El abuelo

Mi abuelo se llamaba Blas. Nombre feo donde los haya… Menos mal que conmigo rompieron la tradición familiar de endosar al primer nieto el onomástico del ascendiente mayor por línea paterna. El mío tampoco es que sea para echar cohetes, pero Ernesto resulta más airoso que Blas, que suena a globo lleno de agua reventado en el suelo. Era el único fallo que se le podía achacar. Por lo demás, sabía lo mínimo de sus cosas, algunas pinceladas biográficas que me había referido mi madre. Él no soltaba arra ni de casualidad. No hablaba mucho, no, lo justo para dar una orden o cuenta de un hecho concreto. Según mi madre, en versión de la difunta abuela, perdió el pálpito de la alegría y se volvió seco y taciturno el día en que se le murió en el regazo su hijo de cuatro años cuando retornaban al caserío de la zona de evacuados al finalizar la Guerra Civil. Durante varias jornadas la familia sufrió una odisea a bordo de un carro tirado por bueyes convertido en el ara mortuoria de una inocente víctima de la miseria y de las fiebres de sarampión. Cualquiera se atrevía pues a ponerle un “pero”. Yo al menos no. Si además era su ojito derecho. Mi madre me reveló que le vio verter una lágrima cuando en la pila bautismal me tomó en brazos y repitió conmovido: “Ernesto, Ernesto, como mi otro pequeño. Seré tu Ángel de la Guarda”. Y no baladroneaba. Siempre se cernió sobre mí su sombra alargada, como un intangible, como la luz o el oxígeno, que no vemos ni palpamos pero que nos posibilitan ver y respirar. Y a su cuidado me hallaba cuando protagonicé unos sucesos que me han marcado de por vida. Tenía trece primaveras recién cumplidas. Mis padres se ausentaron una semana. Me aseguraron que iban a la capital para encargarse de una tía solterona convaleciente de una intervención quirúrgica. Fue una mentirijilla. Con el tiempo me enteré de que viajaron a Bilbao con el fin de ingresar a mi madre en una clínica para realizarle unas pruebas médicas. El abuelo y yo nos organizamos fácil. El colegio se ubicaba justo en frente de la residencia en la que trabajaba de jardinero en el pueblo cabeza de comarca. Ambos empezábamos la brega a las nueve. Él finalizaba a las siete de la tarde, yo a las cuatro. Almorzaba en el centro. Debía recogerme a la salida para acompañarme al tren de regreso a la pedanía donde residíamos. En vez de eso, resolvió que cuando terminaran las clases tocara el timbre de la puerta principal de la verja que cerraba la vasta finca que se extendía de punta a punta de la manzana. “Como que te voy a dejar que andes por ahí callejeando con tus compinches. Ya pergeñaré algo. Podrás merendar y hacer los deberes”. Obedecí. Me abrió un gigantón rechoncho, talludo, ataviado con un traje gris, chaqueta de botonadura dorada y gorra de plato. “Ernestín, ¿verdad? Tu abuelo me ha avisado de que vendrías. Soy Matías, el chófer de Doña Covadonga”. Menudo nombrecito que gastaba la susodicha.... ¡Horrible!! ¿Quién sería! ¿La dueña de aquel verjel que se me ofrecía a los sentidos? Seguí al hombre a unos pasos de distancia por un camino amplio y asfaltado. A mi diestra destacaban múltiples espacios ajardinados con composiciones y floresta distintas, escalonados en niveles y separados entre sí por hileras de setos dispuestos en formas geométricas. En el lado opuesto se expandía una campa con el césped recién cortado, tachonada de plantas de muchos tamaños, frutales y arbustos salpicados de flores de todos los colores. Al frente se vislumbraba una arboleda. Ni rastro de la casona. Habríamos recorrido más de trescientos metros y nada indicaba que estuviéramos cerca. En las proximidades de la masa vegetal del fondo la vía se bifurcaba en dos sendas. La de la izquierda conducía a un soto atravesado por numerosos pasillos de grijo. Pude distinguir algunas esculturas de animales y enanitos diseminadas en el herbaje. Continuamos por la otra. Un parterre coronaba los jardines y se prolongaba en un prado rematado por un estanque con decenas de patos y ocas. En ese punto nos topamos con el abuelo. Portaba un cesto repleto de huevos. Nos recibió con gesto amistoso. El señor Matías resoplaba. “Uno ya no está para estos trotes, Blas. Cuánto mejor el trono de la berlina. Arrancar, acelerar, frenar y parar… ¡No hay como ir sentado al volante!”. “Claro… Y a engordar el barrigón”. “Bueno, bueno… A ti tampoco te vendría mal darte algún homenaje de Pascuas a Ramos”. Caminaban charlando animadamente por el sendero. Yo trompicaba a su vera absorto ante aquel espectáculo privado del arte de la floricultura. Cabeceaba con curiosidad para no perderme ningún detalle. No daba abasto a tantas imágenes y emociones. Y el no va más… En una encina dos ardillas saltaban de rama en rama en un surtido de acrobacias increíbles. Me detuve a observarlas. Qué envidia… Quien pudiera ejercitarse como aquellos animalitos tan habilidosos… Me consolé pensando que ellos no podrían montar en bicicleta ni solucionar problemas de matemáticas. De pronto, de una maraña de camelias surgió una mujer. Hubiera jurado que sufría un espejismo. Era bellísima. Esbelta, morena, con ojos verdes y melena caoba caída en bucles. Nunca había tenido ante mí a una señora tan majestuosa. Tendría la edad de mi madre, pero esta lucía una lozanía sobresaliente. Lo que más me llamó la atención fue que vestía pantalones. Creía que esta prenda era exclusiva de los hombres. Paparruchas de niño paleto… La contemplé alelado. Me saludó agitando una mano en alto y se esfumó en la fronda. Desconcertado, busqué con la mirada a Don Matías y a mi abuelo. Atisbé sus siluetas en la distancia. Y aceleré en esa dirección con las ansias y el brío de un perro que se ha quedado rezagado y corre desbocado para alcanzar a su dueño. Me reuní con ellos en los aledaños de unos pabellones que se levantaban en una plataforma empedrada. Albergaban las instalaciones de las cocheras, la lavandería, el almacén de aperos, etc. Qué limpio y en regla estaba todo… “¿Qué? ¡Te gusta nuestro tajo? ¿Chulo, eh? Si quieres, puedes subirte al tractor”. “No la líes Matías. Deja que el chaval coja el resuello”. Sí, si que estaba fundido por mi loca galopada de podenco. Agradecí el capote. Mi abuelo lidiaba las situaciones de lo lindo. Era mi ídolo. Como para no serlo… Sobre todo desde que un mes antes entré en su dormitorio sin llamar a la puerta y lo encontré delante del espejo del armario ropero, de pie, con los calzoncillos a la altura de las rodillas, masturbándose. No se inmutó. En la plata del azogue se estampaba su sonrisa ancha. Sin intercambiar palabra, abochornado, me largué de la estancia. ¡Quién demonios me había mandado allí! Fue una de tantas de esas chambas que cambian nuestra manera de entender la existencia. Reconozco que no atesoraba experiencia alguna en asuntos sexuales. Únicamente contaba con el magisterio de un compañero de curso. “Es sencillo… Mira, tú te acaricias el pito… Y cuando se te pone duro y gordo, lo frotas arriba y abajo… Ya verás que gustirrinín”. En ello estábamos en los váteres del gimnasio un viernes que nos sorprendió el monitor de atletismo. “¡Qué hacéis, guarros! ¡Como os pille!”. Tuvimos reflejos. Guardamos las vergüenzas y salimos disparados al patio para mezclarnos con los demás chicos. Qué diferencia con lo que había sucedido en el cuarto del abuelo. Yo, muerto de sonrojo y con conciencia de culpa; y él, irradiando dicha. Deduje que, si el abuelo, tan beato, recto y trabajador, se despachaba jubilosamente, no debía ser malo eso de darle al manubrio. Nada de quedarse ciego, como recalcaba Don Aureliano cada vez que terciaba en clase de religión. La perspectiva prometía. Lo que me quedaba un para empeñarme en tan placentero ejercicio. Solo por esto merecía la pena vivir. Quizá la gratificación de esta actividad fuera su tabla de salvación, lo que lo motivó a arrear con tantas penurias y descalabros. Lo cierto es que se conservaba magníficamente. Su planta imponía. Destacaban el tupido cabello grisáceo, el rostro atezado, la mirada acerada y el cuerpo espigado. La camisa de cuadros, los bombachos de mahón y las botas de doble suela del atuendo de faena reforzaban su aspecto solemne. Me escudriñaba sereno. “¿Tendrás hambre, no?” “¿Y lo preguntas? Lo tuyo tiene delito, Blas. A su edad engullíamos hasta cantos rodados”. Me acordé del bocadillo de lomo y queso que me había preparado por la mañana y fui a sacarlo de la mochila, pero el abuelo apuntó con el índice hacia una pantalla de pinos enanos. Una muchacha uniformada con indumentaria negra y con cofia y faldar de color blanco me hacía señales. “Vete con ella. Enseguida estoy contigo”. No rechisté. Me despedí de D. Matías y me confié a la suerte. “¡Hola! Soy Mati, la chica para todo en esta grillera. Tu abuelo nos ha comentado la situación. Los hombres son unos inútiles. Milagros, la cocinera, y menda nos haremos cargo de ti”. La criada largaba como una metralleta. Despotricaba de lo humano y lo divino. Progresaba a botes como los gorriones en las aceras. Me fijé en que era zamba y culona. El enorme lazo del delantal rebotaba en sus nalgas a cada saltito. Me cayó simpática. Rodeamos el cercado de coníferas y arribamos a un llano. “Ahí tienes el palacio de los grillos. Grillos, sí. En este manicomio ni el tato está sano”. Por fin, la mansión… Era fastuosa, igual que las de las celebridades que aparecían en las fotografías de las revistas que compraba mi madre. Una escalinata daba acceso a un porche con columnas. El frontal contenía dos hileras de ventanas y una balaustrada de piedra en la banda superior. No pude deleitarme con los detalles porque nos desviamos y acabamos en la parte trasera del edificio reservada al servicio. Me acomodaron en un banco corrido adosado al alicatado en una esquina de la cocina. Y para cuando me desprendí de los bártulos, Mati me plantó en los morros una mesita con ruedas repleta de panecillos, embutidos, dulces y refrescos. “¡Hala! A colmar el buche… Que el mocito no se nos quede renacuajo”. No sé por qué lo diría, si ya pasaba del metro setenta. No me hice de rogar y despaché con apetito los manjares. “¡Vaya como traga el señorito! Se acabó el festín… Hala, a otra cosa mariposa”. Me pasó a una salita contigua. “A ser bueno, y a estudiar”. Me apliqué en Lengua. Repasaba el último párrafo de una redacción sobre el cielo cuando se abrió la puerta. Otra vez ella… El corazón me dio un vuelco. No hay palabras para describir la mezcolanza de sensaciones que me embargaron. La sangre me circulaba por las arterias a la velocidad de la luz. Me radiografiaba risueña desde el umbral. Qué bochorno… No estaba en porretas, pero como si lo estuviese. Me ardía la cara de sonrojo. Apostaría a que es lo que ocurre cuando te parte un rayo. “¿Cómo por aquí un chico tan guapo?”. ¿Qué decir? Las piernas me temblaron. “ ¿Pobrecillo! Te he interrumpido… Seré petarda”. “No, no, ya acababa”. “¿Escribes? A ver, a ver… Se acercó a la mesa. Aprecié en las orejas el roce de sus pechos y la calidez de su vientre terso en la espalda. Me embriagó el aroma de su perfume.” ¡Uy! El cielo es el paraíso de los sueños… Qué idea más original. Estoy de acuerdo. Ese cuento de los ángeles, santos y dioses es una monigotada. Me encogí de hombros. Poco interesaban mis ideas, en ese momento estaba en el cielo. “Bien, bien… Me ha chivado un pajarito que te llamas Ernesto. Perfecto”. No entendía ni papa. ¿Perfecto? No me cuadraba. Suspicacias de niño ignorante… En el Bachillerato aprendí la importancia de llamarse Ernesto. “Yo soy Covadonga”. “Para servirle”. “Preferiría que fuera para disfrutar juntos”. ¿Más aún? Si yo flotaba en la gloria… “Mi querubín, ya nos veremos”. Ensortijo varias veces los dedos con mis rizos, me besó en el cogote y abandonó la pieza. El mono ajustadísimo que la cubría remarcaba el itinerario de unas curvas de vértigo. Relamí las gotas de agua desprendidas de su cabellera mojada y adheridas a mi mejilla. Permanecí en estado hipnótico hasta que me reclamó Mati. “¡Vamos, vamos! Tu abuelo está listo para ahuecar el ala”. Recogí mis enseres y nos fuimos. El abuelo me recibió sin demasiadas contemplaciones. En todo el trayecto del itinerario de los jardines se mantuvo callado. Rompió el silencio en el vagón del tren. “La señora Covadonga tiene un buen concepto de ti. Considera que es un disparate que andes de aquí para allá, pudiendo pernoctar en una de las habitaciones de invitados. Me ha sugerido que te quedes a dormir hasta el viernes. ¿Qué opinas?”. El mohín de tonto de mi rostro fue la respuesta. “No se hable más. Antes de acostarte prepara el petate con algunas mudas y la ropa que precises. Si se te olvida algo, ya lo iré trayendo”. El martes me franqueó la verja Mati. Durante el recorrido al destino, entre trompicón y trompicón, me bombardeó con su verborrea. “¡Ay Ernestito! Tú también a apechugar con los caprichitos de la señora. Está tan aburrida. Será verdad que el dinero no hace la felicidad. Si no, que me lo expliquen. Posee lo que la mayoría no pueden ni imaginar. Eso sí, está más sola que la una. El señor la tiene de florero. No para de viajar por negocios. Aunque para mí hay gato encerrado. Tan viejo, tan poquita cosa, ¿y tanto trasiego? Estoy convencida de que se la da con queso… No me cansaré de pregonar que están como grillos. Y tu abuelo no se libra. Mira que aparcarte aquí y él se va de compras al vivero. Hoy no le ves el mostacho”. El palique de Mati agotaba hasta un burro. Cesó cuando pisábamos el solado de la casona. No hubo variación respecto de lo que hice la víspera hasta la cena. Compartí mesa con Mati, Milagros y otras dos domésticas. ¿Las habrían seleccionado a propósito? ¿Si no ¿cómo justificar que fueran a cada cual más grotesca? Sorbían como aspiradoras la sopa, masticaban las albóndigas gruñendo como los cerdos y zampaban a pares los buñuelos de chocolate. Mati celebró la panzada con una traca de eructos. Me hastiaron con su cháchara. Pero di la talla, y aguanté como un campeón el chaparrón de memeces. Oscurecía cuando me instalé en el dormitorio. Me maravilló. La cama de matrimonio con cabezal de madera labrada, las mesillas a juego, el secreter con encimera de mármol, el silloncito tapizado en terciopelo y y el ropero enchapado con espejos dotaban a la estancia de un aire señorial. El váter me dejó estupefacto. Qué bañera, qué lavabo, qué taza, qué todo… Cualquiera cagaba en aquel trono. Aunque tuve que rendirme cuando me vino el apretón. Y cumplidos los trabajos, me arrellané en la supercama. Meditaba sobre lo fantástico que debía ser saberse millonario y poder abonarse a todos los deseos cuando chascó la cerradura de la puerta. En un pispás tenía sentada junto a mí a la señora Covadonga. “No te has puesto el pijama que te obsequio como regalo de bienvenida”. Ni lo había visto. Lo tapaban unos cojines. Lo desplegó y me lo entalló en los hombros. “Que ni pintado. ¡Venga, póntelo! Mientras me paso por el baño”. Vaya que si me lo puse. Pero no me dio tiempo para abotonar la chaquetilla. La señora Covadonga se plantó delante. Hasta entonces no había reparado en que se cubría nada más que con una bata corta que dejaba entrever un camisón escotado hasta casi el ombligo. “¡Ay mi querubín! Yo te ayudo”…

 

Nicolás Zimarro