Polvo en los labios

El ascua del cigarrillo se iluminó con una última aspiración agónica. El humo escapó entre los labios de Nuria en un suspiro en el que se mezclaban la rabia y la resignación. La nube gris se retorció sobre sí misma hasta que una leve ráfaga de aire la disolvió entre los rosales y las píceas que resguardaban la linde de la urbanización. El chirrido de un frenazo resonó lejano en la negrura. Durante unos segundos observó los vehículos que avanzaban por la autovía, reducidos por la distancia a minúsculas perlas de luz que flotaban en el caldo oscuro de la noche. Con un gesto brusco arrojó al suelo la colilla. Entre sus pies contó once más que como gotas de vida naufragaban en el polvo de la acera.
Guardó el tabaco en la mochila, echó un vistazo al reloj de pulsera y se encogió de hombros. Después paseó la mirada por las vetas que se dibujaban, caprichosas, sobre la superficie del banco de piedra en el que había estado sentada durante las últimas dos horas. Le gustaba aquel lugar; pasaba mucho tiempo allí, fumando, meditando, viendo como la vida batía con sus olas de indiferencia aquella isla que, ahora, le parecía lo único sólido en su mundo. Recorrió con los dedos una de aquellas vetas, acarició sus meandros pasando de un afluente a otro en un gesto no pretendía sino rascar unas virutas más de tiempo antes de regresar a su hogar. Siguió así un buen rato hasta que desembocó en una corriente que se interrumpía en el borde pulido del banco.
Se puso en pie y caminó hacia su casa, apenas un borrón perdido entre las sombras que envolvían el final de la calle. Tenía la esperanza de que ya estuvieran todos acostados; lo único que deseaba era deslizarse en su cuarto, desnudarse y dejar que el sueño la arropara. No quería enfrentarse con Ana, su madre, ni con las palabras que la noche anterior habían atravesado los tabiques de su dormitorio. No quería recordar los sollozos de su padre.
Abrió la puerta de entrada con sigilo, sujetando el llavero para que no tintineara. Un juramento se le enredó en la lengua cuando comprobó que en la cocina aún había luz; una sombra se deslizó sobre el rectángulo pálido que se recortaba en el pasillo. Se asomó y vio a su madre inclinada mientras arrojaba algo al cubo de la basura. Tal vez hubiera debido pasar de largo, pero una punzada de lástima y un resto de vergüenza le hicieron detenerse en el umbral. Aunque trató de evitarlo, el aroma ácido del rencor impregnó sus palabras de saludo:
Buenas noches, mamá, ¿Qué haces levantada todavía?
Un leve estremecimiento se deslizó por la espalda de la madre. Con una sonrisa triste intentó mitigar el desconcierto que se le descolgaba por las comisuras de los labios
—¡Hija! ¡Qué susto me has dado! No te había oído entrar —balbuceó mientras dejaba caer la tapa del cubo.
Los dedos de Ana se sumergieron en su cabellera como si fueran diez quillas hendiendo un océano negro en el que asomaban algunas líneas de espuma. La joven trató de ignorar la turbación de su madre demostrando un interés exagerado en acariciar el gato esquivo que en aquel momento se asomaba, curioso, desde el comedor. El animal se revolvió y escapó por el pasillo. Nuria se enderezó despacio y se sacudió las manos.
Sólo una mesa indolente separaba a ambas mujeres.
Ana acarició el paquete de tabaco, un gesto mecánico, un asidero con el que sólo pretendía evitar su caída en el pozo de resquemor que percibía en los ojos de su hija; mientras, los suyos saltaban de un rincón a otro de la cocina tratando de esquivar las gotas de silencio que caían sobre ellos.
Nuria miró a su madre a la cara. Tuvo la impresión de que hacía años que no se enfrentaba a aquel rostro. Cuando hablaban, su mirada se centraba las menos de las veces en los labios; en general solía revolotear a su alrededor lanzando dardos sobre la imagen difusa de Ana. En su interior la seguía viendo como cuando ella misma era una niña, con el pelo largo, como ahora, pero sin ríos de leche amarga; sus labios, sonrientes; sus ojos, brillantes, reflejando una alegría que hacía tiempo se había desvanecido; la piel blanca y tersa. Y suave. Nuria reprimió un golpe de llanto: el tiempo había labrado aquella cara, las lágrimas no derramadas se le habían embolsado debajo de los ojos, los labios ahora se desdibujaban como difuminados por una mueca extraña y perpetua, los párpados se prolongaban en un delta que se extendía hasta las sienes nevadas.
Ana trató de disolver la lentitud del tiempo encendiendo un cigarrillo. Exhaló el humo con un placer evidente y compuso una sonrisa artificial.
—¿A que no sabes lo que he encontrado esta tarde en el delicatessen del centro comercial? —soltó como una ráfaga mientras recogía una bolsa de plástico del aparador.
Nuria enarcó ligeramente las cejas; sabía que aquella pregunta no necesitaba de su contestación. Su madre abrió la bolsa y le mostró el contenido con un entusiasmo creciente.
—Mira, aceite de nueces de macadamia… Es perfecto para resaltar el sabor de las ensaladas…
Nuria retuvo la respuesta devastadora en los labios. Mamá, tú no has hecho una ensalada jamás.
Claro, mamá. Es estupendo —respondió mientras encendía un nuevo pitillo. Ocultó su gesto de irritación entre las espirales de humo que danzaban en sus labios.
Apartó la vista de la botellita de diseño que su madre acunaba. Aquella era una más de sus inútiles y absurdas compras. Miró hacia la encimera cubierta de restos de comida; después sus ojos chapalearon hasta el pozo de la fregadera inundado de platos sucios de varios días; su atención se quedó colgada de los churretes de grasa que se deslizaban por los armarios hasta posarse en forma de grumos, islas de abandono que se repartían por el suelo parduzco de la cocina.
Con dos golpes secos la joven apagó el cigarrillo y, sin decir nada, salió de la cocina y se dirigió al salón. Allí le esperaba un ejército de figuritas apelotonadas en las estanterías, dispuestas a arrojarse al combate, a despeñarse en una caída que acabaría en un suelo inundado de revistas viejas. Un ejército que si no se lanzaba pronto a una batalla liberadora terminaría ahogado por una capa de polvo y silencio. Un ejército en el cada soldado era fruto de un capricho de su madre, la captura de una excursión de caza en la que gastar dinero era sólo una forma de apaciguar la corriente de vacío que fluía desde algún oscuro manantial de cerebro, una corriente que había terminado inundando de figuritas, espejos y cuadros, todos y cada uno de los rincones de aquel salón.
El calor del pecho de Ana se derramó sobre el brazo de Nuria; un beso húmedo se posó en su mejilla.
El aliento le olía a cerveza y vómito. Reprimió el impulso de pasarse la palma de la mano por la cara.
—¿Cómo estás, hija? Nunca me cuentas nada de ti… —susurró Ana.
Nuria continuó con la vista clavada en las figuritas; no quería contestar a la pregunta de una manera directa. No quería seguir hablando con su madre. No se sentía bien. Hacía semanas que algo no estaba bien dentro de ella. Cerró los ojos y se pellizcó el puente de la nariz. No soportaba la tensión que rezumaban aquellas paredes. Las imágenes empezaron a desfilar por su cabeza, al principio en filas ordenadas, una secuencia de discusiones antiguas, silencios, ausencias, lágrimas; pero pronto perdieron el paso, tropezaban unas con otras, y se sumieron en un vórtice de caos, confusión e ira. Se mordió los labios: lo de la noche pasada era el grano de arena que hacía desmoronarse la montaña de su propia estabilidad. Se acordó de Román. Cada vez pensaba menos en él. La frecuencia de sus encuentros había disminuido. Ella, que se enorgullecía de su brillantez desapasionada en la cama, ya no sentía el deseo en su pecho, en su vientre. Pobre Román. Su queja, entre cursi y atormentada, aún revoloteaba detrás de sus párpados. “Has cambiado, Nuria”, le dijo la última vez que se habían visto, demasiados días atrás. “Antes eras suave. Ahora, cuando te acaricio, es como si las manos me sangraran”. Abrió los ojos. Las figuritas seguían avanzando hacia el abismo.
—Últimamente estás muy ocupada… —contestó Nuria sin mirar a su madre—. No parece que tengas tiempo para nada… Ni para nadie.
La madre jugueteaba con la manga del jersey de su hija. Nuria se recostó en el sofá y apartó el brazo.
Sí, tienes razón… —dudó Ana.
El corazón de la joven se aceleró y el rubor cubrió su rostro. No, no quería hablar de lo que había oído la noche anterior; sin embargo se daba cuenta de que lo estaba provocando.
—Es que… —continuó—, las cosas en la universidad no me van muy bien… Dicen que van a despedir a bastantes profesores. Bueno, no es un rumor; a mí ya me han dicho que tengo que echar a Isabel y a Bernardo… Te acuerdas de ellos, ¿verdad?
Nuria no pudo evitar girarse y mirar a su madre apenas un instante. En sus venas latían el alivio y la decepción por la confesión demorada.
Mamá, hace cuatro meses dijiste lo mismo. No empieces otra vez con tus miedos y tus historias.
Ana empezó se puso en pie y comenzó a pasear de una punta a otra del salón mientras daba unas caladas compulsivas a su cigarrillo.
—¿Es que crees que me lo estoy inventando? —las palabras de Ana sonaron como un graznido.
—No, no digo eso, y baja la voz que vas a despertar a papá —la joven hizo un gesto apaciguador con las manos. Después cerró los ojos, encendió un cigarrillo y exhaló una bocanada gris que nubló su rostro.
La madre detuvo su deambular con brusquedad. Miró al techo y después a su hija.
—Tu padre, tu padre… Parece que sólo te importa lo que le pasa a tu padre, lo que tu padre piensa, lo que tu padre dice… Un día me voy a largar de casa y te vas a quedar con tu padre, los dos solos, a ver qué tal os va… —habló con voz contenida, masticando su enojo.
—¿A qué viene eso? ¿Se puede saber? —ahora era la hija la que levantaba la voz.
Ana se volvió a sentar a su lado y le acarició la cabeza.
No me hagas caso, hija; estoy muy nerviosa.
—Has estado bebiendo, ¿verdad? —preguntó Nuria en un susurro helado, un latigazo mucho más hiriente de lo que hubiera querido. Ana se mesó los cabellos—. No, si no hace falta que contestes. Te…
Las palabras se le atoraron en los labios y huyeron por la nariz mezcladas con el humo del tabaco. Te apesta el aliento. Agitó la cabeza.
—Te… Te estás medicando; ya sabes lo que dijo el psiquiatra. Joder, mamá, eres una irresponsable. Todos te damos lo mismo; sólo piensas en ti. Y además…
Nuria se llevó a los labios el cigarrillo y aspiró con fuerza, como si quisiera recuperar las palabras que acababa de pronunciar, como si deseara que no fueran más que hebras de tabaco y se pudieran quemar con aquel gesto, como si de esa manera fuera posible borrar la realidad, convertirla en humo que pronto se torna invisible. Pero no, era imposible hacerlas desaparecer, eran como un olor que impregnaría su piel, como lo hacían ya las que escuchó la noche pasada. Era una capa más entre las que con el tiempo se habían depositado sobre su vida, pero que no ocultaba las anteriores sino que se mezclaba con ellas, y se fundían en un único olor que ya era imposible soportar.
—¿Eres feliz, Nuria? —musitó la madre queriendo cambiar de tema— ¿Qué tal te va con tu novio? ¿Cuándo nos lo vas a presentar?
La joven comenzó a palmotearse la pierna con una frecuencia y fuerza cada vez mayores. Miraba al frente ignorando de manera deliberada las palabras y el tono tierno de Ana, los ojos suplicantes que no quería enfrentar. Expulsó el aliento como si hubiera estado sin respirar todo aquel tiempo. Luego aspiró una bocanada de aire y sin volver la cabeza lanzó la pregunta que le ardía en la garganta desde la noche anterior. Ya está. Ya lo dije.
—Mamá, ¿quién es Damián Lordi?
El cuerpo de Ana se tensó de tal forma que su rigidez se expandió a su alrededor como una coraza de hielo. Nuria se puso en pie y dio la vuelta a la mesita del salón donde dormitaban los restos grasientos y mordisqueados de una pizza; los miró con la comisura del labio ligeramente elevada. Después, con ese mismo gesto de asco se encaró a su madre.
—No me mires así, como si te acabara de insultar —silabeó—. Respóndeme.
—Si me lo estás preguntando es porque algo sabes, ¿no es cierto? —se cubrió la cara con las manos y negó con la cabeza—. Claro… Te lo ha contado tu padre. Siempre te tiene que meter a ti en medio… Su defensora —dijo con ironía—. Si no fuera tan pusilánime quizá...
—Cállate. Cállate ya. Él no me ha contado nada. Os oí ayer por la noche.
—Entonces si nos oíste, ¿para qué estás preguntando? Claro, claro… Tienes que humillar a tu madre, ¿verdad? Eso es lo único que te puede satisfacer; que me ponga de rodillas y te pida perdón. A ti. Pues no sigas preguntando, porque no es asunto tuyo.
Nuria la miró con la furia destilando en forma de lágrimas, lágrimas que ya golpeaban la escollera de su propio control.
—¿Cómo que no es asunto mío? ¿Es que no tiene que importarme que mi madre le ponga los cuernos a mi padre?
Las tres palabras se le vinieron a los labios. Sabía que debía tragárselas porque una vez flotaran en el aire nublado de la habitación, sus ecos tardarían mucho en desprenderse de aquellas paredes, y terminarían tiñendo sus vidas de rencor y remordimiento. Eres una zorra.
Cuando la mano golpeó su mejilla tenía los ojos cerrados en un vano intento de reprimir las lágrimas. El fuerte impacto no le hizo abrirlos. Prefería no enfrentar la tormenta que ella misma había desatado. Sintió que el calor del cuerpo de su madre la acorralaba. Su aliento cargado de alcohol se deslizó sobre sus párpados. Las palabras silbaron como el canto de una sirena herida.
—Estoy harta de ti, Nuria. Harta. Estoy harta de esos aires de superioridad que te das, de la forma que tienes de hablarnos, de que nos juzgues y condenes cada día por todo lo que hacemos y decimos. De tu hipocresía. Le llamas zorra a tu madre. ¿Por qué? ¿Porque busco fuera de esta casa lo que no encuentro en ella? —sujetó con fuerza el brazo de la hija; ésta le esquivó la mirada y tiró hacia atrás tratando apartarse. Las uñas se le clavaban en la piel.
—No, no pongas esa cara, no me refiero al sexo… —se interrumpió de repente y suspiró. Soltó el brazo de la joven e hizo un gesto desvaído con la mano como si estuviera concediéndole permiso para abandonar la habitación.
Ana se sentó de nuevo en el sofá y recostó la cabeza sobre el respaldo. Ahora era ella la que quería apagar el mundo cerrando los ojos. Nuria la miró unos segundos. Apretó los labios, pero la primera letra no quiso volar y se convirtió en ceniza, en ceniza que ensució la palabra que pugnaba por atravesar la barrera de su resentimiento. Mamá. Si ella la hubiera mirado una sola vez la barrera se hubiera disuelto en llanto. Pero su madre estaba ya muy lejos, dentro de esa cueva oscura y remota en la que se refugiaba y en la que ninguno de ellos podía penetrar.
A grandes zancadas, Nuria se sumergió en la penumbra del pasillo y buceó hasta su dormitorio. Echó el pestillo y se sentó en la cama. Repasó distraída los libros que dormitaban en las estanterías. Se tumbó sobre la cama sin quitarse la ropa; colocó las manos debajo de la cabeza y miró a su izquierda, hacia la ventana que coronaba su mesa de estudio. Más allá, la noche ladró.
Durmió mal. Aún no había amanecido cuando se levantó y caminó hacia la cocina a oscuras, tanteando las paredes. Por la ventana pudo ver cómo las estrellas se difuminaban en la claridad del alba. Bebió un vaso de agua y después se apoyó sobre el mueble e inclinó la cabeza. Se enderezó con un espasmo y se acercó al cubo de basura. Debajo de unos periódicos arrugados dormitaban cinco latas de cerveza vacías. Bajo la tapa de golpe; miró a otro lado y sus ojos se quedaron enredados entre las colillas de un cenicero. Quiso ahogar su rabia entre aquellos despojos y las esparció de un manotazo sobre el mueble de la cocina. Después abandonó aquella selva muerta y deseó nadar hasta el cielo, muy lejos de allí. Pero las estrellas ya se habían sumergido en el mar púrpura del horizonte y la luna flotaba lánguida en el magma rojizo de su propia indiferencia.
Regresó a su habitación y se tumbó de nuevo en a cama. Casi sin darse cuenta su cuerpo comenzó a agitarse, convulso, derramándose en sollozos. Cuando despertó, el sol se paseaba por entre una corte de nubes desde hacía muchas horas.
Llamó a la puerta del despacho de su madre. Ella lo llamaba así, aunque jamás se traía trabajo a casa. Era su refugio, el lugar en el que se aislaba de un mundo que le venía grande. Y de vosotros, decía con amargura cada vez con mayor frecuencia. No contestó nadie. En el reloj del aparador comprobó que ya eran casi las dos. Se encogió de hombros; aquella tarde no tenía clases en la Facultad. Entró en el cuarto. Cinco años hacía ya. Cinco años desde que los umbrales de cada habitación de aquella casa se transformaron en fronteras invisibles, pero muy tangibles. Desde que su madre había encontrado unos preservativos en el cajón de su mesilla. Desde que un tú no tienes derecho a revolver mis cosas se corrompió hasta convertirse en una discusión a gritos que finalizó con una frase fría y silbante. Tú ya no eres mi hija.
El olor a tabaco le golpeó en la cara con fuerza. Era como si cada mueble, cada libro o papel segregara aquel aroma denso y gris. Corrió las cortinas y abrió la ventana. Le sorprendió el orden de la estancia. Unos folios perfectamente alineados con el borde el escritorio. Varias docenas de libros guardando formación en las estanterías. Era como si el caos que su madre arrastraba detrás de sí no hubiera conseguido penetrar en aquel templo y por ello, rabioso, se hubiera ensañado con el resto de la casa y sus habitantes. Pero no, también allí adentro todo estaba mal. Le bastó abrir la puerta del mueble para darse cuenta de ello. Demasiado mal, quizá. Más de cuatro docenas. Todas vacías. Formaban columnas de diferentes alturas, perfectamente alineadas como si delimitaran calles en una supuesta ciudad de metal. Sólo faltaba un puente bajo el cual pudiera correr el río de cerveza que su madre se había ido bebiendo a escondidas. La extraña estética que componían las latas vacías le tenía fascinada, aquel orden le asustaba. Los zarcillos de tristeza que reptaban por las paredes de la habitación se enroscaron en su pelo y comenzaron a tirar de ella. Salió del cuarto y regresó con una bolsa de basura, y la ciudad desapareció en su interior. Pero la tristeza se quedó allí, esperando a su propietaria.
Por la tarde, cuando su padre llegó a casa, Nuria decidió contarle lo sucedido. Durante todo el día se había sentido inquieta, con una desazón que la había llevado a malgastar varias horas revolviéndose en su habitación, fumando, hablando en voz alta, repitiendo una y otra vez la conversación de la noche anterior, los mismos argumentos. Debía haberse contenido. Quizá hubiera juzgado la situación de una forma precipitada. Tal vez hubiera debido hablar con su padre en primer lugar… Con su padre… Hablar con su padre… Suspiró con ironía y resignación. Hablaría con él si lograba hacerle salir de su mundo. Estaba sola. Siempre lo había estado. Desde que tenía memoria se había visto obligada a tomar sus propias decisiones sin contar con el apoyo o consejo de sus padres. Todo lo que ella decidía estaba bien, jamás llegaba ningún tipo de crítica. En algún tiempo pensó que aquello era confianza, pero pronto percibió el desinterés detrás de aquel teatro de amabilidad y buenas palabras que manaban de unos labios ocultos siempre entre las páginas del algún libro o de una nube de humo.
Su padre sí se llevaba trabajo a casa. Su auténtico hogar era el habitáculo repleto de papeles, libros, cuadernos de apuntes, revistas y periódicos en el que ahora estaba sumergido como un bañista feliz. Desde hacía varias semanas incluso dormía en un estrecho diván que hasta no hacía mucho había permanecido oculto entre resmas y tesis doctorales polvorientas.
Llamó a la puerta y la voz potente y venérea de su padre le dio permiso para invadir su torre. Su saludo era inevitable y siempre el mismo, de una efusividad avasalladora; sin embargo no era más que una pantalla sobre la que el operador de cine proyectaba una película ya conocida mientras él se dedicaba a sus auténticos afanes, oculto en la oscuridad de la sala de cine. Nuria miró a su padre a los ojos y supo que estaba sola en aquella habitación. Con un tono seco y con la voz quebrada después de muchos cigarrillos eludió aquellos escarceos amables y empalagosos y trató de que la atención del hombre no se evadiera por entre los resquicios de una conversación inane. No merecía la pena disimular la crudeza de lo que deseaba hablar con él.
Papá, escucha. La otra noche os oí a ti y a mamá…
Su padre, se quedó mirándola con un asomo de sorpresa e incomprensión en el rostro.
No pongas esa cara; os oí hablar de Damián Lordi y de lo que hay entre él y mamá.
El gesto del padre se endureció durante una fracción de segundo. Apenas un parpadeo, y Nuria jamás se hubiera percatado de la maniobra de evasión interior que su padre acababa de poner en marcha.
¡Ah, eso! Bueno, Nuria, no te preocupes. Tu madre me lo ha contado todo, pero ya es una historia acabada. De verdad. Me pidió perdón y ya está todo bien.
Nuria dejó escapar su irritación en un sollozo que su padre interpretó como de alivio. Se acercó a ella y le puso el brazo sobre el hombro; la apretó contra su pecho y le dio un beso en la frente. Era un hombre alto, de pelo gris como una nube ahíta de lluvia. La joven se dejó acariciar unos segundos. No, no era cierto. Nada estaba bien. Aquel gesto de cariño le trajo recuerdos de las excursiones al Parque de Atracciones durante su infancia; de la desilusión y la angustia que le asaltaban cuando encaramada en alguna de las máquinas se volvía con una sonrisa en su cara para saludar a su padre y sólo veía a un señor sentado en un banco, abstraído en los papeles que se llevaba para estudiar, totalmente ignorante de que su hija clamaba por su atención desde las alturas. Cuando la sirena señalaba el final del viaje regresaba cabizbaja donde su padre. A su alrededor los otros padres acariciaban y abrazaban a sus hijos, aún asustados e impresionados por la atracción de feria. Sin embargo ella siempre había de caminar sola hasta el banco donde aquel señor que era su padre seguía sumido en su mundo de teorías matemáticas. Ella era menos real y tangible que los bosques de ecuaciones por los que él solía pasear.
La reacción siempre era la misma: levantaba la cabeza con un ligero sobresalto y una sombra de desconcierto asomaba a sus ojos. Luego la miraba con esa misma sombra nublando su semblante. Un par de segundos y el desconcierto se traducía en indiferencia; enseguida se ponía en funcionamiento el mecanismo del autómata y llegaban las sonrisas tranquilizadoras y las palabras suaves, sonrisas y palabras que pronto se diluían en un silencio triste y forzado, en el soborno de una golosina. Cada vez que veía aquella indiferencia dibujada en las arrugas de la frente de aquel hombre unas ganas tremendas de llorar la sofocaban.
Y ahora le ahogaban otra vez esas ganas de llorar de su niñez, ese sofoco que casi le impedía respirar. Y el llanto contenido se entreveraba de rabia porque nada había cambiado, y de humillación por sentirse tan impotente como entonces. Mientras la mano de su padre le palmeaba la espalda, Nuria sintió la piel de su cara arder de vergüenza y arrepentimiento porque quizá no le costara tanto entender la actitud de su madre.
Agitó los hombros para liberarse del entumecimiento que le transmitía el monocorde tono tranquilizador de su padre. Se plantó delante de él cortándole el paso en su camino de huida. Un último intento. Un último asalto a aquella torre.
Papá, no está bien. Nada está bien. Mamá no está bien, ¿o es que no te das cuenta? Anoche cuando llegué estaba bebiendo.
Su padre agitó la cabeza y extendió las manos como si así pudiera detener una idea que podría perturbar su mundo interior, armónico y perfecto.
No, no, estás equivocada, hija. Tu madre me ha asegurado que no ha probado ni una gota de alcohol desde hace meses.
Ya. Desde que empezó a tomar la medicación que le recetó el psiquiatra, ¿no? Eso te ha dicho, ¿verdad? —replicó Nuria casi sin convicción y con una ironía que iba decayendo a medida que hablaba.
Eso es, hija. ¿Ves como todo está bien?
Nuria sujetó a su padre por el brazo y sin decir una palabra le arrastró a trompicones hasta el despacho de Ana. Allí, sobre la alfombra, la bolsa de basura abría su boca repleta de dientes metálicos. Desde el umbral se la señaló con el brazo extendido y vibrante. Sus ojos hablaron por ella mientras se clavaban en los de su padre. ¿Hace falta que te diga algo? El padre se aproximó cauteloso a la bolsa como si de ella pudieran salir gaviotas furiosas y arrancarle los ojos. Se inclinó y con la punta del dedo agrandó la abertura de la bolsa. Aspiró hondo y miró a su alrededor, pero allí no había nadie que se hiciera responsable de aquellas latas. Nuria le siguió mirando en silencio viendo crecer el desamparo en el rostro de aquel hombre de repente viejo y triste.
Con la cabeza inclinada y los brazos caídos a los costados era como un árbol podado y desnudo esperando el beso final del hacha.
Quizá… Tal vez… —murmuró.
Nuria le siguió por el pasillo cuando abandonó el cuarto. Arrastraba los pies hacia su habitación como el animal herido que regresa a su guarida. La jovén habló a la espalda encorvada.
¿Te sientes engañado ahora? ¿Vas a hacer algo de una maldita vez?
El padre se sumergió de nuevo en su bosque. Las ramas se cerraron sobre la cara de Nuria en forma de puerta. Ella apoyó la frente sobre la madera y gritó hacia el hombre que ahora ya estaba sentado en su sillón subrayando textos ajenos.
Es tu esposa… —el resto de las palabras se ahogaron en su garganta. A sus labios sólo asomó un hilo del que colgaba un lamento—. Es mi madre…
El sol se ocultó detrás de las cumbres de la sierra cercana. Las lágrimas de la joven enturbiaron las tinieblas que ascendían por las paredes de la casa. Se sentó en el salón, bañada por la penumbra. ¿Y ahora? Sin saberlo imitó el gesto de su madre la noche anterior: apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y cerró los ojos.
Regresó del sueño cuando ya todo estaba oscuro. El teléfono rasgaba con su sonido impertinente los velos que la habían arropado. Era su madre. Los labios de Nuria temblaron cuando las palabras que bullían en su interior borbotearon a través de la línea.
Mamá… Anoche… Lo que te dije… —se interrumpió, insegura—. No estuvo bien. No debí hablarte de aquella manera.
Entonces las lágrimas de la joven se desbordaron por encima del dique de su vergüenza. Perdóname, mamá.
Al otro lado la voz de su madre le incendió el estómago y el pecho. Regresaba tarde; había tenido una reunión con los profesores de la cátedra. Les acababa de despedir, casi sollozó. Su voz oscilaba, las frases cabeceaban, las palabras trastabillaban y tropezaban en unos labios que Nuria imaginó náufragos en un mar de alcohol.
No llores, niña. No hay nada que perdonar. Tenías razón—hizo una pausa que sonó amarga—. Pero luego hablamos, ¿vale? ¿Me esperarás? Te quiero, hija.
Yo también te quiero. Era fácil decirlo, pero las palabras se le hicieron polvo en los labios.
Claro, mamá. Claro— contestó Nuria aferrando con fuerza el auricular, tratando de descargar en él su tensión y la furia que sentía contra su madre.
Después sólo les unió el silencio.
El chasquido al cortarse la comunicación fue como un escalofrío que se extendió por su piel. Estuvo más de una hora sin moverse, mirando el teléfono, repitiendo en murmullos las palabras que nunca pronunció, esperando que volviera a sonar y derribara el muro de bloques de silencio y argamasa de incomprensión que una vez más habían levantado entre ellas. Marcó despacio el número de su madre. Yo también te quiero. Era fácil decirlo. Una voz átona contestó con un mensaje grabado. La esperaría levantada.
Miro la hora en el reloj. Cenaría algo rápido y trataría de estudiar. Según iba hacia la cocina tocó la puerta del cuarto de su padre, pero sólo el sonido de una respiración profunda le respondió. Se preparó un bocadillo y lo mordisqueó un rato hasta que decidió que estaría mejor en el cubo de la basura. Al levantar la tapa, las latas de cerveza asomaron su sonrisa cruel. Con un respingo recordó la bolsa que aún aguardaba en el despacho de su madre. La recogió deprisa y salió a la calle.
El sonido metálico de la bolsa al chocar contra el fondo del contenedor se confundió con un frenazo brusco. Unos destellos azules proyectaron su sombra sobre el asfalto. Cuando se giró, un guardia se bajaba del coche patrulla y apretaba el timbre de la entrada de su casa. Nuria corrió hacia las luces.

 

Roberto Sánchez