Paraguas

No sé si será cierto (me inclino a pensar que sí) que fueron los antiguos griegos los que inventaron los bancos, los de sentarse quiero decir, ese ingenio que hoy incluimos en el grupo del mobiliario urbano y que el diccionario de la Real Academia define como «asiento, con respaldo o sin él, en que pueden sentarse dos o más personas». En su diseño original era más o menos como los conocemos hoy y su función, similar. La polis, el ayuntamiento hoy, pagaban de sus presupuestos estos elementos que ubicaban en zonas y lugares específicos desde donde se podían contemplar vistas más o menos espectaculares del mar, las puestas de sol, los amaneceres o las montañas. Acaso tan solo aportaran el deleite de ver mecerse las hojas de unos olivos y unas cuantas cabras triscando. Imagino que ya entonces, en esos bancos se sentaban damas, quizá solo hetairas, que protegían su piel del sol con unos artilugios que algún viajero trajo del lejano Oriente. Como corresponde a toda buena sociedad esclavista, eran unos oportunos y bien entrenados ilotas los que portaban estos parasoles con el objeto de que sus dueñas no vieran mancillada la blancura de su tez.

Como casi todo lo bueno, el parasol pasó de Grecia a Roma. Cuentan que el Imperio Romano cayó (el genial Philip K. Dick aseguraba que seguíamos viviendo en él y que nuestro mundo no era más que una ilusión), pero el quitasol sobrevivió en manos de las matronas de la ciudad. Por entonces el nombre latino original de umbrella se había deformado hasta algo así como umbraculum, de resonancias más oscuras, como corresponde a un tiempo donde cualquier bárbaro godo o de otra etnia igual de zafia podía rebanarte el cuello por un no me toques las barbas. Hasta el Renacimiento no se recuperó el uso de este utensilio, ni el de otros muchos conocimientos y saberes de la época clásica. La italiana Catalina de Médicis lo introdujo en París y de ahí, como ha sucedido siempre con la moda, se fue extendiendo a Europa. Poco a poco se amplió el doble uso del quitasol como sombrilla y paraguas propiamente dicho. Es curioso que en los idiomas latinos se dé esta dicotomía: paraguas, paraugas, parapluie, paraigua, guarda-chuva en castellano, gallego, francés, catalán y portugués respectivamente; o bien umbrella, ombrello, ombrello, umbrela, ομπρέλα (ompréla) en inglés, italiano, corso, rumano y griego. Unos, la lluvia. Otros, el sol. Y siempre el mismo artefacto, en esencia igual al que podía usar la buena de Aspasia cuando el valiente Pericles andaba por ahí defendiendo la polis ateniense.

Y así, con el transcurrir de los siglos, llegamos a Teruel, una tarde a mediados de agosto de un año reciente, a una tormenta de verano que barre las calles con su furia un tanto reblandecida por los calores agosteños. Una pareja, recién alojada en la ciudad, se asoma impaciente a la ventana de la habitación de su coqueto hotel. No para de llover y ellos quieren partir ya, ya mismo, de inmediato, sin perder un segundo, hacia el casco histórico (se han alojado en la ciudad nueva, es lo que su menguado poder adquisitivo les ha permitido. París, no. Teruel centre, tampoco. Así son las cosas). Por fin, ya casi sin uñas, se deciden a afrontar las inclemencias del tiempo, animados sobre todo por la visión de una tienda de chinos al otro lado de la calle, justo enfrente del hotel. Una rápida carrera y se plantan en la puerta del almacén oriental. El hombre encuentra un paraguas apropiado, de cúpula transparente para no perderse la vista, entre otras atracciones locales, del Torico turolense. Y lo hace en menos de un minuto. Ocho euros. Magnífica compra. Ella no lo tiene tan claro, solo con un paraguas se van a mojar. Mejor si además compran un par de chubasqueros, apenas cuestan un euro, total… Así es, y no se trata de dinero, es el color. Hay tantos… Y no todos conjuntan con sus prendas. El hombre hace ver a su pareja que el impermeable les va a tapar por completo y que aparte de los zapatos poco más se va a ver. Pues eso, lo que yo decía, proclama ella. Así que, minutos antes de que la china que gestiona el local baje la persiana (adónde vamos a parar, unos chinos que cierran a las 9 P.M., la civilización occidental se va al garete), la mujer decide por fin que el modelo con capucha es el óptimo, y que los colores azul y rosa son los apropiados para él y ella, y en ese orden de correspondencia. Antes de abandonar el local, y haciendo caso omiso del enfado de la china, la pareja se enfunda sus chubasqueros y se lanza a la atardecida dispuesta a todo. A pesar del viento racheado y la lluvia incesante, en pocos minutos alcanzan el Viaducto Viejo y penetran en la ciudad, envuelta en una neblina fantasmal que la hace levitar sobre la barranca que la rodea. Las luminarias amarillas ahuyentan la oscuridad acuosa que ya se cierne sobre las calles, el asfalto se ha transformado en un espejo que deforma las azoteas que en él se reflejan, las cornisas amainan el capricho de la naturaleza. Google Maps les dirige con indicaciones precisas, su objetivo no se halla lejos. Llegan casi de improviso a la plaza del Torico. Allá arriba, sobre una elevada columna de fuste estriado, comprueban que el diminutivo resulta apropiado para la figurilla engreída que se enseñorea sobre el lugar. Es un toro pequeño de mierda, se ríen, y corren hacia un lateral de la plaza. Ya casi han llegado. Saben que habrán de esperar al día siguiente, pero su primer tributo han de rendirlo a los amantes, los Amantes de Teruel. El mausoleo está cerrado, pero en la plazuela donde se ubica hay una estatua de los enamorados, la cabeza de ella inclinada sobre el hombro de él, ambos con sus manos sujetas en un gesto de entrega y confianza mutuas. Es lo que ellos hacen, imitan la posición, y con las capuchas de los impermeables subidas, protegidos bajo el paraguas de techo transparente, se hacen varios selfies hasta dar con el gesto y expresión apropiados. Bendita lluvia que les ha permitido estar solos en aquel momento y lugar tan trascendentes para ellos.

Enfrente de la estatua, el ayuntamiento de Teruel ha colocado un banco de ladrillo que trata de imitar el estilo mudéjar de las principales construcciones de la ciudad. El banco está mojado, así que la decisión de comprar los chubasqueros ha sido acertada. Allí se sientan, ella con su impermeable rosa, él con el suyo azul. Bajo el paraguas, ambos se miran a los ojos y se prometen un amor eterno. Y lo hacen sin saber que, acaso, Pericles y Aspasia hicieron algo parecido, sentados en un banco allá en la lejana Atenas, contemplando el Mediterráneo, recogidos bajo un ομπρέλα.

Roberto Sánchez