Inmutabilis

El circuito neumático del vehículo señaló con un siseo cansino el cierre de las puertas. María le atizó un codazo en las costillas a Luis, mientras, con la cabeza, señalaba hacia la zona delantera del autobús. Luis, sobresaltado, salió de su modorra y contempló atónito el gesto de su señora. No atinaba a comprender lo que sucedía. Enarcó sus cejas en un gesto de sorpresa y después tradujo su incomprensión con un encogimiento de hombros. María aproximó su boca a la oreja de su marido y le susurró algo.
—Coño, María, ¿qué te pasa? Habla más alto.
—Mira, mira al que se acaba de subir —insistió la mujer.
—¿Qué? ¿Qué quieres que le mire?
—Fíjate en cómo está mirando al conductor, Luis, si parece que va a morderle.
Luis observó unos instantes el rostro del hombre al que su mujer se refería. La verdad, le pareció una persona completamente normal, aunque era cierto que parpadeaba muy rápido. Pero a parte de eso… Luis comenzó a adormecerse otra vez acunado por el balanceo del autobús y el monótono ronronear del motor. Las conversaciones se fueron alejando poco a poco y en unos segundos la voz de María se transformó en un canturreo monocorde. Otro codazo en el mismo sitio y Luis hubo de regresar al bochornoso interior del autobús.
—Jolín, Luis, no me haces ni caso cuando te estoy hablando.
—Pero, ¿qué es lo que quieres ahora?
—El tío ese, que va a armar bronca. Estoy segura de ello.
—Joder, María, pero, ¿qué ha hecho? —gruñó Luis recostando la cabeza sobre la ventanilla y disponiéndose a continuar con su agradable siesta.
El grito del hombre le despertó una fracción de segundo antes de que las cinco uñas de la mano izquierda de María se le clavaran en el brazo, y de que con la derecha pareciera querer espantar un enjambre de abejas de delante de su cara. El tipo sospechoso se asía a la barra de metal como si quisiera arrancarla a la vez que increpaba al conductor del autobús.
—Coño, pero ¿qué le pasa al tío ese? —preguntó Luis medio adormilado aún y a nadie en concreto.
—Ya te lo dije yo, Luis, ya te lo dije. Un psicópata, es un psicópata.
—Calla, mujer, no digas bobadas.
—Sí, sí, bobadas, ya verás, ya… —finalizó con tono misterioso María.
—Pero, ¿qué ha pasado? —insistió Luis.
—Claro… Tú a dormir. No me haces ni puñetero caso, y ahora a preguntar —se quejó María, ofendida.
Luis la miró con gesto displicente, decidido a no insistir porque, en el fondo, le daba lo mismo lo que le pasara a aquel individuo. Además estaba seguro de que se lo terminaría contando, como hacía siempre con todo.
—Que dice el tío ese que se quiere bajar y el conductor le ha contestado que sólo puede detenerse en las paradas señaladas… Y mira cómo se ha puesto.
—Ya, sí que grita, sí. Es un poco molesto…
—Pero, ¿le estás oyendo?
—Que le va a rajar. No sé, un poco gallo, ¿no?
—Jolín, Luis. Tú, es que no te inmutas por nada —lloriqueó María mientras le daba una palmada en el brazo a su marido.
—Mujer, ¿cómo le va a rajar…? Hostias, María, que ha sacado una navaja…
Con los ojos muy abiertos, Luis y María vieron como el hombre, que no dejaba de gritar, acercaba la punta de la navaja al cuello del conductor. Después de unos cuantos gritos sofocados, entre el pasaje se extendió un silencio oscuro y espeso. Inmóviles como estatuas, todos atendían hipnotizados a la escena que se proyectaba sobre el parabrisas del autobús.
—¿Tú crees que…? —María no tuvo tiempo de acabar su pregunta. El hombre movió la mano armada hacia el cuello del chófer, el autobús dio un bandazo y la punta de la navaja pinchó la piel del amenazado. Éste soltó el volante y empujó a su agresor en un intento de defenderse. El autobús emprendió en ese momento una alocada carrera por el terraplén que avanzaba paralelo a la calzada.
Cuando un oportuno árbol se interpuso en el descenso del vehículo —deteniéndolo con la consiguiente brusquedad—, María abrió los ojos, que hasta entonces había mantenido apretados por el pánico, y se abrazó llorando a su marido. —Bueno, mujer, no pasa nada. ¿Estás bien? —intentó tranquilizarla Luis.
—No me abandones, Luisito, no te mueras —gimió María.
—Quita, coño, no seas simple —se irritó el marido, apartándola—. ¿No ves que no me ha pasado nada?
En la parte delantera del autobús era ahora el conductor el que gritaba fuera de sí mientras molía a patadas al de la navaja.
—Jolín, Luis, lo va a matar…
—Sí, sí que está de mala hostia, pero no me extraña…
—Tendríamos que hacer algo, ¿no? —insistió la mujer.
—Pues sí, mujer, porque vamos a llegar tarde.

Roberto Sánchez