El pecado de Acteón

Me estoy volviendo malo, malo como la mujer de la fotografía que vi hace poco en la clase particular de Don Agapito. Me estoy volviendo malo, y Verónica ya no me querrá más.
Nunca he tenido muy claro si mis padres quieren que me convierta en un chaval brillante, de provecho y con buenas notas, como mi hermano José Antonio o simplemente piensan que soy un poco retardado y que necesito un poquito de ayuda complementaria. El caso es que cada día, de lunes a viernes, me tengo que quedar en el colegio una hora extra cuando toca la sirena de salida. La ‘particular’, la llamamos. Don Agapito es el encargado de la particular, tiene sesenta y cuatro años, como el abuelo Julián, pero está más cascado. Eso dice José Antonio. Está calvo, Don Agapito, y la calva la tiene llena de motas marrones, igual que las manos. La verdad es que dan un poco de asco, es como si tuviera trocitos de caca pegados a la piel. Siempre viste traje gris. Félix dice que siempre es el mismo y que no lo lava nunca, y debe tener razón porque huele como el cajón de serrín del gato. Don Agapito –nosotros le llamamos Donaga- tiene muy mala leche. Félix dice que tiene mala hostia, pero hostia no se puede decir, que es pecado, así que eso, que tiene mala leche. Un día que nos puso examen pilló a Pepín copiando. Le llamó desde su mesa con voz de muerto, venga usted aquí Angulo, mirándole por encima de las gafas. Esto ya por sí mismo era mala señal. Con un gesto le indicó que se quedara a su lado y él continuó leyendo unos papeles. Durante casi cinco minutos le tuvo allí de pie, de cara a la clase. Estábamos más pendientes de ellos dos que del examen. De repente Donaga soltó la mano y le dio un bofetón tan tremendo que Angulo salió disparado contra la pizarra y sus gafas acabaron encima del pupitre de la primera fila. Aún sin mirarle, Donaga dijo, ahora vuelva a su sitio Angulo y otra vez, cuando venga a hacerme visitas de este tipo, quítese antes las gafas.
Donaga suele dedicar la particular a ilustrarnos, así dice él, sobre la Cruzada. Con mayúscula, insiste. Cada día nos cuenta una historia sobre la Cruzada. Una quiere decir una, porque siempre nos cuenta la misma. “Yo estuve allí”, siempre la inicia así, con mucha prosopopeya. Lo de la prosopopeya lo dice Félix, pero no sé muy bien qué significa esa palabra. Así que la tarde en que empecé a volverme malo Donaga nos estaba contando la historia del asedio al Alcázar de Toledo y lo buenos que eran los defensores y lo malos que eran los rojos. Los rojos estaban fuera y querían entrar en el Alcázar. Nunca nos explica por qué unos querían entrar y los otros se oponían, pero el caso es que cuando un rojo trataba de entrar, nos contaba, le limpiábamos el forro, gritaba entonces triunfal dando un manotazo sobre la mesa. La primera vez que nos habló del Asedio, otra vez con mayúscula, le relaté entusiasmado la historia a mi padre porque me parecía como las del Capitán Trueno. Papá me miró un poco como suele hacerlo cuando me va a echar la bronca, y dijo que el maestro era un hijo de puta. Como lo dijo él, yo puedo repetirlo sin que sea pecado, eso dice Félix, y no se lo tendré que contar a Don Damián cuando vaya a confesarme. Mamá trató de calmarle diciéndole que alguien podía oírle, y que yo sólo tenía once años y que no entendía de esas cosas. No sé a qué cosas se refería mamá, pero papá se levantó de la mesa y se fue a la cama mientras refunfuñaba y me volvía a mirar de mala manera. Él se cree que no le escuché, pero yo sé que le dijo a mamá que este niño parece gilipollas. Este niño era yo, claro. A papá sólo le cae bien José Antonio. Papá se llama Julián, como el abuelo, y es camionero. Félix dice que todos los camioneros son unos animales. No sé los otros, pero mi padre sí que lo es. Una vez tuvo que ir a hablar con Doña Conchita, la de matemáticas. Nosotros la llamamos la mamut, porque es alta y gorda, y tiene pelo en los brazos y en las mejillas. Cuando entramos en la sala de profesores y se la señalé el dijo, joder eso qué es, una maestra o un antirrobo. Yo creo que le oyó, porque desde entonces no he aprobado ni un examen de mates. Mamá dice que papá, a lo único a lo que le tiene aprecio es a sus peces de colores. Debe ser cierto porque habla con ellos más que con nosotros. Bueno, conmigo nunca habla demasiado. Son cinco y les ha puesto nombre a todos, aunque no comprendo cómo los diferencia porque a mí me parecen todos iguales. Una vez que estuvo cariñoso conmigo le pregunté cómo se llamaban. Me puso el brazo sobre los hombros, empujó mi cara hacia el cristal de la pecera y, señalándomelos, cantó: Castelar, Pí y Margall (este debía ser especial de verdad), Salmerón, Alcalá y Azaña. Mamá dice que cómo se le ocurre, que un día vamos a tener problemas, pero yo creo que exagera porque tampoco es tan grave bautizar a un pez.
La verdad es que yo odio cada vez que Donaga aplasta a un rojo con su manaza peluda. El golpe brusco me hace regresar sobresaltado del patio donde, los que no son tan lerdos como yo, o aventajados, no lo sé, juegan y charlan antes de irse a casa. Estoy seguro de que el maestro no se da cuenta nunca de mi despiste ni de mi sonrisa bobalicona, eso dice Félix, que se me pone cara de bobo, cuando consigo adivinar a Verónica entre las niñas que corren por el patio. Siempre pasa lo mismo: es ver su pelo rubio como el trigo (es que Don Gregorio nos hace leer a Pemán), sus ojos verdes como…, como…, bueno, sus ojos verdes, y su faldita por encima de las rodillas y, ¡zas!, otro rojo que cae aplastado por Donaga.
La furia guerrera del maestro no suele durar la hora entera porque el hombre debe tener algún problema con sus esfínteres, esta palabra la he aprendido en ciencias naturales, y necesita ausentarse con mucha frecuencia de clase. Antes de dejarnos solos siempre sigue el mismo ritual: en primer lugar, nos conmina, así dice, nos conmina a reflexionar sobre los héroes del Alcázar que nos salvaron de las hordas marxistas. Después nos dice que nos portemos bien mientras va al servicio. Siempre y cada vez, antes de ponerse en pie abre el cuaderno donde tiene apuntados nuestros nombre y, al lado, lo que pagamos cada mes por la particular, y lanza un suspiro. Cierra el cuaderno y, mientras se muerde el labio inferior, le da unas suaves palmaditas en la portada antes de salir de la clase meneando la cabeza en un gesto triste y resignado, como el que hago yo cuando José Antonio me quita el chocolate de la merienda y me amenaza con hincharme la jeta a guantazos como se lo cuente a mamá. Ha sido ahí, entre las páginas de ese cuaderno, donde he descubierto la maldad. La tarde del viernes, nada más salir Donaga de clase, Félix me dijo que seguro que entre las páginas del cuaderno el maestro tenía mujeres malas, que se lo había dicho su hermano, que las había visto el año anterior. ¿Mujeres malas?, le pregunté intrigado. Me pareció poco posible y algo sin sentido porque mi madre es una mujer, y no es mala y yo la quiero mucho. Y Verónica es muy buena y además es mi novia. Bueno, eso dice. ¿Mujeres malas? Tías en bolas, me contestó, tías en bolas enseñándolo todo. Y repitió ‘todo’ cuatro o cinco veces. Pero el caso es que yo creo que Félix es un mentiroso, aunque después de lo que ha pasado pienso que quizá sólo mienta a veces. Hace unas semanas su hermana tuvo un niño. Llevaba varios días presumiendo de que él era tío y yo no, así que ya no le hacía mucho caso. Una mañana, en el recreo, me preguntó muy misterioso si sabía por dónde salían los bebes de la madre. Me pareció una pregunta tonta porque está claro que salen por la tripa, por dónde si no. Eso le dije. Él puso cara de sorpresa y luego lanzó un bufido. Qué va, pasmado, casi siempre me llama pasmado, qué va, pasmado, dijo, salen por…, y aquí se interrumpió como hacen los magos antes del final del truco, y después me salpicó la cara de saliva mientras se reía al decir, por el chocho, pasmado, salen por el chocho. ¡Hala, mentiroso!, le contesté y me largué, porque no tenía ganas de seguir escuchando sus trolas. Yo sabía que aquello era imposible porque…, porque…, es que me da vergüenza decirlo…, bueno, porque yo había visto a Verónica desnuda, y un niño no cabe por ese sitio. Eso seguro. Y tampoco creo que sea mala por haberla visto desnuda.
Así que cuando me dijo lo de las tías en bolas me acordé de Verónica y lo que pasó durante verano. Por entonces ya éramos novios, así que siempre íbamos cogidos de la mano. Lo que tienes que hacer es meterle mano, atontado, y no cogérsela, decía mi padre, y después se echaba a reír mientras mi madre le decía que dejara en paz al chico, o sea a mí. No sé dónde quería que le metiera la mano. Mi padre se llama Julián y es camionero, y un animal, pero creo que eso ya lo he contado. Aquel día habíamos estado en la piscina toda la tarde. Nos había llevado la madre de Verónica. La mía no pudo venir; había tenido que ir con mi hermano al médico porque el día antes le habían dado bien en los morros, eso decía mi padre. Y lo decía orgulloso, porque los que le habían dado eran los grises, y luego me miraba como si me reprochara algo. Cuando cerraron las piscinas fuimos a casa de Verónica y su madre nos puso la merienda. Portaos bien, niños, mientras salgo un ratito a comprar algo para la comida de mañana, dijo una vez nos hubo exprimido unas naranjas. La mamá de Verónica es casi tan buena como la mía. Nada más irse su madre, Verónica empezó a mirarme de una forma extraña, como si me estuviera estudiando. Me preguntó que si éramos novios de verdad. Yo, que sí, que claro. Entonces tenemos que hacer como hacen los novios, que se lo había contado su hermana. Félix dice que la hermana de Verónica es un poco. ¿Un poco qué?, le pregunto siempre. Él levanta las cejas, hincha los mofletes y repite, eso, un poco. Supongo que ella esperaba que yo hiciera o dijera algo, no sé, pero no me dio tiempo a preguntarle qué. Lo que pasa es que no me quieres, me dijo mientras arrugaba la nariz, como si yo de repente hubiera empezado a oler mal, y salió corriendo a esconderse en su habitación. Yo no entendía muy bien lo que acababa de suceder. Bueno, ni muy bien, ni muy mal. Nada. Estuve un ratito mordisqueándome los padrastros sin saber qué hacer. Poco a poco me acerqué a su cuarto. La puerta estaba entreabierta y oculto por las sombras del pasillo vi cómo Verónica se quitaba el bañador. Primero la vi de espaldas; su cuerpo blancucho parecía despedir luz. Después se giró y entonces mi corazón empezó a latir muy fuerte. Creo que lo oyó porque miró hacia donde yo estaba, quieto, con los ojos muy abiertos y tratando de esconder la cabeza entre los hombros, como si así pudiera volverme invisible. Estoy seguro de que me vio; nuestros ojos se cruzaron un momento y mis orejas comenzaron a arder. La cerradura de la calle giró y, al mismo tiempo, con un estampido, la puerta de la habitación de Verónica se cerró. Desde entonces veo su cuerpo muchas veces en mi memoria, en especial se me aparecen sus pezones y la rajita que asomaba entre sus piernas y que ella llama su ‘peseta’. Durante las semanas siguientes me estuvo torturando con esa cantinela, Edu, ¿no quieres una peseta? Luego ella y sus amigas se retorcían de la risa y yo salía corriendo con la cara roja. De todas formas, Verónica aún es mi novia. El otro día le prometí que yo también le enseñaría mi peseta. Entonces los ojos le empezaron a brillar como siempre que se va a reír de mí y me dijo, bueno, tú no tendrás una peseta, tú tendrás un duro. Me dio mucha vergüenza, porque me parece que se ha dado cuenta de lo que me pasa cuando estamos juntos.
Mamá dice que soy un niño con mucha vida interior, pero mi padre piensa que soy un alelado y que estoy todo el día en la inopia. La verdad es que a veces me pierdo cuando estoy contando algo, como ahora. De todas las maneras yo creo que lo que me pasa es que no quiero acordarme de cuando empecé a volverme malo. De cuando Félix me golpeó en el hombro aquella tarde mientras yo recordaba a Verónica desnuda. Pasmado, me susurró Félix mientras me hacía un gesto con la mano, vamos a ver lo que tiene ahí Donaga. Nos levantamos del pupitre y abrimos el cuaderno casi con reverencia, como Don Damián hace con el misal los domingos antes de los oficios. Una cartulina del tamaño de un naipe resbaló de entre las páginas y cayó sobre la mesa. Desde allí, recostada y mirándonos con descaro, la mujer mala se acariciaba los pechos. Cerré los ojos de inmediato porque, en efecto, aquella tenía que ser una mujer mala. No era como Verónica. Verónica no tenía tetas como aquella mujer, claro, pero yo sabía que dentro de unos pocos años le saldrían, como a su hermana Begoña. No, no era eso. Es que entre las piernas de aquella mujer no había una rajita sonrosada como la que tenía Verónica. Allí sólo había pelo, un enorme y oscuro matojo de pelo se extendía por entre sus piernas. Era como el peluquín de Donfede, que una vez se le voló de la calva y fue a parar a un charco del patio. ¿Qué te pasa, pasmado? Parece que has visto un fantasma, me dijo en voz baja Félix. Le señalé aquella manifestación de la maldad, porque no podía ser otra cosa aquella pelambrera negra, rizada y brillante. ¡Qué pasa, pasmado! Todas las tías tienen pelo en el chocho. ¿Todas? Todas no. Verónica no, le contesté casi llorando. Porque es una cría, pasmado. Espera a que se haga mayor.
O sea que, según Félix, dentro de unos años, Verónica también sería una mujer mala, también tendría pelo en su peseta o quizá el pelo le saldría de la peseta…
No recuerdo lo que sucedió a partir de ese momento, pero Félix me dice que Donaga regresó justo cuando empecé a vomitar sobre el cuaderno, así que no debió darse cuenta de que habíamos estado espiando a su mujer mala.
Pero ahora resulta que yo también me estoy volviendo malo y seguro que es por haberle hecho caso a Félix aquella tarde. El primero en darse cuenta ha sido mi padre, que será un animal, pero no se le escapa una, como dice mamá. El otro día estaba yo viendo la tele en la cocina cuando mi padre volvió de trabajar. Me dio un pescozón en la cabeza a modo de saludo y se acercó a la pila a beber agua. Cuando salía se me quedó mirando, me sujetó de la barbilla y me rascó con la uña debajo de la nariz. Mira, Asun, dijo a voces, a éste, papá se las apaña para no referirse a mí por mi nombre, que yo me he dado cuenta, mientras que a José Antonio siempre le llama Josean, pues eso, que dijo a voces, Asun, a éste ya le está saliendo bigote, mira, mira. Luego, y en voz baja para que mi madre no le escuchara, me dijo, ¿qué?, ya te habrán salido pelos en el pito, ¿eh?
Al día siguiente, mientras me secaba después del baño, me di cuenta de que mi padre tenía razón. Ahora, todas las noches, antes de ir a la cama me observo, y creo que ya no hay remedio y que cada día soy peor, aunque aún no debo ser malo del todo porque esta mañana he tirado los peces de colores de mi padre por el retrete y no estoy tranquilo, más bien creo que estoy muy nervioso y preocupado por lo que dirá cuando vuelva del trabajo. Además Verónica sigue insistiendo en que le enseñe mi duro, pero no me atrevo porque como me estoy volviendo malo, sé que si lo hago ya no me querrá más.

Roberto Sánchez