Nostalgia de latón y terciopelo

Vengo del aeropuerto en el supermetro, dándole al transporte público un toque británico, no por el paraguas, pero sí por el sombrero panamá, el bastón y el traje azul Bilbao con camisa corbatera, que combino con una corbata de seda azul tan pasada de moda como el resto de mi ropa, como yo mismo. Cinturón y zapatos ocres, pasador de corbata de oro. Quiero tener buen aspecto en mi cita del jueves, con los recuerdos.

Hace muchos años que marché a La Habana buscando clima y gente cálidos, para pasar los años de mi vejez. Tantos años que no puedo recordar como fue ese viaje; pero sí tengo recuerdos de todo lo que falta a mi alrededor.

Este vehículo en el que estoy subido parece una atracción de feria, he tenido que hacer cola durante unos minutos y me he sentado entre un hombre con cuernos y una muchacha con la piel teñida de azul. La joven ha sido muy amable pues me ha ayudado a colocarme el arnés, diciéndome que no me preocupe, que el viaje dura poco. Mientras arranca el motor de fisión, miro al minotauro pensando que en mis tiempos los cuernos eran algo muy doloroso que se deseaba ocultar…

¡Dios mío! La supermontaña neosovietica es como los caballitos comparado con este carro del infierno. A mi espalda, oigo algunos gritos de júbilo y enseguida siento la frenada, con igual rotundidad que el arranque. Si esta tarde me dijeran que estoy muerto no me extrañaría en absoluto.

La adolescente de piel azul me dedica una mirada amarilla de compasión y se despide de mí con una sonrisa de amatistas. El minotauro me mira ceñudo, como si yo fuera un bicho raro, pues no tengo ninguna prótesis cosmética ni ningún tratamiento rejuvenecedor, y derrota por el pitón derecho para que le deje paso, cosa que hago dándole un derechazo, por bajo, con el sombrero, apoyando el bastón en la cadera izquierda. Una pose muy torera, que nadie aprecia, que nadie recuerda, ya que la fiesta fué prohibida tras la abolición de los gobiernos nacionales durante la I Guerra de Secesión Europea. El morlaco se va suelto hacia los medios y compruebo su falta de trapío, seguramente irá al médico de cabecera para que le recete una liposucción.

Salgo a la tarde fría y clara del jueves de primavera. Me gustaría comprar tabaco, pero las droguerías solo abren por las mañanas y, además, no tengo carnet de toxicómano. Mañana tendré que pasar por el gabinete médico-sicológico para solicitarlo, aunque con mi edad veo difícil que me lo concedan. En fin, siempre queda el mercado negro, pero, total, ¿para qué? solo podré fumar en las CHHIS (Cabinas Herméticas Higiénicas), y allí la gente hace de todo menos fumar, de forma que parece que te encuentras en medio de un ataque con armamento táctico químico-bactereológico.

La Granja aún sigue funcionando, dirigiendo su actividad, principalmente, a los turistas (prueba de ello es el holograma del maitre, que anuncia el menú en europeo estandar), normal: los administrados (ya no existe el concepto de ciudadabo) no tenemos donde caernos muertos. Si quedara algún bochero socarrón diría que: “Evidente, los cadaveres lo cubren todo”.

Busco el paralelogramo del toldo y solo encuentro los restos de los espárragos en la pared. Más arriba el generador de campo polarizado, que además de hacer sombra, justifica los gastos militares por el uso posterior de estas modernas tecnologías en la sociedad civil.

Entro en el local por uno de los cilindros de chequeo, que asegura, por enésima vez el día de hoy, que no voy armado ni padezco ninguna enfermedad contagiosa ni llevo sustancias prohibidas ni estoy perseguido por la justicia, tras una rápida lectura del chip de identificación de mi antebrazo izquierdo, obligatorio para todos los administrados europeos desde el final de la III Guerra de Secesión Europes.

Fue desgraciada la última guerra, sí. Convirtió la Unión en un gran campo de concentración con la excusa de frenar la inmigración ilegal, es decir la de aquellos negros que no querían trabajar como esclavos en las fábricas y campos macdonalizados. Al principio parecía que la sociedad se opondría a los implantes subcutaneos de identificación, pero bastaron unas decenas de miles de indocumentados desintegrados para que los cilindros de chequeo y sus identificaciones pasaran a formar parte del paisaje urbano en centros oficiales y comerciales. Es cierto que hubo algunos fallos y varios miles de personas perfectamente identificadas fueron desintegradas pero, entre tantas bajas colaterales de la guerra, pasaron totalmente desapercibidas.

El local está prácticamente igual que hace 40 años. Solo el revoco de las paredes ha sido sustituido por pantallas gigantes de vapor de policarbonato que permiten los cambios de decoración al gusto de la temporada. Bueno, la máquina tragaperras es ahora una mesa de blackjack atendida por un androide femenino con las facciones de Elizabeth June. Dan ganas de perder unos cuantos miles de euros, pero hoy es jueves y tengo una cita ineludible con los recuerdos.

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Me gusta este rincón de los cortinones. Desde aquí me parece rejuvenecer hasta mi madurez. Aquí llega el camarero, con el mismo chaleco y la misma pajarita que antaño, pero no tiene el ojo a la virulé. Aunque para compensar se haya implantado unas alas de murciélago en el cuello; en cualquier caso, el otro camarero resultaba más inquietante.

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El café y la copa de anís. Podría haber pedido un brandy sintético o un combinado afrodisíaco, pero hoy es jueves y es una tarde de recuerdos. Sí, el anís se está tornando latonado, a pesar del tiempo que ha pasado, aún podré hablar con Cotidio. Cotidio. El zapatero fantasma que aparecía en mis relatos.

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Hoy hace 50 años que nos reunimos Roberto, Gonzalo y yo para comentar “Hernán Cortés” de Salvador de Madariaga. Es cierto que no hubo mucho que comentar, pues no leyeron más de 10 páginas, los muy blandengues, pero yo aún recuerdo el sonar del atambor mientras los aztecas subían a mis compañeros, ¿o eran los compañeros de Bernal?, al altar del templo de Huitzlipotzli. Tras esta, vinieron otras muchas tertulias y otros buenos amigos: Joseba, Nicolas, Emilio, Jon, Carlos.

Todo fue bién hasta aquella triste tarde. Sí, aquí están las fotos, al lado de las del Gargantúa. La primera que hicimos, cuando me empeñé en quedarme de piés remedando el cuadro de Solana. La presentación de la revista literaria. La entrega de los primeros premios Don Diego “El Intruso” y la más desgraciada: la tertulia de las bodas de plata, en la que se empeñó en acudir el Comisario de la Unión.

A partir de aquí todo fué mal.
Primero llegó el Premio Gran Europa a la Comunicación para La Tertulia. Sí, esta es la foto: Jon y el Presidente de la Unión, que al poco le invitó a formar parte del gobierno de Bruselas. Después el Nobel para Roberto. Nicolás se convirtió en el mayor editor de la Unión y se estableció con Agurtzane en París. Joseba y Carlos, marcharon a Hollywood, a hacerse millonarios con los guiones del Corcovado. Gonzalo fué destinado al Vaticano, a dirigir la Iglesia desde la sacristía. Emilio tuvo que conformarse con las portadas de la prensa rosa al casarse con una modelo negra, muy flaca... Los tertulios triunfaron y La Tertulia desapareció.

Yo me quedé aquí, anónimo, con mi traje azul Bilbao. Traté de mantener las tertulias del tercer sábado, de una forma virtual y la reunion anual, con las añagazas gastronómicas que tanto gustaban a mis contertulios, pero los problemas logísticos siempre eran insalvables...

Luego llegaron los malos tiempos: El asesinato de Jon por el terrorismo baserritarrizador. La I Guerra Civil, en la que Emilio murió al frente de un batallón de guerrilleros antimacdonalización, tras desoir todos mis ruegos para que no se echara al monte. El desagradable asunto de las jovencitas en el hotel de Trípoli y el posterior accidente de tráfico en el que Roberto abandonó este mundo a 350 Km/h. El homicidio de Carlos en su mansión de Berverly Hills y la ejecución de Joseba tras el tiroteo con la Guardia Nacional en Minneapolis. La II Guerra de Secesión, durante la cual Nicolás fué una baja más de las depuraciones de las fuerzas macdonalizadoras. La III Guerra Secesión, con la muerte de Gonzalo, en extrañas circunstancias, justo una semana antes de la reunión del colegio cardenalico para la elección del que sería último Papa.

Todo ello en 10 años y después: 25 años de paz. ¿Quién me iba a decir que yo me convertiría en un exiliado? Gracias a Dios, ser gris tiene algunas ventajas, gracias a éllas he conocido a mis nietos.

Ahora parece que las cosas están cambiando, pero a mi me da igual. Soy viejo y estoy solo. ¡Ahh! Si me viera Cotidio me diría:

“¡Jesús, Don Miguel! Menudo día pesimista que nos trae ud. ¡Hacía tiempo que no venía por aquí!”

Tienes razón, Cotidio, debería estar acostumbrado, también estuve solo antes y después de la tertulia, por que el hombre que no es escuchado... está solo entre la multitud…

¿Señor? ¿Se encuentra bién?… ¡Elías! ¡Creo que este viejo la ha “palmao”!

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¡Caramba, parece que ha habido un accidente!. ¡Hola Roberto! Siempre el primero.

Por supuesto y eso que he tenido que dejar la deliciosa sobremesa con mis jóvenes admiradoras. Bueno, ya llegan los demás, parece que hoy empezaremos la tertulia a la hora.

Miguel San José