Stefan y Lotte (El mundo de ayer)

Stefan está sentado en el pequeño escritorio que colocó unas semanas antes en el porche de la casa. Desde allí puede ver las imponentes puestas de sol en la bahía cercana; a sus pies, al final de la loma sobre la que se levanta el edificio, un estrecho camino desciende hasta la coqueta ciudad de Petrópolis, tan parecida a su amada Salzburgo antes de ser devorada por las bestias, a tantos miles de kilómetros de allí. Bebe a pequeños sorbos de un vaso de agua fresca que su esposa Lotte le ha dejado sobre la mesa. Ella se sienta al lado de la baranda y se acuna en una mecedora sin perder de vista al hombre, pendiente de sus gestos, de sus pausas en la escritura, de su ceño fruncido, de algún apunte de sonrisa. No tarda demasiado en completar la cuartilla con su letra clara y redonda con una leve inclinación hacia la derecha. Escribe con tinta azul, hace mucho que ya no puede hacerlo con su preferida, la de color violeta; en aquel rincón del continente es imposible encontrarla, como tantas otras cosas, en realidad. Levanta los ojos desenfocados, aún perdidos en el texto que acaba de elaborar, en ese mundo de ayer que ha pasado a primer plano en su mente mientras redactaba esas breves líneas, ese mundo que ya no existe y por el que querría llorar. Por unos instantes ha regresado a su hogar en Austria, a aquella casa que consiguió transformar en un museo. Hoy, él es la única pieza que queda del antiguo esplendor.

Intenta una sonrisa que se deforma en una mueca desconsolada cuando tiende el escrito a su esposa para que dé el visto bueno. Ella la recoge con las dos manos, como si él le entregara un cáliz y tuviese miedo de que su sagrado contenido se derramase sobre las tablas del suelo. Stefan le da a leer todo lo que compone, los puntos de vista y sugerencias de ella siempre han conseguido enriquecer sus textos. Hay un par de palabras tachadas, ella se las indica, pero él no tiene intención de escribir de nuevo la carta. Dispone de tiempo, pero no de ganas, ni siquiera de la energía suficiente. Lotte también le señala el encabezamiento, la palabra portuguesa con la que da inicio al texto en alemán que la sigue. «Declaraçao», se sonríen y remedan el acento portugués que tan extraño sigue sonando en sus oídos. En los meses que llevan en el país apenas han logrado aprender unas cuantas frases de cortesía; no han necesitado más, algo sutil en su interior les ha dicho que no sería necesario. El tiempo se agota, la arena cae con rapidez en la ampolla inferior del reloj de sus vidas. Al final, el alemán, el inglés y el francés han sido suficientes; sus únicos amigos son un médico alemán, varios intelectuales franceses y una poetisa chilena con la que también se entienden en francés. El barbero y el propietario del café donde cada mañana Stefan lee la prensa chapurrean un inglés aderezado de palabras en alemán y del idioma local. Cuando cesan las bromas ambos se quedan en silencio, se miran a los ojos y se abrazan, aprietan sus cuerpos uno contra el otro como si desearan fundirse en una única entidad. Permanecen así mucho tiempo, el sol ya se ha ocultado del todo cuando regresan al interior de la casa cogidos de la mano.

Entre los dos preparan una cena frugal, algo de fruta y queso, que apenas tocan. No hablan, el momento se acerca y ya se lo han dicho todo en los días y semanas previos. En esa tibia noche de verano tropical ya no son necesarias las palabras, las justificaciones, los razonamientos. Llevan cuatro años huyendo del salvajismo que comenzó por asolar su patria europea y que ahora ya se extiende por todo el mundo. Las victorias de los bárbaros niegan la existencia de toda esperanza; hace solo una semana Singapur, la joya del imperio británico, ha caído. Dos meses antes esas mismas fieras han destruido la flota americana en el Pacífico. Las bestias nazis, sus acosadores más directos, los que han secuestrado y mancillado el idioma en el que Stefan ha compuesto su obra, los que le han declarado «el intelectual judío más peligroso», a él, un humilde artesano de la palabra que ha preferido no hablar nunca en contra de Alemania para no empeorar la situación de los judíos europeos, ellos, la horda, invernan a las puertas de Moscú. Y ahora, la república sudamericana donde creyó hallar un refugio se revuelve contra él. Muchos, porque es judío; algunos, paradójicamente, porque se declara agnóstico; otros, porque dicen que apoya al dictador Vargas, un dictador que está a punto de sumarse a la cuadriga de los vencedores. No, ya no hay esperanza. El mundo de su lengua ha perecido, Austria ya no existe, y Europa, su patria espiritual, se destruye a sí misma. Él se siente viejo, agotado, carente de ánimo por los años de peregrinación sin un hogar; ella está enferma, la tuberculosis va cerrando el cerco en torno a sus pulmones. Se saben solos y aislados, hablando y pensando en la lengua de los asesinos. Hubo un tiempo en que paseaba por las capitales europeas como por su pequeña Salzburgo; las puertas de los más elegantes salones se abrían para él; la intelectualidad más selecta del continente le tributaba su reconocimiento, aceptaba sin reparos su genio. Hoy es un refugiado sin futuro en un mundo que se ahoga ante el empuje de los fascistas y los ignorantes.

Ambos están de acuerdo en el único camino que pueden ya tomar. Su admirado Montaigne lo dijo siglos antes, «cuanto más voluntaria la muerte, más bella. La vida depende de la voluntad de los otros; la muerte, de la nuestra».

Recogen los platos, los friegan y secan. Despejan la mesa del comedor y en silencio empaquetan los libros que les han prestado algunos de sus escasos amigos. Stefan envuelve su última novela y sujeta un tarjetón con las señas de sus editores en varios países. Quizá la lleguen a publicar en alguno de ellos, aunque no le causa inquietud lo que pueda suceder con el manuscrito; le turba más la idea de no dejarlo bien identificado. Su esposa señala al fox-terrier que gimotea desde su manta en una de las esquinas del cuarto. Sí, escribirá una nota para la casera rogándole que se ocupe del animal, también le pedirá disculpas por las molestias que le van a causar. Es lo justo.

Por fin, se miran, se cogen de la mano y se acomodan en el sofá donde se besan con cariño, con amor, aunque ya sin la pasión de aquel verano en la Costa Azul cuando aún existía su mundo. Stefan se sonríe al recordar el encuentro inesperado con la primera mujer de Stefan, la volcánica Friderike, o no tan inesperado, porque la decisión de abandonarla y unir su destino al de aquella que ahora comparte sus últimas horas ya estaba tomada por entonces. Él afirma con la cabeza, sí, también le ha escrito una carta. La ha enviado esa misma mañana, a Nueva York, donde Friderike se refugió huyendo, como él, del mismo rugir de la guerra y el odio.

Ha llegado la hora, no tiene sentido demorar más el final. Stefan se encierra en el baño durante un rato y se asea con esmero. Se retoca el bigote, se peina, se ajusta la corbata. Cuando sale, Lotte lo está esperando, hay un brillo de tristeza y amargura es los ojos de la mujer, apenas un destello que desaparece detrás de una forzada sonrisa. Él se alegra y enorgullece de su valentía, a pesar de todo no está seguro de que fuese capaz de seguir adelante si su esposa se lo rogara de alguna manera. Entran juntos en el dormitorio donde dos pequeñas camas les aguardan. Primero se irá él. Lo han hablado, discutido incluso. Ha reconocido ante ella su egoísmo, no quiere estar solo cuando exhale el último suspiro, necesita saber que alguien que le ama, la única persona que le ama, estará a su lado y cerrará sus ojos. Y Lotte lo ha entendido y aceptado. Aunque al final ella se arrepienta de seguir su camino y decida continuar viviendo, lo más probable es que no le hagan nada. La dejarán en paz. Sin embargo él no debe convertirse en un trofeo para sus cazadores, no puede permitir que sus anfitriones brasileños terminen por apresarlo y lo entreguen a la Gestapo.

En la mesita ya está preparado el Veronal, la dosis suficiente que le sumirá en un sueño tranquilo. En los bolsillos del pantalón palpa una caja de fósforos y unas monedas que deja sobra la mesita. Antes de recostarse sobre la almohada relee su última carta. Sí, quizá sus amigos vivan para ver el amanecer tras la larga noche. Él está demasiado impaciente y por eso ha decidido partir solo. Esa última palabra le duele, no debería haberla escrito porque Lotte se irá con él; además de egoísta se sabe injusto con la entrega y devoción de su esposa. Ella niega con la cabeza, le acaricia la mejilla y le quita la carta de entre los dedos. Todos verán que no se ha ido solo. No importa. Se besan una vez más y él apura el contenido del vaso. Después se tiende sobre la cama y aguarda el sueño que no tarda en alcanzarle. Ella permanece a su lado, mirándole con ternura, acariciando su frente, sus ojos, sus labios hasta que deja de respirar. Ya está, se dice, y sofoca un sollozo. Sin pensar en la inutilidad de su gesto coge una manta de viaje y la tiende sobre las piernas de él. Mira a su alrededor, desorientada, y sale del cuarto. Apaga las luces del salón y abre el pestillo de la puerta de entrada para que a la mañana siguiente los criados puedan acceder sin problemas. Como antes hizo Stefan, ahora es ella quien se prepara para el viaje. Se maquilla, se peina y después se desnuda para contemplar por última vez ese cuerpo que minado por la enfermedad ya ha perdido parte de su lozanía. Va y viene unas cuantas veces hasta el vestidor, se prueba varias prendas y las descarta arrojándolas al suelo en un gesto que no se hubiese permitido si él viviera. Por fin se decide por el kimono de seda que Stefan le regaló en París, cuando habían iniciado su peregrinación pero aún no sabían que sería una ida sin retorno. En una alacena, oculta detrás de unos frascos, una bolsa de viaje le aguarda. Abre la cremallera y comprueba que no falta nada: una ampolla con morfina y una caja con lo necesario para inyectársela. Regresa al dormitorio y empuja su cama al lado de la de su esposo. Se tumba y se acomoda junto a ese cuerpo que aún conserva algo se su calor. Permanece así, sin pensar en nada más que en la ausencia del hombre que la ha amado, hasta que la tibieza de la piel se evapora en el aire de la madrugada. Le gustaría morir así, no tener que volver a moverse. De sus labios surge una vulgar palabra de queja que jamás se hubiese atrevido a pronunciar delante de él. «Scheiße», dice en voz alta. Y se lleva la mano a la boca como una niña avergonzada. Se levanta y con movimientos expertos y decididos carga la jeringuilla. Después de inyectarse sabe que tendrá poco tiempo antes de que llegue el final, solo espera que haya dulzura en el último sueño. Necesita pensar así, quiere dormirse como lo hacía cada noche antes de que llegaran a aquella ciudad perdida, con su rostro hundido en el hombro de él, sintiendo su brazo debajo del cuello, con los dedos de ambos enlazados sobre el vientre del esposo. Es así como desea que los encuentren. Lo hace con rapidez, hunde la aguja en su pierna y se acomoda junto a Stefan. Antes de perder el sentido nota una lágrima que se desliza por la comisura del ojo, pero ya no sabrá si es de tristeza por la muerte que la atenaza o de alegría porque está a punto de reunirse con su amor. Para siempre.

Roberto Sánchez