Labios de látex

La veía todas las noches. Siempre se mostraba igual: en pose de objeto y sola. Languidecía sentada en un banco, esperando a que alguien la mirara para ofrecerle en las manos en bandeja unos labios de neón luminiscente. Bebía los vientos por aquella mujer de labios agraces, sensual y rutilante. Estaba poseído por ella. Sus ojos, la cabellera, la boca y sus formas voluptuosas lo colmaban. Era omnipresente e imperiosa: sentirla en su interior, repasar a placer sus contornos, recrearse en su belleza y participar de su eterna sonrisa constituían el único amparo y consuelo que le restaba para enajenarse de la misérrima vida que le había tocado en suerte. Y nada en este mundo era comparable a contemplarla en todo su esplendor sentada en aquel banco, aunque tuviera que hacerlo desde la distancia y el anonimato, con los ojos nocturnos y el espíritu abatido de un pobre mendigo. Reconocía que no era nadie para acercarse a aquel rayo de sol hecho mujer, ni mucho menos para coger sus manos y besar sus labios ígneos, y a pesar de ello hacía varios días que la idea de abordarla se había convertido en una obsesión. Constantemente la imaginaba bailando en medio de una constelación de labios de plástico y enviándole besos pintados con carmín sangre que prometían saciar su sed febril, y fantaseaba que sorteaba aquellos besos fósiles suspendidos en el aire para salir a su encuentro y morder los fresones de lujuria con los que le obsequiaba la mujer. En ese momento la tenía enfrente, en la otra acera, magnífica e insinuante, y no se pudo reprimir. Todo sucedió en unos minutos: cruzó la calle, desencajó la tapa de la alcantarilla más próxima, y con la pieza de hierro rompió la cristalera del escaparate de la boutique donde lucía su hermosura; con un salto ágil se introdujo en el interior de la vidriera, corrió hacia el banco, se acomodó junto a ella, le rodeó la cintura con un brazo y la atrajo hacia sí. Había llegado el instante sublime que tantas veces soñara. Pero inopinadamente, cuando se disponía a besarla, la cabeza de la mujer cayó rodando al suelo. La soltó horrorizado, y el cuerpo decapitado que acababa de abrazar se desplomó al parqué. Sintió vértigo, y hubo de agarrarse al asiento del banco. Observaba atónito el cuerpo tendido a sus pies y la cabeza separada de él unos cuantos metros. Carecían de vitalidad, ni tan siquiera palpitaban. Aquel tronco y sus extremidades eran aglomerado de madera, y la testa cartón piedra, el pelo fibra de nylon, los labios carne de látex y los ojos albercas heladas de cristal. No comprendía qué había ocurrido. La mujer de sus anhelos yacía descabezada en el entarimado del expositor hecha una piltrafa. En un segundo El corazón de su vida, su alegría y su delirio se habían convertido en una ilusión desvanecida. Y desolado, lloró en silencio la tragedia. Permaneció en el lugar hasta que llegó la policía. Cuando los agentes se le acercaron quedaron impresionados por su deplorable aspecto. Apático, con los ojos vidriosos y la tez cadavérica, musitó con voz trémula: “Ha muerto”.

Nicolás Zimarro