Hacia el bierzo

Eranse una vez ocho hombres del norte, rudos e inquietos, acostumbrados a subir a las más altas montañas, incluso míticas y alcanzar los más recónditos y lejanos parajes. Cuando sus tareas lo permitían, estos amigos dejaban familia y hogar y emprendían el camino en busca de respuestas.
Una húmeda primavera llego a sus oídos que allende el horizonte se extendía una tierra virgen y rica, una tierra orgullosa y cordial, una tierra profunda y reflexiva, una tierra donde las piedras sueñan, una tierra donde los caminos suspiran, una tierra única e igual, una tierra azul sin mar.
Una comunión de deseos surco sus mentes y sus almas y desde entonces un único pensamiento les ocupaba día y noches: “iremos allí, veremos y entenderemos”.
Llego el día de su partida. Dos de ellos no pudieron acompañarles, pero el dolor de la ausencia no pudo con el deseo de ir.
Ya despuntaba la tarde cuando partieron radiantes, nerviosos. Sus ojos brillaban y las palabras no brotaban fluidas como en otras ocasiones. El camino por delante se presentaba largo y sudoroso. Pararon a reponer fuerzas y ánimos en un pequeño pueblo de nombre aristocrático cerca de una paramera, Melgar de Fernamental. Allí solo la vista de una chopera con su sombra a la vera de un canal de riego otrora gran vía de comunicación mesetaria, aligero sus espíritus del polvo del camino.
Con las gargantas frescas y el talante sosegado retomaron el camino. Amarillos, dorados de las mieses eternas; arboles agotados en aisladas islas; cigüeñas, gavilanes y urracas buscando la perla en el erial; y el canal incansable cantando a su paso. Todo eso miraron sin ver, escucharon sin oír, sintieron sin tocar.
Trocaba a verde alrededor, verde rojizo a veces, verde amarillo otras. Presentían que se acercaba su meta.
Por fin al fondo un bello pueblo despuntaba sobre un otero. Arriba la torre de la iglesia mas tarde colegiata. Allí les esperaba un amigo. Maestro medidor y de la estirpe inconfundible de uno de ellos.
Villafranca -así de cabal era el nombre de aquel pueblo que les iba a servir de morada durante las próximas jornadas- les recibió engalanada. Se celebraba la fiesta del fin de la adolescencia. Una nube de mozos y mozas con sus mejores galas llenaban de color y de carne las calles de la villa. Los seis viajeros y el maestro medidor y su mujer se sintieron reconfortados con esta suerte de alegría. Felices aplacaron sus sed en un mesón de la plaza empedrada y rectangular, a veces blasonada, siempre fresca.
El maestro medidor conocedor como nadie de las riquezas del lugar, les propuso cenar en una posada de un pueblo cercano, conocido por sus habilidades en las artes de folgar: Cacabelos, de sonoro nombre, como los badajos en invierno. Cacabelos alumbró un prohombre que decidió hacer fortuna con los productos de la tierra: cerezas, castañas, pimientos, aguardientes, guindas, chacinería, hierbas. Prada se llamaba y a tope decía su lema. La posada regentada por Prada se levantaba orgullosa en la salida este del pueblo. Dos pisos con balconadas, columnas y capiteles de piedra y madera. Tejados agudos de pizarra gris que anuncian fríos inviernos.
Comieron copiosa y alegremente: chorizo, cecina y jamón, pimientos y empanada y una fuente de costillas de cerdo bruñidas y sabrosas. Búcaros con caldos frescos y vivos de la tierra con sabor a fruta temprana no permitieron que la sed prendiera en sus gargantas. Unas redomas de guindas en aguardiente y castañas en almíbar ayudaron a cerrar el circulo. Las gentes del lugar con sus afinados cantos y varios alumbres de aguardiente de te ayudaron a soltar lastre.
Ya llevaba la luna largo rato alumbrando la fresca noche cuando el cuerpo les pidió reposo a los seis viajeros. El maestro medidor les entregó la llave de la cancela de la casona que les iba a acoger. “Está en Corullón, una aldea a menos de una legua de Villafranca” les quiso explicar. La noche cerrada les impidió contemplar la casona pero les pareció recia, segura y silenciosa. Durmieron plácidamente soñando con veletas juguetonas y en lagartos puestos a secar mientras canta el alcaraván de ojos amarillos.
La mañana nació del color del pelo de la nutria. Una brisa con aroma a guinda les limpio de legañas y recuerdos. La casona resultó ser de esbelta figura, nueva, alba, con una solana que se abría al valle y al río. A su lado una iglesia de piedra románica, con capiteles vegetales y portón con anteiglesia. Pensaron en creencias humanas, con olor a tierra, lejos de pretensiones estelares.
Quisieron almorzar en la plaza de anoche y ver que fue de las bellas mozas en flor. Había leche y dulces pero no pétalos.
Les habían hablado de unos montes remotos donde ermitaños ascetas buscaron el silencio y la paz de su corazón; unos montes reacios a sentirse habitados, unos valles estrechos y dolorosos. Alcanzaron La Tebaida al mediodía. “La Tebaida: se llama así por Tebas cuna antigua de las religiones monoteístas” alcanzaron a oír. Decidieron recorrerla en su totalidad, querían masticar el silencio profundo.
Montes de Valdueza les recibió en silencio. Casas con galerías y techumbre de pizarra abandonadas en busca de tierras más dulces. Entre ellas, se levantaba un gran monasterio en donde todas las ideas de la humanidad habían dejado su huella: estancias medievales y guerreras, iglesia románica con torre espigada donde San Genadio, un utópico, quiso volver a nacer, el cuerpo neoclásico y pretencioso y un cementerio deshabitado donde quizá Becquer pudo haber soñado un silencio de desamores.
Las calles de Montes, de piedra gris, tortuosas no tienen apenas vecinos que acoger, el silencio ya no cotiza.
Quisieron subir a uno de los collados que vieron en su rededor. El Chano Collado les permitió contemplar todos los Montes Aquilianos –otra vez los antiguos padres romanos -, cortados y valles, torrentes y arroyos, castaños y su flor.
Desde arriba, entres verdes infinitos atisbaron Peñalba y quisieron ir. De camino hacia allí, encontraron castaños, robles melojos, brezos con sabor a miel, espinos, escaramujos abiertos, arañas predadoras, cerezos, ajos en flor, encinas y carrascas. Pararon en una ermita escavada en la roca, sobre un cortado, apenas una cueva que quiso San Genadio fuera su casa y la casa de su Dios y Señor y de sus amigos. Dentro un altar, ingenuas cruces de palo ajenas al sacrificio, humedad y silencio a la sombra de castaños y cerezos. A su pie un arroyo bullidor cortaba el aire.
En Peñalba les pareció oportuno comer en una posada con dueño grueso y charlatán. Se acomodaron en la corrala, al aire libre. Allí conocieron una maestra de afeites y ungüentos de ojos claros que sonreía en una lengua del norte. Les contó que venia del otro lado del mundo buscando respuestas. “Come con nosotros” propusieron. Tortillas, ensaladas, sopas, cecinas y un vino fresco acompañaron risas, sombras y soles.
Los seis viajeros coincidieron en el deseo de quedarse a vivir en Peñalba, un pueblo atildado, pensado, dispuesto. Todo piedra y pizarra, madera y flor. Grandes galerías al sur y portones recios y cabales. Una impensable iglesia mozárabe con arcos de herradura, columnas con capiteles corintios, tallas evocadoras: arte fronterizo que siempre mejora sus antecesores.
La tarde menguaba y el camino de vuelta era largo. Decidieron volver hacia Montes y de allí a la casona. “Me quedo aquí a pasar por lo menos esta noche” les sonrió la maestra de afeites y ungüentos.
Atravesaron un bosque de castaños, grandes como gigantes mitológicos, rugosos, maternos, melenudos, amarillos en la cresta como ojo de alcaraván; algunos se retorcían en troncos abiertos como parturientas.
Cruzaron el río Oza por una esclusa. Un río poderoso con agua de beber.
Alcanzaron Montes con el sol en poniente. Tenían sed y entraron en la taberna. La tabernera les habló de antiguas músicas y cantos y de su tierra lejana y del silencio y entendieron.
Era ya noche cerrada cuando llegaron a Villafranca con animo y con hambre. Allí una mesonera recia y sabia que se llamaba María o Carmen o Ana o Luisa y que se apellidaba Méndez les guardaba algún guiso para cenar. Calentó para ellos pimientos rellenos y carne en salsa y les regaló un flan glorioso que ellos regaron con aguardiente.
Los habitantes de Villafranca son cantarines por vocación y antes de acostarse los seis viajeros se pararon a escuchar una rondalla que desgranaba viejas canciones de amor a pie del ayuntamiento.
Se levantaron una mañana fresca y luminosa con la sensación agridulce de tener que regresar. Debían volver aun sin haber completado su labor. Almorzaron unas rosquillas voluptuosas que acababa de hacer Doña María o Carmen o Ana o Luisa Méndez. Habían oído hablar de un extraño paisaje cerca de allí. “Iremos a Las Medulas y de allí partiremos a casa”, coincidieron todos.
Las Medulas son como una gran vagina roja, ardiente y fresca a la vez. Las Medulas de arena roja, castaños verdes y flores amarillas. Las Medulas la luna en la tierra. Una rotunda mujer les explicó que Las Medulas es el resultado de la codicia de los antiguos romanos, otra vez ellos. Descubrieron oro en esa tierra y decidieron sacarlo de las entrañas de los montes de piedra arenisca que lo custodiaba. Utilizaron la fuerza de toda el agua de las montañas del norte, ingeniosamente dirigida por canales, regueras, cauces y galerías para hundir montañas enteras y arrastrar el ralo y escaso oro que poseían. Murieron decenas de miles para extraer 25 Kg por año. De antiguo le viene al hombre el deseo de destruir la tierra por el brillo del oro.
Caminaron a través de cuevas y galerías, se asomaron a miradores y cortados, llenaron sus pies de polvo rojo con brillo de oro. Se despidieron de su anfitriona con besos rojos de flor de castaño.
Ya era hora de regresar. Comieron mollejas (“Glándulas tiroidales, al fin y a la postre”), pimientos y embutidos con el Maestro medidor y su mujer. Se despidieron de ellos con la tristeza de las despedidas ahogadas.
Volvieron con el sol a la espalda y el espíritu encogido. Volvieron con algunas respuestas breves. Volvieron de una tierra orgullosa y dulce, verde y roja, fresca y profunda. Volvieron de una tierra grande, de una comarca fronteriza. Volvieron de El Bierzo.
 

Joseba Molinero