Mi abuelo

Tengo casi cuarenta años, y mi abuelo es mi tortura. Y mi condena. Sé que no parece una situación lógica o común. Yo mismo me lo digo por las mañanas, cuando me miro al espejo y veo cada vez más hebras de plata entre mi cada vez menos nutrida cabellera. No, supongo que no es lo normal que un nieto en la cuarentena viva con su abuelo, los dos solos en un mismo hogar. Con un abuelo que posee muchos dones: el de la inoportunidad, el de la inconveniencia, el de la indiscreción. ¿Para qué continuar? Siempre los ha poseído, en realidad; desde que mi memoria alberga recuerdos, este hombre ha sido como una pesadilla recurrente en mi vida.
Con los años he tratado de convertir el cuarto de baño en mi sanctasanctórum particular, en una especie de refugio íntimo en el que me introduzco para evadirme de la presencia pegajosa de mi abuelo. Porque ni siquiera de una habitación propia dispongo, tan miserable es mi existencia. Hace ya tiempo que mi dormitorio fue pasto de la voraz fetidez de mi abuelo, de su contumaz egoísmo, de su perenne mala salud. Sí, duerme conmigo cada noche. Y digo bien, porque él duerme mientras sus ronquidos chapotean en mis meninges y convierten mi conciencia en un puré pestilente de alucinaciones insomnes. Pero, por desgracia, mi casa solamente tiene un baño, de manera que los mencionadas cualidades de mi abuelo le conducen a acosarme, a que en toda ocasión en la que me encuentro allí atrincherado —en el baño, quiero decir—, leyendo, escribiendo, escuchando música y, sí, también utilizándolo para lo que fue concebido, y él se percata de ello, siempre, sus nudillos golpeen la puerta y ese sonido se transforme en una herida que cada día es más profunda y supurante. Más insoportable.
Ahora mismo, mientras relleno estas páginas con letra apresurada, sus golpes impertinentes y maliciosos trepanan mi cráneo, su voz agrietada y crujiente repta por debajo de la puerta, cargada de urgencias e insinuaciones. Y yo, sentado en el retrete, con los pantalones arrebujados en los tobillos, me veo como una figura de guiñol, sin voluntad propia, manipulada por ese hombre tejido de arrugas y rodeado de tufos. Resignado, me pongo en pie, me subo los calzones y salgo sin mirarle, eludo la mirada de sus ojillos taimados, el sesgo socarrón de sus labios; trato de no escuchar sus palabras soeces y provocadoras, y huyo a refugiarme en el salón, a donde, sin duda, pronto acudirá a continuar con su tormento. En el salón, en la pared sobre la que se apoya el sofá de tela estampada con flores, el retrato de mi difunto padre también me observa, y lo hace con ojos tan burlones como los de mi abuelo: de buena me libré al toparme con aquel camión, chaval, parece decirme. Eso sí, ni un ápice de disculpa asoma en su semblante por haberme dejado como herencia a su horrendo progenitor.
No. No me equivocaba. En efecto, poco ha durado la tranquilidad porque las toses gorgoteantes e inundadas de gargajos ya avanzan por el pasillo hacia el salón. Giro la cabeza en todas direcciones tratando de buscar una escapatoria. Mis ojos topan con la vitrina que adorna una de las esquinas del cuarto. Allí conservo los pocos objetos valiosos que aún quedan en la casa. Arrumbado contra la madera del fondo reposa el abrecartas damasquinado que nos regaló la tía Elvira. Recuerdo que de pequeño no me lo dejaban tocar nunca porque estaba muy afilado, niño, que te puedes hacer una avería. Me insulto muchas veces y muy seguidas. ¿Cómo no lo he pensado nunca? ¿Cómo no se me había ocurrido que un abrecartas puede servir para más cosas que abrir una carta? ¿No crees, abuelo?

Roberto Sánchez