Donde los lobos cantan o ábrame Sr. Sánchez

No me gustaba el tonillo de la recepcionista cuando pronunciaba mi nombre: percibía una cierta burla, y no precisamente soterrada. El gemidito que emitía antes de dirigirse a mí como Sr. Sánchez me irritaba —lo reconozco— de una forma casi irracional. Marta sonrió de medio lado con un mohín travieso al ver mi cara; cuando llegamos a la habitación se desahogó en carcajadas y se dedicó a imitarla acompañando el gemidito con una sonora serie de “uy” agudos y continuados, como un orgasmo japonés, se reía.
— ¡Uy! Sr. Sánchez, yo creo que le gustas. Y ya entiendo por qué —dijo pinchándome los nutridos michelines post-invernales con su dedo índice—. Estás para comerte.
La recepcionista, Clotilde según anunciaba la chapita que trepaba sobre su gigantesco pecho izquierdo, era un auténtico diurético para la lujuria. Traté de visualizarla desnuda y lo conseguí. Me sentí muy mal. Cuando regresé del baño, Marta me propuso que bajáramos al pueblo. Enarqué las cejas con un punto de escepticismo que resultó inapropiado e inútil.
— ¡Pueblo! —exclamé despectivo—. A eso de ahí abajo le llamas ¡pueblo!
Ella también enarcó las cejas y tuve que dejar de refunfuñar y ponerme la chaqueta. La idea de pasar las vacaciones en aquel lugar había sido mía: un hotelito repleto de encanto al pie de los Pirineos, en pleno Ampurdán, ideal para liberarse de las tensiones de la vida cotidiana, bla, bla, bla.
Joder, si a mí me da dolor de cabeza el aire puro.
Tranquilo era. Habíamos llegado aquella misma tarde y la tranquilidad y el reposo ya me llegaban a las ingles. La idea de pasar una semana allí, expuesto a Clotilde y jugando al parchís me estaba empezando a poner muy nervioso.
Marta me dio un beso.
— ¿Tú crees que estará abierta la piscina? —me preguntó.
La publicidad del hotel anunciaba que los clientes podían bañarse en la piscina descubierta en cualquier época del año porque el agua estaba calefactada —sí, calefactada, eso ponía en el folleto que aún guardaba en el bolsillo de la chaqueta— mediante placas solares.
— Pues no sé, pero no estaría mal un bañito. Lo podemos preguntar en recepción.
— Eso, eso, se lo podemos preguntar a Clotilde —se retorció de risa mi querida mujer.
Cuando estuvimos delante del mostrador le di un empujón y la enfrenté a Clotilde. Escuchó la pregunta de Marta con atención y sin quitarme los ojos de encima.
— Pues verá, Sr. Sánchez, déjeme que le cuente… —y comenzó a desgranar su explicación mientras Marta se giraba y me miraba haciendo girar los ojos, mordiéndose el labio inferior e hinchando los carrillos. En resumen, publicidad engañosa. Después le preguntamos cómo se bajaba al pueblo. Aquí se nos transformó en guía turística y nos detalló la historia de Cantallops, que era el nombre de aquel tonificante lugar.
— Cantallops —finalizó su charla temática—, Sr. Sánchez, significa en castellano “donde los lobos cantan”. Esta noche, sin duda, los oirán.
Sus últimas palabras casi sonaron a amenaza, sobre todo porque por primera vez se dignó mirar a Marta.
— Joder con la tía puta, qué mirada me ha echado. Como siga en ese plan le voy a terminar dando un par de hostias.
Marta es muy vehemente.
En diez minutos de algo que podríamos denominar con buena voluntad carretera llegamos a Cantallops. Y en dos minutos más nos salimos del pueblo. Tiempos a pie. Cuando alcanzamos los límites de la población, y el final de la carretera —porque más allá sólo había una pista forestal que se internaba en un bosque algo más que oscuro y tétrico—, nos miramos incrédulos, aunque no demasiado. Algo así era de esperar. Justo en aquel linde del mundo se levantaba un edificio con aspecto de antigua estación de tren. Su portada ostentaba el incongruente nombre de “Can Paco ternera de Girona”. Así, todo seguido. Como aún era pronto para regresar al hotel y gozar de la compañía de Clotilde, decidimos entrar en “Can Paco, etc, etc” a tomar algo.
“Can Paco…” era un sitio atestado de trastos y cachivaches, repartidos por la única pieza del local al albur de algún dios demente. Me recordó una fotografía del estudio de Ramón Gómez de la Serna que vi hace tiempo en una revista de literatura. Decía que espoleaban su creatividad.
Los dueños de “Can Paco”, sin duda, debían ser unos genios.
Nos sentamos en la única mesa que no estaba habitada por restos de comida y esperamos a que nos atendiera algún camarero; entretanto, nuestras miradas se pasearon curiosas por el local. Después de toser varias veces, de lo que parecía ser la cocina salió un tipo vestido como para ir de caza al monte y se nos acercó renuente. En la mano llevaba unos alicates enormes. Se detuvo delante de la mesa y nos miró interrogante desde su metro noventa mientras se golpeaba el muslo con la herramienta. Tuve una sensación paralizante de “deja vù”, tanto que fue Marta la que tuvo que encargar un café para mí y un refresco para ella. El tipo se dio la vuelta sin haber llegado a abrir la boca y empezó a trastear detrás de la barra.
— ¿Se puede saber qué te pasa? Estás como alelado.
Le expliqué lo del “deja vù”.
— Ah, ¿sí? ¿Y qué va a pasar ahora? —preguntó sarcástica.
— No sé, pero este tío me da mal rollo —respondí removiendo el culo en la silla.
Justo en ese instante salió de la cocina una señora. Una señora muy pequeña. Y muy gorda. Será la ternera, pensé. Se aproximó a nosotros y empezó a frotar el tablero —con un pasmoso dispendio de energía digno de mejor causa— con un trapo moderadamente poco limpio. Marta y yo nos miramos en silencio mientras la mujer resoplaba y rezongaba algo que no pudimos entender. Debido a la limitada longitud de sus brazos, tuvo que rodear la mesa por detrás de mí y limpiar el resto desde el otro lado. Me puso muy nervioso cuando la tuve a mi espalda, sobre todo cuando noté que me olisqueaba el cogote.
Cuando se apartó no pude evitar un repeluzno.
— Vámonos de aquí, cariño —dije en voz baja.
— Pero, ¿qué te pasa? ¿Estás tonto o qué?
El hombre de los alicates regresó con nuestras consumiciones; luego se retiraron los dos en silencio. Eché el azúcar al café —cualquiera pedía sacarina—. Miré a la izquierda. Por el rabillo del ojo había penetrado en mi cerebro algo que éste no era capaz de procesar. Allí, contra la pared, descansaba una cuna vacía. En su interior, un par de muñecos de peluche me contemplaron agonizantes, desangrándose en borra. No negaré que di un respingo cuando vi en el suelo, al lado de la cuna, una motosierra.
— Joder, Marta, ¿te has fijado? —le dije señalando aquel chisme. —¿Tendrán tabaco aquí? —respondió sin hacerme caso—. Voy a preguntar.
— ¿No será peligroso? —quise burlarme de mi propia inquietud.
Cuando Marta, después de esquivar todos los bártulos de “Can Paco…”, consiguió alcanzar la barra y estaba a punto de llamar al camarero, se abrió la puerta del local. Allí, ocupando todo el ancho de la entrada, un individuo recubierto con un impermeable amarillo y un gorro de agua de idéntico color oscilaba dubitativo. Agitó la cabeza un par de veces y gritó “bona tarda”. A continuación se puso a tocar un extraño instrumento, una especie de armónica, pero con trompetillas allí por donde debía salir el aire. Fue entonces cuando me percaté de que le acompañaba un perro salchicha. El chucho me miró, dijo también “bona tarda” y, no sé por qué, supe que se llamaba Silverio. El tipo se acercó a mi mujer, y a la extraña y descompensada pareja, y vi cómo le decía algo a Marta. Al poco volvió a la mesa con gesto contrariado y dijo que allí no vendían tabaco, que tendríamos que ir a la Jonquera.
— ¿Qué te decía el del perro salchicha?
— No sé, no le he entendido bien. Hablaba en catalán. Algo sobre la ternera de la zona. Yo creo que está algo gagá.
Esto último era evidente. Después de deleitarnos con unas notas de sus trompetillas se despidió efusivamente de la pareja. Silverio me miró, después ladeó su cabeza hacia Marta. No me gustó nada lo que vi en los ojos del perro.
— Adiós, Silverio —le dije atemorizado.
— ¿Con quién hablas? —preguntó intrigada Marta. — Con el perro… Déjalo…
Se encogió de hombros y me apuró para que nos fuéramos de allí. A comprar tabaco, dijo. Volví a mirar la cuna y la motosierra. Sorprendí los ojos del dueño de “Can Paco…” fijos en mí.
Decidí que me aguantaría las ganas de mear hasta volver al hotel.
La Jonquera tiene una calle larga y única en la que no me hubiera extrañado nada encontrarme con Gary Cooper actuando como sheriff en “Solo ante el peligro”. Pero no, no apareció. Allí únicamente había franceses comprando tabaco de manera compulsiva, camioneros encabronados y burdeles, muchos burdeles. Unos días antes había leído las declaraciones del párroco de la localidad clamando que La Jonquera era como Sodoma, algo curioso ya que a mí me pareció más como Gomorra, sobre todo porque tuve una discusión tremenda con la individua que atendía la gasolinera, cuando quiso cobrarme los dos litros de combustible que su surtidor defectuoso había vomitado sobre mis pantalones y zapatos. Entre guarra e hija de puta estuvo el asunto hasta que unos amables mossos de esquadra, que casualmente pasaban por allí, me invitaron a deponer mi actitud chulesca, dijeron, en un alarde de parcialidad que me irritó aún más. Marta me arrastró hacia el coche a la par que lanzaba unas sonrisitas a uno de los mossos —un moreno patilludo y agitanado— demasiado complacientes desde mi punto de vista.
— ¡Uy, mi hombrecito! ¡Cómo te has puesto! ¡Qué machote! —se buró la traidora.
En fin, quizá aquella noche no jugáramos al parchís.
Reconozco que después de la accidentada excursión, regresé al hotel casi aliviado, a pesar de que allí nos aguardaba la empalagosa araña Clotilde. No bien me vio asomar el hocico por la recepción, pateó en mi busca.
— ¿Cenará en nuestro restaurante esta noche, Sr. Sánchez?
Qué remedio, pensé.
Un rato más tarde, cuando bajamos al comedor, la inefable Clotilde se materializó de nuevo e insistió en acompañarnos hasta nuestra mesa.
— He reservado la mejor mesa para usted, Sr. Sánchez. Espero que esté todo a su gusto.
No tuve tiempo de abrir la boca.
— Gracias, maja, está muy bien. Ahora ábrete que tienes gente en la recepción —respondió Marta.
Clotilde lanzó su gemidito característico y como si no hubiera escuchado nada me recomendó efusivamente la ternera. Recordé la cuna vacía de “Can Paco…” y pedí pescado.
La cena resultó lenta y accidentada. Se equivocaron en mi primer plato: me sirvieron crema de garbanzos en vez de crema de calabacín. Eso sí, de inmediato se personificó la ubicua Clotilde para disculparse y proclamar entre ronroneos y exclamaciones, que en otras circunstancias hubieran tenido un inconfundible matiz sexual, que no me lo iban a poner en la cuenta.
— No, si va a resultar que a la gorda patizamba esta le gustas de verdad —dijo Marta en un tono de voz más que audible.
Reconozco que la miré un poco amoscado antes de sumergirme en las entrañas de la lubina salvaje. Ella insistió.
— Oye, ¿y si la foca de la recepción es hija de los raritos del bar de esta tarde? Tendría gracia.
— Sí, mucha gracia. Sería graciosísimo. Me parto de la risa, Marta, pero habla un poquito más bajo —susurré para, a continuación, sumergirme en un estrepitoso tronar de toses y arcadas cuando una espina intentó perforarme la epiglotis.
Aquella noche jugamos al parchís. Íbamos por la cuarta partida (yo perdía dos a uno y acababa de comerle una ficha a Marta), cuando la luz de la habitación se apagó. Mi mujer juró como un auténtico camionero de La Jonquera, sin embargo yo me sentí bastante inquieto. Me asomé a la terraza y comprobé que el hotel estaba completamente a oscuras. En el cielo, la luna asomaba su pálido perfil por detrás de unas nubes teñidas de sombras. Traté de atisbar algo a través de la negrura del jardín. Un escalofrío me recorrió la espalda; supe que Silverio me estaba observando desde algún lugar, oculto entre los árboles. Una idea vaga y tenebrosa me asaltó de repente. Me giré preocupado. Marta, ajena a la presencia de Silverio, trataba de iluminar el cuarto con la llama del mechero. Unos golpes resonaron en la puerta de la habitación. Haciéndoles coro, la voz de Clotilde gemía al otro lado de la madera:
— Sr. Sánchez, Sr. Sánchez... Ábrame, Sr. Sánchez... Silverio y yo tenemos hambre.
Los lobos comenzaron a cantar.
 

Roberto Sánchez