Eterna nostalgia de latón y terciopelo

 

- Ha salido bien la prueba de la aleación y el peso de esta moneda;
pero dime si la tienes en tu bolsa. Le respondí:

- Sí; la tengo tan brillante y tan redonda que no cabe duda
sobre su cuño.
 

Canto XIV La divina comedia Dante Alighieri
 

 

 

Vengo de la Meseta en el transporte discrecional hasta el mismo Arrigorriaga. Me descuelgo literalmente por la escalerilla, mochila en hombro, en la misma carretera a un lado del puente sobre el Nervión. Lo cruzo para dar un rodeo por el casco como en día especial. Así, busco una callejuela con una abertura sobre una gran plaza con nombre de Papa. Desde esa pequeña calle y casi en penumbra me obsesiono con un ventanal en una esquina de la plaza que alguna vez estuvo habitado. Hoy el cristal sólo refleja cielo y pavimento pero sin imágenes nuevas de interior, sin movimiento. Cuando las miradas de los transeúntes se hacen indiscretas, las rehuyo caminando hacia la estación del cercanías. La periodicidad me es desconocida pues estoy en un punto del trayecto nuevo; no obstante, espero al tren con fe en que llegará pronto y me dejará en el corazón de la urbe.

Mientras la espera se alarga permanezco sentado ajeno al mundo. Leo un relato de una cosecha pretérita que habla sobre la resurrección del Caudillo: qué charada tan socarrona y qué homenaje a los sugus. Pienso en todo aquello que pudo ser y no fue. A pesar de lo cual ha quedado el flamante magisterio que nos acompaña. El caballo de hierro, sin vapor y sin estertores, emboca el andén. Allí estoy solo como siempre. No, ahora más – el ideario de soledad nos era común; después sólo nos hermanaron más naufragios. Arranca y poco a poco me lleva milagrosamente entre vaguadas y carreteras, naves y construcciones. La macdonalizadas gentes pasean interminablemente por las veredas que rodean el camino de traviesas. El ejercicio como remedio contra los achaques del tiempo, la cabeza llena de nadas y el espíritu exangüe. La charla sobre los últimos acontecimientos ahora conocidos como ecos de sociedad. En otras palabras, el banco de besugos desovando.

Adelante una gran curva que en su fin permite ver San Miguel, sus casas y, a la derecha, el corazón siderúrgico que todavía late pese a crisis, cierres, cambios de nombre y tumultuosas desviaciones financieras. Miro a las grandes naves y los edificios anticuados donde los ratones juegan con papeles y números. La más grande alberga al gran laminador que engulle largas barras al rojo y saca caramelos para el cliente, lo que mantiene vivo el tinglado. El tren en permanente ruido con sus cajas intercambiables y sus operarios tiznados, guarda el comienzo de toda la historia, la que conocemos y nos hace vivir. En estos parajes, antaño, anduvieron White Cloud y Apothecary con sus bocas piorreicas fruto de las muchas palabrotas que soltaban. Siempre con su sonrisa de vencedores, sin saber de qué. También su memoria anda pululando por los rincones como estandartes de victorias pasadas que ya nadie recuerda.

Prosigue su marcha y busca túneles que horaden los montes que rodean la urbe; por taludes imposibles llega al último gran pasadizo. El sonido rebota en las paredes y hace un efecto ensordecedor cuando entra por las ventanas abiertas. Cierro el libro para sentirme libre antes de caminar. Presiento el pasado. El tren deja ir a su carga humana con fluidez. Fuera del refugio de la estación, en la acera me acogen innúmeros paraguas: son lágrimas que brotan en lo alto y humedecen cabello y ropa. Para el común de los mortales simple agua en forma de precipitación. Pero sabemos que en estos dominios respira una ausencia terrible que lo informa todo y se inmiscuye dentro en lo más hondo. No ha de remitir ese sentimiento nuevo y triste. Miro a lo alto y allí está el Broncíneo Caballero, en el medio de la plaza, imposibilitado de guarecerse. Busco su rostro. Alguna vez en el pasado creí haberle visto una indicación, quizá una tímida aquiescencia. La marea de paraguas me abre paso, ¿sabrán por ensalmo a dónde me dirijo?

El Templo está cerrado a cal y canto; lo viene estando desde hace años. Es en realidad el resto de un naufragio, algo que se venía fraguando y nos había contado Edi, aquel camarero de los que ya no quedan ¿o era realmente el Elías de todas aquellas ensoñaciones? Casualmente, veo abierta la puerta derecha, imposible cruzar el acceso giratorio, el que de verdad transforma e imprime carácter a este nuevo sentimiento. Camino y pienso que aquí nacimos a la dicha. La Diosa está ausente: se nota en el olor acre. Ante mi vista, en penumbra, se muestra el altar de nuestras ofrendas, ese que antaño nos acogía. Sin miedo paso mientras acaricio en mi bolsillo el mechero dorado, regalo navideño del almirantazgo. No como ladrón ajeno a las reconvenciones pero sí como uno de los supervivientes del pasado esplendor. A la izquierda veo varios percheros llenos de ropa...

Llego a nuestro esquina, a nuestros sagrados escaños, esos que cambiaron del terciopelo bermejo al multicolor de cuadros en algún momento tiempo ha. Las fotografías en sepia lo atestiguan: hubo tardes que no pasaron en vano y autores que perduran. Ah, Plutarco, que a la luz de los años pasados ya no eres el mismo o, por lo menos, no sorprendes a esta conciencia madura que vivió aquellas veladas que nos prometían profundidad y altura; también la risa estaba presente en nuestros encuentros. Podríamos llamarlo hermandad, lo que remite a tiempos muy pretéritos, que eran los preferidos del almirantazgo.

El ambiente huele a cerrado y la penumbra sólo queda desvelada por los rayos que entran a través de los ventanales. Pero no estoy solo. Hay presencias de aquellas historias que sucedían aquí. El primero en aparecer es Rapidín y su sonrisa es como me la imaginaba: seductora y alegre. Sus mejillas venosas delatan el pago realizado en chiquitos, hoy parece haber ido bien. No habla y se escurre a la calle de atrás donde recluta a sus clientes con verdadera maestría. Debe haber caído en la cuenta de que soy un impostor. Habrá otra ocasión. Después, le toca el turno a Cotidio que despliega la industria delante de mis ojos creyendo ver en mí el remedo de un lord inglés de vacaciones en la Biscay Bay. Mis zapatos no están brillantes así que dejo que los lustre para ganar aceptación ante la galería.

Elías me sirve un café y un anís El mono y, con deferencia, me acerca el platillo que quiere ser cenicero para que fume. Cada vez hay más luz y el olor acre ha cambiado por un perfume mezcla de humo, café y colonia de siempre. Busco el mechero dorado en mi bolsillo, la petaca está sobre la mesa – antes no estaba. Lío un cigarrillo y lo enciendo con parsimonia, deleite y reverberaciones en mi cabeza. El humo sube lenta y rítmicamente, sin prisa. Adivino a sentir todo lo que esto significa aunque sea un impostor. Una liturgia en la que la soledad se acrecienta y sale al aire y al sol; un deleite secreto para estar en paz con uno mismo. Acaricio el escaño de terciopelo con mi mano libre, la izquierda, y siento la seguridad del refugio. Los comerciantes de Unamuno no han llegado y jamás llegarán; ay, si sólo pudiera hablar una hora con él, lo demás nada importaría. Hablar y que me escuchara, claro.

La música de Rapidín se cuela por los cristales; ya debe estar borrando los filos a los útiles de algún incauto. La lotera me mira desde su esquina sonriendo y le devuelvo la mirada mientras el botones sale veloz a realizar algún mandado. Temo el momento. Doña Carmen se dejará caer por aquí. Lo espero y hago como que nada sé del pasado ni del futuro, de augurios y tristezas. Esa ausencia despiadada me vuelve tomar como un fantasma que se hace fuerte en una mansión. Para ello hemos venido a este mundo: no sólo para vivir, también para morir, y hasta en eso nos has mostrado el camino. Como bien dice el himno :

Non eripit mortalia,
qui regna dat caelestia.

El tiempo ha desaparecido, fabrico otro cigarrillo con un pellizco de vello de mujer. Mientras lo enciendo miro a las columnas de fundición acabadas en gris verdoso. El deleite de este humo revive en mí los recuerdos, el Café hace de eremitorio para mis fugaces divagaciones con fondo tranquilo.

De pronto, ella aparece por la puerta giratoria dando un nuevo giro al tiempo, arrumbándolo al ayer. Bella y con donaire, me ofrece cigarrillos prefabricados creyéndome otro. Ella vive en el pasado mientras que llevo todo aquí dentro. Algo me dice que sospecha, que intuye lo que ocurrirá. Tomo el maletín de cuero, la petaca... y salgo por la puerta giratoria: no podría aguantar ver ese momento en sus ojos.

 

El maestresala