El tríptico

Siempre me gustó la Navidad. Amaia la detestaba pero a mí siempre me gustó. Y me gusta aun más si hace frío, mucho frío. Como en Covarrubias.

***

- ¿Alberto?
- Sí, soy yo.
- Soy Félix Otxando, nos conocimos cuando te operaron en la Clínica Mafre. ¿Te acuerdas?
- Sí, hombre. ¡Cómo se me iba a olvidar aquel glorioso lechal!

Y lo recordaba. ¡Vaya si lo recordaba! Y recordaba que fue jefe de mantenimiento en una clínica de Vitoria donde me quitaron aquel quiste. Y recordé como pasábamos las largas noches de convalecencia hablando de libros, de música, de cine, de vinos y de su lechal. Y recordé como me convenció para que fuera a su casa a “catar mi lechal. Único en el mundo”. Y recordé su mirada verdadera. Hablamos despaciosamente. De su jubilación en Covarrubias, de la mía en Arkaute, del campo en invierno, de los mosaicos romanos de Clunia, de Sibelius, de la perdiz roja, de la soledad.
- ¿Pero seguro que no me has llamado solo para que repasemos el estado de la nación?
- Como se nota tu querencia. Tienes razón, en realidad quiero pedirte un favor.
- Tú dirás.
- Hace cuatro meses robaron el Tríptico de los Magos de la Colegiata de Covarrubias. Supongo que lo habrás leído en la prensa.
- Debo confesar que ni lo he leído, ni sé que es.
- Es una talla única, no hay nada igual en el mundo. Flamenca del siglo XV o principios del XVI con los tres magos adorando a Jesús en brazos de la virgen. Te juro que es tan hermosa que conmueve. Pues bien unos degenerados la han robado y el pueblo se derrumba y yo con él. Ya te conté que a pesar de no ser de aquí, esta es mi casa, casi mas que Otxandio donde nací. Figúrate que hasta fui alcalde una temporada…Alberto, necesito que me ayudes a recuperarla. Por favor.
- Félix, escucha que no te suene a excusa fácil pero supongo que la policía ya estará en ello y me consta que la guardia civil dispone de un Departamento de primera línea en asuntos de robos de Patrimonio.
- Sí, pero no me fío. Dicen que han sido unos profesionales que es muy complicado recuperar la obra aunque los pilles y que habría que esperar varios años a que salga a la luz para su venta en circuitos exclusivos y no sé cuantas otras historias para no dormir. Vamos, que nos están diciendo que nos demos por jodidos y yo, al menos, no estoy dispuesto.

***

Covarrubias es un pueblo de algodón. De algodón y madera y uno se siente suave y bien. Se aproximaba la Navidad y la sensación era aun más profunda. El pueblo se colmaba de pequeños belenes en escaparates, poyos y alféizares que asedaban el vaho del aliento aterido. Me alojé en un hotelito rural. Tres pisos de un adobe del siglo XVIII. Me acomodaron en una habitación azul con ventanucos a un corral lleno de gatos ratoneros. Dos ancianas envueltas en boatiné azul curioseaban tras una ventana herrumbrosa cómo deshacía el equipaje. Me dirigí a la Colegiata mientras un frío carnal se derramaba por las callejas. En el atrio una estatua oscura de la princesa Kristina de Noruega guarda triste la entrada al templo. Solo un rosetón florido nos anuncia desde su sobria portada el magnifico interior gótico altivo. Me sale a recibir –las gestiones de Félix me abren todas las puertas- el encargado de la visita guiada. Le pido que antes que nada me muestre todo como si yo fuera un turista más. Y comienza una cantinela monocromática y trapera. El hombrecillo me cuenta como conseguir novio tañendo la campana de la princesa Kristina que murió de pena en Sevilla –no se acostumbró al calor hispalense lejos de los fríos de los fiordos nórdicos- tras casarse en Covarrubias con el infante Don Felipe de Castilla. Me muestra el magnífico claustro, tallas y cuadros religiosos, tapices, atuendos litúrgicos y por fin llegamos a la sala donde se alberga –albergaba, debería decir- la joya de Covarrubias, el tríptico. El hombrecillo al borde del colapso me explica lo del robo y que solo me puede mostrar una reproducción burda de la obra. Abre un cajón adosado a la pared y allí aparece el objeto del deseo: el tríptico, mejor dicho, una copia, efectivamente bastante vulgar, del tríptico. Reconozco la belleza inusual del original si un remedo me produce tal fascinación –tenia razón Félix-. La virgen hermosa y distante sostiene y vigila de soslayo a un niño largo y juguetón. El manto dorado de la virgen da fe de su divinidad. Detrás San José les observa ajeno a todo con habito talar. Pero los protagonistas son los tres magos, sabios. Las tres razas, las tres edades, la vida arracimada. Melchor –Appellicon- (según la denominación encontrada en el friso de San Apolinar de Rávena), de rodillas, el blanco, el europeo portando el oro con el que juega el niño, pelado como un fraile, con la parda barba noble, nariz recta, griega, pómulos prominentes, cara larga, frente abultada y redonda, mirada inteligente. Es el mayor, quizá el mas sabio, quizá el mas rico. Gaspar –Amerin- el mongol, amarillo, con barba y pelo negro ensortijado, ojos rasgados y misteriosos, con un perro a los pies y el aroma del incienso en las manos. Y Baltasar –Damascón- el negro, el africano, bello como el ébano, brillante, joven, arrogante, con la mirra de la muerte. Permanecí un largo rato observando con placer aquella reproducción. El hombrecillo esperaba impaciente a que terminara para asaetearme con preguntas que no contesté sino al contrario le formule algunas que él contestó con la amabilidad propia de los colegas de Félix.

- ¿Trabaja usted aquí a diario?
- Sí, claro. Yo me encargo de todo lo que se refiere a la explotación de la Colegiata y Museo.
- Bien, ¿recuerda las fechas cuando se produjo el robo?
- ¡Cómo para olvidarlo! ¡Qué cosas pregunta, buen hombre!
- Disculpe, es parte de mis rutinas. Dígame, ¿recuerda algo que le llamara la atención los días previos al robo? Alguien que viniera a menudo. Algún cambio de costumbres de alguna persona relacionada con la iglesia o cualquier otra cosa…
- Ya le dije a la policía que lo único que puedo recordar de especial fue las repetidas visitas de un señor delgado y con barba. Vino todos los días de una semana completa y se quedaba mirando absorto, así como usted lo ha hecho, el tríptico. Pero la policía dijo que eso no servia de gran cosa. Que buscaban gente que estudiara las alarmas o las ventanas o sitios para entrar a robar. Que de gente rara está el mundo lleno. - ¿Reconocería a ese hombre si lo viera otra vez?
- A lo mejor, pero no se lo puedo asegurar. De todos modos yo estoy con la policía aquel tipo tenia cara de buena gente.

El hombrecillo fruncía el ceño y cantaba las respuestas como si de un pregón se tratara.

- Ya me voy, ¿no tendría usted algún póster o fotografía o lo que sea del tríptico?
- Déjeme pensar, creo que en el cuarto de los mandos hay uno. Espérese un momento, por favor.

Aguardé curioseando unas reliquias de santos que se guardaban detrás de una urna de cristal para preservar al mundo de sus milagros, supuse.
Volvió el hombrecillo con una reproducción en A3 del tríptico que le agradecí con un apretón de manos y una generosa propina.
Félix me había citado en el Bar El Puente –cerca del puente sobre el Arlanza- para cenar y charlar. Llegué primero y pedí cerveza y picadillo. Me atendió una mujer de hablar dulce y recto.
- ¿Va a cenar usted con Félix?
- Pues sí. Me vendría bien, si no hay inconveniente.
- No, por Dios. Todo lo contrario. Los amigos de Félix son siempre bien recibidos. Quiere mucho al pueblo, ¿sabe? y se ganó enemigos cuando fue alcalde por trabajar recto. Gente de mal vivir. Mari, la del pescado por ejemplo. Félix que es vasco y sabe de peces, les miraba los ojos y las escamas y le decía, “Mari que esto no esta fresco. No nos metas gato por liebre”. Y Mari se ponía de los nervios. Félix sabia que traía el pescado el martes y que luego vendía por los pueblos con la furgoneta y el jueves nos trataba de meter en el pueblo lo que no había vendido en vez de comprar fresco. Y Félix se lo echaba en cara. Pero cuando fue alcalde se lo prohibió por no sé que ordenanza de salud publica. Y Mari le retiró el saludo. Y así pasó con otros muchos. Como le decía, gente de mal vivir.
Apuraba el picadillo –que picaba de esa manera gloriosa- cuando llegó Félix, enjuto, cano, sonriente, como le recordaba.
- ¡Alberto, cuánto bueno, amigo!
- ¡Félix, qué gusto!
- Ya veo que Pilar te cuida bien y tu te dejas, como siempre.
- Hago lo que puedo y sí, Pilar me ha mantenido entretenido y sin sed.- A Pilar- Encantado Pilar.
- Igualmente.
- Pilar danos de cenar de lo bueno.
- Os pongo unos huevos de mis gallinas, con chorizo y patatas. Una ensalada de tomate, de mi huerta, ¡eh!, que lo congelo, con su ajito picado y cebolla dulce de aquí de la ribera. Un tinto con gracia del Arlanza y luego un arroz con leche que lo borda mi madre.
- Así sea. Sentémonos Alberto.
Nos acomodamos en una mesa con un mantel de hule y con vistas al Arlanza. Estaba cayendo una helada seca como una cortina cegadora y un perro trataba de encontrar calor debajo de un banco. Dimos cuenta de todo con apetito y agradecimiento y nos dispusimos a charlar dos copas de brandy.
- Supongo que ya habrás pasado por la Colegiata y habrás visto la copia inmunda.
- Sí. Esta tarde me he dado una vuelta. Tenias razón, es único.
- Ahora lo estará disfrutando algún hijo de puta con dinero. Encuéntralo, Alberto. Por favor.
- ¿Y la policía? ¿Cómo voy a meterme yo en sus cosas? Además no tengo ninguna experiencia en robos de arte.
- La policía ya solo piensa en esperar a que el tríptico salga a la venta en alguna subasta discreta y tener allí gente preparada. Pero para eso han de pasar varios años y yo no estoy dispuesto.
- Lo voy a intentar pero solo por volver a comer unos huevos como los de hoy o un lechal como el tuyo. Las probabilidades de que encuentre algo son menos que nulas.
- Anda no seas modesto.

***

Disponía de mas de dos horas antes de la cita con el Inspector Redondo de la brigada especializada en robos de obras de arte de la Policía. Nos encontraríamos tras un cocido completo en la Taberna Buenaventura en la calle Hermosilla. Decidí pasarlo en un banco de la plaza de la Cebada, leyendo el periódico y comiendo patatas de churrería. Me entraron un par de putas matinales ofreciéndome sus exclusivos servicios a un precio inmejorable a lo que rehusé por falta de tiempo. El trayecto hasta el restaurante lo hice a pie, disfrutando de la luz única del invierno en Madrid y del paisaje y paisanaje del Madrid canalla. Me esperaba el inspector –haciendo honor a su apellido- tras un mandil que amablemente te enfundaban en la taberna para disfrutar del cocido sin manchas inoportunas. Decidimos dejar la conversación técnica para después de las torrijas y nos centramos en el futbol y sus recovecos. Despachamos el cocido, con su gallina, carne, puerro y sopa con una alegría intima y personal. Un vinillo cantarín de la vega del Manzanares nos ayudo con la gollería.
- Mire, Fernández, por mí haga lo que le plazca. El temor a los celos profesionales hace tiempo que se alejó de mí. Pero le advierto que no va a lograr nada. En el robo de Covarrubias intervinieron cuatro profesionales de la cosa del robo de arte. Uno pasó la noche dentro de la iglesia desconectando todo y abriéndoles la puerta al resto. No han dejado rastro alguno. Ahora el tríptico descansará cerca de un año antes de pasar al primer perista, luego a otro mas y este, habitualmente sin antecedentes, lo introduce en el mercado vendiéndoselo a un anticuario con factura legal. Este se lo pasa a la casa de Subastas y de esta a un coleccionista donde la obra deja de moverse. El precio se incrementa hasta por diez. El único momento en que podemos detectar la obra es durante la subasta y ahí tenemos colocados agentes. Si llega a un coleccionista lo único que se puede hacer es negociar con él la venta legal, aunque hoy en día la legislación europea nos autoriza a recuperar la obra robada –si se demuestra tal- si pagar indemnización –cosa que antes no ocurría- las legislaciones nacionales son muy proteccionistas con sus ladrones y les protegen con subterfugios extraños. Y todo para quedarse con la talla o el friso o el cáliz o lo que sea.
Dos copitas de ajenjo vedaron el paso a la depresión que pretendía instalarse en mi tras la explicación de Redondo.
- De todos modos estamos tras la pista de un anticuario que ha dado muestras de nerviosismo cuando hemos ido a verle y creo que podremos sacar algo en claro por esa línea.

***

- Pilar, ¿cuántos hoteles hay en Covarrubias?
- Mire, don Alberto, hoteles por derecho hay dos, el de la Colegiata y este que esta cerca del río. Luego tiene un puñado de casas rurales y pensiones, ah y el camping… ¿Quiere algo para cenar?
- Unas sopas de ajo si puede ser. ¿Y, el de la plaza?
- Cerró hace ya algunos meses. ¿Le estrello un huevo en las sopas?
- ¡Cómo no!

***

Nevaba al regresar al hotelito. El blanco de los copos se confundía con el algodón de los lienzos de las casas. Llevaba conmigo la lista de los clientes de los hoteles de Covarrubias que se hospedaron las semanas anteriores al robo. La nieve y la lista tuvieron el conocido efecto de tranquilizar mi estado de animo y aquella noche dormí plácidamente. Desperté con la lista entre los dedos. Al otro lado del corral, las dos ancianas desayunaban unas sopas entretanto seguían con la mirada mis paseos mientras telefoneaba a cada uno de los nombres de mi lista.
- Hola, me llamo Alberto Fernández y soy de la policía vasca. Estoy investigando un robo que se produjo en la Colegiata de Covarrubias poco después de que usted la visitara. Preciso de su colaboración si no tiene inconveniente. Necesitaría me permitiera ver las fotografías de la colegiata o del museo con el tríptico de la Adoración que usted tomó durante su visita. Si no hizo, olvide esta conversación.
Repetí esta misma cantinela decenas de veces con desigual suerte.
Cuando terminé y mientras extendía sobre una rebanada de hogaza la mermelada de limón que la madre de la chica que cuidaba del hotel preparaba con las frutas tempranas de unos limoneros de la ribera, repasé los cinco nombres y lugares que quedaron en mi lista: Luis Crespo-Burgos, Daniel Restrepo-Navalcarnero, Julián Tornos-Arevalo, Abel Marin-Ciudad Rodrigo e Iñaki Lafuente-Basauri.

***

Tuve que acomodarme la bufanda y los guantes de lana antes de salir del coche. El termómetro marcaba dos grados bajo cero y se sentía un viento helado. El campo charro no perdona los inviernos de cara. Abel Marin vivía en la calle General Pando cerca de la Casa de la Cadena –una de tantas en España-. Empezó a nevar y tuve que cobijarme bajo el Pórtico del Perdón de la Catedral y esperar a que amainara un poco entre apóstoles y estampas de historia sagrada. Mientras admiraba el Pantocrator, recomponía mi lista: tres fracasos –pocas ganas de colaboración, mala suerte, pista falsa- y sólo dos nombres por visitar.
Entré en el domicilio del cuarto a media tarde. Me recibió con amabilidad contenida y me regaló con moscatel y unos dulces caseros (“Se llaman perronillas. Ya verá como le gustan. Las hace mi madre y les añade anís y tomillo”).
Le reiteré el motivo de mi viaje y me mostró cinco fotografías de la colegiata. Las examiné y consideré que podrían ser útiles.
- ¿Me las puedo llevar? Le prometo que tan pronto como termine con el caso se las devuelvo en mano.
- No hay cuidado. Como si no me las devuelve. No creo que las volvamos a mirar. Así es esto de las fotos. Parece que hay obligación de retratar todo lo que se mueve y luego no hay tiempo material –ni ganas- de volver a recordarlo. Así somos un poco.
Abel hablaba sosteniendo la mirada. Luego, apuró el vaso de moscatel mientras sonreía abiertamente.

***

- ¿Qué tal van las cosas Don Alberto?
- Mejor de lo que yo esperaba, Pilar. Tengo una cara a la que debo asignar un nombre. En la Colegiata, el encargado ha encontrado al enamorado del triptico. Para ser sinceros, soy un hombre afortunado, excepto en amores, supongo.
- No sea usted modesto que tiene una planta que seguro que lleva a las vascas por la calle de la amargura. Y en cuanto a lo del nombre, yo no entiendo mucho de esos andurriales pero lo mejor para encontrar a alguien es preguntar a la gente por la calle. O sino en las gasolineras. Recuerdo que Anselmo, mi primo, trabajaba en una y siempre decía que lo más importante era recordar caras. Nunca supe por qué, supongo que porque se aburren. Terminé las patatas con cordero, recordé que debía repostar y salí en pos de mi nombre.

***

Escurría aguanieve en la plaza porticada de Lerma. Merendaba unos turrones de caramelo que fabricaban las monjas Clarisas de la localidad y que había mercado en el torno. Entré en el parador donde hace algunos siglos el Duque de Lerma se construyó el segundo Escorial para mas gloria de si mismo y sus conciertos de cámara. Algo abrumado por el exceso de la mansión, arrojé el resto de los dulces a un paragüero, me encomendé a la protección de las Clarisas y caminé resuelto hacia las oficinas de la Dirección del hotel.
- ¿No estoy seguro de entender lo que desea?
- Es muy sencillo. Quiero saber si este hombre se alojó aquí al menos durante una semana entre el 15 de Julio y el 15 de Agosto de este año
Le pasé la foto de Abel.
- ¿Y cómo quiere que yo sepa eso?
Va a ser verdad el chiste ese que corre sobre las diferentes capacidades de los Directores y los becarios.
- Bien, señor director. Se me ocurre que podemos preguntar a su personal y luego quizá consultar el archivo con las copias de los DNIs de las personas alojadas.
- Pero eso va a ser tremendamente complicado, señoooor…..
- Fernández. No crea. Es cuestión de buena voluntad y además recuerde que es tremendamente importante. El ayudante o lo que sea de aquel estirado inútil resulto ser de gran ayuda. Trabajamos hasta bien avanzada la noche y dimos con lo que podría ser un nombre aunque la correspondencia entre las dos fotos no era exacta, el parecido era incuestionable.

***

Aterricé en Almería pasadas las cuatro de la tarde de la víspera de Navidad y con una sensación de nausea en el cuerpo. Lejos de ser una nausea existencial –que vivía conmigo desde hace algunos años-, podría definirse como una nausea aérea, una mezcla de viento de invierno y bocadillo de jamón de pavo con algo lejanamente parecido a una mayonesa.
Soplaba un viento escalofriante en una tarde engañosamente luminosa. Seguía estragado. La sensación de peligro o quizá miedo no dejaba de producir movimientos peristálticos en mi pobre vientre.
Alquilé un utilitario, me abrigué un poco mas y me dirigí sin pensarlo demasiado a Aguamarga. La carretera evitaba el cabo de Gata y tras pasar Nijar, en un paraje semidesértico asomó entre dos pequeños oteros Aguamarga. Miraba al mar y más concretamente a la playa, un pueblo desaliñado pero blanco que vivía un poco de lo que da el mar y un bastante de lo que unos intermediarios turísticos le quitan.
Disponía de una dirección y entré en un bar para preguntar. Allí me remitieron a un apuesto artesano una calle mas abajo.
Vendía collares y pendientes a los turistas y a duras penas se podía mantener en pie. El hedor a aguardiente que huía de su aliento era prueba más que evidente de su estado de embriaguez. A juzgar por el estado de su pequeño negocio, se podría suponer que la condición en que le encontré no se podía considerar como casual. Le pregunté por la dirección que buscaba y tras largas y turbias explicaciones sobre la maldad de las mujeres que le habían dejado en la penosa situación actual, “y que si aquella me robó algo mas que el corazón y que si esta se escapó con mi coche y mi perro y que si esa se aprovecha de mi debilidad con un balanceo de caderas”, me explicó como llegar a mi destino.
Un pescador ya entrado en años que reparaba una modesta red me confirmó el lugar cuando lo encaré.
Llamé a la puerta de un cortijo blanco, enjalbegado hasta el dolor y rodeado de pozos, parrales y botijos. La casa, más que grande, levantaba dos plantas de lujo mediterráneo.
Salió a abrir una doncella de las de antes. “Buenas tardes, ¿qué desea el señor?”. “Buenas tardes quisiera ver al dueño, si es posible”. “¿A quien debo anunciar?” Todo esto con un dulce acento antillano que compaginaba perfectamente con el conjunto. “Al subcomisario Fernández, de la Academia de Arkaute de la Ertzaina”. “Un momento, por favor”, tarareó con ritmo aquella hembra.
Me hizo pasar a un recibidor de color ocre con dos aparadores anclados a las paredes llenos de portarretratos. Me entretuve mirándolos.
El tercero por la izquierda, el más grande, el amarillo, me produjo un temblor compulsivo, casi un mareo. Allí entre las cuatro tablillas de madera de pino, la cara de un hombre mayor, blanco, europeo, pelado como un fraile con la parda barba noble, nariz recta, griega, pómulos prominentes, cara larga, frente abultada y redonda, mirada inteligente. El oro se le suponía. - ¿Le conoce?
No conseguí modular palabra. Miraba a mi anfitrión, un hombre alto, de pelo cano, barba corta y rasgos correctos enfundado en un traje de lino blanco, sin poder contestar y sin soltar el retrato
- Es mi padre. La única persona que me ha querido y a la que he querido. La única. Murió hace ya dos años. Pero ya ha vuelto.
Y se quedó mirando, tenso y lejano, a un falso ventanal que asomaba desde la habitación contigua.

Joseba Molinero