. Si el tal Lucas hubiera sido… no sé, sacerdote, profesor de chavales, médico… Bueno, imagino que sí, que habríamos tenido que vigilarlo o algo así. Pero, joder, resulta que solo es un puto conductor de coches de muertos, ¿no? ¿Qué piensas hacer ahora?

―Comprar un ataúd.

 

XI

UN LUGAR PARA MORIR

 

A las ocho de la mañana del día siguiente el teléfono de Alberto comenzó a sonar. Ya estaba levantado, se había duchado y vestido y se disponía a tomar su tentempié matutino en el Café Lago. Tres razones le habían llevado a abonarse al desayuno de aquel local. Estaba al lado de la pensión donde se alojaba desde que su ex le echó de casa; los churros que preparaban estaban cojonudos; crujientes y calentitos, eran capaces de hacerle olvidar el amargor de su existencia durante unos pocos bocados. Y sobre todo, Boni, el propietario, amigo suyo de la infancia. Casi se había convertido en un ritual su breve conversación sobre esto y lo otro durante el desayuno. Hoy, sin embargo, el gran cretino le iba a destrozar la charla y el deleite de la charla y los churros. Con solo ver su nombre en la pantalla del móvil le entraron unas ganas tremendas de cagar, siempre le sucedía lo mismo; quizá fuese cuestión de hacérselo mirar con la médico del departamento.

Pulsó la tecla verde con el telefonillo con un suspiro de resignación. La voz rasposa de Jokin le asaltó desde el otro lado del vacío.

―¿No tienes nada que contarme? ―Ni un saludo, ni una muestra de cortesía en el tono. Lo de siempre, un puto asco.

―¿Sobre qué? ―Alberto era perfectamente capaz de transmitir una seriedad impostada digna de mejores causas. Se podía permitir el lujo de tocarle los huevos un poco a Jokin. Tenía poco que perder y aquello solo era el aperitivo de la traca final cuando acabara con el caso.

―¡No me jodas, Alberto! ¡Me cagüen la puta! ¡No te me hagas el tonto que ya sabes de qué hablo!

―Pues no caigo ―lo dejó hirviendo unos segundos―. ¡Ah, sí! Lo de las manos, ¿no?

―Eso es ―se notaba que el muy idiota estaba tratando de calmarse. Un día le iba a dar un síncope.

―Pues verás, poquita cosa la verdad. Estoy recorriendo los prostíbulos de Bilbao a ver si saco algo más en claro; y sigo la pista de Sylvana, ya te conté, ¿no? Esta mañana pensaba continuar con ello, si te parece bien.

―Vale, vale. Pero ya sabes que la cosa está que arde. No paran de preguntar y el escándalo va a saltar en cualquier momento.

―Seguro que tú sabrás echarme a mí la culpa por la lentitud en la investigación. Se te suele dar bien, ¿no, Jokin? ―y colgó el teléfono. El otro por lo menos tuvo la decencia de no molestarle más. De todas formas ya le había jodido la mañana y el desayuno no le iba a saber igual.

El metro iba atestado a aquellas horas, los que hablaban de las bondades del transporte público, de su comodidad, de lo agradable que era llevar un libro entre las manos durante el trayecto eran unos imbéciles que jamás se habían subido a un vagón en la hora punta. Qué bien se habla de oídas y se dan consejos con los que uno mismo acaba limpiándose el culo. El trayecto se le estaba haciendo muy largo, tanto que le estaban entrando unas ganas tremendas de darle una hostia a un imbécil que no dejaba de rozarse con una jovencita cada vez más mosqueada. Por suerte la estudiante se apeó en Sarriko y el otro se libró de un rodillazo en los huevos.

Esa noche había dormido mal pensando en el tal Lucas Pacheco, los incels y las salvajadas de aquel chalado. Además los días anteriores habían sido de viento sur, y el viento sur le causaba dolor de cabeza y le ponía de muy mal humor. La irritabilidad le chorreaba por todos los poros.

Quince minutos más tarde se bajó en la parada de Barakaldo y salió de la estación por Bide Onera. Hacía unos lustros, un periodista de EL PAÍS apellidado Verdú escribió un artículo donde definía a la ciudad como un lugar para morir. Fue un texto polémico, prensa sensacionalista clamó el alcalde de la época, en su ciudad la gente no se moría más que en otras. Aquel tío, el tal Verdú, era un gilipollas: esta y otras lindezas de similar laya enviaron al ostracismo los argumentos del redactor, bien fundamentados, por otra parte, y, en el fondo, no ajenos al conocimiento ni de la alcaldía ni de los propios habitantes de la localidad. Barakaldo era feo, de cojones, sin remedio, un lugar para morir, aunque también era cierto que la llegada del metro unos años antes le había limpiado un poco la mugre de las esquinas, la mugre física, se entiende, no la moral. Barakaldo se había convertido en la capital choni por excelencia. Unas semanas antes había ido a uno de los cines del Max Center y le había parecido viajar a otra dimensión, a una realidad paralela donde solo habitaban seres salidos del Thriller de Michael Jackson. Acababa de dejar atrás la estación de metro y ya había visto más gente con chándal que en toda la semana. Un par de jovenzuelas pasaron a su lado, jo tía, mazao, estaba mazao, las dos con el mencionado uniforme deportivo y con sus jetas, no muy agraciadas, destrozadas por múltiples chinchetas, imperdibles y otros artilugios metálicos. La mañana era fría, pero ellas lucían sus estupendas lorzas sin ningún complejo. Carnes prietas, que decía aquel. No quería ni pensar dónde más llevarían piercings, pero sus recientes visionados nocturnos y anárquicos de porno le daban una ligera idea. Una de ellas, alta y con aspecto de levantadora de pesas bielorrusa, se puso a explicarle a la otra que ella se depilaba con cuchillo. Todo, tía, ¿sabesloquetedigo? Las piernas, los sobacos, el chocho… La otra, menuda y gordezuela, quizá no del todo desagradable, la miraba con la boca abierta. ¿De verdad, tía? Es que a mí se me salen unos pelos por debajo de las bragas que… Prefirió no seguir escuchando aquella delirante conversación. Joder, esto era el inframundo. Dante hubiera escrito siete divinas comedias si hubiese pasado unas cuantas horas por allí.

Decidió tomarse un café con leche en el “Tempus Fugit”, una cafetería cercana, mientras trataba de planificar cómo abordar su encuentro con el presunto asesino. Toda la investigación hasta entonces había fluido sorprendentemente bien, pero en su composición existía un grano de arena que hacía chirriar toda la maquinaria. ¿Por qué habían aparecido las manos? Si las hubiese incinerado nadie se habría enterado de sus crímenes. ¿Cómo habían terminado en el Gorbea? La monada de camarera que tenía delante le sacó de sus cavilaciones. Morena, guapa, de tez bronceada y con unas tetas que barrían los pinchos del mostrador. ¿Tendría piercings en los pezones? Tragó saliva. Estás muy salido, Alberto. Mucho.

―¿Qué quieres? ―inquirió la chica con un perfecto acento de algún país del Este.

No se atrevió a decírselo, así que se limitó a pedir un café con leche y un vasito de agua. Aunque sea del grifo, maja. Ella le sonrió y se alejó contoneándose hacia la cafetera para regresar al poco con el mismo vaivén y la misma sonrisa. Con lo poco que cuesta ser amable, ¿por qué la mayoría de la gente andaba por ahí puteando a los demás o no tenía un ápice de educación? Sería mejor que dejase de mirarle el culo a la eslava y se centrara en lo que tocaba ahora. Comprar un ataúd al hijoputa de Lucas Pacheco.

En esas reflexiones en torno al eros y al tánatos andaba Alberto cuando un individuo se acodó en la barra, demasiado cerca de él para su gusto. Hay gente que no respeta el espacio personal, se creen que tienen derecho a invadir el de uno porque sí, porque el suyo propio tiene prioridad. Regresó a sus elucubraciones policiales olvidándose un tanto del parroquiano invasivo. Consultó el periódico EL CORREO en el móvil; no traía nada nuevo acerca del caso. Mejor, así Jokin seguiría tranquilo, al menos durante unas horas. Por el rabillo del ojo vio cómo su vecino de barra se giraba hacia él y casi le metía la jeta entre el teléfono y los ojos. Lo primero que le llegó al cerebro fue el tufo del aliento del otro, el clásico pestazo a borracho. Alberto se echó hacia atrás, arrugó la nariz y se lo quedó mirando. Rostro pálido y mejillas bien rasuradas, perilla canosa y cabello de similar tono. Mirada extraviada, los ojos se le movían de acá para allá en las cuencas de forma que la cabeza del tío acompañaba el baile ocular en una danza entre inquietante y parkinsoniana. El borracho exhaló un suspiro impregnado con el mismo olor que el sumidero de una taberna suburbial. Y también le habló.

―¿A usted le importa que le hable? ―farfulló con una sintaxis extraña.

―¿Cómo dice?

―¿Usted no quiere que le hablen? ―reformuló la pregunta el beodo.

Alberto miró a su alrededor. ¿Por qué cojones ningún camarero le decía nada a aquel tipo? Había que joderse.

―No, no quiero hablar con nadie.

El otro pareció darse por satisfecho con la respuesta y se volvió hacia la barra. La tranquilidad duró poco. Como si se le hubiese olvidado algo, regresó con la misma pregunta.

―¿Usted no quiere que le hablen?

Hostia puta. De reojo se percató de que el tipo no les era desconocido a los camareros; les vio cuchichear mientras lanzaban miradas socarronas en su dirección. Puto lugar de mierda. Chonis sin depilar, borrachos, asesinos en serie. Quería largarse de allí cuanto antes. Y el tío vuelta a repetir la misma preguntita de los huevos. Alberto enganchó con el pie el taburete en el que el otro se apoyaba y tiró de él. El pelma perdió el equilibrio y se desplomó en el suelo no sin arrastrar en su caída uno de los expositores de pintxos. El policía hizo un gesto hacia el borracho con su sonrisa más beatífica.

―Traed una fregona y el cubo de la basura, majos. Y a ver si controláis más la fauna que os entra en el local.

Como sin querer, pero con toda la mala intención, hizo que al levantarse su taburete cayera sobre la cara del borracho. El chasquido de la nariz al chafarse hizo que su día se alegrara un poco. Solo un poco.

Al salir de la cafetería giró a la derecha y se dirigió hacia la calle Arrandi. Antes de ir a la funeraria pasaría por el portal del sospechoso, quería saber dónde vivía. Otra de las características de la ciudad era que siempre había gente en la calle, la mayor parte jubilados ociosos que deambulaban de acá para allá a la búsqueda de alguna obra, actuación municipal del tipo que fuese o bien iban o regresaban de poner la cartilla de ahorros al día. Aquella fauna de cabellos canosos arrastraba sus pies por unas calles de fachadas deslucidas, entre una fina lluvia que intensificaba lo plomizo del ambiente. De pronto el mundo se había transformado en una lúgubre película en blanco y negro donde no había más horizonte que una muerte teñida de gris.

En el número 22 de la calle Arrandi se abría un portal cochambroso con puertas de madera desportillada y varias pintadas a favor de ETA en el interior visibles desde la acera. El edificio databa de finales del XIX y desde entonces nadie se había ocupado de remozar la pintura ni los desperfectos. Entró en el zaguán con decisión, y cerró la puerta. Pulsó el interruptor de la luz y una bombilla arrojó una escasa luz amarillenta sobre su cabeza. De repente parecía que estuviera sumido en una sopa borrosa y pestilente; el lugar olía a una penetrante mezcla de meados de gato y coles cocidas que era capaz de nublarle la vista a cualquiera. Trató de respirar por la boca mientras echaba un vistazo a los buzones. Allí estaba el nombre, piso 2º izquierda. Subió despacio, intentando evitar los crujidos de la madera de los escalones; prefería que no le viese nadie. La puerta estaba de acuerdo con el resto del edificio, aunque alguien se había molestado en añadirle dos cerraduras a la original. Acercó el oído a la madera. Nada. Silencio. En algún lugar del edificio sonaban unas toses de viejo fumador y la voz quejumbrosa de una anciana invocando al Señor. Un lugar perfecto donde deprimirse, cortarse las venas o convertirse en un asesino en serie. Era el momento de largarse de allí y establecer el primer contacto. Ya habría tiempo de volver si todo iba de acuerdo a lo que estaba fraguando en su cabeza.

 

XII

¿CUÁNTO CUESTA UN ATAÚD?

 

Unas letras grabadas en blanco sobre las cristaleras del establecimiento indicaban que había llegado a su destino. “Funeraria La Auxiliadora”, leyó. Se paseó un par de veces por delante de la entrada y se entretuvo simulando estudiar unas esquelas. En realidad quería atisbar si el sospechoso se hallaba en aquel momento en el local. Sí, allí estaba, en mangas de camisa y concentrado en la pantalla de su ordenador. Encorvó un poco la espalda, se alborotó el pelo y se desabotonó un par de ojales de la camisa. Excéntrico, un poco chalado. Lo justo. Se aseguró de que la pistola no asomara por debajo de la chamarra y abrió despacio la puerta. Saludó con voz queda al que ocupaba el escritorio más próximo, le soltó una disculpa para su visita sin cita previa, pero claro nadie se muere a una hora convenida de antemano, ¿no? y se sentó en la silla de cortesía sin que le invitaran a hacerlo. Quería encargar un ataúd. El interpelado se lo quedó mirando sin disimular su sorpresa. Echó la silla un poco para atrás, no era evidente si por un instintivo apunte de repulsión o ampliando una posible vía de escape ante el pirado que se le acababa de plantar delante. El empleado le explicó que aquél no era el procedimiento habitual, que según la póliza que tuviera podría elegir un modelo u otro de féretro para el finado… Alberto interrumpió la cháchara del otro y comenzó con la suya.

―Ya, ya, pero es que yo quiero elegirlo para mí, no me da la gana que alguno de mis parientes hijoputas me meta en la primera caja que le ofrezcan en un folleto. Así que ya me está sacando catálogos, que luego ya firmaré lo de la póliza con el modelo que yo diga.

El empleado de la funeraria lo contempló unos segundos como queriendo adivinar el grado de chaladura de su interlocutor. Alberto le dedicó una sonrisa beatífica y repleta de salud mental. Lo que le proponía era lógico, no le costaba nada imaginar lo que hubiese hecho su mujer con él en el caso de que hubieran seguido juntos. Joder, porque en el fondo se la pelaba, pero tampoco era mal momento aquel para comprar de verdad una caja de muertos. El otro pareció convencerse también cuando asintió y le hizo un gesto a su compañero, el tal Lucas. Alberto sonrió en su interior, quizá el día comenzara a enderezarse después de todo.

Sin aguardar un gesto de Lucas, Alberto tomó asiento delante de él. A la par que interpretaba su papel de anormal, aprovechó para aquilatar al presunto asesino de prostitutas. Como hubiesen dicho las chonis de un rato antes, el tío estaba mazao, se le notaba la musculatura perfilada por debajo de la camisa blanca adquirida en la tienda de los bujarrones. Sin embargo, a su alrededor flotaba una especie de aura de insustancialidad que parecía emanar de unos ojos abesugados, vidriosos y que apenas pestañeaban. El rostro era anodino, sin ningún rasgo diferencial. No era feo, tampoco guapo. Ni vulgar. Era transparente, como si no estuviera allí. A él mismo le resultaba curioso, estando como estaba muy, pero que muy interesado en aquel tipo tenía que hacer un auténtico esfuerzo para no terminar mirando los anaqueles con catálogos que tenía a sus espaldas. Lucas Pacheco no dejaba de observarlo con su cara de pasmo infinito sin dar inicio a la conversación. Alberto hizo un encogimiento de hombros virtual y se lanzó al asunto del ataúd. Ya habría tiempo de partirle los morros más adelante si era necesario.

―¡Eh! ―le gritó agitándole una mano delante de los ojos―. Buenas, que quería una caja de muertos. ¿Me oyes?

Lucas Pacheco parpadeó un par de veces y amagó una sonrisa.

―Claro, señor… ¿Cómo debo dirigirme a usted? ―la voz de Lucas era monótona, plana, sin entonación, como la de un GPS. Una voz de sopazas.

Alberto le dijo su nombre auténtico, era lo suficientemente común como para que nadie llegase adivinar nada de él en las redes sociales, en las que no participaba, y demás zarandajas web.

―Bien, señor Fernández ―siguió el otro―. ¿Tenía usted pensado algo concreto o le voy enseñando nuestro muestrario?

―Vete enseñándome, pero que sea algo cómodo, con sedas y organdíes y toda la parafernalia. Ya me entiendes…

El otro se lo quedó mirando.

―Pues no, señor Fernández.

Joder, ¿aquél tío era tonto o solo se lo hacía? Difícil de saber. Las barbaridades que había cometido no concordaban con la actitud de aquel imbécil, pero estos solían ser los peores, al menos eso había aprendido en algunas series americanas de Netflix, porque en la Ertzantza, formación, formación, lo que se dice formación, poquita. Y al defenestrado Alberto Fernández ni agua.

―Enséñame catálogos y ya voy viendo, majo.

Y es lo que hizo. Lucas no lo miró ni una vez, se limitó a ir pasando páginas y recitarle las características de cada modelo con el precio como colofón. La verdad es que los ataúdes eran caros de cojones, nunca se lo habría imaginado. Pero esa es otra guerra, no te despistes Alberto, no te despistes. Lucas era tan impersonal en su hablar, sus movimientos eran tan mecánicos que de nuevo tuvo que hacer un esfuerzo para no ignorarle, para no dormirse. En un par de ocasiones se levantó de la silla para alcanzar otro tomo de catálogos, momentos en los que Alberto aprovechó para echarle un vistazo con disimulo. Se podía decir que la musculatura que apuntaban sus brazos y pectorales se extendía al resto de su anatomía. Tenía unas nalgas que ni el Van Damme aquel que partía nueces con el culo. En cualquier otra circunstancia no hubiese dudado en definirlo como un tío cachas, sin embargo… ¿Cuál sería su actitud cuando se tomaba la metanfetamina? Muy distinta, a buen seguro. Ese debía ser su siguiente paso en la investigación. No obstante, no iba a ser fácil meterle mano a aquel tío. Todo lo que había obtenido sobre él no dejaba de ser circunstancial y además los métodos para conseguirlo no podían definirse de ortodoxos precisamente. En fin, ya había establecido el primer contacto con aquel desgraciado, no merecía la pena seguir aguantando su verborrea. Ahora se trataba de saber cómo funcionaba un tanatorio, en concreto alguno que se relacionase con la funeraria en que trabajaba Lucas.

Tragó una bocanada de aire para oxigenar su cerebro, señaló un féretro al azar y le pidió un presupuesto. Lo quería con todos los extras, sí, y de tamaño, grande, mucho, quería estar cómodo cuando llegase el momento. Pacheco se dedicó a teclear en el ordenador, afanoso y concentrado, durante unos minutos hasta que le ofreció unos folios impresos al policía.

―Muchas gracias, majo. Ya me lo pienso y te digo algo. A ver si no me muero antes…

Una vez más el otro se lo quedó mirando con cara de pasmo.

―Vale ―respondió; se sumergió de nuevo en el monitor y en los profundos arcanos del mundo funerario.

Era apenas mediodía, así que regresó hasta la plaza Bide Onera. Allí había una parada de taxis. Unos minutos más tarde circulaban hacia la zona de Retuerto. Si Barakaldo era una ciudad fea sin remedio, el barrio de Retuerto era ya el paradigma del horror urbanístico. Una zona donde la crisis económica era una forma de vivir, partida en dos por el viaducto de la autopista A-8 y con muchos de sus edificios más antiguos ocupados por profesionales de la delincuencia, la mendicidad y el tráfico de estupefacientes a pequeña escala. Todo ello conviviendo a escasos metros con enormes restaurantes supuestamente económicos aptos para familias de pocos recursos que preferían derrocharlos ingiriendo bazofia precocinada; un centro comercial gigantesco repleto de no menos supuestas gangas; un hotel de quince plantas de una cadena internacional transformado en nidito de amor para parejas adúlteras y, un poco más allá, un concesionario de Mercedes (mejor no pensar en posibles relaciones con potenciales clientes de la zona); un macrogimnasio y su destino final, el Tanatorio Bizkaia. Coches de lujo, gimnasios y tanatorios. Curiosa trinidad.

Una jovencita muy mona de origen amerindio le sonrió con un dulce acento seseante, un agradable cambio después de la conversación con el insustancial de Lucas Pacheco. Alberto extrajo la placa del bolsillo interior de la chamarra y se la plantó a la recepcionista en los morros.

―Hola, guapa. Inspector Fernández, de la Ertzantza, Quiero hablar con el director, o lo que sea, de este sitio.

La chica señaló con un mentón tembloroso hacia un grupo que justo en ese momento abandonaba una sala y se dirigía hacia ellos. A la chavala se le había cambiado el gesto; su sonrisa se había evaporado y ahora sus ojos se movían de un lado a otro como si quisiera escapar de algo. O de alguien. De él probablemente. Seguro que era ilegal, ni papeles, ni contrato, ni Cristo que lo fundó. Joder, ¿es que hasta con los muertos tenía que funcionar el dinero negro?

―Tranquila, guapa, que esto va de otra cosa. ¿Quién de ellos es?

Se lo indicó en un susurro. El señor Garrido, señor policía, el del bigotito. Vale, maja.

Alberto se acercó al grupo. El director hacía de cicerone y se dedicaba a cantar las excelencias de su centro, la harmonía y privacidad de los salones, la elegancia de los mismos y de las áreas comunes, la potencia y velocidad de los hornos crematorios que subcontrataban… Aquel tipo parecía Adolf Eichmann hablando de la productividad genocida de sus engendros. El físico le acompañaba: bajito, calvicie disimulada con pelo lateral rastrillado a babor, gafitas metálicas y bigotillo ralo. Sin andarse con preámbulos se plantó a su lado e interrumpió la visita turística. Tenía que hablar urgentemente con él acerca del funcionamiento del negocio.

―Oiga, nosotros no hacemos nada ilegal. No sé a qué viene este atropello…

―No sea usted simple. No se le acusa de nada, a pesar de los sin papeles que tiene usted por aquí. Por cierto, le aconsejo que ponga todo en orden pronto porque le va a caer una inspección de aúpa. Y más vale que la chica de la recepción siga aquí la próxima vez que les visite… Pero ahora no he venido a eso…

El señor Garrido tragó saliva si no aliviado, sí algo más relajado.

―Usted dirá, señor inspector.

―Es muy sencillo, quiero que me explique cómo funciona un tanatorio y cómo se relacionan con las funerarias.

Una sonrisa enorme distorsionó el bigote del director en una inequívoca señal de que ahora se movía en un terreno conocido.

―¿Puedo preguntarle, señor inspector, las razones que le inducen a su consulta?

―No, no puede. Proceda con las explicaciones ―le iba a terminar gustando eso de ser borde con el prójimo. Igual hasta acababa entendiendo a Jokin… Interrumpió su flujo de conciencia, reguero más bien. Garrido había empezado a hablar intentando ocultar el enojo que le causaba la actitud grosera de su interlocutor.

El funcionamiento era sencillo. Ellos ofrecían un lugar de recogimiento, de oración si era necesario, de reunión. La funeraria se encargaba de acondicionar el cadáver y de suministrar el féretro. El finado llegaba a la sala reservada por la familia o institución ya preparado para el velatorio y su posterior traslado a donde se hubiese decidido.

―O sea, que aquí no maquillan ni preparan a los cadáveres.

―Depende de los centros, señor inspector, pero en general es en el tanatorio donde se lleva a cabo esa tarea. El cuerpo llega aquí desde el hospital y son los empleados de la funeraria los que se encargan de él, es decir aportan los productos necesarios para conservar el cuerpo y maquillarlo, lo visten con las ropas que desea la familia… Nosotros solo facilitamos el sitio donde desarrollan el trabajo. Asimismo son ellos los que traen el féretro y disponen al finado. Más tarde es la funeraria la que lo traslada al cementerio o al crematorio. Por si resulta de su interés, la propiedad de este tanatorio corresponde a tres funerarias en exclusiva.

―Imagino que la Funeraria La Auxiliadora, de Barakaldo, es una de ellas… ―una apuesta casi segura.

―Así es, señor inspector ―ya le estaba cargando con tanto título. Le sonaba a pitorreo, y no estaba para fiestas.

―¿Se ocupa alguien de revisar los ataúdes cuando llegan al tanatorio?

―No le comprendo, señor inspector ―dijo el otro visiblemente desconcertado―. Como le he explicado, los empleados de la funeraria los traen en el coche mortuorio y son ellos quienes realizan todas las manipulaciones posteriores, usted perdone por la expresión. Nosotros no intervenimos para nada.

―Ya, ya veo ―lo que le contaba el pájaro aquel encajaba bien con el posible modus operandi que había supuesto para que el asesino se deshiciese de los cadáveres―. ¿Quién fabrica los féretros y dónde almacenan antes de llegar aquí?

―Bueno, señor inspector, eso que usted pregunta es más complicado de responder. Hay varios fabricantes en España, no muchos, no crea. En general, la funeraria suele tener un cierto stock de varios modelos en su taller. Es como el tipo básico de un coche, no sé si me entiende. Lo que hacen es adaptarlos a lo que haya solicitado la familia o el finado en su momento: tapizados interiores, caracterización exterior… Esas cosas…

Estaba claro. De momento le servía. Enterarse de dónde estaba el taller de la funeraria sería sencillo.

―Una última pregunta y ya le dejo. ¿Tienen ustedes aquí cámaras frigoríficas? Para los cadáveres, ya me entiende.

―Por supuesto, señor inspector ―y dale con el pitorreo.

―Imagino que las gestionan los de la funeraria ―creía poco posible que Lucas hubiese almacenado las manos en aquel lugar. Demasiado arriesgado.

―Imagina bien, señor inspector. La higiene es fundamental en un lugar como este… ―Alberto se ahorró la gracia. No parecía que los muertos fueran a pillar ninguna infección―. Todos los compartimentos son desinfectados cada día, salvo que en ese momento esté ocupado. En cualquier caso dese cuenta de que los cadáveres permanecen con nosotros no más de dos días, en general.

―Ya ―descartada la posibilidad―. Por cierto, otra cuestión más. ¿Tienen cámaras de vigilancia en el tanatorio?

―La verdad es que no, señor inspector. De momento los muertos no dan mucha guerra, y los familiares suelen mostrar actitudes pacíficas. No hay nada que vigilar.

―Ya ―había que intentarlo. Tenía que hablar de nuevo con Ugaritz, quizá en los alrededores sí las hubiera

―Pues nada, no le molesto más, señor Garrido.

―No ha sido ninguna molestia, señor inspector. Y esté usted seguro de que resolveremos los trámites administrativos que nos ha sugerido ―se detuvo para coger aire y volvió a la carga―. Por supuesto, si necesita de nuestros servicios profesionales en algún momento, aquí le dejo mi tarjeta por si le fuese de utilidad.

Aquel tío era un imbécil.

 

XIII

CENTRANDO EL TIRO

 

Mientras regresaba a Bilbao, esta vez en taxi, Alberto fue ordenando la secuencia de futuras actuaciones. La primera conocer los extractos bancarios de Pacheco, el consumo eléctrico en su domicilio y quién le alquilaba el piso. Tenía la espantosa sospecha de que había estado guardando las manos en su casa, no se le ocurría ningún otro lugar una vez descartado el propio tanatorio.

En segundo lugar tenía que encontrar el lugar de almacenamiento y acondicionado de ataúdes que usaba la funeraria. Después les haría una visita.

En tercer lugar tenía que asegurarse de que el sospechoso era un adicto a las drogas.

Mucho trabajo para un hombre solo, más aún si se trataba de que su jefe no se enterase de nada. Con una lógica un tanto difusa, Alberto decidió continuar la investigación por el punto número tres.

El principal traficante de metanfetamina de la provincia se llamaba Iker Seisdedos y tenía su centro de suministro al por menor en la zona de copas de la calle Ripa, en Bilbao, sobre todo en la plaza de Pío Baroja. Pobre Don Pío. Los consumidores habituales eran supuestos progres, alternativos y gente de similar pelaje, de esos que te miran por encima del hombro si contaminas su espacio vital con el venenoso humo de un cigarrillo. Fumarse unos porros o un poco de meta era otro asunto, una liga de superior categoría. Muchas ropas holgadas de aire hippie, mucha rasta, mucha sandalia, pero en el fondo la mayoría eran unos niños de papá engreídos que se creerían superiores en cualquier circunstancia, hicieran lo que hiciesen. Cuando se cansaran de aquel postureo, se enfundarían en sus trajes de Armani pagados por papuchi y se ocuparían de lo que les ordenasen, probablemente putear al prójimo sin ninguna caridad cristiana. Eso sí, seguirían metiéndose unas buenas dosis de meta o coca para aguantar el estrés de sus nuevas vidas. Iker Seisdedos no era muy ajeno a este perfil. Hasta donde Alberto sabía, y era bastante, el pájaro dormía entre sábanas de seda en un piso de 200 m2 en la zona del Ensanche. Donativo de sus padres, neguríticos de toda la vida y empresarios instalados en diversos sectores. Eran de esos que durante los años duros se paseaban con total tranquilidad por la calle porque habían abonado el canon oportuno a los terroristas para conseguirlo. El chaval había iniciado la carrera de ingeniería industrial en la escuela de San Mamés, aunque pronto descubrió que pasar anfetas a los estudiantes era mucho más lucrativo que hincar los codos durante incontables y tediosos fines de semana. Lo habían detenido un par de veces, pero entre que el muy cabrón era listo y que su padre conocía a mucha gente en los puestos adecuados, habían tenido que soltarlo siempre a las pocas horas. Le tenía unas ganas tremendas, sin embargo este no era el momento.

Encontró a Iker en el lugar de siempre, acodado en una mesa en el Viva Bilbao!, hojeando El Correo y con un gintónic a medio terminar a su lado. Nada más verle se enderezó y adornó su atractivo rostro con una sonrisa que lo terminó de transformar en un hermoso efebo inmaculado. Su belleza andrógina desarmaba las prevenciones y escrúpulos de la mayoría, y el joven sabía emplear esa ventaja. Alguien con esa cara no podía ser mala persona, ¿no? En el nuevo Bilbao, cool y glamuroso, hasta los traficantes tenían que serlo.

―¡Buenas tardes, Alberto! ¡Qué sorpresa! ¿Cómo estás? ―se había levantado y le estrechaba la mano con una efusividad digna de mejores candidatos. Alberto se limitó a inclinar la cabeza a modo de saludo e indicarle que se sentara.

―¡Uy! El señor agente viene muy serio. ¿Quieres tomar algo? Pago yo, que ya sé que andas algo tieso con lo de tu divorcio ―lo dijo sin un asomo de burla o ironía, lo cual escoció aún más a Alberto. Respiró hondo porque no quería liarla con aquel mequetrefe. Al final se iba a convertir en la risión de todos los mangantes de Bilbao.

―Estoy de servicio.

―¿Y qué? Eso es cosa de las películas americanas, a mí no me engañas, Albertito, guapo.

―Déjate de hostias, Iker, y vamos al asunto, que no he venido a contemplarte ―los putos aires de superioridad del niñato le estaban poniendo de muy mala gaita.

―Lo que tú digas, cariño. Vamos al asunto ―Iker le lanzó una sonrisa llena de dientes perfectos, se retiró el flequillo rubio y lacio de los ojos e inclinó la cabeza dispuesto a prestarle toda su atención.

―Quiero saber si conoces al hombre de esta fotografía. Sabemos que es consumidor habitual de meta ―en realidad no lo sabía. Aún.

Iker no desvió la mirada de los ojos de Alberto.

―¿Meta? ¡Uy, no sé! ¿Y por qué me lo preguntas a mí? Tendrías que hablar mejor con los negratas de San Francisco. Son los que dedican a esos asuntos tan feos, ¿no?

―Iker, Iker… No me toques los huevos. Tú no sabes nada, pero sí sabes que los negratas de San Francisco trafican…

―Bueno, lo sabe todo el mundo, ¿no? Hasta yo mismo les compro material algunas veces.

―Mira, me da igual lo que hagas o dejes de hacer. No es asunto mío, y si me echas una mano, el día que lo sea a lo mejor me acuerdo del favor de hoy. Seguro que me entiendes ―y le puso el teléfono delante de la cara para que pudiese ver bien la fotografía de Lucas Pacheco.

Iker dio un trago a su gintónic y sujetó el teléfono de Alberto con sus dedos de manicura a 100 euros la unidad. La miró unos segundos y le devolvió el teléfono.

―Un tío raro. Sí, es un cliente habitual… de los negratas, ya sabes…

―Claro, Iker, no pensaba otra cosa…

―Por si acaso, que todo quede claro. Yo lo he visto algunas veces, el tío está cañón. Una vez le insinué que podría pasarlo muy bien conmigo y unos amigos y oye, se me quedó mirando como si no me hubiese oído, o sí, y estuviese pensando cómo cortarme las pelotas. Me acojonó, ya ves, así que desde ese día se lo pasaba a los negratas…

―¿Qué más, Iker?

―Bueno, el tío no es un gran consumidor. Una vez al mes o así. Pero hasta los chicos le tienen respeto. Hay algo en él que repele… Verás, dicen que es bastante putero, pero que luego no… no remata, ya me entiendes. Lástima de dinero, ¿verdad?

―Lástima, sí.

Alberto se rascó una ceja como si tuviese un picor inaguantable. Tenía que llamar a Mustafá de inmediato. Iker le acarició el brazo a Alberto, cariñoso y con un interés perfectamente simulado por sus preocupaciones.

―Te veo alterado, Alberto. Tienes que relajarte un poco. Además, creo que tengo algo que te puede venir bien. Si me acompañas a mi casa…

Hostia puta, aquel imberbe le estaba tirando los tejos. ¿Sería posible?

―Seguro que un poco de cariño te viene bien, y ahora que estás solo…

A que le parto la cara… Alberto se lo quedó mirando unos segundos, desafiándolo a que dijera algo más. Por fin, se levantó de la mesa y se dirigió a la salida sin despedirse del otro.

―Jolín, cómo eres, cariño… ―dijo en voz baja Iker mientras acercaba el gin tónic a sus labios.

 

XIV

MUSTAFÁ AL APARATO
 

―¿Mustafá?

―¿Quién le llama?

―Soy el inspector Alberto Fernández, de la Ertzantza, Mustafá. Tienes mi teléfono, así que no te hagas el despistado.

―¿Qué quieres, maricón?

―Hacerte un par de preguntas… y deja ya lo de maricón, que esto es serio.

―Vale, maricón.

―…

―¿Ya has encontrado al que se cargó a Sylvana?

―Creo que sí, pero necesito saber si el sospechoso la conocía ya. Cuando te llamó, ¿pidió una chica o preguntó por ella en concreto?

―Pues ni una cosa ni otra.

―…

―…

―¿Y eso qué quiere decir, Mustafá?

―Bueno, no me la pidió por el nombre, pero me la describió de tal forma que no cabía duda de que se refería a ella.

―O sea que la conocía.

―Por aquí viene mucha gente.

―Claro.

―De todas formas, ¿qué más da?

―Su forma de actuar, Mustafá. Ha asesinado a 27 chicas. Si puedo demostrar que el sospechoso había estado antes con cada una de ellas…

―Pruebas circunstanciales.

―No me jodas. ¿Es que eres abogado?

―Sí, maricón, licenciado por la UPV. ¿Cómo lo ves?

―¿27 veces circunstanciales?

―Puedes tener algo de razón ahí, lo admito.

―¿Hay cámaras en tu local?

―…

―Mustafá…

―Solo en el bar. Por seguridad. Sé por dónde vas, maricón. Pásame la foto del hijoputa y lo busco en las grabaciones. Si lo encuentro, te envío una copia.

―No puedo darte la foto.

―Vale, lo que tú digas.

―Me cago en todo, júrame que nadie más que tú va a verla.

―El policía eres tú. Yo solo soy un maleante. ¿Qué más te da que te lo jure?

―Mierda puta. Ahí te va, pero como me entere…

―Vale. Te digo algo con lo que sea, maricón. Agur.

 

XV

UGARITZ RELOADED

 

Se estaba haciendo tarde, no había comido nada en todo el día así que se fue paseando hasta el cercano Iruña y se pidió un par de pintxos de diseño y un reserva. Dentro de la tristeza general que imperaba en su vida, de vez en cuando merecía la pena salirse del sándwich mixto y el vaso de agua, del grifo, gratis de momento. La investigación avanzaba pero necesitaba ayuda para ir más rápido. Él solo no podía recorrer todos los prostíbulos de la zona norte tratando de corroborar sus sospechas; de todas formas si Mustafá le confirmaba su teoría, todo sería mucho más fácil.

Se limpió los labios con una servilleta que depositó cuidadosamente doblada en una papelera. Nada de tirar las cosas al suelo. Todo pulcro, cristalino, inmaculado, los bares de Bilbao cada día se parecían más a quirófanos de hospital amueblados en Ikea que a lo que habían sido siempre, unas encantadoras cloacas repletas de chiquiteros.

Necesitaba la ayuda de Ugaritz de nuevo. Un extraño cosquilleo en el estómago le insinuó que le gustaría su ayuda en más de un asunto. Quizá la joven siguiera en la comisaría. Era buena hora, a buen seguro Jokin hacía rato que se había largado, no se caracterizaba por dedicarle demasiados esfuerzos a su labor; para eso ya tenía a otros imbéciles como él. Así que no existía riesgo de que se cruzasen, aunque la jornada no terminaría sin que le llamara unas cuantas veces y de todo. Era su estilo.

Ugaritz se había cambiado ya el uniforme; la había pillado a punto de irse para casa. Ahora vestía unos vaqueros ajustados que resaltaban su estilizada figura. Alberto hizo esfuerzos por no mirarle el culo, ni el canalillo que asomaba por la abertura de una blusa que competía en blancura con la piel de la chica. Se mordió el labio inferior con fuerza y trató de disimular su turbación.

―Hola, Ugaritz… Ya te ibas… No quería entretenerte…

―No pasa nada, Alberto, es un placer trabajar para ti ―se sonrojó al decir esto último, algo que a Alberto no se le escapó. Un nuevo cosquilleo de su propio estómago lo dejó casi sin respiración.― ¿Qué deseabas?

No era sencillo planteárselo. Sabía que lo que le iba a pedir era ilegal, tanto como lo que había hecho Arruabarrena por él. Solicitar permisos judiciales era imposible en ese momento de la investigación. Todo eran pruebas circunstanciales, como dijo Mustafá.

―Verás, he conseguido el nombre y datos personales del tipo de la foto, ―ella lo miró con un brillo de admiración en sus ojos― pero ahora necesito algo más…

―Y no quieres ir al juez. Ni pasar por el despacho de Jokin.

―Eso es, veo que me entiendes.

Ella le sonrió con una mezcla de complicidad y agradecimiento.

―Confías en mí.

―Sí ―hubiese respondido algo más, pero supo que no hacía falta.

―Dime lo que te hace falta.

Alberto le resumió sus pesquisas del día, aunque omitió los tratos con su amigo el gaditano.

―¿Podemos acceder a sus cuentas bancarias sin que nadie se entere? ¿Y a sus consumos eléctricos?

Ugaritz no contestó nada. Se acomodó en su sillón y comenzó a teclear a toda velocidad. Números y letras de color verde corrían por el monitor. La pequeña nariz de la joven asomaba breve por debajo de la montura de sus gafas de pasta negra. Los caracteres del monitor parpadeaban en los cristales como luces de Navidad. Aquella chica era una fiesta en todos los sentidos. Su eficiencia era pasmosa; de vez en cuando giraba la cabeza y lo miraba con una sonrisa, no sabía si para tranquilizar su impaciencia o simplemente porque quería hacerlo.

―La parte del gasto eléctrico es la más sencilla. Las compañías no se gastan demasiado en seguridad informática a la hora de proteger los datos de sus clientes. Otra cosa sería que quisiéramos borrar las cifras de energía consumida, esta se halla en otros servidores que se replican automáticamente en los de consulta. Es donde estoy tratando de entrar… Su empresa suministradora es Iberdrola… Ya estamos… ―mientras hablaba no había dejado de teclear.

―Joder, no has tardado ni cinco minutos… ―musitó Alberto con un asombro no exento de admiración. Ella volvió a sonreírle agradecida.

―Dame un rango de fechas en el que quieras conocer el consumo, Alberto ―a Alberto le encantó cómo pronunció su nombre.

Era difícil calcular cuánto tiempo llevaba el sospechoso dedicado a sus crímenes. Eliminar a veintisiete chicas no debía haberle resultado sencillo a Pacheco. Iker Seisdedos le había contado que se metía un tiro una vez al mes, así que no era descartable que llevara con sus actividades más de dos años.

―Vamos a ir un treinta meses hacia atrás a partir de hoy y vamos ajustando en función de lo que veamos ―los dedos finos y largos de la joven bailaron unos segundos sobre el teclado.

―Aquí tienes. Consumos mensuales ­―la pantalla mostraba un par de docenas de barras verticales más o menos de la misma altura todas ellas. Salvo en el último mes.

―¿Podemos ver el consumo diario de este? ―dijo señalando el final de la gráfica.

En las películas suelen gritar ¡Bingo! Arquímedes exclamó aquello de ¡Eureka! Pero él, Alberto, era un poco más primario. Un ¡mecagoenlaputa! era más ajustado a lo que sentía en ese momento. Allí estaba, aquel tío era un imbécil de puro miserable. El montañero había hallado la bolsa con las manos hacía una semana, el diez de marzo en concreto. El consumo diario era casi uniforme hasta ese día, cuando bajaba de casi a la mitad. Desde entonces seguía en ese nuevo nivel con leves oscilaciones

―Lo veo, Alberto. Vamos al consumo continuo de los días 9 y 10 de marzo ―le hubiera dado un beso.

A las 22,18 h del 9 de marzo se producía un descenso muy acusado en el consumo eléctrico del domicilio de Lucas Pacheco, como si hubieran desconectado un electrodoméstico de gran potencia. Eso era justo unas horas antes de que apareciesen las manos. El tío se había deshecho de ellas y había desconectado el arcón frigorífico donde las tuvo congeladas hasta entonces. No podía ser una casualidad después de meses de un gasto estable. Retrocedieron mes a mes hasta encontrar el día exacto en que se había producido un incremento de consumo equivalente a la caída que acababan de ver. Veintisiete meses antes. Un asesinato al mes. Ugaritz y él se miraron sin decir nada. No hacía falta.

―Sabemos el banco y el número de cuenta donde tiene domiciliado el cobro del recibo eléctrico. Vamos a investigar primero aquí y si hace falta buscamos más cuentas posibles. Supongo que nos interesan los movimientos de hace 27 meses… ―ambos sonrieron.

El proceso fue un poco más lento, lo cual le permitió a Alberto deleitarse con calma en el leve tremolar de los pechos de la joven policía. De vez en cuando, Ugaritz se acariciaba el cuello de manera que sin pretenderlo dejaba ver el borde de su sostén y el nacimiento de unos senos de nata. Debería haberse avergonzado de ser tan rijoso en momentos como aquellos, sin embargo sentía que no era solo lujuria lo que borboteaba en su interior. Entre ambos había surgido algo, y la mirada que en otras circunstancias hubiera podido definirse como procaz no era tal sino algo mucho más cálido y entrañable. O casi.

―¡Dentro! Aquí están los extractos de esa época… El tipo no usa tarjeta… Pero fíjate, hizo retiradas de efectivo de importes de 300 € durante siete días consecutivos. Mira las fechas. Imagino que podremos continuar con la búsqueda suponiendo que por esa época adquirió un arcón frigorífico a algo similar, aunque lo pagara en metálico. No habrá muchos lugares donde los vendan. Además, algún transporte se lo llevaría a casa. ¿Quieres que lo busque ahora? ―los ojos de la chica brillaban de una excitación ambigua. Había allí orgullo profesional y algo más.

Alberto negó con la cabeza y se puso en pie; ella también abandonó su sillón y se acercó a él. Alberto posó la mano en el cuello de Ugaritz y le acarició la piel cálida, suave y palpitante. Su beso fue breve, intenso, ardiente, cargado de ansia, de deseo insatisfecho. Se separaron un instante, se miraron a los ojos y sus cuerpos se fundieron en un abrazo. Alberto se sumergió en el cuello de la chica, aspiró su olor fresco, natural, con un leve aroma a suavizante que la hacía aún más apetecible. Estaba seguro de que al día siguiente podrían continuar con la búsqueda de vendedores de neveras. El frío de la realidad seguiría allí. Ahora era tiempo de disfrutar del calor que les arrebataba.

El muslo izquierdo le comenzó a vibrar, Alberto percibió el rítmico estremecimiento como si fuese algo propio. Se separaron unos centímetros. Allí seguía, en el bolsillo de su pantalón, impertinente y castrador. En los labios de ella se dibujó una sonrisilla burlona, tierna y con un punto de frustración. Será mejor que contestes, Alberto. Sí, quizá fuera Mustafá. Metió la mano en el bolsillo y sujetó el maldito chisme con fuerza, como si así pudiera hacer que el tiempo retrocediera unos segundos. Se lo mostró a Ugaritz con la misma expresión que si se tratara de un limaco. Era Jokin. Ella reprimió una carcajada y a él su risa le sirvió de espita. Su tensión desapareció de inmediato, quizá fuese el mejor momento para contestar y sufrir una vez más al cretino. Ya improvisaría algo.

―¿Dígame?

―¡Cómo que dígame! ¡Me cago en la hostia! ¿Te estás riendo de mí?

―¡Ah! Perdona, Jokin, no había visto quién llamaba. ¿Es tarde ya para ti, no? ―el gesto de absoluta seriedad con que lo dijo obligó a Ugaritz a taparse la boca y alejarse de él.

―Pásate por mi despacho ahora mismo. Sé que estás en el edificio.

Alberto masculló un juramento, algún mal nacido quería ganar puntos con el gran jefe. Ya se enteraría de quién había sido.

―Me ha pillado, bonita. Tengo que ir donde el cretino.

―Suerte, guapo. Ya me contarás ―y le dio un rápido beso en los labios.

El teléfono emitió el sonido de SMS entrante. Aquel idiota era insaciable, qué quería, ¿que se teletransportase? Miró la pantalla y las cejas se le levantaron en un gesto de asombro. Ya le decía su madre que no había que prejuzgar ni discutir con uno mismo de asuntos que no conocíamos. No se trataba Jokin. Era un mensaje de llamada perdida de Mustafá.

―Hola, maricón.

―Hola, Musta. ¿Has encontrado algo?

―No me llames Musta.

―Vale, Mustafá, vale. Vuelvo a empezar, ¿Has encontrado algo?

―Sí.

―¿Y bien?

―¿Qué?

―Joder, que qué hostias has encontrado.

―Tienes que venir a verlo tú mismo.

―¿No me lo puedes contar?

―No.

―Vale. Ahora no puedo, dame un rato.

―No.

―Joder, ¿qué coño te pasa? Lo que hayas encontrado no va a cambiar en una hora, ¿no?

―Sí.

Y el moreno colgó sin más explicaciones. Aquel tío era desquiciante, pero estaba seguro de que había encontrado algo de importancia. Corrió hacia la salida de la comisaría. Que le dieran por el culo a Jokin. Supuso que ya le estarían informado de su espantada así que optó por bloquear sus llamadas entrantes. Fue un placer un tanto mezquino hacerlo, pero placer al fin y al cabo. Ya se las apañaría con él más tarde. Se subió en el primer taxi que vio libre.

―Good evening, sir.

―Sí, hola, ¿qué hay? Buenas…

―Where are you going, sir?

―Oiga, ¿por qué me habla en inglés?

―Es que estoy estudiando el idioma, con tanto turista que llega a Bilbao, ya sabe… Hay que reciclarse…

―Ya, pues practíquelo con ellos que yo soy nativo. Lléveme al Club Doña Urraca. ¿Sabe dónde está?

El conductor lo miró a través del retrovisor, de arriba abajo, con un mohín de desprecio en los labios.

―Lo que usted diga, caballero. No le hacía yo de esos…

―¿Quiere usted hacer el favor de arrancar?

―¿Tanta prisa tiene en satisfacer sus más bajos instintos?

Alberto cerró los ojos unos segundos e inspiró hondo; quería ahogar en lo más profundo de su ser la irritación que le estaba produciendo aquel individuo. Sacó su identificación del bolsillo y la agitó para que el otro la viese en el retrovisor.

―Que no me voy de putas, señor mío, que estoy trabajando ―hizo una pausa―. ¡Arranque de una jodida vez o se queda sin licencia!

El taxista hizo girar la llave del contacto y puso en movimiento el vehículo. Por fin.

―Su actitud podría calificarse de prepotente, señor policía. No es correcto que emplee ese tono con un honrado ciudadano que se limita a cumplir con sus obligaciones…

―Sí, sí, tiene usted razón. Mis disculpas ―Alberto eludió la mirada del otro en el espejo. No se lo podía creer. No obstante, al otro no le valían las disculpas, ni que en realidad no fuese a aprovecharse de unas pobres inmigrantes explotadas. Seguía dale que dale con su matraca. No callaba. Además se estaba equivocando de camino, mecagüentodo.

―Oiga, quiere atender a lo que está haciendo y dejar de sermonearme. Aunque no se lo crea, he de llegar a mi destino lo antes posible y ya se ha saltado usted dos desvíos. ¿Qué pasa, que quiere darme unas cuantas vueltas de más?

―Me está usted ofendiendo, señor policía. Conozco perfectamente el camino y no está en mi ánimo estafarle. Es más, no pienso cobrarle ni un duro. No aceptaré el dinero de un pobre pecador como usted.

Alberto optó por cerrar la boca y dejarlo por imposible. Aquel tío estaba mal de la chaveta. Un taxista que le regalaba el viaje, ¿cuándo se había visto algo así?

Ya había anochecido y la fauna que normalmente se movía por la zona empezaba a salir de sus madrigueras. Algunas de las putas que bullían en las aceras no dejaban de ofrecerse, impúdicas, al taxista. Un par de ellas, mulatas despampanantes, le llamaron por su nombre con tono fraternal. Sabía que era mejor callarse, pero no se pudo reprimir.

―Coño, Fonsito, parece que las chicas te conocen bastante bien por aquí.

Al otro no se le escapó el tono de choteo del policía. Frenó en medio de la calle y se le encaró.

―Señor policía, se equivoca usted y me vuelve a ofender. No soy cliente de estas señoritas, soy Testigo de Jehová, como dicen ustedes los gentiles, y en mi tiempo libre me dedico a evangelizar a estas descarriadas. Por eso saben mi nombre…

―Lo que tú digas, Fonsito, majo. Pero ya se ve que te van más las mulatonas… ―abrió la puerta y se bajó allí mismo. A tomar por el culo aquel imbécil, le tenía ya hasta los huevos.

El local de Mustafá estaba veinte metros más adelante.

 

XVI

DOÑA URRACA

 

Luces tenues, una mezcla de diversos perfumes, chicas semidesnudas paseándose por el local sin ningún objetivo claro más allá de exhibirse ante una clientela que rondaba la cincuentena y tenía igual de abultada la cartera que la panza. Alrededor de la zona central se abrían varios reservados, todos ellos sumidos en la penumbra y donde se adivinaban rastros fugaces de piel. Alberto se detuvo en el umbral antes de atreverse a navegar en aquel océano de carne donde él no era más que un nuevo pececillo al que echar la red. En la barra, una costa luminosa al otro lado del mar oscuro, un par de camareras con los pechos al aire servían copas a unos cuantos clientes a quienes les bastaba con la contemplación de la carne joven. Mustafá estaba en una esquina, esta vez vestido con un traje oscuro y una camisa blanca con el cuello desabrochado. Toda la ropa bien ceñida y marcando su impresionante musculatura. Sin mirar a los lados, ignorando los gestos insinuantes de las chicas y las ojeadas huidizas de los clientes, inició su singladura entre las olas de lujuria que se agitaban por doquier y se acomodó al lado del negro. Este hizo como que no lo veía y continuó pendiente de las nalgas de una de las camareras. Le habló mientras masticaba un palillo y le guiñaba el ojo a un cliente algo más allá.

―Ni me hables, maricón. Cuando me levante me sigues.

Alberto aguardó hasta que el otro se adentró en un pasillo a su espalda. Al fondo se abrió una puerta y ambos entraron en una salita con varios monitores y una mesa con tres sillas. En una de ellas estaba la chica que había visto en la barra el día anterior. ¿Cómo se llamaba? Sí, Tanya.

―Hola, Tanya ―la saludó echándole un involuntario vistazo a los pechos desnudos. La joven se limitó a mirarlo, primero a él y luego a Mustafá. Era miedo lo que había en sus ojos, pero no era a ellos, estaba casi seguro.

―Deja de mirarle las tetas a la chavala, maricón.

―Vale, vale. ¿Qué es lo que tienes?

―¿Estás seguro de que este es el tío que mató a Sylvana? ―dijo Mustafá señalando en su teléfono la foto de Pacheco.

―Bastante seguro, Mustafá, bastante. Pruebas circunstanciales, pero muy consistentes. Dime algo.

El otro se sentó en una de las sillas, delante de un ordenador iMac y con un gesto de la mano invitó a Alberto a que hiciera lo mismo. Tecleó unas cuantas series de números y en el enorme monitor se abrieron varias ventanas simultáneamente.

―Le enseñé la foto a Tanya ―levantó la mano para atajar la protesta de Alberto―. Ya, ya sé lo que me dijiste, pero esta y Sylvana eran muy amigas. Yo creo que eran medio bolleras, pero eso da igual, ¿no?

Alberto se abstuvo de responder a la pregunta retórica. Miró a la chica. Se había limitado a sonrojarse, aunque continuaba con la misma cara de temor.

―Cuéntale al maricón lo que me contaste a mí, Tanya ―a Alberto le resultó chocante el cambio de tono en la voz de Mustafá. Había abandonado el habitual tono agresivo y chulesco y adoptado uno más próximo al de un padre cariñoso o al de un psicólogo animando a su paciente a confesar sus temores. Quizá este fuera el caso.

―Sí, sí… Verá, señor, el hombre de la foto estuvo aquí unos días antes de que Sylvana desapareciera…

―Es decir, unos días antes de que el de la foto llamara para solicitar sus servicios ―interrumpió Mustafá.

―Sí. Bueno, yo estaba en la barra y el hombre me pidió una cocacola. Me pareció raro que no tomara alcohol, le iba a costar lo mismo que un gintónic bien puesto, y así se lo dije. Él se limitó a mirarme con unos ojos opacos, inexpresivos como el resto de su cara. Parecía que se le hubiese congelado el gesto. No sé si me explico ―Alberto asintió―. Se la bebió de un trago, me abonó los treinta euros de la consumición y me preguntó que cuánto costaba estar con una chica. Como vi que Sylvana estaba libre y somos buenas amigas, la llamé. Mejor que el cliente fuese para ella. Sylvana le explicó las tarifas y ambos se fueron a una de las habitaciones. El tipo salió unos veinte minutos más tarde, caminaba a toda prisa, le noté nervioso, tenso. Preferí no decirle nada y fui hacia el cuarto a ver si Sylvana se encontraba bien. El servicio dura una hora y me extrañó que se fuese tan pronto. Mi amiga estaba sentada en la cama pintándose los labios. Cuando entré se echó a reír y me contó lo que le había pasado. Al pobre hombre no se le había levantado por mucho que ella se esforzó, me dijo. Se la había meneado, chupado, se había puesto encima de él, le había intentado meter un dedo en el culo… Nada de ponerse palote. Le preguntó que si le gustaba algo especial, que ella estaba allí para servirle. Esto suele poner muy cachondos a los clientes, pero nada otra vez. Según Sylvana el tío estaba allí como un pedazo de madera, todos sus miembros tiesos menos el que tenía que estarlo. Y era una pena, porque tenía un cuerpo bonito, según me lo describió ―Alberto negó con la cabeza cuando vio que la chica se iba a lanzar a hablarle de la anatomía de Pacheco. No era necesario en absoluto y menos en aquel momento―. Vale, bueno.

―¿Y ya está?

―Sí. El cliente se vistió, pagó y salió casi corriendo de la habitación.

―¿No intentó agredirla? ¿La insultó? ¿Le dijo algo que luego Sylvana te dijera?

―No, qué va. No abrió la boca. Cuando se fue, Sylvana me lo estuvo contando y no reímos un rato. Pensamos que era un pobrecillo, tímido o un mariquita que quería estrenarse con una chica. A lo mejor se había echado novia y quería ir ensayando. Pero no, ¿verdad?

―No, Tanya, me temo que no.

―¿Quieres ver las imágenes? ―Mustafá se ahorró esta vez el apelativo habitual al dirigirse a Alberto.

―No creo que haga falta ahora. Dame una copia, lo importante era saber si había conocido antes a Sylvana, y ahora ya lo sabemos.

Tanya se echó a llorar. Mustafá le hizo un gesto de asentimiento y la chica desapareció de la habitación.

―Se siente culpable. Fue ella la que les puso en contacto ―el negro sonaba sinceramente apenado―. Era una buena chica. Sylvana. ―Se giró hacia Alberto― ¿Oye, maricón, tú tienes grabado cuando se encuentra con el hijoputa el día de la cita?

Alberto asintió. Eran unas imágenes malas y a Pacheco no se le veía la cara. Y no, ella no se iba a la fuerza con el hijoputa.

―Ya, me lo suponía. Era muy cumplidora. Sylvana. Tú sabes dónde vive el hijoputa, ¿verdad? ―Alberto lo interpretó como otra pregunta retórica, aunque buenas ganas le entraban de darle la dirección a Mustafá y que fuese a su piso a comerle los hígados. No era un pensamiento muy edificante para un servidor del estado de derecho, pero es lo que sentía en esos instantes.

―Tanya habla muy bien castellano. ¿De dónde es? ―se interesó por cambiar de tema y no caer en la tentación.

―De Segovia. Allí también hay rubias con tetas grandes y un buen culo. Está estudiando Magisterio en la UPV.

Alberto contuvo una carcajada.

―Si te gusta te hago un precio especial, maricón.

 

XVII

A VECES VEO MUERTOS

Tardó diez minutos en salir de la zona de alterne. Mientras caminaba se fijó en el aspecto de la clientela de aquellas horas (casi las diez de la noche de un miércoles). Sería cuestión de darse un paseo por allí un fin de semana, pero estaba seguro de que no cambiarían demasiado los tipos, solo la cantidad. La zona putera de Bilbao era una reserva del bilbainismo, las hordas de turistas aún no habían invadido San Francisco y La Palanca. Los clientes eran en su mayoría hombres de empresa concluyendo sus millonarias negociaciones con clientes para quienes una buena cena no era suficiente; algunos grupos de hombres que celebraban vaya usted a saber qué; unos cuantos aldeanos despistados recién llegados del baserri y que ya que pasaban la noche en la capital, pues oyes, que a nadie le amarga un dulce, ¿no? Y solitarios, muchos solitarios en busca de unos minutos de compañía mercenaria. Aunque algo sí habían cambiado las cosas, el cutrerío de sus días de juventud y coche patrulla se había amortiguado. Las entradas a los prostíbulos parecían en muchos casos portales de edificios de lujo con su segurata vestido, si no de Armani o Hugo Boss, sí de Massimo Duti. Las chicas que había por la calle se las veía guapas y cuidadas, nada de drogadictas ofreciendo sus miserias y una buena dosis de VIH a algún infeliz desprevenido. No había poesía, solo prosa pragmática. Las faltas de ortografía casi habían desaparecido.

Alberto se convirtió en un resorte a punto de saltar cuando el móvil vibró en el bolsillo. Se relajó enseguida, tenía al cretino bloqueado. Una sonrisa asomó en sus labios. Algunas veces el teléfono podía ser un buen compañero. Era Ugaritz quien llamaba. Había encontrado el taller donde la funeraria acondicionaba y almacenaba los féretros. Aquella chica era una joya.

―Podemos ir a dar una vuelta por allí…

―Ahora no habrá nadie, no creo que hagan turnos de noche, maja.

―Pues mejor, ¿no?

Alberto se rascó la ceja. Sí, mejor, claro, mucho mejor.

―Dime dónde estás y paso a por ti ―propuso la joven y a Alberto le pareció bien.

El taller se encontraba en una zona de naves industriales en el barrio de Kareaga. Cuando llegaron allí eran algo más de las once de la noche. Las calles del polígono estaban mal iluminadas, la mayor parte de las farolas se mostraban con la portezuela de conexiones abierta y un agujero negro y vacío dentro. Muchas de las naves estaban en ruinas, con las ventanas rotas como muda advertencia de peligro. Aquí y allá algún vehículo desguazado a medias avisaba de los riegos de confiar en la buena voluntad de los seres humanos. En las aceras más oscuras, allí a donde solo llegaba una leve caricia blanquecina desde las luminarias, algunos coches se insinuaban con las ventanillas empañadas y un leve temblor de sus carrocerías. La pasión siempre se abre camino y busca un desahogo, incluso en lugares deprimentes como aquel.

―Ya casi estamos, tiene que ser una de estas…

Se detuvieron a unos cincuenta metros. Un rótulo luminoso apagado avisaba del propietario y uso de la nave. A ningún ladrón se le ocurriría entrar en un almacén de ataúdes.

―¿Te das cuenta de que si alguien se entera de esto acabamos fulminados y en el puto paro?

―Tranquilo, Alberto. Me he asegurado, por aquí no hay cámaras y el local no tiene contratada ninguna compañía de seguridad privada. Se ve que el ataúd no se cotiza en el mercado negro. Aquí, con echar el candado por la noche es suficiente.

―Mejor así… La verdad es que el sitio es perfecto, nuestro amigo habrá podido hacer de las suyas sin problemas. Es imposible que nadie le haya visto llegar aquí con las chicas… ―siguió pensando en voz alta―. Luego sería fácil ocultar los cadáveres en los féretros. Después, en el crematorio… ¡puff! ―Alberto gesticuló con las manos imitando una explosión, una flor que se abre, una nube de humo que se expande―. Y ya no queda nada de la pobre chica.

―Solo las manos.

―Sí, solo las manos. Y sigo sin entender para qué las guardaba, menos aún por qué aparecieron en una bolsa en el monte. Es absurdo. Si no es por ello ahora mismo ni siquiera sabríamos que habían desaparecido más de dos docenas de mujeres.

La joven le dio una patada a un guijarro. Miró a Alberto a los ojos y le lanzó una sonrisa pícara.

―Entonces, ¿qué? ¿Entramos?

Fue sencillo, de sus días de patrullero aún conservaba un juego de ganzúas que Jon el Rata le regaló como agradecimiento por encontrar a su hija. El Rata se dedicaba al robo en viviendas y sin saberlo se había metido en el territorio de una banda de georgianos. De facto ellos habían decidido que toda la CAPV era su territorio en régimen de monopolio y que la libre competencia era una entelequia de occidentales decadentes. Raptaron a su chavala y le amenazaron con hacerle de todo si no se jubilaba. Lo último que supo de él era que toda la familia se había trasladado al sur donde al parecer la economía de libre mercado aún tenía algún predicamento. Desde entonces habían capturado casi a una banda de desvalijadores al año. Todos de la puta Georgia, estuviera donde estuviese aquel país de mierda. El caso es que aún se daba buena maña y en menos de un minuto estaban dentro de la nave. Un rápido vistazo le mostró una treintena de cajones en bruto, sin herrajes ni recubrimientos interiores. Algo más allá de la entrada, sobre unos caballetes, tres féretros estaban siendo acondicionados. En un cartelito figuraba el nombre del finado y el destino del cuerpo. El del centro acabaría en unos días en el crematorio de Bilbao. Alberto hurgó en el interior, levantó la base interior, golpeó la madera. No sería sencillo ocultar un cuerpo allí. De repente le entraron dudas.

―Fíjate, Ugaritz. Aquí debajo no cabe un cadáver. No sé, quizá no sea este el método que emplea…

―Bueno, tú estás suponiendo que las oculta enteras…

―¡Hostias! ¿No querrás decir que las trocea? ―se miró las punteras de los zapatos. A la luz de la linterna mostraban el polvo acumulado de muchos días.

―Además, ¿has pensado dónde las asesina?

―Había supuesto que en su casa, pero después de ver donde vive no creo que sea el lugar.

―Sí, de lo que hemos encontrado esta tarde se deduce que allí podría haber escondido las manos. Fíjate, Alberto, que yo creo que se las ha cargado aquí…

El sitio era ideal, desde luego. Primero les amputaba las manos, después las mataba y para acabar las troceaba y ocultaba en los ataúdes. En los alrededores no había ningún movimiento a aquellas horas más allá de unas cuantas parejitas dedicadas al folleteo en sus coches. Alberto asintió. De todas formas sería difícil encontrar allí nada interesante en aquellas circunstancias, ninguna pista. Pacheco habría tenido buen cuidado en limpiarlo todo y si hallaban algo no serviría de nada ya que no disponían de ninguna orden de registro. Blasfemó en silencio. Estaba seguro de la culpabilidad de aquel tío y sin embargo tenía las manos atadas. Allí lo que hacía falta era una brigada de tíos de la científica, como en las putas películas americanas, pero aquello solo era el humilde Bilbao y alrededores.

De repente volvió atrás en el hilo de sus pensamientos. Las troceaba. Joder, quizá no todos las chicas hubiesen terminado incineradas, o no todas sus partes. Alberto empezó a pasearse entre las cajas. Si pudieran exhumar algunos ataúdes… Si actuaba según decía Ugaritz, la pobre Sylvana habría sido asesinada el mismo día de su desaparición. Asesinada y convertida en pedacitos. Los enterramientos de los siguientes días podrían ir con alguno de sus miembros. Macabro, pero no imposible. Se quedó mirando a la chica.

―Estás pensando lo mismo que yo, Alberto. Sí, podemos saberlo sin demasiados problemas. Otra cosa es abrir las tumbas, si es que algún ataúd acabó bajo tierra esos días…

Los ojos de Alberto brillaron con un destello de locura. Solo eran las doce de la noche. Faltaban muchas horas hasta el amanecer.

Les llevó algo menos de una hora descubrir que el día de la cita en Bilbao entre Sylvana y Pacheco habían preparado media docena de féretros. Todos habían ido al Tanatorio Bizkaia y de ellos dos acabaron en el cementerio de San Vicente, en Barakaldo. Nichos 324C y 221B.

Entrar en el cementerio fue sencillo, lo hicieron desde el bidegorri que bordeaba el lado este, donde el muro que separaba el camposanto del exterior apenas tenía un par de metros de altura. Media hora más tarde supieron que era su noche de suerte porque el 221B no tenía aún colocada la lápida de cierre, solo una plancha metálica fácil de retirar. Los rieles metálicos de la base del nicho facilitaron la tarea de extraer de la boca oscura el ataúd de Fernando Cabello Etxániz, de 87 años de edad, tu familia no te olbida. Era la nota para el marmolista; estaba escrita en un papelote dentro de una funda de plástico y sujeto con un cordón a una de las asas del ataúd. Qué jodidamente miserable y cutre eran la vida y la muerte en ocasiones.

―Bueno, hemos llegado muy lejos esta noche para acojonarnos ahora, ¿no? ―dijo Alberto no muy seguro de que fuera capaz de levantar la tapa del cajón.

La chica se lo quedó mirando unos segundos sin decir nada. Cuanto más demoraran el final de todo aquello, más incapaces serían de hacer lo que tenían que hacer.

―A la de tres ―susurró Alberto. Ella asintió.

La tapa produjo en leve crujido que resonó en sus oídos como una explosión. Miraron a su alrededor asustados, convencidos de que una mezcla imposible de resucitados y enterradores se acercaba ya hacia ellos por los pasillos del cementerio. Sin embargo solo se escuchó el rugido de una moto acelerando en la cercana autopista.

El pobre Fernando tenía un aspecto estupendo, seguramente mucho mejor que cuando estaba vivo y sin duda más sano que el de muchos los abuelillos que gastaban sus horas echando la partida en la sede social de la Kutxa.

―No da mucho miedo, ¿verdad?

―No, no mucho. Ahora viene lo peor, tenemos que moverlo para ver si debajo hay algo ―dijo Alberto. Metió las manos bajo la espalda del cadáver y lo empujó de lado. Con un gesto de la cabeza indicó a su compañera que aguantara el peso mientras él levantaba la base acolchada del ataúd.

―¡Me cago en todo! ―dijo en voz alta sin poder evitarlo. Dos piernas desnudas, secas y amojamadas con los pies enfrentados reposaban sobre la base de madera del féretro―. Vale, vamos a dejarlo todo como estaba… Espera, voy a coger una muestra de tejido, pero si esto no es lo que queda de Sylvana yo soy el jodido rey de Serbia… Menudo hijo de la gran puta…

Regresaron al vehículo de Ugaritz sin hablar, pensativos. Sí, la noche estaba siendo muy larga, pero aún no había terminado.

―¿Dónde vives, Alberto? ―preguntó casi con un murmullo, con un deje de tristeza o resignación

―En Bilbao ―respondió él sin atreverse a decir más. Los dos se miraron a los ojos unos segundos para esquivarse a continuación. Ambos habían leído lo mismo en sus semblantes. Temor. Vergüenza. Deseo.

―Yo vivo aquí en Barakaldo. Si quieres puedes dormir en mi casa…

El vaho grisáceo de sus alientos envolvió un beso natural, tranquilo, esperado.

La noche aún estaba oscura.

 

XVIII

SIN ESCRÚPULOS

El teléfono vibraba anidado en algún pliegue entre sus ropas, arrugadas en el lateral de la cama. A su lado la espalda desnuda de Ugaritz reflejaba la luz de las farolas que penetraba desde la calle. La respiración de la chica, pausada y uniforme, transmitía la paz del sueño, un sueño tranquilo y relajado. Miró el reloj, aún eran las cinco y media de la madrugada. Lo que le apetecía era tumbarse de nuevo y fundir su piel desnuda con la de ella, rodearla con su brazo, acariciar su vientre y sus pechos y sumergir su nariz entre la fronda de su cabello. Y así dormir, mucho tiempo, sin prisas ni anhelos. El teléfono seguía zumbando imperturbable. El jodido superyó, ¿no era eso lo que decía Freud?, ese superAlberto era el que le obligaba a sentarse en la cama y revolver aún más sus prendas hasta encontrar el cacharro infernal. Guiñó los ojos, incrédulo al principio, preocupado enseguida.

―¿Qué cojones quieres a estas horas? ―susurró Alberto mientras se levantaba y se encerraba en el baño.

―Tienes que ser más amable, maricón. Así no vas a progresar en la vida.

―Ya, y eso me lo dice el dueño de un puticlub.

―¿Cuánto ganas al mes, maricón?

―Vale, déjalo. ¿Para qué me llamas?

―Para que vengas.

―¿Adónde? ¿Al club? ¿Ahora?

―Sí.

―¿Para qué?

―Si yo fuera tú estaría viniendo ya, y cagando leches. maricón ―y colgó.

Tenía un pálpito, una premonición, y no era nada bueno lo que se le estaba ocurriendo.

Ugaritz se había despertado y le aguardaba acurrucada bajo las mantas con una muda pregunta en su mirada.

―Duérmete otra vez, preciosa. Esta vez no puedes acompañarme.

―¿Por qué, Alberto? ¿Tiene que ver con nuestro caso?

Le arrancó una sonrisa la forma de referirse a la investigación. Tenía razón, sin su ayuda aún estaría dando vueltas como una gallina descabezada, pero no podía estar seguro de cómo reaccionaría Mustafá si llegaba con ella, ni lo que se iba a encontrar en el club. El tono misterioso e imperativo le había preocupado.

―Sí, con nuestro caso, pero es mejor que te quedes en la retaguardia. Quizá te tenga que llamar, no estoy seguro de qué sucede.

―Al menos dime adónde vas.

―Sí, eso sí ―y se inclinó sobre el rostro adormilado de la joven. Olía a sueño y a sexo. Ella no fue ajena a la excitación que se despertaba de nuevo en el cuerpo de Alberto. Él le retiró la mano con una sonrisa turbada. Ahora no había tiempo, tendrían que esperar para continuar conociéndose.

Llamó a un taxi y bajó a la calle. Cuando le indicó el destino al conductor se topó con una mirada socarrona en el retrovisor. Por lo menos este era algo más discreto y se guardó su película en la cabeza. Le bastaba con cobrarle los casi treinta euros que le iba a costar la carrera.

Veinte minutos más tarde se detenía en la entrada del Doña Urraca. Mustafá estaba en la acera hablando con un par de tipos. Cuando lo vio los despidió con un rápido gesto de la cabeza.

―Has tardado, maricón―arrimó su nariz y le olisqueó―. Hueles a hembra.

―Y a ti qué hostias te importa.

―Voy a tener que dejar de llamarte maricón, maricón ―y le enseñó una hilera de dientes destellantes a la luz ocre de las farolas

―Bueno, vale, ¿para qué me has hecho venir?

Lo invitó a entrar en el local con un movimiento de su mano. Habían cerrado hacía poco, las chicas ya no estaban por allí. No había sido una noche muy movida.

―Claro, como ahora los maricones os buscáis la vida por vuestra cuenta... Así no va a funcionar el negocio, maricón.

En el salón central solo funcionaban las luces de emergencia, su leve brillo amarillento otorgaba al lugar una pátina tétrica y cargada de silenciosos presagios. Solo el metálico goteo de un grifo rasgaba la espesura de la niebla que les envolvía. Se adentraron por el mismo pasillo que unas horas antes, pero dejaron atrás la salita con las pantallas. Un poco más allá, encastrada en una pared de bloques de hormigón sin enlucir, una puerta metálica se abrió cuando Mustafá la golpeó un par de veces con la palma de la mano; un chasquido indicó que alguien había usado un mando a distancia. La entrada dejaba paso a un pequeño rellano desde el que descendían unas escaleras de pendiente pronunciada. Al fondo, tras un recodo, danzaban unas sombras nerviosas sobre un fondo cerúleo. El dueño del local se dio la vuelta y le puso una mano en el pecho.

―¿Qué tal tu estómago, maricón? ¿Has desayunado?

―No me has dado tiempo, majo.

­―Mejor, no quiero que me potes el suelo. Pasa.

Tardó unos instantes en reconocer al hombre que se encontraba en el centro del cuarto. Su intuición había resultado ser cierta. Lo habían atado a una silla con reposabrazos; estaba desnudo y tenía el rostro tumefacto. Olía a orines, mierda, sudor rancio y sangre, aunque lo peor no era todo esto. El aviso de Mustafá tenía sentido porque el estómago se le sublevó cuando se fijó en los brazos del tipo. Se los habían seccionado a la altura de las muñecas, aunque habían tenido buen cuidado de cauterizar las heridas porque ya no sangraban.

Las manos aún permanecían aferradas a los reposabrazos.

No quería ni pensar cómo lo habían hecho ni en las infecciones que estarían invadiéndolo, aunque tampoco creía que esa fuese la preocupación de nadie en aquellos momentos. Desde más allá del cono de luz, sumergido aún en la penumbra del cuarto, avanzó una sombra hacia ellos.

―Te presento a mi amigo Omar Jayal, licenciado en Medicina por la universidad de Acra. En la actualidad trabaja como barrendero en una contrata para el ayuntamiento de Bilbao. Ambas funciones nos van a resultar muy útiles, ¿verdad, maricón?

Alberto no respondió. Lucas Pacheco parecía estar inconsciente. Se llevó las manos a la cabeza y se mesó los cabellos.

―¿Qué habéis hecho, joder? No teníais derecho. Es un puto loco, ¿por qué cojones no me llamaste antes de destrozarlo de esa manera?

―Mira, tío, déjate de buenismos. ¿Qué pasa, que no puede ser simplemente un hijoputa sin escrúpulos, sin empatía, que solo piensa en su propia satisfacción? ¿Por qué tiene que estar loco? Se puede ser muy mala persona sin estar como una puta cabra. Créeme, sé de lo que hablo. Y este era muy consciente de lo que hacía, te lo aseguro…

Alberto negaba con la cabeza, aunque sabía que los argumentos del dueño del club eran acertados. Pero todo aquel horror era culpa suya, nunca debió darle la fotografía del sospechoso a Mustafá.

―Sé lo que estás pensando. No te eches la culpa, Como te puedes suponer en el gremio estábamos al tanto de que algún malnacido estaba asesinando a las chicas, aunque desconocíamos los detalles. En especial el de las manos. Tarde o temprano le hubiésemos cogido. Tú nos has acortado el camino un poco. Y no te habías equivocado, por si estás preocupado por ello. Lo ha confesado todo. Por cierto, no eran veintisiete chicas, eran treinta y dos, pero de los primeros cinco pares de manos se deshizo hace tiempo por lo que nos ha explicado el chaval.

―Para qué me has llamado.

―Cortesía profesional, merecías saber que le habíamos echado el guante. Y lo que nos ha contado. Y para que nos digas qué quieres que hagamos con él. Podemos hacerlo desaparecer, pero si tú prefieres otra cosa, tienes derecho a pedírnoslo.

―Ya ―no fue capaz de decir nada más. El estómago seguía intentando vomitar lo que no tenía dentro.

―Bueno, mientras te lo piensas, te voy detallando algunas cosillas. Lo fundamental seguro que lo conoces, el modus operandi y todo eso. La forma de hacer desaparecer a las chicas, en los ataúdes… ―Alberto le hizo un gesto con la mano―. Vale, hasta ahí ya habías llegado ―el policía asintió.

―¿Dónde le habéis cogido?

―Pues íbamos a hacerle una visita, pero nos lo ha puesto fácil. Nos han avisado que andaba por el barrio, se ve que buscando a su nueva víctima, y lo hemos invitado a visitarnos de nuevo. Ya ves…

―Ya veo, ya.

―Un tipo duro, no te creas. Las hostias que le hemos dado, como si nada, oye. Solo ha empezado a contarnos cositas cuando nos hemos aplicado a sus manos… Al final nos hemos emocionado y se las hemos amputado del todo. Ya no le van a hacer mucha falta. Espero que no nos lo tengas en cuenta, ¿eh, chaval? ―y le dio un fuerte puñetazo en la cara a Pacheco. La cabeza se le movió hacia el otro lado y rebotó hasta la posición inicial. Un hilillo de sangre empezó a gotearle desde el pómulo―. Gritaba mucho, lo hemos drogado para que esté tranquilito un rato.

Así que aún no se lo habían cargado. En pocas palabras Alberto le narró al otro lo que había descubierto y lo que aún permanecía en las sombras.

―Sí, lo de las manos era lo más intrigante. Está relacionado con un rollo extraño… Incels lo ha llamado.

Alberto asintió a modo de invitación para que siguiera con las explicaciones. El estómago se le estaba revolviendo porque ahora estaba seguro de que aquella locura no iba a terminar esa mañana.

―Verás, aquí el amigo se ponía hasta el culo de meta. Se ve que con la droga se le pasaba el miedo a las mujeres, pero no el odio que les tenía. Era incapaz de hacer nada con una tía, no aguantaba lo que creía que sentían por él. Lástima, asco, repugnancia… En fin, chaladuras suyas. Las odiaba, pero a la vez necesitaba poseerlas. Así que les amputaba las manos y por lo visto entonces sí se le ponía dura. Se masturbaba con ellas, delante de las propias chicas y después las sodomizaba. Como fin de fiesta las estrangulaba. Después ofrecía las manos a sus amigos pirados para que se la pelaran como él, para eso las guardaba en un congelador en su casa. El montañero que las encontró se adelantó a uno de los colegas del hijoputa. Veintisiete pares. Se querría matar a pajas. O traficarían con manos. A saber. Nuestro colega nos ha asegurado que no conoce al destinatario; supongo que es cierto por lo que sé acerca de cómo se suelen poner en contacto todos estos majaras, porque si no… ―la amenaza quedó flotando entre los puntos suspensivos―. Él dejaba la bolsa con los restos en un lugar acordado y el otro las recogía. Todo muy sencillo. Y aquí, el amigo, volvía a empezar con una nueva serie. También te puedo dar las referencias de las chavalas que se ha cargado, por si quieres comprobarlas… ¿Te queda todo más o menos claro, maricón?

Alberto se limitó a asentir. Aún no podía hablar. Se apoyó en la pared y se frotó los ojos. Omar, el médico/barrendero, se acercó a Pacheco y le palpó la aorta. Todo en orden pareció señalar con su asentimiento.

―¿Qué hacemos con él? Con el cuerpo, quiero decir, porque no va a salir vivo de esta habitación…

No era fácil contestar a lo que Mustafá preguntaba. Joder, él era un puto servidor de la ley, no podía prestarse a un cambalache como ese. No podía, pero tampoco estaba en situación de imponer sus condiciones a aquellos bestias. En realidad no había solución posible al embrollo que él mismo había contribuido a crear. La había cagado al darle la foto a Mustafá y ahora ya era imposible llevar al desgraciado de Pacheco ante un juez. Y mucho menos explicárselo todo a su jefe. Si decía la verdad, a él lo fundirían en la Ertzantza, y probablemente a Ugaritz también. Y desde luego Mustafá no se iba a quedar de brazos cruzados. Lo leía en sus ojos. El dueño del Doña Urraca no iba a ir a la cárcel por cargarse a Pacheco. Que lo tengas claro, le avisaba la tensión de sus músculos.

―No hagáis desaparecer el cuerpo. Dejadlo en algún lugar donde una patrulla de la Ertzantza lo pueda hallar sin muchas dificultades y aseguraos de que en el cadáver no queda nada que os pueda relacionar con él.

―No me gusta, vendréis a preguntar.

―Sí, seguramente. Los de tu gremio seréis los principales sospechosos, pero no podrán demostrar nada contra ti ni contra ese ―señaló con el mentón a Omar― si hacéis lo que yo os diga. Además, una vez quede claro que Pacheco ha asesinado a más de treinta mujeres, a nadie le va a importar mucho quién se lo ha cargado.

―Y tú, ¿qué vas a hacer?

―Yo me voy a encargar de que Iratxe Olea tenga una fantástica exclusiva en EL CORREO. Igual hasta consigue que la hagan fija…

―Eres una buena persona, Alberto.

―Vaya, me has ascendido de categoría. Ahora ya soy Alberto y no solo un maricón.

Mustafá se encogió de hombros.

―Ambas cosas son compatibles, ¿no crees, maricón? ―la sonrisa de Mustafá fue completa y sincera.

Roberto Sánchez