La prótesis


CAPÍTULO I
 
Había dormido mal, muy mal en realidad. Aquella mañana su humor era pésimo y se le agrió aún más cuando recordó que tenía una reunión con Pedro a primera hora, algo sobre nuevas tecnologías para ampliar el negocio, le había dicho la tarde anterior. No lo veía muy claro, y además, Pedro era inaguantable. Quizá debería despedirlo aprovechando lo mal que estaba la cosa.
No había conseguido dormir una hora seguida en toda la noche. El jaleo que formaban los del piso de abajo era tremendo. Según le había comentado Gabriel, llegaban auténticas manadas cada día, y no muy dispuestos a aceptar lo que les tocaba, todos quejándose y montando manifestaciones. Y mira que estaban avisados… Eso le ponía de muy mala leche, empezaba a darle vueltas al tarro, se le subía la tensión y…, vamos, que un buen día se iban a enterar todos de quien era el jefe, así, a la brava, como la última vez, con un diluvio, y en esta ocasión ni arca ni pollas, a tomar por culo todos. Eso sí, mientras tanto, jodiendo cada noche. Qué inútil Lucifer, otro que se iba a enterar el día menos pensado. Y ahora venía Pedrito y que no, que mejor emplear nuevas tecnologías, interné y los SMS y la güé para convencer a la gente, para que se portaran bien y luego no tuvieran que acabar achicharrados.
Unos golpecitos en la puerta le hicieron volver a la realidad. Era Pedro, por supuesto. Traía el desayuno y una voluminosa carpeta atiborrada de papeles. Miró las nubes que formaban el techo de la habitación, suspiró y trató de resignarse a lo inevitable. De todas formas prefirió darse un tiempo antes de afrontar la pelmez de aquel tipo. Con un par de ágiles zancadas se escabulló dentro del baño y le gritó que fuera preparándolo todo, que él salía en seguida.
Al cabo de media hora, algo más relajado, se bebió de un par de tragos su taza de maná y compuso un gesto en su rostro en el que pretendía quedara reflejado su escepticismo y aburrimiento. Como la mejor defensa era un buen ataque, decidió reprocharle a Pedro la mierda de desayuno que le había servido.
—Siempre maná, siempre maná, coño. ¿Es que no hay café y bollos?
—Pero, Majestad, ya sabe que su colesterol no anda bien y que luego, si le sube la tensión…
—Aquí lo único que me sube la tensión eres tú—le interrumpió—. Bueno, a ver, ¿qué me tenías que contar de interné y todas esas chorradas?
Pedro carraspeó un par de veces ignorando el insulto y abrió un cartapacio repleto de hojas escritas con letra menuda. A su oyente se le erizó el vello de los brazos; se veía ya ahogado en una verborrea farragosa e interminable. Vale, allí todo era eterno, pero había un límite.
—Pedro, Pedro, que te veo venir… Al grano.
Pedro lanzó un suspiro de resignación y cerró su carpeta.
—Verá, Majestad, como Usted conoce, porque es omnipotente, omnisciente, ubicuo y… —la mirada de su interlocutor le hizo tragar saliva—. Vale, decía que Usted ya sabe que las últimas estadísticas reflejan un enorme descenso del número de creyentes, y los que creen son personas con poca iniciativa y atractivo, ya se sabe, curas, monjas, viejas… Necesitamos adoptar medidas enérgicas que publiciten Su figura y hagan volver a los hombres los ojos hacia Su magnífica Majestad y Su infinita gloria y…
Él le interrumpió con un gesto despectivo de la mano.
—Vale, vale, te copio, no te emociones. Pero, pregunto, ¿y Benito y sus secuaces, qué coño hacen? ¿A qué se dedican? Se tendrán que ganar el sueldo, ¿no? Porque si no les meto a todos en el trullo y por aquí no pisan…
—Esa es otra parte del problema, Majestad. No parecen muy eficientes, se pierden en minucias y no van a la esencia del asunto. Como habrá notado, en el Infierno hay ya overbukin… Hemos tenido que reabrir el Purgatorio y habilitarlo como Infierno…
—Pero, ¿no lo había cerrado el polaco hace años…? Joder, pues sí que estamos mal —atajó a Pedro, que intentaba retomar su discurso—. Vale, chaval, vale. Tenemos un problema. A ver, ¿qué se te ha ocurrido?
—La idea me la han dado los españoles. Los ateos españoles, para ser más precisos. Desde hace unas semanas se están publicitando en los autobuses y…
—Déjales, déjales. Imbéciles. Ya se darán cuenta de quién tenía razón cuando aparezcan por aquí. Se van a enterar. Perdona, Pedro, majo. Sigue, sigue…
—Pues decía que he estado pensando que nosotros podíamos hacer lo mismo, pero a lo grande, que para eso Su Majestad es omnipotente… Usaríamos interné, introduciríamos publicidad en páginas ya existentes alabando las delicias del paraíso. Además enviaríamos unas cuantas tomas del Infierno. Serían de lo más disuasorias… —un escalofrío le recorrió la espalda al recordar su reciente estancia por aquellos parajes.
—Joder que sí… —repuso Dios.
—Enviaríamos SMS a todo el que tuviera un teléfono móvil. ¡Qué mejor prueba de la existencia de Dios! Imagínese, miles de millones de teléfonos con el mismo mensaje, al mismo tiempo, de Su Majestad. Su existencia quedaría confirmada de manera inmarcesible, grandiosa, magnífica…
—Vale, vale… Lo he captado. Oye, ¿no deberíamos consultarlo con Benito antes? El viejo es muy susceptible, ya lo conoces. Además estos alemanes, a la mínima, te la montan, sobre todo cuando les das un uniforme… No sé en qué metí la pata con ellos…
—Con todo respeto, Majestad, creo que deberíamos jubilarlo de manera definitiva. El hombre es muy tradicional; es más de lo de la zarza ardiendo como sistema de comunicación, y eso hoy ya no se lleva porque los ecologistas están a la que salta…
—Vale, vale… Te sigo copiando, no te enrolles. Vamos, que nos carguemos al viejo, ¿no?
—Más o menos, Señor —carraspeó azorado Pedro.
—Pues no sé, chico. Es que luego lo tenemos aquí todo el día dando sermones y escribiendo encíclicas en ese idioma farragoso que hablan… Oye, mira que son pelmas los alemanes. ¿Por qué coño no hicimos que eligieran a alguno más salado? No sé, los italianos están bien, ¿no? ¡O un irlandés! Joder, qué morbo, con todo eso de la pederastia estaríamos en boca de todo el mundo. Que hablen de nosotros, aunque sea mal… ¿Quién dijo eso?
Pedro acababa de decidir que el aspecto de sus uñas era de una gran importancia para él. Las inspeccionaba con una atención digna de mejor causa. Su jefe seguía perorando.
—Claro que mira tú también al último, al polaco. Cada dos por tres me monta un mitin y me alborota a la parroquia. Se supone que aquí se viene a contemplar mi gloria y todas esas monsergas, no de fiesta…
Pedro seguía expurgando los bordes de sus uñas de imaginarios restos de suciedad. Levantó el rostro componiendo un gesto de genuina sorpresa cuando recibió autorización para continuar con el asunto.
—¿Cómo lo hacemos? ¿Cómo asaltamos las páginas güé y todo eso? Porque lo de la omnipotencia, ya sabes tú, que con la edad…
Pedro explicó que el primer paso era eliminar todas las empresas antivirus. Así todo sería mucho más fácil. En un mapa señaló las principales.
—Vale, hecho, ya han quebrado todas. ¿Qué más?
—El siguiente es provocar una crisis mundial. Después compramos a través de la gente de Benito las compañías más importantes de telefonía e Internet y ya está: a mandar SMS y publicidad.
Asintió calibrando el plan de Pedro. Le pareció bastante sólido, aunque no tenía muy claro que después de la crisis mundial de marras fueran a quedar muchos teléfonos móviles y ordenadores. Los chavalines tenían una cierta tendencia a rebanarse el cuello unos a otros a la mínima… En fin, sus dotes de clarividencia le decían que más o menos. De todas formas, reflexionó, si todo el mundo se volvía creyente y se portaba bien y creían en Él y todo eso, en muy poco tiempo se le llenaría la casa de gente. Ahora sólo llegaban viejas y algún cura misionero asesinado, personas tranquilas. Pero se imaginó sus colinas blancas de algodón atestadas de multitudes cantándole loas mañana, tarde y noche, y se le atiesaron los pelos de la barba. Se sentó, levantó la cara hacia Pedro y le sonrió.
—Oye, Pedro, majo, que estaba pensado… ¿Y si ampliamos el Infierno? ¿Nos saldría muy caro?
Pedro le miró consternado.
—No lo sé, Majestad. Yo no soy albañil, ni carpintero. Eso lo sabrá Pepe —respondió Pedro, ofendido, con la cabeza vuelta y mirando al infinito.
­—Coño, pues sí que estamos susceptibles últimamente… En fin, vale, haremos como dices y si sale bien y esto se llena, les pondremos a todos a hacer vainica doble. ¡Hala!, prepara los detalles y me dices lo que sea...
Le dio unas palmaditas en la espalda a Pedro y se encaramó en la bicicleta ciclostática para pedalear sus diez kilómetros de cada mañana.
  
CAPÍTULO II
 
La boca de Copronio se abrió en una exclamación que tuvo el buen gusto de contener. El hotel era tal y como Marisol ­—la de la agencia de viajes—se lo había descrito, todo design, cool, fashion, in, amazing y otros adjetivos pronunciados en un espléndido inglés, o eso le pareció. Lo que no se ajustaba tanto a sus expectativas era el precio.
—Nada, nada, tú ni te preocupes por eso. Aquí tienes el bono, y luego allí les pagas con tarjeta y ya está —le había explicado la semana anterior cuando le preguntó cuánto costaba aquel hotelazo, claro que cuatrocientos euros la noche eran como para preocuparse.
Marisol era una guarra, se la tenía jurada desde hacía años, pero qué culpa tenía él de que ella tuviese bigote y no le saliera del higo depilárselo, la tía asquerosa. Y cada vez que lo veía en el “CaPajorro”, empeñada en que le diera un piquito. Encima era una borrachuza que perdía la compostura con un par de gin-tonics. Él tenía más clase. Joder, cuatrocientos euracos, pues sí que era caro de cojones el hotel. Y había reservado cuatro noches. Era lo mínimo que necesitaba, según le había explicado por teléfono la amable señorita de la clínica del Dr. Lersundi. Las pruebas eran algo complicadas, le dijo bajando la voz, no supo muy bien si queriendo establecer una complicidad innecesaria con él o tratando de sofocar la risa, que era lo que le había parecido.
—Estas prótesis, señor Catapódico…
—Catapodis, señorita, es que mi padre era griego, ¿sabe usted?
—Perdón, caballero. Le decía que estas prótesis son lo último en tecnología, pero requieren unas mediciones previas de gran precisión. Usted lo entenderá, tratándose del asunto del que se trata. Y el suyo es muy especial…
Aquí fue donde la tipa no se había aguantado el descojono, de eso no le cupo duda a Copronio. No lo entendía, y a punto estuvo de suspender el viaje y la consulta. ¿A qué venían esas risas? Pero, claro, se trataba de tener o no tener una polla como Dios manda… Dios, precisamente Él. Recordó cuándo y dónde había perdido su miembro, y si no perder, sí visto reducido a los cuatro milímetros que se le perdían entre el vello púbico, y tuvo claro que estaba dispuesto a enfrentar cualquier tipo de burla y vergüenza por recuperar lo que era suyo. Muy complicado, le explicaron, pero para nuestra clínica no existen imposibles. Somos líderes mundiales en alargamiento de pene e implantes protésicos, así que no se preocupe usted. Está en las mejores manos. Eso le contó el doctor Idiáquez, con el tono engolado y declamatorio de un anuncio de los años sesenta, después de citarle para la semana siguiente. Ahora le paso con la señorita Sayago, quien le pondrá al tanto de los detalles. Agur, le gritó en la oreja el doctor a modo de despedida.
Comprobó las citas en la pequeña agenda que le habían enviado con la documentación y la factura. Éstos sí que habían sido claritos con el precio. La tal Sayago le había cantado las cifras con retintín, como diciendo: no sé si vas a ser capaz de pagar esto, pringado. Y no andaba desencaminada, porque entre el hotel y las pruebas se le había quedado la cuenta del banco a cero. Después había que pagar la operación y el post-operatorio. Por fortuna, Teodoro Cifuentes era su compadre de toda la vida y director de la sucursal del BBVA en el pueblo. Cuando le explicó la gravedad de su caso, le aseguró que no habría ningún problema para concederle el préstamo que solicitaba.
—Chico, lo que no entiendo es cómo has podido sufrir un accidente así de extraño… Joder, te tuvo que doler la hostia, ¿no? —le había preguntado con el morbo brillándole en las pupilas, ansioso por conocer los detalles escabrosos.
—Mucho, Teo, mucho —le respondió Copronio, intentando eludir la repuesta que el otro le demandaba.
—Vale, tío, ya veo que prefieres no hablar de ello. Nada, ven pasado mañana y firmamos los papeles. Y, oye, por mi parte, discreción absoluta, ya lo sabes.
¡Qué hijo de puta, el Cifu! Una semana llevaba aguantando risitas, miraditas a la entrepierna y comentarios graciosillos. Que si, hombre Cata, parece que pesas menos, te noto más ligero. ¡Uy!, pero qué bien te quedan esos pantalones, qué caída más holgada. Pues p’amí que eso de mear sentado está bien, porque así no pringas los bordes de la taza ni el suelo, que ya me dice mi mujer que soy un guarro, pero qué le voy a hacer con el pedazo mango que tengo, ¿a ti no te pasa lo mismo, Copro? Unos hijos de puta, todos. Se iban a enterar cuando regresara con un cacharro de veintidós centímetros bien puesto. Cabrones.
El caso es que hasta la mañana siguiente no tenía nada que hacer, así que decidió disfrutar de lo que quedaba del domingo visitando los alrededores y el propio edificio del hotel, una joya de la arquitectura, caballero, le había dicho el recepcionista negro, a la altura de la del museo Guggenheim.
Nada que envidiarle, se lo digo yo —empezaba a emocionarse el moreno—, como me llamo Endika, hostias.
Un tanto perplejo, Copronio se fijó en la chapa de identificación prendida en la pechera del tal Endika. Endika Arruabarrena, se llamaba el tío. Tócate los huevos, se dijo Catapodis. Un tanto intrigado, no pudo evitar preguntarle al moreno si de verdad aquel era su nombre.
Sí, caballero, ¿por qué lo pregunta, pues? —respondió el tal Endika con un perfecto acento subsahariano.
No, no, por nada…
Claro, el señor se piensa que un vasco no puede ser negro. Pues ya ve que se equivoca, caballero.
Copronio prefirió no profundizar en la conversación, porque le estaba pareciendo que el moreno se ponía un poquitín agresivo, y no era cuestión de llevarse una hostia, pues.
Mientras trataba de asimilar la indigesta noticia de la tarifa de su habitación, se dedicó a recorrer la recepción del hotel. En la calle se notaba cierta agitación. Aprovechando que una jovencita de nalgas prietas y vientre plano, vestida con el uniforme del hotel, pasaba a su altura, Copronio se interpuso en su camino y con una sonrisa que él pensó estupenda, pero que ella ­—a juzgar por la ligera elevación del labio superior allá por la zona adyacente al agujerito izquierdo de la nariz— calificó como de disminuido, decíamos que con su mejor sonrisa inquirió a la joven acerca de las causas de la mencionada agitación.
Una convención, señor —dijo la joven arrastrando la letra final del título dedicado a Copronio—. De propietarios de Ferraris. Si me disculpa…
Con una hábil finta de su cintura, la empleada se escabulló entre el público y dejó a Copronio con ganas de un mayor intercambio con ella. Le duró poco tal veleidad, justo lo que tardó en tantearse la bragueta y percibir el vacío bajo la tela del pantalón. Ahogó un sofoco y se aproximó a la entrada, donde la expectación parecía estar transformándose en tumulto.
  
 
CAPÍTULO III
 
Paga, paga la puta multa y vámonos de aquí, que estamos dando el espectáculo.
Pero, Majestad, esto es una manifiesta injusticia, es un atropello arbitrario que no debemos tolerar…
¡Qué pagues, coño!
Es que…
Bastó una mirada de soslayo para que las lamentaciones de Pedro se disolvieran en el aire dorado de la tarde dominical. Desde las ventanas del edificio del otro lado de la calle, la rechifla comenzaba ya a ser hiriente. Los gritos de guapos, macizos, muérdeme, muérdeme donde tú sabes, vampiresa, habían ido agriándose hasta transformarse en el de maricones, que en aquellos momentos corría por la calle, arriba y abajo, como si fuese el himno de un equipo de fútbol. Mientras le entregaba al guardia municipal un billete de cien euros, Pedro rezongaba:
­—Ciudad de homófobos…
Chaval, es que con el culo gordo que tienes, ¿a quién se le ocurre ponerse unas mallas como esas? —dijo el guardia.
Ya te gustaría a ti pillar uno así, loca, que bien que me lo has mirado —se le enfrentó Pedro.
El guardia le contempló con los ojos muy abiertos, casi tanto como la boca. Carraspeó un par de veces y le acercó mucho la cara. El aliento le olía cerveza y tabaco, algo que a Pedro le pareció muy excitante.
A que te meto una hostia, imbécil —dijo con voz contenida el policía municipal.
Pedro sintió que Dios le tiraba de la manga del traje y se quedó con las ganas de que aquel machote le diera con la porra.
Rojo de indignación, el acompañante de Pedro se acercó al portero y le entregó las llaves del Ferrari.
Anda, majo, apárcalo por ahí. Luego nos dejas la llave en recepción.
No es justo, a los otros no les han multado y a nosotros…
¡Que te calles de una puta vez! —le gritó Dios, y luego siguió en voz baja rezongando—. Ya sabía yo que no era buena idea, ya lo sabía yo. ¿Quién me mandará hacerle caso a este bobo? ¿A quién se le ocurre llegar disfrazados de vampiros en un Ferrari a un sitio como este?
A medida que mascullaba las palabras, la furia se le iba acumulando en el centro de la frente hasta que estalló en un torrente verbal que, por fortuna, pronunció en arameo.
Me cago en el puto cabrero que se folló a tu madre, mariconazo. Un día… Un día…
No pudo seguir, ya no tenía remedio. Pedro se encogió tratando de esconder la cabeza detrás de los bordes elevados de su capa; la ira de Dios era temible.
Bueno, lince, y ahora, ¿por dónde empezamos?
Pedro estiró el cuello y asomó por encima de las solapas de su manto negro. Lanzó un par de tosecillas para aclararse la garganta y tragó saliva de una forma ruidosa. La nuez le subía y bajaba en el gaznate como un émbolo.
Pues verá su Majestad, según nos ha indicado Gaby, nuestro hombre se aloja en este hotel, precisamente. Como resulta que se celebraba una convención de coleccionistas de Ferraris aquí mismo, me dije que la mejor forma de pasar desapercibidos era camuflarnos entre ellos y así…
No sigas por ahí, que la vas a terminar liando… Joder, ¿por qué te haré caso? ¿Tú no te das cuenta de que bajar a la Tierra siempre es peligroso?
Bueno, Majestad, tampoco es para tanto, ¿no? Al fin y al cabo, es Su creación y…
Calla, mastuerzo, que ya sé lo que vas a decir. Que todos estos energúmenos están hechos a mi imagen y semejanza. Ya lo sé, los hice yo, pero a veces creo que se me fue la mano.
Pedro trataba de eliminar una pelusa del borde de la manga de su traje.
¿Tú crees que yo tengo tan mala leche?
Pedro no tuvo más remedio que contestar.
No, Señor, la verdad es que desde lo del Diluvio, Su Majestad está mucho más relajado.
Ya, oye, qué liberación fue aquello, ¿verdad? De todas formas, me sigue pareciendo peligroso bajar por aquí. Mira lo que pasó cuando mandé al chaval a que les echara una mano. Me despisté un par de años y ya me lo habían clavado en un madero, los muy salvajes.
Un incidente muy lamentable, a decir verdad.
Claro, para ti es fácil decirlo, pero fíjate en el mosqueo que se agarró. Desde entonces no me dirige la palabra y se dedica a putearme el negocio con sectas y sectitas, y encima se saca de la manga ese pastiche de religión que es el Islam, oye tú. Y ahora andan a hostias todo el día. En fin, a ver si se le termina de pasar un siglo de estos…
­—Ciertamente, Majestad, ciertamente —respondió Pedro algo desinteresado por el rumbo que tomaba la conversación.
Estoy mayor, Pedro, no sé si debería jubilarme y dejar el negocio a otro más joven. ¿Tú qué crees?
Pedro se estiró todo lo que sus vértebras le permitieron. Compuso una expresión untuosa y servil, y con voz zalamera respondió a la pregunta del Jefe.
Majestad, yo estaría muy honrado en relevarle, aunque pienso que aún está en excelentes condiciones para continuar al mando de la nave. No obstante, los años de experiencia a su lado me han permitido adquirir una perspectiva que, sin duda, me será de gran utilidad en el momento en el que acceda a la Magistratura que se me ofrece.
Dios le miró con el pasmo dibujado en sus facciones, aunque oculto entre la tupida barba.
Pero, qué coño estás diciendo, anormal. Tú convertirías el planeta en una Sodoma en cuatro días. Venga, tira…
Se pusieron en marcha hacia la recepción del hotel. De repente, Dios se giró y amagó con un revés en la cara de Pedro.
A que te doy, imbécil. Te tengo dicho que no me pises la sombra, joder.
 
 
CAPÍTULO IV

 

A Copronio le invadió una sensación de deja vú —Ludmila, la rumana licenciada en filología francesa que trabajaba de cajera en el Caprabo, le había explicado una noche lo del deja vú mientras contemplaban las estrellas—. Ya había visto a aquel par de payasos disfrazados de vampiros en algún sitio o lo había soñado. El nerviosismo comenzó a rascarle con sus uñas ponzoñosas el estómago. De repente, unos retortijones crueles y definitivos le empujaron hacia el ascensor y, seis plantas después, a una veloz carrera por el pasillo del hotel hasta alcanzar su habitación. Cuando logró sentarse en el retrete y dejó vía libre a sus más íntimos fluidos, suspiró relajado, tanto por lo que acababa de soltar como por la distancia que había interpuesto con los dos vampiros de pacotilla. El pequeñajo barbudo y con cara de cabreo, la capa hasta la cintura y las mallas rojas le había parecido… Pero no, no podía ser… Era absurdo.
Abrió el minibar y echó un vistazo a su interior. Un copazo no le vendría mal. Agarró un par de botellitas de güisqui y vertió su contenido en un ostentoso vaso de cristal de roca. La habitación valía un Potosí, pero había que reconocer que cuidaban los detalles. Dio un sorbo al licor mientras hojeaba distraído la lista de precios del minibar. Después miró casi con tristeza el vaso, ya no tenía energías ni para cabrearse. Treinta y cinco euros la botellita. Suspiró y se acercó a la ventana. Las vistas eran magníficas. Desde allí podía ver una explanada en la que se sentaba un perro gigante de flores. Tenía algún nombre, pero no conseguía recordarlo. Observó cómo evolucionaban los paseantes arriba y abajo alrededor del chucho, cómo se fotografiaban, reían, señalaban sorprendidos hacia la mole recubierta de titanio del museo… Un hecho discordante en aquella pacífica imagen de domingo por la tarde le golpeó, en la retina primero y después en los intestinos: como un par de cucarachas en medio de una tarta de boda, los dos payasos del Ferrari se plantaron en medio de la plaza y clavaron sus miradas inquisitivas e inquietantes en sus ojos. Le estaban mirando a él, no le cabía duda. Dio un paso atrás tratando de ocultarse tras las cortinas y tropezó con la cama. La bebida se le derramó sobre la camisa y, en su mayor, parte sobre los pantalones. Se puso la mano encima del pecho y trató de controlar sus latidos. Una voz grave acarició su oído, burlona e incitante:
¡Qué, chavalote! ¿Pasándotelo en grande, eh? Esa mancha en los pantalones, ¿es lo que parece, pajillero?
Copronio gritó y su propio chillido le hizo incorporarse en la cama, jadeando y con el corazón alborotado. El pulso acelerado le taladraba los oídos, las paredes reverberaban como un diapasón repitiendo una y otra vez su miedo y su sobresalto. Mierda, se había quedado dormido y todo el güisqui había acabado, como en el sueño, sobre los pantalones. Se rascó la cabeza y se acercó al minibar. Hostia puta, el precio de la bebida no lo había soñado. Agitó la cabeza y cerró los ojos en un intento de retener los últimos retazos del sueño que ya se iba diluyendo en la penumbra de la habitación.
 
CAPÍTULO V
 
 Los dos personajes disfrazados de vampiros se paseaban por la explanada del museo Guggenheim. Hablaban en voz queda y gesticulaban mucho. Todo denotaba una conversación tensa y agitada que no deseaban trascendiera a los turistas que correteaban alrededor del perro floreado. Un grupo de japoneses vociferaba a unos metros mientras lo acribillaba a fotografías al grito de typical, typical.
Oye, Pedro, ¿no te parece que deberíamos cambiarnos ya de ropa? Estamos dando el cante.
El aludido estudió su reflejo en la pared de cristal de la Oficina de Turismo. Aquel traje de licra ceñido le sentaba de maravilla. Delineaba sus músculos de una manera que se ponía cachondo con sólo mirarse. Se fijó en el bulto del paquete.
Creo que no, Majestad. Si acaso podríamos comprar una txapela para mimetizarnos con los nativos.
En ese momento, una señora con más kilos que años en cada una de sus piernas exclamó en una especie de berrido:
¡Mira, Loli, mira! ¡Qué gatito!
Su brazo finalizaba en un dedo índice espasmódico. Un caballero alto, de sienes plateadas y pelo ondulado peinado hacia atrás, vestido con un traje gris marengo, camisa de algodón egipcio blanca y pañuelo de seda al cuello, de cierto aire británico en su pose y maneras, se detuvo en seco al escuchar el chillido de la mujer y levantó una ceja. La miró de arriba abajo y el labio superior se le arrugó en un gesto de asco. Desmintiendo hasta cierto punto su aspecto elegante y sofisticado, de entre sus dientes salió una imprecación más que audible:
Cagüendiós, pero qué palurda es la gente…
El más bajito de los dos vampiros se giró en redondo y preguntó a nadie en concreto:
¿Qué ha dicho este tío?
No lo sé, Majestad, pero está tremendo… —respondió Pedro dándole un descarado repaso al del traje gris.
El pequeñajo prefirió dejarlo estar y se volvió hacia su interlocutor.
A ver, loca, resumiendo, nuestro hombre es informático y todo eso, así que le hacemos jefe de la campaña, ¿no? Además, es creyente, de eso estamos seguros… Vamos, que no le queda más cojones…
Yo diría que sí, Majestad. Después de los dos encuentros que ha tenido con Su Grandiosidad, no puede sino serlo.
Ya, no sé yo, pero bueno, vamos a aceptarlo como hipótesis de trabajo. Aparte de todo esto, nuestra oferta es irrechazable… La causa, es decir, Yo, es magnífica.
Lo es, Majestad, lo es… —dijo Pedro mientras miraba de reojo a un grupo de jovenzuelos vestidos con bermudas y camisetas ceñidas.
Oye, lo que no entiendo es por qué hemos elegido a este imbécil como responsable del tinglado. No me pareció un tipo muy despabilado las otras veces, la verdad…
Pedro disimuló su confusión arreglándose la capa encima de los hombros. La respuesta a esa pregunta era algo deprimente.
Pues, verá Majestad, precisamente por eso, porque es un perfecto imbécil y ya le tenemos un tanto amedrentado. Alguien un poco más listo se nos reiría en la cara. Me temo que la cosa está muy mal y ya nadie cree en milagros, ni en Su Gloria… Y tampoco es cuestión de ir arrasando con todo el que no se postre ante Su Magnificencia…
No, no —dijo pensativo el otro—, la verdad es que se las apañan bien para arrasarse entre ellos sin la ayuda de nadie… Por cierto, según tus planes, tendremos que crear una crisis mundial para poder comprar las empresas de telecomunicaciones y todo el rollo, ¿no?
No va a hacer falta, Señor. Como usted decía, ellos solitos se las apañan. Los sicarios de Benito ya están a la tarea.
El de la capa corta asintió. Entonces, ya era hora de empezar con el asunto.
¿Cuál es la habitación del bobo este?
 
CAPÍTULO VI
 
Acababa de quitarse los pantalones manchados de licor cuando el móvil empezó a vibrar. Copronio escuchaba el zumbido incapaz de saber dónde había echado el aparato. Mierda, estaba en el bolsillo del pantalón y apestaba a güisqui. Se sentó en calzoncillos sobre la cama. Lo cogió con dos dedos y se lo acercó a la oreja. Era el Cifu.
Hola Cifu, ¿qué pasa, tío?
Buenas, Copro, ¿qué tal por ahí?
La voz del Cifu sonaba bastante apagada. Copronio supo que algo no iba bien cuando el otro le preguntó si había leído las noticias durante los últimos días. La crisis se había agudizado y por alguna razón que nadie entendía, la mayor parte de las empresas informáticas antivirus se habían hundido en la bolsa, incluida la suya.
En resumen, Copro, que estás en el paro…
Copronio Catapodis se levantó y se acercó a la ventana. Miró al exterior, a la tarde que ya declinaba, y después sus ojos se pasearon por la lujosa habitación. Cuatrocientos euros.
Joder, tío, me dejas hecho polvo, pero gracias por llamar…
Un silencio algo más prolongado de lo normal en la línea. Un carraspeo.
No, bueno, verás, es que… —otro carraspeo—, en fin, que te llamo no como amigo, sino como director de la sucursal del banco. Es que, en las actuales circunstancias, pues claro, lo del préstamo no va a poder ser… Supongo que lo entenderás…
¿Y mi polla…? —preguntó Copronio, sin pensar lo que decía.
Lo siento, chico, tendrá que esperar. Bueno, ahora te dejo, que tengo a la Estefanía a punto de caramelo… Chao, tronco.
Un chasquido en la línea y después un pitido intermitente. Aquel tío era un hijo de puta. ¿Qué iba a hacer sin polla? Era la pregunta recurrente que una y otra vez se le venía a los labios. Se dejó caer sobre la cama y miró el techo. Tenía ganas de llorar. Aquello no era justo.
Estas y otras lamentaciones de similar laya estuvieron bullendo dentro de su cráneo hasta que golpearon la puerta de la habitación. En calzoncillos, moqueante y con los ojos aún llorosos abrió.
Quizá pasaran tres o cuatro segundos hasta que fue capaz de entender la escena al otro lado del umbral. La saliva le ahogaba, la boca se le abrió como si fuera a vomitar, los párpados no podían extenderse más. Fue una reacción instintiva: con un rápido movimiento, empujó la puerta y la cerró en la jeta de aquellos dos individuos. Apoyó la frente en la madera y una risa húmeda y nasal empezó a borbotearle en forma de babas mientras la dentadura postiza se le escapaba entre los labios. Supo que aquello no era un sueño cuando una voz conocida y tonante sonó a sus espaldas.
Bueno, chavalote, no parece que tengas ganas de volver a vernos… ¡Qué recibimiento más desagradable! No sé, no me parece correcto, y menos con las buenas noticias que te traemos.
Copronio seguía poyado sobre la puerta. La risa se había transformado en llanto. Poco a poco fue resbalando hasta queda de rodillas , acurrucado sobre su regazo, con la cabeza sobre las piernas.
Y en calzoncillos —continuó el bajito de la capa—, siempre que nos encontramos estás en calzoncillos, chavalote. Luego te pasa lo que te pasa.
Una sonrisilla traviesa se dibujó bajo la barba de Dios. Agitó las manos como si quisiera espantar unas moscas y con un par de palmadas llamó la atención de Copronio. Desde el suelo, éste fue girando el cuello para mirar hacia la pareja de vampiros. Ambos se habían sentado en sendas butaquitas y se acababan de servir del minibar unas copas de cava. Copronio calculó mentalmente lo que le iba a costar su involuntaria invitación.
El bajito hizo un gesto con la cabeza hacia Pedro invitándole a tomar la palabra. Éste se puso en pie, ayudó a Copronio a levantarse y le acompañó hasta la cama.
Siéntate aquí, majo —dijo mientras le acariciaba la espalda—. Veo que sigues igual de fibroso, guapo…
Pedro, que te veo las intenciones. Deja de sobarlo y explícale a qué hemos venido.
Unos minutos más tarde, Copronio les miraba aún con cara de pasmo. Si se hubiese atrevido, quizá habría pensado que aquellos dos eran sencillamente gilipollas y que así iba el mundo. ¿Quién se habían pensado que era él? En su trabajo se limitaba a cambiar tarjetas defectuosas y poco más. Él no tenía ni idea de interné, ni de güebes, ni de programación. Se limitó a continuar con cara de alelado, parpadeando muy despacio, como si intentara desechar la visión de los dos vampiros trasegándose el minibar.
Bueno, chavalote, ¿cómo lo ves? —preguntó Dios.
No se atrevió a decir, ni siquiera a pensar, que no lo veía. En algún lugar de su mente atrofiada germinó una idea que en unos segundos se transformó en esperanza; no sabía cómo cumplir aquella estupidez de misión, pero siempre podía pedir algo a cambio.
¿Y qué saco yo de todo esto?
Los pelos de la barba de Dios se erizaron y la piel se le tornó de color rojo. Pedro pensó por un momento que le iba a dar una apoplejía o algo parecido, pero igualmente fatal. Se enfrentó a Copronio y le señaló con un dedo admonitorio.
Tú no aprendes, ¿verdad, guapo? Al Señor hay que hablarle con respeto…
Una mano apareció ante los ojos de Copronio y apartó a Pedro de un empujón.
Quita, déjame, que a éste anormal me lo cargo. Qué desfachatez… Pero, ¿quién te has creído que eres, imbécil?
El imbécil se había encogido en la cama. Los calzoncillos se le habían escurrido hasta el muslo y dejaban ver parte de su trasero.
Y no me enseñes el culo, joder…
Perdón, Dios, yo sólo quería decir que si sería posible pedirle un favor a cambio de este trabajo.
Se subió los calzoncillos y después juntó las manos a modo de plegaria y sumisión. Algo más tranquilo, Dios regresó a su butaca, rellenó la copa de cava y se cruzó de piernas. Paladeó un sorbito de su bebida y señaló hacia Copronio con el cristal, invitándole a hablar.
Pues verá, Señor, me gustaría recuperar mi po…, digo, mi pene. Usted se acordará que la última vez que nos vimos…
Me acuerdo, y tú te lo buscaste… —se rascó la barba—. Pero no, de eso nada. Imposible. Mis decisiones son irrevocables y eternas. Verás, chavalote, si yo me retractara y luego se supiese…
Yo no se lo voy a decir a nadie… —interrumpió el discurso divino Copronio. Pedro se llevó la mano a la cara y se cubrió los ojos mientras negaba con la cabeza.
¡Cállate, imbécil, no me interrumpas! —la voz de Dios arrancó mechones de pelos de la cabeza de Copronio.
Éste se llevó las manos al cuero cabelludo y se palpó las calvas. A su alrededor aún flotaba una nube de cabellos. Ahora calvo. Trató de ocultar la cabeza entre los hombros y eludir la furibunda mirada de Dios.
Digo, que de eso nada, que luego todo se sabe, y a la mínima me funden un becerro de oro y la tenemos liada… —levantó las cejas y miró a Pedro—. Ya sé, ya sé lo que te vamos a dar cuando acabes el trabajito. Te vamos a hacer Papa, en Roma. ¿Qué te parece?
Copronio no dijo nada a pesar de tener la boca muy abierta.
Pedro se agitó incómodo en su asiento; trató de llamar la atención del otro con gesto disimulado de la mano.
¿Qué pasa ahora? —se volvió mosqueado Dios—. ¿Qué es lo que no te gusta de mi idea?
Majestad, aquí, el señor Catapodis, no cumple los requisitos, ya sabe usted…
Claro que lo sé, pero para eso soy omnipotente, ¿no? Además es Mi Iglesia y hago lo que me sale de los huevos con ella. Un reset, que dicen aquí los informáticos, y nadie se va a acordar de que Cataplódico no era cura y todas esas monsergas. Vete dándole la boleta al alemán… —y se volvió a llenar la copa.
Catapodis, Majestad… —susurró Copronio—, mi nombre es Catapodis, es que mi padre era griego y…
Ya, ya, vale, chavalote, perdona y no me cuentes tu vida. Bueno, ¿qué? —le apuntó con la barbilla, interrogante.
Pues no sé, Señor, es que eso de ser Papa, no sé si seré capaz. Además a mí, lo del voto de castidad no se me da bien… Claro que si tuviera mi miembro, sería otra cosa.
Y dale con la polla, la polla, la polla. ¡Qué pesadito! Que ya te he dicho que no. Pero vamos a ver, si eres Papa para que quieres polla, si los Papas no follan. Lo único que te tendrías que cambiar el nombre, porque Copronio I, no lo veo claro…
Pues no sé, Majestad, es que para mí lo de tener miembro es importante, de hecho he venido aquí a que me implanten una prótesis, pero resulta que mi empresa ha quebrado y ahora estoy en el paro y el Cifu me dice que…
A Dios se le pusieron los ojos bizcos. Empezó a mesarse la barba. Sus dedos fueron escarbando en la melena blanca hasta alcanzar la cumbre del cogote. Un pensamiento fugaz interrumpió el monólogo quejumbroso de Copronio ante aquella imagen. En esa posición, y con las mallas rojas que calzaba, Dios parecía un mono de culo colorado. Fue suficiente, apenas la idea germinó en su cerebro, la voz iracunda del Señor le arrancó el poco pelo que aún le quedaba en el cráneo.
Eres un mastuerzo y ya me has tocado los cojones.
Y mientras Dios pronunciaba estas palabras, Copronio notó cómo sus testículos se encogían hasta reducirse al tamaño de un par de piñones.
Pedro, ¿dónde vive Bill Gates? Siempre me ha parecido algo blando; a ver si con ese tenemos más suerte. Desde luego, lo tengo que pensar yo todo. Venga, vámonos de aquí, ya hemos terminado con este imbécil.
Y de qué manera, pensó Copronio. Se palpó la tela flácida del calzoncillo y se dijo que no iba a llorar. ¿Cuánto costaría una operación de cambio de sexo? La mitad del trabajo ya estaba hecho. Quizá le aplicaran algún descuento.
 
 
 
 

Roberto Sánchez