La dama

Tengo el pene curvado y no engatillo la cueva como debería. Los médicos lo consideran una impotencia fisiológica y recomiendan acudir a quirófano. A mis cuarenta y cinco no me convencen sus argumentos y les explico que cada minga tiene sus particularidades que se enrasan ante un buen estimulo, como por ejemplo, les preciso, aquella dama que conocí durante una fiesta navideña. Son médicos y por tanto prepotentes y no suelen preguntar, se limitan a escuchar con gesto de fastidio y a recetar no sé qué pastillas que regular el flujo de no sé qué vena y a sugerirme que acuda al hospital y engorde las listas de espera de las operaciones miembro-genitales. Y ya no vuelvo ni a uno ni a otro.

Pero a mi edad y en este país de costumbres sentimentales anquilosadas las oportunidades de apuntalar mi teoría son pocas y realizadas con materiales de baja calidad así que tras los escombros vuelvo al galeno y otra vez la burra al trigo.

Sin embargo la pasada primavera acerté con un matasanos con tiempo libre y ganas de escuchar que se atrevió a preguntar, “¿de qué dama se trata?, o pudiera ser “¿cómo fue lo de esa dama?”, en todo caso le largué la historia en su versión completa y esperé su veredicto. Me dio la razón y acalló mi expediente con un “…hábil para la penetración. No precisa tratamiento a parte del propio de una vida sexual sana y fecunda”. Será un espejismo o una aclimatación intelectual con ramificaciones en los trabajos propios de la ingle, no sé, pero lo cierto es que a partir de entonces mi pija boomerang y atiborrada de orgullo empezó a hallar el ángulo y la fuerza para llegar a las lámparas de los genios más desastrados y peor compuestos. Desde ese mágico día siempre se le ofrecían los tres deseos.

Aquí podría terminar esta absurda historia pero imagino que en ese caso estaría perpetrando una falta de consideración hacia mi público al que me debo (aunque acaso sea lo contrario y no os atrevéis a revelármelo), así que ahí va.

Los amigos del colegio son distintos a los de otras categorías. Han sido testigos de tu vida primera en situaciones extremas y por tanto saben de las minusvalías de tu carácter y de tus espinillas intelectuales, llenas de pus y puntos negros. Laza había alcanzado las pantallas más avanzadas de ese juego y sabia de mis necesidades sentimentales, de mi apocamiento hembril y de mi falta de escrúpulos ante el disgusto del prójimo o la prójima.

Frecuentábamos un bar tan sucio como barato. Trasegábamos tercios de Mahou hasta la hora del cierre o la ausencia de liquidez, más probable esta última que el primero. Mi trabajo entonces no pasaba de reponedor reserva del Mercadona, sueldo escaso y padres austeros. Futbol, coches y tías colmaban nuestros deseos y conversaciones. Laza alto, enjuto y tan habilidoso como gandul trabajaba como camarero haciendo sustituciones o cubriendo bajas de los titulares. “Oye Fede me han llamado para trabajar sirviendo canapés en un coctel de esos navideños, lleno de gente guapa y conocidillos de la cosa. Creo que te podría pasar…y a ponerte morado a jamón y fuagrás y hasta puede que ligues y todo, ¿te hace?”. “Seguro que hay gorilas en la entrada y me pillan, déjate Laza que seguro que acabo apalizado como la última vez, con el hijoputa aquel de la discoteca...”, “que no Fede, que esto es muy fino, gente VIP y no pueden permitirse semejante espectáculo. Tú espérame en la puerta del Hotel Fortuna a las ocho. ¡Y ponte guapo, atontao!”.

No tenía dinero ni otra cosa mejor que hacer así que me enguanté los pantalones de pinzas, la camisa negra estilo Raphael y el barbour de imitación. Así de endomingado me acodé en una barandilla en frente de la puerta principal del Fortuna. Casi una hora después asomó Laza por entre los ujieres de la puerta y me hizo una seña. Me desperecé y acudí a su envite con desgana. Me introdujo por cocinas y me depositó aseadamente en el salón principal repleto a esa hora de lentejuelas y pajaritas bailando al son de una orquesta cugatiana.

Todo allí destilaba afectación, demasiada para ser cierto. Observé con detenimiento y concluí que la mayor parte de los festejantes no pertenecían a las elites sino más bien a los correveidiles de aquellas. En todo caso mi estado no era ninguno de los dos y, si existiera, ocuparía los últimos lugares del escalafón.

Con tanta gente la caza de la especie de camarerus canapensis se convirtió en deporte de moda. Cobré varias piezas de muy diferente catadura, un paté de difícil catalogación, un trozo de lo que parecía un pescado ahumado y la típica banderilla de huevo con mayonesa y gamba raquítica coronándolo. Ya con la tripa acomodada me lancé a por los porteadores de vidrios y me espabilé vinos de todos los colores y burbujas, cocteles coloristas y dulzones y hasta una copa de coñac barato que encontré despistada en una mesa con jarrón y girasoles.

Era el momento. Arropado por la euforia etílica me lancé a por la rubia más aparente de lo que alcanzaba a otear. “Creo que te conozco, ¿no nos hemos visto en la premier de La Comunidad?”. Improvisé. “Ya sabes la peli de Alex”. Precisé. La sorprendí no más que ella a mí. “Y tu bonito ¿en qué bar trabajas?”. Tras unos segundos de desconcierto ante su mirada de algo superior al desprecio me disponía a decirle que con un no hubiera bastado pero ya se deslizaba hacia otros –supuse- espacios menos contaminados. Aproveché para observarla con más calma y confirmé mi primera impresión, estaba muy buena. Rubia teñida con media melena, boca cínica y carmesí, rímel ligero y sombra en tonos melocotón. Calzaba una nariz respingona e irónica, un lunar impostado a lo Marilyn, vestido ajustado que le rendía honores a una cintura realmente estrecha y a unas caderas cercanas a la rotundidad. El vestido largo no me dejó apreciar las piernas pero, ya estimulado, las imaginé torneadas, blancas y suaves. Y de todo esto ella era plena y rabiosamente consciente.

La noche iba quemando etapas previsibles con más pena que gloria y la acumulación de líquidos espirituosos me obligó a acudir al excusado, según supe luego el único de un local que había abusado de la venta de invitaciones. Allí, en la puerta de los toilettes una imagen tradicional, el urinario de caballeros libre y expedito, el de las mujeres repleto y con una cola de herradura. Franqueé la puerta con necesidad y ¡sapristi! allí la vi de nuevo intentando ocupar uno de los retretes con puerta. No dudé, se lo impedí con un movimiento rápido y sutil –sorprendente en ese entorno y estado- apoderándome de la zona de acceso. “Disculpe, pero creo que se ha equivocado, está usted en el servicio de caballeros y francamente usted no me lo parece”. La rubia se dolió, dudó, balbuceó algunas excusas ramplonas y yo me hice fuerte. ”Si no abandona este recinto prohibido para usted, me veré obligado a llamar a los de seguridad”. Se derrumbó. “Perdóname pero es que no puedo aguantar y la cola en el servicio de mujeres es eterna. ¿No podrías…?” Rogó melosa. Construí el semblante más digno que supe y tras dudar un instante, me doblé. “Bueno quizá si pueda hacer la vista gorda pero tendré que entrar con usted para comprobar que todo va conforme al reglamento”. Fingí y ella lo entendió y tras un leve movimiento vibratorio descansando su peso alternativamente en cada pie, me invitó a pasar cosa que hice raudo y solicito.

Soy un caballero y no voy a entrar en los detalles tan solo mencionaré que me sorprendió que no llevara bragas. Cuánto daño ha hecho Sharon Stone a las damas de rastrillo.

 

Joseba Molinero