Oh, conde Lacrimor

Si nos va bien, tenemos sesenta, setenta o incluso ochenta años para superar todo aquello que nos ha venido dado : nuestros padres nos cargaron con ello. Nos hacemos cargo de sus defectos, entramos en sus cálculos que, a lo mejor, comienzan con una guerra mundial, con una bancarrota. Pero sobre todo debemos equilibrar, reconciliar, reunir en nosotros a ambos.
“Mira a ver cómo te las apañas con el cielo y la tierra.” Ésa es la única victoria, la real. Todas las demás son sólo disfraces. En este terrible mundo de reflejos encontramos una y otra vez al de siempre, al mismo. Incluso los rodeos más grandes, las encrucijadas más ladinas, conducen directamente a él. Pero ¿quién lo conoce antes de que el velo se alce, antes de que se rompa el espejo?

Ernst Jünger

 

“¿Cuánto tiempo durará el fulgor de aquella estrella que brilla de forma intermitente sobre el monte Petrín?” Era la pregunta del joven de diecisiete años que miraba recostado el cielo nocturno de Praga encima del muro parapeto con su rostro apoyado sobre las palmas de sus manos. Había subido desde las callejuelas de Mala Strana por las sendas abiertas en el césped para ver la ciudad en su esplendor nocturno, en su luminoso aletargamiento tras la fogosidad diurna.
Aunque de origen aristocrático, él mismo se reconocía ni más ni menos que un ser en los principios de su existencia y el haber nacido en el seno de su familia no era nada sino un accidente del destino. Sólo le temía ya desde muy temprana edad a no poder vivir lo suficiente para satisfacer las preguntas de su alma. Fue bautizado, como todos sus antepasados desde tiempo pretéritos, en la catedral de Nuestra Señora de Tyn en pleno centro de la capital checa. Este templo en el siglo XV fue declarado ultraquista. En 1419 los partidarios husitas arrojaron por las ventanas del ayuntamiento de la ciudad a varios concejales y burgueses; fue el origen de las revueltas que después cristalizaron en las sangrientas guerras husitas. El origen del problema estuvo personificado en Jan Hus, catedrático de la Universidad Carolingia de Praga, quien considerándose buen creyente realizó una serie de peticiones a la iglesia terrenal para que depurara su imagen restringiendo su poder y entregando sus bienes para que los sacerdotes sólo se ocuparan del servicio a Dios. Además, en la liturgia, Jan Hus proponía que el pueblo comulgara bajo las dos especies : el pan y el vino. Acabaría siendo quemado en la hoguera.
El joven aristócrata, de nombre Jan Lacrimor y mirada vacilante por aquel entonces, recibió de su progenitor el título a temprana edad por fallecer éste en pleno vigor adulto sin llegar a conocer la ancianidad. Las dotes con las que nació y la formación que sus orígenes aristocráticos le procuraron, hicieron de él un hombrecito diligente que cuando tan sólo contaba veintitrés años ya se dedicaba a los negocios comerciales para completar las exiguas rentas de su título condal.
Los trabajos y los días le llevaron a su madurez espiritual. Tenía oportunidad por aquel entonces de entrar en contacto con escritores y gentes que malvivían del arte. Siempre que sus obligaciones se lo permitían frecuentaba los cafés donde la intelectualidad de la capital checa charlaba sobre los temas usuales de la época. En las tabernas de Mala Strana, a la sombra del Castillo, siempre encontraba amigos de su mismo rango nobiliario, los menos, y personajes salidos del pueblo, los más, que le ayudaban a ser más sabio. Intuía que el desconocimiento del tiempo de su semilla terrenal, lo ayudaba a impacientarse por los logros personales en las vías del espíritu. Contaba con la posibilidad de un partir de este mundo en plena juventud o en la temprana adultez como había sido el caso de su padre. La búsqueda era, de cualquier forma, agónica.
Creía ingenuamente que uno podía moldear su alma fácilmente y que la vida estaba era el lento pasar dedicado a esta tarea. Pronto y con sorpresa, se dio cuenta de las dificultades de llegar a verse a uno mismo como un caballero y no caer en las ruindades a las que la vida te acostumbra con gran facilidad. Era una continua lucha, un trayecto en el que no se podía contener la respiración. Una desenfrenada carrera contra el latido del reloj – de eco metálico y rotundamente sonoro - , ése que había en el recibidor de su palacete y que había pasado de mano en mano de generación en generación. Todos los hombres que conocía, incluso los de su familia, pretendían durar como una obligación de primer orden en la existencia pero él sabía que no era la función primordial que le competía al ser humano.
Rebasados los cuarenta y cinco años, su querida hija Eliska enfermó y partió a punto de cumplir la mayoría de edad. Un vacío ensordecedor entró en su alma como un huracán. Su esposa ya nunca volvió a ser la misma. Aunque tuviera otros cuatro hijos, nada haría que ella volviese a este mundo que había dejado tan desierto. El piano que Eliska tocaba quedó mudo en el salón familiar y los ecos de los acordes de “Recuerdo de Pilsen” - de Bedrich Smetana - sólo resonarían en la celosa memoria auditiva de Jan Lacrimor cada tarde al caer el sol.
Cierto día, Jan salió a pasear por la tarde, cuando se echaba el crepúsculo sobre la ciudad, y cruzó el puente de San Carlos. Las siluetas de las estatuas, a través de la niebla, hacían irreal el paseo. Gigantes apostados a ambos lados de la noche, le acompañaban como lo habían hecho con cualquier pragués a lo largo de siglos; ¡ para siempre ya congelados en el tiempo y el espacio !. Solía dar un paseo hasta el Castillo por el mero hecho de caminar y entablar soliloquios. El los llamaba objetivaciones. La noche que comenzaba era placentera y se había vuelto mullida por la niebla- como un algodón arriba - sobre las cabezas de los transeúntes; el eco de las campanadas de la catedral de San Vito, en lo alto de la ciudad, daban a su alma una sensación de lejano estruendo y sobre todo de misterio, de cosa incorpórea que dejaba rastros antiguos en algunos rincones de su psique. Hacía frío. Al llegar al final del puente, se topó con un cierto amigo, escritor poco afamado pero de indudable talento : pelo y barba poblados, cuerpo enorme, nariz de un rojizo aguardentoso y sonrisa fiel; y caminaba cubierto por un guardapolvos gris. Según sus palabras, había bajado del Callejón de Oro - donde vivía, en el recinto del Castillo - para ver las aguas del Moldava, oscuro y liso en esta época del año. Le arrastró a beber una “becherovka” (*) en las callejuelas de Mala Strana, concretamente en la conocida Casa Stajnic, establecimiento muy visitado por condes y señores distinguidos. Le agarraba del brazo en su camino a la taberna, requería confidencias acerca de la vida del conde y por ello hablaba a sus oídos con avidez. La conversación derivó en la propia vida y su sentido último. Jan había echado en falta durante mucho tiempo este asunto para él de categoría insondable y escondido bajo una posición misantrópica poco dada a confidencias, fue soltándose por dentro y le expuso al escritor alguna de sus ideas. Este, por su parte, y de una forma claramente vehemente le habló acerca de su convencimiento último :

— Pero..., este mundo – ya afectado por el evanescente efecto de un segunda copichuela de licor y aproximándose mucho al rostro del conde – sólo ofrece dos salidas. O tomas el absurdo, cosa que parece sencilla pero no lo es tanto; ...o te acoges al misterio y evidentemente lo sujetas a termino pase lo que pase...

El conocía cuál había sido la elección de Jan por alguna conversación antigua y sobre todo por los hábitos observados de su vida. Aún así, el conde temía tener que descubrirse ante una pregunta directa y certera del escritor. Jakub continuaba sus disgresiones :

— Abundan, cada vez más, los hombres que no escogen conscientemente nada pero que en realidad están tomando partido por la primera vía. No llegan a creer en nada porque no se lo proponen y lo ven como caduco y sin sentido. Qué fácil es vivir sin dioses... El mundo sigue rodando sin mayores problemas y las elecciones que hagamos no tienen ninguna resonancia en ninguna parte del mundo, ni en el cielo ni en la tierra.

Atraía su viveza, su interés sin menoscabo, en asuntos con los cuales la mayoría de la gente iba perdiendo contacto o ni siquiera les requerían la más mínima atención. Sentía Jan una debilidad interior y como un respirar turbio debido a la atmósfera cargada de la taberna. Miró afuera y pudo contemplar de nuevo la ciudad fantasmal tomada por la niebla; las luces realzaban las nubes de vapor acá y allá y eran los faroles los que dejaban distinguir algunos edificios perdidos en la inmensidad de la niebla. El Castillo y la catedral, por supuesto, se habían hecho invisibles arriba; no se podían contemplar desde la plazuela en la que se encontraban. Era tiempo de volver a su hogar; el escritor, ya nublado y visiblemente enfervorizado, agarraba al conde con sus palabras y con sus manos. Pese a que había tomado las solapas de su gabán, Jan se despidió todo lo amablemente que le correspondía y tomó dirección al puente también bajo los efectos del licor de hierbas. Todavía recuerda, a los dos años de las exequias de Jakub, su último grito desgarrado mientras estaba apoyado en la esquina de una calleja empedrada :

— Jan... sólo hay dos salidas : absurdo o misterio...

Sigue sonando entre la niebla cada otoño en sus paseos el grito de su amigo el escritor Jakub: absurdo o misterio y su eco igual pero cada vez más lejano... : absurdo o misterio ... absurdo o misterio. Caminaba temeroso de sí mismo y de la ciudad. Una noche dentro de un tiempo distinto había hecho presa en su corazón. Sus pasos resonaron escuálidos en las lápidas del viejo cementerio judío del Josefov; los túmulos, como un mar embravecido que reposara entre la niebla, parecían haber abandonado su quietud. Para cuando llegó a su barrio, la Ciudad Vieja, su mujer y el ama de llaves estaban soñando, se habían escapado de este mundo tumbados en sus lechos. Había dejado la cocinera un plato de embutidos como remedio para el crujir de sus tripas. El estómago revuelto sin causa justificada, no admitía alimento. Con la cabeza girándole y las impresiones de los cuadros del pasillo en penumbra, se acercó a su alcoba y cayó rápidamente en sueños profundos.
Al despertar le vinieron las imágenes nítidas del sueño en que había estado inmerso. Aparecía él mismo en el cauce de un amplio río poblado por multitud de ondinas y que transcurría por un bosque antiguo y enigmático. Las ondinas le miraban pasar en un artificio flotante. Algunas, las menos, se acercaban surcando el agua y le observaban con deleite. Pero, cosa extraña, su reacción era mayormente la de taparse la boca con la mano y simplemente fijar su mirada en él antes de sumergirse. La corriente le arrastraba y se dejaba llevar mientras observaba los rostros de los seres mitológicos. Recordaba cómo algunas ondinas nadaban lentamente alejándose después de haber rozado levemente su embarcación y haber mirado dentro, muy dentro de sus ojos...
Se habían sucedido las nieves y los estíos y Jan Lacrimor había llegado a la ancianidad. Su cuerpo seguía correoso y su mente despierta y victoriosa ante el tiempo materializado en años contantes. Había descubierto a lo largo de la vida y, por supuesto, lo había llevado a cabo, el valor del sueño, la sonrisa y la esperanza de suerte que eran sus pequeños antídotos mezclados con unas pocas ilusiones.
Cada mañana al despertar se producía el milagro : salir del sueño, desperezarse y abandonar el mundo nocturno y sentirse uno mismo, el de ayer, el único en toda la eternidad más semejante a sí mismo. Mantener la psique casi incólume para poder pensar y creer que uno es más o menos indivisible y recordar... que nació, creció, maduró en este difícil papel de ser consciente; y soportando la pesada carga del tiempo, abrirse camino de nuevo. La bacinilla esmaltada y envejecida por el uso y el inexorable tiempo, sobre el aparador; el misterioso espejo, matiz y ventana de tantas preguntas; los cortinajes de tejido pesado ... los cuadros : uno metálico representando la última cena, el paisaje otoñal realizado por aquel pintor ruso que recaló en la ciudad; su retrato en óleo de la mano del pintor aquel que pasaba los días en el puente de San Carlos. Se avino a pasar varias tardes en el despacho de Jan y que finalmente accedió a ser recompensado aunque austeramente. La sonrisa del pintor, la amistad nacida en los encuentros, eran más importantes que las monedas o los billetes, que las necesidades materiales. Cuando pasea por el puente en la niebla otoñal, en las silenciosas tardes pobladas de ecos desconocidos sólo perturbados por el habla de algún ciudadano, se para y se sienta junto a él; hablan de todo y de nada como amigos fervientes después de una larga vida. El nombre del artista callejero es Jaroslav y sus óleos cabrían en el ingente mundo material capaz de sacarnos de aquí y hacernos traspasar la linde que separa la rutina y los territorios del espíritu, de la intuición poética. Pero Jaroslav Daněk es una presencia que le hace sobrevivir y aparece no pocas veces en cualquier instante a lo largo del día; también, aunque parezca extraño, en el despertar al mundo, en el recogimiento del nido de sábanas y mantas. Su rostro en efigie alumbrado por la luz naciente del nuevo día, y su sorpresa venciendo la irrisoria angustia : la tentativa de vivir un nuevo día en este mundo material. Los ojos desacostumbrados, el ánimo intacto y un deseo de bienvenida corriéndole por la sangre. Retos modestos y otros tantos nada desdeñables que corrían en las aguas del espíritu - ¿ puede el espíritu dar más vida, o simplemente, alargar la vida material del cuerpo en el que va encarcelado, encastrado? Un axioma, comprobado en familiares y amigos que ya partieron, decía que no había nada más sencillamente eficaz que que desatar la ansias de abandono para subsumir la llama de la existencia; una falla consciente en el espíritu acababa en poco tiempo con el sustento de la vida, con la carne que no hacía sino de vehículo de resonancia del ser.
El sol apunta en el horizonte a un nuevo albor, el presente de un día enteramente nuevo. Unas pequeñas nubes juguetean con su luz. Arriba, entre las nieblas propias de la mañana otoñal, el Hradcany se yergue sobre la ciudad proclamándose vencedor al paso de los siglos.
Tras las diarias costumbres, las lecturas y un frugal almuerzo, se acercó el atardecer suave a punto de crepúsculo. Jan se encontraba en su despacho leyendo el memorial de Pascal repleto de unas palabras que siempre le habían cautivado desde su juventud :

...
Fuego
«Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob»
no de los filósofos y de los sabios Certeza [alegría], certeza, sentimiento [visión], alegría, paz
Dios de Jesucristo... (**)

Hay incandescencia en estas líneas, alma y perdición por un bien supremo... Hay una incandescencia pura... Repentinamente el ama de llaves se presenta en el quicio de la puerta anunciando a alguien : “Señor, se trata de una señora madura; no ha dicho su nombre pero exige entrevistarse con el señor de la casa.” Jan duda de la identidad de la dama y está intrigado por la visita tardía. No espera a nadie y nadie suele visitarlo cuando ya el crepúsculo ha irrumpido en la ciudad. Tras la indicación para que la deje pasar, se presenta a una dama ataviada en tonos oscuros. Al acercarse para estrechar la mano de Jan, se descubre el rostro apartando el velo de seda negra. Sus ojos son de una penetrante soberbia y se diría que están habituados a mirar sin nunca desfallecer. La dama es de una belleza contenida y antigua, además un cierto aroma a alcanfores y a baúles largo tiempo cerrados ha invadido repentinamente la estancia. Mientras estrecha la mano del conde Lacrimor lo saluda :

— Buenas noches, conde - una media sonrisa de tinte desconocido engalana sus labios al hablar.
— Buenas noches... señora.

Al estrechar la mano de la mujer un estremecimiento recorre la espina dorsal del conde Lacrimor. El tiempo parecería haberse congelado. Sin duda, aquella mujer tenía un poder oculto que no se le escapa a nadie que la tenga cercana.

— Nadie al que haya visitado antes se hallaba en tu disposición. Los labios no te tiemblan ni hay un asomo de temor en tu alma.
— Desde joven llevo esperando este momento...
—¿Has pensado mucho en todo esto?
— Sí,... temí no llegar a viejo que es lo que la mayor parte de los mortales desean. A los diecisiete ya sentía el temor (casi terror) que transmite una psique hipocondríaca; recuerdo aquello como un suplicio psicológico aunque no demasiado fuerte porque no transpiré sangre. Pero si fue un trance que duró bastantes años y me hizo tener presente mi efímera presencia en este mundo. Tras mucho tiempo bajo la soterrada obsesión que no me daba tregua, llegué a aceptar mi condición. Cuando llegara el momento culminante del trance sólo sería necesario dejarse llevar.
— Ummm... compruebo que no has vivido en vano tus días.
— Uno siempre se pregunta el cómo y éso es precisamente lo que le intriga. A mis ochenta y dos años tengo unos cuantos achaques aunque ninguno es realmente serio... además siempre mantuvo despierta mi atención la forma en que ocurriría la caída en el abismo del tiempo. ¿Expulsaría el cuerpo al alma hacia un vacío terrible - en completa libertad – o era el alma, que una vez escuchado un mandato superior, abandonaría el traje caduco que nunca más volvería a vestir?
— No suelo hacerlo y tampoco en tu caso voy a hacer una excepción. Tú eres el protagonista y serás el testigo de cómo todo transcurre.... Lo que suelo hacer es interesarme por los hechos de la vida del elegido.
— Aunque es probable que hayan llegado a tus oídos datos de mi biografía, he de contarte que provengo de una linaje antiguo con origen en las extensas llanuras de Bohemia. Mi situación actual seguramente no responde a las expectativas de mis antepasados. Parte de ello corresponde al signo de los tiempos... Vivo en este pequeño y húmedo palacete a orillas del Moldava en la Ciudad Vieja. Mi infancia fue feliz como la de casi todos los hombres... y la eternidad, según mi apreciación, no tiene mejor representación que la del tiempo infantil. Los veranos de mi niñez allá en los prados y bosques de Bohemia eran eternos. Los inviernos también pero el clima era de gran rigor; con calor y al aire libre se presiente mejor la libertad de la infancia. La vida y las cosas tienen otro aroma. En la pubertad se pierde, puede que para siempre, esa magia. Viví tiempos convulsos en mi adolescencia pero pronto caí en la cuenta de que debería soportar y administrar la carga que mi padre y de mi madre pusieron sobre mí, carga personal que iba aparejada al título nobiliario. Me casé y tuve un amplía descendencia que vive repartida a lo largo y ancho de esta ciudad. Tuve momentos de felicidad fugaz y los supe apreciar...
Colmé mi espíritu con lecturas y admiración por el arte realizado por los hombres. Era mi obsesión conocer el secreto de la vida, no dejar pasar en vano la fragilidad del tiempo que nos corrompe por dentro... Cultivé la amistad y de aquellos amigos de la juventud sólo un pequeño ramillete ha resistido los estragos del tiempo. Soy hombre que por su condición psicológica y por la pobreza de su alma, siempre ha aspirado a la esencia, a lo verdaderamente dorado de la vida. No he tenido apenas vanidad ni necesidad de extroversión; ha sido la mínima imprescindible. Diría mejor que siempre he tendido a recogerme sobre mí mismo, a concentrarme para escuchar y aprehender lo imperceptible. He tratado de llegar, y finalmente creo haberlo conseguido, al sentimiento de aquel místico medieval ...:

La rosa es sin por qué
florece porque florece.
No se inquieta por ella misma
no desea ser vista. (***)

Es toda una sabiduría la que se desprende de estos pocos versos... Quizá ahí resida lo necesario para vivir.
— El tiempo no ha pasado de forma estéril por ti... Los talentos que se te encomendaron han rendido con creces... ¿Esperabas algo más ...?
— Espero ... simplemente que unos ojos me miren al cruzar este muro del tiempo.. y poder mirarlos yo también y encontrar algo de paz. Sencillamente lo he esperado desde que era un niño... una ayuda que haga que en estos momentos me sienta acompañado pues... es tanta la soledad... Si se me permite : ¿ será aquí mismo o saldremos a la calle?
— No es necesario salir de aquí aunque si lo prefieres podemos dar un paseo por la ciudad antes del suceso.

Así es como el conde y su acompañante caminaron por el dédalo de los barrios de Praga : subieron al Castillo y contemplaron las estrellas mientras caminaban. El lento resonar de las pisadas hacía un eco casi silencioso. Todas las casas miraban al conde y su sombra. En algún momento del trayecto una leve lágrima humedeció las mejillas de Jan pero no era por conmiseración consigo mismo sino por tener que perder de vista aquellas calles que al ser recorridas tantos secretos de sí mismo le habían contado. Aquellas personas que tanto había querido.
La torre Daliborka, como vigilante adormecido apostado en el silencio de la noche, era un gigante que observaba su paso tranquilo hacia las murallas del Castillo. Cruzaron el Hradcany y atravesaron el puente de San Carlos. La dama no indagó más sobre la vida de su protegido y se limitó acompañarlo en el paseo nocturno. Arribaron a la Ciudad Vieja, donde estaba el pequeño palacio condal. La puerta estaba entornada y no hubo que molestar al ama de llaves. Era tarde y la luna estaba luminosa en lo alto. La dama de oscuro, con el velo echado, le dio la indicación a Jan para que se reclinase sobre su cama. El tuvo la tentación de taparse con el embozo el rostro pero no lo hizo por caballerosidad con aquella mujer con la que había conversado. No estaba nervioso y sólo se dejaba llevar. La vio borrosamente sonriendo un instante antes de cerrar los ojos. Ella no sabía que eran cuarenta años de espera. Cuarenta largos años de gozo prorrogado. Unos instantes más tarde, en la profunda oscuridad, una mirada parecía tenerlo en cuenta ; no eran los ojos de las ondinas, su profundidad era mayor, mucho mayor. Con la vista ya conclusa para siempre, trató de beber aquella mirada que tanto venía esperando. Sintió al fin el descanso y la paz; alguien lo estaba mirando.

 

Como es costumbre dedicado a Julio Manegat

 

(*) En 1805, el conde Plettenberg-Mietingen y su médico inglés Frobrig llegaron a la ciudad de Karlovy Vary, alojándose en la casa del farmaceútico Josef Becher. Éste trabó amistad con el doctor Frobrig, ya que los dos tenían la misma pasión por mezclar hierbas y especias con alcohol. El inglés inventó una receta para la fabricación de bebidas estomacales, pero no logró terminarla antes de irse de la ciudad. Antes de regresar a Inglaterra se la entregó a Josef Becher, quien empezó a vender la bebida en su farmacia en 1807. Es un secreto cuántas hierbas contiene la Becherovka. Se dice que son aproximadamente veinte hierbas. Lo único que ha sido revelado es que entre ellas hay canela, melisa y clavo de olor. Realmente exquisito.

(**) En la noche del 23 de noviembre de 1654 Blaise Pascal tiene un éxtasis místico, cuyo recuerdo consigna en una hoja de papel, el famoso «MEMORIAL» que llevó siempre cosido en el forro de su jubón.

(***) Famosos versos de Johannes Scheffler más conocido como Angelus Silesius (Breslau, 1624- id., 1677).

El maestresala