New York movie

Sujeté el cablecillo con dos dedos, le di un suave tirón y el auricular saltó sobre su regazo. “¿Tú no crees en leyendas urbanas, verdad?”. Inés no me miró —prefirió hacer como que no me había oído—, se colocó de nuevo el auricular y continuó ojeando un ensayo sobre Edward Hopper. Era domingo por la noche y apurábamos las últimas horas del fin de semana acomodados en el salón, yo, es cierto, más interesado en un programa acerca de fenómenos paranormales que en la novela que manoseaba desde hacía casi un mes. El silencio de Inés ante mi ridícula pregunta me avisaba con absoluta y sincera claridad de que no estaba el alcacer para zampoñas. Esta sonora expresión acudió a mí desde alguna estantería en la que almacenaba recuerdos de lecturas olvidadas y, no se por qué, azuzó un instinto perverso que no pude dominar. Una voz rauca me susurró en el oído que no abriera la boca, que no soltara una nueva estupidez.
Volví a tirar del cable con idéntico resultado, y le lancé otra pregunta tan simple como la anterior. “¿Y no crees tampoco en fantasmas?”. Inés se incorporó en el sillón y me miró fijamente. Tenía los ojos turbios. Inclinó un poco el cuello y cerró el libro que tenía entre las manos. Me espetó, me gritó más bien, que por qué no respetaba su intimidad. Repetir aquí las palabras que sus dientes desgarraron a continuación no tiene sentido. Eran como las volutas de su aliento, señor, casi podía verlas, unos tirabuzones que se contorsionaban en un baile agónico y doloroso. Baste decir que su agresividad se desató como una tormenta de verano, súbita y destructiva. El viento comenzó a soplar arrastrando consigo nubes densas y oscuras, relámpagos salvajes rasgaron el cielo enfoscado y, por fin, los truenos retumbaron entre las paredes de la habitación. Nunca he podido acostumbrarme a los enfados bruscos e intempestivos de mi esposa, aunque es verdad que aquella vez lo provoqué de una manera deliberada, ahora me doy cuenta, aunque en ese momento no supe interpretar mis sentimientos e impulsos más profundos. Tenía que saltar al abismo, lo necesitaba. Lo necesitaba porque ya no soportaba a Inés. Su carácter era una tortura, y me obligaba a vivir con el desconcierto como compañía la mayor parte del tiempo. Aunque había llegado a interpretar los avisos de la tormenta —sus ojos, ya lo he dicho, turbios, espesados por la furia creciente—, jamás supe qué era lo que podía desencadenar la tempestad. Siempre era igual, una frase inane, un comentario banal o no meditado bastaban para que se sintiera molesta o atacada. Así me lo explicaba cuando sus arrebatos amainaban, en general a las pocas horas, en una aceptación espontánea de que no había razón objetiva para su actitud hiriente. Y empleo el término hiriente con un exacto conocimiento de su significado, porque sus palabras eran ofensivas, porque sus gestos, la expresión de su rostro, su voz, sobre todo su voz, dulce y melosa de suyo, salpicaban desagradablemente mi vista y mis oídos, porque hacía sangrar mi alma y por sus heridas se derramaba un poco más de mi amor, cada vez más escaso y renuente, y porque me hacía sentirme solo, muy solo, demasiado solo, soledad que persistía incluso cuando ella regresaba y se acurrucaba sobre mi pecho, arrepentida como la niña que confiesa a su padre alguna travesura inofensiva, aunque magnificada por la propia inocencia de la pequeña. Eso era lo peor de todo, sentirme solo cuando ella volvía a mi lado, sentir que la mujer que se recostaba sobre mí no era ya aquella de quien me había enamorado una noche de conversación, humo y risas en un pequeño pueblo de la sierra de Gredos, sentir que ya no tenía ganas de hablar con ella. No sentir nada con ella. Yo era como la mujer del cuadro de Hopper, “New York Movie”, —no sé si lo conocerá, está en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, a Inés y a mí nos enamoró su melancolía—, yo era como la mujer del cuadro, le decía, una mujer pensativa, solitaria, única habitante de un corredor en el que las sombras se tiñen de desconsuelo; mientras tanto los espectadores, ajenos a la soledad de la mujer, contemplan la proyección de un paisaje alpino y luminoso en la pantalla, algo que queda fuera del campo de visión de la protagonista del cuadro, como una metáfora de la pérdida o de lo inalcanzable. Es una mujer que destila tristeza, como si ya nada le interesara, salvo, quizá, su propio pasado. Una mujer a la que parece ofrecérsele un solo camino, un camino en forma de escaleras, semiocultas por unas cortinas de terciopelo rojo, escaleras que no van a ninguna parte. Una mujer sin futuro, igual que yo la noche en que empezó todo —o debería decir acabó—, porque ya no había futuro posible con Inés.
Lo he dicho, no la soportaba. No soportaba su carácter, pero seguía enamorado de ella. Y no me pregunte acerca de la incongruencia de mis propios sentimientos, porque no soy capaz de explicarlo. Lo que sí sabía era que mi tolerancia a sus luces y sombras se había agotado. Estaba al borde del precipicio y solamente deseaba caer. Lo único que hice fue provocar el empujón final. Así tuve fuerzas para, por fin, abandonarla.
Supongo que la idea me la dio precisamente el programa de televisión que estaba viendo. Si me limitaba a irme, sin más, ella resolvería su confusión inicial primero en furia, y, después, quizá en odio, pero dolor, dolor no sentiría jamás. Y yo quería que sintiera dolor por mi ausencia, dolor y remordimiento. Por tanto, yo habría de morir y ella sufrir la angustia de la culpa. Me suicidaría y, ya muerto, regresaría para disfrutar con su aflicción. Sé que era una idiotez, lo supe entonces y lo sé ahora, pero la perversidad me impulsaba a conocer qué se siente durante la vertiginosa caída en el abismo que es la muerte propia.
No, está claro que no me suicidé. No, no hace falta que ponga esa cara de pena, porque ni siquiera lo intenté. Me limité a fingir mi muerte. Aquella noche, una vez hubo amainado la tempestad y se fue a dormir, permanecí en el salón mientras dejaba reposar sobre mis hombros un simulacro de dignidad herida. La mano sobre mi espalda, su beso en mi renuente mejilla, su “lo siento, cariño” musitado en mi oído no hicieron sino abonar la semilla de mi decisión. Apreté las palmas de las manos contra los ojos y procuré contener mis lágrimas. Aquella secuencia la había vivido ya demasiadas veces y había terminado por secar las ilusiones que en algún tiempo brotaron entre los escombros de una vida como la mía, arrasada y yerma hasta que la conocí. Una vida que hasta entonces se resumía en unos cuantos diarios arrumbados en una caja, deslavazados y rebosantes de lamentos y de magnánima conmiseración por mí mismo. Una vida que alguna vez creí que ella iba a llenar de sentido y, ahora me daba cuenta, lo único que había hecho era terminar de agotar. Sus “cuéntame algo” seguidos de conversaciones interminables se habían reducido a esas dos palabras prolongadas en silencios también interminables, se habían transformado en pensamientos reprimidos por temor a que pudieran atraer la tormenta, y a que la lluvia arrastrara otro pedacito de la cada vez más gastada escultura de barro que en una ocasión fue nuestro amor.
Sé que usted no lo entiende, usted piensa que todas las parejas discuten y eso no se traduce en el final de la relación. Pero es que nosotros no discutíamos; ella llovía y yo me limitaba a terminar empapado. No era capaz siquiera de abrir un paraguas o buscar resguardo bajo una cornisa. Cuando lo intenté sólo sirvió para acentuar más su violencia verbal, para poner aún más de manifiesto mi pusilanimidad y mi miedo a perderla. Leo en sus ojos algo parecido a la compasión o a la burla, no lo sé, pero sí sé que ya nadie puede ofenderme. Si ella no era capaz de ser de otro modo, yo tampoco. Sólo me llevé los diarios. En aquellas páginas estaba mi vida, ya se lo he dicho, y no estaba dispuesto a dejarla allí, expuesta a su curiosidad. Mi muerte sería absoluta. Antes de abandonar el piso escribí una nota de adiós, de suicidio. Eran unos versos del poeta Aleixandre que recordaba de mis lecturas juveniles. Unos versos que siempre leí como de muerte y amor desesperado. La despedida perfecta. Así dicen: Muero porque me arrojo, porque me quiero morir, / Porque quiero vivir en el fuego, porque este aire de fuera / No es mío, sino el caliente aliento / Que si me acerco quema y dora mis labios desde un fondo.
Conduje hacia el norte durante varias horas, sin detenerme. Cuando amaneció estaba el borde del mar, ni siquiera recuerdo el lugar exacto de la costa al que llegué. En mi cabeza sólo tengo imágenes inconexas: una curva de la carretera que se abrazaba a un acantilado; el coche volando hacia la espuma blanca con la puerta del conductor abierta; los finos trazos de lluvia que pintaban de gris las colinas verdes que flotaban al otro lado de la bahía, entre la niebla; el frío, como ahora; el remolino que engullía el enredo de metal… Todo es algo confuso, no le miento; es como si hubiera un agujero desflecado en el tejido de mis recuerdos, porque el periodo que va desde mi… ¿puedo decir: muerte?, hasta que me vi sentado en un autobús rumbo al sur ha desaparecido.
Los días sigu