La espada de san Pablo

Cuenta Plutarco que antes de la concepción de Alejandro Magno, el vientre de su madre recibió un rayo que dio lugar a un profuso fuego. Lo cual sumado a su doble ascendencia divina – tanto paterna como materna – de Hércules y Aquiles, hacen del estratega un emblema que, como sabemos, dio cumplida satisfacción a las expectativas que había creado en la Macedonia de la era precristiana. No obstante su destreza y poderío físicos, y su genio batallador, era un hombre de escasa estatura, lo que contrasta con la grandeza de las páginas que escribió para la Historia.

Después de él vinieron otros cortados por el mismo patrón: valientes estrategas que afianzaron su poder en el campo de batalla sin que su talla física hiciera palidecer sus logros. Sin ir muy lejos en el tiempo, tenemos a Napoleón, del cual dicen insultaba y agredía a sus generales y se ganó por dos veces el destierro por fiascos militares como el de Waterloo. Tomó la corona de manos de Pío VII y delante de su pueblo se autoproclamó emperador de Francia y casi de Europa entera. Lo pararon los rusos y el invierno.

En tierras germanas les apareció un hombre de bigotito negro con cara de malas pulgas y de nombre Adolfo que, según sabemos, trató de hacerse militarmente con Europa entera en un sueño realmente imperial. Su pulso a las naciones no tuvo éxito, afortunadamente. También lo pararon los rusos y el invierno.

Unos pocos años antes y ya en suelo patrio, tuvimos también un estratega reconocido que cargó con el apelativo de Generalísimo de todos los ejércitos. Dicen que se abrazó en Hendaya a su amigo Adolfo. Se cuenta que incluso que eran amigos. Lo que sí tenemos claro es que una no desdeñable parte del gran ejército alemán visitó suelo español en un intento de marcar la diferencia estratégica en la cruenta batalla civil. El resto de la Historia ya la sabemos puesto que duró casi cuarenta años : sólo tenía que haber fallecido en algún momento del año 1976 para que la machada quedase redonda. Nuestro estratega patrio tuvo éxito y murió en la cama, lejos del campo de batalla.

Estamos en los primeros setenta con el Caudillo despachando en el Pardo. Hay estandartes e imágenes de la victoria cubriendo la desnudez de su pequeña sala de audiencias. La mesa de caoba, inmensa, está casi vacía salvo uno o dos montoncitos de papeles que habrán de ser resoluciones pendientes de firmar; el conjunto de escritorio y unas gafas de cerca lo completan. Está ataviado con un uniforme verde pardo impecable, adornado sobriamente de condecoraciones y rematado en el pecho por la laureada de San Fernando; corbata negra, camisa blanca y fajín colorado rematan su elegante aspecto de militar de alto rango. Llaman a la puerta y aparece un hombre joven con el pelo rasurado y con una sonrisa bien natural; atuendo militar pulcrísimo con la gorra en el antebrazo.

– Es don Juan Carlos, príncipe de Asturias... – recita el ordenanza.

– Sí, le he mandado llamar; dígale que entre – bisbisea monocorde el General.

– Buen día, Caudillo – cordial con sonrisa radiante.

– Buenos días, donjuancarlos. ¿Alguna novedad? – inquiere el anciano estratega.

– He llamado al rey Saudí para asegurar el suministro de petroleo...

– ¿Y bien? Se avecina una crisis y nuestro país tiene una pertinaz dependencia de combustible: nuestras carreteras y nuestra industria dependen de ello.

– Me han asegurado que España como nación amiga que es no tendrá problemas. Vamos que gracias a mi intercesión no habrá ninguna discontinuidad en el suministro.

– Muy bien, donjuancarlos, eso hará bien a la unidad de España. Todo seguirá como hasta ahora – sentenció el Generalísimo profundamente agradecido. La Providencia nos sigue protegiendo. Esa es mi convicción... en la guerra siempre llevaba conmigo el brazo de la santa... y la victoria fue nuestra. Como confidencia voy a contarte algo íntimo... que creo me ha protegido todos estos años.

– Descuide, Caudillo, guardo celosamente todas las confidencias que me ha hecho usted estos años – aseguró el futuro rey con creíble seriedad.

– Al principio de la Cruzada, cayó en mis oídos que había una reliquia escondida en un monasterio de Toledo. Por mi querencia enseguida me hice con los contactos y la información.

– ¿Un miembro de otro santo, quizá? – inquirió el visitante.

– No... esta vez era más serio; nada más y nada menos que la espada con la que Nerón degolló al apóstol san Pablo. La sangre me lo pedía. Los nervios por la resistencia de las hordas rojas no me dejaban dormir, medio país había escapado a nuestro control – revivía el Generalísimo con una voz quebrada por memorias de antaño. Los generales me habían asegurado que sería una victoria relámpago y para nada se cumplió el vaticinio.

– ¿Ya estaba en el cuartel general de Salamanca, supongo? – el monarca apostilló con conocimiento de causa.

– Sí, habíamos organizado todo el estado mayor en la plaza de San Benito. Estaban allí también los mandos italianos que nos socorrían en la Cruzada. Mientras en Toledo se habían hecho fuertes varios batallones rojos y nuestro acceso a la ciudad era complicado. En el convento, concretamente el de las Jerónimas de San Pablo, había estado la espada durante casi un siglo. Al parecer, un tal Juan Mora, demandadero del convento, había arrojado la reliquia al pozo para que el enemigo no se hiciera con ella – seguía narrando el anciano de forma pausada y monocorde.

– ¿Era cierto el paradero de la espada, entonces? – interrogaba el interlocutor del militar.

– Tomamos Toledo, donjuancarlos, pero tarde, el tal Mora había sido ejecutado por el enemigo en una de sus encarnizadas represalias... – seguía la salmodia del Caudillo. Se había llevado el secreto a la tumba pues en el pozo del convento no había ni rastro del alfange. Un equipo de mi confianza estuvo trabajando en la posguerra para localizar la reliquia; aunque suene descabellado, llegaron a poner un anuncio en El Alcázar para recabar información. Estábamos perdidos y las autoridades eclesiásticas no sabían nada. Así que lo di por bueno con tal de hacerme con el preciado talismán...

– Entonces, ¿hubo éxito, Caudillo?

    El sol estaba en el cenit y, aunque no hacía excesivo calor en la estancia, el Caudillo estaba un poco fatigado. Llamó a un timbre para que la trajeran un vino dulce y unos bizcochos que le obsequiaban desde un convento de Ávila cada semana. El visitante acompañó amablemente en el ágape sin hacerle ascos al vinillo que moderadamente fresquito entraba solo. Recuperado el resuello y la presencia de ánimo, el Generalísimo continuó su narración a un intrigado Príncipe.

    – La espada había llegado a Toledo, según detallan varios libros antiguos, en el siglo XIV, donada por el cardenal Gil de Albornoz, que la habría recibido de manos del papa Urbano V, en agradecimiento por los múltiples servicios prestados a Roma. El sumo pontífice – el Caudillo se ponía esotérico por momentos – premiaba así a uno de los más fieles colaboradores de la Iglesia católica, y artífice de la recuperación de Roma como sede del papado, con una preciada reliquia.

    – Pero no se podía evaporar salvo que cayera en manos de desaprensivos que la quisieran vender... – apostrofó el futuro monarca con cara de sorpresa.

    – Dimos con ella, sí, donjuancarlos. Reactivamos la búsqueda hace unos años y resultó que la espada estaba escondida en un arcón de un edificio de la diócesis de Toledo. Pese a las habladurías de que no era la auténtica espada, la tengo en un cofre en mi alcoba y presiento que cada vez que la empuño, me da fuerzas para continuar. La mente se clarifica y soy otro – sorprendió el Caudillo al joven sucesor. Cuando iba a las cacerías la llevaba en el maletero del coche oficial y sentía que me traía fortuna y mucha puntería.

    – Me reconforta que fuesen fructuosa la búsqueda y que ahora esté a buen recaudo.

      La audiencia se había alargado y el Caudillo tenía que recibir al Estado Mayor del ejército como cada semana. Requirió a don Juan Carlos si tenía algo más que comentar.

      – Bueno, referente al asunto de los árabes, me han ofrecido... unos céntimos de nada por cada barril de petroleo que importemos. No sé si es una propuesta temeraria, Caudillo – dijo con repentina timidez.

      – Soberbio, donjuancarlos, soberbio; yo voy servido y a usted le vendrá bien para su pecunio personal que, según me ha contado alguna vez, anda falto algunas veces de liquidez – sentenció con una sonrisa franca.

      – Muy agradecido, Caudillo. Dios se lo pague por muchos años – agradeció el Príncipe

      – No hay de qué... Ah, se me olvidada. Ayer hablé con Buffalo Bill y acordamos que aunque yo falte, Rota y Torrejón son intocables... ¿Lo comprende, donjuancarlos?

      – Así se hará, Caudillo, así se hará.

      El maestresala